Trabajo, salud, felicidad: el sudor de tu frente (y 2)

Si la ingenuidad aún mantiene viva en algún lector la creencia de que a los gobiernos les importa nuestra salud, en algún sentido paternal o desinteresado, debería abandonarla y desterrarla: los gobiernos son patrones más que padres, como en aquella hermosa película, Padre padrone, de los hermanos Taviani, en la que un padre autoritario explotaba sin piedad a su hijo.

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Del blog: «Comprendre, agir et penser avec Hannah Arendt»
El gobierno nos dejaría fumar como locos en todos sitios si eso no ocasionara tantas bajas por bronquitis, o tan pobre productividad, o tantos gastos médicos, o como quiera que midan la equivalencia de la salud y el tiempo excedente de trabajo. Pues ese es su único y crudo interés. Aún recuerdo con tristeza que, en los momentos puntuales en que se empezó a hablar en los Medios de la implosión financiera, de la escandalosa destrucción de 50 millones de empleos en el mundo, un telediario emitió un largo reportaje sobre las bajas laborales fraudulentas.

Las preocupaciones del gobierno-patrón por la salud de los trabajadores, tan poco filantrópica, tiene su historia y sus vicisitudes, como todo. William Davies («La economía política de la infelicidad», New Left Review, 71) cuenta que un libro sobre el dolor de espalda de Gordon Waddell fue el inspirador de las preocupaciones del gobierno británico por la salud de los trabajadores ingleses. En ese libro descubría su autor que, en contra de la opinión tradicional -que del dolor de espalda se recupera uno con descanso- muchas de esas aperreadas dolencias se curan mejor y de forma más rápida si se sigue trabajando. El paradigma ejemplar para comprender que la salud y el bienestar son un simple factor económico para los estados.

Sobre todo teniendo en cuenta que la depresión es la causa de incapacidad más extendida, en la misma proporción en que se extiende el paro o el trabajo inmaterial, el que está relacionado con la información y los ordenadores, del que tanto se habla. Según nos cuenta Davies, en la década de los 90, a raíz del estudio de los efectos psicológicos del desempleo, se fraguó la economía de la felicidad. Es uno de los atolladeros en que anda metido el capitalismo zombie que padecemos; en este mismo artículo se mencionan intentos gubernamentales, más o menos descabellados, por paliar ese problema universal que les supone la infelicidad de la gente, que ha roto con el equilibrio hedonista del consumismo. Es ilustrador recordar, por ejemplo, que el nuevo laborismo de Tony Blair propició un programa de Acceso Creciente a las Terapias Psicológicas, un proyecto de terapia conductista que puso en manos de un técnico formado en la London School of Economics…

¿Qué les voy a contar más que no nos deprima también a nosotros…? Pues alguna perla podemos añadir aún. En 2007, según los datos que aporta Davies, el ministerio de Cultura británico encargó unos cálculos contables para comprobar la rentabilidad económica de los eventos culturales o los costes del deterioro psicológico del desempleo, descubriendo que, por ejemplo, la asistencia regular a conciertos tiene un impacto sobre la felicidad equivalente a 9000 libras de ingresos adicionales. O que habría que pagar 250000 libras a un desempleado para compensar los daños psicológicos ocasionados por la vivencia del paro…

EvolucionAunque no llegaremos nunca a la hipérbole del Reino de Bután, que mide estadísticamente su progreso por la Felicidad Nacional Bruta, en vez de por el PIB, una salida semejante andan buscando las democracias mercantiles contemporáneas, para salir del círculo vicioso y paradójico en que nos han metido: ser más felices, trabajando menos y en condiciones que en una enorme parte del mundo recuerdan a las que describían Marx o Dickens en sus novelas. Educar a los jóvenes en el estrés de la eficiencia y la producitvidad tecnológica, la competencia y la ambición en un mundo que los va a invitar, por el contrario, al desempleo y la depresión. Aceptar unas reglas de juego dramáticas en las que nadie cree. Jugar una partida de naipes en una mesa donde hay más tahures y burlangas que jugadores que siguen las normas del juego…

A uno no se le ocurre, para acabar, nada mejor que recordar las palabras sabias que Epicuro dirigió a Meneceo: «El principio de todo esto, y el bien máximo, es el juicio (…) y nos enseña que no existe una vida feliz sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con juicio, belleza y justicia sin ser feliz». Que así sea. Podría ocurrir que el tiempo sobrante (ni socialmente necesario, ni plustrabajo) que pueda regalar el paro, la baja por depresión o la desazón de la infelicidad nos sirviera para recuperar el alma crítica y epicúrea (y no el «espíritu burlón y el alma quieta» que denunciaba Machado) que, al menos, nos ha sido dado sentir y adivinar en las plazas españolas en estos días, el mejor antidepresivo posible…

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Capitalismo, salud, felicidad: el sudor de tu frente

Aunque el capitalismo ha conseguido durante las últimas décadas hacerse invisible, hacerse pasar por la única realidad posible, como el paisaje y el horizonte, como el marco y aire de la escena sobre cuyo fondo todo estaba permitido, excepto el cuestionamiento de su propia existencia (su dureza e injusticia extrema, su locura), a pesar de eso, el modo de produciión capitalista está siempre en precario, y ha tenido que justificar siempre su necesidad.

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«Strassenarbeiter» (óleo sobre lienzo), de Daniel Wiesenfeld

Lo ha hecho -antes de este vendaval de destrucción y muerte que es el neoliberalismo financiero- siempre con una doble promesa: de utilidad y placer, mediante la posesión de mercancías y fetiches -tangibles o intangibles-, pero también aportando un sentido, una justificación, cosas como la creación de riqueza, el fin de la pobreza y la enfermedad, el progreso científico humano, el enaltecimiento de la civilización… El olvido de esa necesidad de dotarse de sentido, algo que ocurre históricamente con el neoliberalismo, es el que está provocando la sensación de desafuero y ambición extrema, de orfandad y de intemperie cruda que transmite el mundo contemporáneo. La intuición de Max Weber de que el capitalismo no se puede mantener sólo con más dinero, más opciones y más placer está en el corazón de esta «crisis».

Es así como, perdido y olvidado su propio sentido -pese a la ingente máquina de propaganda que tiene a su disposición; a pesar de que los regímenes políticos de las democracias mercantiles se han fundido en él, con todo su aparato de dominación ideológico y ético, un hombre un voto, a su alcance-, el régimen del mercado, la república de la propiedad ha devenido en un régimen nihilista. Ese nihilismo lo sufren, de manera particularmente intensa, los trabajadores. La tesis fundamental de Hannah Arendt en La Condición humana es que nuestra sociedad contemporánea, a pesar del desarrollo tecnológico y la abundancia infinita (y la instisfacción e infelicidad también infinitas que acompañan siempre al consumo), significó la vuelta triunfante del Animal Laborans y la desparición del Homo Faber.

En la evolución del trabajo que ella estableció, el Animal Laborans correspondía al trabajador preindustrial, para quien el esfuerzo y la fatiga de trabajar formaba parte del ciclo biológico de sus necesidades: no tenía una idea del proceso de transformación que llevaba a cabo, no había sentido ni fin ni belleza posible en lo que hacía. El homo faber (que históricamente correspondería al trabajador de la era industrial), por el contrario, tenía un sentido para el proceso de su trabajo, que controloba de principio a fin: la transformación de la materia, que con su esfuerzo llevaba a cabo, tenía una finalidad, una utilidad, y él era el artífice. El homo faber era el carpintero o el albañil  -yo lo he conocido aún en su declive final; era todavía el mundo de mi infancia- que, terminada la faena, contemplaba con orgullo y placer la obra hecha, echando el cigarrillo del final de la jornada.

Büro
«Büro» (óleo sobre lienzo), de Daniel Wiesenfeld

Ya en 1958 detectó Hannah Arendt su desaparición, la vuelta del Animal Laborans, el trabajador embrutecido y alienado, enfermo de melancolía, depresión y miedo, desposeído hasta de su condición en nombre del «culturalismo político». Porque, en efecto, hablamos de inmigrantes, de su diversidad religiosa, de tolerancia, de integración, de discriminación racial, pero no hablamos de su principal seña de identidad: la de trabajadores. Nuestro Isaac Rosa se ha atrevido, con éxito admirable, a convertir al animal laborans en protagonista de una ficción literaria, en su La Mano Invisible, libro desolado pero revelador y hermoso en su tristeza, sobre el trabajo posmoderno, su soledad y su humillación.

Esta falta de sentido de que hablamos corroe como un cáncer la sociedad contemporánea. Y a los trabajadores / parados que, en las condiciones alienadas de la contemporaneidad, ni siquiera pueden vender su fuerza de trabajo, los transforma en enfermos, en personas tristes y solitarias. Sobre las relaciones históricas entre la salud y el trabajo, o sobre cómo la felicidad y la infelicidad de la gente se han convertido en uno de los atolladeros en que está metido el capitalismo neoliberal, seguiré hablando en la próxima entrada.

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