X, Y

Si al lector le pasó alguna vez que tuvo que resolver un problema matemático con datos equivocados en el enunciado, recordará que no salía nunca, aunque aplicáramos la fórmula adecuada, aunque el razonamiento seguido fuera impecable. ¿Cómo podríamos definir la sensación sentida: frustración, impotencia, perplejidad? Algo de las tres cosas, seguramente, y, al final, renuncia, rendición…

Algo así creo que nos pasa cuando nos ponemos a comprender nuestro mundo, éste, el occidental en que vivimos, el Primero, y aquellos otros (Países Emergentes, los llaman aún, y el viejo e irredimible Tercero, o esos sin remedio, condenados, que la nombradía políticamente correcta, sin embargo con qué descaro, etiqueta como Países Inviables, sin más) cada vez más cercanos y más adentro, en el nuestro, en nuestras calles, en la vecindad. Que como los enunciados con que queremos entender el problema son erróneos -porque se han sustituido datos, escamoteado otros, o porque la sintaxis utilizada es ambigua, o deliberadamente confusa, o porque el repertorio de palabras-comodín, que como cantos rodados, ya no dicen nada y arrojan sólo sombras sobre sombras- el problema, es decir, el entendimiento de lo que nos pasa, se nos antoja irresoluble.

Y es así como acabamos encogiéndonos de hombros, renunciando, dejándonos llevar por el fatalismo, achacando a nuestra propia ignorancia o incapacidad, o a la maldad intrínseca de los conductores de estados -cuando lo más seguro es que a ellos tampoco les salgan las cuentas nunca, y hasta con buena fe actuarán la mayoría: quién lo duda con nuestro presidente, o hasta con las extremistas matronas francesa e italiana- lo irremediable de nuestros males, la inexcrutable y siempre postergada resolución de los problemas…

¿Pero cómo será posible un razonamiento honesto que no ponga en el enunciado al rey Midas, al Dinero, de la mano inseparable del poder, y su devastador efecto de convertirlo todo en mercancía? ¿Cómo puede extrañarse nadie de que se vendan niños como esclavos, que miles o millones se rompan las espaldas o las manos trabajando la tierra o las minas? ¿Quién puede explicar la devastación de Irak, de Líbano, de Palestina, de Ucrania, en elegantes términos de política internacional, de equilibrios de poder, de economías emergentes, sumergidas, invisibles…? ¿Quién, con un razonamiento honrado, puede sustituir, hasta que no se entiende nada, eso que nombraba tan bien, claro y rotundo, un libro anónimo que circuló durante el siglo XVII por nuestra España y en español: «la desordenada codicia de los bienes ajenos»?

Nadie puede explicarse la ecuación de las tragedias de nuestro mundo sin establecer el verdadero valor de «x», el dinero, y de «y», su hermano el poder. Todos lo sabemos al madrugar para ir a vender nuestra fuerza de trabajo por un puñado de euros, pero como en esas amnesias del corto plazo que recrean algunas películas, lo olvidamos al caer el día. Oímos hechizados las compras y ventas muchimillonarias con que cada día nos obsequian, admirando la habilidad de malabares con que el capitalismo malversa hasta el último rincón de la tierra, la energía del último y más esondido hombre o mujer del planeta. Y culpamos a la mala suerte.

Y por fin, las sustituciones de la realidad acaecidas en esta última y largamente planeada jugada maestra: el vaciamiento del lenguaje y su hermano el pensamiento ocioso. Esta lengua inerme que transforma nuestra rabia en un suspiro, la de otros en una tea, la de todos en la misma sensación de impotencia, de confusión, de mal sueño. Es ese malestar insidioso que traslada poco a poco nuestros enseres a realidades a medida y comprensibles, sean éstas las dichosas redes sociales o la más humilde y obrera de la teleserie en que transitamos, con toda naturalidad, del cansancio hasta la cama. Sin entender ni jota.

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Las edades del hombre (3): Robinsonadas

El tercer tipo de viaje de iniciación o puesta a prueba queda representado paradigmáticamente por los «robinsones» y sus «robinsonadas», como llama Pierre Furter1 a la saga y sus aventuras. Este mismo sociólogo centra la idea fundamental de esta tercera entrega, contrastando la supervivencia de Robinsón con la de los niños «salvajes» a partir de la presencia o ausencia de una cultura heredada en uno y en otros:

En las «Robinsonadas», incluso si la isla es a veces inhóspita, todo el relato gira en torno a la capacidad del héroe para defenderse de esta naturaleza, para dominarla y terminar por ponerla al servicio de su autoformación. Para los «niños salvajes», la naturaleza es, ciertamente, un lugar en el que pueden protegerse, en general, matorrales, bosques o tierras baldías. Si se adaptan para sobrevivir allí, guardan un comportamiento ambiguo en este sentido. La naturaleza les atrae y les hace sentir miedo (…) Esta incertidumbre se acentúa por el hecho de que no pueden referirse ni apoyarse en una cultura que no han heredado, o en muy pequeña medida.; mientras que los «robindones», por muy toscos que sean sus héroes, ya habían sido culturizados antes de comenzar su periodo de pruebas. De manera que la cuestión se desplaza, con los «niños salvajes», a la relación entre naturaleza y cultura.

Para concluir más adelante:

Estos dos mitos conducen a dos perspectivas muy divergentes: Las «robinsonadas» intentarían evocar en nosotros, y, si es posible, convencernos de ello, la idea de que, incluso solo y desamparado, el ser humano es capaz no solamente de sobrevivir, sino de recrear la civilización. Es un mito tranquilizador pese a sus peripecias dramáticas, y comprendemos que se haya propuesto a los niños como una lectura beneficiosa. Sin embargo, el caso de los «niños salvajes» es inquietante. Por un lado, mantiene la duda en cuanto a la verdadera naturaleza del niño: ¿pequeño hombre o pequeño animal? Por otra parte, sugiere que la autonomía humana, al menos durante la infancia, es más que frágil. La inmadurez es vivida como una carencia; puede convertirse en un estigma. Es esto lo que justifica la instrucción, la reeducación o incluso la colonización de la infancia.

De modo que Robinson Crusoe sobrevive y prospera en su isla gracias al bagaje cultural previamente adquirido. Pero esta misma capacidad «reproductiva» que le permite recrear la civilización perdida tras el naufragio, ha generado no solo lecturas optimistas, sino también lecturas e interpretaciones críticas. En este sentido son ejemplares las distintas maneras de abordar esta historia de Engels y de Marx. Engels, quizá más lúcido en este punto, cita a Robinson en varias ocasiones en su Anti-Dühring, un libro de lectura provechosa donde articula la tesis de que los actos políticos son actos de fuerza, del mismo modo que lo es la propiedad privada. El «pecado original» de Robinson está en la esclavización de Viernes, respecto a la cual el trabajo asalariado no es más que una evolución histórica.

Pues todo el asunto ya ha sido probado a través del famoso pecado original, cuando Robinson Crusoe hizo de Viernes su esclavo. Fue un acto de fuerza, y por lo tanto un acto político. Y en la medida en que esta esclavitud fue el punto de partida y el hecho fundamental de toda la historia pasada y la inoculó con el pecado original de la injusticia, hasta el punto de que en los períodos posteriores sólo se suavizó y «se transformó en las formas más indirectas de dependencia económica» {D. C. 19}; y en la medida en que «los bienes fundados sobre la fuerza» {D. Ph. 242}, que se ha afirmado hasta el día de hoy, también se basa en este acto original de esclavitud, es evidente que todos los fenómenos económicos deben ser explicados por causas políticas, es decir, por la fuerza. (…)

Pero para conseguirlo, Crusoe necesita algo más además de su espada. No todo el mundo puede hacer uso de un esclavo. Para poder hacer uso de un esclavo, uno debe poseer dos tipos de cosas: primero, los instrumentos y el material para el trabajo de su esclavo; y segundo, los medios de subsistencia para él.

Todo un homenaje a las teorías sobre el plusvalor de Marx. Este, por su parte, más interesado en la teoría del trabajo como productor de valor, se detiene en la laboriosidad de Robinson Crusoe en su El Capital:

Como las experiencias de Robinson Crusoe son uno de los temas favoritos de los economistas políticos, echémosle un vistazo en su isla. Por moderado que sea, sin embargo, tiene necesidades que satisfacer, por lo que debe hacer un trabajo útil de varios tipos, como fabricar herramientas y muebles, domar cabras, pescar y cazar. No tenemos en cuenta sus oraciones y cosas por el estilo, ya que son una fuente de placer para él, y él las considera como una gran recreación. A pesar de la variedad de su trabajo, sabe que su trabajo, cualquiera que sea su forma, no es más que la actividad de Robinson mismo, y por consiguiente, que no consiste más que en diferentes modos de trabajo humano La propia necesidad le obliga a repartir su tiempo con precisión entre sus diferentes tipos de trabajo. El hecho de que un tipo ocupe un espacio mayor en su actividad general que otro depende de las dificultades, mayores o menores según el caso, que haya que superar para lograr el efecto útil al que se aspira. Esto lo aprende pronto nuestro amigo Robinson por experiencia, y habiendo rescatado un reloj, un libro de contabilidad, un bolígrafo y tinta del naufragio, comienza, como un verdadero británico, a llevar un juego de libros. Su inventario contiene una lista de los objetos de utilidad que le pertenecen, de las operaciones necesarias para su producción y, por último, del tiempo de trabajo que le han costado, en promedio, determinadas cantidades de esos objetos. Todas las relaciones entre Robinson y los objetos que forman esta riqueza de su propia creación, son aquí tan simples y claras que son inteligibles sin esfuerzo (…) Y sin embargo, esas relaciones contienen todo lo que es esencial para la determinación del valor.

Marx también se refiere a Crusoe en los manuscritos conocidos como Grundrisse; allí ve en Robinson Crusoe no «una reacción contra el exceso de sofisticación y el retorno a una vida de naturaleza mal entendida» sino «la anticipación de la’sociedad civil'».

Es, más bien, la anticipación de la «sociedad civil», en preparación desde el siglo XVI y dando pasos de gigante hacia la madurez en el XVIII. En esta sociedad de libre competencia, el individuo aparece separado de los vínculos naturales, etc., que en períodos históricos anteriores lo hacen cómplice de un conglomerado humano definido y limitado. Smith y Ricardo siguen con los dos pies sobre los hombros de los profetas del siglo XVIII, en cuya imaginación este individuo del siglo XVIII -producto, por un lado, de la disolución de las formas feudales de la sociedad y, por otro, de las nuevas fuerzas productivas desarrolladas desde el siglo XVI- aparece como un ideal, cuya existencia proyectan en el pasado. No como resultado histórico, sino como punto de partida de la historia. Como el Individuo Natural apropiado en su noción de naturaleza humana, que no surge históricamente, sino que es planteada por la naturaleza. Esta ilusión ha sido común a cada nueva época hasta el día de hoy.

Las interpretaciones y abordajes de esta polisémica historia no se limitan, por supuesto, a la estancia de Crusoe en la isla, ni a su inquebrantable designio de supervivencia, autoformación, esclavitud, trabajo y enriquecimiento (en lo que supera al padre). Es también la parábola puritana que permite leer el libro como una autobiografía espiritual y religiosa en que la Providencia juega un papel central. Pero bástenos con lo dicho hasta ahora, que espero que haya resultado de algún provecho al lector de este blog.

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