Leer: reunir, recoger, cosechar…

El verbo leer viene del «legein» griego y el «legere» latino, cuyos significados oscilaban entre reunir, recoger y cosechar. ¿Cosechar, qué? Libros, historias, palabras dibujadas (letras, grafías: grafos, rayones sobre una piedra, sobre la arcilla cocida, sobre el papel…). Yo leo así de siempre, cosechando libros distintos, opuestos, complementarios, de un solo golpe de hoz o guadaña, al mismo tiempo, en paralelo más que en el desfile sucesivo…

He practicado así, sin saberlo, lo que Julia Kristeva llamaba intertextualidad, antes de que Internet lo popularizara con su hipertexto interminable, con la promiscuidad ansiosa de los enlaces (echar un lazo, atar, enredar, pero ya no cosechar). Así aprendí a pensar, relacionando cosas dispares al azar de las lecturas, devenidas, de este modo, en actos creativos, improvisados, llenos de sorpresas, descubrimientos, o deslindes y descubiertas, como llamaba a mi columna en La Opinión.

Esta navidad leo en paralelo un ensayo gozocísimo de un neurobiólogo y primatólogo, Compórtate, que recomendaba Belén Gopegui (también a ella la leo: Lo real) y una novela fascinante de Miguel Ángel Asturias, Nóbel olvidado, Hombres de maíz, una verdadera y lujuriosa fiesta verbal en la que el mundo y la lengua de los indígenas guatemaltecos se mezclan en coyunda feliz con el recio castellano popular del español de América y la mirada onírica y surrealista de la que su autor se empapó en el París de las vanguardias…

¿Qué saldrá de esta cosecha? No tengo ni idea, porque eso es lo buscado: lo imprevisible, lo por venir o descubrir, el desvelamiento o desocultación, el desciframiento del criptograma que, más allá de los libros, vela cuidadosamente el sentido del mundo y la mentira de la realidad…

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Baños, lujo, arte: la huida de nuestra condición

Esta mañana, al pasar por una casa en obras, me tuve que detener junto a una furgoneta que ocupaba la calle obstaculizando mi paso. Descargaban tazas de WC y leí, divertido, el letrero pintado en el exterior del vehículo con el nombre de la empresa: «Baños y Arte». En un primer momento (un automatismo de la actualidad española) recordé a aquel corrupto de Marbella del que descubrieron, tras su detención, que tenía colgados cuadros de Joan Miró en el cuarto de baño de su casa…

Otras imágenes de cuartos de baño lujosos, antiguos y modernos, acudieron a mi memoria y empecé a preguntarme por qué ocurría eso, justamente en el espacio reservado al aseo íntimo. Y caí en la cuenta de que era justamente por eso: un ocultamiento receloso (o una sublimación: es otra manera de verlo) de nuestras inmundicias y suciedad; un alejamiento parecido al que intentamos respecto de la presencia o recuerdo de la enfermedad y la muerte…

En realidad, nuestra civilización podría entenderse como el perfeccionamiento paulatino de ese disimulo, de la evacuación, siempre imperfecta, de nuestros olores y nuestra mierda. «Baños y arte», el eslogan, que la pequeña empresa había elegido tan acertadamente, era el resumen simbólico de la interminable e imposible huida de nuestra auténtica naturaleza…

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Esparcir la vida como principio moral (pensando con Kropotkin)

Publicado con el título Esparcir la vida en El Salto

A vueltas con el tema de la moralidad y la justicia, como en otras entradas del blog (se pueden consultar en la página que hemos dedicado a hemeroteca).  En esta ocasión, de la mano de Kropotkin y sus postulados sobre el carácter natural de la moral humana. Continuaremos en otro artículo posterior en que, como contraste, hablaré  a propósito de las ideas sobre la ética de Edgar Morin, el gran pensador francés.

Aunque es una de las derivadas menos conocidas de sus investigaciones y postulados sobre el apoyo mutuo, Kropotkin estuvo siempre preocupado por el tema de la moralidad natural, o el sentimiento espontáneo de lo moral en los seres vivos sociales. De hecho, en los últimos años de su vida trabajó intensamente (y en circunstancias vitales muy penosas, en su retiro en Rusia, vigilado por la policía bolchevique y viviendo en una pobreza absoluta, gracias al apoyo de amigos y compañeros) en lo que iba a ser un gran tratado sobre Ética, que la muerte no le permitió acabar.

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Museos abandonados, hermosas ruinas…

Este artículo ha sido publicado en Infolibre el 4 de enero de 2019

Siempre he mantenido una relación ambigua y contradictoria con los museos y el coleccionismo, aunque nunca, como ahora, lograba racionalizarlo. En lo que se refiere a los museos, la cosa viene de lejos: la revista El Paleto/2ª época -una revista de Osuna, que dio testimonio de los años de la Transición política española y en la que colaboré durante un tiempo- publicó un artículo mío que titulé «Los museos abandonados», que, en un tono ciertamente beligerante, manifestaba mi rechazo hacia esta institución «cultural». Mi alegato tenía que ver con el carácter de depósito mortuorio de las obras de arte encerradas en ellos, como un desván de trastos viejos e inservibles, desconectados entre sí y respecto al mundo vivo, incapaces de construir un relato si no era con mi ayuda, con la de cualquier visitante; protegidos por vallas, guardianes y un «no tocar» como prohibición primigenia y casi sagrada: Noli me tangere! Mientras lo busco y desempolvo para compartirlo de nuevo con mis lectores de ahora, dejo aquí el final, que recuerdo muy bien y que lo resume: «Los museos abandonados, ¡qué hermosa ruina!»

Para colmo, trabajé una temporada como guía del museo arqueológico de mi ciudad natal, y era un trabajo que me encantaba -aunque me sobrecogía la soledad hierática de las piezas cuando no había visitantes y me quedaba a solas en mudo diálogo con ellas… Cuando había gente, disfrutaba devolviéndolas por unos instantes a la vida en el relato verbal con que las enseñaba. Presumía, cuando eso era posible, de hacerlo en francés para los visitantes europeos que conocían esa lengua. Era un convencido del internacionalismo del arte y aquellos ratos reafirmaban mi creencia. Como saben mis amigos de las redes sociales, sigo sin romper mi cordón umbilical con ellos y no paro de enlazar cuadros de museos del mundo con el exhibicionismo propio de Internet.

Hoy sé que el origen de los museos es militar y que su función, en primer término, era la apología de la potencia de los estados, la presunción simbólica de una historia de conquistas, latrocinios y rapiñas. También sé que el origen del coleccionismo coincide con la ostentación de los propietarios de finales del siglo XV, la época, también, en la que se fragua el capitalismo europeo. Desde entonces hasta ahora, la nueva nobleza del dinero ha necesitado dignificarse con la posesión de objetos artísticos tras la devaluación y degradación inexorables de los títulos y estirpes familiares. El auge actual de las colecciones (hablaba de ello en un texto reciente sobre las nuevas mercancías), propias del capitalismo senil que padecemos, no hace sino corroborarlo.

Mi experiencia en esto es más liviana. En cierta ocasión, gracias a una conocida que me regaló su propio álbum filiatélico, quise continuar la colección por mis propios medios. Afortunadamente, desistí muy pronto, víctima del aburrimiento que me producía su contemplación onanista, la imposibilidad de encontrar las «rarezas» que hacen valioso cualquier atesoramiento de objetos, y esa sensación insidiosa, hermana de la que me han provocado siempre las visitas a museos, de tristeza y falta de sentido. Solo echo en falta no haber podido comprobar por mí mismo la confidencia de una querida amiga de que el lugar más discreto para un cita con un amor difícil es, justamente, un museo, entre desconocidos absortos en la contemplación pasiva de los objetos bajo custodia…

El museo rompe, en realidad, el ideal de belleza del Renacimiento, que nuestro fragmentario y cacofónico mundo olvidó hace tiempo: ese que pretendía que lo bello nace del equilibrio y complementariedad entre las partes y el todo. Bien mirado eso, que ya no existe por más exposiciones «temáticas» e itinerantes que hagan los responsables de estas instituciones, es lo único que me haría reconciliarme con ellos. Pero no deja de ser un desiderátum, como aquel que, de modo contrario y complementario, me hizo desear de joven el abandono piadoso de estos escaparates del arte y su no menos piadosa conversión en ruinas…

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Como el viento

Teniendo a la vista el Darwin más descarnado, queda en entredicho que el animal humano suponga un avance respecto a las demás especies. Queda negada también la idea de «progreso» tan entremetida en nuestro imprinting político. El hecho clave de la evolución, tal como la describe Darwin, es que no tiene objetivo. En sus palabras:

No parece que haya más esquema en la variabilidad de los seres orgánicos y en la acción de la selección natural que en la dirección en que sopla el viento.

Sin embargo, hasta el mismo Darwin reaccionó ante una idea tan desconsoladora. En la última página de El origen de las especies leemos:

De momento podemos echar una mirada profética al futuro para vaticinar que será la especie común y ampliamente difundida, perteneciente a los grupos más grandes y dominantes dentro de cada clase, la que al final prevalecerá y procreará especies nuevas y dominantes (…), podemos estar seguros de que la sucesión ordinaria por generación no se ha roto ni una sola vez, y que ningún cataclismo ha asolado el mundo entero. Por lo tanto cabe esperar con cierta seguridad un futuro seguro de larga duración. Y como la selección natural funciona únicamente por y para el bien de cada ser, todos los atributos corpóreos y mentales tenderán a evolucionar hacia la perfección.

Ni el mismo Darwin aceptó plenamente las consecuencias de su propia teoría, que nos deberían hacer tan extremadamente humildes. De hecho, las versiones de la evolución más populares no son del propio Darwin. Herbert Spencer, uno de los profetas del capitalismo, fue el que acuñó la expresión «supervivencia del más fuerte». Fue Lamark, por su parte, quien creó la versión de que los rasgos adquiridos durante la vida de un organismo serían heredados por la siguiente generación. Él también creía que la evolución se dirigía hacia la perfección. El Antropoceno en que vivimos, y sus consecuencias, entre ellas la posible desaparición de nuestra especie, el corte civilizatorio a que nos ha traído el capitalismo (hijo bastardo del darwinismo social) supondrían un enorme desengaño para el Darwin más acomodado y para los darwinistas. (Todo esto, a raíz de la lectura de un ensayo de John Gray, La comisión para la inmortalización, sobre el espiritismo en la generación de intelectuales y científicos victorianos a que también perteneció Darwin. Otro día volveré sobre la investigación científica tan particular de la que se habla en este libro).

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