Entre el “gobierno de los peores” y la antipolítica: el nuevo regeneracionismo

Continuemos, tras el paréntesis de la semana pasada -que dediqué a compartir con los lectores mi descubrimiento de la «paradoja de Abilene»- con el hilo que dejamos suelto al final de la entrada Arbitristas, regeneracionistas y otras especies del planeta Crisis. Terminábamos diciendo allí que la urgencia reformadora, que dejaba traslucir el decálogo arbitrista publicado por el diario El País, era anacrónico y, aun así, de difícil realización práctica, pues llegaba tarde y chocaba con las inercias históricas de la derecha española, sin cuya mayoría parlamentaria aquellas medidas propuestas por el periódico liberal entraban en lo que la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi llamó, si bien en un contexto poético totalmente ajeno a este que nos traemos entre manos, el «Museo de los Esfuerzos Inútiles». antipolíticaLas buenas intenciones de este regeneracionismo o arbitrismo de nuevo cuño siguen impregnando, empero, los medios liberales. El mismo diario El País publicaba ayer, por ejemplo, una colaboración de Luis Moreno, un investigador del CSIC, titulada, de forma muy significativa a este respecto «¿Antipolítica, política negativa o regeneración?» En su artículo, como se advierte ya en el título, se opone la regeneración política a la corrupción dominante -que, a su vez, según el tópico bienpensante, es el factor explicativo de la desafección política de que informan con alarma las encuestas y los trabajos de campo sociológicos- como única solución o recambio para recuperar la cohesión social; no faltan, como es natural, admoniciones de tono apocalíptico, de lo que podría ocurrir, si no. Decía Luis Moreno cosas de este tenor: «No se antoja exagerado certificar que nuestro país necesita cirujanos de hierro, al modo expresado por el regeneracionista Joaquín Costa. (…) Se trataba entonces de un sistema caciquil donde, según el pensador aragonés, predominaba el gobierno de los peores. (…) El fracaso de tales ideas conformó uno de los factores más decisivos en el proceso de desestructuración que culminó en nuestra devastadora Guerra Civil.»

En el lenguaje activado y puesto en circulación por los regeneracionistas contemporáneos se repite con machaconería la idea-baúl de «antipolítica» (o sus variantes «política negativa» y política «antisistema») entendida como el peligro extremo que nos acecha si no atendemos a las medidas reformadoras que se propugnan. No es nada nuevo, por otro lado, pues, aun sin nombrarlo así, como sí lo hacían los medios propagandísticos del franquismo, sufrimos las advertencias sobre las acechanzas de la anti España separatista o el laicismo anticristiano. Veamos algunos ejemplos. El diario Público (en su edición del 19 de febrero) recogía unas declaraciones de Elena Valenciano, la activa política del PSOE, en las que sostenía que su partido, tras una autocrítica de sus propios errores, ha mostrado su disposición «para trabajar por mejorar la democracia, (…) mejorarla, que no acabar con ella, porque los socialistas consideran que es el mejor” sistema que existe, aunque haya que reformarlo. (…) Y eso sólo se puede hacer a través de la política.» Por eso avisa de la deriva en la que se encuentra la representación pública: «Estamos avanzando peligrosamente hacia la antipolítica». Como tantas veces, el centro político -donde aún cree el PSOE que están sus votantes- se busca ubicando previamente dos extremos: la corrupción, que provoca la desafección ciudadana, en uno, y la antipolítica, en el otro. Se quiso ubicar así Fraga Iribarne, en su reencarnación posfranquista; lo consiguió Suárez durante unos años; con esa misma geometría variable de un centro reformista, Felipe González refundó el PSOE en su ciclo triunfante. Lo vuelve a intentar, con dudoso éxito, Rubalcaba y el actual grupo dirigente del declinante partido socialdemócrata español.1348742489 812495 1349018302 Noticia Normal El abuso de la antipolítica no es ajeno, en la neolengua de moda, a los análisis sobre política internacional. En particular, ha proliferado en los comentarios sobre la campaña previa a las elecciones en Italia y a las expectativas que ha despertado allí el Movimiento Cinco Estrellas y su líder Beppe Grillo. Leíamos, por ejemplo, en la crónica de Pablo Ordaz (El País, edición del 22 de febrero): «El líder del movimiento ciudadano [Beppe Grillo] -sus defensores se enfurecen si se les llama antipolítica- tampoco figura en las papeletas, entre otras cosas porque se lo impide una vieja condena por homicidio involuntario tras un accidente de tráfico.» (nótese, de camino, la falacia ad hominem, usada con tal desparpajo por el periodista). En, para acabar con un último ejemplo, algo más exótico, los arrabales geográficos de Europa, volvemos a encontrar la advertencia sobre la dichosa antipolítica en los análisis y crónicas, como la de Silvia Blanco (El País, edición del 21 de febrero) sobre la actual situación política en Bulgaria, tras la dimisión del gobierno de Borisov. Ahí leemos también que los búlgaros «hace ya mucho tiempo que perdieron la fe en los político» y, al paso, se nos advierte del peligro de que caigan en manos de la política negativa o antisistema.

¿En qué consiste, pues, esa antipolítica, que ha caído en anatema en los grandes Medios de Educación de Masas y sobre cuyo peligro se nos está advirtiendo con tal urgencia y machaconería? Una respuesta de cómo se entiende por parte del stablishment actual la podemos encontrar en la interpretación que hacía José Mª Lassalle, en un artículo publicado el 1 de octubre del año pasado en diario de referencia español que estamos tomando como fuente textual. Se afirmaba allí, con mucho cuajo, cosas como esta: «La antipolítica deviene así en una épica de la multitud que agita la normalidad repetitiva de las leyes y la representación para ver qué surge del abismo excepcional, olvidando que siempre la primera víctima de esta peligrosa deriva es la propia libertad».antipolítica2

Así que ya vemos lo que causa tanto miedo en la clase política actual, en el intelectual orgánico liberal o en las miedosas y disminuidas clases medias españolas, y occidentales en general: la multitud y su pretensión de crear su propia épica, de erigirse en legislador universal en asambleas y concentraciones callejeras (tal como el cerco de mareas en torno al Congreso español, ayer mismo, que provocó que un dirigente segundón del PP, dominado por la hibris de la fecha -23 de febrero, aniversario del asalto del coronel Tejero al Parlamento- relacionara a aquellos miles de españoles con un intento de golpe de estado popular) que pretende abrir un nuevo proceso constituyente. Pero son demasiadas las cosas que aún nos quedan por decir sobre esto y no quiero alargar más aún esta entrada. Tiempo, de todas maneras, es lo único que tenemos, quienes queremos prestar voz a los subalternos, para cargarnos de indignación y de razones en esta tarea interminable de, como decía Mao, ir de derrota en derrota hasta la victoria final. Continuaremos, pues, paciente lector, cuando nos resulte hacedero, en la siguiente entrada.

La paradoja de Abilene o el pensamiento gregario

Vamos a demorar la continuación prometida al final de la última entrada, Arbitristas, regeneracionistas y otras especies del planeta Crisis, para compartir, mientras tanto, mi descubrimiento de lo que se conoce como la paradoja de Abilene y la luz que creo que puede arrojar sobre el conformismo o consentimiento social y su entendimiento. Pero también a mí me ha ayudado a comprender mejor lo que José Antonio Marina, el inquieto pensador español, llama la inteligencia social. No nos alejamos, pues, demasiado del hilo que seguíamos, pues el principal obstáculo para un verdadero cambio político (y, por ende, social, económico, cultural) que propugnamos como necesario es esa conformidad desganada, o resignación o desidia, con que aceptamos las decisiones injustas, colaborando con ellos, justificándolas al fin.La paradojade Abilene Nos hemos ocupado de indagar en los mecanismos de ese asentimiento social a la injusticia en varias ocasiones. El lector curioso puede leer la entrada que titulé El consentimiento social.

La paradoja de Abilene 1 que he conocido gracias a mi compañero y amigo Antonio Romero 2 toma su nombre y su potencia explicativa de esta anécdota que reproduce Jerry B. Harvey en su libro, citado en nota al pie, que transcribo del claro resumen que hace de ella Juan Carlos Cougil en español, en su blog, tambien mencionado a pie de la página:

Una calurosa tarde en Coleman, una familia compuesta por suegros y un matrimonio está jugando al dominó cómodamente a la sombra de un pórtico. Cuando el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad situada a 80 km., la mujer dice: «Suena como una gran idea», pese a tener reservas porque el viaje sería caluroso y largo, pensando que sus preferencias no comulgan con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. Sólo espero que tu mamá tenga ganas de ir.» La suegra después dice: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no voy a Abilene!»

El viaje es caluroso, polvoriento y largo. Cuando llegan a una cafetería, la comida es mala y vuelven agotados después de cuatro horas.

Uno de ellos, con mala intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra responde que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero decidió seguirlos sólo porque los otros tres estaban muy entusiasmados. El marido dice: «No me sorprende. Sólo fui para satisfacer al resto de ustedes». La mujer dice: «Sólo fui para que estuviesen felices. Tendría que estar loca para desear salir con el calor que hace». El suegro después refiere que lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás podrían estar aburridos.

abilenePiense el lector qué preciosa herramiento de análisis nos ofrece el paradójico viaje de la familia de Coleman para comprender, por ejemplo, nuestro comportamiento gregario en plena “fiebre del oro” de la burbuja inmobiliaria. Seguramente nadie quería emprender aquel viaje al fin de la noche de las hipotecas, pero los bancos pensarían quizá (aparte de en ganar más dinero, que es su alma)) que con los créditos baratos estaba fomentando el crecimiento y prosperidad de sus países. Las empresas constructoras (las grandes y multinacionales tanto como las que surgieron como setas, con capital meramente crediticio) justificarían su ambición, tal vez, en que, además de dar el pelotazo, creaban empleo y contribuían al progreso de la nación. Los compradores endeudados, por qué no, se ilusionarían con  que, además de prosperar individualmente, colaboraban así también en la conformación del sueño liberal de John Rawls: formar parte de una democracia de propietarios.

Cuánto mejor se entiende también ahora, con el absurdo viaje a Abilene en la memoria, la conformidad desganada con que pagamos el sobreprecio injusto del IVA, toleramos a regañadientes la quita de pensiones, bajas, sueldos o pagas extraordinarias; con cuánta resignación y estoicismo madrugamos todos los días para ir al trabajo, a la oficina del paro o a la plaza; cómo soportamos, en fin, esta extracción económica que saca dinero de nuestros bolsillos para tapar trapisondas o desfalcos bancarios; para que las multinacionales del automóvil puedan seguir produciendo coches; las eléctricas subiendo el recibo de la luz y jugando a la bolsa; con qué cuajo contemplamos cómo se abre cada vez más el inmenso negocio posible de la Salud y la Educación, de las tierras y los mercados de futuros -hambres futuras-  a esas masas inmensas de excedentes de capital que no pueden detener su crecimiento del 3% anual de tasa de beneficios; todo esta debacle, en fin, de acumulación por desposesión de bienes comunes y personales a que asistimos hechizados a diario. La comprensión de los mecanismos del asentimiento social provoca melancolía porque nos arroja una imagen muy poco piadosa de nosotros mismos en tanto sociedad. Como en el viaje de la familia de Coleman, pensamos en el fondo que es por el bien de otros que aguantamos. Puede que incluso muchos tontos políticos con mando en plaza crean que es por nuestro bien futuro, y porque lo deseamos, que toman tantas medidas desagradables para ellos mismos: ¿No se expresaba así Rajoy al poco de llegar al poder? ¿No pensaron quienes lo votaron que, aunque no les agradaba personalmente, ni ellos a él tampoco, sobre todo si eran ex votantes del PSOE, todo sería por el bien de todos? El caso más extremo de pensamiento gregario es el de las tontas ovejas lanzándose al vacío una tras otra sólo porque lo hizo la primera.

En fin, que es posible, sin embargo, que a estas décadas desdichadas de estupidez y gregarismo en las sociedades occidentales, empiece a suceder un tiempo de inteligencia común que no nos haga viajar de nuevo a Abilene. El hecho de que, pese a todo, el activismo encomiable de los grupos movilizados en toda España contra los desahucios esté conseguiendo detenerlos en la vía judicial y haya logrado abrir una brecha en el poder absoluto de la mayoría de derechas en el Parlamento, con la iniciativa popular, admitida, como hubiera sido normal en primera instancia, a discusión pública, es un motivo de alegría común, como lo fueran las acampadas de la Puerta del Sol. Tiene razón Josep Ramoneda cuando afirma que esa ciudadanía puesta en pie de rebelión está supliendo, con sus acciones y convocatorias, la parálisis y aturdimiento de los partidos políticos. Pero hay que tener cuidado con no convertirlas en un placebo sustitutivo (de una rebelión social mayoritaria, enhermanada en un proyecto de cambio mayor) que nos haga pensar en los mismos términos de la democracia delegada: muy bien por ellos, ya puedo yo dedicarme con más tranquilidad a mis cosas…

Lo importante de estos movimientos  es lo que pueden tener de semillas que hagan nacer de nuevo la inteligencia social, la confluencia de análisis y decisiones acertadas, el inicio de un ciclo virtuoso en el que, necesariamente, tenemos que participar todos. Así nació, como explica José Antonio Marina con singular tino, la II República de España y el milagro de aquella generación que hizo tantas cosas, que propició tantos cambios en tan poco tiempo. Creó tal sensación de peligro y tal reacción violenta en los sectores conservadores de la España profunda que aún vivimos en las ondas sísmicas del terremoto que provocaron, lleno de destrucción, ruido y sangre, para poder detener aquella inteligencia colectiva que se había puesto a trabajar en común en un nuevo país, en un nuevo mundo.

Arbitristas, regeneracionistas y otras especies del planeta Crisis

Los arbitristas del siglo XVI -el siglo de la «revolución de los precios»- proponían, por propia iniciativa, medidas para que la monarquía pudiera recaudar «arbitrios» con que costear sus proyectos en época de crisis. Tuvieron continuidad histórica en los proyectistas del despotismo ilustrado, en el siglo XVIII, y en la figura de los regeneracionistas del XIX, con sus ideas para la palingenesia 1 de España.BARCELONA SIGLO XVII En su versión noble eran el equivalente del «si a mí me dejaran, eso lo arreglaba yo en cuatro días» del castizo español. Vuelven a aparecer entre nosotros, tal como prolifera también una nueva «literatura del Desastre».

En su edición de hoy, el diario El País, por ejemplo, editorializa sus propias medidas regeneracionistas con el título de Cómo reconstruir el futuro. Ahí podemos leer las diez medidas genéricas que el intelectual orgánico del periódico liberal entiende como las piedras de toque necesarias para la reconstrucción, regeneración o palingenesia de España. No hay sorpresa, como es de esperar, en estos diez mandamientos, sensatos y razonables dentro del marco narrativo en que este diario se ha inscrito desde su fundación: un relato político, salvar el legado de la modélica Transición, y un escenario económico-social que podemos tildar como «liberalismo embridado» o socialdemocracia en su «tercera vía» (por pruritos filológicos, más que nada, diferenciamos aún el liberalismo embridado del neoliberalismo salvaje; en sus efectos sobre la vida humana, sin embargo, vienen a equipararse). Echemos un vistazo a los consejos del arbitrista orgánico.

MADRID XVIILas medidas políticas vienen a ser las que están asentadas en el consenso general, sobre todo desde que los movimientos asamblearios del 15M las repentizaron en la esfera pública: una nueva ley de partidos o una reforma de la ley electoral, por ejemplo. A la vista de la asfixiante actualidad de la corrupción, ¿quien no va a estar de acuerdo en la necesidad de transparencia en la financiación de partidos políticos y campañas electorales, o en la conveniencia de establecer listas abiertas o nuevas circunscripciones (estados o regiones para el Senado, por ejemplo) y nuevas proporcionalidades entre votos, territorios y representantes? Quizá más discutible es la utilidad de un federalismo post-autonómico, que -aun en la forma tan inconcreta en que lo plantea El País, es un eco de las ideas de Griñán, el presidente andaluz, y asumida a lo que parece por toda la cúpula del PSOE- da la impresión de que llega tarde. Quizá nos veamos pronto en la necesidad de hablar en términos de confederación, si los planteamientos independentistas se afianzan y ganan poder. En todo caso, una estructura federal para España tendría que ir de la mano de una federación europea, que no se ve en el horizonte.

Pero con lo sensato o deseable que puedan resultar estas reformas para algunos, la contradicción insalvable es la que queda reflejada al final del texto editorial, en el que se apela a que sean «nuestros líderes» políticos los que tomen las iniciativas necesarias. La falta de representatividad o legitimidad de estos «líderes» (¿Rajoy y Rubalcaba de la mano?) que estos arbitrios, justamente, intentan paliar. Es la misma contradicción en que caían los arbitristas del XVI o el XVII: que la misma monarquía los pagaba. En lo que se refiere a ésta, los consejos del diario de Madrid se limitan a la necesidad de que la Casa y Familia Reales se sometan a algún tipo de normas de transparencia económica, pero sin que, en ningún caso, se mencionen cuestiones más crudas que están en boca de muchos ya, como la abdicación del Rey o la convocatoria de un refrendo, al menos, sobre la forma de estado. Pero donde las «medidas» que se proponen se vuelven escandalosamente inanes y vagas es en lo económico y social: necesidad de un pacto para la eduación, otro para la sanidad, otro para las pensiones y otro para el empleo. Que venga Dios y los vea…

El problema de esta urgencia reformista es que es anacrónica (a buenas horas, Mangas Verdes) y miope, que no se sale en ningún caso del guión neoliberal, del pensamiento único de estos tiempos de plomo y que tropieza, además, aun con su sensatez políticamente correcta, con las inercias históricas de la derecha española que la hacen imposibles avant la lettre. No es posible un verdadero cambio político o social si no va de la mano de un cambio en el decorado de la escena, de un nuevo relato histórico, sin la esperanza de una nueva trama con nuevos actores. De algo de todo eso seguiremos hablando en la próxima entrega.

Meditación etimológica sobre la corrupción: la inquietante estirpe del “rumpere” latino

El verbo latino rumpere avisa al oído, en su misma naturaleza onomatopéyica, de su inquieta y perturbadora descendencia lingüística. corrupciónSobre ello escribí, a  finales de la primavera pasada, en el rincón que tengo en la bitácora de mi instituto donde, de tarde en tarde, al azar de los finales de curso, escribo algunas reflexiones sobre educación, alejándome en lo posible de los tópicos y memes pedagógicos y políticos que tienen tan asfixiado y enrarecido el mundo de la enseñanza. Allí tomaba, como cabo del hilo de la meditación, un «club de interrumpidores» que aparece en la última novela de Enrique Vila-Matas y que yo extrapolaba como metáfora al ambiente de las aulas contemporáneas, verdadero tema de aquel texto, que el lector curioso puede leer aquí. La triste actualidad de la corrupción me hace retomar aquel hilo.

Y es que, en efecto, las onomatopeyas de esta inquieta familia de palabras, con su evocación de ruidos de piedras arrastradas por un río, de papeles que se arrugan y titran, de cortes, sesgos, rajas, resquebrajamientos, parece cobrar una especial y enfática vitalidad en estos días. Pronúncielas, si no, el lector, con énfasis consonántico: «irrumpir», «disrrumpir», «interrumpir», «prorrumpir», «corromper»… La hijas del rumpere latino nombran (y crean, al nombrar, como hacen siempre las palabras) la cacofonía y estridencia de nuestro tiempo. Iluminan en sus variantes todas las acciones que destrozan, rompen, hacen pedazos, destruyen, rompen cualquier continuidad. Si nos dejamos llevar por la asociación libre a objetos o rasgos contemporáneos: móvil, coche, gritos, sofiones, bombas, tiros, drones, prisas, disrupciones, interrupciones, irrupciones, corrupciones…

Co (cum, con) rumpere, he ahí el verbo (con sus sustantivos y adjetivos) de actualidad. Romper, destrozar, hacer pedazos, destruir… ¿Qué? El discurso racional, la continuidad psíquica, la coherencia, la honestidad. La catarata por la que se despeña el río. Pero delante de  rumpere aparece con, en compañía: romper, destrozar, destruir con otros, junto a otros, con la complicidad de más. O con la ayuda de cosas, de instrumentos, de ideas, de guiños, de amenazas, de debilidades…

Dis rumpere, he aquí el verbo de moda en las tutorías, en las jefaturas de estudios de los colegios o institutos: el «alumno disruptivo» es el que rompe (destroza, hace pedacitos pequeños, diluye en la cacofonía) la continuidad discursiva de las palabras del profesor, la cadena racional de causas y consecuencias, de los ejemplos y metáforas, de los apólogos o historias, argumentos y contra argumentos. La disrupción 1 rompe la transmisión de saber entre las generaciones, el relevo, la continuidad del proyecto civilizatorio. Pero se aseguran las leyes de la herencia, de la propiedad: patrimonio (las cosas del padre) frente a matrimonio (las palabras de la madre, su manera de amar, de mirar el mundo). Diruptus, el participio pasado, da “derrota” en español.

La co-rrupción (recordemos: unos con otros, entre conmilitones, en pandilla, con ayudas, con instrumentos e ideas; eso significa co-) rompe la continuidad psíquica, la ley moral, la esfera pública; el mundo (en un signficado secundario, mundus: limpio; inmundus: sucio, pútrido) se vuelve inmundo.corrupcion

Su carácter inmundo se acrecienta, además, porque el foco ilumina a una parte de los pandilleros que conforman el co- de la co-rrupción: a los políticos y mandamases. Pero deja en la sombra a los co-rruptores, los que tientan y ofrecen, insinúan, prometen, alivian los pruritos morales, aligeran conciencias, regalan, alaban y engolan la muelle impunidad. Los que se ocultan: los ricachones. Tal como en la historia de Eva y la manzana; Eva, la debilidad, la curiosidad pecadora… ¿Y la serpiente? No se le entiende ni oye: bisbisea, se arrastra, se oculta, desaparece… La aliteración de la s, presente siempre en las palabras que nombran el silencio, la amenaza. Los corruptores sisan, sisean, bisbisean, se arrastran en la sombra: la serpiente

La corrupción irrumpe en la ley moral y disrumpe el cielo estrellado que junto a ella hacía feliz a Kant 2: «Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí.» La corrupción interrumpe la admiración y el respeto de la reflexión de Kant, como la disrupción prorrumpe en gritos o risas en la explicación del profesor.

Más allá de la dimisión de Rajoy y sus secuaces o la investigación necesaria de Mercadona y sus conmilitones empresarios, este -que he intentado iluminar desde otro ángulo con ayuda de las etimologías-, es el verdadero efecto devastador de la irrupción de la corrupción: volver inmundo el mundo, interrumpir, disrumpir la razón, el saber, la ley moral: romper en pedacitos, rajar, crujir, hendir, destrozar, hacer añicos…