Contra el dominio Psy

No debe ser ajeno a la frase formularia «perder la cabeza» la coincidencia histórica de que la Psiquiatría naciera al mismo tiempo que la guillotina. Como tampoco la leyenda de aquel melancólico que aseguraba, literalmente, haberla perdido y que fue curado por su terapeuta paseando por la calle con una chapa de plomo sobre su cráneo devenido invisible. La Psiquiatría, la Psicología o, por usar la expresión consagrada en los medios intelectuales, el dominio Psy, oscilando siempre desde su origen en el cuerpo a sus manifestaciones en el alma o -desde el siglo XVIII para acá- de su sede anímica a los síntomas orgánicos, conoce hoy una extensión y desarrollo realmente impresionantes. La biblia del nuevo saber es el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, traducción española del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, que ya va por la quinta edición (la primera y fundacional salió a la luz en 1952) en lengua inglesa, está revisada por la American Psychiatric Association’s, la responsable, junto a la Academia de Medicina de Nueva York, del mantenimiento y puesta al día de este vademécum universal del dominio Psy contemporáneo. Su protocolo léxico (cómo llamar a las enfermedades del ánimo), de diagnóstico y tratamiento, es el que siguen los psiquiatras de todo el mundo, pese a que existe un tocho de la OMS, la Clasificación internacional de enfermedades, divergente en algunos aspectos, que ofrece, en teoría, la visión estándar y políticamente correcta de los trastornos mentales.

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El sufrimiento psíquico, en nuestro tiempo, tiene su vaga sede orgánica en la cabeza («perder la cabeza», expresión que recordábamos al principio, en sentido figurado, tal como en la guillotina ocurría en sentido literal, como la sentencia que mejor engloba las dolencias del ánimo) y el sistema nervioso central, tal como en otras épocas asentaba su origen en otras partes del cuerpo como el corazón. Aún forma parte de nuestras explicaciones sobre los desastres sentimentales las románticas «locuras del corazón», o sus razones, esas que la razón no entiende. Más lejana, sin embargo, debido a las transformaciones radicales de la lucha en las guerras, es la idea homérica que ubicaba el espíritu (asumido sobre todo como portador del valor y la fuerza en la batalla) en las rodillas. En efecto era ahí, en esos huesos fundamentales para mantener la verticalidad del héroe y, como consecuencia, la posibilidad de defender la propia vida en la pelea cuerpo a cuerpo, donde, de forma muy apropiada, debía residir la cordura, asociada a la misma posibilidad de vivir y adquirir honor y gloria.

Humores

Antes de que el saber contemporánea desmaterializara el decaimiento o la exaltación del ánimo, durante siglos enteros -desde Hipócrates hasta el siglo XVI y más allá- el trastorno conocido como melancolía (entendida, con arreglo a su etimología, como «bilis negra») se explicaba concienzudamente según la teoría de los humores. En este paradigma clásico, que respondía al pensamiento organicista y a la persistente metáfora que unía analógicamente el microcosmos humano con el macrocosmos, por nuestro cuerpo circulaban cuatro humores o fluidos de cuyo equilibrio armónico dependía la salud: la sangre, el humor amarillo, el blanco y el negro. Humores
Estos fluidos se relacionaban, a la vez, con la temperatura, los elementos de la naturaleza y la Astrología. En concreto en el diagnóstico y tratamiento de la bilis negra, había toda una casuística detallada que interpretaba en qué órganos se había derramado la sobreproducción extremosa de ese humor: en los hipocondrios (en la región situada bajo las costillas falsas), en los alrededores del estómago o -ya en forma de vapor- en la cabeza. Los tratamientos eran, en consonancia con el diagnóstico, puramente físicos. Así, por ejemplo, era habitual la receta de un preparado que tenía como base las hojas del eléboro, cuyo efecto visible era provocar vómitos a los que la mezcla de sangre y papilla daban un característico color negruzco, que parecía dar la razón a la existencia del humor, cuyo exceso provocaba la tristeza. El responsable macrocósmico de la melancolía, por su parte, era el lejano y frío planeta Saturno. No podía ser otro.

Histeria

Otro ejemplo de dolencia anímica que se sostuvo desde Hipócrates hasta los años 50 del siglo pasado es el de la histeria, que desde esa fecha ya no se considera una enfermedad psíquica, lo que no es obstáculo para que en el habla coloquial perviva en su sentido ancestral; el mismo DRAE aún la define como «enfermedad nerviosa». La histeria, del griego ὑστέρα, matriz o útero, se entendió durante siglos como una suerte de «furor uterino» padecido por ciertas mujeres, cuyo remedio más sensato y a mano era el mantenimiento de relaciones sexuales y el embarazo. En la entrada del blog que titulé como Desnudos, que dedicaba el verano pasado a las activistas de Femen y a la idea machista de la pornografía, recordaba cómo entendían los hipocráticos, y hasta los mismísimos Charcot y Freud, la histeria, con estas palabras que transcribo a continuación:

En la pornografía, la verdad del sexo no es otra -como recuerda José Carlos Bermejo en su libro La consagración de la mentira– que la dominación de la mujer por el hombre. En ese sentido, entronca con la visión del cuerpo de la mujer griega que tenían los hipocráticos, para quienes el útero tenía una vida independiente y errabunda que sólo encontraba quietud con el sexo y el embarazo. Cuando no ocurría así, lloraba lágrimas de sangre. Pero una idea parecida es la que encontramos también en las histéricas de Charcot y Freud, que recomendaban para su curación sexo y matrimonio o, en el peor de los casos, una masturbación tranquilizadora. El doctor Charcot llegó a explicar las convulsiones de estas mujeres encerradas en La Salpetriére, como movimientos orgásmicos realizados ante los atónitos estudiantes de Medicina. Hoy sabemos que esos síntomas corresponden a la epilepsia y la esclerosis múltiple.

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Aude Fauvel, en Hystérique mais pas si folle 1, publicado en la ejemplar página web, inspirada por el sociólogo Pierre Rousanvallon La Vie des Idées, resume e interpreta el caso -inédito hasta que Jan Goldstein descubrió el manuscrito- de Nanette Leroux, una histérica cuyos síntomas, tratamiento y curación fueron anotados cuidadosamente por el doctor Alexandre Bertrand durante tres años, de 1823 a 1825. Aquí descubrimos -y aprovechamos para iniciar el giro que nos interesa para terminar esta entrada- la enfermedad mental como manifestación de un desajuste social y político. En efecto, Nanette Leroux, según nos explica Aude Fauvel, padece unos síntomas de histeria manejados por ella misma para poder reconducir su vida. Esta saboyana, que había sido víctima de un acto de violencia sexual y frustradas sus expectativas de vida independiente tras la resturación piamontesa de Saboya, sufre síntomas asociados a la histeria en el paradigma decimonónico: convulsiones, catalepsia, sonambulismo, desvanecimientos… Es tratada por sus médicos con las técnicas más avanzadas de la época, tratamiento eléctrico, hipnosis. Los síntomas aumentan cuando siente violado su pudor y disminuyen con las caricias y el trato suave. Sin embargo, Nanette solo se recupera del todo cuando al fin consigue un reloj deseado y solicitado muchas veces (objeto simbólico de una posible independencia: Saboya es famosa por su tradición relojera) y cuando, por fin -pues es su deseo-, es enviada a un balneario para un tratamiento de hidroterapia. Allí, alejada de la opresiva atmósfera familiar de la sociedad saboyana, entre desconocidos, siente un día, en uno de los baños que ella misma se aplica, una excitación placentera con el agua y es a partir de entonces cuando, en nombre propio, se declara curada. A partir de ahí, según Jan Goldstein, se le pierde la pista en los manuscritos médicos que ha descubierto: sólo llegó a averiguar que se casó, tuvo hijos y a obtener la vaga referencia a una recaída en su enfermedad, que la investigadora no pudo comprobar ni confirmar.

Drugpolar disorder

El paradigma psiquiátrico norteamericano se ha impuesto también, y sobre todo, en la manera de explicar y tratar el trastorno bipolar. La bipolaridad, en efecto, ha llegado a convertirse -sin ningún tipo de ironía- en una enfermedad de moda.
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Respecto a su concepción en la psiquiatría estadounidense, nos explica Pierre-Henri Castel 2 que está en la actualidad «masivamente conceptualizada como un trastorno neurobiológico del humor (exaltado en la manía, abatido en la depresión con, en su forma canónica, alternancia psíquica de un estado después del otro) Y, es así, en efecto, como se la reduce a un diagnóstico y a un sistema de valores y símbolos “que agrandan, como una lupa, tal y tal aspecto en detrimento del otro”. Su tratamiento está totalmente medicalizado: “la medicina X para el pico de excitación o manía, la medicina Y para el periodo depresivo”. Esta medicalización doble -que podría ser la causante del carácter cíclico de este mal, según parece dejar claro su comparación con el viejo paradigma de la psicosis maníaco-depresiva- y estandarizada particularmente en su tratamiento con litio, llevó a un psiquiatra nortemaricano a proponer, en la prestigiosa Medscape, renombrar esta enfermedad como un desorden medicamentoso-polar, «drugpolar disorder».

Estoy estresado, maestro…

Esta perspectiva de las cosas ha hecho olvidar que -sin excluir una base neurobiológica- la bipolaridad es una afección social, muy ligada, además, al individualismo exacerbado de la sociedad americana, a un sistema dual de ganadores / perdedores y a una moral del trabajo fundada en la competencia y la excelencia como valores máximos. Pero el médico del ánimo de nuestro tiempo no se dirige en absoluto a las personas -como recuerda Pierre-Henri Astel- sino al cerebro de las personas; trata las respuestas a las preguntas que plantea como simples indicadores cuya única función es la encontrar la dosis justa del filtro mágico de los medicamentos que proporcionarán la cura. El mal psíquico es tratado con arreglo a una tabla de síntomas, causas y medicación de la que queda cuidadosamente excluida la humanidad concreta del enfermo. Se intenta erradicar en él la anomalía social que supone (una baja con coste económico para la empresa o el estado, una asociabilidad que puede devenir peligrosa…) un problema de adaptación o de conducta. Es en ese sentido exacto en el que podemos afirmar que en el dominio Psy no hay enfermos sino enfermedades sociales.

La enfermedad psíquica contemporánea se nos ha enseñado a vivirla de forma subjetiva exclusivamente, incluyendo en esa subjetividad un sentimiento de culpa. Eso es muy visible en la culpabilización contemporánea del parado: la causa de su fracaso social es de él mismo, no del sistema económico-político ni de las leyes laborales. La somatización interna de esa culpa llena las consultas de Salud Mental y de psiquiatras de trabajadores deprimidos y angustiados o con una bipolaridad que no había hecho acto de presencia hasta ahora. Las siniestras estadísticas de los suicidios en los centros de trabajo, particularmente en Francia,no dejan de aumentar. El estrés, por ir terminando, ha entrado a saco en el léxico general de nuestras lenguas y ha sido interiorizado tanto en el mundo laboral como en el estudiantil, como un saber común. La fatiga ante un proceso de cambio o tecnologización, ante el esfuerzo que se considera excesivo es utilizado cada vez más como auto-diagnóstico. Como muestra, un botón, una experiencia personal: un día llamé la atención a un alumno del Primer Ciclo de la ESO -de entre 10 y 11 años por tanto- en una hora de Guardia en que sustituía a un profesor ausente ese día. El chico, que andaba desquiciado por la clase, en un estado de excitación que le hacía gritar, charlar y moverse sin medida, compuso en un instante un gesto adusto y solemne al oír mi reprimenda y me dijo «Es que estoy muy estresado, maestro»…

Las locas de Mayo

Las relaciones de la política con perder la cabeza no se limitan a la guillotina. No es solo lo anecdótico de la cantidad innumerable de delirios en que gente con la cabeza perdida haya impostado la identidad de un personaje público poderoso (los casos de napoleones se contaron por cientos en los manicomios franceses, ni siquiera la broma de Freud de que Francia -a causa de sus muchas revoluciones y movilizaciones sociales a lo largo de la Historia- es el país que ha padecido más «epidemias psiquiátricas». No, sino que en la visión conservadora de los estados constituidas (un grado siempre más en los estados autocráticos, naturalmente) el rebelde opositor, el protestante callejero, el guerrillero que se ha tirado al monte, es siempre víctima de algún trastorno psíquico. Como también, en la perspectiva inversa, puede padecerlo el tirano.
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Es el caso de las dignas madres de la Plaza de Mayo argentina, que fueron tildados mucho tiempo como «las Locas de Mayo», nombre emblemático con el que he titulado esta última sección. La bilis negra, pues,anclada en sus orígenes como un mal físico relativamente fácil de curar -pero también, no se olvide, como un desorden pecaminoso que podía dar lugar a la acedia o hastío, un desastre aún mayor para el medieval y el renacentista: seguramente al que más temía- ha ido desenvolviéndose, con novedosas facetas creadas por las condiciones sociales y creencias científicas de cada época, como enfermedad social o económica y como mal político. Espero que al lector no le resulte difícil entenderlo si cae en la cuenta de la facilidad con que, a lo largo de la Historia, los mismos edificios se han ido adaptando como hospitales, cárceles o manicomios con una ductilidad encomiable -y económica- a las distintas circunstancias y premuras de los gobiernos de turno y las revoluciones.



  1. Se trata de una recensión crítica de la obra de Jan Goldstein Hysteria complicated by Ectasy. The case of Nanette Leroux, Princeton, 2009. 

  2. Pierre-Henri Castel, Folie du Vieux Monde, folie du Nouveau Monde, reseña de la obra de Emily Martin Voyage en terres bipolaires: Manie et dépression dans la culture américaine, Paris, 2007. 

El tiempo pone que va a llover hoy

Aunque no es ninguna sorpresa comprobar a diario que los científicos constituyen la nueva casta sacerdotal, pues son sus sustitutos históricos, no deja de llamar la atención la fe con que la gente atiende y extiende los pronósticos de los hombres del tiempo. «El tiempo pone que va a llover hoy, llévate el paraguas» -dice uno. Y con energía redoblada, replica al incauto que le intenta objetar, aunque sin mucho convencimiento, que él ha mirado al cielo y no ha visto una sola nube, y que, además, no nota la sensación de frío o el aire húmedo, todas esas cosas, en fin, que siempre hemos sabido por experiencia y porque lo veíamos hacer a nuestros mayores, «el tiempo no se equivoca ya nunca, de modo que llévate el paraguas. O tú mismo». Es digna de admiración y asombro esa fe, más incólume según pasan los días y tornados, capaz de desmentir la observación, la experiencia y el recuerdo de una tacada, de eliminar de nuestros usos un gesto humano tan ancestral como mirar al cielo y sus nubes (por aquí dicen algunos aún: «si las nubes tienen el color y el aspecto de la panza de una burra, es que va a llover»), respirar hondo para olisquear la humedad o sequedad del aire.

El hombre del tiempoNo quiere uno desdorar con esto el saber de los meteorólogos, líbrenos Dios, que ya ha oído o leído uno que manejan en sus cálculos las matemáticas del caos y los números complejos, y le han contado que, entre la chatarra infame que ya rodea la atmósfera terrestre, allá lejos, hay satélites -de los pequeños, seguramente, trabajadores y observadores infatigables y honestos de las nubes y los vientos, desde arriba, en inverosímil perspectiva, contraria a la nuestra- que ven e interpretan para sus diseñadores o usuarios el tiempo que va a hacer. No, cómo se van a discutir esas cosas, sólo mostrar su asombro pretende uno.

Porque es que se parece también eso que pasa con el tiempo a lo que, a veces, ocurre ahora con los alumnos: «maestro, pues yo he visto un documental que decía que…», que, en contagio muy de estos tiempos, hace saltar a otro con «eso no es así, porque yo leí en una página de internet que la cosa es así o asá…» A eso es a lo que se llamaba argumento de autoridad, más o menos como lo que hacía el protagonista del Libro de Buen Amor cuando afirmaba ufano «Aristóteles dijo, y es cosa verdadera /que el hombre por dos cosas trabaja: la primera, / por el sustentamiento, y la segunda era / por conseguir unión con hembra placentera.» por escribirlo así, en la triste prosa del castellano contemporáneo. Sólo que el Aristóteles posmoderno es el Profesor Google o el Hombre del Tiempo.

Científico de otro tiempoNo es nada sorprendente, decíamos al principio, aunque sí llamativo, a todas luces, la extensión de esa fe y el dogmatismo con que se mantiene. De siempre -pensemos en la Edad Media, por situarnos en un momento temporal más conocido y concreto- el poder político ha necesitado de otro poder -un poco al estilo de las dos fundaciones que imaginó Asimov en su conocido ciclo novelístico-, digamos más «espiritual» que cuidara de la elaboración, enseñanza y mantenimiento de una norma o canon que sirviera de marco a las creencias de los súbditos o ciudadanos. Durante siglos, esa segunda fundación fue la Iglesia, las iglesias mejor dicho. Tras su caída en descrédito, y al par que crecían los descubrimientos y prestigio de los científicos, la Ciencia heredó el viejo encargo de explicarlo todo y de crear, mantener y extender el marco conceptual para la comprensión del mundo. Lo ha hecho muy bien, y a la vista de todos está.

Como toda fe, la explicación o norma científica ha sustituido la observación directa y la remisión a la memoria o a la experiencia, como dejaba clara la anécdota inicial del hombre del tiempo, justo al contrario de lo que la propaganda del método científico presume de expandir a través de la educación social: la observación, la hipótesis y la experimentación. Para ello están los expertos, los técnicos y sus máquinas y laboratorios, tal como la Iglesia de la Contrarreforma aliviaba del peligro de la lectura e interpretación personal de la Biblia a sus desprevenidos e ingenuos feligreses: dándosela ya interpretada por sus sacerdotes, custodios del saber. Exactamente igual que los Intérpretes y Guardianes del Tiempo.