Nada es dos veces

En el poema “Nada dos veces”, la poeta polaca Wislawa Szymborska1 juega sabiamente con el equívoco de “nada”, de tal manera que el título nos remite a la nada, que es todo, que nunca se repite, pero al mismo tiempo evoca la conocida condena de Heráclito a no nadar dos veces en el mismo río. O nos convoca a nadar sobre nuestra propia nada entre los días, pues no es el mismo ninguno…

Idilio en el mar, Sorolla

El poema de Wislawa Szymborska empieza así:

Nada sucede dos veces
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.

En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.

No es el mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.

Todo está enredado en la memoria como las cerezas en un cesto: Estos versos me llevaron a una entrevista que leí hace tiempo -en la consulta del dentista, ¡en una revista de una compañía de seguros!- al periodista Iñaki Gabilondo, en la que contaba que al amanecer, antes de empezar su exitoso programa de radio “Hoy por hoy”, se iba solo a la azotea del edificio de la cadena SER en la Gran Vía y miraba el cielo y el paisaje urbano de Madrid con la intensidad y emoción de esa idea fija: no voy a volver a verlo, porque nada es dos veces… Pero también me veía y oía yo mismo, en la primera clase a las ocho de la mañana, subiendo las persianas de la gélida aula e incitando a mis alumnos dormidos a mirar las nubes y las copas de las castaños a través de la ventana, con el mismo mantra: Mirad bien esas nubes rosadas; no las volveréis a ver porque nada es dos veces…

Serían otras las palabras del periodista y otras las mías, que ahora se confunden con las de Wislawa Szymborska: porque tampoco ninguna palabra es dos veces. Nunca se repite su resonancia en el aire, ni es igual el chasquido de la lengua o la fuerza o languidez del chorro de aire que la expele al mundo, convertida en ave o piedra, para que diga y signifique, emocione o convenza, provocando risa, llanto o amor o mal decir…

Nada es dos veces, y por ello cada vida es única, porque está trenzada de momentos que son llamaradas y epifanías nunca iguales. Ser consciente de ello nos hace caer en la cuenta de que con cada muerte desaparece una especie, una especie única; con cada lengua que deja de hablarse se aniquila un mundo que ha dejado de nombrarse. Con cada regreso del día o la noche, de la canícula o la niebla, con una sola explosión de polen y semillas vuelve a la vida y la luz, desde la nada y la sombra en que estaba sumido, un universo recién nacido.

Solo en la triste ciencia de los números y la economía las cosas son las mismas dos veces. Agustín García Calvo demostraba en su Sobre los números que la cuenta de los naturales empezaba en el 2, porque la serie se basa en el principio de identidad, que cualquier cosa puede volver a aparecer como la misma: es así como del 2 nace el 1, pues cada cosa y cada cual deben ser iguales a sí mismos y retornar y repetirse una y otra vez. Solo que para ser la misma cada cosa, tiene que dejar de ser, debe morir para ser contada y achicharrada en el crisol de la ciencia y su tenebrosa alquimia incompatible con la vida. Y es así como para ser nosotros contables, y conocibles y predecibles, y poder responder, por tanto, a un nombre propio y soportar la responsabilidad de una biografía o un voto, debemos renunciar a la vida, en el tiempo plano sin tiempo en que pasado y futuro son siempre los mismos, como lo son para la Historia y las Compañías de seguros. Sin darnos mucha cuenta, pero presintiendo continuamente la mentira trágica y la fanática fe terrible en que así es la realidad, nadamos sobre el mismo mar sin agua del cuadro de Sorolla, sobre el lecho de piedras de este río sin agua, el mentido río en que podemos nadar dos veces, la cuenca seca en que nadamos sobre tan tragicómica nada…


  1. Szymborska, Wislawa, Poesía no completa, México, ed. FCE, 2014.