A los pueblos asesinados, por Romain Rolland

 

Comparto aquí con los amigos del blog mi versión en español -espero que fiel a la escritura de periodos amplios y al sentido del autor- de un texto lúcido y estremecedor escrito por Romain Rolland el 2 de noviembre -Día de Difuntos- de 1916. Rolland, un escritor francés muy poco conocido en España, practicó con pasión un pacifismo activo y un socialismo “fabiano”, teñido de una esperanza firme en la hermandad y el humanismo universales; para él, la única posibilidad de salvación de la “civilización europea”… El texto original francés, junto con la fotografía y las noticias bibliográficas las tomo del blog Dormira jamais, de mi admirado Olivier Favier.

Los horrores acontecidos en estos últimos treinta meses han sacudido brutalmente las almas de Occidente. El martirio de Bélgica, de Serbia, de Polonia, de todos los desgraciados países del Oeste y el Este aplastados por la invasión no se pueden ya olvidar. Pero estas iniquidades que nos sublevan, porque somos sus víctimas, hace cincuenta años -¿cincuenta nada más?- que la civilización europea las comete, o permite que se cometan a su alrededor.

¿Quién podría decir qué precio pagó el Sultán Rojo por el silencio de la prensa y la diplomacia europeas sobre la sangre de doscientos mil armenios sacrificados durante las primeras masacres de 1894-1896?

¿Quién va a llorar el sufrimiento de las poblaciones entregadas al saqueo de las expediciones coloniales? ¿Quien, cuando se ha levantado una parte mínima del velo en una parte u otra del campo del dolor -Damaraland o el Congo-, ha podido soportar la visión sin horror? ¿Qué hombre “civilizado” puede pensar sin rubor sobre las matanzas de Manchuria y China en 1900-1901, donde el emperador alemán dio a sus soldados, por ejemplo, Attila; donde los ejércitos combinados de la ‘civilización’ competían entre sí en vandalismo contra una civilización más antigua y superior? ¿Qué ayuda prestó Occidente a las razas perseguidas en la Europa del Este: judíos, polacos, finlandeses, etc.? ¿Qué ayuda a Turquía y a China cuando intentaban recuperarse? Hace sesenta años, China, envenenada por el opio de la India, quería deshacerse del vicio que la estaba matando: vive, después de dos guerras y un tratado humillante, la imposición por Inglaterra, del veneno que ha proporcionado en un siglo, según se dice, a la Compañía de las Indias Orientales, por ejemplo, unas ganancias de once mil millones. E incluso después de que la China de hoy haya logrado el esfuerzo heroico de sanar en diez años de su enfermedad mortal, ha sido necesaria la presión de la opinión pública para forzar a los estados europeos más civilizados a renunciar a los beneficios que le ingresaban en caja la intoxicación de un pueblo. Pero ¿de qué asombrarse cuando tal estado occidental no ha renunciado a vivir del envenenamiento de su propio pueblo?

“Un día, esribió el Sr. Arnold Porret, en África, en Costa de Marfil, un misionero me contó cómo explicaban los negros la blancura de piel del europeo. Es porque el Dios del Mundo le preguntó: “¿Qué has hecho de tu hermano?” Y él empalideció.”

“La civilización europea es una máquina de picar carne, dijo en junio pasado en la Universidad Imperial de Tokio, el gran hindú Rabindranath Tagore. Consume los pueblos que invade, extermina o destruye las razas que dificultan su marcha triunfal. Es una civilización de caníbales; oprime a los débiles y se enriquece a su costa. Se propaga mediante envidias y odios, deja el vacío tras ella. Es una civilización científica y no humana. Su poder proviene de que concentra todas sus fuerzas en la única finalidad de hacerse ricaCon la excusa del patriotismo, falta a la palabra dada, tiende sus redes sin vergüenza, tejidas con mentiras, que atraen a grandes y monstruosos ídolos en templos erigidos para la ganancia, el único dios que ama. Profetizamos sin duda que no va a durar para siempre …”

“No va a durar para siempre …” ¿Escucháis, europeos? Os tapáis los oídos? Oíd, pues, dentro de vosotros mismos Nosotros mismos, preguntémonos. No hagáis como los que culpan a su vecino de todos los pecados del mundo creyéndose libres de ellos. En la plaga de hoy en día, todos tenemos nuestra parte de culpa: unos por propia voluntad, otros por la debilidad; y no es la debilidad la menos culpable. La apatía de la mayoría, el miedo de la gente honesta, el egoísmo escéptico de gobernantes débiles, la ignorancia o el cinismo de la prensa, bocas ansiosas de bandidos, el servilismo cobarde de los hombres de pensamiento que se convierten en los acólitos de los prejuicios mortales que tenían por misión destruir; arrogancia implacable de estos intelectuales que ya no creen en sus ideas más que en la vida del prójimo y que matarían a veinte millones de hombres con tal de tener razón; prudencia política de una Iglesia demasiado romana, en la que San Pedro el pescador se convirtió en el barquero de la diplomacia; Pastores de mente seca y afilada, como un cuchillo, sacrificando su rebaño para purificarlo; fatalismo aturdido de las pobres ovejas … ¿Quién de nosotros es culpable? ¿Quién de nosotros tiene el derecho a lavarse las manos de la sangre de la Europa asesinada? ¡Que todos vean su culpa y traten de rectificar! ¡Pero sobre todo, con urgencia!

El hecho más importante es este: Europa no es libre. La voz del pueblo es sofocada. En la historia del mundo, estos años seguirán siendo los de la gran servidumbre. La mitad de Europa lucha contra la otra en nombre de la libertad. Y para librar este combate, las dos mitades de Europa han renunciado a la libertad. Es inútil invocar la voluntad de las naciones. Las naciones ya no existen como personalidades colectivas. Un puñado de políticos, unos celemines de periodistas hablan con insolencia, en nombre de uno o del otro. No tienen derecho. Ellos no se representan más que a sí mismos. Ni siquiera se representan a sí mismos. “Ancilla plutocratiæ …” dijo Maurras en 1905, denunciando la Inteligencia domesticada y que pretende, a su vez, representar la opinión pública, representar a la nación… ¡La nación! Pero, ¿quién puede proclamarse el representante de una nación? Quién sabe, que se ha atrevido siquiera nunca a mirar cara a cara el alma de una nación en guerra? Este monstruo creado con miríadas de vidas amalgamadas, diversas, contradictorias, que pululan por todos lados, sin embargo, soldadas entre sí, como un pulpo … Mezclar todos los instintos, y todas las razones y toda la sinrazón … Golpes de viento subieron desde la sima; fuerzas ciegas y furiosas salidas del fondo humeante de la animalidad; vértigos de destruir y destruirse a uno mismo; voracidad de la especie; religión distorsionada; erecciones místicas de almas embriagadas de infinito que buscan la satisfacción enfermiza de la alegría a través del sufrimiento, a través de la auto-sufrimiento, del sufrimiento de los demás; despotismo vano de la razón, que pretende imponer a los demás la unidad que no tiene, pero que le gustaría tener; brotes románticos de la imaginación encendieron recuerdos de siglos; fantasmagoría académica de la historia patentada, de la historia patriótica, siempre dispuesta a blandir lo que se requiera según el caso, el Vae Victis del joven o el Gloria Victis … Y en revoltijo, con la marea de las pasiones de todos los demonios secretos que la sociedad reprime, en orden y en paz… Todos se enredan en los brazos del pulpo. Y cada uno encuentra en sí mismo la misma confusión de fuerzas buenas y malas, ligadas, enredadas juntas, maraña inextricable. ¿Quién la desenredará? … ¿De dónde viene el sentimiento de fatalidad que oprime a los hombres, en presencia de tales crisis? Y sin embargo, es sólo su desánimo antes de extenderse el esfuerzo múltiple, prolongado pero no imposible, que hace falta para liberarnos. Si todo el mundo hiciera lo que puede (¡no más!) el destino no se cumpliría. El destino se hace de la abdicación de cada uno. Abandonándonos, aceptamos cada uno nuestra parte de responsabilidad.

Pero esas partes no son iguales. ¡A tal señor, tal honor! En el potaje innombrable que forma hoy la política europea, la parte más grande es el dinero. El puño que sostiene la cadena que une el cuerpo social es la de Pluto. Pluto y su banda. Es él quien es el verdadero maestro, el jefe real de los estados. Él está haciendo negocios turbios con ellos, empresas corruptas. No es que consideremos como único responsable de los males que nos aquejan a determinado grupo social, o este y aquel individuo. No somos tan simplistas. ¡No buscamos cabezas de turco! ¡Es demasiado fácil! Ni siquiera decimos «is fecit cui prodest» de los que vemos hoy beneficiarse descaradamente de la guerra. No quieren tener nada que ganar; aquí o allá, ¡que les importa! Se acomodan tanto la guerra como a la paz, y tanto la paz como la guerra les parecen buenas. Al leer (un solo ejemplo entre miles) la historia que se ha contado recientemente de los grandes capitalistas alemanes, compradores de las minas normandas, que se han hecho con el control de la quinta parte del subsuelo minero francés, y desarrollando en Francia, entre 1908-1913, para su propio provecho, la industria metalúrgica pesada y la producción de hierro, con el que se han hecho los cañones con que disparan los ejércitos alemanes, uno se da cuenta de que la gente con mucho dinero se vuelve indiferente a todo, menos al dinero. Al igual que el antiguo Midas, que todo lo que tocaban sus dedos se convertía en metal… No se les asignen grandes planes tenebrosos en la sombra! Ellos no ven nada, por muy lejos que miren Su objetivo es recaudar rápidamente y la mayor cantidad posible. Lo que culmina en ellos es el egoísmo antisocial, que es la herida de esta época. Son simplemente los hombres más representativos de un tiempo esclavo del dinero. Los intelectuales, la prensa, políticos, -sí, incluso los jefes de estado, estos trágicos payasos de marionetas, que, voluntariamente o no, se convierten en sus instrumentos, son usados como una pantalla. Y la estupidez de las personas, su sumisión fatalista, su antiguo fondo ancestral de salvajismo místico, las deja indefensas ante las mentiras y la locura que les lleva a matarse unos a otros…

Una frase injusta y cruel afirma que los pueblos siempre tienen los gobiernos que se merecen. Si fuera cierto, sería para desesperar de la humanidad, así que ¿cuál es el gobierno al que un hombre honesto le podría dar la mano? Pero es demasiado obvio que la gente que trabaja, no puede controlar suficientemente a los hombres que la gobiernan; Ya es suficiente con que todavía tengan que reparar errores o crímenes, sin que rindan cuenta, además, como responsables. El pueblo, que se sacrifica, muere por unas ideas. Pero los que los sacrifican, viven por unos intereses. Toda guerra que se prolonga, incluso la más idealista en su origen, se está convirtiendo cada vez más en una guerra comercial, “una guerra por el dinero”, como escribió Flaubert. Una vez más, no decimos que hacemos la guerra por dinero. Pero cuando la guerra está ahí, pasamos allí, y respetamos el engaño. La sangre fluye, fluye el dinero y no hay ninguna prisa por detener el flujo. Unos pocos de miles de privilegiados, cualquier casta, cualquier raza, nobles, administradores, campesinos, metalúrgicos, especuladores, proveedores de armas, autócratas de las finanzas y las grandes industrias, reyes sin título y sin responsabilidad, escondidos detrás de la escena, rodeados y absorbidos por un enjambre de parásitos, saben, con sus sórdidas ganancias, jugar con todo lo bueno y con todos los malos instintos de la humanidad, con su ambición y su orgullo, rencores y odios , tanto con sus ideologías carnívoras como con su entrega, su sed de sacrificio, su heroísmo deseoso de derramar su sangre, su riqueza inagotable de fe…

¡Pueblos desgraciados! ¿Se puede imaginar un destino más trágico que el suyo? … Nunca consultados, siempre sacrificados, forzados a la guerra, obligados a crímenes que nunca quisieron … El primer aventurero, también los primeros jactanciosos, asumen imprudentemente el derecho a cubrir con sus nombres las locuras de su retórica asesina o de sus intereses viles. Pueblos eternamente engañados, eternamente mártires que pagan por los errores de los demás … Es sobre sus espaldas sobre las que son intercambiados las causas que ignoran y los asuntos que les conciernen; es en su espalda ensangrentada y pisoteada donde se desarrolla la lucha de las ideas y los millones, que no comparten en absoluto (con más de unas que de los otros, y solos, sin odio, los que son sacrificados; odio que está en el corazón de los que los sacrifican …) Pueblos intoxicadas por la mentira, la prensa, el alcohol y las mujeresPueblos laboriosos, que son despojados del trabajo … Pueblos generosos, que son desposeídos de la piedad fraterna … Pueblos que desmoralizados, se pudren vivos, matan¡Oh queridas poblaciones de Europa muriendo durante dos años sobre su tierra moribunda! ¿Habéis tocado ya el fondo de la desgracia? No, lo veo en el futuro, después de tantos sufrimientos, temo el día fatal en que, tras la decepción de falsas esperanzas, tras el sinsentido reconocido de tantos sacrificios vanos, la miseria recluta a personas que busquen ciegamente algo en lo que vengarse. Así que ellos también serán víctimas de la injusticia, y serán despojados por un exceso de infortunio hasta el halo funeral del sacrificio. Y arriba y abajo de la cadena, en el dolor y el error todo se igualará¡Pobres crucificados, que se remueven en la cruz junto a la del Maestro y aunque más liberados que él, en vez de salvarse, se hundirán como plomos en la noche del sufrimiento! ¿No os salvaréis de vuestros dos enemigos: la esclavitud y el odio? … ¡Lo queremos, lo queremos! Pero es necesario que lo deseéis vosotros también. ¿Lo queréis? ¿Vuestra razón, doblegada bajo el peso de siglos de aceptación pasiva, es capaz todavía de ser libre?

2 de noviembre, Día de los difuntos, 1916.

Texto publicado en la revista: Demain, Genève, Primer Año. Noviembre-Diciembre 1916. N°11-12.

Reeditado en Les Précurseurs, París, Éditions de l’humanité, 1920.

Dedicatoria: « A la memoria de los Mártires de la nueva Fe: la de la Internacional humana. A Jean Jaurès, Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg, Kurt Eisner, Gustav Landauer, víctimas de la feroz estupidez y de la mentira asesina, liberadores de los hombres, que los han asesinado.»

El escritor francés Romain Rolland en compañía de Mahatma Gandhi, en Villeneuve (Suiza), en diciembre de 1931. Fotografía. R. chlemmen – Col. Archives Larbor. En su diario, el 3 de agosto de 1914, Romain Rolland había escrito: «Estoy abrumado. Querría estar muerto. Es horrible vivir en medio de esta humanidad enloquecida y sin poder hacer nada, la quiebra de la civilización. La guerra europea es el mayor desastre en la historia durante siglos, la ruina de nuestras esperanzas en la hermandad humana salvadora.»