Dependientes, camareros y mercancía: el “lugar” del intercambio

Inicio con esta entrada, y otra que la continuará y dará fin, un acercamiento entre literario y social a una figura problemática y ambigua, tanto considerada en su condición de trabajador como en la de intermediario en los procesos de intercambio, en concreto, el que Marx esquematizaba como Dinero-Mercancía-Dinero: el dependiente de comercio. En la primera entrada, esta que comienza aquí, me detendré en algunos recuerdos personales y en un texto costumbrista de Antonio Flores1, incluido en Los españoles pintados por sí mismos2, una colección de retratos de la sociedad de la época publicado en Madrid en 1843, por Ignacio Boix3, con el título de “El hortera”. Intentaré realizar después una interpretación marxista de este retrato decimonónico -premoderno, es decir, anterior a una visión de la sociedad dividida en clases enfrentadas-, en la segunda entrada, a la luz potente de un ensayo de Andrew Smith, “Trabajar cara al público”, publicado en el número 78 de New Left Review.

Los españoles pintados por sí mismos

La tienda (y la taberna, el restaurante, el hotel…) es el lugar del intercambio del equivalente universal, el dinero, por el valor de uso de la mercancía. El tendero (el dependiente, el camarero…) es el guardián de ese territorio limítrofe en el que se consuma la realización del deseo subjetivo del cliente de poseer el valor de uso de la mercancía, si tiene dinero… El dependiente es una figura compleja, ubicado entre la obediencia al dueño del comercio, su patrón, y la obsequiosidad hacia el cliente, que ejerce su autoridad (más terrible aún, de naturaleza precapitalista: la del amo respecto al criado, según veremos en la siguiente entrada con más detalle) en tanto portador de dinero. Pero también el dependiente debe actuar como agrio censor, con el poder delegado por el dueño de las mercancías, frente a los clientes pobres que miran, regatean, intentan hurtar…

Estas circunstancias lo han hecho siempre un personaje antipático, porque encarna, personifica la demiurgia odiosa del intercambio capitalista: es el culpable del precio inasequible, de que la mercancía apetecida haya que pedirla, de la tardanza, de la altivez o la indiferencia. Siempre pesa sobre él la sospecha del engaño: en el peso, en la etiqueta, en el deterioro o en la falta de atención. En “El hortera”, es un personaje especialmente odioso. Antonio Flores lo animaliza o cosifica sin piedad a cada trance de su texto: “un muchacho de 12 á 14 años de edad es para nosotros lo que el diamante en bruto para el artista que lo ha de tallar y pulir. Este fardillo de carne humana, grueso y colorado, con el pelo sobre los ojos, y una boina de yesca de chopo”. Es el menosprecio del paleto de aldea que, hipócrita y arribista, terminará transformándose, en su alianza con los poderosos, en culpable de los males del país. Los dependientes pierden su humanidad cuando nuestro autor los retrata, en semejanza a los bustos parlantes con los que a veces caricaturizamos a los presentadores de telediarios: “Este articulo habla con todos los dependientes de almacén que á beneficio del mostrador, son figuras de medio cuerpo eternamente.” Su laborioso aprendizaje del oficio, incluye la tecnología del engaño -aprendida y ejercitada en el secreto de la trastienda- y la “diplomacia horteril”, la obsequiosidad y el servilismo cara al público. En palabras de Flores: “tratan de ejercitarle en la dificil tarea de la tecnología comercial, ó de puertas adentro, y en la vulgar ó de mostrador”.

El público consumidor (en realidad, las mujeres, víctimas propiciatorias del engaño del tendero en la visión misógina del autor) es, en correspondencia, la figura complementaria de nuestro hortera, en su incipiente deseo consumista. Así, de una chica que cree haber comprado un lujoso tejido inglés cuando en realidad se lleva tela desechada de pésima calidad, nos dice, parafraseando a Lope de Vega:

Ella lo ha de pagar, y será justo

Bautizarlo en inglés por darla gusto.

En coherencia, en fin, con el perfil de personaje de sainete con que ha sido retratado, el hortera gusta también de la baja comedia. No se olvide que la crítica de Antonio Flores al personaje es moral y estética. Y así, con esa connotación, ha quedado entre nosotros el despectivo “hortera” del español contemporáneo:

… suelen ir al teatro, porque aunque ellos no pidan para esos dias precisamente la Pata de Cabra, ni los Polvos de la Madre Celestina, el empresario sabe que no le honrarían con su presencia, si diese otras funciones,y no se espone jamás á semejante disgusto; cuando mucho se atreve á sustituir esas comedias con la Redoma encantada y el Naufragio de la fragata Medusa.Y aunque el sainete no sea Paca la salada es con precisión merienda de Horterillas.

En mis recuerdos, por el contrario, la figura del tendero tiene un aspecto más cálido y cercano. Y al ser, como soy, de familia pobre que compraba a púa relaciono al dependiente más con un cómplice cercano que con el vigilante interpuesto por el dueño entre la mercancía y yo. Para mí, la “magia” del intercambio D-M-D se reducía a la endeble autoridad del crédito y la buena fe. De una tienda de ultramarinos recuerdo, más que la estimulante mezcla de olores, que allí me surtía de libros, prestados o regalados, con que su dependiente (en aquel caso, también dueña) abastecía mi hambre insaciable de lecturas. Lo añado para teñir más aún de ambigüedad tan misteriosa figura de la clase obrera…

Y ya acabo. El lector echará, de seguro, un buen rato (aunque agridulce) con esta crítica moral y estética, no social ni política -pese a la apariencia, solo hay un oscuro presentimiento del papel explotador en la sombra de la burguesía comercial- del tendero. Puede el lector, también, como contraste, leer el modelo francés, “L’épicier4“, debido a la pluma de Honoré de Balzac, ni más ni menos. De su mano entramos, también, en “la sacro-sainte boutique d’un épicier”…

El texto

El texto de “El hortera” que presento a continuación es la transcripción de la edición de Ignacio Boix, Editor (Madrid, 1843). He respetado las peculiaridades ortográficas de la época, que pueden chocar a un lector contemporáneo (en particular por el escaso y desparejado uso de la tilde), pero que son más avanzadas, en general, que las que la norma actual nos ha acostumbrado a dar por buenas Por ejemplo, la escritura como “s” en lugar de la pedante “x” que aún usamos en palabras como “escelente” (y lo que es peor, como denunciaba Agustín García Calvo, que muchos pretender pronunciar como [ks]). También tiene mucho de avanzadilla el uso de un único signo de interrogación o exclamación al final, pues señala con más precisión que a esas oraciones las caracteriza solo su cadencia final. Aparte, solo he hecho dos llamadas a pie de página para un par de palabras de poco o ningún uso actual. Más adelante, cuando me resulte hacedero, pondré en el blog este texto con la ortografía ajustada a los criterios actuales y anotado con más prolijidad. He dejado, eso sí, una línea en blanco entre párrafos, para desapelmazar un poco la lectura del texto. Toda la obra de Antonio Flores, para acabar con el descargo de responsabilidad necesario en estos tiempos, es de dominio público.


El hortera2

Será todo lo que usted quiera, señora, pero yo no puedo faltar á las órdenes de S. E., respondía con gravedad cierto portero del ministerio de Hacienda, á una enlutada matrona que pretendía hollar la consigna ministerial con estas palabras:

— Cuando sacaba de su tienda si señor…, tienda, ó lonja de azúcar y canela, haciendo la vista gorda ínterin el Escelencia de a ver, suplía con la mano sobre el platillo, las cuatro onzas que faltaban á los garbanzos para equilibrarse con la libra de hierro… entonces mucha parola y… Luego el Pavonazo en el chocolate, que mi difunto no murió de otra cosa.,.. Vaya un ministro integro!

— Señora! Señora!

— Pues no hay mas, clarito!…. Un Hortera en el ministerio!!…. No fallarán contratas por partida doble!
Oh!, mengua! murmuramos nosotros, apenas hubimos escuchado la jaculatoria de la parroquiana. Ministro nada menos ese Hortera, cuando el nuestro aun no ha salido de las montañas que le vieran nacer! Y llenos de vergüenza con tan escandalosa inacción, abandonamos la antesala ministerial, y tomando la pluma con resolución, juramos no dejarla de la mano hasta que el protagonista de este artículo llegue á ser prestamista de su cofrade el Excmo. Señor, que gracias á su «conciencia de mercader» cobraba un veinte y cinco por ciento de ganancias estraordinarias cuando pesaba garbanzos.

Pero apenas hemos empezado nuestro viaje hacia las montañas de Santander, y ya nos sale al encuentro una recua de diez arrogantes mulos que conducen con toda resignación 19 fardos de Escocia y Llin, suficientes para formar nueve cargas y media, que haciendo tercio con un muchacho de 12 á 14 años de edad es para nosotros lo que el diamante en bruto para el artista que lo ha de tallar y pulir. Este fardillo de carne humana, grueso y colorado, con el pelo sobre los ojos, y una boina de yesca de chopo, andará muy en breve rodeado por una docena de agentes de bolsa, que le harán hacer un millón de operaciones al contado, o será Director del Ramo y tratante en bienes nacionales, y tomará en arriendo el derecho de puertas, y la sal, y el papel sellado… y tal vez llegue dia en que se saque á pública subasta el total de las rentas públicas, ¿quién sino el y poderoso comerciante ha de tomar la contrata de mantener á rancho la nación Española?… Lo cierto es que ya le han desliado del aparejo y tenemos al recien venido entre los brazos de su tio, propietario y lonjista de Ultramarinos en la calle de A… El Horterita apenas sabe devolver los saludos del tio, de los primos y hermanos que hace poco tiempo llegaron á Madrid con el mismo pelo de la dehesa, bajo el cual encubre nuestro mancebito ciertas habilidades que aprendió en la aldea, entre ellas la circunstancia esencial de leer muy bien toda clase de manuscritos, y deletrear con bastante torpeza los impresos.
Y aqui por via de nota, para evitar un rato de Panlexico á los lectores de provincia, decimos que el Hortera de Madrid, es el Cajero de Sevilla, el Factor de Valencia.,., y en suma: Este articulo habla con todos los dependientes de almacén que á beneficio del mostrador, son figuras de medio cuerpo eternamente.

La primera operación que sufre el Hortera es una especie de saturación sacaroidea, á fin de asegurar los sacos del azúcar, y demás géneros golosos de cualquier apetito desordenado de gula: consiste esta en dejarle comer, de chocolate por ejemplo, una, dos ó mas libras hasta que se resienta el estómago, y el recien llegado aborrezca los géneros coloniales y ultramarinos. Oh! este es un antídoto escelente para los ratones domésticos, y está fundado en ciertas leyes de química-económica indestructibles. Pasan en seguida á enseñarle todas las aplicaciones que tiene la mecánica en las trastiendas, y alli es donde aprende á introducir la mano en un saco lleno de legumbres rancias y secas, para sacar el único puñado que haya de granos frescos gordos. Entra después la parte de geometría aplicada á los cubiletes , y en esta sección le manifiestan las diferentes clases de cucuruchos que se conocen, su estructura y medios de construcción mas ó menos cónicos según la cantidad que deban aparentar contener, y la que en realidad contengan. Apenas ha pasado el Hortera quince ó veinte días haciendo cucuruchos de todos calibres ya tratan de ejercitarle en la dificil tarea de la tecnología comercial, ó de puertas adentro, y en la vulgar ó de mostrador. Consiste esta última en los diferentes nombres, sinónimos para los que estamos en el secreto, que emplean los consumidores al solicitar las mercancías; y la primera está reducida á que el espendedor sepa que los depósitos de azúcar designados con los títulos de 1ª, 2ª y 3ª’ ó mas clases, son tres substancias distintas desde que se emanciparon del saco en que se hallaban todas juntas. Lo mismo sucede con el té de la China y el café de Moca (véase cascarilla de cacao tostada); todos estos géneros viven democraticamente en las cuevas ó en la trastienda, y luego que pasan á la pieza de recibo cada cual torna la aristocrática elevación que le depara la casualidad. Si hubiera otros Esopos y Samaniegos, que se ocupasen de hacer hablar á estos objetos inanimados, no quedaria impune la desfachatez del Hortera cuando pregunta á los parroquianos si quieren el cacao de Caracas, de Guayaquil ó Soconusco, siendo asi que el único que tiene designado con esos tres nombres, merced á la división que todos sabemos, no ha tomado carta de naturaleza en ninguno de esos lugares. Pero supongamos que ya se ha concluido el noviciado horteril porque seria eterno referir todos los agios5, y evoluciones que en ese tiempo se enseñan (la vara de medir solamente necesitaba un tomo en folio) y veámosle colocado detras del mostrador en el almacén de Ultramarinos.
Estraordinaria y vasta podrá ser la táctica comercial de puertas adentro según indicamos en la parte de cubilotes y mecánica, pero nada es comparable con la diplomacia horteril, pocas cosas hay tan sublimes como el aire de reserva que imprime á todos sus actos esteriores. La manera que tiene de presentarse al público, encastillado entre los sacos del arroz, parapetado con los fardos del bacalao, y presentando entre su persona y la de los parroquianos un enorme tablón, pintado de azul ó de amarillo, es una cosa digna de notarse si se atiende á la masoneria que observan todos los dependientes del almacén.

Apenas abre su tienda, por la mañana temprano, y ya la encuentra invadida por el Albañil, el Carpintero, el Zapatero, y toda clase de jornaleros que saliendo de sus casas para sus respectivos trabajos, acuden presurosos á echar la sosiega con una copa de aguardiente en casa de nuestro lonjista, que saluda á todo s con el mayor agrado y les sirve con no menos esmero. Esta reunión de bebedores heterogénea ya, por los distintos oficios á que cada uno se dedica, no lo es menos por las diversas opiniones políticas que cada cual profesa, ó cree profesar. En los tiempos que el Albañil se dedicó al oficio, era indispensable levar gorra de voluntario realista para encontrar trabajo, y como no se podia usar este distintivo sin pertenecer á la regimenta, entró en las filas todo el que o quiso morirse de hambre. El Zapatero es algo mas joven, y se ha encontrado en un gobierno constitucional, que tiene ciudadanos armados, pero que los llama M. N. y unos maestros de obra prima que exigen gorra de cuartel para hacer zapatos; ¿pues qué remedio sino ser miliciano y llevar gorrita? El Carpintero es hombre de chispa: á la muerte de Fernando VII persiguió á su padre por carlista y le dieron trabajo en la Casa Real; pero le han quitado el destino los santones y ahora dice que es republicano. Pues siendo tan imposible amalgamar los pareceres politicos de estas gentes, como evitar que discurran sobre la contestación que dio el gobierno al Embajador inglés, y digan que es un majadero el general de división en haber atacado por la izquierda, etc., nó es nada fácil tampoco que la noche anterior al aguardentoso desayuno faltasen retenes y patrullas ó cuando menos algún estraordinario ganando horas; cualquiera de estas cosas es suficiente para que se entable una acalorada discusión política, en la que suele tomar parte algún escarolero, ó tal cual lego esclaustrado ayudante de cocina en casa de algún marqués y senador por añadidura. Últimamente, disputan y todos desocupan sus respectivas copas abogando el uno por la república, el otro por el gobierno representativo, quién por el absolutismo, á cuyo parecerse une gustoso el asturiano, y aun hasta el lego, pero este último quiere que se añada la inquisicion sin telarañas. Llega ya el lance terrible de ser interpelado el Hortera, y en esta embarazosa y difícil posición es donde mas luce la diplomacia de mostrador: con todos sonrio, á todos trata de dar la razón, y jamas se conmueve aun cuando parezca que la discusión se decide por un partido o por otro; su principal y casi único cuidado es el de no distraerse en el cobro de lo vendido.
Mas no consume el Hortera toda su charla y agrado con los jornaleros, y mozos de compra: las criadas de servicio son recibidas con no menos agasajo y atención, mediando varios requiebros de una y otra parle con tal cual apretón de manos, cosa muy admitida entre los Horteras, y que no puede dar celosa nadie que conozca las leyes penales de estos individuos mercantiles.

No haya miedo que se enamore ninguno pesando azúcar ó envolviendo té; serán muy vehementes en sus pasiones, pero en los actos de! servicio las tienen paradas, ó cuando mucho á media cuerda. — Apunte Vd. que le quedo á deber los 12 reales del chocolate y los ocho cuartos del almidón, dice una mujer al abandonar la tienda. — Vaya Vd. con Dios, vecina, y no se burle, replica el Hortera á voz en grito, y repitiendo por lo bajo doce y uno trece. — Gracias, responde la deudora, ahora lo bajará el muchacho. Y apenas ha quedado solo el lonjista saca un gran libro azuly escribe: «Es en deber Doña Fulana la vecina lo siguiente…»

Asi ocupado en lances de esta naturaleza consume los dias el lonjista, sin que ningún hecho notable le haga distinguir el lunes del martes ni este de todos los demás de la semana, hasta la mañana del domingo inclusive porque la tarde Oh! la tarde de los dias festivos merece un párrafo esclusivo, y no seremos nosotros ciertamente los que nos opongamos
 á que el Hortera pase su visita de ordenanza á las fieras del Retiro y demás accesorios de tan saludable medida higiénica. Y como en esta caminata nos ha de acompañar también la aristocracia horteril, no será del todo inútil dar un corte á la pluma que ya parece estar algo cansada, y echando á la espalda la mochila del café hacer unos cuantos giros
 comerciales con la vara de medir. Para esto, no tendriamos necesidad
 de trasladarnos á este ó el otro punto de la capital porque la profecía de
 San Vicente Ferrer se ha cumplido , ya tiene Madrid mas tiendas que compradores; pero sin embargo, la escena pasa en la calle dee Postas, ó séase boulevard de coruñas y viveros. A la derecha se ven tantas tiendas á piso bajo, como balcones de entresuelo ; á la izquierda cada ventana tiene debajo de si un almacén de lienzos; y en ambos lados y bajo toda clase degobiernos, se despachan géneros del Reino y estrangeros.


Trabajo cuesta penetrar la muralla de gente (que á todas horas defiende estos almacenes, pero nosotros hemos resuelto llegar hasta el mostrador para tener mano á mano un rato de parola con el Hortera, y
 lo conseguiremos fácilmente marchando detrás de una joven elegante y hermosa (con menos letras se dice fea, pero está lleno el tintero…) que desde el umbral de la tienda es saludada por el comerciante. Esta apreciable señorita habrá madrugado á las once de la mañana, si por casualidad no estuvo de sarao la noche anterior (aquí no hay soirée que valga) y no teniendo amigas á quien visitar, ni esperanzas de que saliese
 el sol para bajar al Prado, abandonaría la casa paterna con estas palabras.
 — Mira, mamá, estoy fatal de los nervios; que me acompañe el muchacho y voy de tiendas.
 — Pero, hija mia, si estás llena de ropa!
 — No tengas cuidado, mamá; lo hago por divertirme… no he de comprar nada, pero los haré revolver un rato. Pasaré primeramente por casa de Ginés á ver lo que han recibido de nuevo, y luego voy á sublevar toda la calle de Postas. Anda con Dios, responde la madre satisfecha con las económicas diversiones de su hija, sin reflexionar que los guantes estorban para conocer la calidad de los tejidos, que el Hortera tiene mucha franqueza con las parroquianas, y en fin, lo menos era que cogiese
 la blanca mano de la niña entre las suyas, si no las tuviera llenas de sabañones en invierno, y un tanto ásperas en verano.

Llega por fin nuestra joven á descansar sus brazos sobre el mostrador, y todos los Horteras se acercan á recibir órdenes, apoderándose, uno del abanico, otro del pañuelo, quién examina los guantes, adulándola todos á porfia, hasta que una manola que está comprando terciopelo para una mantilla, dice al mocito que la despachaba: — Oiga usté, Don Cachucha, sabe usté que mi monea es tan rial como la de cualquier señorona; y que tengo dos onzas en el bolsillo, y algunas masen casa para sacarlo á usté de probé! — Alsa, Manola! Qiuá!…. si me llamo Juana, so escoció!… si no tie usté mas gracia con las usias está abiao! Estas palabras dan a conocer al principal del almacén la gravedad que pudiera tomar aquel lance, y rellexionando que la manola paga mejor, por lo menos mas pronto que la señorita, acude á despacharla el mismo, dejando que uno cualquiera de los dependientes desplegue ante los ojos de la caprichosa niña cien piezas de tela de cien varas cada una:

— Este chaconá es muy claro, y tiene un hilo muy grueso.

— Oh! no señorita; es de lo mas fino que se hace, y estos colores son eternos, aunque se laven con agua hirviendo. Hemos tenido un despacho horroroso; ayer se vendieron cien cortes, y tenemos pedidos treinta para Mad. Victorino, que escasamente…

— ¿Y me quedaré yo sin nada?

— ¡Oh! no tal, para Vd. siempre hay una pieza!….

— Pero ahora no,porque mamá no quiere; pagó ayer dos mil reales de tres sombreros á Madama Capot y está que trina.

—Mejor, replica el Hortera, entregando un lío al criado de la joven… Ya saben Vds. que todo cuanto yo tengo (quisiera venderlo sin regatear como esto, añade por lo bajo)

— Y tienen Vds. una tela para vestidos de callé que llaman… llaman!..

Ilusión. —No. Palmeriana. —Tampoco. Poplin, Chalin, Clarín, Smirna, Fantasía, Damasquina, Rua-celin

— Eh! Hasta… Fantasía quiero. — Pues sí señora; vea Vd, qué cosa tan preciosa… parece imposible el adelanto que se observa en nuestras fábricas de Cataluña… Tú que tal dijiste, desventurado comerciante! Apenas oye la niña que se trata de géneros nacionales, vuelve la vista y dice:

— Quite Vd. allá, hombre! á la legua se conocen los géneros catalanes! Qué cosa tan ordinaria! —Pues crea Vd…— Mira, interrumpe el dueño del almacén, todo asustado con la patriótica franqueza del compañero, sácale á esta señorita la fantasía inglesa. —Pero, si!

— Ahí la tienes debajo de la catalana; y guarda esa hasta que venga alguna lugareña con poco dinero.

— De valde es cara, interrumpe la caprichosa compradora.

— Ciertamente, contesta el principal, añadiendo sotto voce:

Ella lo ha de pagar, y será justo

Bautizarlo en inglés por darla gusto.

De este modo consiguen vender á doble precio las peores piezas de lela que por esta circunstancia suelen estar las últimas en los almacenes, y la ignorante joven sale muy satisfecha de su fantasía inglesa. Sin notar que en su exótica manía está la verdadera fantasía.

Y ahora que la fantástica niña se retira del almacen, apartamos nosotros la vista de los Chaconás y los sabañones, para preguntar al lonjista de Ultramarinos por aquel comerciante en bruto, que trajimos de Santander, y dejamos en la lonja, haciendo cucuruchos. Pero vétele busca al sobrino de su tío. Apenas descubrió el vasto porvenir que la carrera mercantil le presentaba, se emancipó de la tutela, estableciéndose por sí en la misma calle, no sin haber estudiado antes un año de partida doble en el Consulado. Lo primero que se descubre a la puerta de su casa-lonja, junto á la muestra del algodón y las ballenas, es un farolito de cristal que indica la residencia de los padrones vecinales entre las cajas del café; pero el alcalde de barrio no está sin embargo al mostrador, porque como capitán de la fuerza ciudadana se halla de guardia en el Principal.

En la tienda le esperan varios señores, entre ellos uno que pretende ser diputados a Cortes, y solicita la influencia horteril; otro que le va á ofrecer dos mil duros por una acción en el gran molino de chocolate, y fábrica de azúcar que el lonjista ha establecido en comandita con unos primos suyos; y el resto de personas está compuesto, casi en su totalidad, por agentes de bolsa que acuden á ofrecerle sus trabajos noticiándole las operaciones del dia. Todos estos negocios distraen al lonjista do su primitiva profesión, obligándole á cambiar el mostrador por un magnífico bufete, á poner carretela, traspasando los sacos del arroz por otros tantos lacayos; y si antes tenia á la puerta de su tienda un hombre que vendía buñuelos y le daba conversación á ratos, ahora tiene un aristócrata portero, que niega la entrada á todo el que no lleva dinero, ó lo solicita á un cincuenta por ciento; y últimamente, se pone en pie cuando sale ó entra su señor, y le dá usía mientras sube á la carretela.

Las anécdotas y cuentecillos, andan por la calle. — Chica, se dicen las mugeres del barrio unas a otras, sabes tú de quién es esa casa? — Toma, del mismo que tiene toa la manzana! — Te acuerdas que escurrió andaba en el almacén? parece imposible que dé tanto de sí el bacalao El bacalao es lo de menos, chica! donde está el busilis6 es en el chocolate! —El Chocolate!!!

Y como quiera que el nuevo capitalista, está ya fuera de nuestra tutela, y libre por sus aristocráticas pretensiones del nombre con que le hemos señalado hasta aqui, renunciamos á ser en adelante sus cronistas, y concluimos dando un vistazo, con arreglo á lo ofrecido, por las diversiones horteriles en los dias festivos:

Son las dos de la tarde en verano y se abren tres puertas de la calle de Postas para dar salida á otros tantos dependientes de almacén ; (en estos dias es un poco arriesgado decir Hortera). A este triunvirato mercantil se reúnen dos mancebitos de la calle del Carmen, igual número de la de Toledo, y cuatro ó cinco delegados de otros puntos. Las dos y cuarto son cuando la caravana horleril rompe su marcha atravesando las principales calles de Madrid para dar con las levita-sotanas de sus individuos nada menos que en el real sitio del Retiro, adonde satisfacen su curiosidad, viendo las fieras , y desocupan sus bolsillos echando á los patos unos mendrugos de pan. La puerta de Alcalá los brinda enseguida á dejar la Corte, ofreciéndoles una hermosa pradera donde jugar á los bolos, y en esto ocupan la tarde hasta las cinco, á cuya hora vuelven á sus respectivos almacenes, no sin entrar primero en una botillería cualquiera, para apagar la sed con un cuartillo de leche amerengada, y el hambre con un puñado de bizcochos.

En los domingos y fiestas solemnes del invierno no juegan á los trucos, ni ven las fieras, pero suelen ir al teatro, porque aunque ellos no pidan para esos dias precisamente la Pata de Cabra, ni los Polvos de la Madre Celestina, el empresario sabe que no le honrarían con su presencia, si diese otras funciones,y no se espone jamás á semejante disgusto; cuando mucho se atreve á sustituir esas comedias con la Redoma encantada y el Naufragio de la fragata Medusa.Y aunque el sainete no sea Paca la salada es con precisión merienda de Horterillas.

Lo único innegable, pero cuya causa nadie ha podido esplicar aun es la facilidad que tiene toda clase de personas para reconocer á golpe de vista los Horteras. Séase que cuando la ropa no ajusta al cuerpo, índica poca legitimidad de pertenencia en el que la lleva, y que un muchacho de quince años con una levita-sortú que se hizo para un hombre de cincuenta, nunca será otra cosa, sino una máquina que hace andar una levita ; ó bien que los enormes picos de la camisa vayan retozando con el sombrero, y que este tenga tantas pulgadas mas de diámetro cuantas se necesitan para cubrir el cogote ó parte de la oreja. En fin, sea de ello lo que quiera, lo cierto es que en cuanto se ve alguno con todas ó pairte de esas cualidades, involuntariamente se dice: Ahí va un Hortera!!!

Antonio Flores1


  1. Antonio Flores (Elche, 1818 – Madrid, 1865) Escritor romántico y periodista español. 
  2. Varios Autores, Los españoles pintados por sí mismos, Madrid, I. Boix Editor, 1843. 
  3. El modelo de esta obra es una colección francesa, homónima y muy popular en ese país, publicada entre 1840 y 1842, por Léon Curmer:
    VV. AA., Les Français peints par eux-mêmes (subtitulada “Encyclopédie morale du xixe siècle” a partir del tomo IV), París, ed. Léon Curmer, 1840-1842. 
  4. “L’épicier”, de Honoré de Balzac
    URL: http://www.bmlisieux.com/curiosa/epicier.htm 
  5. DRAE:
    1. m. Beneficio que se obtiene del cambio de la moneda, o de descontar letras, pagarés, etc.
    2. m. Especulación sobre el alza y la baja de los fondos públicos. 
  6. Punto en que se estriba la dificultad del asunto de que se trata. 

La propiedad de la tierra y la Ley de la Gravedad

La propiedad de la tierra es una idea paradójica que oscila entre el símbolo y la mercancía, pero en los dos casos tiene un carácter monstruoso. Si la entendemos como signo o emblema de poder, insignia de clan y herencia, entra en la categoría del significante-amo, tal como entiende la psiquiatra feminista Luce Irigaray el símbolo fálico: es decir, cosa de hombres, patrimonio, en tanto el matrimonio es lo propio de las mujeres, hija, esposa, madre. Este significante-amo de la propiedad está santificado en todas las constituciones como un principio sagrado que lleva al filósofo Antonio Negri a hablar de los estados, genéricamente, como la República de la Propiedad. No hay otro principio que haya provocado más crímenes, guerras, alzamientos y rebeliones que este, sin que haya sido nunca abolido, repensado o refundido de forma duradera hasta el presente: es la verdadera alma del capital y sus mercados.

En cuanto a su carácter imposible de mercancía -insólita pues es soporte de todas las demás- Marx lo explicaba integrando la tierra en su relación dialéctica con el movimiento perpetuo del capital donde queda sujeta, junto a todas las demás mercancías, a la noria infernal del valor, el valor de uso, el valor de cambio y la circulación universal del dinero. Así, en los manuscritos de 1844* 1 del pensador alemán, aquí más joven e impetuoso, leemos:

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Es necesario que sea superada esta apariencia, que la territorial, raíz de la propiedad privada, sea arrebatada al movimiento de ésta y convertida en mercancía, que la dominación del propietario, desprovista de todo matiz político, aparezca como dominación pura de la propiedad privada, del capital, desprovista de todo tinte político; que la relación entre propietario y obrero sea reducida a la relación económica de explotador y explotado, que cese toda relación personal del propietario en su propiedad y la misma se reduzca a la riqueza simplemente material, de cosas; que en lugar del matrimonio de honor con la tierra se celebre con ella el matrimonio de conveniencia, y que la tierra, como el hombre, descienda a valor de tráfico. Es necesario que aquello que es la raíz de la propiedad territorial, el sucio egoísmo, aparezca también en su cínica figura. Es necesario que el monopolio reposado se cambie en el monopolio movido e intranquilo, en competencia; que se cambie el inactivo disfrute del sudor y de la sangre ajenos en el ajetreado comercio de ellos. Es necesario, por último, que en esta competencia la propiedad de la tierra, bajo la figura del capital, muestre su dominación tanto sobre la clase obrera como sobre los propietarios mismos, en cuanto que las leyes del movimiento del capital los arruinan o los elevan. Con esto, en lugar del aforismo medieval nulle terre sans seigneur aparece otro refrán: l’argent n’a pas de Maître, en el que se expresa la dominación total de la materia muerta sobre los hombres.

El paso de fetiche de poder (nulle terre sans seigneur) de la tierra acotada al de mercancía (l’argent n’a pas de Maître) queda reflejado en las maneras de medirla a través del tiempo. Así, durante siglos (en algunas partes de Europa hasta la misma Revolución Francesa) las superficies agrarias se medían fundamentalmente de dos maneras: por tiempo de trabajo humano y por la cantidad de granos sembrados. Según cuenta Witold Kula 2 en su hermoso y entretenido libro sobre las medidas y los hombres:

(…) desde España hasta Rusia, comprobamos la existencia del sistema de medir la tierra por la cantidad de trabajo humano. Las pequeñas diferencias geográficas o cronológicas (campo de cereales o viñedos, arado de bueyes o de caballos, etc.) tienen importancia secundaria. Lo importante es la identidad de la actitud mental, de la relación del hombre con la tierra. La elección de este principio de medición señala cuál de las numerosas propiedades de la tierra era más importante para el hombre: en este caso la más importante era la cantidad de trabajo que debía dedicarse a la tierra para que esta diera frutos.

Este sistema de medición tuvo una duración poco común en muchas partes de Europa. Aún en los albores de la Revolución Francesa, en uno de los Cahiers de doléances 3 de la región de Bourges, encontramos la siguiente definición: “el arpent no se mide en varas o pies, sino en journées, es decir, es decir, en los campos que pueden ser arados por un hombre en el transcurso de un día; según las costumbres locales, un arpent de tierra es igual a 16 journées“.

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La sustitución universal de estas maneras de medir por el sistema métrico preparaba, con su pretensión de progreso y razón enarbolada por la Revolución Francesa, en realidad, un cambio de actitud mental en la relación del hombre con la tierra que mencionaba Kula. Medir la superficie con los días que tardaba un hombre en ararla era atender a las dificultades del relieve, a la calidad de la tierra, a su apelmazamiento y considerar, por tanto, que dos propiedades consideradas iguales si las medimos en hectáreas, no lo son -como nos dice el sentido común- calculadas en tiempo de trabajo. Además había un presentimiento en esa manera secular de medir, de que, como aprendimos de Marx, es el trabajo (socialmente necesario) el que otorga su valor a las mercancías.

Una de las consecuencias desdichadas del sistema métrico aplicado a la medición de superficies agrarias la tenemos en las ayudas de la UE a los terratenientes, lo que se conoce como PAC, regalías económicas cuyo cálculo se basa solo en el número de hectáreas que posee el latifundista. A este propósito, la ilustrada revista La Marea se hacía eco este mes de julio pasado de un informe elaborado por los sindicatos andaluces SOC y SAT, bajo el llamativo título de 80 familias acaparan 100 millones de euros de la PAC en Andalucía de que:

Las 80 familias (entre ellas sólo algunas empresas) que acumulan más tierras cultivables en Andalucía percibieron en 2013 casi 100 millones de euros en concepto de ayudas europeas directas de la Política Agraria Común (PAC), sólo por ser propietarias (a los que hay que sumar otras ayudas de la PAC, a las que muchas de ellas pueden optar)

El grupo de ayudas directas de la PAC al que se acogen estos propietarios se destina a bonificar a los propietarios de tierras cultivables sin exigir a los terratenientes contrapartidas ni de producción ni de generación de empleo.

Los efectos de este sistema de ayudas en Andalucía se evidencian en el hecho de que 70 de los 80 propietarios que más cobran son familias. La familia Mora-Figueroa, fundadora de Rendelsur, la compañía embotelladora y distribuidora de Coca-Cola en Andalucía, encabeza el ranking de cobro de estas ayudas, con más de 6 millones de euros en 2013. De esos 70 apellidos familiares, al menos 13 ostentan títulos nobiliarios. Le corresponde a la Duquesa de Alba el primer puesto entre la aristocracia, y el quinto del ranking general en este apartado de las ayudas.

Al menos tres de los siete andaluces que figuran en la relación de personas más ricas de España en la última edición de la revista Forbes ocupan los primeros puestos del ranking de percepción de ayudas de la PAC: la Duquesa de Alba, Ramón Mora Figueroa, y Nicolás Osuna (de Inmobiliaria Osuna).

[…]

La PAC es la mayor política de ayudas de la UE. Absorbe el 40% de todo el presupuesto de la Unión.

Las ayudas permiten a muchos propietarios optar por mantener las tierras sin cultivar, lo que supone dejar sin trabajo a muchos jornaleros, ya que esos 80 propietarios concentran en sus manos la propiedad de casi un cuarto de millón de hectáreas, una gran parte de la superficie cultivable de Andalucía. La única contrapartida que la UE pide a estos propietarios es la observancia de ciertas compensaciones medioambientales, que en la práctica se traducen en mantener limpios de matorrales los campos para evitar incendios.

Ese dinero contante y sonante que reciben los terratenientes se calcula, decíamos, por hectáreas, todas iguales: cultivadas o no, dando trabajo o sin darlo, con inversiones de mejora y sin ellas… La UE ha subvencionado -y condenado- de siempre productos agrícolas, por intereses relacionados con el intercambio comercial mundial -no por ningún afán altruista de mantener vivo el medio campesino- como ha hecho durante décadas con la remolacha azucarera. Pero no es el caso, no explica este estipendio que yo solo puedo entender como un sustituto político contemporáneo de la vieja renta que -de nuevo Marx- el terrateniente recibía por la cesión de sus tierras al aparcero y al capital, su participación en el valor que estas generaban.

Las propiedad privada de la tierra siempre ha sido necesaria para el movimiento constante del capital. Porque es el soporte de la vida que depreda: alimentos, agua, metales, energía… La especulación con los precios de los alimentos, en esos siniestros mercados de futuros (Adrián Calvo, en su blog, explica muy bien qué son y cómo funcionan) es la cínica compostura de su financiarización. Sería posible pensar también, dadas las inversiones millonarias en tierras que se están realizando hace tiempo en África o América, por parte de multinacionales -de motu proprio o en representación de sus gobiernos- , que las dádivas de euros por hectáreas en la catalexia europea no sean sino otra manera de asegurar las grandes propiedades que ya existen, mediante esta renta atípica, en previsión de hambrunas futuras o de una venidera sed de agua universal…

Sea como sea, el significante-amo de la propiedad de la tierra forma parte ya de nuestro imprinting mental, como sus herencias o repartos, y resulta muy difícil ya imaginar otro estado de cosas, salvo que reparemos, desde nuestra distancia, en las comunidades indígenas que, a lo largo y ancho del continente americano, resisten y luchan por mantener la explotación común del campo y las aguas. El mismo Marx, en sus prácticamente desconocidas notas en el Cuaderno Kovalevsky 4 ( al decir de García Linera: “La obra de Kovalevsky está dividida en tres partes. La primera trata acerca de la propiedad en las culturas de caza y pesca en el nuevo mundo, y sobre las formas de control de la tierra de los españoles en las partes conquistadas de América.”), trató de una manera novedosa la distinción entre propiedad y posesión de la tierra:

En los Cuadernos Kovalevsky, esta distinción se hace más tajante, por cuanto Marx da cuenta de la imposibilidad de aplicar el mismo concepto de “propiedad” usado en Europa, para estudiar sociedades en donde la tierra no puede ser alienada (vendida). Cambiando sistemáticamente los títulos de Kovalevsky en los que se habla de “propiedad” por “posesión”, Marx prefería hablar de la comunidad como “dueña” de las tierras, y de los individuos trabajadores como “poseedores” de ella.

Esto que parece una disquisición teórica tan lejana, se incorpora, sin embargo, a las rebeliones campesinas andaluzas de finales del siglo XIX y comienzos del XX que tuvieron, como se sabe, una impronta anarquista tan poderosa. Díaz del Moral, el notario cordobés autor de una ejemplar historia de esas luchas campesinas 5, usa los dos conceptos cuando discute la vieja aspiración al reparto de tierras, considerándolo falsamente libertario. Lo volvemos a encontrar en las actas de consitución del sindicato CNT, en el que los ponentes usan cuidadosamente siempre “poseer” y “posesión”…

Termino con una proclama emocionante (distópica y ucrónica, tal vez, en esta Europa que presencia indiferente le final del campesinado) de unas Memorias del V Congreso Nacional de Agricultores (Zaragoza, 22 de mayo de 1917) que reclama la tierra por donde menos esperaríamos: ¡por la Ley de la Gravedad!

El propietario, que pretextando su exclusivo derecho, priva del uso de la tierra a sus semejantes que, tanto como él o más que él, la necesitan para cultivarla, comete, además de un despojo, una barbaridad inconcebible, porque se opone a la Ley de la Gravedad que nos atrae de una forma irresistible hacia la corteza terrestre, y de la cual ya no podrá nunca separarnos por muchos pretendidos derechos que invoque; ¡que no está al alcance de su estúpida pretensión el variar el curso de la naturaleza!


  1. Marx, Karl, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, URL: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/manuscritos/man1.htm#1-3 [man1] 
  2. Kula, Witold, Las medidas y los hombres, Madrid, 1980 (primera reimpresión, 2012), Siglo XXI de España Editores . 
  3. Los cuadernos de quejas (en francés: Cahiers de doléances ) fueron unos memoriales o registros que las asambleas de cada circunscripción francesa encargada de elegir a los diputados en los Estados Generales rellenaban con peticiones y quejas. Aunque eran usados desde el Siglo XIV los más famosos son los de 1789, por su importancia en la Revolución Francesa. 
  4. García Linera, Álvaro, Introducción al Cuaderno Kovalevsky de Karl Marx, La Paz, Ofensiva Roja, 1989.
    Extracto en URL: http://es.scribd.com/doc/72278664/1-1-Introduccion-Al-Cuaderno-Kovalevsky [1-1-Introduccion-Al-Cuaderno-Kovalevsky] (Álvaro García Linera, vicepresidente del gobierno boliviano, es el único -hasta donde se me alcanza, que ha leído este cuaderno de anotaciones de Marx y que ha publicado en español la única glosa interpretativa de lo que hay en él) 
  5. Díaz del moral, Juan, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, Madrid, 1979, Alianza Editorial (concluido en 1923, publicado en 1928)