En la nebuosa del Alma: cielo e infierno…

 Cuando miro estas imágenes, de belleza sobrecogedora, de nebulosas y constelaciones, me obligo a rectificar las sensaciones de silencio y serenidad que producen desde tan lejos y sustituirlas por otras más cercanas a la verdad: auténticos infiernos de polvo, explosiones y radiaciones mortales, ruidos y resquebrajaduras más propios de una pesadilla. El rojo de esta nebulosa es el el color con que vemos la inquieta e intensísima luz del inestable gas de hidrógeno…

IC 1871: Inside the Soul Nebula
Créditos de imagen & Copyright: Mark Hanson

Este primer plano cósmico muestra las profundidades de la nebulosa del alma.
Las oscuras e inquietantes nubes de polvo, perfiladas por las crestas de gas resplandeciente, están catalogadas como IC 1871. El campo de visión telescópica, de unos 25 años luz de diámetro, tan sólo representa una pequeña parte de las nebulosas del Corazón y del Alma, mucho más grandes. A una distancia estimada de 6.500 años luz, este complejo campo de formación estelar se encuentra dentro del brazo espiral Perseus de la Vía Láctea, que desde la Tierra se ve en la constelación de Cassiopeia. Esculpidas por los vientos y la radiación intensa procedentes de las estrellas jóvenes y masivas de la región, las densas nubes de formación estelar de IC 1,871 constituyen un ejemplo de formación estelar en cadena.
La imagen es rojiza debido a la emisión de un color específico de la luz emitida por el gas hidrógeno excitado.

IC 1871: dentro de la Nebulosa del Alma | Imagen astronomía diaria – Observatorio

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Poemas de Ida Vitale

Cumplimos hoy con el debido homenaje a la poeta uruguaya Ida Vitale que, a sus 95 años, ha recibido el Premio Cervantes 2018. Lo hacemos de la mejor manera posible: convocando a los amigos de este blog a la le lectura de una mínima selección de sus poemas.

Ida Vitale

Leíamos en el diario El País (15-11-2018), con motivo de la concesión del Cervantes, esta apretada síntesis de los principales hitos de su biografía literaria:

Es miembro de la llamada Generación del 45, junto con Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti, estudió Humanidades y se dedicó a la enseñanza. Fue profesora de Literatura hasta 1973, cuando la dictadura la obligó a exiliarse en México durante una década (1974-1984).

En México, formó parte del consejo asesor de la revista Vuelta, impulsada por Octavio Paz, y fue una de los cofundadores del semanario Uno-Más-Uno, en 1982. En 1984 regresó a Uruguay, donde dirigió la página cultural del semanario Jaque, y en 1989 trasladó su residencia a Austin (Texas, EE UU), desde donde ha vuelto recientemente a su país.

Y, sin más tardanza, los versos vivos de Ida Vitale:

Fortuna

Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti mmismootro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.

Gotas

¿Se hieren y se funden?
Acaban de dejar de ser la lluvia.
Traviesas en recreo,
gatitos de un reino transparente,
corren libres por vidrios y barandas,
umbrales de su limbo,
se siguen, se persiguen,
quizá van, de soledad a bodas,
a fundirse y amarse.
Trasueñan otra muerte.

Exilios

…tras tanto acá y allá yendo y viniendo.

Francisco de Aldana

Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier fisura.
No hay brújula ni voces.
Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los vuelve reales,
que los haría de solidez y pasto.
La mirada se acuesta como un perro,
sin siquiera el recurso de mover una cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.
Se disuelve, tan solo.

Estar solo

Un desventurado estar solo,
un venturoso al borde de uno mismo.
¿Qué menos? ¿Qué más sufres?
¿Qué rosa pides, sólo olor y rosa,
sólo tacto sutil, color y rosa,
sin ardua espina.

Justicia

Duerme el aldeano en un colchón de heno.
El pescador de esponjas descansa
sobre su mullidísima cosecha.
¿dormirás tú, en lenta flotación, sobre pael escrito?

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El niño intermitente

Este artículo se publicó primero en La Opinión de Málaga el 8 de octubre de 2005

El niño que fuimos nos habita siempre. Oímos a veces sus berrinches por un capricho contrariado o lo oímos, de noche, llorar su desconsuelo en un rincón protector de la casa, ésa que también siempre habitamos. Ay de aquel que no mantenga vivo al niño a flor de alma, decía Miguel de Unamuno a su manera; gracias a su relación conspirativa con la loca de la casa -la imaginación- nunca terminamos de estar acabados y cerrados, somos seres siempre en obras: disculpen las molestias, parece que decimos a veces; y es el niño, sea la que sea la edad que tengamos, tal cual sea la circunstancia en que, sorpresivamente, aparece, haciéndonos preguntas impertinentes, metiéndonos en la indecisión y la duda en el momento más inoportuno.

Por eso causa tanta desazón, y la sentimos muy especialmente los que nos dedicamos a enseñar, verlos crecer o crecidos, cuando en un azar, tras haberlos conocido al llegar por primera vez al instituto -silabeando aún en las lecturas, aturdidos y con la mirada transparente y sorprendida-, nos los encontramos en un aula del último curso de bachillerato, con la voz cambiada y algo de ojeras y miradas más turbias, llenándose ya de planes de futuro, casi de parte ya del profesor. Es entonces cuando, en justa correspondencia, el niño que habita al maestro, impertinente a su vez, mete dudas sobre el trabajo hecho, y busca y añora a aquel niño inquieto y travieso y siente algo así como un repentino y molesto remordimiento… También los pueblos, que a su manera, fueron niños en algún momento, sufren de sus travesuras en la provecta edad en que ya se les consideraría crecidos y adultos, terminados y estables, incapaces ya para la sorpresa o el juego creador. Le pasa a España, a los pueblos de España, que no se acaban de sentir a gusto en la edad adulta que le otorgan los siglos que su nombra anotan en los anales. Y el niño se escapa de la clase de nuevo (en Cataluña, en las Vascongadas, mañana en Andalucía o Galicia) y hace la rabona y no hace deberes, y se rebela contra el profesor y el padre.

Y eso, que a tantos asusta, que tantos no comprenden y que a otros más ponen de los nervios (algunas hablan ya, otra vez, de ruidos de sables, otros de la pasta que nos va a costar, de su nación o la mía o la nuestra…) a mí me da una íntima alegría. Porque ese niño de España, que no termina nunca de estar a gusto, es que está vivo como el rabo de una lagartija, y que tanto castigo de guerras, dictaduras y exilios no le han apagado el ánimo y los bríos de la niñez, cuando tantas poblaciones se adormecen o mueren en el hastío de los adultos que ya no recuerdan cómo eran en su infancia. Este pueblo está vivito y coleando, no sé por qué tan poca gente se da cuenta de eso, del torrente de energía creadora, contradicción viva y posibilidad abierta que tenemos.

Que nadie se engañe cuando lea noticias sobre la huelga general que la CGT convocaba estos días en Francia, pensando que de allí va a salir otro 68, otro resfriado europeo producto del estornudo francés. Allí ya no pasa nada, se han hecho mayores. Lo que está pasando aquí, si somos capaces de traspasar el ruido político de las reformas de los estatutos, y las alarmas y llamadas al orden de los padres y maestros, es más gordo e importante. Aquí, una de las naciones más antiguas de Europa, ahí es nada, sigue buscando su identidad y encaje, negándose a comportarse como sus luengos siglos de vida le aconsejan. Un poco más allá del follón aparente de las autonomías, un poco más a la izquierda y más al fondo, está el niño intermitente de España, dispuesto a nacerse de nuevo, a inventar de nuevo su lugar en el mundo.

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Azar, justicia y destino. Sobre el auge de juegos y apuestas

Si bien se mira, no hay apenas diferencia entre los juegos de azar, envite o apuestas y las inversiones especulativas de capital, sean en acciones de Bolsa, en deudas públicas y privadas, más que la cantidad que se pone sobre el tapete. El auge que están viviendo unas apuestas y otras son, según me parece, síntomas parecidos del capitalismo senil que sufrimos. En uno y otro caso, desaparece cualquier afán productivo, cualesquiera fuerza de trabajo o elaboración de mercancías, para quedar solo el formidable envite del dinero abstracto.

Menudean en los últimos tiempos advertencias sobre la proliferación de casas de juego, casinos o tugurios de apuestas en barrios pobres y marginados y, lo que es, sin duda, más peligroso en términos de futuros posibles, entre la gente más joven. Sobre todo ello habla, aunque centrándose en Madrid, el reportaje de El Salto que enlazo al final de esta entrada. A propósito de ello, pero queriendo llegar más allá de las razones y condiciones objetivas que la Sociología puede explicarnos mejor, me quiero preguntar por el sentido último de esa atracción por el juego y el envite. En lo personal, debo confesar un rechazo y repulsión instintiva hacia esa fascinación. Desde pequeño, me producido una mezcla de desconfianza y tristeza la imagen abstraída de los jugadores, sea ante un tapete verde o ante una máquina combinatoria. Es posible que en ese rechazo entre, como una circunstancia más, que nunca he ganado dinero en un juego ni he acertado una quiniela o el número de cualquier lotería. Ni una simple partida de parchís. Pero hay algo más que ahora creo entender, aun con el margen de error que tiene una interpretación de la realidad, naturalmente.

Y es la cosa que, con arreglo a esa interpretación, entiendo que tienen un papel muy importante dos creencias subjetivas muy extendidas: el fatalismo y la identificación del azar con la justicia. Intento explicar por qué, centrándome en el jugador pobre de barrio obrero o lumpen, parado o trabajador -son indistinguibles ahora mismo, siendo el paso alternativo de de una condición a otra parte del trabajo mismo contemporáneo.

La fatalidad ha sido determinante en el el destino y perpetuación de la clase obrera, del campesinado o del las mujeres; lo realmente excepcional a lo largo de la Historia son los momentos de rebelión y levantamiento, las épocas de luchas y revoluciones. La creencia en que lo único que puede romper la cadena de la predestinación social es el azar, los «golpes de suerte», está muy arraigada y es más visible en épocas de desesperanza y resignación como la que vivimos. El azar, por tanto, el fario, el pelotazo, se manifiestan como la única forma de justicia posible. Una justicia «poética», si se quiere ver así, incruenta e inmanipulable como el rodar de los dados, los imprevisibles naipes, las vueltas veleidosas de un bombo o una ruleta. Resignación y suerte justicieras a cuya llamada acuden, como en aquel dibu de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, sin poderlo evitar, pensionistas, parados, mujeres, adolescentes que esperan salvarse, con la ayuda de la fortuna, de la aceptación inapelable de un destino injusto y negro.

Webs de apuestas, raperos y un público cada vez más joven

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