Economía moral: la lucha contra el atropello

Los movimientos contra el desahucio, o las mareas ciudadanas que piden un nuevo proceso constituyente y enarbolan una crítica sin concesiones a la corrupción de políticos (con tan poco énfasis, ay, sin embargo, en los empresarios corruptores) y autoridades no pretenden hacer la revolución, sino que reaccionan, más bien, contra el atropello moral que sienten en cuanto ciudadanos víctimas del engaño, la falta de transparencia y la pérdida de legitimidad en que han caído nuestras democracias neoliberales. En ese sentido, su actitud corresponde a lo que E. P Thompson llamó economía moral.

yo no trabajo gratis 2E. P. Thompson 1 afirmaba que existía una economía moral popular que “atribuía de forma paternalista al poder la obligación de velar por el precio justo de los alimentos básicos. Lo que provocaba las protestas, en esas décadas finales del siglo XVIII y primeras del XIX, en un momento de introducción de las nuevas ideas económicas del liberalismo, no era tanto la “privación en sí” como “un atropello” a esos supuestos morales”. Creo que hay mucho de esa creencia en los múltiples y fragmentados movimientos de protesta actuales, sean los de los grupos contra el desahucio, los que propugnan un nuevo proceso constituyente en torno al congreso o las múltiples luchadores anónimos que, en grupos o asambleas, acompañan en sus desdichas y explotaciones a emigrantes o hambrientos en arrabales urbanos o zonas rurales olvidadas de la mano de Dios. Y aún me parece que podríamos aprender más cosas de aquella ejemplar investigación y reconstrucción histórica que Hobsbawm y Rudé llevaron a cabo en el libro clásico sobre el capitán Swing que citamos en nota a pie de página. Veamos.

Aquellos movimientos  tampoco querían una revolución, en efecto, ni siquiera cuestionaron nunca la propiedad -enormes latifundios en muchos casos- de la tierra en la que trabajaban y malvivían. Cuestionaban los bajos salarios o los abusos de la Ley de Pobres (unas “subvenciones” que proporcionaban las autoridades locales de las parroquias aldeanas, como complemento de los bajos salarios que así alcanzaban el mínimo calculado para la subsistencia; una medida que al lector perspicaz le recordará a los actuales subsidios de desempleo o las rentas básicas otorgadas con cuentagotas a parados de larga duración, como el PER de las zonas rurales de Andalucía, o incluso las ayudas o exenciones fiscales otorgadas a los empresarios que contratan) y hasta se solidarizaban con los arrendatarios, pidiendo solidariamente con ellos, rebajas de impuestos o la desaparición de los diezmos eclesiásticos. Los grupos de resistencia popular actuales ni siquiera reclaman una limitación de beneficios empresariales o la participación (como aún ocurre en la denostada Alemania) de los trabajadores o sindicatos en la gestión  y planes de las empresas.

Aun con sordina, apenas se percibe un rechazo social a asuntos tan espeluznantes como el trabajo gratuito, salvo en lo que tienen de atropello a la dignidad moral, y eso solo en la resistencia pasiva de no aceptarlos, no en su censura. Leemos, por ejemplo, en la revista Alternativas económicas: que la compañía de reclutamiento “Trabajando.com España” anuncia en  su página web que “Miles de empresas han tomado conciencia de la situación actual a la que se enfrenta el país, por lo que muchas organizaciones han incorporado a sus trabajo personas que trabajan sin remuneración, pero con otro tipo de garantías que a la larga pueden generar retribuciones por sus labores”. Esta misma agencia de empleo ha realizado, en este sentido, una encuesta entre 2.000 personas de las que sólo un 9 por ciento estaría dispuesta a trabajar gratis. Nótese que “sólo” un 9% son 9 de cada 100, pero nótese, sobre todo, que semejante atentado moral contra la dignidad apenas ha provocado repulsas públicas. Que yo recuerde, sólo en una ocasión se ha obligado a retirar una cínica oferta de trabajo que ofrecía un empleo sin retribución “con la posibilidad” de tenerla en un futuro.

un zapateroEsta era una de las preguntas más difíciles de responder para Hobsbwam y Rudé: ¿por qué unas aldeas se rebelaron en aquellas movidas campesinas de 1830 y otras no? En su inteligentísima y empática reconstrucción social, estos historiadores marxistas -espléndidos narradores, además, en la admirable tradición historiográfica inglesa-  encontraron algunas pautas que servían de respuestas provisionales para justificar la rebelión, donde se produjo: los extremadamente bajos salarios, la presencia notable de artesanos y comerciantes, la existencia de sectas religiosas disidentes, la misma relación personal de los terratenientes con sus campesinos o un factor que a mí me parece el más misterioso de todos, pero que en los estudios estadísticos de estos autores son la circunstancia más determinante: que hubiera o no hubiera zapateros en la zona. Estos artesanos y sus zapaterías  según afirma Hobsbwam, fueron durante siglos auténticos hervideros de cultura, información y rebeldía. Tras su extinción en nuestro mundo, ¿quién ocupa su lugar, es decir, un espacio para la información, la interpretación de las cosas, la reflexión y el pensamiento fértil y activo? ¿Hasta qué punto explicaría esa desaparición de la esfera pública, equivalente a la desaparición de los zapateros, que los desahucios (al fin, una cuestión relacionada con la propiedad, cuyo fundamento mismo no se discute) hayan cohesionado la protesta universal más extendida, aunque solo en lo que se refiere al atropello de la economía moral, y no lo hagan las indignas condiciones del trabajo contemporáneo  o las humillantes “leyes de pobres” de aquí y ahora o, por fin, los renovados y dolorosos esclavismos de nuestro tiempo?

“Slow train coming” o Elogio de la lentitud

Slow train coming es el título de un álbum que sacó Bob Dylan en 1979, pero, por esas caprichosas asociaciones de la memoria, más que a sus canciones, el evocador título sobre la lentitud del tren me remite a mi primer viaje en el AVE que me llevó, en ese estado de semiconsciencia que provoca la velocidad, desde Sevilla a Madrid sin poder ver -lo que se dice ver- ni siquiera un árbol, pues tras la hermética ventanilla los árboles (que sobrevivían en mi recuerdo de los viejos ferrobuses y expresos, al compás de la marcha trabajosa de aquellos lentos y queridos trenes, en la rítmica e hipnótica sucesión regida por el efecto Doppler) y los campos pasaban ahora como palitroques quebrados y surreales, tal caprichosas geometrías fractales, ante mis asombrados e impotentes ojos, que inútilmente querían retenerlos en un instante imposible, pues se habían transformado en ráfagas sombrías y fantasmales.Slow train coming

Vivimos sometidos a la ley de la aceleración universal que, como hemos comentado ya muchas veces, debemos entenderla como la expansión del movimiento continuo del capital en su búsqueda continua de mercados y beneficios, su persecución demente del crecimiento continuo. Con la alianza providencial de las tecnologías del transporte, la información y la comunicación, enfrascadas, a su vez, en la superación de las barreras (que imponían antes, aunque a duras penas, los frenos de la escala humana) de la velocidad y el almacenamiento, la aceleración sin sentido y el mangoneo del tiempo de la vida afectan ya a todos los ámbitos humanos.

Y es que, en efecto, aunque sigue siendo creencia general que el tiempo y su administración son un fenómeno natural, sometido a la ley de nuestra libertad para hacer con él lo que queramos, frente a tantas evidencias en sentido contrario, lo cierto es que su gestión y manipulación forma parte, de una manera muy íntima, de los estados, sean estos dictaduras o repúblicas de la propiedad y el crecimiento continuo y acelerado. Para comprobar hasta qué punto el tiempo es arbitrio del poder sólo habría que recordar decisiones recientes sobre los calendarios o los nombres de sus subdivisiones (semanas, meses, años) como los decretos del fallecido dictador de Turkmenistán, Saparmourad Niazov, que modificaban los nombres de los días de la semana, dictaba la entrada en la edad adulta a los 25 años o en la vejez, que, según su soberana decisión, no acaecería antes de los 85. Intentos que tienen antecedentes tan gloriosos como los de la Revolución francesa y sus rebautizados meses, que a su vez mantienen aún las reminiscencias imperiales, judías y cristianas.

Movimiento slowPero no hay que ir tan lejos en el tiempo. En estos días nuestros democráticos y ahorradores gobiernos nos recordarán el cambio de hora, tan incomprensible e injustificable como siempre (ya mostraba su asombro e incomodidad Manuel Machado en su delicioso Día por día de mi calendario) y que, en la recepción popular es entendido correctamente, a regañadientes, como lo que es en realidad: una simple decisión soberana, que nos recuerda quién es el verdadero dueño de nuestros madrugones e insomnios, hoy como ayer. Del mismo modo que las recientes decisiones de nuestro gobierno de derechas al retrasar la edad del retiro laboral están tan claramente emparentadas con los decretos del dictador turkmeno sobre el advenimiento de la vejez, que recordábamos unas líneas más arriba.

Los verdaderos señores del tiempo, pues, son los que deciden los turnos laborales contemporáneos (incluidos los periodos de «teletrabajo», vendidos por los técnicos del agit-prop como una verdadera ganga que haría posible por fin la compatibilidad del trabajo y la vida familiar), tan flexibles como los comerciales (que obligan a tantos trabajadores a abandonar su casa justamente cuando vuelven sus hijos del colegio), al albur de los caprichosos e insondables ritmos de vida, vespertinos y nocturnos, de ejectutivos, mandamases y ricachones o gente de mal vivir.

También las secuencias horarias vigentes en colegios, institutos y universidades, que pasan por ser tan naturales y espontáneas como comer a las 4 de la tarde, o comer de pie a cara de perro, o en la misma mesa o banco en que se trabaja, son decisiones tomadas con una intención determinada: romper la cadencia de la vida. Como recuerda, con tino, Igor Martinache en Alternativas Económicas (número 1, página 48) «Pierre Bordieu (…), retomando las ideas de la psicóloga Aniko Husti, apunta cómo la división de la jornada en horas puede dificultar el desarrollo de los niños, ya que se prohíbe una serie de actividades demasiado cortas o demasiado largas, y también se induce a lo que los psicólogos llaman efecto Zeigarnik: es decir la frustración de ser interrumpido en una actividad que se desea continuar».

Elogio de la lentitudMuchos movimientos, bajo el paraguas de la palabra inglesa slow y el icono del humilde caracol,  enarbolan la defensa de la lentitud, que -quién lo hubiera dicho- se ha vuelto revolucionaria: slow foodslow city, slow science…En todos ellos se denuncia la misma sensación de prisa que nos embarga, sin saber por qué: un apremiante y desasosegado desconcierto de que no nos da tiempo nunca a hacer lo que queremos, que es, como siempre denunció Agustín García Calvo, lo que se nos manda, la realidad construida a la velocidad del AVE haciéndose pasar por la única realidad legítima, comprensible, natural como la vida misma.

Como decía un amigo, nada queda ya en el hombre que sea natural, espontáneo o instintivo salvo, quizá, buscar la teta de la madre cuando nacemos. Lo demás, es aprendido, interiorizado a través de la represión o imbuido por la educación, la propaganda y la publicidad, si es que las tres cosas no son la misma. Es posible verlo como inevitable o hasta necesario, como hace Norbert Elias al considerar que el proceso civilizatorio, en su etapa contemporánea, puede entenderse como una construcción de la realidad que consiste en interiorizar obligaciones externas, que pasan así a sentirse como normales y naturales. Quizá el lector haya aprendido a sentirlo de esta forma, pero espero, al menos, haberle inducido, con los ejemplos y razones anteriores, a eso que las ficciones policiales y jurídicas de esa otra escuela que es la televisión o el cine nos ha enseñado a llamar una duda razonable.

Esclavitud y otras servidumbres, aquí y ahora

Según la convención sobre la esclavitud de la ONU, firmada en Ginebra el 25 de diciembre de 1926 y que entró en vigor el 5 de marzo de 1927, la esclavitud es «el estado o condición de un individuo sobre el cual se ejercitan los atributos del derecho de propiedad o algunos de ellos». En la actualidad, según un informe de la OIT, «cerca de 21 millones de personas son víctimas de trabajo forzoso en todo el mundo, atrapadas en empleos que les han sido impuestos por medio de la coacción o del engaño y que no pueden abandonar». En este mapa de la Organización Internacional del trabajo, se puede ver -entre escalofrío y escalofrío- que sólo Groenlandia se libra de la vieja lacra humana.

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La esclavitud en el mundo actual: Mapa de la Organización Internacional del Trabajo

Las cifras son ignominiosas, desde la perspectiva que sea. Según la organización sindical, 3 de cada mil personas en todo el mundo está en situación de trabajo forzado y «18,7 millones de trabajadores (90 por ciento) son explotados en la economía privada, por individuos o empresas. De este número, 4,5 millones (22 por ciento) son víctimas de explotación con fines sexuales y 14,2 millones (68 por ciento) son víctimas de explotación con fines laborales en actividades económicas como la agricultura, la construcción, el trabajo doméstico o la industria manufacturera». España no se libra: Felipe Blasco, en una entrada de su blog, dedicada a este tenebroso asunto, nos recordaba que hace poco se desmanteló en Andalucía una red que explotaba a 400 prostitutas, como se puede leer en la información del diario La Nueva España en su edición del 5 de marzo. O el descubrimiento, hace unos años, de talleres textiles ilegales en Cataluña (El País, edición del 17 de junio del 2009).

La organización de liberación de esclavos Free the slaves da una cifra aún mayor que la OIT: 27 millones de personas que trabajan sin cobrar, coaccionadas mediante violencia y sin poderse librar de su situación de servidumbre. Según Kevin Bales, cofundador de esta organización de mercedarios del siglo XXI -sigo las citas del blog de Felipe Blasco-, la manumisión de un esclavo cuesta de media 400 dólares, «el coste de emancipar a los 27 millones de esclavos asciendería a 10.800 millones de dólares, cifra unas cuatro veces inferior al beneficio que genera la esclavitud al año, unos 40.000 millones».

Pero al hablar de la esclavitud contemporánea no sólo hablamos del «trabajo forzoso», sino de sus formas más clásicas y crudas. Josep Fontana, en su necesario libro Por el bien del imperio 1 nos informa de que en Mauritania, por ejemplo, hay en la actualidad -según datos de la ONU, 123.000 esclavos al modo tradicional, como propiedad absoluta de sus dueños, que pueden torturarlos y matarlos. En Níger, la cifra sería de 180.000. Dice con contundencia este historiador: «hay en la actualidad más esclavos que en ningún otro momento de la historia, en una nueva servidumbre que no se basa tanto en la propiedad como en el endeudamiento, y que se distingue, por ello, de la antigua por el hecho de que un esclavo cuesta hoy mucho menos que en el pasado». En concreto, según las cuentas que aporta Felipe Blasco en su blog, unos 90 dólares de media.

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No entran aquí las formas de vida paraesclavistas como las que, en nuestras sociedades, suponen en puridad los pagos de préstamos, usuras e hipotecas que condenan a aceptar cualesquiera formas de trabajo y la renuncia a derechos laborales, incluida la sospechosa sindicación, el respeto de convenios colectivos o mejoras en la conciliación de la vida familiar, etcétera. Ni tampoco el trabajo forzado en prisiones.

Es también Josep Fontana quien, en su último libro, 2 nos recuerda que la población reclusa en los EE. UU. suma la cifra agobiante de dos millones trescientos mil presos. «Según Barbara Ehrenreich, se han multiplicado las causas que pueden ser castigadas con multas y cárceles. En Nueva York es delito poner los pies sobre el asiento del Metro, aunque no haya nadie más en el vagón. En South Carolina, una mujer pasó 6 días en la cárcel por no poder pagar una multa de 480 dólares por tener sucio su patio». La privatización de las cárceles se ha convertido, a su vez, en un negocio muy rentable e incluye en su rentabilidad el trabajo esclavo. Según Fontana, la detención de inmigrantes ilegales por compañías privadas (que mantienen un contrato con el Federal Bureau of Prisons por valor de 5.100 millones de dólares) se complementa con el negocio del trabajo forzado de presos a bajo coste (de 1 a 3 dólares diarios) «a empresas como Chevron, Bank of America, AT&T o IBM, que pueden organizar fábricas en las prisiones o alquilar presos para trabajar fuera de la cárcel».

Me sentía obligado a poner ante los ojos del, quizá, desprevenido lector estas cifras de la infamia presente. Porque es que, además, tal como yo mismo denunciaba en un artículo publicado en La Opinión de Málaga (¡un ERE pende sobre 12 de sus trabajadores, que han renunciado, además, al 18% de su sueldo!) en el 2003 3, el mismísimo lenguaje del esclavismo se instaló hace mucho tiempo entre nosotros, con trágica frivolidad, en el mundo del fútbol. A diario, en efecto, oímos o leemos los precios -en esa bolsa infamante de los fichajes- en que los deportistas se venden o compran, incluso las cláusulas económicas de sus manumisiones, y vemos cómo son examinados por peritos médicos que se aseguran, así, del buen estado de la mercancía que compran. La semántica de la lengua, tan dócil a los manejos de los poderosos, nos acomoda mentalmente desde hace tiempo a la renovada esclavitud contemporánea; el paro, las reformas laborales o las usuras hipotecarias nos preparan, por su lado, a conciencia, para el acomodo y resignación de la futura ergástula en que transcurrirán nuestras vidas.

¿Quién teme al lobo feroz? (parte segunda: la verdadera antipolítica)

Si me he demorado tanto en la recepción social de los resultados de las recientes elecciones italianas, ha sido para mostrar con alguna claridad cómo, desde el día después de hacerse públicos los resultados electorales, se ha puesto en marcha un proceso mediático (nada nuevo, por otro lado, y experimentado y puesto en práctica con éxito muchas veces) de neutralización, por absorción de contrarios, del Movimiento 5 Estrellas y de su líder espiritual,Beppe Grillo, mediante el recurso de mostrarnos al antihéroe Federico Pizzotti, alcalde de Parma, en el decepcionante y pedagógico ejercicio del poder, en el que cualquier antipolítica quedaría neutralizada. Siga atento, si acaso, el lector curioso, la marcha de los acontecimientos en los días venideros para comprobar la importancia creciente que irá adquiriendo esta ciudad italiana y su alcalde.Dominio Domingo

Pero, como decíamos al final de la segunda entrega de esta serie (Entre el gobierno de los peores y la antipolítica…), lo que la máquina de las democracias delegadas -óptimas administradoras del neoliberalismo económico- no puede absorber ni neutralizar fácilmente es el descreimiento que, respecto a las instituciones y gobernantes o partidos, señalan estas elecciones de forma tan evidente. Las políticas actuales, que tanto sufrimiento están provocando en las sociedades europeas, necesitan de la complicidad ciudadana traducida en votaciones. La democracia representativa es, en ese sentido, un régimen totalitario perfeccionado porque tiene la coartada de la soberanía popular. Es así que nada queda fuera de su arquitectura -y lo que queda fuera se presenta como el territorio propio del enemigo totalitario: populista, antipolítico, antisistema- y el lugar vacío del poder, al ser ocupado por las mayorías parlamentarias, es ocupado a la vez, en complicidad simbólica necesaria, por las mayorías sociales. Ello excluye, por tanto, la crítica en sus propios límites y, cuando se ejerce, es censurada como un «anti», que, si no es reabsorbido en el contrato social, debe ser perseguido, censurado y reducido al silencio y al asentimiento coercitivo.

El «contrato social» de los estados democráticos, como cualquier contrato, se basa en las cláusulas legales y en la buena fe de las partes. Asistimos, sin embargo, a un intento de rescisión de ese contrato político implícito en los regímenes de las democracias liberales. Debido a la mala fe y el incumplimiento de sus compromisos por parte de los gobiernos y estados, la parte contratante, por decirlo al modo de los Marx, (lucro y corrupción generalizados, medidas injustas a sabiendas), la parte social del contrato, o parte contratada (la gente, las multitudes) lo denuncia públicamente desistiendo de ir a votar, o votando a listas antipolíticas, y empieza a ensayar formas de autoorganización espontánea, mecanismos de democracia directa y denuncias públicas manifestadas en calles y plazas, en un intento de recuperar un espacio en que una nueva esfera pública y el rescate de los bienes comunes secuestrados sean posibles y hacederos.

Este es el verdadero lobo feroz al que temen las repúblicas defensoras de la propiedad, el rango y el privilegio: las multitudes que quieren rescindir el contrato social por la deslegitimidad en que han caído -deslegitimación en desarrollo, ya que no, teóricamente, en origen- quienes ostentan el poder. Esto es lo que manifestaba la encuesta del IESA andaluz, que dejaba claro que el 60% de los andaluces preguntados no estaba satisfecho con el sistema democrático. El director de esta institución andaluza de estudios sociológicos, Eduardo Moyano, calificacaba los resultados de este estudio como «motivo de pavor».

el-triunfo-antipoliticaPavor da, desde luego, la falta de entendimiento de lo que causa de verdad el descontento de la gente que traducen tan toscamente estas afirmaciones: es la colusión y mistaje de intereses que percibimos con tal claridad entre los políticos y los privilegios financieros privados, entre estado financiarizado y capital, y no el «sistema democrático» entendido como una mera forma de estado, una arquitectura legal para facilitar el turno en el ejercicio del poder. Si los políticos leyeran -no ya a Marx, lo que entraría de lleno en el reino de lo utópico y ucrónico- sino al asequible y liberal John Rawls, sabrían que una democracia que no esté construida sobre la idea de la justicia como equidad, que pretende sustentarse sólo en puros mecanismos procedimentales y formales, está condenada al fracaso.

Y es ése el fracaso que vivimos, la verdadera razón de la antipolítica. Ante ese fracaso es ante el que cobra sentido verdadero, pues, la antipolítica y los populismos (conceptos que, justamente por ser tan despreciados por los nuevos regeneracionistas debemos recuperar): la necesidad de reocupación del espacio vacío de la justicia distributiva abandonada por la política convencional, el deber de la denuncia del incumplimiento del contrato social de las democracias neoliberales, la creación de los espacios de libertad y debates en común usurpados, la alternativa de la toma de decisiones directa frente a la delegación gratuita del sistema representativo, la necesidad vital de protección y compartición de los bienes comunes… En efecto, repitámonos ahora la pregunta inicial: ¿Quién teme al lobo feroz?

¿Quién teme al lobo feroz? (la antipolítica y el paradigma de Parma)

Los titulares con que los Medios han recibido los resultados de las elecciones italianas, celebradas los días 24 y 25 de febrero, nos confirman en las razones y cautelas que nos traemos entre manos en estas últimas entregas en torno a qué es eso de la «antipolítica», que prolifera de tal manera y con semejante alboroto de alarma y rebato, y qué es lo que, tras el velo de esa idea-meme, provoca tanto miedo -disfrazado de desprecio o admonición- como el que percibimos en portadas periodísticas o en declaraciones y valoraciones de políticos a través de los Medios de Educación Social.

Beppe Grillo después de votar.
Beppe Grillo después de votar.

Veamos algunos pocos ejemplos: «‘Tsunami’ populista contra los recortes.Los escándalos que afectan a los grandes partidos dejaron terreno fértil para quien se presenta como el castigador de los males incrustados en el sistema» (El País, 25 de febrero). Este, en la línea de las metáforas pertenecientes al campo semántico del catastrofismo climático, usada por el propio Beppe Grillo en su campaña electoral entendida como tsunami-tour. Hay otra variante climática, algo más conceptista: la de la «tormenta perfecta», utilizada, por ejemplo, por José Ignacio Torreblanca en su comentario de hoy en el mismo diario con el título de Italia vacante: «Tenemos sobre la mesa la tormenta perfecta: política, sociedad y economía, todas sometidas al máximo estrés». Un «estrés» que ya se encargaban de concretar, sin muchos tapujos, otros titulares del diario de referencia español, por ejemplo, el 26 de febrero: «La prima de riesgo se dispara a 400 puntos por los resultados en Italia. La subida de Berlusconi y Grillo aboca a Italia a la ingobernabilidad», o el más descarado aún, en forma de respuesta de la Unión Europea a esta suerte de provocación intolerable que ha supuesto el voto de los italianos: «Europa mantendrá la austeridad pese al malestar italiano» de la edición del día siguiente.

Todo, en fin, de este porte, con una insistencia monótona y abusiva en la ingobernabilidad de Italia, el auge del populismo cuando no en el chantaje (entendido literalmente) de los poderes fácticos de Bruselas. Barsani, por ejemplo, tras su victoria pírrica, echa mano de valoraciones compulsivas y primarias: «La situación en Italia es dramática. Estas elecciones deben enviar una señal a Bruselas». Un dramatismo que, desde luego, no percibió cuando apoyó el gobierno técnico (así, tan eufemísticamente, suelen llamarlo) de Mario Monti. Pero no debe haber en esto ninguna extrañeza: su partido, heredero descafeinado y oportunista del extinto PCI -literalmente se quedó sin nombre: se lo denomina con el término genérico centro-izquierda, por no utilizar el vacío, de puro transparente, nombre oficial, Partido Demócrata-, tiene un largo historial de turbias complicidades y silencios, nada dramáticos, como las inestimables y tuertas maniobras tácticas de Massimo d’Alema que propiciaron, a la postre, la irresistible ocupación del poder por parte de Berlusconi y los suyos.

Parma, il grillino Pizzarotti: “Non siamo l'antipolitica”
Parma, il grillino Pizzarotti: “Non siamo l’antipolitica”

La prisa histérica, por su lado, en encarnar esa marea de voto popular al Movimiento Cinco Estrellas en un nombre, un rostro y una etopeya concretos, nos ha traído a Beppe Grillo al primer plano, tildado ya como showman, ya como payaso o político populista (formando pareja con el clown Berlusconi) nada fiable para Europa, impredecible en su antipolítica. Siendo así, además, que el Movimiento del que se le hace cabeza visible no tiene una estructura jerárquica equiparable a la de los partidos tradicionales, se nos presenta como su líder espiritual, y su peculiar carácter y lenguaje es identificado, por metonimia, con la de todo esta lista o amalgama electoral que ha obtenido tamaña cantidad de votos en las elecciones.
¿Es este el lobo feroz al que tanto parece temer el stablishment europeo y sus grandes Medios dominantes, o los pusilánimes gobiernos de la Unión escudados en el fetiche ideológico del déficit y de la necesidad de seguir recortando partidas de dinero público? La falta de claves explicativas o interpretativas sobre las verdaderas intenciones -supuestamente desestabilizadoras- de la coalición, si tomamos al antiguo cómico como su cabeza visible, han convertido al ayuntamiento de Parma, cuyo alcalde, Federico Pizzarotti, fue elegido en la lista grillista, en el «laboratorio» del que se quieren extraer muestras para el análisis del quehacer cotidiano de la coalición antipolítica.

Esa era la perspectiva del diario argentino La Nación en una crónica del 25 de febrero. Su autora, Elisabetta Piqué, presentaba al alcalde del M5E como la «antítesis de Grillo, el bloguero y showman líder del M5E, acusado de populista.» En su retrato quitamiedos, Pizzarotti es, frente al excesivo Beppe Grillo, «tímido, de perfil bajo, para nada verborrágico, es un chico bien, educado, que fue votado por un electorado moderado y burgués. Un outsider de la política, hoy criticado por el aumento de impuestos y los recortes realizados en su corta gestión de gobierno, que sin embargo llama la atención por su seriedad y pragmatismo. Pizzarotti, que circula en bicicleta, eliminó las odiadas “auto blu”, los autos oficiales. Ahora los asesores comunales se mueven en un normal auto a gas y quien solía ser el chofer del alcalde es taxista.».

Ha subido los impuestos, ahorra consumo eléctrico apagando la iluminación derrochona de algunas calles, asume la deuda heredada y que si no hay dinero, no hay dinero, se rebaja el sueldo, modélicamente, un 10%… Un político comme il fault, que se puede presentar en sociedad. Los análisis del laboratorio parmesano son tranquilizadores. La antipolítica del Movimiento puede que al final sea sólo la política desideologizada de gente con menos experiencia profesional que la de los grandes partidos, pero más honrada. Este parece ser el mensaje de fondo de la periodista argentina. Así pues ¿así de manso era este lobo feroz?

El problema, de este modo, si aceptamos el testimonio de Elisabetta Piqué y el tsunami grillista queda reducido a una refrescante brisa de honestidad, se nos plantea como un problema lingüístico, porque el prefijo anti en “antipolítica” no se presta a equívoco: “frente a” “en contra de”; no puede significar otra cosa. Agustín García Calvo nos enseñaba que era ahí, en los humildes pero tozudos deícticos o señaladores, en las conjunciones y morfemas monosémicos, donde la lengua es más autónoma e inmanipulable, por oposición al léxico abstracto que, en su pretensión de representar la realidad, es el más fácil de mangonear y tergiversar, como ocurría con la neolengua de 1984, de la distopía de Georges Orwell y como sucede con el eufemístico y tópico lenguaje político contemporáneo. No nos llama la atención  de hecho, que la palabra “política” aparezca junto a adjetivos, por decirlo así, teñida con distintos colores: “política democrática”, “política cultural”, “política económica”, o incluso “política revolucionaria” y “política radical”. Adivinamos la mansedumbre de los adjetivos, la docilidad de los diccionarios. De manera que a ver si en la entrada que sigue, y que da fin de momento a esta serie, soy capaz de poner algo de claridad en este embrollo en que nos quieren meter los nuevos regeneracionistas de la política de siempre, otros y los mismos.