Ignorancia nada docta

En estos tiempos no hay lo que en otros llamó Nicolás de Cusa docta ignorantia. No, sino una ignorancia nada humilde ni filosófica sino zafia y presuntuosa, irascible y vocinglera, que afirma su estólida presencia en las esquinas de los bares, en las tertulias televisivas, en las comidas familiares (cuando existen, “¡niña, qué sabrás tú, callate, anda!), en las reuniones arrabaleras de la internet…

El problema, como decía hace poco John Carlin, no es la verdad tergiversada de los bulos o los falsos relatos o las noticias manipuladas: no, el verdadero problema es la ignorancia general y la fe indiferente en cualquier mentira. Ese es, para él el verdadero combate al que se enfrenta el periodismo honesto (escaso, pero lo hay): el desmontaje de las mentiras.

La versión más irritante de la ignorancia pública es la que podríamos llamar ignorancia gugliana: la de ese que, en medio de una discusión más o menos interesante (a veces surgen), coge el telefonito, teclea lo que sea y levanta la mano admonitoria diciendo, ufano:

-Eso no es así, es…

Ese, digo bien, no esa, porque son los hombres los que explican cosas, venga o no venga a cuento, soberbios y orgullosos de su saber indocto, de su gritona ignorancia, de su aparatoso y fálico móvil:

-¡Cállate, María, qué sabrás tú!

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Inmortal Panglosss o la necesidad de una ética radical

Pangloss, el inmortal personaje de Voltaire que siempre veía en el status quo el mejor mundo posible, simplemente porque podría haber otros peores, representa, en relación a lo que aquí pensamos, el paradigma de la inmoralidad. Es Pangloss redivivo, por ejemplo, quien pretende en estos días extraer una moralina, social y política, del espíritu solidario y sacrificado de los «servidores públicos», en la expresión engolada del presidente del gobierno hoy mismo. Se trata de la última versión de esa suerte de consigna de «juntos podemos», que ya vimos aparecer, con menos escándalo, cuando se declaró oficialmente como «crisis» todo este conjunto de penurias con el dinero en las que andamos tirando la mayoría. Entre los que entonces quisieron confortarnos los ánimos estaban, según creo recordar, representando el espíritu de equipo (hoy ya vamos sabiendo hasta qué punto), la gran banca y los grandes empresarios españoles. Hasta una página web inauguraron con la animosa consigna, con las albricias del panglosiano ex presidente Zapatero.

Lo que ocurre es que el Pangloss imaginario era un inmoral inconsciente y risible, y por ello, perdonable; pero me temo que no sucede lo mismo con los que ahora, el presidente del gobierno a la cabeza, quieren meter, con un embudo moralizante, en el imaginario popular español que el trabajo en equipo de los funcionarios, ya sean los que apagan fuegos o los que rescatan ciudadanos en las actuales ciudades encharcadas, puede ser un ideal colectivo. Democracia panglosiana. Buen rollo en el mejor de los mundos posibles.

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Bolsas de futuros, hambres futuras

Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ellos, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelven sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra (desgraciadamente inconsultable porque desapareció la sección de La Opinión de Málaga donde fue publicado originalmente y también desapareció de mis escritos privados) a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.

Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, en derivados financieros: más adelante intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.

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