El flautista de Hammelin (Apuntes, 10)

Ya se oye la música del flautista de Hammelin que dejará de nuevo las calles y plazas huérfanas de niños. Ya las guarderías están llenas de ellos y, pronto, lo estarán colegios e institutos… Vivimos la época de la escolarización universal y casi perpetua, que, en el periodo laboral discontinuo que vivimos se recodficará en forma de cursos de formación o en reespecializaciones y, ya en el retiro, en forma de animaciones socioculturales -como se las llama en la neolengua- o cursos de actividades manuales o de gimnasias adaptadas a la edad…
En un cierto sentido, lo que empieza ahora es una expropiación estatal de la infancia. Uno entiende, faltaba más, los deseos de vida activa y de trabajos de madres y padres, pero lo cierto es que los niños son criados y educados -hasta en sus juegos. oh dioses- por monitores y funcionarios. Por supuesto, la vida adulta ya estaba expropiada por el trabajo o su búsqueda ansiosa. Se cierra así el ciclo de nuestras vidas enajenadas, que comienza  ya en ese territorio aséptico y hermético de las ludotecas o las aulas, al son de la música del terrible flautista…

La belleza humana

No me gusta el deporte televisado, y no lo veo nunca, casi sin excepciones: una de ellas es el rugby, por el que de vez en cuando me dejo seducir. Sus jugadores, que parecen campesinos y canteros, transmiten una sensación de fuerza, nobleza y concentración que me han hecho pasar algunos buenos ratos. La otra excepción es la gimnasia rítmica. Hace unos minutos he disfrutado de esas chicas en las olimpiadas, y de la sinfonía que componen sus bellos cuerpos longilíneos. La hermosura que resulta de la sincronía y la elegancia de sus movimientos aparentemente ingrávidos, de sus encuentros y desencuentros, de pausas y estacatos me hace olvidar la tontería de las banderas y sus periodistas contadores de medallas, para disfrutar con la simple belleza del cuerpo humano, desprendida y autónoma ya, en el cuadro final, del esfuerzo y la disciplina previos, devenidos invisibles al amor de la mirada…

Complicarse la vida

Por más que pensadores como Hannah Arendt hayan intentado restituir la libertad al espacio público, la vieja y dañina creencia de los estoicos (muchos de ellos antiguos esclavos, como Epicteto) de que la libertad habita en ese espacio interior que podemos llamar como queramos -alma, espíritu, conciencia- sigue incólume entre nosotros.

Lo que Arendt llamaba espacio público tenía un sentido casi literalmente griego: la palabra en el ágora, la discusión, el juicio, el debate, el convencimiento o la persuasión. Cuando ella no quiso que la consideraran filósofa (como se puede leer en mi anterior entrada dedicada a ella) sino que se dedicaba a la teoría política, también entendía el término “política” desde la perspectiva griega: las palabras y razones que hacen cosas, que actúan y transforman.

Las ideas preconcebidas son las que usamos normalmente (y normalmente no pensamos) para formular juicios (los políticos son todos unos corruptos, Ana es muy guapa, etc., etc.) porque son cómodas, se adquieren en el sentido que nos enseñan, se aplican a casos concretos y a otra cosa, mariposa.

La libertad de pensar, tal como la defendemos aquí, va soldada a la libertad para convertirla en discurso público y es un pensar, por eso mismo, “en contra” de las ideas recibidas, porque es la única manera de descubrir algo nuevo y de cambiar, por tanto, la realidad cambiando su percepción. A esa apuesta, sea o no compartida, juega uno desde que tiene uso de razón. Una anécdota: en una de mis clases de Filosofía, en unas aulas en las que nadie preguntaba nada, le hice una pregunta a mi profesor, que, tras una risita sarcástica -secundada por mis traidores compañeros- me soltó: “Friaza, ¿por qué se complica usted la vida…?”. Asumir la libertad y con ella el pensamiento y la política es, efectivamente, complicarse la vida. Pero eso, lejos de ser un problema, es lo que la hace digna de ser vivida.

Inquilin

La palabra inglesa inquilin está mucho más marcada que la española “inquilino”. Inquilin designa a los animales que usan para vivir las madrigueras o refugios de otras especies. Hay un matiz parasitario u okupa que no tiene el equivalente en nuestra lengua. En el ámbito humano, pues, desde el punto de vista de la xenofobia, el emigrante es visto como un inquilin, una especie invasora que ocupa nuestras viviendas, calles y ciudades para vivir en ellas, como unos inquilinos gorrones. Me parece sugerente abordar lingüísticamente el problema de refugiados y emigrantes como un caso de inquilinato, sujeto, como se entiende en inglés, a miedos y competencias zoológicas por el territorio muy arraigadas en nuestro cerebro antiguo.

Derecho moderno y animismo

Una de las paradojas del derecho moderno es, ¿cómo llamarlo?… su “animismo”. Por ejemplo, la Iglesia Católica, otorga de facto naturaleza de persona jurídica1 al feto humano (hubo un tiempo, como contraste y lección, en que negaba que las mujeres tuvieran alma, y aquello se discutió en un concilio). La cada vez más fuerte influencia de los partidos animalistas y organizaciones adyacentes nos están acostumbrando a otorgar a los animales (¿sólo vertebrados?) una subjetividad consciente y sufriente. Los movimientos en pro de una Declaración Universal de los derechos de los animales son ya antiguos: más pronto que tarde, la veremos y nos habituaremos a ella. ¿Pero dónde estará el límite a este nuevo animismo? ¿Incluiremos el mundo vegetal y microscópico? La teoría de Gaia establece una especie de intersubjetividad al planeta, una suerte de “inconsciente colectivo” de todas las especies vivas, si queremos imaginarlo así. Una “supersubjetividad” que la convierte en persona jurídica también: los derechos del planeta…

La paradoja es que, en paralelo a esta extensión universal de las personas jurídicas, portadoras de derechos, los derechos humanos, los más antiguos y consagrados en el tiempo histórico, sufren retrocesos temibles día tras día. De forma complementaria a su fragmentación y a su exclusiones: los derechos “sociales”, que siguen sin entrar en la gran Declaración, y las nuevas inclusiones, el derecho a nuevas identidades y su reconocimiento público… Pienso que se trata de un corrimiento de perspectivas a la que no se presta la debida atención.