Descodificando los premios Nobel de Literatura

Los estudios lingüísticos y literarios realizados con criterios cuantitativos, con la ayuda de algorritmos matemáticos y herramientas estadísticas, tienen poca tradición en el mundo hispánico. Más, en EEUU y la Europa del Este. Y sin embargo, son tremendamente útiles: aportan perspectivas novedosas, nos libran del espejismo de las opiniones y se muestran como evidencias científicas.

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Entre las excepciones, me parece especialmente meritosa la investigación que Rosa Navarro Durán (filóloga de la Universidad de Barcelona) llevó a cabo sobre la autoría del Lazarillo de Tormes, considerada tradicionalmente como obra anónima. Demostró, con ayuda de estudios de frecuencia léxica, y con todas las herramientas que el estudio directo de las fuentes le permitió, que el autor de esta obra clásica fue Alfonso de Valdés, el humanista de la corte del Emperador. Como España es así, Rosa Navarro ha tenido que luchar con el Argumento de Autoridad -en este caso, el prestigio, algo mafioso de Francisco Rico, que pasa por ser el mayor experto en este libro, que defiende con uñas y dientes su anonimato. Afortunadamente, cada vez más editoriales sacan a la luz Lazarillo de Tormes como obra de Alfonso de Valdés.

En el ámbito de la sociología, este tipo de estudios son más abundantes, como es natural dada la lex artis de esta ciencia. Recuerdo dos que me resultaron especialmente interesantes: uno sobre los usos y significados del término “populismo”, tan de moda en los últimos tiempos, a través de distintas publicaciones desde el siglo XIX, demostrando que la alternancia entre significados positivos y negativos, ayudaba a entender por qué ahora hay un consenso en diferenciar populismos de izquierdas y derechas. El otro, más exhaustivo, rastreaba estadísticamente afirmaciones, usos sintácticos y metáforas, que proliferaron en las publicaciones universitarias norteamericanas en los últimos años 70 y primeros 80 sobre economía política, que prepararon el terreno “intelectual” para el advenimiento, triunfo y extensión de la visión neoliberal del capitalismo, que tan terribles consecuencias ha tenido para nuestras sociedades.

* * *

Pero el estudio que quería traer aquí a colación es mucho más humilde y de interés más restringido, pues se trata solo de un análisis cuantitativo y cualitativo sobre lo que su autora (Jennifer Quist, NLR, ed esp. 104) llama “el movimiento del capital cultural a través de la literatura mundial”. El corpus de su estudio se limita a las declaraciones públicas de la Academia sueca, sus comentarios y sus esquemas biobibliográficos sobre los distintos escritores premiados, sin tener en cuenta los datos objetivos sobre su vida y obra, ni la visión personal de los mismos autores, o lo que los propios críticos literarios hayan escrito sobre sus obras o importancia.

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El análisis cuantitativo de ese soporte textual permite descubrir el sesgo político y cultural de los autores premiados, cómo la Academia sueca ha privilegiado siempre una serie de características vitales, ideológicas y literarias. Esas variables se pueden resumir en:

  • Historias personales de exilio.
  • Ascenso desde clases sociales humildes.
  • Inclinaciones personales hacia el individualismo y ciertas formas de revolución “tolerables”.
  • El uso casi exclusivo de referencias occidentales a la hora de establecer las influencias literarias de los escritores premiados.
  • Las referencias a contenidos o inspiración autobiográficos en sus obras.
  • El multilingüismo, salvo en los escritorios ingleses, que no presentan el dominio de otras lenguas salvo la suya (ver mi entrada reciente sobre el idioma inglés y el solipsismo estadounidense).

La secuencia temporal para el estudio se centra en el periodo que va desde 1992 (final de la Guerra Fría) hasta nuestros días.

El método seguido consistía en que cuando aparecían esas variables, el premiado era señalado como positivo en cuanto a esa variable. Los resultados se tabularon asignando valores numéricos a las variables tipificadas en esos escritores premiados, con la intención de reflejar en qué medida encajaba cada uno de los galardonados en el perfil ideal (recordemos que solo se manejaron declaraciones y encomios “oficiales” de la Academia sueca) de un Premio Nóbel de Literatura.

Los hallazgos generales, para el periodo estudiado (desde 1992 hasta nuestros días), fueron interesantes:

  • Un 78% de los premiados han sido hombres, frente a un 28% de mujeres.
  • El 68% de los premiados vivían en Europa en el momento de recibir el premio, frente a un 20% en las Américas, un 8% en Asia, un 4% en Australia y ninguno en África. Muy significativo.
  • El idioma más común era el inglés (un 36%) seguido del alemán (un 16%).

Las seis variables estaban representadas en todos los premiados, incluido el polémico Bob Dylan, que puntuaba en la zona media de la tabla. La puntuación media se puede considerar como de 4,2 sobre 6. La máxima puntuación, la de quienes cumplían todas las características del perfil ideal de un Nóbel, la obtuvieron cuatro escritores: J. M. Coetzee, Gao Xingjian, Herta Müller e Imre Kertész. El segundo lugar, con 5 de las 6 variables, lo ocuparon seis premiados: Seamus Heaney, Doris Lessing, Günter Grass, Wislawa Szimborska. Elfriede Jelinek y Jean-Marie Gustav Le Clézio. Con cuatro variables hubo cinco galardonados: Toni Morrison, V. S. Naipaul, Kenzaburo Oé, Orhan Pamuk y Bob Dylan. Mario Vargas Llosa, Mo Yan, José Saramago, Harold Pinter, Darío Fo, Derek Walcott y Tomas Tranströmer reunían 3 de las 6 características. Con solo dos de las variables, estaban Svetlana Alexievich, Patrick Modiano y Alice Munro. Estas últimas puntuaciones bajas, según señala Quist, se produjeron en premiados entre los años 2013 y 2015, lo que se puede interpretar como un cambio incipiente de cara al futuro en el perfil ideal de un Premio Nóbel de Literatura vigente hasta ahora.

El resto es más prolijo y de menor interés general (quiero decir, para alguien no muy apasionado de estas cosas), así que no me detengo en ello para no abrumar a los amigos que me han leído hasta aquí.

Concluyendo, el retrato-robot obtenido en este estudio es el siguiente:

El candidato ideal al Premio Nóbel de Literatura es un varón, que trabaja en una lengua de la familia anglo-alemana, es étnicamente europeo y vive, normalmente, en ese continente. Es un rebelde asimilable, individualista y que asume riesgos. Procede de raíces humildes, o al menos, de clase media, a pesar de lo cual ha obtenido renombre internacional. Su obra tiene influencias de la de otros escritores occidentales, de forma casi exclusiva. Su obra se inspira en su mayor parte en acontecimientos de su propia vida y, con toda probabilidad, no es un traductor.

Lo que sabía y no sabía hacer

He terminado Sabía leer el cielo, un libro que combina textos de Timothy O’Grady con fotografías de  Steve Pyke, fotógrafo de The New Yorker. Es un libro precioso del que, gracias a la editorial Pepitas de calabaza, tenemos ya una digna traducción al castellano, a pesar de que el original se publicó en 1997. Era ya conocido y estimado, según me entero ahora, y hay una película inspirada en él, I Could Read The Sky así como una canción de de Mark Knopfler, Mighty Man. Una y otra las enlazo al final de la entrada.

Los textos de O’Grady evocan, con una fuerza lírica tremenda, los recuerdos de su protagonista individual, un irlandés que encuentra un sentido para su vida en las canciones que sabe tocar con su acordeón (27 canciones, según leemos en uno de los fragmentos que transcribo a continuación) y en el amor total que siente por una mujer, Maggie, descrita siempre de forma elusiva, con sinestesias que la identifican con los elementos de la naturaleza: el viento, el mar, la tierra…

Hay otro personaje, colectivo, que se nos va presentando bajo diversos nombres, apariencias e historias, en representación de los campesinos irlandeses que, a comienzos del siglo pasado, emigraron a Inglaterra a trabajar en la construcción de túneles y carreteras o casas, en el trabajo agrícola -de un campo ya industrializado- o ganadero. Cambian tanto de trabajos como de nombres y la realidad húmeda y sucia de los cuartos oscuros donde duermen o de las tabernas donde se emborrachan o cantan, se compensa con los recuerdos rurales de su infancia perdida en Irlanda. Como dice el protagonista narrador en este fragmento, cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado…

Cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado. Después trabajé. Pavimenté carreteras, rompí cemento, excavé bajo viviendas y retiré barro. Conté paladas, conté patatas y conté ladrillos. Fue el tiempo en el que tuve un pasado. Era pesado como los bloques que lastran una barca. Sin pasado me habría hundido. Creía que tenía futuro también, pero no podía verlo. Estaba en las cosas que levantaba y acarreaba y en lo que me daban por hacerlo. Era un futuro que parpadeaba y se oscurecía cuando intentaba mirarlo.

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Bajo los epígrafes “lo que sabía hacer” y “lo que no sabía hacer”, que cito ahora, podemos leer una declaración de principios sobre un saber, el saber obrero de antes de la división social del trabajo a través de la especialización -que estos campesinos aún no conocen- que nos vuelve indefensos, torpes e ignorantes para vivir. Un saber total. Un saber que es un hacer, pues los trabajadores siempre han sido los hacedores del mundo…

Lo que sabía hacer:

Sabía remendar redes. Techar con paja. Construir escaleras. Tejer una cesta con juncos. Entablillar la pata de una vaca. Cortar turba. Levantar un muro. Pelear tres asaltos con Joe en el ring que papá instaló en el granero. Sabía bailar. Leer el cielo. Armar un tonel para caballas, Arreglar caminos. Construir un bote. Rellenar una silla de montar. Colocar una rueda en un carro. Cerrar un trato. Preparar un campo. Manejar la volteadora, la rastra y la trilladora. Sabía leer el mar. Disparar con puntería. Coser zapatos. Esquilar ovejas. Recordar poemas. Sembrar patatas. Arar y gradar. Leer el viento. Criar abejas. Liar gavillas. Fabricar un ataúd. Aguantar la bebida. Asustar con historias. Sabía qué canción cantarle a una vaca mientras la ordeñaba. Tocar veintisiete canciones en el acordeón.

 

Lo que no sabía hacer:

Tomar comidas sin patatas. Confiar en los bancos. Llevar reloj. Invitar a pasear a una mujer. Trabajar en desagües o con objetos más pequeños que un clavo. Conducir un coche. Comer tomates. Recordar las rutas de los autobuses. Sentirme cómodo con el cuello de la camisa. Ganar a las cartas. Reconocer a la reina. Soportar las voces altas. Observar el protocolo de los saludos y las despedidas. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una fábrica. Tomar café. Mirar una herida. Seguir el críquet. Entender la forma de hablar de un hombre del oeste de Kerry. Llevar zapatos o botas de goma. Imponerme a PJ en una discusión. Hablar con hombres que llevan cuello de camisa. Flotar en el agua. Enfrentarme al dentista. Matar un domingo. Dejar de recordar.

El libro acaba con esta última cosa que no sabía hacer: dejar de recordar… Vale la pena leerlo, en tiempos como estos en que el desprecio hacia los campesinos y obreros de ciudades, y más aún si son emigrantes como estos irlandeses, por parte de los poderosos y las clases ociosas, ha cobrado estos tonos tan hirientes y humillantes que todos conocemos… Seguramente porque ya nadie sabe leer el cielo o el mar y se ha clausurado el mundo como un enigma que tiene la apariencia engañosa de un escaparate luminoso.

Mighty Man
by Wesley Kaizer on YouTube

I COULD READ THE SKY
by Nichola Bruce on Vimeo

Tres poemas de Joan Margarit

Joan Margarit i Consarnau es uno de los grandes poetas vivos en catalán y castellano. Él mismo escribe las versiones en español de sus poemas escritos en lengua catalana. Luis García Montero, conocido escritor granadino amigo suyo, con el que ha presentado libros y recitado poemas muchas veces, le escribía en una carta pública:

Querido Joan Margarit, no sé si te he contado que mi nuevo ordenador me saluda y me despide en catalán. Lo compré estas pasadas navidades, porque el antiguo andaba mal, muy fatigado por el uso de los años, los versos, los artículos, las novelas y las navegaciones. Cuando lo puse en marcha, su sistema operativo utilizó tu lengua. Cada vez que lo enciendo, me abraza con un Benvingut. Cuando lo cierro, me da tres opciones: Atura temporalment, Tanca y Actualiza y reinicia.

No es el único caso, ni mucho menos, de amistad y admiración mutuas entre escritores en castellano y las otras lenguas de España. En los inicios de este canal, ya traíamos a colación la amistad entre Unamuno y Maragall, con su poema “La vaca cega” en las dos versiones. Ojalá su ejemplo cundiera entre tantos españoles intoxicados por la incomprensión y el desconocimiento mutuos. En su página personal, Joan Margarit, se pueden encontrar notas biográficas, sobre su poética y leer y oír muchos de sus poemas. Su obra es ya inmensa y tiene múltiples registros. Los tres poemitas que comparto aquí (en su versión en castellano) son solo una elección personal, una vía de acceso, como otras posibles, a la obra de un gran poeta apasionado y vivo.

Principios y finales

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Una vez fui una chica con futuro.
Leía en latín a Horacio y a Virgilio
y recitaba a Keats completo de memoria.
Al entrar en sus cuevas, los adultos
me capturaron: comencé a parir
hijos de un hombre necio y vanidoso.
Ahora cuando puedo lleno el vaso
y lloro al recordar algún verso de Keats.
Una mujer ignora, cuando es joven,
que no hay lugar alguno
donde poder quedarse para siempre.
Y no comprende porque nunca llega
aquel o aquella donde hallar descanso.
Las muchachas lo ignoran: los principios
no se parecen nunca a los finales.

Del libro El primer frío

CASA DE MISERICORDIA

El padre fusilado.
O, como dice el juez, ejecutado.
La madre, ahora, la miseria, el hambre,
la instancia que le escribe alguien a máquina:
Saludo al Vencedor, Segundo Año Triunfal,
Solicito a Vuecencia poder dejar mis hijos
en esta Casa de Misericòrdia.

El frío del mañana está en la instancia.
Hospicios y orfanatos fueron duros,
pero más dura era la intemperie.
La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.

Del libro Casa de misericordia

VENGO DE ALLÍ

Vivo en ciudades de edificios altos,
al sesgo y que se inclinan
para exhibir, suntuosos,
la fuerza del peligro y de la insensatez.
Son titanio y cristal reflejando las nubes.
Pero la vida son también andamios,
humildes esqueletos hacia arriba.
Como un traidor de Shakespeare,
la opulencia planea siempre un crimen.
Y yo soy una carta mal escrita
por la gente que abrió
paso al agua hasta el fondo de los huertos.
Vengo de allí. Lo que haya en mí de noble
sólo puede venir de la pobreza.
Ella con humildad retira el andamiaje
y deja muros rectos, verticales y clásicos.
Ella apartó la tierra con la azada.
La he conocido. Sé qué es.
No voy a confundirla con lo otro,
lo que hay de miserable en la opulencia.

Del libro Amar es dónde

Gioconda Belli, "Amo a los hombres y les canto"

Para quien no conozca la poesía de la escritora nicaragüense Gioconda Belli (Managua, Nicaragua, 9 de diciembre de 1948), tumultuosa, alegre y retozona como un niño, terremoto o maremoto, pagana y cósmica, “fieramente humana”, este poema, tal vez, puede ser una sorpresa, un regalo especial que espero que disfruten amigos y lectores. Acompaño “estos poemas que escribo y lanzo al viento” de un vídeo (al final de la entrada) compuesto por Mercedes Pérez, a quien pertenece también la voz, para los enamorados de la imagen y la escucha más que de la lectura.

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Amo a los hombres
y les canto.

Amo a los jóvenes
desafiantes jinetes del aire,
pobladores de pasillos en las Universidades,
rebeldes, inconformes, planeadores de mundos diferentes.
Amo a los obreros,
esos sudorosos gigantes morenos
que salen de madrugada a construir ciudades.
Amo a los carpinteros
que reconocen a la madera como a su mujer
y saben hacerla a su modo.
Amo a los campesinos
que no tienen más tractor que su brazo
que rompen el vientre de la tierra y la poseen.
Amo, compasiva y tristemente, a los complicados
hombres de negocios
que han convertido su hombría en una sanguinaria
máquina de sumar
y han dejado los pensamientos más profundos,
los sentimientos más nobles
por cálculos y métodos de explotación.

Amo a los poetas -bellos ángeles lanzallamas-
que inventan nuevos mundos desde la palabra
y que dan a la risa y al vino su justa y proverbial importancia.
que conocen la trascendencia de una conversación
tranquila bajo los árboles,
a esos poetas vitales que sufren las lágrimas y van
y dejan todo y mueren
para que nazcan hombres con la frente alta.
Amo a los pintores -hombres colores-
que guardan su hermosura para nuestros ojos
y a los que pintan el horror y el hambre
para que no se nos olvide.
Amo a los solitarios pensadores
los que existen más allá del amor y de la comprensión sencilla
los que se hunden en titánicas averiguaciones
y se atormentan día y noche ante lo absurdo de las respuestas.

A todos amo con un amor de mujer, de madre, de hermana,
con un amor que es más grande que yo toda,
que me supera y me envuelve como un océano
donde todo el misterio se resuelve en espuma…

Amo a las mujeres desde su piel que es la mía.
A la que se rebela y forcejea con la pluma y la voz desenvainadas,
a la que se levanta de noche a ver a su hijo que llora,
a la que llora por un niño que se ha dormido para siempre,
a la que lucha enardecida en las montañas,
a la que trabaja -mal pagada- en la ciudad,
a la que gorda y contenta canta cuando echa tortillas
en la pancita caliente del comal,
a la que camina con el peso de un ser en su vientre
enorme y fecundo.
A todas las amo y me felicito por ser de su especie.
Me felicito por estar con hombres y mujeres
aquí bajo este cielo, sobre esta tierra tropical y fértil,
ondulante y cubierta de hierba.
Me felicito por ser y por haber nacido,
por mis pulmones que me llevan y me traen el aire,
porque cuando respiro siento que el mundo todo entra en mí
y sale con algo mío,
por estos poemas que escribo y lanzo al viento
para alegría de los pájaros,
por todo lo que soy y rompe el aire a mi paso,
por las flores que se mecen en los caminos
y los pensamientos que, desenfrenados, alborotan en las cabezas,
por los llantos y las rebeliones.
Me felicito porque soy parte de una nueva época
porque he comprendido la importancia que tiene mi existencia,
la importancia que tiene tu existencia, la de todos,
la vitalidad de mi mano unida a otras manos,
de mi canto unido a otros cantos.
Porque he comprendido mi misión de ser creador,
de alfarera de mi tiempo que es el tiempo nuestro,
quiero irme a la calle y a los campos,
a las mansiones y a las chozas
a sacudir a los tibios y haraganes,
a los que reniegan de la vida y de los malos negocios,
a los que dejan de ver el sol para cuadrar balances,
a los incrédulos, a los desamparados, a los que han
perdido la esperanza,
a los que ríen y cantan y hablan con optimismo;
quiero traerlos a todos hacia la madrugada,
traerlos a ver la vida que pasa
con una hermosura dolorosa y desafiante,
la vida que nos espera detrás de cada atardecer
-último testimonio de un día que se va para siempre,
que sale del tiempo y que nunca volverá a repetirse-.
Quiero atraer a todos hacia el abrazo de una alegría que comienza,
de un Universo que espera que rompamos sus puertas
con la energía de nuestra marcha incontenible.
Quiero llevaros a recorrer los caminos
por donde avanza -inexorable- la Historia.
Porque los amo quiero llevarlos de frente a la nueva mañana,
mañana lavada de pesar que habremos construido todos.

Vámonos y que nadie se quede a la zaga,
que nadie perezoso, amedrentado, tibio, habite la faz de la tierra
para que este amor tenga la fuerza de los terremotos,
de los maremotos,
de los ciclones, de los huracanes
y todo lo que nos aprisione vuele convertido en desecho
mientras hombres y mujeres nuevos
van naciendo erguidos
luminosos
como volcanes…

Vámonos
Vámonos
Vámonoooos!!!

Vídeo-Poema. Poema de Gioconda Belli en la voz de Mercedes Pérez. Composición Mercedes Pérez.

AMO A LOS HOMBRES Y LES CANTO. Gioconda Belli
by Mercedes e Isabel on YouTube

Dice el wikipedista de su obra poética:

Sus poemas aparecieron por primera vez en el semanario cultural La Prensa Literaria del diario La Prensa de su país. Su poesía, considerada revolucionaria en su manera de abordar el cuerpo y sensualidad femenina, causó gran revuelo. Su libro Sobre la grama le valió en 1972, el premio de poesía más prestigioso del país en esos años, el Mariano Fiallos Gil de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN). En 1978 junto a Claribel Alegría, obtuvo el prestigioso Premio Casa de las Américas en el género poesía por su libro Línea de Fuego, obra que escribió mientras se encontraba viviendo exiliada en México a causa de su activismo revolucionario y que refleja su sentir sobre la situación política de Nicaragua.

Las pasiones tristes

Cuentan que Napoleón dijo una vez que la mano que da está siempre por encima de la mano que recibe. Cuando esa mano deja de dar, o da menos, la mano que recibe reclama la carencia, que siempre provoca melancolía: y es por ello que las “luchas sociales” son siempre melancólicas, victimistas, como se suele decir en la neolengua. El estado sustentado en la ideología liberal, escudándose en la libertad concedida a cada ciudadano, culpabiliza a la mano que recibe con el castigo merecido en nombre de la razón colectiva (la crisis, por ejemplo; o el reparto equitativo, o la recuperación de la economía…). La mano que da siempre se salva e inocula el sentimiento de culpa, como un veneno junto a la dádiva, en la melancólica mano que reclama.

En el plano familiar o privado, se reproduce la situación (los abuelos -la mano que da- que, con su pensión, ayudan a los hijos en paro -las manos recipendarias-, en subcontrata, diríamos, pues los abuelos también reciben su ayuda del Estado que da. Todas las huelgas y luchas obreras (con sus excepciones, naturalmente) representan, por seguir con la metonimia, las manos que reivindican más, colectivamente, a la mano que da, que siempre queda por encima. Da igual que la reclamación se dirija al patrón o al Estado: en la sinécdoque de Napoleón, son lo mismo.

En las democracias representativas (elecciones y farsa electoral: programas, mítines, propaganda…) encontramos de nuevo el mismo paradigma: “te voto a ti, partido X (la mano que da), para que, una vez en el poder, suplas mi carencia, cures mi melancolía y alivies mi culpa por ser la mano que recibe”. Es un mecanismo conductista, perverso en su suposición de que la justicia es “dar a cada uno lo suyo” olvidando lo que de forma tan clara vio ya el Emperador.

Entre la mano que da y la que recibe, surge una tercera: la mano que toma, que decide tomarse la justicia por su mano. Esta es la mano que no se conforma con recibir ni puede dar, porque no tiene, pero aspira a ello. En esta tercera sinécdoque -en la que entraría la toma violenta del poder o la propiedad, que excluimos ahora- aparecen dos impulsos que se desarrollan y normalizan con las sociedades burguesas, con la ideología liberal: la ambición y el deber. Pascal consideraba la ambición como una “pasión de viejos”; el deber, convertido por gracia de la vocación en una pasión subjetiva, es su reverso en el espejo: otra para ser la misma. De ellas, de estas pasiones tristes -reactivadas por las derechas políticas actuales con los eufemismos de “emprendedores”, “empoderamiento” o “hacer lo que sea necesario”- nos ocupamos ahora.

Lo hacemos a partir de dos novelas, Rojo y Negro, de Sthendal (que afirmó que la literatura era un espejo en el camino) y Middlemarch, de George Eliot, con ayuda de dos ensayos estimulantes sobre una y otra obra1 2. Adoptamos un enfoque comparativo, en lo posible y como es nuestra costumbre, con las contemporaneidades, un término que Manuel Azaña opuso al de actualidades y que, como saben los amigos de este blog, nos gusta y adoptamos como nuestro hace tiempo.

La ambición

La ambición era censurada como motivo de vergüenza en el mundo antiguo. Francesco Fiorentino1 recoge la definición del diccionario de Antoine Furetière en 1690, “desmedida pasión por la gloria y la fortuna” y añade que “la ambición era concebida como una forma de concupiscencia, no por los bienes materiales (como la avaricia), ni por los placeres sensuales (como la lujuria) sino por el poder y lo que se habría denominado éxito.” La cuidadosa distinción de la sociedad del Antiguo Régimen entre ambición y codicia, hoy perdida, nos permitiría, sin embargo, entender la desagradable sensación -repugnancia, desasosiego- que nos producen los políticos y empresarios corruptos de la España actual: personajes como Rodrigo Rato, o cualquier otro de cualesquiera de las muchas tramas mafiosas investigadas por los jueces o denunciadas por la prensa libre, son simples codiciosos; no hay en ellos pasión alguna salvo la avaricia, la pasión más triste.

Fausto
Fausto, de Rembrandt.

Sigue Fiorentino explicando que “en el Antiguo Régimen, en el que la identidad estaba determinada por el rango, que a su vez estaba determinado por el nacimiento (…), la ambición era tabú, porque alimentaba un impulso contrario al orden natural y a la voluntad divina. Quienes la deploraban, clérigos o seglares, coincidían en que su principal síntoma era una especie de fiebre ávida, una agitada tensión nerviosa que consumía la vida.” ¿Cómo no recordar el Abel Sánchez de Unamuno, a su Joaquín Monegro sufriendo de una parecida fiebre ávida que lo consumía? El Joaquín Monegro de Abel Sánchez, ya en la sociedad burguesa contemporánea, que acepta y estimula la ambición, sufría de otra concupiscencia del alma, de otra pasión triste, o “sombría” como la llama Miguel de Unamuno: la envidia.

La ambición y la envidia solo se diferencian en el modelo: el ambicioso lo emula; el envidioso lo quiere suplantar y anular. La ambición es una pasión fría en cuyo curso se cruzan le pasado y el futuro, la estrategia, la maquinación y el engaño; la envidia es una pasión destructiva y autodestructiva cuyo modelo y meta son inasequibles salvo en el asesinato o el suicidio. Si Julien Sorel trama de forma calculada y manipuladora su ascenso social, borrando las huellas de su pasado humilde e impostando una nueva identidad social morganática (a través de la seducción de Mathilde, la hija del marqués de La Mole), que le permita ser admitido en el grupo de los privilegiados, Joaquín Monegro sufre su pasión sombría y solitaria, que nace de los celos por el amor entre Helena y Abel, de forma nihilista y destructora. Los síntomas de la enfermedad social las describe Unamuno en términos naturalistas como los que se pueden leer en estas líneas:

Pasé una noche horrible -dejó escrito en su Confesión Joaquín- volviéndome a un lado y otro de la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños acerbos.
Pensaba matarles y urdía mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había querido afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel por menosprecio a mí, pero que no podía, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con más furia que nunca.
En alguna de las interminables modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte de Abel. Fue una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia.

La ambición no se ennoblece hasta después de la Revolución Francesa, con su santificación del individuo. La distinción del ambicioso frente al simple avaro y sus cálculos cicateros se vuelve ya canónica. Benjamin Constant lo dejaba claro a comienzos del siglo XIX, en sus Principes de politique: “No podemos excluir a los hombres ambiciosos de los cargos públicos, pero mantengamos a distancia a los avariciosos.” Si la clase política española leyera más a los clásicos, nos habríamos ahorrado muchos disgustos… Todo esto es así porque la ambición se contempla ya como compatible con las virtudes positivas: el valor, la honradez, la imparcialidad, la generosidad… Adam Smith hará popular, verdad común, que el egoísmo de unos pocos redunda siempre en el bien de todos. La inercia de los gobiernos actuales que, en nombre de ese mantra, elaboran reformas fiscales y laborales que favorecen siempre a los más ricos, con la justificación de que así se creará más empleo y riqueza para todos, es hija de este ennoblecimiento de la ambición, que ya había entrado tiempo atrás en el Panteón de las virtudes cristianas, de la mano inteligente y terrenal de Santo Tomás.

Fiorentino elige Rojo y Negro como base de su reflexión porque entiende que es la novela inaugural del un ciclo narrativo de onda larga caracterizado por el triunfo de la ambición en el nuevo universo burgués. La ambición, según él, es una pasión “antilírica, que requiere cambios y giros repentinos: produce relatos.” Julien Sorel tiene un modelo, Napoleón, y un plan para emularlo. A pesar de la lejanía del modelo, se siente acuciado por el tiempo: el Emperador, con solo 28 años, ya había llevado a cabo sus más grandes hazañas. Pero la vida de Napoleón está dominada por una pasión heroica y sus hechos trascienden a toda Europa. La ambición de Julien es modesta, aunque le impone durísimas disciplinas, disimulos y manipulaciones: moverse hacia arriba en una sociedad de clases. Su principal obstáculo es su propio pasado. Como afirma Francesco Fiotentino, “el pasado del parvenu debe ser enmascarado o mistificado por constituir una amenaza para el presente.”. El pasado siempre pasa factura al arribista y ese riesgo lo convierte en un ser perdido en un juego de suplantaciones y falsas identidades… Que llega a nuestros días. El tristemente famoso Luis Roldán se autotitulaba como Licenciado en Empresariales e Ingeniero cuando sus estudios no habían superado los deBachillerato. Carmen Chacó se inventó un inexistente doctorado en Derecho. Leyre Pajín, que llegó a inventarse una cargo en una Facultad de la Universidad de Alicante que no existía siquiera. Tomás de Burgos, falso médico. El afamado Alfonso Guerra, perito industrial, que hacía referencias a sus imaginarias licenciaturas en Ingeniería y Filosofía… Pasiones tristes, de pícaros de nuestra época perdidos en esa lucha del ambicioso contra su propios pasado. Su modelo lejano no es Napoleón, sino Lázaro de Tormes quien, al final de su relación autobiográfica, de esta no explícita declaración sobre el caso por el que ha sido citado, presume del éxito social que debe a su ambición: la obtención del oficio real de pregonero (y cornudo consentido, según los rumores) en la ciudad de Toledo:

Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y se hicieron grandes regocijos, como Vuestra Merced habrá oído. Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna.

Julien Sorel, sin embargo, no llega a la “cumbre de toda buena fortuna”. El “todo está perdido” de la carta de Mathilde, el absurdo intento de acabar con madame de Rênal, su estancia en la cárcel abren una inesperada puerta de salida a la necesidad continua de maquinaciones que le ha impuesto su ambición, lo que Fiorentino llama una “ligereza de corazón”; esa que recupera cuando se libera del peso del futuro y del cálculo y disimulo continuos a que le obligaba la ambición, con su tenso arco hacia la nada…

El deber

El deber es la ambición en el espejo. Donde en los personajes ambiciosos encontramos el deseo de obtener un estatus propio de los privilegiados -desmintiendo el destino previsto en su pasado humilde-, en una sociedad dividida en clases sociales, en el personaje dominado por esta otra pasión fría hallamos, por el contrario, el impulso de entregar sus vidas a un deber, una vocación o una causa. Pero en el siglo XIX, como afirma Enrica Villari2, “La fascinación por el deber no era “un amor a la ley por sí misma, sino una preocupación por la higiene del yo”. Los modernos quieren hacer del deber heroico una pasión personal y subjetiva y es en esa contradicción imposible de salvar donde la entrega a una vocación o causa naufraga. Es lo que les ocurre a los protagonistas principales de Middlemarch.

En una carta de George Eliot a John Brackvood, mientras escribía Middelmarch: su objetivo era mostrar “la acción gradual de las causas ordinarias, no de las excepcionales”. La novelista era consciente de que esas causas ordinarias -las limitaciones que el el pueblo y su presión social tanto como la búsqueda de la felicidad personal imponen- limitan y condenan a la postre el proceso de emulación heroica de los protagonistas. Lydgate, admirador de los grandes médicos de la Antigüedad, que pretendía investigar el tejido humano original hasta encontrar una panacea médica universal, termina escribiendo, como mayor logro, un humilde libro sobre el tratamiento de la gota. Admirado, rico, arruinado, preso en las redes de un amor fou con una mujer frívola y superficial, termina cumpliendo un destino convencional que desmiente escandalosamente su inicial entrega a la causa de la filantropía médica.

Dorothea, por su parte, una “mente teórica” admiradora de Locke y Pascal, decide casarse -como un acto, también, de entrega– con Casaubon, un hombre culto y tolerante mucho mucho mayor que ella. Las “causas ordinarias” acaban convirtiendo ese matrimonio en un fracaso, que, sin embargo, devuelve la humana piedad a la protagonista en su fase final, cuando esta conoce la enfermedad de su marido, y de la empatía del sufrimiento y la pérdida surge el perdón. Son también las causas ordinarias de la pobreza que ve en su viaje nupcial a Roma las que provocan su desprecio por el Arte: “¿son necesarios tantos cuadros?”

La lección de Georges Eliot en Middlemarch es una lección desengañada y venenosa, cuyos ecos resuenan aún en nuestro mundo. En sus palabras: “todos nosotros nacemos en la misma estupidez moral, tomando el mundo como una ubre con que alimentar nuestros yoes supremos.” Queda la sensación de que la raíz de la renuncia a sus privilegios aristocráticos de Lydgate o el matrimonio intelectual de Dorothea es, simplemente, el aburrimiento, el deseo de superar una vida banal y provinciana, prefijada de antemano. Como señala Villari, a Dorothea le mueve, en el plano moral, la misma rebelión contra la aburrida vida burguesa que a Emma Bovary (y añadimos nosotros: a Ana Karenina, a Ana Ozores, a Effi Briest…, otras tantas protagonistas entregadas a pasiones inútiles, de otras tantas novelas decimonónicas) en el ámbito del placer o del amor…

***

La mano que toma, que no se conforma con recibir, se ve abocada siempre a un parecido fracaso -en cierto sentido, son protagonistas de tragedias ridículas-, en las sociedades burguesas de después de la Revolución. Da igual que el impulso original sea la ambición, el deber o una causa. La contradicción imposible que termina transformando en cenizas sus motivaciones primeras es la de la difícil o imposible compatibilidad entre una causa abstracta (vocación, revolución, deber, poder) y la búsqueda, al mismo tiempo, de las dosis de felicidad necesarias para la vida cotidiana. La paradoja de entregarse a una vida heroica o ejemplarizante en un mundo que ya no tiene -ni quiere- héroes. Que aborrece incluso la magnanimidad, en cualquiera de sus manifestaciones, en el afán de uniformidad mesetaria que es el verdadero espíritu de la colmena contemporánea.


  1. Fiorentino, Francesco, “La ambición: Rojo y Negro” ( “L’ambiziones: Il rosso e il nero”, Incluido en Franco Moretti (ed.), Il Romanzo, Roma, 2001. Vol. 1 Versión castellana: NLR nº 90, Enero-Febrero, 2015. 
  2. Villari, Enrica, “El deber: Middelmarch” (“Il dovere: Middelmarch”. Incluido en Franco Moretti (ed.), Il Romanzo, Roma, 2001. Vol. 1 Versión castellana: NLR nº 90, Enero-Febrero, 2015. 

Las cosas y las causas (a propósito de un poema de Juan Ramón Jiménez)

La cosa es que me ronda hace tiempo la sospecha de que Juan Ramón Jiménez, en un poema de Eternidades (1918), jugaba con la etimología de “cosas” (lat.: “causa”, que dio en el doblete léxico en español, con el que titulo: cosa / causa) creando, así, lo que podemos llamar un campo semántico en la sombra, ad phantasmam, que enriquece enormemente la lectura del poema. El poema es este:

¡Inteligencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
…Que mi palabra sea la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Inteligencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!

El nombre exacto de las cosas
Si damos por buena la interpretación, Juan Ramón, con ese campo semántico fantasma, dice, en realidad: “¡Intelijencia, dame / el nombre exacto de las causas!”. Es decir, no pide al Logos precisión, sino la razón del Ser; no es nominalismo, es filosofía perenne. “Que por mí vayan todos / los que no las conocen, a las causas”: la poesía, preñada de metafísica, como camino a la verdad, como salida de la ignorancia: es decir, la poesía como Paideia. “Que por mí vayan todos / los que las olvidan, a las causas”: la anamnesis, la reminiscencia de Platón: vale decir, la poesía como memoria rescatada…

Pero es que, además, creo ver en la invocación a la Musa del Proemio de la Eneida, la misma que, como un mantra, repite Juan Ramón en este hermoso poema:

Musa, mihi causas memora (v. 8)

Si hacemos ahora la inversión contraria, en castellano, el verso de Virgilio quedaría así: “Musa, cuéntame (o recuérdame) las cosas”. Solo hay que cambiar Musa por Intelijencia, que en el mundo léxico de Juan Ramón podemos considerar, sin quebranto alguno, ceteris paribus, como equivalentes..

La invocación a la Musa, en Virgilio, o la Intelijencia (el Logos), en Juan Ramón, cabe interpretarla, pues, como la búsqueda de una verdad original a la que solo es posible acceder mediante la poesía. Dicho de otra manera: el poeta invoca el acorde secreto en que poesía y filosofía se encuentran. Del mismo modo que Virgilio invoca la Musa para encontrar el cruce de caminos entre Poesía e Historia, entre Verdad y Mito fundacional. ¿También Juan Ramón Jiménez pide ayuda a la Intelijencia, al Logos, en estos versos mágicos de Eternidades, para fundar y fundir Verdad y Mito, Historia y Eternindad? Algo de eso creemos ver y oír tras “el nombre exacto de las cosas”…

Post Scriptum

Tengo que interpretar, con más desarrollo, el verso “Que mi palabra sea la cosa misma”. Tlapil una amiga de Redmatrix, que leyó el borrador de esta entrada, comentaba, a propósito de este verso:

Este poema, y el texto que lo acompaña, ha hecho derivar mis pensamientos. Recordé un ritual wirarika, en donde la palabra transforma la realidad:

A media noche, alrededor de una fogata, un cantador hace poesía. De pronto calla, los presentes nombran palabras cuyo significado ha sido alterado. Se le dice; sol a la rana, lago a la noche o durazno a la nube. Eso, que parece un juego, logra “detener el mundo” por un instante, permitiendo entrever la esencia de la existencia.

Me pareció ver similitudes, entre lo publicado y este recuerdo.

El recuerdo de mi amiga mejicana es hermoso y lo guardo como mío. Pero, además, debo extrapolar el sentido del verso y ponerlo en relación a:

  • La función mágica del lenguaje de que habló Jakobson, que nunca se cita junto a las funciones canónicas de los libros de texto, que todo el mundo (que haya sufrido las clases de Lengua en España, al menos) recuerda.

  • Las performatives sentences de John Austin.

  • Las ideas sobre la Semántica de las lenguas de Ramón Trujillo (las palabras son cosas).

Lo anoto aquí como una revisión y ampliación pendientes.

Nada es dos veces

En el poema “Nada dos veces”, la poeta polaca Wislawa Szymborska1 juega sabiamente con el equívoco de “nada”, de tal manera que el título nos remite a la nada, que es todo, que nunca se repite, pero al mismo tiempo evoca la conocida condena de Heráclito a no nadar dos veces en el mismo río. O nos convoca a nadar sobre nuestra propia nada entre los días, pues no es el mismo ninguno…

Idilio en el mar, Sorolla

El poema de Wislawa Szymborska empieza así:

Nada sucede dos veces
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.

En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.

No es el mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.

Todo está enredado en la memoria como las cerezas en un cesto: Estos versos me llevaron a una entrevista que leí hace tiempo -en la consulta del dentista, ¡en una revista de una compañía de seguros!- al periodista Iñaki Gabilondo, en la que contaba que al amanecer, antes de empezar su exitoso programa de radio “Hoy por hoy”, se iba solo a la azotea del edificio de la cadena SER en la Gran Vía y miraba el cielo y el paisaje urbano de Madrid con la intensidad y emoción de esa idea fija: no voy a volver a verlo, porque nada es dos veces… Pero también me veía y oía yo mismo, en la primera clase a las ocho de la mañana, subiendo las persianas de la gélida aula e incitando a mis alumnos dormidos a mirar las nubes y las copas de las castaños a través de la ventana, con el mismo mantra: Mirad bien esas nubes rosadas; no las volveréis a ver porque nada es dos veces…

Serían otras las palabras del periodista y otras las mías, que ahora se confunden con las de Wislawa Szymborska: porque tampoco ninguna palabra es dos veces. Nunca se repite su resonancia en el aire, ni es igual el chasquido de la lengua o la fuerza o languidez del chorro de aire que la expele al mundo, convertida en ave o piedra, para que diga y signifique, emocione o convenza, provocando risa, llanto o amor o mal decir…

Nada es dos veces, y por ello cada vida es única, porque está trenzada de momentos que son llamaradas y epifanías nunca iguales. Ser consciente de ello nos hace caer en la cuenta de que con cada muerte desaparece una especie, una especie única; con cada lengua que deja de hablarse se aniquila un mundo que ha dejado de nombrarse. Con cada regreso del día o la noche, de la canícula o la niebla, con una sola explosión de polen y semillas vuelve a la vida y la luz, desde la nada y la sombra en que estaba sumido, un universo recién nacido.

Solo en la triste ciencia de los números y la economía las cosas son las mismas dos veces. Agustín García Calvo demostraba en su Sobre los números que la cuenta de los naturales empezaba en el 2, porque la serie se basa en el principio de identidad, que cualquier cosa puede volver a aparecer como la misma: es así como del 2 nace el 1, pues cada cosa y cada cual deben ser iguales a sí mismos y retornar y repetirse una y otra vez. Solo que para ser la misma cada cosa, tiene que dejar de ser, debe morir para ser contada y achicharrada en el crisol de la ciencia y su tenebrosa alquimia incompatible con la vida. Y es así como para ser nosotros contables, y conocibles y predecibles, y poder responder, por tanto, a un nombre propio y soportar la responsabilidad de una biografía o un voto, debemos renunciar a la vida, en el tiempo plano sin tiempo en que pasado y futuro son siempre los mismos, como lo son para la Historia y las Compañías de seguros. Sin darnos mucha cuenta, pero presintiendo continuamente la mentira trágica y la fanática fe terrible en que así es la realidad, nadamos sobre el mismo mar sin agua del cuadro de Sorolla, sobre el lecho de piedras de este río sin agua, el mentido río en que podemos nadar dos veces, la cuenca seca en que nadamos sobre tan tragicómica nada…


  1. Szymborska, Wislawa, Poesía no completa, México, ed. FCE, 2014. 

Resume, que algo queda

Publico como una sola entrada en el blog, por primera vez, las que di a conocer como dos en la bitácora de mi instituto a finales del curso 2010-2011. He revisado los errores y la redacción en algunas secuencias. Se trata de una bien fundada -eso creo- crítica a una táctica universal en la enseñanza sobre textos: la pericia del resumen. Que esté universalizada, desde luego, no quiere decir que su existencia se pierda en la noche de los tiempos, pues su práctica es más bien reciente. Ni mucho menos se da aquí por sentado que sea útil. Lea, si no, el lector amigo y curioso.

Resume

14 tesis contra el resumen

  1. Enseñar a resumir un texto es una la de las tareas más endiabladamente difíciles a que nos enfrentamos los que nos dedicamos a este «oficio de tinieblas»: ¿aunque, bien mirado, qué es fácil en la enseñanza? Su aprendizaje es tanto o más complicado que su instrucción y basta para comprobarlo echar un vistazo a los subrayados de nuestros alumnos sobre manuales o sobre hojas fotocopiadas o sobre sus propios apuntes manuscritos. El otro día, por citar el último caso, vi a un joven bachiller estudiando en la biblioteca, en un manual en el que tenía resaltadas con tinta fluorescente las líneas que, en teoría y mal que bien, contenían para él lo fundamental del tema que estudiaba: las páginas del libro brillaban como luciérnagas pues había subrayado la práctica totalidad del texto. «¿Crees que has resumido el tema o más bien lo has coloreado?», le dije. Él me respondió con una sonrisa: «pues tienes razón; lo he coloreado». Más adelante explicaré, a propósito de esta anécdota, por qué el subrayado, como paso previo al resumen, me parece un paso tan errado e inútil.

  2. Definir lo que es un resumen, y comprender uno mismo las pautas que debe enseñar para que el alumno lo haga bien, es una tarea intelectual frustrante que siempre está a punto de caer en el abismo del círculo vicioso y en la tautología recursiva: antes muerta que sencilla. Si fuera un «a priori» kantiano o una -¿cómo llamarla?- intuición, sería tan fácil como responder a la pregunta fatídica «¿cómo resumo el texto?» con un sublime, sintético y consolador «pues resumiéndolo». Y, sin embargo (risum teneatis?), es, en resumen, lo que hacemos. Veámoslo más despacio.

  3. Como hace muchísimo tiempo que tengo la mosca tras la oreja con esta cuestión, decidí hace también muchos cursos reducir la cosa a lo que llamo en clase «las tres reglas de oro de un buen resumen», por buscar más que nada alguna objetividad, aparente, en el asunto; un criterio claro, supuestamente claro, para valorar sus sinopsis y una ideal claridad expositiva. A saber:

    • Un resumen debe ser breve.
    • Debe contener sólo lo esencial del texto.
    • Debe estar redactado con un vocabulario propio, siempre que sea posible.
  4. ¿A que parece fácil y didáctico? Pues como ya vengo avisando, para nada. Y la dificultad, el abismo de la tautología en que nos hundimos todos está en la segunda regla, que es la madre de todas las reglas engañosas… Pregunta: ¿qué es lo esencial? Respuesta: lo que no es anecdótico. Pregunta: ¿Y qué es lo anecdótico? Respuesta: lo que no es esencial. Como en el DRAE. Y volvemos a empezar el cuento de la buena pipita: ¿qué es resumir? Resumir es resumir…

  5. Por último, por ahora, y tal vez lo más inquietante: se acepta como tópico común que dominar la técnica del resumen trae como consecuencia que se ha conseguido en gran parte la comprensión lectora. Como ese es el primer objetivo de la ley de Educación, he comentado con algunos compañeros a lo largo de los años, como una «boutade» con su fondo de verdad, que incumplimos sistemáticamente ese objetivo al otorgar los títulos de ESO y Bachillerato a alumnos que, en su inmensa mayoría, no son capaces de resumir un texto. ¿O no será que, negando la mayor, una cosa no tenga que ver nada con la otra?

  6. No es nada fácil salir del círculo vicioso, aunque yo intente salir airoso con ayuda de las metáforas. Muchas veces veo clara la inutilidad última de este saber tan evanescente, basado tan por los pelos en los universales, como su hermana la traducción.

  7. Me refiero ahora a las promiscuas relaciones entre resumen e Internet y el auge del microtexto en las redes sociales. Y al hacerlo, veo como una necesidad contemporánea la de enseñar lo contrario: a recoger los restos del naufragio textual en que vivimos para saber reconstruir unidades mayores llenas de sentido con los pecios microtextuales en que naufragan las lenguas y la urgencia de rescatar su dimensión perdida: la profundidad. No olvidemos que «texto» significa «tejido», es decir, el resultado laborioso y paciente del entrecruce entre una trama y una urdimbre…

  8. La única manera de romper parcialmente la razón circular es -avisaba antes- mediante la comparación y la metáfora, las viejas amigas de los maestros hoy un poco olvidadas. En mi caso, vino en mi auxilio una cuadrilla de podadores que estaban dejando mondos los árboles de la plaza una mañana en que andaba en clase con estas cuestiones: «esos trabajadores están resumiendo los árboles, les quitan lo anecdótico y les dejan lo esencial», les dije señalándolos por la ventana. Y así les explico lo de la esencia desde entonces con cierto éxito y a falta de algo mejor. Pero también esa metáfora es mentira, claro.

  9. Porque una de dos: o no existe lo esencial en un texto o sólo se accede a ello mediante la intuición. En un caso o en otro, es un esfuerzo inútil incorporarlo a la enseñanza como objeto de aprendizaje y práctica. O mucho menos útil que otras cosas que no enseñamos y serían más necesarias.

  10. La pretensión de que se pueda decir lo mismo que dice un texto pero en forma breve y con otras palabras, es un acto de naturaleza mágica parecido al de los jíbaros que empequeñecían las cabezas de sus enemigos hasta lo inverosímil. Hoy me parece simplemente una mentira, un lugar común, de carácter metafísico, heredado por nuestra pedagogía y nunca sometido a crítica. Late en ese empeño una «traición» parecida a la que perpetran los traductores («traduttore, traditore», según la conocida paranomasia en italiano, traductor, traidor) al querer volcar «el espíritu» (¿podemos llamar así al elixir misterioso que llamamos contenido de un texto?) de cualquier secuencia textual. Cuando leemos los tercetos -algunos precisos y preciosos, otros forzados y contrahechos- con que el poeta Ángel Crespo pretendió traducir los de Dante en la Commedia, lo que leemos no es a Dante, es a Ángel Crespo. Empeños titánicos como la «traducción» del Kalevala finlandés en eneasílabos castellanos se pueden admirar en la medida en que se quiera, por su empeño artesano e incluso por su inspiración, pero a condición de olvidarnos de la pretensión de que se lee el Kalevala en castellano. Es otra cosa, mejor o peor, pero infinitamente lejos de aquello que se pretendía transmutar.

  11. Textum es tela o tejido, decíamos, trama y urdimbre. Imaginad que para «hacernos una idea» de un vestido que no es nuestro, al que no tenemos acceso, pedimos que nos corten un trozo de tela con lo esencial de sus colores, hilos y cosido y hechura. ¿Consideraríamos que esa muestrecita es el vestido «resumido» o un desdichado vestigio de él? En el caso más optimista lo podríamos considerar como una muestra del arte total del vestido entero. A lo más que puede aspirar un resumen es a ser una muestra o huella o vestigio de lo que aspira a trasvasar.

  12. Con el tiempo he pensado que mi alumno, el que miniaba de amarillo su libro de texto, tenía razón: un texto no se puede resumir porque es como una tela convertida en vestido y medida para un cuerpo, y sólo el corte y ensamblado final le da el sentido único que despliega y completa en el acto de la lectura.

  13. Otras tareas desechadas en nuestra profesión, como la imitatio con que enseñaban a escribir los romanos, tendrían más utilidad y sentido que los trabajos de síntesis. Imitar la construcción sintáctica y el ritmo -da igual el contenido en esto- de un texto consagrado por el canon, por no salir de lo políticamente correcto, fomentaría -pues se aprende imitando o mimetizando- la construcción de otros textos que, con el tiempo, acabarán adquiriendo voz y música y contenidos propios.

  14. «Resume que algo queda», he llamado a esta entrada. Lo que queda tras esa labor descarnada y mentirosa de querer decir en cinco tristes e impersonales líneas lo mismo que un texto dice en una página hermosa, o en cien, tras ese incendio lingüístico devastador, lo que queda son, justamente, las cenizas.

Habla y escritura: de lo vivo a lo pintado

La nueva oralidad

Aunque es un tópico contemporáneo considerar que las nuevas tecnologías comunicativas suponen una nueva explosión de la oralidad, se trata de una euforia falaz y engañosa, tanto como los complementarios avisos pesimistas, bastante común cuando se menciona la cultura digital. La euforia o la melancolía (la distinción entre apocalípticos e integrados, de Umberto Eco, sigue siendo útil) se alternan de forma igualmente desatenta porque se mezclan ideas como lengua, escritura, oralidad, informacion o comunicación en un batiburrillo que no ayuda mucho a la comprensión. Carles Freixa, por ejemplo escribía en 2011 en La Vanguardia, bajo el exultante título De Homero a Jobs (pasando por Gutenmberg)1 :

Homero vuelve a estar muy vivo: son los jóvenes hiperconectados quienes se cuentan historias con su móvil, convierten frases en texto con programas de transcripción natural, hibridan en el ciberespacio oralidad, visualidad y escritura, inventan la cultura digital a partir de culturas orales transmitidas por personajes como Ishi2 y los muchachos de la vida3, son quienes crean una nueva cultura oral que ya no es tradicional sino futurista.

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La periodística y superficial hipérbole de Freixas sobre el nuevo Homero digital futurista olvida que Homero fue la punta visible escrita de un iceberg milenario de literatura oral, oriental e indoeuropea, que -siguiendo la metáfora del río de la literatura que debemos al último y meritorio libro de Francisco Rodríguez Adrados- ha ido aflorando en épocas y lenguas diferentes a lo largo del mundo de la literatura escrita. En ese poso verbal común de la Humanidad, por lo que podemos saber -más que saber, adivinar- había historias épicas, cantos a la amistad y a la aventura sexual, seres monstruosos o dioses que se mezclaban con los humanos en una relación difícil que dejó en muchos casos una descendencia común y compartida. Había también homenajes a los muertos y cábalas sobre el origen del mundo… Y todo en torno a fiestas y rituales colectivos, en fructífero hermanamiento con los corros musicales y las danzas…

No sabemos qué nos traerá la nueva cultura oral, correspondiente al carácter de clan o banda que presentan las nuevas relaciones y comunicaciones mediadas tecnológicamente por las redes de Internet y los artefactos digitales conectados a ella continuamente, pero no será Homero ni el inmemorial relato oral del que surge. En este sentido, Josep Lluis Gómez Llopart4 , que acompañaba y hacía de contrapunto a Carles Freixas en aquel tema de debate que planteaba el diario catalán hace casi justamente dos años, mostraba una mayor lucidez y mesura a la hora de insinuar la nueva oralidad -tal como hacía Walter J. Ong en un libro clásico5 – como una oralidad terciaria. En esta visión de las cosas, la oralidad primaria es la comunicación verbal interpersonal, espontánea, directa e interactiva. La oralidad secundaria es la ya mediada por la tecnología telefónica (sin la presencia indirecta de la imagen) y por los Medios de Comunicación de Masas tradicionales (ya con la imagen electromagnética y la fuerte impronta de los estereotipos verbales y no verbales transmitidos como modelos). De la tercera oralidad, la de la era digital contemporánea, que Gómez Llopart veía -otro tópico de nuestro tiempo- como un ecosistema comunicativo, afirmaba:

Con los nuevos dispositivos y las redes sociales digitales asistimos a una multiplicación de oralidades junto con la oralidad presencial, que parece ir reconfigurándose. Pensemos, por ejemplo, en las escrituras y emoticonos de los SMS, de Twitter o WahtsApp; en las conversaciones vía chat; en la construcción de identidades en Tuenti o Facebook, o en la gestualidad aprehendida de los videoclips o de ciertas series audiovisuales.

Para matizar, con bastante tino, que los jóvenes que hacen gala de una nueva espontaneidad y creatividad verbal (pero también de la uniformidad de los estereotipos, que comprobamos en ese aire de familia que tienen hoy los chicos del cualquier rincón del mundo en su gestualización y memes verbales) prefieren, sin embargo, la comunicación oral presencial y directa cuando se trata de hablar de cosas que consideran importantes, en un retorno inevitable a la cuestión de la verdad y la autenticidad que sólo permite dilucidar el testimonio directo de la voz humana y sus infinitas modulaciones, la mirada o el lenguaje corporal en vivo.

Esta vuelta a los orígenes, cuando surge el problema de dirimir entre mentira y verdad en cuestiones de verdadera importancia, nos recuerda que lengua solo hay una: la hablada; la escritura es únicamente un sistema de representación gráfica: trazos o dibujos. Lo que sucede es que, desde su mismo nacimiento se asocia a los diversos sistemas semiológicos, a los que da pie, que conforman eso que llamamos Cultura o Historia. Primero como técnica asombrosamente útil para los poderosos en su lucha contra el olvido -según muestra la cantidad ingente de documentos burocráticos y legislativos legados por las antiguas monarquías e imperios orientales-, y posteriormente, en otro intento igualmente desesperado por contrarrestar la mala memoria, ya patrimonio humano, los pálidos y escasos reflejos escritos de la inmemorial literatura cantada, contada o recitada en interminables melopeas perdidas.

La amalgama entre habla y escritura es ya inextricable y su confusión se palpa en todos los ámbitos, particularmente en el de la enseñanza, en el que me detendré enseguida. En la nueva oralidad, la oralidad terciaria cuya explosión vivimos, interactúan en ese continuum, en el que se mezclan a menudo el ruido y la furia, y que es tan específicamente contemporáneo. Pero no es nada novedoso, pues en la misma Atenas se sabe que en los contratos, verbales en su forma clásica y donde, por tanto, se exigía la presencia de testigos, se leían documentos escritos. Del mismo modo que la lectura de un texto dramático se sustituye tan a menudo por su representación escénica, que es su intención primera. En palabras de Rosalind Thomas6 : «La escritura no es necesariamente el espejo-imagen de la oralidad, a la que sustituye, sino que se relaciona o interactúa con la comunicación oral de muchas maneras. Muchas veces la línea entre lo escrito y lo oral, incluso en una sola actividad, en realidad no puede percibirse muy claramente.» Es totalmente cierto en lo que se refiere al nacimiento de esta tercera oralidad de la que hablamos.

L & L

Del mismo modo que el prestigio del español en el siglo XVI hizo que algunos sabios de la época afirmaran que nuestra lengua era más antigua que el latín, el relumbrón de la lengua escrita, objeto casi único de la enseñanza desde hace siglos, convenció a Jean Itard7 , el maestro ilustrado que asumió la misión (quod demonstrandum erat) de reintegrar al niño salvaje de los bosques de L’Aveyron a la sociedad civilizada, de devolverle la facultad de hablar, pero invirtiendo el orden natural: primero hablar, mucho después, escribir. Su gran despiste -el prestigio de la escritura, de nuevo- fue pretender enseñar a Victor en primer lugar el alfabeto y, después, a componer palabras escritas con él. Una de ellas, «lait», se la obligaba a pronunciar para pedir el vaso de leche que tanto le gustaba, en un ejercicio que hoy llamaríamos conductista. No obtuvo resultado alguno con el condicionamiento. Tan sólo una vez el niño dijo lé, pero fue tras haber obtenido la leche mediante el llanto y el pataleo. Fue Victor quien condicionó a su maestro, premiándolo con aquella palabra que tanto parecía interesarle. Esto convenció a Itard de su error: el habla surge de la misma zona no consciente en donde nace el deseo.

Magister docet pueros grammaticam, se leía como ejemplo de doble acusativo en mi viejo manual de Latín del, viejo también, bachillerato que sufrí y disfruté. El maestro enseña gramática a los niños ¿pues qué otra cosa se puede enseñar bajo esa invocación al conocimiento, esa rúbrica de dimensiones monstruosas y límites indeterminados, que responde al nombre de Lengua Castellana y Literatura? No hay más lengua que la que se habla, y esa, la lengua materna, se aprende en seis meses al año y medio de edad. Lo que sucede después, con la socialización del niño, es una puesta a punto, que mediante ensayo y error -y eso en las capas más superficiales de una lengua, que son las del léxico y la norma- constituye muy pronto un sistema comunicativo refinado y útil según su propia lex artis. No se enseña, pues, lengua castellana: y si es así ¿qué cosas se enseñan con el pretencioso nombre de tal asignatua?

Norma ortográfica, norma gramatical; rudimentos de pseudo teoría lingüística: fonética y fonología -poco o nada ya-, gramática -poca, descriptiva, en la vieja tradición estructural y funcionalista (¡años 70!) y léxico, mucho léxico abstracto (¡tecnicismos, no los nombres de los árboles y frutas, de los artefactos y trabajos humanos!) ¿Y qué más? Un canon histórico -tópico, apresurado- de obras y autores de la literatura escrita en esta lengua desde sus orígenes («¡lo de los autores» -dicen los alumnos para orientarse sobre qué puede caer en un examen; «lo de las frases», también!) La argamasa de la confusión es muy espesa.

En los orígenes de tal confusión está, no sólo el prestigio de la escritura y los sistemas semiológicos derivados: la cultura, sino que se da por supuesto que una lengua pertenece a los hablantes de un país, que es el patrimonio colectivo de una nación: esa antigua y dañina idea de los idealistas alemanes (Herder y compañía) de que los pueblos tienen un alma cuya forma más sensitiva y noble es su lengua y su literatura (¡suyas! Incluso en su lengua madre, presentida como un destino, antes de haber nada como España ni «lengua española»; así leemos en el disparate sentimental de Unamuno, que adivinaba el español en el latín de Séneca: «ya Séneca la preludió aún no nacida / y en su austero latín ella se encierra»); el genio de la raza…: esas rancias ideas. Se sigue dando por supuesto que la literatura hay que aprenderla en su historia, cuando eso es sólo así desde el Romanticismo decimonónico: una idea nacionalista -competitiva, ya se sabe: una nación forja su identidad frente a la de otras, como el hijo frente al padre…-; sus huellas están en la memoria de todos: el «realismo de nuestra épica», el tópico de Menéndez Pidal, frente a los relatos fantasiosos de los franceses; la impronta de nuestra Celestina en el Romeo y Julieta, faltaba más; nuestras exportaciones más rentables: el Quijote, don Juan…; hoy, también, las rentas económicas de las industrias de la lengua.

Esta perversa tradición contemporánea es como los gases: ocupa todo el espacio disponible en el aula. Los desesperados intentos actuales -que, con la expresión «competencia lingüística» pretende imponer y extender la neolengua pedagógica- por recuperar las actividades orales y escritas elementales de escuchar, hablar, leer y escribir -la misma confusión siempre entre habla y escritura- pero como una capa superpuesta a la decimonónica construcción histórica nacionalista, delatan su ineficacia e insinceridad, su naturaleza de barniz: ¿es imaginable la práctica de ejercicios retóricos o de diálogo en una tradición práctica que premia a los alumnos y cursos silenciosos y sumisos?, ¿puede imaginar el lector una mejora del discurso hablado en silencio; o su contrario: en un aula poblada de pared a pared por más de 30 alumnos que hablan simultáneamente, se gritan, vociferan…? Y aun sucediendo eso con éxito, un rato, ¿cómo se pasa, sin transición, al siguiente rato en que toca repasar las reglas de la tilde, y a otra hora una explicación de los géneros periodísticos del pasado, que ya no existen en unos periódicos, que casi tampoco, que desaparecen, a unos jovenes que nunca han leído ninguno? Podrá imaginar el lector, sin demasiado esfuerzo, la inutilidad e intrascendencia de semejantes cabalgadas pedagógicas.

Cuando se trabajan en las clases de bachillerato, en fin, los distintos registros del habla y se intenta diferenciar el habla culta de la vulgar, los alumnos dicen muy a menudo que el hablante vulgar comete «faltas de ortografía» (también que es basto, no fino como sí lo es el culto) mezclando la valoración y el prestigio social a las apreciaciones lingüísticas) al hablar. Pero no sólo ellos -su confusión es justificable, pues hijos nuestros son-, sino que el mismo desliz se encuentra en el manual de L & L de segundo vigente en el instituto en que trabajo, que les sirve de guía, donde se lee, literalmente, que un hablante culto debe saber expresarse sin faltas ortográficas…

En el principio era la pintura

Se me ocurre corregir un viejo texto muy difundido hace unos años en Internet, como manifiesto de una campaña encaminada a mejorar la redacción escrita en la Red, que llevaba como título Eres lo que escribes8 (el meme tiene, como bien sabe el lector, variantes gastronómicas como «eres lo que comes», y otras más) por *eres lo que hablas, pues eso me da pie a intentar arrojar algo de luz y poner un poco de orden, con la ayuda de las etimologías, de las raíces o palabras primeras con que los pueblos indoeuropeos quisieron nombrar los actos protagonistas (escuhar y hablar, leer y escribir), en ese salto mortal que dio la humanidad entre el habla y el canto o melopea hacia el abismo de los trazos escritos (la escritura, los números y la danza) y su selva oscura…

Hace 500.000 años que hablamos y sólo 6.000 que escribimos. Es decir, que desde los sumerios, por ejemplo, no ha pasado prácticamente nada: la Historia es mínima comparada con la profundidad lingüística. Nos explicaba Émile Benveniste9, el gran comparatista francés, uno de los lingüistas más inteligentes y sabios de los que se nos ha dado conocer:

Hay un orden impuesto por la experiencia y la pedagogía: primero leer, después escribir. Pero no es este el orden de la invención. Es escribir el acto fundador. Se constata en seguida una línea de separación entre dos mundos de lengua y civilización: de Norte a Sur (Mesopotamia, Egipto) y de Este a Oeste. Al Este, en la realidad de las designaciones lingüísticas (y también en otras manifestaciones) encontramos civilizaciones de lo escrito, craracterizadas por la primacía intelectual y social de la cosa escrita. La escritura ha sido el principio organizador de lo social: es la sociedad del escriba. Al Oeste, en el mundo indoeuropeo, fue al contrario. El mundo allí se forjó sin escritura, e incluso en el desprecio de la escritura.10

La escritura no sólo ha sido el principal organizador de lo social, como bien decía el admirado maestro, sino que es el hecho primordial que permitió concebir la lengua y su estudio, debido al salto cualitativo que supuso, a la transferencia del sentido del oído al de la vista, del reino del tiempo al del espacio.

Oriente es diferente en esto al mundo indoeuropeo. En Egipto y en Sumeria hay estatuas, monumentos que nos dan testimonio de la importancia que tenía el escriba. La escritura es un don divino. En las mitologías indoeuropeas no hay nada parecido. Sin embargo, en pleno periodo de desarrollo y prestigio de la literatura ya escrita en Grecia, en el s. V a.C, Esquilo, en su Prometeo encadenado, atribuye a Prometeo, como la última y mayor de sus invenciones, la de la escritura: «combinación de letras» (grammaton synthesis) En ninguna otra parte se encuentra nada parecido. Al contrario, lo importante para los pueblos indoeuropeos es el fuego, los números, los nombres de los astros… Nos cuenta Bénveniste, en su rastreo etimológico del acto de escribir, en tanto acto u operación física, material:

En el mundo sumerio tenemos un término mayor, dup, tabililla, lo escrito; dup-sar, escriba.\ En acadio, tuppu, con todo lo que concierne a la escritura: el material, la posición social del escriba, las bibliotecas… Todo esto es una herencia sumeria.

En el viejo persa, y sólo en el viejo persa (civilización aqueménida, sometido durante mucho tiempo a la civilización acadia), el término utilizado es dipi, inscripción. Proliferaron derivados y compuestos: el que escribe, los archivos.

Al Oeste, no hay un término único para el acto de escribir; cada lengua inventa el suyo. En Homero no se encuentra grapho con el sentido de escribir, no hay término para la escritura.

Sabemos que no hay una escritura silábica, a mediados del segundo milenio, en parte de Grecia. Los lineales A y B creto-micénicos habían desaparecido de la memoria misma de sus contemporáneos. Hay que esperar a la invención de la escritura por los fenicios: grapho, en Homero, tiene el sentido de rascar, arañar, cortar la carne; posteriormente, romper la piedra para inscribir trazos en ella.

Una parte del mundo helénico conocía la escritura, pero los aqueos y troyanos no sabían leer ni escribir. En latín mismo, scribo significa rascar, arañar. En alemán reciente, schreiben, pero en gótico, meljan (ver el alemán mahlen, pintar): ennegrecer, ensuciar; griego melas: ensuciar el color.

Se trata, pues, de trazos pintados, no de grabados. Del mismo modo, los elementos de la escritura, las letras, se ponen en cuestión. Hay metonimias mediante las que el soporte material remite al acto y concepto de escribir; escribir es pintar:

En griego, gramma deriva de grapho, pero littera es de origen aún desconocido. El término concurrente de gramma es biblos, y para cualquier documento escrito, biblion. Biblos es el nombre de la materia, el papiro y Bublos es el nombre de una ciudad fenicia gran centro exportador de papiro. Pero ninguno de estos términos nos lleva al acto de escribir. El gótico boka (alemán buch) son nombres del haya. Parecido es el caso del latín fagus, griego phagos, nombres del haya o el roble, según la zona. Su significación primera es una tablilla de corteza.

Bénveniste comparte con nosotros la misma perplejidad:

Lo que hay de terrible en la escritura es que remite al dibujo, a la pintura. Todo lo que resulta del dibujo se presenta ante nosotros como seres vivos; pero, si los interrogamos, guardan un silencio majestuoso. Hay incluso palabras escritas (logoi) que no pueden hacer nada en su paso de un estado (el habla viva) a otro (el dibujo). Se conforman con «significar», pero han salido del mundo de las relaciones vivas.

Es la escritura, decíamos, la que permite el nacimiento de la idea «lengua» y las distintas maneras de nombrarla, pero Bénveniste nos enseñaba que, al mismo tiempo, es responsable de las homologías -para nosotros tan naturales- entre escuchar / hablar y leer / escribir; pero con sorpresas. La operación de leer es complementaria, en su origen, a la de escuchar, no a la de escribir, y la lectura aparece siempre, en sus primeras huellas, como un acto realizado en voz alta; o emparentada con una familia léxica cuyo significado común es el de recoger cosas dispersas, letras esparcidas, con los ojos. Los ojos desplazan al oído: la lectura nos vuelve sordos. En las palabras de sabia lección del filólogo francés:

En acadio, amaru es ver, observar y también leer (que admite como régimen el nombre de la tablilla); sesu es llamar a alguien por su nombre, gritar, y también leer. En chino, también dos términos: tou, para leer con los ojos, y nien, para leer en voz alta. En griego, no hay verbo específico para el acto de leer; ana-gignosko no significa más que reconocer (reconocer los signos gráficos como significantes dentro del sistema). De forma simétrica, «leer» y «escribir» no existen como tales. Después de Homero, «leer» significa hacerlo en voz alta en las asambleas judiciales y políticas. «Leer» es complementario de «escuchar>>.

Las cosas son distintas, sin embargo, en lo que se refiere al latín legere. No hay base común a todos estos términos: se produce un reajuste en el léxico de todas las lenguas. Legere significa primariamente recoger cosas dispersas, como en ossa legere. «Leer» significa, pues, recoger signos escritos con la ayuda de los ojos. En gótico, en la traducción de los Evangelios, anagignosko o legere resulta de maneras diferentes:

En relación al canto o recitado: saggws boko, *cantar el evangelio; siggwan, cantar, como el alemán singen. En relación a los ojos que recorren algo, un trazo dibujado: annakunan, transposición de anagignosko. El alemán lessen, no tiene nada que ver, significa reunir.

En eslavo, citati, leer como contar, calcular.

En viejo persa, pati-prs, interrogar, cuestionar el texto escrito («el texto es mudo», se lee en el Filebo).

El inglés to read está aislado: remite a explicar, aclarar, interpretar.

La lección de los orígenes: otra manera de «leer», sea por la enunciación pública, sea por el lenguaje interior, algo parecido a lo que Steven Pinker, tiempo después, llamará el mentalés, esa suerte de dialecto o idiolecto propio de nuestra geografía interna, que nos ayuda, también, a escribir, como al dictado; leer, reunir e interpretar signos escritos como quien recoge huesos, ossa legere para, después de reunidos, re-montarlos y descodificarlos. Leer, una operación forense.

En el mismo crisol donde se fraguan los sueños

Desde hace 500.000 años hablamos, sólo desde hace 6.000 escribimos: un suspiro en términos históricos. La adquisición y uso de una lengua forma parte de la dotación genética de los humanos, como siempre sostuvo Chomsky en su polémica con Steven Pinker, y es gracias a esa predisposición heredada, a que venimos al mundo con esa especie de gramática universal (a cuya búsqueda y formulación ha dedicado el genial lingüista norteamericano toda su vida, en el minimalismo sintáctico a que ha dedicado sus últimos años) que un recién nacido trae, junto al pan, puede, de hecho, aprender cualquier lengua humana, en ese periodo inverosímil de seis meses, desde el año y medio aproximadamente, a condición, claro está, de que a su alrededor haya gente que la hable. Esa gramática universal es lo que hace, como explicaba Agustín García Calvo, que el niño quiera hablar una lengua perfecta, sin excepciones ni pedanterías: esas que les inculcan sus mayores.

Nuestro sabio filólogo, filósofo y poeta relacionaba siempre las teorías de Freud sobre el subconsciente y la represión con el habla humana. Particularmente en una de sus charlas, recogida más tarde, junta a otras, en forma de libro 11, nos enseñaba que hay tres momentos en la vida humana en que nos la vemos con una lengua: uno primero, en torno al año y medio de vida, en que de forma consciente encajamos nuestra gramática universal con la lengua que oímos a nuestro alrededor y la ponemos a punto. Después, reprimimos y olvidamos en esa región misteriosa del subconsciente, junto a los deseos insatisfechos y culpas, esas reglas y depósitos o redes léxicas aprendidas para que, como los movimientos de un baile, o del mismo andar, puedan ponerse en práctica de forma automática y fluida. Y es así como el niño, una vez que aprende a hablar, lo hace sin parar ni equivocarse.

Luego hay un tercer momento problemático, el de la escuela con su escritura en que el niño es obligado a recuperar en lo que puede esa gramática interiorizada en la región del olvido para hacerla de nuevo consciente y completarle con reglas y normas. Aquí se produce el conflicto que explica los atranques, titubeos y monotonías que caracterizan el habla culta de nuestro tiempo: que lo que necesita estar olvidado para que fluya intentamos manejarlo con la conciencia. Eso, ya lo sabemos, sale siempre mal: intente el lector, si no, andar o bailar calculando a la vez los movimientos de las piernas, o provocar el deseo sexual conscientemente o sonreír y llorar como un acto voluntario.

Con la escritura, no lo olvidemos, transferimos el sentido del oído al de la vista, nos trasladamos del reino del tiempo al del espacio: pero la distancia de ese salto es infinita, infranqueable si no es a cuenta de violentar la naturaleza de la lengua. En palabras de García Calvo: «La separación entre escritura y lenguaje es radical, pero eso no se contradice con sus profundas relaciones. Habíamos dicho que la escritura es la primera toma de consciencia de lenguaje y aún podemos agregar que hay en el aparato de la lengua una parte que ya casi no es lengua, gramática, sino que ya es prácticamente cultura. Es la parte que en el esquema queda abierta y que corresponde al vocabulario; allí llega la conciencia de cualquiera, aunque no sea gramático. La gente, cuando la obligan a hablar del lenguaje, ¿de qué se acuerda?: del vocabulario; quizá también del tono regional o del tono de la clase social; pero a tener conciencia de la sintaxis, de que los fonemas son veintitrés y tienen sus reglas, o de que hay una colección de cuantificadores, demostrativos, eso que es lo fundamental de la lengua, la gente no suele llegar».

Ese quebranto que provocan los sistemas semiológicos que conocemos como «cultura», esa violencia que ejercemos sobre lo que debería ser natural y espontáneo («hablar sin faltas de ortografía», «hablar fino»…) es lo que explica la fatigosa dificultad para contar historias, para explicar cualquier cosa y dar cuenta de la más mínima razón; es esa presión del consciente social la que llena nuestro discurso de anacolutos, retrocesos, redundancias y jadeos: recoger signos esparcidos en la hoja papel o en la pantalla, recomponer trabajosamente este pálido reflejo de la lengua perdida.

El narrador perdido

Como decía Christian Salmon, estamos en un mundo sin historias. Los Medios hablan de hechos que suceden en cualquier lugar del planeta mediante irrelevantes relatos informativos, más o menos bien hilvanados, pero llenos de explicaciones no pedidas, a pesar de que, como nos enseñó Walter Benjamin (en un ensayo memorable12 sobre el que volveré más veces), la mejor historia es aquella que no se enturbia con explicaciones. La desaparición del relato oral es vieja y paulatina, pero general, sólo que ha sucedido a un ritmo más rápido en las ciudades y más lentamente en el medio rural; pero es un proceso sin retorno. La nueva oralidad terciaria, la tecnológica, genera su propia narrativa, pero en códigos híbridos (habla / escritura / imagen / criptograma) en los que la parte verbal queda reducida al microrrelato o al chiste. Sobre la reducción imposible de la narración oral al microrrelato hablaremos enseguida; pero una idea debe quedar clara desde ahora: forma parte de una tendencia universal hacia el resumen y la fragmentación: la empresa con problemas se fragmenta y se venden los trozos; se rompen las relaciones y se inician otras que, a veces se superponen en el tiempo. Se envían millones de micromensajes cercanos al bit de contenido como «voy a comer», al que sigue otro que dice «he comido». Se comparten estas mínimas verbalizaciones sobre actos mínimos a falta de otra cosa. En el tiempo roto y cansado que es el nuestro, el de los minijobs, no hay tiempo para contar historias ni para escucharlas. «El aburrimiento es ese ave que incuba el huevo de nuestra experiencia», nos dice el pensador alemán.

Benjamin lo había diagnosticado ya con claridad en 1936: «Es cada vez más raro encontrar a personas que sean capaces de contar algo bien. Es cada vez más frecuente que la propuesta de contar historias cause embarazo entre los presentes. Es como si nos huberan arrancado la facultad que nos parecía inalienable, casi lo más seguro: la facultad concreta de intercambiar experiencias». Benjamin dejaba caer al final, con la sencillez aparente de sus descubrimientos, la desaparición pareja a la de las historias: la muerte de las experiencias que contar. El tiempo plano, previsible y vacío se llena en la era del capital con actos igualmente planificados y hueros, sin verbalización posible. De ahí el hambre de experiencias (y de historias) del hombre contemporáneo; lo común de su deseo e invocación frecuentes en frases comunes como estas: «es que tienes muy poca experiencia de la vida, ya verás cuando hayas vivido más…»; «necesito salir de mi pueblo para conocer gente y tener experiencias»; «voy a hacer un viaje a ver si tengo experiencias nuevas…»; «¿qué me cuentas?», «Poquitas cosas, mi vida es siempre tan igual…».

Paul Valéry también relacionó las narraciones orales con las ideas del tiempo lento, la estratificación y la perfección propias del artesanado, el sentido de la paciencia: fue su principal aportación a la historia humana. «El hombre imitó hace tiempo esta paciencia. Miniaturas; marfiles profundamente tallados; piedras perfectamente pulimentadas y limpiamente grabadas; lacas y pinturas obtendias mediante la superposición de una serie de capas finas y traslúcidas… Todas estas producciones de un esfuerzo tenaz y virtuoso están desapareciendo, y hoy ya ha pasado el tiempo en que el tiempo no contaba. El hombre hoy no cultiva aquello que nunca se deja abreviar»13 .

Ha pasado el tiempo en que el tiempo no contaba, en efecto; pero no su nostalgia. Aunque el más antiguo indicio de este proceso es el surgimiento de la novela, en los comienzos de la Edad Moderna, que ya nace directamente escrita y con historias que quieren dignficar la vida cotidiana como materia narrativa, en la resignación ante la desaparición irremediable de la épica y los héroes, sigue siendo cierto que los grandes referentes de la novela son las narraciones orales. Y eso es verdad tanto para Guerra y Paz de Tolstoi,como para Libertad de Jonathan Frazen.

Parece que el capitán Alonso de Contreras, ya anciano y sin blanca, pasó ocho meses a mesa y mantel en la casa de Lope de Vega, ya también entrado en años. Ortega y Gasset fantaseaba, en el estudio que dedicó a la autobiografía inverosímil de este soldado y aventurero español del XVII, con cuántas historias no le contaría el viejo miles gloriosus al escritor más enamorado de ellas de nuestra literatura, a solas los dos en la casa madrileña: «una vez la olla sobre lo blanco, fronteros en los sillones, tira de la lengua al bronco soldado, ya un poco triste y declinante, entreverada de hebras canas la indócil pelambre, que no se hace rogar para irle contando mil lances de amor y fortuna, en un crudo vocabulario de tasca, timba y lupanar». Parece que debemos a Lope este libro de historias increíbles donde las palabras, mariposas mágicas de todo el Mediterráneo -castellano, italiano, francés, catalán, árabe y lenguas francas se mezclan en este libro imposible-, levantan el vuelo en rebeldía, pidiendo ser pronunciadas y leídas o gritadas en voz alta. Es la rebelión contra la mudez y el silencio, la nostalgia del habla que encontramos aquí y allí en el hondón del caudaloso y milenario río de la literatura.

La mariposa que levanta el vuelo: la incurable nostalgia de sonidos de la literatura

Un príncipe africano, recientemente alfabetizado, lloraba una vez ante la página de un libro que leía en voz alta. Cuando le preguntaron la razón de ese llanto, respondió que era por la tristeza que le provocaban las palabras impresas en el libro, como mariposas muertas. Y que, por ello, sentía la necesidad de leerlas de viva voz para devolverlas a la vida y al vuelo del aire y de los sonidos.

La literatura sufre de esa misma incurable nostalgia melancólica: muchísimos textos lo muestran. Marcel Proust, por ejemplo, dedicó una parte considerable de su En busca del tiempo perdido a rescatar de su memoria las huellas sinestésicas que los nombres de las ciudades habían dejado en el poso de sus recuerdos, como en las inolvidables páginas en que recrea el proyecto de su viaje a Venecia o en esta evocación de los nombres de las estaciones que precedían a la playa de Balbec:

El trenecito se detenía constantemente en alguna de las estaciones que precedían a Balbec-playa y cuyos nombres mismos (Incarville, Marcouville, Douville, Pont-á-Couleuvre, Arambouville, Saint-Mars-le Vieux. Hermonville, Maineville) me parecían extraños, mientras que leídos en un libro habrían tenido cierta relación con los nombres de ciertas localidades vecinas de Combray. Pero para los oídos de un músico dos motivos, materialmente compuestos de las mismas notas, si difieren en el color de la armonía y la orquestación, pueden no presentar ninguna semejanza. De igual forma, nada me hacía pensar menos que aquellos tristes nombres hechos de arena, espacio demasiado aireado y vacío y sal, por encima de los cuales la palabra ville se escapaba como vuelo en al vuelo en aquellos otros nombres de Roussainville o Martinville que -por habérselos oído pronunciar tan a menudo por mi tía-abuela en la mesa, en la sala– habían adquirido cierto encanto melancólico, en el que tal vez se hubieran mezclado extractos de sabor a mermelada, del olor a fuego de leña y del papel de un libro de Bergotte, del color de la arenisca de la casa de enfrente y que aún hoy, cuando remontan como una burbuja gaseosa del fondo de mi memoria, conservan su virtud específica a través de las capas superpuestas de medios diferentes que han debido franquear antes de alcanzar la superficie.14

En la Marcha Radetzky, Joseph Roth, recreaba el habla nasal del Jefe de Distrito en esta minuciosa, casi angustiosa descripción de los tonos y sonidos de su voz, con la ayuda de evocaciones musicales (campanas, instrumentos de viento) y la contemplación pasmada del rostro del personaje en el inaudito esfuerzo articulatorio:

Hablaba el alemán nasal de los altos funcionarios y de la nobleza austriaca. Su acento recordaba en algo guitarras lejanas en la noche, las últimas suaves vibraciones de las campanas que cesan de tañer; era una lengua dulce y precisa, tierna y malévola a la vez. Hacía juego con la cara delgada y huesuda del barón, con su nariz estrecha y arqueada, donde parecían hallarse aquellas consonantes sonoras, un poco nostálgicas. Cuando el jefe de distrito hablaba, su nariz y su boca, más que partes de la cara, parecían ser instrumentos de viento. Nada se movía en su rostro a excepción de los labios.15

Nabokov, en el conocido y explosivo arranque de Lolita, describe el viaje de la lengua desde el paladar a los dientes en una sinestesia que nos lleva del nombre -que acaba como un chasquido de la lengua- a la evocación del beso y el deseo arrebujados en la más primaria evocación de la palabra: su nacimiento y despliegue desde el hondón del diafragma al amoroso despiece sonoro de las sílabas:

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.16

Y es así que en todas estas citas, y en tantas más que podríamos traer aquí, se pueden rastrear las huellas escritas de ese momento mágico en que las palabras, las imágenes y los sonidos se aúnan para provocar un solo y secreto escalofrío…


Esta entrada se publicó primero en fronteraD, el 16 de enero de 2014, con el título Habla y escritura: de lo vivo a lo pintado



  1. Freixa, Carles, [De Homero a Jobs (pasando por Gutenberg)] (http://www.lavanguardia.com/opinion/temas-de-debate/20111106/54237853942/la-explosion-de-la-cultura-oral.html?page=2), La Vanguardia (edición digital) ,19 de noviembre 2013 
  2. «En 1916 un indio moría de tuberculosis en el hospital de la Escuela de Medicina de la Universidad de California, en San Francisco. Le llamaban Ishi (nombre que en su lengua significa hombre)y lo habían encontrado en 1911, muerto de hambre, frío y agotamiento. No hablaba ni una palabra de inglés ni de castellano, ni ninguna de las lenguas indígenas conocidas. Tras pasar unos días en la cárcel (oficialmente para protegerle de los blancos), el Departamento de Asuntos Indios aceptó que el Museo de Antropología se hiciera cargo de él: sus últimos años los pasó en el museo, como una pieza viva extraordinariamente valiosa. Antes de morir tuvo ocasión de transmitir su vigorosa cultura oral, que T. Kroeber convirtió en la que llegaría a ser la biografía más popular de los indios americanos: Ishi in two worlds». 
  3. «En 1955 P. P. Pasolini publicaba Ragazzi di vita,una crónica de la vida de los muchachos subproletarios. Adaptando elementos de la novela picaresca y del cine neorrealista, logra crear un documento vivido tanto más perturbador por presentarse en forma narrativa: personajes, ambientes, usos, costumbres, lenguaje, reviven con la fuerza de lo real. Son precisamente los adolescentes, crecidos en este nuevo ambiente y que desconocen los pueblos de origen de sus padres, los que en su convivencia cotidiana crean colectivamente las formas culturales que reflejan los inicios de la cultura de masas. Las subculturas juveniles de los sesenta narrarán el paso de la cultura escrita a la cultura visual.» 
  4. Gómez Mompart, Josep Lluís , La oralidad en la era digital , La Vanguardia (edición digital), 19 de noviembre 2013 
  5. J. Ong, Walter, Orality and Literacy, London, Taylor & Francis e-Library, 2005. 
  6. Thomas, Rosalind, Literacy and Orality in Ancient Greece, Cambridge Univ. Press, 1992 
  7. Itard, Jean, Victor de l’Aveyron, Madrid, Alianza Editorial, 1995. 
  8. Como curiosidad, la búsqueda de este lema en el buscador Google arroja 625.000 resultados
  9. Benveniste, Émile, Dernières leçons. Collège de France, 1968 et 1969, Paris, Ed. Seuil / Gallimard, 2012. 
  10. Para esta cita y las que siguen: op..cit., 17 de marzo, 1969, Leçon 14: «Lécriture en tant quopération et dans ses dénominations», pp. 121-137. La traducción al español es mía. 
  11. García Calvo, Agustín, Acerca de la escritura (conferencia incluida en el libro de Mónica Gorenberg, de título homónimo, editado en las Librerías Universitarias de Zaragoza, en 1991) 
  12. Benjamin, W., O.C., Libro II, Vol. 2, El Narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolas Leskov (pp. 41-68)\ (Publicado originalmente en Orient und Occident, nº 3, 1936) 
  13. Cita de Benjamin, op. cit. 
  14. Proust, M., En busca del tiempo perdido II, A la sombra de las muchachas en flor, Barcelona, Ed. Círculo de Lectores, 2009 
  15. Roth, J., La marcha Radetzky, Barcelona, Ed. EDHASA, 2011 
  16. Nabokov, V., Lolita, Barcelona, Ed. Anagrama, 1995