Contra Europa

Si Europa no es una federación como quería Jean Monnet (ni lo fue nunca, ni lo es, ni tiene pinta de llegar a serlo), ni tampoco es (ni antes, ni ahora, ni en un futuro imaginable) esa suerte de hermandad de gobiernos de naciones soberanas que le gustaba imaginar a Charles de Gaulle, ¿qué es Europa? Quizá la mejor respuesta es la del economista ultraliberal Friedrich Hayek, que la definió como una catalaxia, es decir, como un orden que nace del ajuste mutuo de muchas economías en un mercado único.

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Pintoresca, vieja Europa…

Aún hace apenas unas décadas, antes de la implantación del euro, cuando todavía la socialdemocracia de los países occidentales tenía alguna conciencia crítica respecto a la Unión, se rechazaba ese constructo antidemocrático tildándola de la «Europa de los mercaderes». Qué lejos queda ya, en esta aceleración de la estulticia universal, incluso esa mínima reserva mental ante el atropello que vivimos, en nombre, para colmo, de un supuesto ideal fríamente ideado desde su origen para que se desarrollara al margen de la voluntad, los votos y los plebiscitos o deseos de sus ciudadanos. La misma idea de ciudadanía europea fue cuidadosamente apartada de los sucesivos planes con que se ha ido forjando este engendro.

Europa es una selectiva maraña de disposiciones legales, jurídicas y administrativas diseñadas a la mayor gloria del dios de los negocios, infinitamente adaptables a las circunstancias. Piénsese en la manera en que los subterfugios del Tratado de Lisboa sortearon, como si nada, los refrendos negativos de los votantes de Francia y Holanda, o cómo del Tratado de Mastrique (así españolizó nuestro Lope de Vega el nombre de la vieja ciudad imperial de Maastrich), que, según se lea de una forma u otra, permite o no que el Banco Central financie a los estados miembros de la Unión, ha sido interpretado y sancionado según las conveniencias del gobierno y los banqueros alemanes actuales, facción dominante de la catalaxia.

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Mercader de otros tiempos.

Del mismo modo que se olvidó el interesante debate sobre la Europa Oriental, con Turquía en primer término, con las importantes cuestiones religiosas que trajo al primer plano; o cómo, después de la grande bouffe de la banca alemana en Grecia (financiación del crédito que debía ser gastado en la compra de productos alemanes, en un círculo que se consideró virtuoso mientras convino), ese país ha sido transformado en el invitado gorrón e incómodo al que se invita discretamente a abandonar la fiesta…

La Unión Europea, en efecto, es un producto de la guerra fría y de la democracia cristiana dominante en Europa al finalizar de la II Guerra Mundial. Las reformas constitucionales que se hicieron entonces (las que se ultiman ahora para el control del déficit presupuestario son su culminación) formaban parte de lo que algunos estudiosos llaman la democracia militante: un conjunto de normas que querían prevenir fenómenos como el nazismo o el comunismo, que ocuparon con tanta facilidad el territorio sin vigilar de la República de Weimar o la soñolienta Rusia de los zares; un proyecto muy meditado que, con la ayuda del Plan Marshall, pretendía amurallar las democracias débiles, excesivamente deliberativas y expuestas a revueltas y plebiscitos de la Europa de los años 30. No hay más que caer en la cuenta de que las instituciones europeas que detentan el poder -el Consejo, la Comisión, el Tribunal, el Banco- no han sido elegidas por nadie. Sí lo es el Parlamento; pero es un parlamento merovingio, de ornato, inútil, sin poder. Aún así y todo, el miedo a la URSS y a la porosidad del telón de acero trajeron como consecuencia (estratégica, no deseada) los años mitificados del welfare, del traído y llevado (en España apenas entrevisto en los años del boom financiero) estado del bienestar, hoy subastado en almoneda pública, junto a todo el procomún todavía vendible.

Europa no es en absoluto un sueño utópico, como algunos se empeñan aún en afirmar. No sé siquiera si lo ha sido alguna vez. Tal vez hubiera presentimientos de una Europa posible en la cabeza de Arias Montano, de los Valdés o de tantos humanistas como se pasearon por la Europa imperial como por su casa, con el latín como lengua viva. Quizá incluso, aun militarizado y onírico, planeara en las inteligencias malversadas de intelectuales nazis como Carl Schmitt o Martin Heidegger. A lo mejor en el medievalista E. R. Curtius o en nuestro Ortega y Gasset y sus utopías de un nuevo humanismo dirigido por las élites cultas de Europa. Seguro que también en el universalismo eurocéntrico de Karl Marx o en la hiperactividad de la revolución continua de León Trotski.

Pero la misma diversidad e inconcreción de ese sueño, su poco enraizamiento entre los ciudadanos e intelectuales de hoy mismo desprenden sólo un fútil aroma de nostalgia inútil y frustrante. Quizá la sola excepción sea (por su cantidad y duración en el tiempo) la de las conocidas becas erasmus o similares. Más que nada por las dudas que provoca, por su naturaleza de semilla, en el sentido de alguna Europa de ciudadanos que pudiera estar germinando, o convirtiéndose en crisálida, en estos miles de jóvenes estudiantes esparcidos por los estados de la Unión, aprendiendo, compartiendo, dialogando…

Bien poca cosa, como ven los amigos del blog, frente a esta bacanal inmoral del euro y su salvamento en que los impuestos se han convertido en confiscaciones, el humanismo europeo en mera palabrería, la política, en el renovado «tinglado de la antigua farsa» y la soñada universalidad europea ha devenido en este triste y asfixiante provincianismo cultural

Contra Europa, pues como decía Anna Harendt, hemos perdido el mundo. Para lo que interesa en nuestro asunto: hemos perdido Europa, entendida esta como un contorno dador de un sentido a nuestros trabajos y fatigas, un orden que eliminara la posibilidad de cualquier guerra como imaginaba Monnet, un nuevo humanismo como el soñado por Curtius… Contra Europa, pues; contra esta Europa de los mercaderes, en tanto al menos que crecen y sueñan los erasmus, por si acaso se transformaran en mariposas de un nuevo viejo mundo.

La raíces del fraude (A propósito del señor Lemus y las cotorras)

El País, que lleva unos días tratando la noticia en sus páginas, también editorializa hoy sobre el fraude científico cometido, al parecer, por Jesús Ángel Lemus, un investigador del CSIC, veterinario experto en aves exóticas, que trabaja desde hace tiempo en la estación biológica de Doñana. Como los lectores del blog seguramente saben, fueron las autoridades sanitarias, alarmadas por un estudio firmado por este científico en el que afirmaba haber descubierto un virus en cotorras de Doñana capaces de contagiar a humanos, las que hicieron saltar la primera alarma. En las navidades pasadas, un grupo de jefes y colegas de Lemus lo denunciaron ante el Comité de Ética del CSIC que ha encontrado sospechosas de fraude 24 estudios en los que aparece como autor o coautor.

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Pinocho científico (http://scientia1.wordpress.com)

El caso es muy entretenido tanto por el desparpajo de este investigador, que se otorga estudios totalmente inexistentes, detallados sin embargo con sumo detalle en cuanto a sus títulos, fecha y revista -siempre minoritarias y elitistas, difícilmente accesibles, en inglés, sobre temas superespecializados e intrascendentes, en realidad- en las que supuestamente habían sido publicados los resultados de sus sesudas investigaciones. Lo más llamativo quizá, casi en el ambiente de la novela negra, es la aparición de otro científico, Javier Grande, que figura como coautor de muchos de esos estudios y que, literalmente no existe. Mejor dicho, sí existe un veterinario de ese nombre, que compartió estudios con el tal Lemus, pero que dirige una clínica de animalitos convencional, que no ha investigado nada en su vida y que asegura no haber visto a nuestro avispado experto en aves exóticas, su antiguo compañero de estudios, en cerca de veinte años.

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Cotorras urbanas

Otra cosa son las conclusiones que, tanto en el texto editorial de hoy como en las otras crónicas o gacetillas que El País le ha ido dedicando al asunto, se quieren extraer de este caso, otro más, de fraude científico. Son las esperables condenas a la ambición personal de este pájaro, es decir, la reducción de todo a un desdichado episodio privado, y la llamada a la necesidad de un mayor control sobre la originalidad o veracidad del material editado por estas publicaciones de carácter científico (que, verdaderamente, son muchísimas e inflacionarias y muchas,sorpresivamente, de poco o ningún interés ni trascendencia social). Pero aquí pensamos que lo más interesante de la noticia queda, como siempre, en la sombra del fondo de la escena.

Veo, por un lado, una epifanía más del modo de producción capitalista aplicado al mundo de las ciencias: la necesidad de crecimiento -cancerígeno, acelerado: como ocurre con las mercancías, los beneficios, las «experiencias»…- connatural, pues, a esta «economía del conocimiento» regida por la ley de la productividad. Que afecta, por supuesto, a los mismos científicos, que necesitan multiplicar ad nauseam el número de sus publicaciones, citas, ponencias, especializaciones, etc. La aparición de los atajos, del camino fácil, es, así, tan natural y casi necesario, desde esta perspectiva, como en el mundo empresarial lo son la corrupción política o la picardía del timo y el engaño. Como todo esto se multiplica en climas morales tan deteriorados como el que vivimos, es de suyo que la primera víctima del fraude haya sido la verdad y la confianza; como lo ha sido, por otro lado, en los bancos, en la política o en la mismísima religión (¡todo un cardenal católico, como nuestro Rouco, chantajeando al gobierno con el apalancamiento de Cáritas ante la mera posibilidad de que la Iglesia tenga que pagar el IBI!)

Cathedral And The Bazaar Book Cover 194x300Está, por fin, la contradicción entre dos modelos de conocimiento que chocan continuamente, y que lo harán con mayor estridencia a medida que la guerra universal tecnológica avance en el número e importancia de sus escaramuzas y batallas. Esta contraposición entre dos paradigmas la expuso con claridad y acierto poco habitual, hace ya muchos años, Eric S. Raymond en su La catedral y el bazar. Si bien su larga y lúcida reflexión gira en torno al mundo del desarrollo de software (y en concreto, la admirable génesis del kernel linux) la metáfora es extensible al paradigma científico y del saber en general.

La catedral evoca la construcción cerrada y vertical, jerárquica y hermética: piénsese en las misteriosas cofradías de constructores nómadas de catedrales, y en su férrea defensa del secreto; evóquense las leoninas licencias que Microsoft ha impuesto e impone a sus usuarios, el secreto de sus desarrollos y las funestas consecuencias: los continuos y frustrantes errores de sus programas. Frente a la catedral, está el bazar: miles de programadores de todo el mundo desarrolando sofware en sus ratos libres para provecho del procomún. Es un tópico, en este mundo de la creación comunal de conocimiento, que no hay error que resista a miles de ojos escudriñando para encontrarlo; entre tantos, siempre hay uno más listo, o ciento, que lo ve. Eche a volar la imaginación el lector con la abrumadora masa de conocimiento y divulgación que la Wikipedia ha aportado al procomún humano contemporáneo; compruébese el derroche de puntillosidad en las discusiones encontradas entre autores anónimos de un mismo artículo, en busca de verdad u objetividad; la pasión y generosidad que late en muchos de ellos, que transmite su lectura; el destello de placer de la inteligencia compartida puesta a trabajar…

El fraude de Lemus es un subproducto del paradigma del saber de la catedral, y no tendría lugar en el modelo del bazar o procomún. Como también lo fue el fraude sonado de aquel Hwang que, en la locura de su mentira, decía que lo de la clonación humana estaba chupado para él, y publicó en Nature, o alguna de esas revistas de alta alcurnia, sus fabulaciones; o el fraude de tantos que no conocemos y que tal vez no conoceremos nunca, amparados en la difuminación de la identidad y la facilidad para la suplantación de los modernos medios electrónicos y de internet y sus abismales bases de datos; pero todos acuciados, sobre todo, por la neurosis productiva del capitalismo, tan manifesta ya, para nuestra desgracia, en el saber humano honesto, útil, libre, compartido, felizmente improductivo.

Lex Artis: una portada ejemplar de “Nueva España”

Esta portada del diario asturiano Nueva España (cabecera del grupo Prensa Ibérica, al que también pertenece mi querida La Opinión de Málaga, donde escribí durante tantos años)es un ejemplo de buen hacer periodístico, con arreglo a la lex artis del oficio y con un poco habitual respeto a la inteligencia del lector.

Ocupan el lugar de privilegio central, un texto y una imagen. El texto, en un enunciado claro, señala la actualidad del día: “Rescate de la banca en España”. Mucho más preciso, menos espectacular que el del diario El País, por ejemplo (“Rescate a España”). La imagen es la de un minero solo, sentado sobre un montón de palos y neumáticos que cortan una carretera comarcal asturiana y que pronto, prevemos, van a arder. El pie de foto cumple la función de anclaje clásica del periodismo; dice: “la soledad de los mineros del suroccidente”.

Como la relación sorpresiva de la imagen con el titular prinicipal es de las llamadas “de parasitismo” (llega a los ojos del lector ligada al titular prinicpal, pero en contraste con él) obliga a los lectores a completar por su cuenta la elipsis generada en la contraposición, a rellenar unos puntos suspensivos inexistentes, pero necesarios: la soledad de los mineros… sin rescate.

Una maravilla de buen periodismo (quienes hablan de su desaparición desean su desaparición) que quería compartir hoy con los amigos del blog. También he enlazado en la barra lateral una crónica muy oportuna sobre la pobreza invisible en Asturias, que aparece en el mismo periódico en su edición de hoy.

Lucha de clases unilateral

Una de las secuelas de la inmodélica Transición española, como la apostilla siempre, con razón, Vicenç Navarro, es el desprestigio de nuestros sindicatos. Roto el hilo histórico de nuestro país por la genocida Dictadura de Franco, se perdió también la tradición y costumbre de la lucha y resistencia obreras de las viejas organizaciones sindicales republicanas. Sus enormes masas de afiliados y simpatizantes devinieron en las escuálidas cifras de afiliación actuales y en el olvido y pérdida de su antigua y admirable capacidad de organización espontánea y potencia ideológica.

Sindicalistas Asesinados
Cartel alusivo a los asesinatos de sindicalistas en Colombia, de Amnistía Internacional (http://antorchalibertaria.blogspot.com.es)
Del mismo modo han perdido su intuición para el feeling social contemporáneo, tanto como su legendaria bravura en la lucha. De ello no se ha librado ni CC. OO, la más reciente y novedosa central sindical española, en términos históricos, crecida -en inteligencia, capacidad organizativa y poder de convocatoria- en los mismos entresijos de los sindicatos verticales franquistas, hoy a la defensiva y medrosa, de la mano siempre de la UGT posmoderna.

Pero son los sindicatos que tenemos. Y aunque deben asumir su parte proporcional en el desprestigio e indiferencia social de que gozan en la actual España de la Restauración -por su medrosidad y afición a los pactos palaciegos, por sus previsibles, negociadísimas y siempre postergadas huelgas por un día- no podemos olvidar que han sido escarnecidos, vilipendiados, despreciados, ninguneados como ninguna otra organización colectiva: desde el famoso reloj de Cándido Méndez hasta el más popular aún tiempo libre de los «liberados». Esa campaña, continua, sistemática y laboriosa de los medios de comunicación de la derecha política y económica española, con su pimpampún ha conseguido un éxito «de crítica y público» realmente notable. Pero no tan merecido como creen muchos.

Ahí están los mineros del carbón, hoy mismo, del brazo con sus sindicatos, resistiéndose con bravura a dejar de ser mineros por orden de Bruselas. O los incansables servicios jurídicos sindicales, que han remediado tantísimos despidos improcedentes o han conseguido tamañas indemnizaciones que han paliado los paros de muchísimas familias obreras. Al menos antes de este golpe de mano conocido como Reforma Laboral, que, en realidad, se ha cargado la digna tradición del Derecho del Trabajo español de un plumazo. Para algunos, contará en su haber su histórica renuncia e inhibición en lo que se llamaron Pactos de la Moncloa, para otros -el que esto escribe- no. Es mucho, sin embargo, lo que les debe la sociedad española, como para haberse ganado un mínimo reconocimiento y respeto social.

Pero en España, como dijo Azaña y yo no me canso de repetir, se piensa más con sonsonetes que con ideas; somos tremendamente desconfiados y desagradecidos con los que «se señalan» en la vida pública y, a la vez, desesperadamente ingenuos y tolerantes con los histriones o corruptos, con los vivillos y vivalavirgen. Y eso nos vuelve muy vulnerables en esta guerra social universal, en esta lucha de clases unilateral que nos han declarado los ricos y poderosos del mundo..

¿Por qué ese silencio clamoroso (en la barra lateral del blog he puesto un enlace de fronterad.com a otro «silencio clamoroso» de los Medios: el de África) sobre la Conferencia Internacional del Trabajo que, desde el 30 de mayo al 14 de junio, está teniendo lugar en Ginebra? Allí, por ejemplo, se ha hablado del destino triste de muchos sindicalistas en el mundo, que han sufrido despidos, detenciones o que han sido asesinados (76, en 2011)por el simple hecho de ser miembros de algún sindicato. Según concretó en Ginebra la secretaria general de la CSI, Sharan Burrow, en el prólogo al Informe Anual sobre las Violaciones de los Derechos Sindicales. En una crónica de periodismohumano.com que glosa estos datos, se precisa que el mayor número de asesinatos de sindicalistas se produjo en Colombia, en un triste ranquin que, según ironiza el autor del texto, ha bajado del centenar anual anterior a sólo 29. El placebo de las cifras, como ocurre con el recuento semanal de accidentes de tráfico.

Las clases medias (pero también, en gran medida, el precariado) de las sociedades occidentales vivimos aún como bajo los efectos de una anestesia, o en la neblina posterior a un gran colocón, acorchados y acolchados por el corcho del consumo y la placidez de una vida relativamente tranquila o la colcha de unos medios de comunicación dominados por poderosos grupos económicos y su efecto hipnótico de grandes demiurgos de realidades. Eso nos hace olvidar, víctimas del nihilismo individualista imperante como somos, que hay gente por el mundo que muere a cara de perro todos los días, a tiros, o que es encarcelada, ofendida, amenazada, sólo por pertenecer a un sindicato. Adjudiquemos a la crisis, como es uso corriente, también la falta de respeto social, tan generalizada, que translucen frases tan profundamente hipócritas e inmorales, como la de «ah, ése… ¡Ese es un liberado de sindicatos, un flojo que vive de puta madre!». Un sonsonete más.

Rubalcaba, por ejemplo (la miseria de la retórica)

La pobreza retórica de nuestros políticos es la manifestación visible de la menesterosidad de su pensamiento, de la penuria e inanidad de su capacidad de análisis. Su impotencia verbal es también -no puede ser de otra forma- la traducción exacta de su misma inacción e incapacidad de producir actos. Y es también la explicación de la inquietud y hastío que la gente siente ante ellos. Las consecuencias de todo ello, en unas democracias como las nuestras, sólo simbólicamente representativas e hipnotizadas en el marasmo de la economía capitalista, en un clima de profunda inmoralidad y agarrada, como a un clavo ardiente, al laberinto formal de los procedimientos administrativos y contables, sus efectos perversos -decíamos- no han hecho más que empezar. Uno de esos efectos visibles es el deterioro y vaciamiento suprasegmental, retórico y semántico del discurso político 1.
Giorgio de Chirico Misterio y Melancolía de una calles 1914
Como es válido para todos, cualquier ejemplo vale. Tomo, para el caso, el uso de un tristísimo retruécano, una lene inversión que, por todo recurso, improvisó Pérez Rubalcaba en un impotente intento de desmarcar su opción de economía política frente a la del partido gobernante. Dijo, más o menos, que el PP quería control del déficit y crecimiento económico, pero que el PSOE, que él representa, pretende crecimiento económico y control del déficit. El pobrísimo retruécano de dos conceptos (tan vacíos, por su lado, como todos los que pueblan el desierto semántico y referencial de la ciencia económica) sin presencia humana no esconde más que la sombra verbal de la inacción en que él mismo y su partido están paralizados, la traducción simbólica de su impotencia real y proporcional, complementario, en un espejo invertido -como él quiso decir, tan pobremente- de la facción que ocupa el poder en la actualidad.

Este mismo veterano político del ala derecha del PSOE usaba, días atrás, otra penosísima figura retórica, que en su vertiginoso vacío transparentaba el vacío de su oferta política. Se trataba, aquella vez, de una antonomasia: «lo que dice Hollande es lo que hay que hacer en Europa». La antonomasia contemporánea es siempre paupérrima, porque estos no son tiempos fáciles para la emulación y la eponimia; queda ya tan lejos el «como dize Arisótiles, cosa es verdadera…». En cuanto al vecino listo francés con el que Rubalcaba quiso hacer su antonomasia, coincidirá el lector conmigo en que tampoco es que el hombre esté para tirar cohetes.

Tampoco se le habrá escapado al amigo lector, entre las abundantes y mustias manifestaciones verbales de diputados, ministros o periodistas que salpican los Medios, la admonición de De Guindos, ministro del ramo, que elegía una común y fastidiosa personificación para avisarnos de que «el euro se la juega en Italia y España en las próximas semanas». De nuevo el paisaje vacío de personas, otra vez el hiriente desierto geométrico, como una ciudad de De Chirico, sólo habitada por una suerte de guerrero o futbolista solitario que «se la juega» en dos campos de batalla o fútbol, Italia, España…

Si no fueran tan terribles las consecuencias de esta pobreza verbal, que traduce sólo la menesterosidad mental, simbólica, política de quienes «nos representan», uno -que se dedica a enseñar estas cosas de la lengua, la retórica y la literatura a adolescentes- está tentado de comparar la ramplonería de nuestra clase dirigente a la riqueza, espontaneidad o sutilezas de que los jóvenes hacen gala a diario, tantas veces. Pero mejor no, que bastante aburrimiento y acedia provoca el abuso retórico del léxico escolar o pedagógico («hacer los deberes», «empezar el curso político»…) como para contribuir desde aquí a ese expolio o deforestación lingüística, proporcional a la depredación de la riqueza y diversidad del planeta o la vida y la dignidad humana que están llevando a cabo, ante nuestros ojos asombrados, los poderes financieros en la sombra y sus apoderados biopolíticos en las democracias occidentales.