El muro de facebook, el bit y el dazibao

Soy usuario reciente de facebook, de modo que esta es la crónica de mi particular descubrimiento de este sustituto virtual de la desaparecida o secuestrada esfera pública; pero también, y no puede ser de otra manera en la perspectiva social o de filosofía política con que el autor de este blog entiende el mundo, es mi recepción crítica de sus costumbres, tópicos lingüísticos y su naturaleza posible, o malograda, de dazibao de escritura y razón común. Me baso, para predicar con el ejemplo, en unas notas que redacté y publiqué en mi propio muro, que aquí enhebro en un todo coherente para los lectores que se sienten más a gusto en estos claros del bosque.

relojfacebookAlgo tendrá el agua cuando la bendicen, afirma el refrán. Lo  primero que me llamó la atención, y me enterneció mucho, es la constante referencia a la amistad y a los amigos. Dejando a un lado la intención, comercial o de mercadotecnia, de los diseñadores o directores de facebook en relación esa atmósfera semántica de amistad universal, incluso sin echar mucha cuenta a la pregnancia o potencia persuasiva conseguida con la referencia constante a la relación amistosa, lo que sí se me aparece como un hecho cierto es que los usuarios de esta red toman la amistad como señal de identidad de primer orden, en disfavor de otras con las que estamos más acostumbrados a entendérnoslas, también más viscerales, como la nación, la etnia y las creencias religiosas. O, ya en menor grado o en retroceso temporal, como la ideología, la militancia política o hasta la misma clase social.

Algo así como que si al preguntar imaginariamente a un usuario de esta red “¿usted quién es?”,  este nos respondiera algo como “yo soy uno que tiene 2.000 amigos, 20 seguidores y mis familiares, que son también amigos”. Es encantador esto, y yo mismo estoy haciendo nuevas amistades y mantengo hermosas o divertidas conversaciones. Pero sucede que me desasosiega la alusión, también constante, a la cantidad, que tiene incluso su colmo: ocurre, de vez en cuando -sobre todo con los más famosos del lugar- que al solicitar su amistad, los automatismos de facebook nos devuelvan un aviso del tipo “este usuario ha llegado al límite máximo de amigos; sin embargo, puede hacerse su seguidor”… El desasosiego del que hablaba me lo produce el hecho de que los números, como sus prolíficos descendientes, el dinero o las acciones, tienen en su naturaleza o ADN dos genes: el crecimiento continuo y desordenado, cancerìgeno -en un sentido bastante literal- y su transformación en mercancías y en estatus. Y algo de las dos cosas me temo que ocurre, tal si la amistad se transformara en crédito o intercambio. Con los iconitos del ya universal “me gusta” pasa lo mismo. Una página, por ejemplo, debe tener un mínimo de aprobaciones (no recuerdo ahora cuántas exactamente, pero alrededor de treinta)  para que el sistema la introduzca en sus estadísticas, del mismo modo que se establece un mínimo de inversión o acciones para entrar a formar parte de una sociedad anónima. Aun así, hay otro aspecto más preocupante en los “me gusta”, aunque para ello debemos echar mano de la cibernética.

Se trata de que “me gusta / no me gusta” es un bit, la unidad mínima de información medible, como un sí / no. Si es esa, la de pulsar el “me gusta” (¿”liquear” se diría en la neolengua?), junto a la de subir imágenes o vídeos (que, a su vez amontonan enseguida aprobaciones, en una espiral vírica que remite de forma directa a la locura del crecimiento continuo del capitalismo) la actividad más común en esta red, lo que da un poco de escalofrío es la desproporción que existe entre la masa humana de facebook, que parece superar la población total de EE. UU., según he leído, y este paupérrimo contenido informativo, estos millones de bits engarzadas en otra millonada de imágenes. Sería todo demasiado banal. Las teorías cibernéticas dicen que mientras mayor es la complejidad y entropía de una sociedad, es a la vez proporcionalmente mayor la complejidad de los sistemas de la información y la comunicación públicas. Mi perplejidad es que esto -se entenderá tras lo dicho- me parece verlo desmentido en esta red social, aunque no acabo de ver clara la razón: ¿pereza pura y simple?, ¿preferencia, como piensan los gestores de esta empresa, generalizada por las imágenes?, ¿una suerte de afasia verbal, muy de estos tiempos, que sustituye la cadena sintáctica, el enhebramiento de las causas, los efectos y las consecuencias -es decir, la razón discursiva-  por el hipertexto y el microrrelato?

dazibao2Afortunadamente, a la vez que esto ocurre, suceden muchas más cosas y en este nuevo continente, como no podía ser menos, hay también páginas realmente hermosas, debates poderosos, crítica seria, informaciones exclusivas y homenajes sentidos y dignos a multitud de figuras públicas. Y hay también una Atlántida sumergida de mensajes y conversaciones privadas entre usuarios. Pero nos ocupamos aquí sólo de la red visible, de los millones de muros que, en su mismo nombre y concepción, a mí me recuerdan los dazibaos chinos que, en tiempos de Mao, sirvió como medio de comunicación popular, de educación, crítica y autocrítica.

El dazibao era una hoja amplia de papel (a veces auténticos murales) colocados en lugares públicos donde la gente escribía críticas y autocríticas. Mao los potenciaba y el profesor de periodismo chileno Camilo Taufic (Periodismo y lucha de clases) lo reivindicaba como medio de comunicación popular, alternativo a los medios de masas. Este periodista afirmaba que en solo 6 días se llegaron a colgar más de 500.000 dazibaos en los astilleros de Shangai.

El muro  de facebook se puede ver como un dazibao, una enorme hoja (infinita, a efectos prácticos, como cualquier pantalla) en el que amigos, y amigos de amigos, etc., autovaloran sus actos, imágenes, frases y, en justo intercambio, valoran a la vez las cosas de otros. La diferencia es: que el espacio electrónico, emulador del espacio público real, es un espacio solitudinario (multitudes, pero de gente sola, con su realidad anclada en el ámbito doméstico) No es una nueva esfera pública, pero sí su reflejo en ciudades donde la esfera pública ha desaparecido.

dazibaoEl contenido del muro es, a la veces, jeroglífico (en esto se asemeja al dazibao), y en él, con promiscuidad, se mezclan sentimientos, sensaciones, citas, pequeños poemas, frases o mini narraciones ingeniosas (en esto, es distinto al dazibao, donde el chino prepolítico resolvía sus contradicciones, dudas, conductas sociales). Estos contenidos, claro, condicionan los usos lingüísticos, al mismo tiempo que son condicionados por ellos. Se ha generado, para acabar, en estos muros -como ocurrió con los dazibaos y los grafitis callejeros- una verdadera eclosión de lo que podemos llamar literatura abreviada o fragmentaria, del microrrelato al haikú, que convive con manifestaciones vulgares, obscenas y ofensivas. Del mismo modo que pasa con las artes plásticas, amalgamadas en apretada convivencia con timos culturiformes y horteradas o un sinfín interminable de chistes y paridas. En esto, no hay ninguna diferencia con la superpoblada metrópolis universal de este otro lado del espejo.