Cojo para el título de esta entrada la expresión descarnada, pero muy clara, que el politólogo Pierre Manent creó para designar a una institución que fue diseñada en principio para solucionar problemas y que, sin embargo, ha devenido en un impedimento, un obstáculo para esa misma solución, como la clase política, según indican machaconamente, desde hace tiempo, todas los trabajos sociológicos de campo.
Lo que ocurre ––y no sólo sucede en esta columna, pues no en vano su autor fue presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas durante varios años y eso imprime carácter, sino que es habitual en todos los análisis periodísticos que menudean sobre este tema— es que se limitan a constatar el hecho y, en el mejor de los casos, a lamentarlo o a dar una suerte de consejo bienpensante a los políticos para que se enmienden y reduzcan esa distancia o cesura que los separa de sus representados. Todo en la línea de lo que Gustavo Bueno llamó el «pensamiento Alicia» en su conocido enfado con aquella idea de la Alianza de Civilizaciones del ex presidente Zapatero.
Vallespín nos da un ejemplo eximio de este «pensamiento Alicia» en el ramplón y huero final de su artículo, en el que manifiesta un deseo subjetivo, que hace pasar por necesidad compartida por todos, en relación a nuestros políticos: «Y que ahora les necesitamos unidos, eficaces y empáticos con una ciudadanía que oscila entre la rabia y la desolación». La rabia y la desolación tienen aquí un mero carácter retórico, el de servir de segundo término del oxímoron, para marcar un contraste algo más hiriente frente a esa idílica unidad de los políticos deseada por el autor.

Sobre esa supuesta necesidad de una unión deseable, que se nos presenta como una necesidad histórica, como un dato inmediato de la realidad, hablaré enseguida, criticando la monstruosidad política y moral que representa. Pero antes quiero detenerme en otra de las antítesis tramposas que leemos en este texto. Se trata de oponer extremos para que, entre ellos, reluzca el equilibrio, la luz cenital, el centro 1, la clave de bóveda del razonamiento; en palabras del Vallespín: (se trata de que) «no se desembarque en el populismo fácil de los Mario Conde o Sánchez Gordillo, por ir a los dos extremos».
Sobre el populismo ya hemos hablado largo y tendido en las tres partes de una extensa entrada de este blog (Una, dos y tres) y remito a ellas al lector interesado en saber cómo entendemos la razón última del político y del votante populistas. Me importa ahora subrayar la naturaleza tramposa de la contraposición -e igualdad en último término: los extremos se tocan- que establece el conocido sociólogo entre dos figuras como las de Mario Conde y el alcalde de Marinaleda. Conde, condenado por estafa y apropiación indebida en 2001 y 2002, es un personaje huero, ambiguo y peligroso que no dudó en acudir al chantaje al gobierno y del que el psquiatra Castilla del Pino dijo que «uno de los problemas de Conde es la prisa, el ritmo con que quiere el poder y la obsesión enfermiza por la imagen». Ligado a un partido hecho a su medida (Sociedad Civil y Democracia, qué hartura de palabras vacías) parece que se va presentar a las elecciones gallegas. Sánchez Gordillo es un político revolucionario y apasionado de una coherencia moral e ideológica, de un tesón y eficacia (Marinaleda tiene pleno empleo y sus habitantes forman una comunidad de propietarios de su tierra, aunque siempre se ha negado a tener su titularidad como quiso la Junta, una comunidad social, simbólica, sentimental) que en estos tiempos de plomo debería dar envidia y admiración. Pero ya se ve la arremetida del PP contra él, o el tópico de idealista trasnochado con que lo despachan los medios liberales o los políticos socialdemócratas. Pensándolo bien, lo único que tienen en común los dos extremos imaginados por Vallespín es el hecho de poner en cuestión la propiedad: uno para robar, el otro para devolverla al bien común.
Y ahora, por acabar, digamos algo de esa desdichada idea de la unidad feliz de los políticos. Lo primero, lo que diría Juan Panadero, es que es lo que nos faltaba, verlos a todos juntos pidiéndonos patriotismo en esta farsa y esperpento del «sangre, sudor y lágrimas» en versión hispánica: ¿unidad en torno a qué y para qué? ¿Para hacer lo mismo pero todos juntos? ¡Qué pesadilla! Debe ser una boba inercia de los famosos Pactos de la Moncloa, una más de las que forman el «tapón de la Transición» o la perversa idea, la mala inteligencia de que, una vez muertas las ideologías, qué sentido tiene la discrepancia, el enfrentamiento. Josep Ramoneda es de las pocas voces públicas que, dentro de la monotonía de la ortodoxia neoliberal que copa los Medios, lleva tiempo recordando que es justo al revés lo que necesitamos: ideología, deliberación, lucha, confrontación. Sólo de ahí puede surgir alguna luz y esperanza, un oxímoron verdadero, y no de esta atonía y agonía del juicio y la razón pública, de esta conjuración de almas muertas y silencio o pensamiento malherido.
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