El estado: ¿lugar neutro? (segunda parte)

Si el estado es, como quería Pierre Bourdieu, una ilusión bien fundada y sólo lo mantiene entre los sujetos del mundo real nuestra creencia en él, sujetos de oraciones de uso común como “Europa está entrando en recesión” o, por metonimia, “Bruselas ha decidido esto o lo otro”, y no digamos, en el plano local, afirmaciones del tipo “España camina de la recesión a la depresión”, son todos sujetos de naturaleza religiosa. En este sentido, el último Eurobarómetro muestra bien a las claras la crisis de fe, que amenaza con su disolución y, en último extremo su expulsión del mundo real, de ese entrevisto estado supernumerario que responde al nombre de Europa. En efecto, en ese estudio estadístico se lee que han dejado de creer en la Unión.Europea el 53 % de los italianos, el 56 % de los franceses, el 59 % de los alemanes, el 69 % de los británicos y el 72 % de los españoles.

princesa-europaEn unas conferencias que dio en EE. UU. en 1991 -esto es, cuando ya era ex primera ministra de Gran Bretaña-, Margaret Tatcher, que ha sido recordada estos días en olor de santidad, se refirió a ese posible estado continental, al sueño de una unión política, federal o confederal, europea como curious folly, dangerous illusion. En perfecta sintonía con los designios de EE. UU. la catalaxia económica europea sigue siendo lo que, en la división tripartita de Eurasia (Europa. Rusia y China) prevista por el amigo americano, no ha dejado de ser nunca: un enorme mercado único -militarizado aún hasta los dientes, eso sí, bajo los auspicios de la nueva OTAN- y coordinado económicamente por la severa disciplina de la Alemania unida y el Banco Central hecho a su imagen y semejanza. Un mercado, aunque sea de tales dimensiones, no necesita de ninguna fe porque no supone ningún espacio neutro, real ni simbólico, en el que se resuelvan todos los antagonismos de las naciones europeas. Aunque sí es un centro secreto de poder, un crisol de intereses de las clases dominantes del continente: he ahí la paradoja que vivimos.

estadoEn lo que se refiere a España, sería revelador que en esos estudios sociológicos que tanto menudean (el estado existe, tal como lo conocemos, desde que se empezaron a hacer censos y filiaciones de identidad: cuántos son los súbditos o ciudadanos, dónde viven, cómo se llaman y qué es lo que vale cada uno) preguntaran a los paisanos por su fe en el sujeto religioso  que llamamos “España”. La crisis de fe, desde luego, superaría el 50 %. España es en muchos sentidos, lo hemos escrito ya muchas veces, un estado fallido en lo político, lo social, lo simbólico y lo cotidiano. Lo muestran las querencias independentistas de las naciones del norte -que no han cesado, al menos, desde el siglo XVIII-, que aspiran aún en porcentajes muy altos a estados propios, o el malestar social, cada vez más extendido, con un relato histórico amañado, y por tanto no compartido, junto al imaginario de país impuesto a duras penas (guerras civiles, dictaduras militares, exilios y represiones), en amalgama imposible de monarquía, símbolos religiosos, toros, latifundios y bases americanas. El lugar neutro del estado es más, por usar los términos de la tradición marxista que prefiere Joaquim Hirsch, el campo abierto de la lucha de clases.

Esa lucha de clases secular, cuya manifestación última es el expolio o rapiña de bienes comunes y privados a que asistimos hechizados, lo que hace imposible el lugar neutro del estado español: un lugar ocupado o usurpado, el resultado de una “antigua aspiración de esas doscientas familias que provienen de la casta cristiana de la Reconquista y que todavía se consideran dueñas del país y sus habitantes.”, como afirmaba con tono destemplado Antonio Orejudo en un artículo reciente. El estereotipado discurso sobre la crisis económica, como cualquier discurso, no se puede entender sin las condiciones sociales y simbólicas en que ese discurso se produce. La ocupación del espacio público (ese que no es ni mi casa ni el palacio), la usurpación del lugar vacío y de naturaleza religiosa del estado, esa ilusión fundada, ha hecho caer bajo sospecha cualquiera de sus manifestaciones: desde la visita de un inspector de educación a un colegio a la insidiosa multa de un policía de tráfico, pasando por la hipócrita media sonrisa con que nos acoge el funcionario de Hacienda  al revisar el borrador del IRPF (que-no-va-a-subir) Cuando el estado pierde su halo de misterio y de creencia religiosa, lo único que queda es la coacción descarnada, el disimulo de la propaganda y la mentira. Y la desobediencia o la rebelión.

El estado: ¿lugar neutro?

El concepto de estado es impensable en muchos sentidos, pues se sitúa en los márgenes mismos de nuestros fundamentos morales y lógicos, por ello necesita constantemente adjetivos: estado del bienestar, estado democrático, autocrático… Pero por eso mismo, porque en nuestros presupuestos sobre el pensamiento y la vida social la idea de estado funciona como el andamiaje invisible de nuestras creencias y razones, quizá sea necesario, hoy más que nunca, repensarlo. Aunque aquí creemos más bien, en la tradición marxista, que el estado se manifiesta en sus funciones (legislar, reprimir, cobrar impuestos…) y que lo más cómodo, por lo tanto, es definirlo como una estructura de poder aliada con las clases dominantes (y que, por tanto, un cambio en la correlación de fuerzas de la cadena del dominio lo transformaría automáticamente), tal vez después de todo sea útil volver a pensarlo de una forma crítica.

estado-del-binestarPodemos arrancar, para ello, de la entrada anterior y de la que dedicábamos a hacer un elogio de la lentitud. Allí abordábamos la naturaleza del estado como la del señor del tiempo. En ese sentido nos recordaba su existencia con los cambios de hora, renombrando los días o los meses (tal como ocurría en la Revolución Francesa y como pretendía  Saparmourad Niazov, el dictador de Turkmenistán) o repartiendo las fechas de los retiros laborales y la duración de nuestros descansos y vacaciones.

No es baladí. Hoy, por ejemplo, 28 de abril, es el día que el Estado declara “Día Internacional de la Salud y Seguridad en el Trabajo”. El cercano 1 de Mayo, dedicado al Trabajo y los Trabajadores, ya forma parte de la memoria de las sociedades occidentales, y nos puede servir como hito temporal en nuestros recuerdos en una frase del tipo “un Primero de mayo conocí en la manifestación a la que luego sería mi esposa…” o cosas así. La interiorización privada del tiempo público es una de las pruebas más fáciles para entender que la idea de los estados sólo cobra realidad en la medida en que nosotros la encarnamos, en nuestra vida cotidiana. “El estado soy yo”, la soberbia afirmación del Rey Sol, es una verdad mucho más insidiosa y democrática de lo que, ingenuamente, pudiéramos pensar.

Esto no pasó desapercibido a Pierre Bourdieu, que intentó, en sus cursos en el Collège de France, 1pensar la idea del estado desde un punto de vista antropológico, como un “lugar neutro”, un escenario real y simbólico del conflicto social, el lugar vacío de la confrontación por el poder, a la manera en que Leibnitz concebía a Dios, como el lugar geométrico de todas las perspectivas contrarias. Por lo mismo, el estado no puede existir sin un consentimiento social, sin que los ciudadanos que le dan realidad y cuerpo compartan los fundamentos simbólicos, morales y lógicos de ese lugar vacío. En ese sentido, también, la naturaleza del estado es religiosa, pues su misma existencia depende de algo tan precario como un sistema de creencias compartido.

rol del estado en la economiaBourdieu, retomando la idea del tiempo como prerrogativa estatal, bromeaba con que en Bruselas deberían dedicarse con tesón a confeccionar calendarios comunes a toda Europa si, de verdad, tienen la intención de construir algún tipo de soberanía compartida para la Unión. Aprovechemos, pues esa carencia europea, para discutir la idea del estado como el lugar neutro que nos traemos hoy entre manos: ¿es posible ese espacio compartido aquí y ahora?

Si pensamos, por ejemplo, en Bruselas -en tanto no hagan caso a Pierre Bourdieu y se dediquen a hacer un calendario común europeo como primera tarea fundacional-, está claro que ese lugar neutro no existe. La sede del poder en la Unión Europa es un verdadero locus absconditus y las decisiones que condicionan nuestras vidas se toman en el rincón más hermético de ese lugar oscuro, el Eurogrupo. Se trata de un cónclave que se reúne informalmente cada mes, formado por los ministros de Economía y Finanzas de los Estados de la Unión cuya moneda es el euro, el presidente del Banco Central Europeo, el Comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, y su propio presidente, elegido por mayoría de Estados para un período de dos años y medio.  De sus deliberaciones ni siquiera se levanta acta, forman parte para siempre del secreto arcano político que rige nuestras vidas.

Dado que los estados nacionales soberanos, que han cedido su soberanía a la catalaxia europea, gobiernan al dictado de las decisiones que emanan de lugares escondidos y totalitarios como el Eurogrupo, bajo el pretexto de la necesidad, podemos afirmar, sin demasiados problemas, que en los viejos estados-nación europeos vivimos en un estado de excepción permanente,  al albur de los vaivenes de una moneda extranjera y sin capacidad para influir en la toma de decisiones que modifican la vida social, sea directamente en forma de elecciones comunes o indirectamente a través de elecciones locales. El lugar neutro del estado no existe ni ha sido sustituido por otro, llamémosle federal. Ni en el plano real ni en el simbólico, ni en el moral ni el de las creencias, hay un campo en el que, como en el Dios de Leibnitz, podamos ver el lugar geométrico de todos los antagonismos. Seguiremos, en una próxima entrada, preguntándonos por ese lugar invisible, teóricamente neutral y compartido al decir de Pierre Bourdieu, en lo que se refiere a España.

Tiempo libre, tiempo esclavo

Da muchísima grima la naturalidad con que el esclavo adopta el lenguaje del amo, los trabajadores la lengua y razones del patrón y los consumidores, desclasados y en crisis que somos ya todos, seguimos hablando, con tan pasmosa inconsciencia, de nuestro tiempo libre o de vacaciones o nos esperanzamos en inciertos retiros aplazados en las fronteras difusas de la ancianidad. Puesto que todas los conceptos se definen por sus contrarios, una idea recibida (¡qué precisa es esta expresión que tanto gustaba a Flaubert!) como la de “tiempo libre” sólo se puede entender frente a un tiempo esclavo. Así está dispuesto en el cielo de las ideas de Platón, inmutables y muertas como números. Con ellas únicamente podemos hacer retruécanos, por ver si nos liberamos de su maleficio, como el que yo hacía en mis 15 Asaltos de que estamos condenados a la pena de trabajos forzados, pues es lo mismo afirmar que estamos forzados al trabajo. Tanto como condenados a la diversión, los viajes y el ocio, que son su contrario y están, por tanto, sujetos a la misma ley.

"Salida de la fábrica", de los Hermanos Lumière.
“Salida de la fábrica”, de los Hermanos Lumière.

Es así que todos andamos ya, los que aún trabajamos -los que no lo hacen, encuadrados en el ejército de reserva de mano de obra barata universal, quieren hacerlo: es lo mismo-, planeando, aunque sea aún vagamente, el periplo de las vacaciones, las inquietudes y expectativas renovadas -por más que siempre se muestren vanas- de un tiempo libre que nos permita recuperar, mediante la diversión y el ocio, la vida buena, sacudirnos, como de un mal sueño, el cansancio de trabajar. No nos damos cuenta de que el ritmo mecánico y acelerado del trabajo y el consumo ocupa, como los gases, todo el tiempo disponible que deviene, así, en el tiempo vacío y muerto a que nos ha acostumbrado desde hace siglos la civilización del capital. Los herederos del hombre-masa del siglo XX nos hemos transformado ya en estereotipos y la diversión (a pesar de que, en su engañosa etimología significa “alejar”, di-vertere) está petrificada en repetición y aburrimiento.

Los anuncios televisivos ya nos van persuadiendo de que llega el tiempo de adquirir productos o estrategias para perder kilos, disimular mollas o broncear nuestra castigada piel. La promesa de felicidad plausible o simple diversión que nos traerán el sol, las vacaciones y el hermoseo de nuestros cuerpos volverá a funcionar pues la aceleración del tiempo del capitalismo es también la aceleración del olvido. El tiempo libre es también tiempo esclavo, la diversión es trabajo que consume mercancías y fetiches que consumen, a su vez, el tiempo laboral de otros: hoteles, bares, discotecas, chiringuitos, autobuses, trenes, aviones… Como advertía, con su lucidez hiriente, Th. W. Adorno, el “siempre lo mismo” es el precio que nos hace pagar la razón ilustrada del capitalismo por la engañosa sensación de tranquilidad que nos da, a cambio de nuestra renuncia a la libertad, la justicia y el placer, nos ofrece este tiempo plano y vacío en el que la felicidad es siempre una promesa continuamente postergada. La diversión es aburrimiento planificado, la cultura se reduce a distracción mercantilizada.

La melancolía del domingo se define por la ilusión renovada del viernes, en un ciclo infernal de fábrica fordista en el que no reparamos siquiera. El alcohol, el pitillito, el baile extenuante, la excursión fugaz que sólo sirve para contarla a la vuelta cosificada en fotografías, la exposición, el museo o el cine, aceleran el olvido que devuelve vigencia y novedad a la próxima escapada, di-vertere, escaparse. Para volver, pues el tiempo libre está medido con exactitud, en su duración y precio: la vida buena es cara y, aunque hay otra más barata, esa ya no es vida, como le gustaba decir a una amiga sevillana. Como la acedia de los monjes medievales, la melancolía y aburrimiento del domingo se cura con el lunes; la del lunes, con el viernes y su promesa siempre rota. Siempre lo mismo.

salidasEl poeta francés Francis Ponge contaba así la salida del trabajo: “un timbre estridente invita a desparecer de manera inmediata de estos lugares. Reconozcamos que nadie necesita que se lo digan dos veces. Una loca carrera se disputa en las escaleras”. Como la desbandada de los chicos tras la última sirena del viernes, turba ruit… Terminemos con este mismo poeta, que fue capaz de dedicar versos hermosos a la casita humilde del caracol y que comparó el rastro de su baba sobre la tierra a la dignidad del hombre: “Cada uno cree que se mueve con libertad, porque lo obliga una opresión extremadamente simple, que no difiere mucho de la gravedad: desde el fondo de los cielos la mano de la miseria hace girar el molino”. Mañana es lunes…

El muro de facebook, el bit y el dazibao

Soy usuario reciente de facebook, de modo que esta es la crónica de mi particular descubrimiento de este sustituto virtual de la desaparecida o secuestrada esfera pública; pero también, y no puede ser de otra manera en la perspectiva social o de filosofía política con que el autor de este blog entiende el mundo, es mi recepción crítica de sus costumbres, tópicos lingüísticos y su naturaleza posible, o malograda, de dazibao de escritura y razón común. Me baso, para predicar con el ejemplo, en unas notas que redacté y publiqué en mi propio muro, que aquí enhebro en un todo coherente para los lectores que se sienten más a gusto en estos claros del bosque.

relojfacebookAlgo tendrá el agua cuando la bendicen, afirma el refrán. Lo  primero que me llamó la atención, y me enterneció mucho, es la constante referencia a la amistad y a los amigos. Dejando a un lado la intención, comercial o de mercadotecnia, de los diseñadores o directores de facebook en relación esa atmósfera semántica de amistad universal, incluso sin echar mucha cuenta a la pregnancia o potencia persuasiva conseguida con la referencia constante a la relación amistosa, lo que sí se me aparece como un hecho cierto es que los usuarios de esta red toman la amistad como señal de identidad de primer orden, en disfavor de otras con las que estamos más acostumbrados a entendérnoslas, también más viscerales, como la nación, la etnia y las creencias religiosas. O, ya en menor grado o en retroceso temporal, como la ideología, la militancia política o hasta la misma clase social.

Algo así como que si al preguntar imaginariamente a un usuario de esta red “¿usted quién es?”,  este nos respondiera algo como “yo soy uno que tiene 2.000 amigos, 20 seguidores y mis familiares, que son también amigos”. Es encantador esto, y yo mismo estoy haciendo nuevas amistades y mantengo hermosas o divertidas conversaciones. Pero sucede que me desasosiega la alusión, también constante, a la cantidad, que tiene incluso su colmo: ocurre, de vez en cuando -sobre todo con los más famosos del lugar- que al solicitar su amistad, los automatismos de facebook nos devuelvan un aviso del tipo “este usuario ha llegado al límite máximo de amigos; sin embargo, puede hacerse su seguidor”… El desasosiego del que hablaba me lo produce el hecho de que los números, como sus prolíficos descendientes, el dinero o las acciones, tienen en su naturaleza o ADN dos genes: el crecimiento continuo y desordenado, cancerìgeno -en un sentido bastante literal- y su transformación en mercancías y en estatus. Y algo de las dos cosas me temo que ocurre, tal si la amistad se transformara en crédito o intercambio. Con los iconitos del ya universal “me gusta” pasa lo mismo. Una página, por ejemplo, debe tener un mínimo de aprobaciones (no recuerdo ahora cuántas exactamente, pero alrededor de treinta)  para que el sistema la introduzca en sus estadísticas, del mismo modo que se establece un mínimo de inversión o acciones para entrar a formar parte de una sociedad anónima. Aun así, hay otro aspecto más preocupante en los “me gusta”, aunque para ello debemos echar mano de la cibernética.

Se trata de que “me gusta / no me gusta” es un bit, la unidad mínima de información medible, como un sí / no. Si es esa, la de pulsar el “me gusta” (¿”liquear” se diría en la neolengua?), junto a la de subir imágenes o vídeos (que, a su vez amontonan enseguida aprobaciones, en una espiral vírica que remite de forma directa a la locura del crecimiento continuo del capitalismo) la actividad más común en esta red, lo que da un poco de escalofrío es la desproporción que existe entre la masa humana de facebook, que parece superar la población total de EE. UU., según he leído, y este paupérrimo contenido informativo, estos millones de bits engarzadas en otra millonada de imágenes. Sería todo demasiado banal. Las teorías cibernéticas dicen que mientras mayor es la complejidad y entropía de una sociedad, es a la vez proporcionalmente mayor la complejidad de los sistemas de la información y la comunicación públicas. Mi perplejidad es que esto -se entenderá tras lo dicho- me parece verlo desmentido en esta red social, aunque no acabo de ver clara la razón: ¿pereza pura y simple?, ¿preferencia, como piensan los gestores de esta empresa, generalizada por las imágenes?, ¿una suerte de afasia verbal, muy de estos tiempos, que sustituye la cadena sintáctica, el enhebramiento de las causas, los efectos y las consecuencias -es decir, la razón discursiva-  por el hipertexto y el microrrelato?

dazibao2Afortunadamente, a la vez que esto ocurre, suceden muchas más cosas y en este nuevo continente, como no podía ser menos, hay también páginas realmente hermosas, debates poderosos, crítica seria, informaciones exclusivas y homenajes sentidos y dignos a multitud de figuras públicas. Y hay también una Atlántida sumergida de mensajes y conversaciones privadas entre usuarios. Pero nos ocupamos aquí sólo de la red visible, de los millones de muros que, en su mismo nombre y concepción, a mí me recuerdan los dazibaos chinos que, en tiempos de Mao, sirvió como medio de comunicación popular, de educación, crítica y autocrítica.

El dazibao era una hoja amplia de papel (a veces auténticos murales) colocados en lugares públicos donde la gente escribía críticas y autocríticas. Mao los potenciaba y el profesor de periodismo chileno Camilo Taufic (Periodismo y lucha de clases) lo reivindicaba como medio de comunicación popular, alternativo a los medios de masas. Este periodista afirmaba que en solo 6 días se llegaron a colgar más de 500.000 dazibaos en los astilleros de Shangai.

El muro  de facebook se puede ver como un dazibao, una enorme hoja (infinita, a efectos prácticos, como cualquier pantalla) en el que amigos, y amigos de amigos, etc., autovaloran sus actos, imágenes, frases y, en justo intercambio, valoran a la vez las cosas de otros. La diferencia es: que el espacio electrónico, emulador del espacio público real, es un espacio solitudinario (multitudes, pero de gente sola, con su realidad anclada en el ámbito doméstico) No es una nueva esfera pública, pero sí su reflejo en ciudades donde la esfera pública ha desaparecido.

dazibaoEl contenido del muro es, a la veces, jeroglífico (en esto se asemeja al dazibao), y en él, con promiscuidad, se mezclan sentimientos, sensaciones, citas, pequeños poemas, frases o mini narraciones ingeniosas (en esto, es distinto al dazibao, donde el chino prepolítico resolvía sus contradicciones, dudas, conductas sociales). Estos contenidos, claro, condicionan los usos lingüísticos, al mismo tiempo que son condicionados por ellos. Se ha generado, para acabar, en estos muros -como ocurrió con los dazibaos y los grafitis callejeros- una verdadera eclosión de lo que podemos llamar literatura abreviada o fragmentaria, del microrrelato al haikú, que convive con manifestaciones vulgares, obscenas y ofensivas. Del mismo modo que pasa con las artes plásticas, amalgamadas en apretada convivencia con timos culturiformes y horteradas o un sinfín interminable de chistes y paridas. En esto, no hay ninguna diferencia con la superpoblada metrópolis universal de este otro lado del espejo.