[A vueltas con el español radiactivo. A propósito de los que quedan solos en Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias]
En este libro de Miguel Ángel Asturias -que es la fundación mítica de un mundo, que es verbal, épico y feérico al mismo tiempo- los íngrimos son los hombres que quedan solos tras el abandono de sus mujeres, las tecunas. «Tecunas» es la antonomasia por María Tecún, la primera -fundadora, diríamos- en abandonar de la noche a la mañana a su marido ciego. Se especula en adelante, a propósito de las sucesoras, si es que están afectadas por el roce de unas arañas, enloquecidas a su vez por el polvo de unas semillas, hechizado por los brujos. Nunca son encontradas y sus íngrimos, incapaces ya de vivir solos, las buscan sin cesar, víctimas, más que de una obsesión, de una locura. que solo acaba con la muerte. El lugar simbólico de esa muerte inevitable es un barranco en el monte Tecún, envuelto en nieblas y aire insano, donde la Primera se apareció al ciego, con la vista recobrada para quedar otra vez, definitivamente, ciego, bajo el aspecto de una mujer de piedra…
También las casas dejadas por las tecunas sufren las consecuencias del abandono. Así lo describe Asturias, al detenerse en la casa de la Segunda, la mujer del cartero:
El rancho no parecía deshabitado. El viento jugaba con la puerta sin atrancar. La abría, la cerraba. Las casas de las «tecunas», que son las mujeres que se fugan del hogar, quedan llenas de misteriosos ruidos. Ruidos y presencias. Los malos ojos de la duda, en el chingaste ingrato del café, con las pupilas aguosas de llanto negro. El cofre de la ropa buena, la ropa interior olorosa a calor de plancha, sacude sus aldabas como orejas metálicas sobre la madera hueca, al soplo del viento que entra desde el patio, donde el lazo de tender trapos ahorca el cielo. En un apaxte de agua sucia, amarillenta, un ratón náufrago. Y las hormigas negras, guerreras, rodeando los comestibles. Rosarios del mal ladrón entran y salen, afanosamente, a los graneros, a la cocina, fuera de las taltuzas mazorqueras, instaladas de una pieza en la casa de las «tecunas», y los pajarracos que graznan de alegría, y los fantasmas de perros que olfatean, invisibles -solo sus pisadas se oyen-, el tufo a meado de la eternidad en la vejez de las cosas, abandonadas, polvo y telaraña ….
En el mundo mítico de los indíos, protagonistas de la mayor parte de la novela, los hombres tienen un alma, más un doble que un alma, en el reino animal, los nahuales. Así, Nicho Aquino, el cartero preterido por la segunda tecuna, es fama que es también un coyote: esa es la razón natural de que transporte con tanta rapidez la saca del correo desde la capital hasta el pueblo, perdido en las montañas, de San Miguel de Acatán, y al revés.
Español radiactivo es la expresión que uso, tomada de Lázaro Carreter quien la utilizó para calificar le prosa de Fray Luis de León, como ya he referido por aquí en otras ocasiones. Pues ¿cómo, si no, llamarlo, sino así, con la melancolía -que es el sentimiento de la pérdida, como la que sienten los íngrimos- que provoca esta lengua desmayada de ahora, sin la potencia explosiva que tuvo para crear, nombrándolo, un mundo que, hasta ese momento, estaba virgen y sin nombres, reinstaurando el privilegio de Adán en el origen del tiempo? Son pocos los que gozaron de este don, desde luego. Por fortuna para los contemporáneos, los libros han guardado las huellas, aunque ya sordas y desvaídas, de esas palabras primordiales …
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