El tiempo que nos queda (Osuna, 1956)

Pues que vuelvo a cumplir años, dando fin a una década nada prodigiosa…Yo nací en mi casa, como todos mis hermanos, no en un hospital. Así que las vagas reminiscencias de olores, ruidos y luces que me quedan de aquel tiempo remoto pertenecen a mi casa familiar. Mi madre me contaba que mi parto fue poco doloroso y que, realmente, le quedó la sensación de que nací solo sin que ella apenas se diera cuenta.

Según ese relato, que yo he ido adornando, había tormentas esa noche y mi padre volvió en bicicleta del campo en el que había estado trabajando aquel día por caminos embarrados y totalmente mojado.

Da igual que fuera así o no, nuestros recuerdos son una ficción, un relato al que intentamos dar un sentido, pero que, en realidad, se apelotonan en una especie de singularidad sin espacio ni tiempo, como la que imaginan los físicos en los momentos iniciales del Big Bang. Así que más que en esa narración imaginaria del pasado que inventa nuestra memoria, estamos siempre más bien donde decía el verso de Caballero Bonald: en el tiempo que nos queda…

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