El artículo de las luciérnagas de Pasolini completo (en español)

Corriere della será, 1 de febrero de 1975

“La distinción entre fascismo adjetivo y fascismo sustantivo se remonta nada menos que al diario Il Politecnico, es decir, a la inmediata posguerra…” Así empieza un escrito de Franco Fortini sobre el fascismo (L’Europeo, 26-12-1974), escrito que, como se suele decir, yo suscribo totalmente, plenamente. Pero no puedo suscribir su tendencioso exordio. En efecto, la distinción entre “fascismos” hecha por Il Politecnico no es ni pertinente ni actual. Esta podía valer todavía hasta hace cerca de una decena de años, cuando el régimen democristiano era todavía la simple y pura continuación del régimen fascista.

Pero hace una decena de años, sucedió “algo”. “Algo”que no existía y que no era previsible no sólo en la época de Il Politecnico, sino ni siquiera un año antes de que sucediera (o aún más, mientras sucedía, como veremos).

Por lo tanto, la comparación real entre “fascismos” no puede ser hecha, “cronológicamente”, entre el fascismo fascista y el fascismo democristiano, sino entre el fascismo fascista y el radicalmente, totalmente, imprevisiblemente nuevo que ha nacido de aquel “algo” que ha sucedido hace una década.

Porque soy un escritor, y escribo polémicamente, o al menos discuto, con otros escritores, déjeseme dar una definición de carácter poético-literario de aquel fenómeno que ha ocurrido en Italia hace una decena de años. Esto servirá para simplificar y para abreviar nuestro discurso (y probablemente para entenderlo mejor).

A inicios de los años sesenta, a causa de la contaminación del aire, y, sobre todo, en el campo, a causa de la contaminación del agua (los ríos azules y los arroyos transparentes) han empezado a desaparecer las luciérnagas. El fenómeno ha sido rápido y fulminante. Después de unos pocos años las luciérnagas ya no estaban más. (Son ahora un recuerdo, bastante desgarrador, del pasado: y un hombre mayor que tenga ese recuerdo, no puede reconocer en los nuevos jóvenes a sí mismo joven, y por lo tanto, no puede proferir aquellas lindas quejas de añoranza de otros tiempos).

A ese “algo” que ha sucedido hace una decena de años lo llamaré entonces “la desaparición de las luciérnagas”.
El régimen democristiano ha tenido dos fases absolutamente distintas, que no sólo no se pueden confrontar, implicando esto una cierta continuidad, sino que se han convertido incluso en históricamente inconmensurables.

La primera fase de ese régimen (como con razón han insistido en llamarlo los radicales) es la que va desde el fin de la guerra a la desaparición de las luciérnagas, la segunda fase es aquella que va desde la desaparición de las luciérnagas hasta hoy. Analicémoslas de a una por vez.

Antes de la desaparición de las luciérnagas. La continuidad entre fascismo fascista y fascismo democristiano es total y absoluta. No hablaré sobre aquello, que sobre este punto, se decía también entonces, justamente en Il Politecnico con respecto a: la falta de una depuración, la continuidad de los códigos, la violencia policial, el desprecio por la Constitución. Me detengo en lo que después ha contado para una conciencia histórica retrospectiva. La democracia que los antifascistas democristianos oponían a la dictadura fascista era descaradamente formal. Se fundaba en una mayoría absoluta obtenida por medio de votos de grandes estratos de la clase media y de enormes masas campesinas manejadas por el Vaticano. Tal gestión del Vaticano era posible sólo si se fundaba en un régimen totalmente represivo. En ese mundo los “valores” que contaban eran los mismos que para el fascismo: la Iglesia, la patria, la familia, la obediencia, la disciplina, el orden, el ahorro, la moralidad. Tales “valores” (como también durante el fascismo) eran “también reales”, pertenecían a las culturas particulares y concretas que constituían la Italia arcaicamente agrícola y paleoindustrial. Pero en el momento en que eran elevados a “valores” nacionales no podían sino perder toda realidad, y convertirse en atroz, estúpido, represivo conformismo de Estado: el conformismo del poder fascista y democristiano. Provincialismo, grosería e ignorancia, tanto de las élites, a distinto nivel, como de las masas eran iguales, tanto durante el fascismo como durante el primera fase del régimen democristiano. Paradigmas de esta ignorancia eran el pragmatismo y el formalismo del Vaticano. Hoy todo esto resulta claro e indudable, porque entonces se nutrían, por parte de los intelectuales y de los opositores, vanas esperanzas. Se esperaba que todo eso no fuera totalmente verdadero, y que la democracia formal contara de algún modo.

Ahora, antes de pasar a la segunda fase, debo dedicar algunas líneas al momento de la transición.

Durante la desaparición de las luciérnagas. En este período la distinción entre los distintos fascismos realizada en Il Politecnico podía todavía funcionar. En efecto, tanto el gran país que se estaba formando dentro del país –es decir la masa obrera y campesina organizada por el PCI– cuanto los intelectuales más avanzados y críticos, no se habían dado cuenta que “las luciérnagas estaban desapareciendo”. Estos estaban bastante bien informados por la sociología (que en aquellos años había puesto en crisis el método de análisis marxista), pero eran informaciones todavía no vividas, experimentadas, en sustancia sólo formales. Ninguno podía sospechar la realidad histórica que sería el inmediato futuro, ni identificar lo que entonces se llamaba “bienestar” con el “desarrollo”que iba a realizar plenamente por primera vez en Italia, el “genocidio” del que hablaba Marx en el Manifiesto.

Después de la desaparición. Los “valores”, nacionalizados y, por lo tanto, falsificados, del viejo mundo agrícola y paleocapitalista, de repente no cuentan más. Iglesia, patria, familia, obediencia, orden, ahorro, moralidad, ya no valen. Y ya no sirven ni siquiera como falsos. Estos “valores” sobreviven en el clérigo-fascismo marginado (también el MSI en sustancia los repudia). Los sustituyen los “valores” de un nuevo tipo de civilización, totalmente “otra” con respecto a la civilización campesina y paleo-industrial. Esta experiencia ha sido hecha con anterioridad por otros Estados, pero en Italia se da de un modo totalmente particular, porque se trata de la primera “unificación” real sufrida por nuestro país, mientras que en los otros países ésta se superpone, con una cierta lógica, a la unificación monárquica y a la ulterior unificación de la revolución burguesa e industrial. El trauma italiano del contacto entre el “arcaísmo” pluralista y la nivelación industrial tiene quizás sólo un único precedente: la Alemania anterior a Hitler. También allí los valores de las diversas culturas particularistas han sido destruidos por la violenta homologación de la industrialización, con la consiguiente formación de aquellas enormes masas, ya no más antiguas (campesinas, artesanas) y aún no modernas (burguesas), que han constituido el salvaje, aberrante, imprevisible cuerpo de las tropas nazis.

En Italia está ocurriendo algo similar, e incluso con mayor violencia, porque la industrialización de los años setenta constituye una “mutación” decisiva incluso con respecto a la alemana de hace cincuenta años. Ya no estamos más frente, como todos ya saben, a “tiempos nuevos”, sino a una nueva época de la historia humana: de esas épocas de la historia humana cuyos límites abarcan milenios. Era imposible que los italianos reaccionaran peor de como lo han hecho ante tal trauma histórico. Ellos se han convertido en pocos años (en especial en el centro-sur) en un pueblo degenerado, ridículo, monstruoso, criminal. Sólo basta salir a la calle para advertirlo. Pero, naturalmente, para comprender los cambios en la gente, es necesario amarla. Yo, lamentablemente, a esta gente italiana la había amado: tanto fuera de los esquemas del poder (más aún, en oposición desesperada a ellos), como fuera de los esquemas populistas y humanitarios. Se trataba de un amor real, radicado en mi modo de ser. He visto, por lo tanto, “con mis sentidos”, la acción coercitiva del poder del consumo transformar y deformar la conciencia del pueblo italiano, hasta una degradación irreversible. Esto no había ocurrido durante el fascismo fascista, período en el cual el comportamiento estaba totalmente disociado de la conciencia. En vano el poder “totalitario” iteraba y reiteraba sus imposiciones de comportamiento: a la conciencia no se la podía implicar. Los “modelos” fascistas no eran más que máscaras, que se podían poner y sacar. Cuando el fascismo fascista cayó, todo volvió a ser como antes. Lo mismo sucedió en Portugal: después de cuarenta años de fascismo, el pueblo portugués ha celebrado el primero de mayo como si al último lo hubiese celebrado el año anterior.

Es ridículo, entonces, que Fortini retrotraiga la distinción entre un fascismo y el otro a principios de la posguerra. La distinción entre el fascismo fascista y el fascismo de esta segunda fase del poder democristiano no sólo no tiene punto de comparación en nuestra historia, sino probablemente en toda la historia.

Sin embargo, yo no escribo este artículo sólo para polemizar sobre este punto, si bien me hubiera gustado. Escribo el presente artículo en realidad por una razón muy diversa, y es la que explicaré a continuación.

Todos mis lectores se habrán dado cuenta, sin duda, de un cambio en los jefes democristianos: en pocos meses ellos se han convertido en máscaras fúnebres. Es verdad, ellos continúan manifestando radiosas sonrisas, de una sinceridad increíble. En sus pupilas se condensa una verdadera, beata luz de buen humor, cuando no se trata de la cómplice luz de la ingeniosidad y la picardía; cosa que a los electores les gusta, pareciera, tanto como la plena felicidad. Por otra parte, nuestros jefes continúan impertérritos sus discursos incomprensibles, en los que flotan los flatus vocis de las acostumbradas promesas estereotipadas.

En realidad ellos son, en verdad, máscaras. Estoy seguro que, si se levantaran esas máscaras, no se encontraría ni siquiera un montoncito de huesos o de cenizas, allí estaría la nada, el vacío.

La respuesta es simple: hoy en Italia, en realidad, hay un dramático vacío de poder. Pero éste es el punto: no un vacío de poder legislativo o ejecutivo, ni un vacío de poder dirigente, ni, finalmente, un vacío de poder político en cualquier sentido tradicional, sino un vacío de poder en sí mismo.

¿Cómo hemos llegado a este vacío? O mejor, “¿cómo han llegado allí los hombres de poder?”.

La respuesta, una vez más, es simple: los hombres de poder democristianos han pasado de la “fase de las luciérnagas” a la “fase de la desaparición de las luciérnagas” sin darse cuenta. Por más que esto pueda parecer próximo a la criminalidad, su inconsciencia en este punto ha sido absoluta: no han sospechado mínimamente que el poder, que ellos detentaban y administraban, no sólo estaba sufriendo una evolución “normal”, sino que estaba cambiando radicalmente de naturaleza.

Ellos se habían ilusionado de que en su régimen todo sería sustancialmente igual: que, por ejemplo, iban a contar eternamente con el Vaticano, sin darse cuenta de que el poder, que ellos mismos continuaban a detentar y administrar, ya no sabía qué hacer con el Vaticano, como centro de vida campesina, retrógrada, pobre. Ellos se habían ilusionado de poder contar para siempre con un ejército nacionalista (como sus predecesores fascistas), y no veían que el poder, que ellos mismos continuaban detentando y administrando, ya maniobraba para establecer la base de ejércitos nuevos, en cuanto transnacionales, casi policías tecnocráticos. Y los mismo debemos decir con respecto a la familia, constreñida, sin solución de continuidad desde los tiempos del fascismo, al ahorro, a la moralidad, ahora el poder del consumo imponía a ella cambios radicales, hasta hacerle aceptar el divorcio, y por lo tanto, potencialmente, todo el resto, sin límites (o, al menos, hasta los límites consentidos por la permisividad del nuevo poder, peor que totalitario en cuanto violentamente totalizador).
Los hombres del poder democristiano han padecido todo este poder, creyendo que lo administraban. No se han dado cuenta que éste era “otra cosa”: inconmensurable, no sólo para ellos, sino para toda una forma de civilización. Como siempre (cfr. Gramsci) sólo en la lengua se han producido síntomas. En la fase de transición –o sea “durante la desaparición de las luciérnagas”– los hombres de poder democristianos han cambiado casi bruscamente el modo de expresarse, adoptando un lenguaje completamente nuevo (por otra parte incomprensible como el latín): especialmente Aldo Moro, es decir (por una enigmática correlación), aquel que aparece como el menos implicado de todos en las cosas horribles que se han organizado desde 1969 hasta hoy, con la intención, por ahora lograda formalmente, de conservar como sea el poder.

Digo formalmente porque, repito, en la realidad los poderosos democristianos cubren, con sus maniobras de autómatas y sus sonrisas, el vacío. El poder real procede sin ellos, y ellos no tienen en las manos nada más que aquellos inútiles instrumentos que, de los mismos, vuelven reales sólo sus lúgubres chaquetas cruzadas.

Sin embargo en la historia el “vacío” no puede subsistir, puede ser sólo predicado en abstracto y por absurdo. Es probable que, en efecto, el “vacío” del que hablo se esté ya llenando, por medio de una crisis y un reajuste que no puede dejar de implicar a toda la nación. Es un signo de esto, por ejemplo, la espera “morbosa” del golpe de Estado. Casi como si se tratase sólo de “sustituir” el grupo de hombres que nos han gobernado tan espantosamente por treinta años, llevando a Italia al desastre económico, ecológico, urbanista, antropológico. En realidad, la falsa sustitución de estas “cabezas de trapo” por otras “cabezas de trapo” (no menos, al contrario, más funéreamente carnavalescas), realizada por medio del reforzamiento artificial de los viejos aparatos de poder fascista, no serviría para nada (y, esté claro que, en ese caso, la “tropa” ya sería, por su constitución, nazi). El poder real al que desde una decena de años las “cabezas de trapo” han servido sin darse cuenta de su realidad: es esto este algo que ya puede haber llenado el “vacío” (haciendo vana también la posible participación en el gobierno del gran país comunista que ha nacido de las ruinas de Italia, porque no se trata de “gobernar”). De ese “poder real” nosotros tenemos imágenes abstractas y en el fondo apocalípticas. No sabemos representarnos qué “formas” asumiría éste sustituyéndose directamente a los siervos que lo han tomado por una simple “modernización” de técnicas. De todos modos, con respecto a mí (si esto tiene algún interés para el lector) que quede claro: yo, por más multinacional que sea, daría toda la Montedison por una luciérnaga.

(Traducción de Esteban Nicotra)

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La revolución pesquera y los orígenes del capitalismo

Un interesante artículo de Ian Angus, publicado en Sin Permiso, que nos obliga a mirar con otros ojos el «Tratado Global de los Océanos», auspiciado por la ONU -pero al que le queda aún un largo recorrido – y anunciado a bombo y platillo por, por ejemplo, Greenpeace: Acuerdo histórico de la ONU para el Tratado Global de los Océanos. Tal es nuestra necesidad imperiosa de esperanzas…

La pesca es más antigua que la humanidad. Los paleontólogos han encontrado evidencia de que nuestros antepasados Homo habilis y Homo erectus pescaron peces de lago y río en el este de África hace un millón de años. Los grandes depósitos de conchas muestran que nuestros primos neandertales cosechaban mariscos hace más de cien mil años en lo que ahora es Portugal, al igual que el Homo sapiens en Sudáfrica. Los habitantes de las islas han pescado en el suroeste del Pacífico durante al menos treinta y cinco milenios.

La revolución pesquera y los orígenes del capitalismo

El primer relato que nos queda del agotamiento de los peces causado por la sobrepesca se escribió en Roma, alrededor del año 100 d.C. El poeta Juvenal describió una fiesta en la que el pescado servido al rico anfitrión había sido importado de Córcega o Sicilia, porque

…nuestras aguas ya están
Bastante agotadas, totalmente agotadas por la furiosa glotonería;
Los creadores de mercado rastrillan hasta tal punto las aguas poco profundas
Con sus redes, que nunca se permite que los alevines maduren.
Así que las provincias aprovisionan nuestras cocinas.

Las poblaciones de peces en los ríos y las zonas costeras también se agotaron por la contaminación urbana. En la misma comida, Juvenal dice que a un invitado menos importante se le sirvió «un pez del Tíber, cubierto de manchas verde-grises… alimentado por la alcantarilla que fluye».

Cuando la pesca intensiva y la contaminación socavaron los procesos naturales y los entornos que habían mantenido las poblaciones de peces de agua dulce durante milenios, la industria pesquera cambió geográficamente, moviéndose para explotar diferentes tipos de peces en diferentes lugares. (…)

El cambio de los peces de agua dulce a los peces oceánicos requirió un esfuerzo e inversión mucho mayor. La captura de suficiente bacalao y arenque para los mercados continentales requirió que los pescadores oceánicos viajaran más y se quedaran en el mar más tiempo, y procesar el pescado en tierra requirió más tiempo, equipo y mano de obra. En la era de 1200, los comerciantes del norte de Alemania financiaban grandes operaciones pesqueras en Dinamarca y Noruega, proporcionando pagos anticipados, sal y otras necesidades. Con el tiempo, la inversión de capital externo financió operaciones de pesca cada vez más grandes.

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Regere imperio populos

A Hitler no hay que ponerle cuernos y rabo, ni contentarnos con repetir los memes (anti)nazis, pensando que con ese exorcismo banal eludimos su perversa  influencia y su reencarnación en cualesquiera otros políticos enloquecidos. Hay que recordar sus palabras brutales, como hacía Aimé Césaire en su Discurso sobre el colonialismo,

Nosotros aspiramos no a la igualdad sino a la dominación. El país de raza extranjera deberá convertirse en un país de siervos, de jornaleros agrícolas o de trabajadores industriales. No se trata de suprimir las desigualdades entre los hombres, sino de ampliarlas y hacer de ellas una ley.

Hitler no fue una anomalía aberrante, estaba allí, al final del camino del colonialismo, en la reserva activa, para cuando su presencia se convirtiera en «necesidad histórica». El colonialismo nace de la necesidad insaciable de nuestra economía / mundo de obtener recursos naturales y mano de obra esclava o semiesclava, para que la acumulación de capital y la circulación infinita de mercancías y personas permitiera que la cuota de beneficio de los capitales no dejara de crecer.

Este proceso suponía una ampliación de la «acumulación primitiva», una globalización de la plusvalía, en términos estrictos. que no ha cesado aún. Tampoco la dolorosa violencia, privada e institucional, cotidiana o bélica, con que se ha producido desde los orígenes de nuestro mundo. Así pues, hablar de neo-colonialismo, como se suele hacer, es una redundancia innecesaria: adaptándose ejemplarmente, con su ingente máquina propagandística, a los procesos de descolonización, los imperios coloniales rampantes mantienen vigente su bulímica rapiña, que amenaza con engullir el planeta todo.Por eso se vuelven a oír, con toda naturalidad, justificaciones darwinistas como las de Renan, que citaba también nuestro admirado Césaire:

… una raza de trabajadores del campo, los negros; sed con ellos bondadosos y humanos y todo estará en orden; una raza de amos y soldados, la raza europea…

Tiranuelos como Trump, Modi, Orban, Erdogan, Jinping, Duterte, o Bolsonaro estaban ya allí esperando la llamada, al final del camino. Han desenterrado las infames viejas palabras de menosprecio y odio, los rancios discursos que, pudorosamente permanecían larvados y ocultos en el silencio de la vergüenza, ya desaparecida en la obscenidad contemporánea. Nuestro olvido y carácter acomodaticio, nuestra desatención suicida frotaron el frasco de los deseos de las castas de amos y soldados e hicieron aflorar el pestilente elixir que envenena, otra vez, los aires del mundo.

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Las edades del hombre (3): Robinsonadas

El tercer tipo de viaje de iniciación o puesta a prueba queda representado paradigmáticamente por los «robinsones» y sus «robinsonadas», como llama Pierre Furter1 a la saga y sus aventuras. Este mismo sociólogo centra la idea fundamental de esta tercera entrega, contrastando la supervivencia de Robinsón con la de los niños «salvajes» a partir de la presencia o ausencia de una cultura heredada en uno y en otros:

En las «Robinsonadas», incluso si la isla es a veces inhóspita, todo el relato gira en torno a la capacidad del héroe para defenderse de esta naturaleza, para dominarla y terminar por ponerla al servicio de su autoformación. Para los «niños salvajes», la naturaleza es, ciertamente, un lugar en el que pueden protegerse, en general, matorrales, bosques o tierras baldías. Si se adaptan para sobrevivir allí, guardan un comportamiento ambiguo en este sentido. La naturaleza les atrae y les hace sentir miedo (…) Esta incertidumbre se acentúa por el hecho de que no pueden referirse ni apoyarse en una cultura que no han heredado, o en muy pequeña medida.; mientras que los «robindones», por muy toscos que sean sus héroes, ya habían sido culturizados antes de comenzar su periodo de pruebas. De manera que la cuestión se desplaza, con los «niños salvajes», a la relación entre naturaleza y cultura.

Para concluir más adelante:

Estos dos mitos conducen a dos perspectivas muy divergentes: Las «robinsonadas» intentarían evocar en nosotros, y, si es posible, convencernos de ello, la idea de que, incluso solo y desamparado, el ser humano es capaz no solamente de sobrevivir, sino de recrear la civilización. Es un mito tranquilizador pese a sus peripecias dramáticas, y comprendemos que se haya propuesto a los niños como una lectura beneficiosa. Sin embargo, el caso de los «niños salvajes» es inquietante. Por un lado, mantiene la duda en cuanto a la verdadera naturaleza del niño: ¿pequeño hombre o pequeño animal? Por otra parte, sugiere que la autonomía humana, al menos durante la infancia, es más que frágil. La inmadurez es vivida como una carencia; puede convertirse en un estigma. Es esto lo que justifica la instrucción, la reeducación o incluso la colonización de la infancia.

De modo que Robinson Crusoe sobrevive y prospera en su isla gracias al bagaje cultural previamente adquirido. Pero esta misma capacidad «reproductiva» que le permite recrear la civilización perdida tras el naufragio, ha generado no solo lecturas optimistas, sino también lecturas e interpretaciones críticas. En este sentido son ejemplares las distintas maneras de abordar esta historia de Engels y de Marx. Engels, quizá más lúcido en este punto, cita a Robinson en varias ocasiones en su Anti-Dühring, un libro de lectura provechosa donde articula la tesis de que los actos políticos son actos de fuerza, del mismo modo que lo es la propiedad privada. El «pecado original» de Robinson está en la esclavización de Viernes, respecto a la cual el trabajo asalariado no es más que una evolución histórica.

Pues todo el asunto ya ha sido probado a través del famoso pecado original, cuando Robinson Crusoe hizo de Viernes su esclavo. Fue un acto de fuerza, y por lo tanto un acto político. Y en la medida en que esta esclavitud fue el punto de partida y el hecho fundamental de toda la historia pasada y la inoculó con el pecado original de la injusticia, hasta el punto de que en los períodos posteriores sólo se suavizó y «se transformó en las formas más indirectas de dependencia económica» {D. C. 19}; y en la medida en que «los bienes fundados sobre la fuerza» {D. Ph. 242}, que se ha afirmado hasta el día de hoy, también se basa en este acto original de esclavitud, es evidente que todos los fenómenos económicos deben ser explicados por causas políticas, es decir, por la fuerza. (…)

Pero para conseguirlo, Crusoe necesita algo más además de su espada. No todo el mundo puede hacer uso de un esclavo. Para poder hacer uso de un esclavo, uno debe poseer dos tipos de cosas: primero, los instrumentos y el material para el trabajo de su esclavo; y segundo, los medios de subsistencia para él.

Todo un homenaje a las teorías sobre el plusvalor de Marx. Este, por su parte, más interesado en la teoría del trabajo como productor de valor, se detiene en la laboriosidad de Robinson Crusoe en su El Capital:

Como las experiencias de Robinson Crusoe son uno de los temas favoritos de los economistas políticos, echémosle un vistazo en su isla. Por moderado que sea, sin embargo, tiene necesidades que satisfacer, por lo que debe hacer un trabajo útil de varios tipos, como fabricar herramientas y muebles, domar cabras, pescar y cazar. No tenemos en cuenta sus oraciones y cosas por el estilo, ya que son una fuente de placer para él, y él las considera como una gran recreación. A pesar de la variedad de su trabajo, sabe que su trabajo, cualquiera que sea su forma, no es más que la actividad de Robinson mismo, y por consiguiente, que no consiste más que en diferentes modos de trabajo humano La propia necesidad le obliga a repartir su tiempo con precisión entre sus diferentes tipos de trabajo. El hecho de que un tipo ocupe un espacio mayor en su actividad general que otro depende de las dificultades, mayores o menores según el caso, que haya que superar para lograr el efecto útil al que se aspira. Esto lo aprende pronto nuestro amigo Robinson por experiencia, y habiendo rescatado un reloj, un libro de contabilidad, un bolígrafo y tinta del naufragio, comienza, como un verdadero británico, a llevar un juego de libros. Su inventario contiene una lista de los objetos de utilidad que le pertenecen, de las operaciones necesarias para su producción y, por último, del tiempo de trabajo que le han costado, en promedio, determinadas cantidades de esos objetos. Todas las relaciones entre Robinson y los objetos que forman esta riqueza de su propia creación, son aquí tan simples y claras que son inteligibles sin esfuerzo (…) Y sin embargo, esas relaciones contienen todo lo que es esencial para la determinación del valor.

Marx también se refiere a Crusoe en los manuscritos conocidos como Grundrisse; allí ve en Robinson Crusoe no «una reacción contra el exceso de sofisticación y el retorno a una vida de naturaleza mal entendida» sino «la anticipación de la’sociedad civil'».

Es, más bien, la anticipación de la «sociedad civil», en preparación desde el siglo XVI y dando pasos de gigante hacia la madurez en el XVIII. En esta sociedad de libre competencia, el individuo aparece separado de los vínculos naturales, etc., que en períodos históricos anteriores lo hacen cómplice de un conglomerado humano definido y limitado. Smith y Ricardo siguen con los dos pies sobre los hombros de los profetas del siglo XVIII, en cuya imaginación este individuo del siglo XVIII -producto, por un lado, de la disolución de las formas feudales de la sociedad y, por otro, de las nuevas fuerzas productivas desarrolladas desde el siglo XVI- aparece como un ideal, cuya existencia proyectan en el pasado. No como resultado histórico, sino como punto de partida de la historia. Como el Individuo Natural apropiado en su noción de naturaleza humana, que no surge históricamente, sino que es planteada por la naturaleza. Esta ilusión ha sido común a cada nueva época hasta el día de hoy.

Las interpretaciones y abordajes de esta polisémica historia no se limitan, por supuesto, a la estancia de Crusoe en la isla, ni a su inquebrantable designio de supervivencia, autoformación, esclavitud, trabajo y enriquecimiento (en lo que supera al padre). Es también la parábola puritana que permite leer el libro como una autobiografía espiritual y religiosa en que la Providencia juega un papel central. Pero bástenos con lo dicho hasta ahora, que espero que haya resultado de algún provecho al lector de este blog.

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Murallas manchadas o la vida secreta del valor de las cosas sin valor

Esta noticia «local», que en otros tiempos habría aparecido en las Cartas al Director de un periódico, tiene un significado especial en cuanto que las murallas de Ávila fueron declaradas patrimonio histórico por la UNESCO. Tal como desarrollábamos en esta entrada de nuestro blog, Todo necio confunde valor y precio, los objetos únicos, cargados de valor por su pasado y «tasados» en un «precio incalculable» (pero calculables en los beneficios aportados por los turistas y en las subvenciones estatales recibidas) son el nuevo tipo de mercancías tras el desplazamiento de las industriales al Sur global. En ese sentido se entiende la indignación ciudadana y periodística ante la chapuza de las manchas producidas por los pendones desteñidos. El objeto patrimonial no puede sufrir ningún menoscabo (como pasa con cualquier mercancía, el deterioro le resta valor), en tanto «tesoro» heredado del pasado, en su carácter de fetiche, propiedad y símbolo de las instituciones que lo ostentan, sin ningún valor añadido de uso ni de cambio. Ni falta que hace, pues esa es la gracia que adorna la acumulación y atesoramiento de riquezas en nuestro nuevo y viejo mundo.

El conjunto de las Murallas de Ávila, declarado Patrimonio de la Humanidad, ha aparecido con marcas de colores en algunas de sus almenas por culpa de unos pendones que han desteñido su color

Las murallas de Ávila, desteñidas por unos pendones colgados de sus almenas – Cuartopoder

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#valor #precio #patrimonio #murallas #Ávila

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Todo necio confunde valor y precio


Cuando decimos de algo que tiene «un precio incalculable», en realidad, queremos decir que tiene un precio elevado -muy elevado, si se quiere- pero que aún no ha entrado en ningún intercambio, que aún nadie lo ha comprado y que, por tanto, la «autoridad» del mercado no ha estipulado aún su equivalente monetario. Sin embargo, cuando de ese o de otro objeto afirmamos que su valor es incalculable, decimos y no decimos lo mismo. Más bien hacemos referencia a que es improbable -no imposible- establecer un valor de cambio para esa cosa, o, dicho de otra manera, que solo tiene valor de uso que, por definición, por su naturaleza cualitativa, está reñido con el cálculo. Estas ideas sobre el valor de uso y el valor de cambio o, más en general, sobre el valor y el precio de las mercancías y el plusvalor como origen del capital, se hicieron ciertamente populares, en su interpretación marxista, hasta el punto de que las encontramos incluso en unos versos de Machado, esos que dicen que «todo necio confunde valor y precio» (Proverbios y Cantares, LXVIII). Lo he vuelto a encontrar, como saber común, en un interesante reportaje publicado por la revista El Salto sobre los garranos gallegos, los últimos caballos salvajes del mundo, y sus avatares durante los terribles incendios del año pasado.

Xilberte Manso, director del Instituto de Estudios Miñoranos -que promueve el conocimiento y estudio de la Val Miñor- dice, según leemos en el reportaje, respecto a estos caballos semisalvajes que sobreviven en las comarcas del sur de Pontevedra:

[el garrano] es una joya biológica y una joya cultural porque, probablemente, sea el único caballo salvaje, y lo de «caballo», entre comillas, que existe en el mundo en la actualidad.

Garranos

El lector amigo debe retener la metáfora de la «joya» porque después volveremos, en esta indagación sobre la nueva economía del enriquecimiento a partir de las cosas, sobre las joyas y los objetos suntuarios. El reportaje continúa contando que, a raíz de los devastadores incendios de octubre de 2017, una veintena de garranos que vivían habitualmente en el monte Galiñeiro, huyeron de las llamas y se dispersaron por las poblaciones vecinas, y estuvieron perdidos hasta que fueron encontrados en los días siguientes y reconducidos a cerrados. Allí fueron alimentados con paja cedida gratuitamente por particulares, que no buscaban, con ello, beneficio económico. Manso, y a esta declaración es a la que queríamos llegar, afirmaba:

Tienen un gran valor y tienen poco precio. Porque, claro, hay que cosas que no se pueden tasar en euros, ni en dólares, ni en nada. La naturaleza no se puede tasar.

Y sin embargo, se tasa, y se expropia y apropia… Pero antes de detenernos en cómo crean cadenas de valor las «joyas» biológicas como los garranos, como los parques naturales o el «patrimonio» urbano, que junto a las suntuarias son las verdaderas y valiosas mercancías de este tiempo, que el recientemente fallecido Samir Amin llamaba el «capitalismo senil», debemos recordar muy brevemente el camino recorrido, los procesos sociales y económicos que nos han traído hasta aquí.

El desplazamiento y vaciamiento de los grandes espacios industriales desde los países occidentales al Sur global, popularizado en sus primeros momentos como «deslocalización», supuso también un desplazamiento de la acumulación capitalista llamémosla «clásica»: pauperización y explotación de los trabajadores, trabajo esclavo, expropiación de los recursos naturales, guerras económicas, desplazamientos de poblaciones… El alejamiento de los procesos de fabricación tradicionales desde los centros capitalistas europeos y americanos, trasladados a los países periféricos supuso también, como es sabido, una gran transformación en nuestras formaciones sociales, muy estudiada y conocida: fragmentación de las clases trabajadoras, reducción y domesticación de los viejos sindicatos y partidos de izquierda, nacimiento del precariado, empobrecimiento general de la población sometida a procesos de desposesión continuos, asalto a las instituciones públicas que amortiguaban los efectos más letales de la desigualdad social, como la educación o la sanidad…

Sin embargo, a pesar del alejamiento geográfico de la creación de plusvalía, el enriquecimiento de nuestras élites no deja de aumentar en esta nueva economía de los activos y de las «cosas». Veamos en qué consiste tan admirable circunstancia.

Mencionamos en primer lugar, para abandonarlos enseguida, los activos, esas extrañas entelequias que no son más que cristalizaciones del futuro, encarnaciones del tiempo como valor fiduciario. En el fondo son apuestas: capital que apuesta por cosas que aún no son pero de las que se espera un plusvalor futuro cuando formen parte del mundo «real». Apuestas que dependen, por ejemplo, del clima o las plagas o desastres, en el caso de las cosechas en los mercados de futuros, que pueden convertir los productos agrícolas de que se trate en mercancías fallidas, sin valor, provocando la ruina del inversor y del agricultos. Pero lo más común, en esta que se conoce comúnmente como «economía financiera», propia del neoliberalismo, es que las apuestas se hagan sobre «productos financieros», es decir, dinero o -lo más beneficioso y arriesgado- el futuro dinero de lo que hoy es deuda. El mundo de los activos no es más que, en el fondo, un juego donde se apuesta, se adeuda, se cobra y se paga, con dinero, en especies o con promesas. El dinero llama al dinero como un ciervo en celo, según la conocida metáfora de Marx. El hombre, las distintas especies de seres vivos, el planeta todo desaparecen aquí de la escena transformados en el valor tasable de todos los valores.

Más enigmático me resulta a mí el mundo de las joyas o los objetos de lujo. Son, en realidad, la mercancía más antigua: los tesoros. El atesoramiento forma parte del mundo precapitalista y, frente a la naturaleza de perpetuum mobile que es la propia del capital, el tesoro, los objetos preciosos tenían, y aún tienen, un carácter más propiamente estático y su valor consiste primordialmente en su posesión. Aunque en muchas ocasiones ha tenido valor de cambio (las mismas monedas de otro tiempo, acuñadas en metales preciosos, heredan ese valor) no era esa su función -como no es la función de una joya familiar ser vendida en el Monte de Piedad, aunque de hecho ocurre. La función del objeto lujoso es su propiedad y su exhibición pública «prudente», un símbolo de ostentación o de identidad de clan familiar o clase. En el Imperio Romano esta ostentación público de joyas o vestidos suntuosos fue censurada muchas veces y se debatió políticamente esa censura, en forma legal y punitiva. Se promulgaron, de hecho, varias leyes antisuntuarias, que intentaban evitar el malestar y la ira de las clases pobres de Roma ante su exhibición publica. Aparecen a partir del siglo III y limitaban el uso, no solo de joyas, sino de telas como la seda, hilos de plata y oro y ciertos colores como el púrpura, permitido solo en vestidos y accesorios de naturaleza religiosa. El lector que sienta curiosidad por conocer mi punto de vista sobre estas leyes, puede leer la columna que dediqué a este tema el 4 de julio de 2009 en el diario La Opinión de Málaga. Se puede leer en línea en la hemeroteca de este periódico, aquí: Lex Julia sumptuaria.

Domus romana: Ornamenta gemmarum

Como ha sucedido siempre en las épocas de crisis capitalista, las joyas se han convertido en un negocio muy boyante: en Francia y en Italia, por ejemplo, este sector supone hasta un 9% de sus exportaciones anuales. Pero no basta, para entenderlo, con pensar que, simplemente, hay unos excedentes de capital brutales que necesitan transformarse temporalmente en objetos como estos, que siempre se revalorizan (como lo hacían, o lo hacen, pero en menor medida, las casas o el oro). Lo cual es verdad, pero intentamos averiguar por qué. Porque, en contradicción con las mercancías industriales, cuyo aprecio sube en relación al futuro, a ser el último grito, digamos, en los adornos del lujo son el pasado, la antigüedad, los que añaden valor (y precio).

Pero me parece que para entender bien la importancia de estas «cosas» capaces de generar cadenas de valor tan abultadas, hay que detenerse en lo que comparten con otros objetos muy especiales: los objetos artísticos, las «obras de arte». Y eso que comparten es la excepcionalidad, su carácter de objetos únicos.

Va de suyo que esa naturaleza especial de cosas singulares excluye de su valor lo que el falso sentido común nos sugiere en una primera instancia: que es el «buen hacer» del artesano o el artista el que otorga su valor a la extraña mercancía. No importa que el objeto suntuario o artístico estén «bien hechos» ni que provoquen admiración por ello. El arte post realista nos curó de espanto en ese sentido y, en lo que respecta a los objetos artesanos, no hay más que recordar que, en muchos casos, es un defecto el que lo hace especial y lo revaloriza. En la filatelia es muy común, y eso nos obliga a pararnos brevemente en el coleccionismo, que lo es, paradójicamente, ¡de objetos únicos!

Coleccionismo compulsivo

Las colecciones como las de sellos son otro negocio que, aunque quizá esté llegando a su agotamiento (ya nadie escribe cartas y las piezas raras o únicas son todas propiedad de alguien), no ha dejado de crecer desde su nacimiento en el siglo XIX. Para hacernos una idea del volumen especulativo que ha llegado a alcanzar este coleccionismo, basta recordar (a los lectores españoles les resultará muy familiar: aún andan los chasqueados inversores reclamando sus capitales perdidos) la enorme estafa piramidal de Fórum Filatélico (la mayor empresa de compraventa de sellos en España, que ofrecía altos intereses a sus clientes -en torno el 6%- usando como garantía lotes de productos filatélicos, en la mayoría de los casos sobrevalorados) y Afinsa, con toda su trama de sociedades fantasmas. Los estafadores dejaron un agujero patrimonial de 3.500 millones de euros. Ni más ni menos.

Como bien explican Boltanski y Esquerre1, «La forma colección permite neutralizar la tensión entre el ‘el valor intrínseco’ de un objeto -derivado de aquello que lo hace único y, por consiguiente, inconmensurable con otros objetos y su valor de mercado. Formalizado a modo de precio mediante la prueba del intercambio. Las transacciones entre los coleccionistas de arte son un ejemplo adecuado. El valor reconocido de una obra se basa en el juicio colectivo de críticos, comisarios e historiadores del arte, que a menudo trabajan para instituciones (museos, universidades) financiadas por el Estado o por organizaciones benefactoras.». Estas decisiones, que se supone que están por encima de intereses particulares consiguen «legitimar» el precio de una obra, incluidas aquellas que, a priori, tenían un «valor incalculable».

La literatura narrativa del siglo XIX nos ha legado, por su parte, relatos sobre la pasión fría del coleccionismo y sobre la compulsión (que hoy llamaríamos consumista) de poseer objetos lujosos. Los autores del artículo citado más arriba recuerdan al primo Pons, de Balzac, que «nunca se siente realmente satisfecho a no ser que consiga obtener las ‘bellezas’ que ansía por un precio inferior a su ‘verdadero valor’; en otras palabras, más bajo del que alcanzaría en el futuro, cuando una comunidad más amplia de entusiastas reconzca el gusto y el estilo excepcionales de su propietario.». Permitásenos, por nuestra parte, citar a Benito Pérez Galdós, quien en Lo prohibido, una de sus últimas novelas, retrata de manera formidable la pasión por la compra y posesión de «bellezas» que sufre su protagonista, Eloísa:

La transformación del palacio era en verdad grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón vi además un cuadrito de Palmaroli, una acuarela de Morelli, preciosísima, un cardenal de Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me parecieron de subidísimo precio, una cabeza inglesa, de Nittis, otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas granadinas, de Martín Rico. Pregunté a Eloísa cuánto le había costado aquel principio de museo, y díjome, en tono vacilante, que muy poco, por haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de desmoronarse.

Eloísa, representante de las clases ociosas de la Restauración, dilapida sus capitales en el atesoramiento enfermizo de estas colecciones de arte que atiborran su casa como un «principio de museo», al decir de Galdós. Las cosas no han cambiado mucho en el capitalismo tardío y la posesión de objetos de lujo o de arte, sin valor de uso y -salvo ocasiones extremas- sin valor de cambio, sigue siendo una actividad mercantil en auge, desde las fundaciones de los bancos, hasta fondos de inversión o acaudaladas fortunas personales.

Es hora de recalar, en este recorrido por la vida secreta de estas extrañas «cosas», en esas que llamamos, por costumbre, «patrimonio», cuya naturaleza última es tan parecida a las que hemos intentado analizar hasta ahora. Los andaluces que vean habitualmente la televisión regional, Canal Sur, recordarán cómo la cadena, a bombo y platillo, dedicó varios telediarios casi al completo a desglosar el éxito, los méritos y los beneficios futuros del reconocimiento de las ruinas de Medina Azahara como patrimonio de la humanidad por parte de la UNESCO. Junto al relato épico de la «lucha» de nuestras instituciones por conseguirlo, como en el cuento de la lechera, se nos aleccionaba sobre los distintos proyectos de reformas o excavaciones que mejorarían y ampliarían esas ruinas cordobesas, así como del beneficioso aumento de las visitas turísticas al enclave.

La creación de «patrimonio» -histórico, cultural, natural- acompaña el crecimiento disparatado de los objetos «excepcionales» vistos hasta ahora. Para conseguirlo, no se hace ascos al adorno o invención descarada de relatos más o menos ficticios que forman parte de él, sirviéndoles de soporte. La misma función la cumplen eventos como las conmemoraciones, los festivales, los festejos más o menos justificados en nombre de la tradición o el homenaje a santos o prohombres. O la ayuda inestimable de los arquitectos como Frank Ghery, el diseñador del Museo Guggenheim que resucitó el puerto de Bilbao, creador también de otro museo de naturaleza parecida en la ciudad francesa de Arlès, víctima de la misma decadencia industrial que la ciudad vasca.

Los ejemplos de esta implicación del objeto inútil y único, sea de lujo o de arte, se multiplican en todos los ámbitos, incluido el de la moda. Como señalábamos en uno de los apuntes anteriores de este mismo blog, que llamaba «Las faldas de Prada»:

Patrizio Bertelli, director general de Prada, concibe sus tiendas como “una instalación vanguardista sobre el arte de las compras”. Aviso para caminantes. Chin-Tau Wo (NLR, 108) apostilla sobre la conversión de las faldas de Prada al nivel del arte: “La exposición de objetos presentada en el lenguaje inteligente del arte conceptual contemporáneo, bajo el imprimátur de Herzog & De Meueron y de Rem Koolhaas, tenía la clara intención de elevar las faldas de Prada a la categoría del arte y la arquitectura contemporáneos. Cuando las faldas llegaron a Shangái en mayo del 2005, la exhibición Waist Down, promocionada como una exposición de arte (…) había generado ‘mucha expectación, de acuerdo con Newsweek.”

Así las cosas, a nadie extrañará que, en un futuro previsible y cercano, los garranos supervivientes de Pontevedra, con cuya evocación emezábamos esta ya larga reflexión, convenientemente encerrados en nuevos cercados con denominación de origen de espacio natural protegido, o algo así, se vuelvan a cargar de valor y precios incalculables mientras son fotografiados por las masas de turistas estólidos que recorren insomnes los espacios abigarrados y oníricos de nuestro mundo…

1Luc Boltanski y Arnaud Esquerre, «La vida economica de las cosas», NLR, 98, mayo de 2016.

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