A propósito del pacifismo y la violencia (Apuntes, 7)

Comparto con los amigos del blog mis intervenciones en un debate que estamos teniendo algunos miembros en el foro Anarquismo(es) en Hubzilla, a propósito del libro de Peter Gelderloos, Cómo la no-violencia protege al Estado, Santiago, 2012.

… Terminé de leer el libro de Peter Genderloos, aunque he de reconocer que ha sido una lectura rápida en la que me he saltado muchas páginas, particularmente los prolijos ejemplos que va aportando para reforzar su tesis. Demasiados, porque un crítica contra el pacifismo o la no-violencia no necesita tal cúmulo de “casos” de la realidad. Al contrario, la necesidad de tanta “documentación” histórica más bien muestra la debilidad o la dificultad de su argumentación, que de hecho termina trabajosamente en las páginas finales con desahogos y afirmaciones arbitrarias como esta:

Por toda esta falsa fanfarria, la no violencia resulta decrépita. La teoría no violenta se reduce a un extenso número de manipulaciones, falsificaciones y engaños. La práctica no violenta es inefectiva y no merece ser considerada. En un  sentido revolucionario, la no violencia no sólo no ha funcionado nunca, sino que nunca ha existido.

¿Tantas páginas y esfuerzo para acabar con clichés valorativos, tan poco racionales como “falsa fanfarria”, “decrépita”, “manipulaciones, falsificaciones y engaños”, “inefectiva”, “no merece ser considerada”, “no ha funcionado nunca”, para terminar negando a las teorías de la no violencia su misma existencia “nunca ha existido”?

Otra dificultad que he tenido en la lectura -que a veces se me ha hecho insufrible por lo tópica- es que, si bien para nombrar al pacifismo o la no violencia no tiene problemas nunca -siempre aparecen llamados así, acaso con añadidos del tipo “pacifismo liberal” o pacifismo blanco- duda continuamente sobre cómo llamar a la idea o ideas que sitúa enfrente. Unas veces son los “militantes”, otras “pacifistas activos”, otras con los términos clásicos de “lucha armada”, otros como “activistas” o el clásico de “acción directa”…. Esa oscilación continua es también la oscilación de su propio razonar.

Las ideas se definen por sus contrarios y en ese sentido son complementarias. Si pacifismo viene de paz, su contrario solo puede ser guerrismo, que viene de guerra; o violentismo si elegimos violencia. Como son complementarios, se neutralizan y eso explica el laberinto en que se mete Genderloos: intentar una síntesis por absorción, algo así como un pacifismo militante, activista, aguerrido y violento si hace falta. La ecuanimidad que a veces dice intentar es solo aparente.

Las dos “cosas”, llamémoslas teorías o movimientos, las compara a lo largo de tantos casos históricos en base a -toda comparación tiene que tener una base en torno a la que poder hacerla- su “eficacia”. ¿Eficacia para qué? Pues para el cambio social, político o revolucionario, como solemos llamarlos (¿pero alguien cree que una lucha callejera contra los antidisturbios a pedradas o con molotovs puede provocar alguna revolución, en las ciudades de nuestro mundo, cuando al día siguiente hay que levantarse a las 5 para el trabajo y que no nos corten la luz?). Eficacia que unas veces identifica con “rapidez”, otras con “radicalidad” y otras con algo como “poner nerviosos a los estados” y otras, finalmente con la capacidad de unos y otros para “movilizar” masas de descontentos que, tras pequeñas pero continuas victorias parciales, lleven a cabo la revolución anarquista final que acabe con los estados, el racismo, el machismo y el ecocidio en una tacada universal, que, visto lo visto, tendría que ser una guerra del fin del mundo…

Nada de esto me lo invento, está en un capítulo que dedica a tácticas y estrategias. Para comprobar la “eficacia”, de pacifistas y de violentos, para disfrutar de sus victorias, solo tenemos que mirar a nuestro alrededor y leer las noticias. Respecto a las “revoluciones” -violentas o pacíficas-, solo hay que echar un vistazo a cualquier manual de Historia o historias para ver en qué acabaron todas. Para comprobar la radicalidad, de ir a la raíz, solo hay que hablar con mujeres y niños a lo largo y ancho del mundo, o leer a las -pocas- mujeres que han escrito y dejarnos empapar de sus vidas, siempre apuntaladas sobre las de los hombres; o preguntar a los cerditos o pájaros, o ver qué escapa al discurso filosófico, científico, moral, monolítico y exclusivo hasta la fatiga de los hombres desde… ¿desde cuándo? ¿El hombre nuevo? ¿El mundo nuevo? ¿Dónde? ¿Cuándo?

Los apartados que más me han interesado, por los enfoques -que suenan a mis oídos a algo más novedoso o refrescante que el resto- son los que dedica al pacifismo “racista” (el hombre blanco buena gente que aconseja ser pacífico al hombre negro o colonial o postcolonial) y al que afianza el patriarcado. Una vez lo hace con razones muy evidentes pero que la mayoría de los hombres pacifistas “no ven”: ¿no hay que enseñar a una mujer a pelear con un hombre y, si no a noquearlo, a aturdirlo lo suficiente para ponerse a su salvo de una agresión? No mucho más.

Si no nos zafamos de estos tópicos, en el fondo tan estériles y enervantes -aunque comprensibles por la hartura de este mundo una vez que hemos sido capaces de verlo como es-: todos quieren las 4 verdades del barquero, fáciles de digerir y entender, y que la revolución sea rapidita-, no creo que hagamos gran cosa sino seguir dando vueltas al bombo. Yo aprendí que todo el tinglado se base en nuestra fe en que esto es la realidad, y que mientras no nos zafemos de esa fe y del lenguaje que la instituye, no hay cambios posibles. Los dioses -de la violencia o de la no violencia, los que se alimentan de las grandes palabras y de nuestras vidas, de las ideas contrarias y complementarias por tanto, que se neutralizan y es así que ya no sirven: del estado y el individuo, de la justicia y la injusticia…- seguirán presidiendo desde su altar invisible nuestro sinvivir y nuestras muertes, y mientras esos dioses que nos obligan a pensar como ellos no cambien -como decía Rafael Sánchez Ferlosio-, nada habrá cambiado.

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… Pero es que, además, aun aceptando la necesidad de una “lucha armada”, la desproporción de fuerzas (medios, armas, capacidad de espionaje, complicidad social) es de tal calibre que creer en eso a estas alturas es de una ingenuidad dolorosa. Howard Zin, en el prólogo a un libro de Jack London, El talón de hierro -que planteaba una distopía que acababa a tiro limpio en una revolución armada en USA- lo dejaba meridianamente claro. Aún en tiempos de London era imaginable una lucha así con posibilidades de victoria. Hoy es candoroso pensar así, salvo que se piense en autoinmolaciones criminales como las de algunos islamistas o en bombas que siembren terror entre la gente que pasaba por allí.

La violencia, incluso en una resistencia “pasiva” sí que es inevitable, como cuando uno quiere desplazar a alguien para quitarle el balón o para evitar que te muela a palos. Pero no la lucha armada. La lucha que queda es de inteligencia contra inteligencia, de discurso contra discurso, de ideología, de convencimientos… Zin ya hablaba de ocupaciones: ocupaciones de espacios urbanos o rurales, de instituciones, de creencias, de prácticas cotidianas, como redibujar una plantilla, no hacer lo previsto, hacer oídos sordos, dejar de ser reproducibles y previsibles. La lucha armada es totalmente previsible, hay vacunas preparadas contra ella, es acción-reacción, en un mecanismo mil veces ensayado y perdido. Un armado en una guerrilla será un soldado uniformado si triunfa. Esa es una historia que hemos visto ya demasiadas veces, y está llena de ruido y furia.

Todos somos violentos

Comparto aquí, en mi traducción al español de la versión francesa, un artículo de Nicola Chiaromonte, Nous sommes tous des violents, publicado originariamente en italiano (La stampa, 10 abril de 1969) y traducido al francés por Olivier Favier, que lo ha publicado en su blog Dormira Jamais, del que soy lector habitual y que recomiendo vivamente. El nombre de este blog, que parece llamarnos a todos a la vigilia o vigilancia continuas, procede del manifiesto surrealista de André Breton, según la cita que podemos leer en su encabezamiento:

Tout est près. Les pires conditions matérielles sont excellentes. Les bois sont blancs ou noirs. On ne dormira jamais.

André Breton, Manifeste du surréalisme, 1924.

No sé decir exactamente por qué me ha seducido el texto de
Chiaramonte, el socialista libertario de Basilicate. Aunque por la fecha de publicación (1969, el año del «otoño caliente» italiano, calientes también aún las brasas del 68 francés, prólogo de las luchas sociales en Polonia o Argentina; él mismo veterano luchador en la Guerra Civil española…) puedo adivinar su sensibilidad estoica ante el fenómeno de la violencia. Puedo, también, entender la decisión de Olvier Favier de traducirlo y publicarlo en su blog, en una Francia tan atenazada ahora mismo entre el miedo, la violencia terrorista y la violencia institucional. Quizá sea porque me sedujo desde el comienzo su definición de violencia humana: «la rebelión instintiva contra el hecho de encontrarse encerrado en una condición no elegida, la de una criatura que sufre ante todo…». O quizá la sorpresa de ver considerado a Prometeo como el ejecutor del primer acto violento y transgresor de nuestra cultura, movido por su deseo de ayudar a estas criaturas menesterosas e irascibles que somos los humanos, tantas veces poseídos por el sueño de la dominación y el poder, pero también por la sabiduría resignada de reconocer nuestros límites, de refrenarnos con las bridas de la sensatez. Juzgue el lector y amigo por su propia cuenta, si es que este texto llega también a seducirlo…

Todos somos violentos

por Nicola Chiaromonte

La violencia está inscrita en el alma humana porque es inherente al mundo y al lugar del hombre en el mundo. Podríamos decir que el origen de la violencia en el hombre es la rebelión instintiva contra el hecho de encontrarse encerrado en una condición no elegida, la de una criatura que sufre ante todo -antes de empezar a sufrir a causa de tal o cual mal concretos- de una restricción sin remedio, que le lleva a estar siempre en un estado de penuria, de privación y de opresión. Si las cosas fueran de otra manera, es decir, si la violencia en el mundo humano fuera un hecho de naturaleza animal, los excesos monstruosos que podemos esperar de la violencia en el caso del hombre no tendrían explicación. La ferocidad de un Hitler o un Stalin no tienen nada que ver con la satisfacción de ningún instinto bestial: es genuinamente humana, debida a la intención malvada de franquear a cualquier precio los límites de la humanidad común. En este sentido, el impulso de la violencia no es más fuerte en el individuo privilegiado por la riqueza o el poder que en el caso del pobre o el oprimido. El hombre es violento porque su condición primigenia es violenta (o se le aparece como tal). Esta no cambia nunca, puesto que no hay ningún individuo al que el destino, antes incluso que los demás hombres, no haya privado, ni priva a cada instante, de todo lo que no es.

En cierto sentido, el primer acto de violencia es el cometido por Prometeo contra la voluntad de Zeus por venir en ayuda de los hombres necesitados y «errantes en el gran bosque de la tierra fresca». Para procurarse lo necesario, el hombre debe arrancárselo a la Naturaleza, violar su orden, devastar no sólo el reino vegetal y el animal sino la sociedad de sus semejantes. Y lo necesario para el hombre no acaba nunca: «No deja a la Naturaleza más que lo estrictamente necesario y la vida del hombre no tendrá más que valor que el de una bestia…»1, dice el Rey Lear.

La violencia del hombre es insaciable e infinita, como bien sabemos nosotros, que hemos instaurado (o casi) el reino del hombre sobre la Naturaleza, hemos tergiversado de tal manera su orden mismo que hemos puesto en peligro la misma soberanía de la que nos vanagloriamos. Catástrofe atómica, contaminación atmosférica, intervenciones bioquímicas o quirúrgicas sobre las fuentes mismas de la vida o sobre las operaciones del espíritu, empezamos a sospechar que hemos alcanzado los límites más allá de los cuales solo hay caos; pero ni siquiera por eso nos detenemos.

Sin embargo, debemos reconocer en esto la obra de la necesidad. No sirve de nada decir que la Historia habría seguido un curso distinto si no hubiera ocurrido esto, pongamos, el desencadenamiento de violencia guerrera que siguió a la Revolución Industrial, con Napoleón y las consecuencias de la aventura napoleónica que llegan, ciertamente, hasta Hitler y no parecen haber terminado todavía. La serie de coincidencias que nos han traído al punto en el que estamos en lugar de a una tesitura más feliz, muestra, justamente, una necesidad de la que no podemos escapar. Es ciertamente fácil pensar en una eventualidad más propicia que la que nos ha tocado, pero el hecho es que las posibilidades, en el curso de los acontecimientos, son, en cada momento, innumerables y comprenden tanto lo peor como lo mejor. La elección no depende de nosotros, ni incluso si está bien lo que hemos hecho: dicho de otra manera, todos juntos hacemos nuestra propia historia. Ni siquiera la divinidad es responsable, dice Platón.

La violencia, pues, es intrínseca a la condición de las cosas y del hombre. Pero la locura de quienes exaltan la violencia, de aquellos que afirman hoy «sin violencia no se consigue nada» (eco de la famosa frase de Marx «la violencia es la partera de la Historia»2) consiste en el hecho de que se erigen en principio de razón lo que es un hecho constitutivo del destino humano, y, como tal, escapa a toda razón. Desde luego, hacer de lo que escapa a nuestra razón un principio de razón y acción es, además de una contradicción lógica, una desastrosa transgresión.

Quienes así piensan no ven que de la violencia a la que cede el hombre, a la cual se puede ver constreñido, con la que se compromete totalmente como si fuera un principio creador, no se sigue solo para él la posibilidad de sobrevivir, de existir, de organizar, sino que ya tiene en su origen, al mismo tiempo, la némesis que golpea cualquier empresa humana, y más violentamente las más violentas. Y es solo de la consciencia de esta némesis -dejando aparte su situación esencialmente insoluble porque es independiente de la voluntad humana- como puede surgir en el individuo lo que llamamos «sentido del límite» y de la medida: la sabiduría.

Y la sabiduría no consiste solamente en que la violencia desemboca inevitablemente en el caos (siendo, más bien, la irrupción del caos en la existencia), es necesario ponerle el límite más riguroso, sino que significa eventualmente la renuncia a toda voluntad de dominio sobre los demás y sobre la naturaleza. Es evidente que tal renuncia no podrá ser, en cualquier caso, más que cosa de unos pocos. Pero es a estos pocos, capaces de reflexión a fin de cuentas, a quienes se les ha confiado no ya el poder sino la responsabilidad de la vida civil.

Por otro lado, si es verdad que, de hecho, no existen ningún orden civil que no tenga su origen en la violencia y que esté, por tanto, viciado, lo es también que el principio del orden civil y de la supervivencia misma de la sociedad no se deben del todo a la violencia, sino a sus opuestos: la educación, el sentido común, la delicadeza inteligente. Estas son las virtudes que se oponen a la violencia y la autoridad, la suavizan. Y debilitándolas en este sentido es cuando el hombre es capaz no solo de crear obras de arte o de beneficio público sino también de construir esta cohabitación pacifica de donde extrae su verdadera fuerza: la de sentirse sostenido no solo por sus semejantes sino la del poder insondable del que todo el mundo sabe que dependen su propia suerte y la de la comunidad.

Las civilizaciones, para acabar, no perecen solo por las violencias que pueden golpearlas desde fuera sino sobre todo debido a aquellas que tienen su origen en ellas mismas, que anidan en su seno y puede explotar en forma de guerras o revoluciones: dicho en otros términos, por la injusticia no atendida. Podemos afirmar que Grecia murió por no haber sabido confederarse contra el poder macedonio, pero debemos constatar también, al mismo tiempo, que había sido ya destruida moral y socialmente -como Tucídides muestra de forma tan lúcida- por la voluntad de imperio y de violencia inmoderadas que la habían poseído durante la Guerra del Peloponeso.

La mayoría será arrastrada siempre por el ejemplo de la violencia, o permanecerá pasiva ante ella puesto que lo que la violencia promete siempre es la liberación inmediata del yugo de la necesidad y la opresión. Se trata de la capacidad de resistir frente a ella. Los momentos de abatimiento y confusión como los que estamos atravesando son más favorables a su influencia  de lo que se piensa, porque el abatimiento y la confusión de hoy son debidas en gran medida al ejemplo de la violencia triunfante desde hace medio siglo, un ejemplo del que la actual exaltación de la violencia no es más que una de sus secuelas.

Image/photo
Carlo Carrà, Manifesto interventista, 1914.

Nicola Chiaromonte, “La stampa”, 10 de abril de 1969 . Traducido de la versión francesa de Olivier Favier por Manuel Jiménez Friaza.