Osuna, 1956

Pienso, como Eugenio Trías, que la falta de recuerdos de nuestra vida prenatal es una carencia, filosófica y vital. A ella se unen los pocos y difusos recuerdos del nacimiento y la primera infancia. La mayor parte de ellos, además, son imágenes recreadas de lo que nos han contado los padres o los hermanos mayores: una ficción, en realidad.

Yo nací en mi casa, como todos mis hermanos, no en un hospital. Así que las vagas reminiscencias  de olores, ruidos y luces que me quedan de aquel tiempo remoto pertenecen a mi casa familiar. Mi madre me contaba que mi parto fue el menos doloroso de los cinco que tuvo y que, realmente, nací solo sin que apenas se diera cuenta. Me gusta fantasear con que ahí está el origen de mi pensamiento libertario. Según ese relato, que yo he ido adornando, había tormentas esa noche y mi padre volvió en bicicleta del campo en el que había estado trabajando aquel día por caminos embarrados y totalmente mojado.

Da igual que fuera asi o no, nuestros recuerdos son una ficción, un relato al que intentamos dar un sentido, pero que, en realidad, se apelotonan en una especie de singularidad sin espacio ni tiempo, como la que imaginan los físicos en los momentos iniciales del Big Bang. Así que más que en esa narración imaginaria del pasado que inventa nuestra memoria, estamos siempre más bien donde decía el verso de Caballero Bonald: en el tiempo que nos queda.

Desaparición del primer plano

 

Publicado antes en infoLibre . El artículo es un desarrollo de un apunte que saqué en mi canal de Hubzilla y aquí, en una entrada reciente. Trata sobre el trastocamiento del tiempo y el espacio en nuestro mundo. Internet es para mí, sobre todo, un espacio para la creación viva, que nace, se desarrolla o rectifica en la intertextualidad crecida al calor de lecturas y diálogos, en el salto y metamorfosis de un medio a otro…

Pienso a menudo en la dislocación del espacio y el tiempo en nuestro mundo. No es solo -o no es lo más preocupante- el encogimiento del tiempo que trajo a nuestras vidas el afán de productividad y consumo de la economía-mundo capitalista y su efecto más letal: la prisa contemporánea, el contagio de la velocidad instantánea a que se mueve el dinero, en su bulimia insaciable de acumulación y cambio, que no deja de aumentar.

Un trastueque parecido ya ocurrió con el espacio cuando la revolución de los transportes plegó la Tierra y la convirtió, según el dicho, en un pañuelo. El precio de ese ensanchamiento de tierras y poblaciones que conocemos como colonialismo, y hoy como globalización, se conoce en líneas generales: los genocidios y migraciones masivas, las corrupciones políticas, las guerras y dictaduras sin fin. En un resumen muy apretado: la mercantilización universal del mundo natural y el mundo humano, la destruccción – solo a veces creativa- de lugares y modos de vida que aún no ha terminado.

Ni siquiera se trata del afán continuo de novedades, de la intranquilidad y desasosiego general, de la exasperada hiperactividad estática que han traído a las nuevas generaciones las tecnologías instantáneas de la telecomunicación y, particularmente, la del teléfono móvil y los gadgets que incorpora. Al fin y al cabo, era previsible, incluso la transformación de su uso compulsivo en trastornos de adicción, con sus correspondientes terapias conductistas o hasta medicamentosas, pues ese es el destino final de los males sociales en la realidad contemporánea, sean el paro, los insomnios o la soledad: su conversión en enfermedades privadas.

Lo que sucede es más bien, según lo entiendo hoy, lo que Marco d’Eramo llama «la desaparición del primer plano». Según cita este pensador, asiduo colaborador de la New Left Review, Wolfgang Schivelbusch (The industrialization of Time and Space in the Nineteenth Century) distinguía entre “paisaje” y “panorama”. «El panorama lo asociaba al viaje en tren, porque tal como se ve desde la ventanilla, el primer plano pasa tan rápido que debe ser omitido de la escena. El panorama es un paisaje cuyo primer plano, la parte más cercana al observador, ha sido suprimido. Hoy en día, para nosotros, el mundo entero se ve como un panorama. Estamos ahora ciegos ante todo lo que se mueve en el primer plano, justo delante nuestro, y no sabemos cómo reconstruir el paisaje.»

El autor de esta observación, Marco d’Eramo, comienza su reflexión (NLR, 107) sobre el espacio-tiempo contemporáneo con una confesión llena de perplejidad: “Al cumplir mi hijo los 16 años, me percaté de un hecho extraño. Unas veces con su madre y otras conmigo había viajado por cuatro continentes y visitado ciudades lejanas como Yakarta, Los Ángeles, Nairobi o Moscú, pero nunca había estado en Lucca, Pisa o Florencia.”

Esta paradoja (comprobable también en nuestras relaciones sociales en Internet) tienen que ver con la revolución de los transportes, que mencionaba al principio, que ya llamó la atención a Marx, quien se dio cuenta de que, gracias a ellos, el capitalismo estaba trastocando la percepción del tiempo y el espacio, pese a no haber conocido la posterior revolución de las comunicaciones. Esta revolución supuso el nacimiento del primer gran mercado global y, con él, del consumismo occidental.

Este trastorno de la perspectiva del cerca y el lejos explica también por qué la caridad o el apoyo solidario -una vez desaparecido el sueño de la revolución universal- se dirige tan elocuentemente a los necesitados lejanos: nuestro pobre ideal está en otras latitudes, nunca a la vuelta de la esquina: porque no lo vemos, ya no forma parte del paisaje…

Como tampoco hay ya ni paisaje ni biografía en nuestras amistades en la Red, como decía más arriba, ni identidad frente a la que perfilarnos en un primer plano, en un diálogo real, pues a su omisión se suma la inexistencia del lenguaje corporal, que solo en la distancia corta cobra sentido; la ausencia de las miradas o de la voz atribulada en temblor de ternura o ira, que ayude a concebir un marco humano, capaz de sacarnos del ensimismamiento, del carnaval perpetuo de nuestras sociedades virtualizadas. O de librarnos de ese rumor de fondo adormecedor, de esa cháchara universal desemantizada en su mayor parte, que el gran MacLuhan, que solo conoció los Medios de Masas en sus primeras fases, supo, con tal lucidez, adivinar: «hablan y hablan sin cesar, pero no dicen nada»…

 

Apuntes, 4

El coronel ya no tiene quien le escriba

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Edward Hopper, “Estafeta de correos”.

A mí me da mucha pena esta noticia que enlazo más abajo. He sido un desmesurado escritor de cartas y, además trabajé un verano de cartero. Eran tiempos de servicio militar obligatorio en España, y aún recuerdo emocionado la espera impaciente de mi paso de chicas que, tras la celosía o las cortinas, me vigilaban por si les dejaba  carta de sus novios, que estaban haciendo “la mili”. Me han dado mucha felicidad, me han quitado mucha soledad. Me carteé con conocidos y con desconocidos. Gracias a una corresponsal a la que nunca conocí en persona, leí Sinuhé el egipcio, porque ella me lo envió en un paquete de regalo…

Las cartas ya no forman parte del presente sino como una sombra del pasado. Pertenecen a un mundo antiguo, más lento y demorado, más enamorado de las palabras… Pero, aun así, la aceleración del tiempo histórico es tan vertiginosa que el email, que fue el sustituto natural de las cartas en papel, es ya, también, una antigualla, una rémora lenta y pesada de otra época, que las nuevas generaciones han dejado a un lado. Vivimos el tiempo del microrrelato y el mensaje telegráfico, del chiste encapsulado, del toque de atención o el emoticono, de la imagen consigna, de la tiranía del anuncio y el eslogan, del desprecio, por fin, de la escritura, entendida como una pesadez innecesaria, un lastre para un tiempo vacío y muerto que solo se llena con los gases inodoros del aburrimiento, con la flatulencia del gran bostezo universal que engulle al mundo contemporáneo …

Dos de cada tres españoles ya no reciben ni envían cartas

Dos de cada tres españoles (el 63,1% de la población) ya no reciben ni envían cartas postales a otros particulares, según la encuesta que realiza la Comisión Nacional del Mercado y la Competencia (CNMC) para elaborar su panel sobre los hogares, informó Europa Press.

De igual forma, más de la mitad (el 53,9%) de los ciudadanos no visitó nunca una oficina postal en los últimos seis meses, y quien lo hizo fue para recoger envíos y paquetes.

El ‘superregulador’ del mercado considera que estos datos ratifican que los servicios postales se usan cada vez en menor medida, como consecuencia del “efecto sustitutivo” de las comunicaciones electrónicas.

La tendencia a la desaparición de las comunicaciones postales también se aprecia en los envíos administrativos y de empresas de servicios.

Contar el tiempo

El otro día hablaba con una compañera de la dificultad que tienen los alumnos para recordar periodos de la Historia. Los siglos bailan como bailan las eras civilizatorias o los periodos artísticos y literarios. Yo le explicaba que esa dificultad la recordaba en mí mismo hasta los 20 años al menos, que tiene que ver con el desarrollo cognitivo y la capacidad de abstraer y convertir en real el conocimiento fantasma del pasado.carrera-contra-el-tiempo-en-los-relojes

Más allá de los Beatles, le decía, ellos ven, en una curvatura del espacio-tiempo, un cielo estrellado en que años y siglos se pegan y apelmazan unos con otros en una gran pelota o madeja. Todo eso que va más allá de nuestros recuerdos, o de los recuerdos que oímos de nuestros mayores, no tiene medida, ni comienzo, ni fin.

A todos nos pasa, también a los adultos. ¿Cómo “recordar” momentos del pasado en que la gente hablaba, vestía o cantaba de maneras que no forman parte de nuestra experiencia de lo real, que es lo cercano, lo que se puede medir con el metro de una vida?

El conocimiento de la Historia es solo un ejercicio de imaginación, la Historia misma, un centón de relatos de ficción. La paradoja -que hizo nacer esta charla con mi amiga- es que nuestras enseñanzas están basadas en ese malentendido. Desde que vi esto claro soy extremadamente benévolo con los errores de mis alumnos a la hora de contar el tiempo histórico…

Nada es dos veces

En el poema “Nada dos veces”, la poeta polaca Wislawa Szymborska1 juega sabiamente con el equívoco de “nada”, de tal manera que el título nos remite a la nada, que es todo, que nunca se repite, pero al mismo tiempo evoca la conocida condena de Heráclito a no nadar dos veces en el mismo río. O nos convoca a nadar sobre nuestra propia nada entre los días, pues no es el mismo ninguno…

Idilio en el mar, Sorolla

El poema de Wislawa Szymborska empieza así:

Nada sucede dos veces
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.

En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.

No es el mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.

Todo está enredado en la memoria como las cerezas en un cesto: Estos versos me llevaron a una entrevista que leí hace tiempo -en la consulta del dentista, ¡en una revista de una compañía de seguros!- al periodista Iñaki Gabilondo, en la que contaba que al amanecer, antes de empezar su exitoso programa de radio “Hoy por hoy”, se iba solo a la azotea del edificio de la cadena SER en la Gran Vía y miraba el cielo y el paisaje urbano de Madrid con la intensidad y emoción de esa idea fija: no voy a volver a verlo, porque nada es dos veces… Pero también me veía y oía yo mismo, en la primera clase a las ocho de la mañana, subiendo las persianas de la gélida aula e incitando a mis alumnos dormidos a mirar las nubes y las copas de las castaños a través de la ventana, con el mismo mantra: Mirad bien esas nubes rosadas; no las volveréis a ver porque nada es dos veces…

Serían otras las palabras del periodista y otras las mías, que ahora se confunden con las de Wislawa Szymborska: porque tampoco ninguna palabra es dos veces. Nunca se repite su resonancia en el aire, ni es igual el chasquido de la lengua o la fuerza o languidez del chorro de aire que la expele al mundo, convertida en ave o piedra, para que diga y signifique, emocione o convenza, provocando risa, llanto o amor o mal decir…

Nada es dos veces, y por ello cada vida es única, porque está trenzada de momentos que son llamaradas y epifanías nunca iguales. Ser consciente de ello nos hace caer en la cuenta de que con cada muerte desaparece una especie, una especie única; con cada lengua que deja de hablarse se aniquila un mundo que ha dejado de nombrarse. Con cada regreso del día o la noche, de la canícula o la niebla, con una sola explosión de polen y semillas vuelve a la vida y la luz, desde la nada y la sombra en que estaba sumido, un universo recién nacido.

Solo en la triste ciencia de los números y la economía las cosas son las mismas dos veces. Agustín García Calvo demostraba en su Sobre los números que la cuenta de los naturales empezaba en el 2, porque la serie se basa en el principio de identidad, que cualquier cosa puede volver a aparecer como la misma: es así como del 2 nace el 1, pues cada cosa y cada cual deben ser iguales a sí mismos y retornar y repetirse una y otra vez. Solo que para ser la misma cada cosa, tiene que dejar de ser, debe morir para ser contada y achicharrada en el crisol de la ciencia y su tenebrosa alquimia incompatible con la vida. Y es así como para ser nosotros contables, y conocibles y predecibles, y poder responder, por tanto, a un nombre propio y soportar la responsabilidad de una biografía o un voto, debemos renunciar a la vida, en el tiempo plano sin tiempo en que pasado y futuro son siempre los mismos, como lo son para la Historia y las Compañías de seguros. Sin darnos mucha cuenta, pero presintiendo continuamente la mentira trágica y la fanática fe terrible en que así es la realidad, nadamos sobre el mismo mar sin agua del cuadro de Sorolla, sobre el lecho de piedras de este río sin agua, el mentido río en que podemos nadar dos veces, la cuenca seca en que nadamos sobre tan tragicómica nada…


  1. Szymborska, Wislawa, Poesía no completa, México, ed. FCE, 2014. 

El tiempo pone que va a llover hoy

Aunque no es ninguna sorpresa comprobar a diario que los científicos constituyen la nueva casta sacerdotal, pues son sus sustitutos históricos, no deja de llamar la atención la fe con que la gente atiende y extiende los pronósticos de los hombres del tiempo. «El tiempo pone que va a llover hoy, llévate el paraguas» -dice uno. Y con energía redoblada, replica al incauto que le intenta objetar, aunque sin mucho convencimiento, que él ha mirado al cielo y no ha visto una sola nube, y que, además, no nota la sensación de frío o el aire húmedo, todas esas cosas, en fin, que siempre hemos sabido por experiencia y porque lo veíamos hacer a nuestros mayores, «el tiempo no se equivoca ya nunca, de modo que llévate el paraguas. O tú mismo». Es digna de admiración y asombro esa fe, más incólume según pasan los días y tornados, capaz de desmentir la observación, la experiencia y el recuerdo de una tacada, de eliminar de nuestros usos un gesto humano tan ancestral como mirar al cielo y sus nubes (por aquí dicen algunos aún: «si las nubes tienen el color y el aspecto de la panza de una burra, es que va a llover»), respirar hondo para olisquear la humedad o sequedad del aire.

El hombre del tiempoNo quiere uno desdorar con esto el saber de los meteorólogos, líbrenos Dios, que ya ha oído o leído uno que manejan en sus cálculos las matemáticas del caos y los números complejos, y le han contado que, entre la chatarra infame que ya rodea la atmósfera terrestre, allá lejos, hay satélites -de los pequeños, seguramente, trabajadores y observadores infatigables y honestos de las nubes y los vientos, desde arriba, en inverosímil perspectiva, contraria a la nuestra- que ven e interpretan para sus diseñadores o usuarios el tiempo que va a hacer. No, cómo se van a discutir esas cosas, sólo mostrar su asombro pretende uno.

Porque es que se parece también eso que pasa con el tiempo a lo que, a veces, ocurre ahora con los alumnos: «maestro, pues yo he visto un documental que decía que…», que, en contagio muy de estos tiempos, hace saltar a otro con «eso no es así, porque yo leí en una página de internet que la cosa es así o asá…» A eso es a lo que se llamaba argumento de autoridad, más o menos como lo que hacía el protagonista del Libro de Buen Amor cuando afirmaba ufano «Aristóteles dijo, y es cosa verdadera /que el hombre por dos cosas trabaja: la primera, / por el sustentamiento, y la segunda era / por conseguir unión con hembra placentera.» por escribirlo así, en la triste prosa del castellano contemporáneo. Sólo que el Aristóteles posmoderno es el Profesor Google o el Hombre del Tiempo.

Científico de otro tiempoNo es nada sorprendente, decíamos al principio, aunque sí llamativo, a todas luces, la extensión de esa fe y el dogmatismo con que se mantiene. De siempre -pensemos en la Edad Media, por situarnos en un momento temporal más conocido y concreto- el poder político ha necesitado de otro poder -un poco al estilo de las dos fundaciones que imaginó Asimov en su conocido ciclo novelístico-, digamos más «espiritual» que cuidara de la elaboración, enseñanza y mantenimiento de una norma o canon que sirviera de marco a las creencias de los súbditos o ciudadanos. Durante siglos, esa segunda fundación fue la Iglesia, las iglesias mejor dicho. Tras su caída en descrédito, y al par que crecían los descubrimientos y prestigio de los científicos, la Ciencia heredó el viejo encargo de explicarlo todo y de crear, mantener y extender el marco conceptual para la comprensión del mundo. Lo ha hecho muy bien, y a la vista de todos está.

Como toda fe, la explicación o norma científica ha sustituido la observación directa y la remisión a la memoria o a la experiencia, como dejaba clara la anécdota inicial del hombre del tiempo, justo al contrario de lo que la propaganda del método científico presume de expandir a través de la educación social: la observación, la hipótesis y la experimentación. Para ello están los expertos, los técnicos y sus máquinas y laboratorios, tal como la Iglesia de la Contrarreforma aliviaba del peligro de la lectura e interpretación personal de la Biblia a sus desprevenidos e ingenuos feligreses: dándosela ya interpretada por sus sacerdotes, custodios del saber. Exactamente igual que los Intérpretes y Guardianes del Tiempo.

Los pasos contados del hombre y la pérdida del sentido

Es profundamente aleccionador observar a un hombre paseando con un perro, oír la música callada a que obedecen sus pasos disímiles. El hombre, como si siguiera un compás (uno, dos, uno, dos) binario que no rompen los desniveles del terreno, el frío, el calor o la lluvia ni las ganas reprimidas de mear o sentarse, ni la belleza del cielo o aquel macizo de flores o el rayo de luna entrevisto al doblar la esquina. El perro, por el contrario, al albur de su capricho o necesidad, acelera el paso o se detiene al sentir la atracción fatal de un olor sorpresivo que investiga con morosidad. Salta, bulle, retrocede mil veces, desesperado por los pasos inmutables de su amo, al que invita al juego o la aventura infrucutosamente. Es así, también, como anda el niño que aún no ha interiorizado la música secreta del andar burgués (uno, dos, uno, dos… y la mirada al frente).

niña-perroCuando la gente corre en las ciudades lo hace también con sus pasos contados; con la cara abstraída (los hay que van oyendo los saltos de su corazón y midiendo o contando sus pulsos y latidos, con cables y aparatitos instalados en pechos y brazos, como controlando el buen funcionamiento de la máquina, ensimismados tal espectadores pasivos y ausentes de sí mismos) mirando sin ver, aburridos y como invisibles, a veces también acompañados por alguna música de moda que los distrae y desgaja del contorno mediante unos auriculares. Ni siquiera se ven ya las caras de espanto del corredor urbano, como la que evocaba Adorno, tras el autobús o tranvía que se marcha sin remedio, que le hacía escribir en sus Minima Moralia  “En otro tiempo se corría para huir de los peligros demasiado graves para hacerles frente, y, sin saberlo, esto es lo que aún hace el que corre tras el autobús que se le escapa”.

Es este mismo pensador el que hablaba con nostalgia del paseo lento como insignia de la dignidad burguesa, “la dignidad humana se aferraba al derecho al paseo, a un ritmo que no le era impuesto al cuerpo por la orden o el horror”. La idea del hombre máquina de La Mettrie, con la conciencia fragmentaria del propio cuerpo, reducido a órganos y funciones (corporales que después son psíquicas, y todo eso que nos es tan familiar por el dictum inapelable de las ciencias) ha sustituido cualquier otra que pudiera incorporar la imagen de un cuerpo sin órganos, concebido y sentido como un todo. La idea de la biopolítica (Foucault, Negri) entendida como el control de almas y cuerpos, por decirlo de una manera que ya suena a muy antigua pero que es tan escandalosamente contemporánea, nos ayuda a comprender esas carreras surreales y mecánicas, esas huidas nihilistas (de las mil maneras que hay de huir la mejor es salir corriendo) y fantasmales de las multitudes de solitarios que corren en las alboradas y atardeceres espectrales de las ciudades.

Antonio Machado explicaba de una forma muy sencilla e inteligente (como siempre lo hacía todo) por qué a él le gustaba pasear y aborrecía el deporte o la gimnasia. Estas manifestaciones contemporáneas -que tanto fascinaban a los poetas futuristas o al mismísimo Ortega y Gasset, tan poco deportista, tan de silla y excursiones como Machado- las veía nuestro poeta, en metáfora afortunada, como el arte abstracto. Si éste quintaesenciaba líneas, formas, colores o texturas desgajándolas de los objetos o siluetas del mundo de la vida, así las contorsiones, movimientos, posturas o carreras de los deportes y gimnasias devenidas en espectáculo o medicina, habían sido vaciadas de cualquier sentido o fin práctico: correr para huir de un peligro, empinarse sobre los  dedos de los pies para subir a un árbol, abrazándose a él con brazos y piernas, para coger el fruto apetecido, pinzar con los dedos de las manos la herramienta necesaria para crear o transformar las cosas del mundo humano, rozar con la yema de los dedos la piel que nos ha enamorado…paseantes burgueses

Pero esto forma parte del despiece general que caracteriza fatalmente la pérdida absoluta del sentido en nuestro mundo. Sea en el ámbito que sea (la salud, la educación, el trabajo, el amor o la memoria) ya solo somos capaces de percibir partes desconectadas, desgarradas de cualquier todo que las dote de sentido. En educación, se abstraen procedimientos y técnicas, destrezas o, como se las llama ahora en la neolengua, competencias y se quieren convertir en el mismo objeto ausente de la enseñanza. La idea de salud nos obliga a observar nuestros órganos y vísceras como un entramado de funciones abstractas, tanto como los síntomas, dolencias y estándares saludables de las distintas piezas de la máquina. Del amor, concebido en términos psiquiátricos o morales, se desgajó hace mucho el sexo, entendido a la manera machadiana, como una faceta más de la medicina preventiva. El viejo arte, acaso alguna vez noble, de la política y el gobierno del procomún, ha sido fragmentado en saberes “técnicos” que tienen como base la estadística (que, a su vez, nos reduce a número, funciones y valor fiduciario) y el dinero y su movimiento perpetuamente acelerado. El animal laborans contemporáneo, del que hemos hablado en otras entradas, de la mano de Hannah Arendt, ejecuta tareas parciales, desconectadas cuidadosamente de cualquier sentido o finalidad.

Así, todos los restos del mundo, de la vida dañada, son cada día esmeradamente despiezados y envueltos para su consumo como mercancías tecnológicas asépticas o como los tocones congelados e insípidos y como acorchados, obscenas metonimias, que connotan la abundancia de los supermercados, tal los inodoros alimentos metafóricos (calorías, vitaminas, esencias biológicas o metafísicas) de que alimentamos nuestra hambre, anoréxica y bulímica, sin saciedad posible. Las abstractas líneas geométricas o conceptos ecológicos, bajo el nombre abstracto de naturaleza, sustituyen en nuestros paseos al desaparecido campo, del mismo modo que el pasear mismo se ha convertido en el deporte del senderismo o como el correr desesperado del miedo se travistió para siempre en el placebo medicalizado con cuya evocación comenzábamos, y terminamos, esta entrada.

Tiempo libre, tiempo esclavo

Da muchísima grima la naturalidad con que el esclavo adopta el lenguaje del amo, los trabajadores la lengua y razones del patrón y los consumidores, desclasados y en crisis que somos ya todos, seguimos hablando, con tan pasmosa inconsciencia, de nuestro tiempo libre o de vacaciones o nos esperanzamos en inciertos retiros aplazados en las fronteras difusas de la ancianidad. Puesto que todas los conceptos se definen por sus contrarios, una idea recibida (¡qué precisa es esta expresión que tanto gustaba a Flaubert!) como la de “tiempo libre” sólo se puede entender frente a un tiempo esclavo. Así está dispuesto en el cielo de las ideas de Platón, inmutables y muertas como números. Con ellas únicamente podemos hacer retruécanos, por ver si nos liberamos de su maleficio, como el que yo hacía en mis 15 Asaltos de que estamos condenados a la pena de trabajos forzados, pues es lo mismo afirmar que estamos forzados al trabajo. Tanto como condenados a la diversión, los viajes y el ocio, que son su contrario y están, por tanto, sujetos a la misma ley.

"Salida de la fábrica", de los Hermanos Lumière.
“Salida de la fábrica”, de los Hermanos Lumière.

Es así que todos andamos ya, los que aún trabajamos -los que no lo hacen, encuadrados en el ejército de reserva de mano de obra barata universal, quieren hacerlo: es lo mismo-, planeando, aunque sea aún vagamente, el periplo de las vacaciones, las inquietudes y expectativas renovadas -por más que siempre se muestren vanas- de un tiempo libre que nos permita recuperar, mediante la diversión y el ocio, la vida buena, sacudirnos, como de un mal sueño, el cansancio de trabajar. No nos damos cuenta de que el ritmo mecánico y acelerado del trabajo y el consumo ocupa, como los gases, todo el tiempo disponible que deviene, así, en el tiempo vacío y muerto a que nos ha acostumbrado desde hace siglos la civilización del capital. Los herederos del hombre-masa del siglo XX nos hemos transformado ya en estereotipos y la diversión (a pesar de que, en su engañosa etimología significa “alejar”, di-vertere) está petrificada en repetición y aburrimiento.

Los anuncios televisivos ya nos van persuadiendo de que llega el tiempo de adquirir productos o estrategias para perder kilos, disimular mollas o broncear nuestra castigada piel. La promesa de felicidad plausible o simple diversión que nos traerán el sol, las vacaciones y el hermoseo de nuestros cuerpos volverá a funcionar pues la aceleración del tiempo del capitalismo es también la aceleración del olvido. El tiempo libre es también tiempo esclavo, la diversión es trabajo que consume mercancías y fetiches que consumen, a su vez, el tiempo laboral de otros: hoteles, bares, discotecas, chiringuitos, autobuses, trenes, aviones… Como advertía, con su lucidez hiriente, Th. W. Adorno, el “siempre lo mismo” es el precio que nos hace pagar la razón ilustrada del capitalismo por la engañosa sensación de tranquilidad que nos da, a cambio de nuestra renuncia a la libertad, la justicia y el placer, nos ofrece este tiempo plano y vacío en el que la felicidad es siempre una promesa continuamente postergada. La diversión es aburrimiento planificado, la cultura se reduce a distracción mercantilizada.

La melancolía del domingo se define por la ilusión renovada del viernes, en un ciclo infernal de fábrica fordista en el que no reparamos siquiera. El alcohol, el pitillito, el baile extenuante, la excursión fugaz que sólo sirve para contarla a la vuelta cosificada en fotografías, la exposición, el museo o el cine, aceleran el olvido que devuelve vigencia y novedad a la próxima escapada, di-vertere, escaparse. Para volver, pues el tiempo libre está medido con exactitud, en su duración y precio: la vida buena es cara y, aunque hay otra más barata, esa ya no es vida, como le gustaba decir a una amiga sevillana. Como la acedia de los monjes medievales, la melancolía y aburrimiento del domingo se cura con el lunes; la del lunes, con el viernes y su promesa siempre rota. Siempre lo mismo.

salidasEl poeta francés Francis Ponge contaba así la salida del trabajo: “un timbre estridente invita a desparecer de manera inmediata de estos lugares. Reconozcamos que nadie necesita que se lo digan dos veces. Una loca carrera se disputa en las escaleras”. Como la desbandada de los chicos tras la última sirena del viernes, turba ruit… Terminemos con este mismo poeta, que fue capaz de dedicar versos hermosos a la casita humilde del caracol y que comparó el rastro de su baba sobre la tierra a la dignidad del hombre: “Cada uno cree que se mueve con libertad, porque lo obliga una opresión extremadamente simple, que no difiere mucho de la gravedad: desde el fondo de los cielos la mano de la miseria hace girar el molino”. Mañana es lunes…

“Slow train coming” o Elogio de la lentitud

Slow train coming es el título de un álbum que sacó Bob Dylan en 1979, pero, por esas caprichosas asociaciones de la memoria, más que a sus canciones, el evocador título sobre la lentitud del tren me remite a mi primer viaje en el AVE que me llevó, en ese estado de semiconsciencia que provoca la velocidad, desde Sevilla a Madrid sin poder ver -lo que se dice ver- ni siquiera un árbol, pues tras la hermética ventanilla los árboles (que sobrevivían en mi recuerdo de los viejos ferrobuses y expresos, al compás de la marcha trabajosa de aquellos lentos y queridos trenes, en la rítmica e hipnótica sucesión regida por el efecto Doppler) y los campos pasaban ahora como palitroques quebrados y surreales, tal caprichosas geometrías fractales, ante mis asombrados e impotentes ojos, que inútilmente querían retenerlos en un instante imposible, pues se habían transformado en ráfagas sombrías y fantasmales.Slow train coming

Vivimos sometidos a la ley de la aceleración universal que, como hemos comentado ya muchas veces, debemos entenderla como la expansión del movimiento continuo del capital en su búsqueda continua de mercados y beneficios, su persecución demente del crecimiento continuo. Con la alianza providencial de las tecnologías del transporte, la información y la comunicación, enfrascadas, a su vez, en la superación de las barreras (que imponían antes, aunque a duras penas, los frenos de la escala humana) de la velocidad y el almacenamiento, la aceleración sin sentido y el mangoneo del tiempo de la vida afectan ya a todos los ámbitos humanos.

Y es que, en efecto, aunque sigue siendo creencia general que el tiempo y su administración son un fenómeno natural, sometido a la ley de nuestra libertad para hacer con él lo que queramos, frente a tantas evidencias en sentido contrario, lo cierto es que su gestión y manipulación forma parte, de una manera muy íntima, de los estados, sean estos dictaduras o repúblicas de la propiedad y el crecimiento continuo y acelerado. Para comprobar hasta qué punto el tiempo es arbitrio del poder sólo habría que recordar decisiones recientes sobre los calendarios o los nombres de sus subdivisiones (semanas, meses, años) como los decretos del fallecido dictador de Turkmenistán, Saparmourad Niazov, que modificaban los nombres de los días de la semana, dictaba la entrada en la edad adulta a los 25 años o en la vejez, que, según su soberana decisión, no acaecería antes de los 85. Intentos que tienen antecedentes tan gloriosos como los de la Revolución francesa y sus rebautizados meses, que a su vez mantienen aún las reminiscencias imperiales, judías y cristianas.

Movimiento slowPero no hay que ir tan lejos en el tiempo. En estos días nuestros democráticos y ahorradores gobiernos nos recordarán el cambio de hora, tan incomprensible e injustificable como siempre (ya mostraba su asombro e incomodidad Manuel Machado en su delicioso Día por día de mi calendario) y que, en la recepción popular es entendido correctamente, a regañadientes, como lo que es en realidad: una simple decisión soberana, que nos recuerda quién es el verdadero dueño de nuestros madrugones e insomnios, hoy como ayer. Del mismo modo que las recientes decisiones de nuestro gobierno de derechas al retrasar la edad del retiro laboral están tan claramente emparentadas con los decretos del dictador turkmeno sobre el advenimiento de la vejez, que recordábamos unas líneas más arriba.

Los verdaderos señores del tiempo, pues, son los que deciden los turnos laborales contemporáneos (incluidos los periodos de «teletrabajo», vendidos por los técnicos del agit-prop como una verdadera ganga que haría posible por fin la compatibilidad del trabajo y la vida familiar), tan flexibles como los comerciales (que obligan a tantos trabajadores a abandonar su casa justamente cuando vuelven sus hijos del colegio), al albur de los caprichosos e insondables ritmos de vida, vespertinos y nocturnos, de ejectutivos, mandamases y ricachones o gente de mal vivir.

También las secuencias horarias vigentes en colegios, institutos y universidades, que pasan por ser tan naturales y espontáneas como comer a las 4 de la tarde, o comer de pie a cara de perro, o en la misma mesa o banco en que se trabaja, son decisiones tomadas con una intención determinada: romper la cadencia de la vida. Como recuerda, con tino, Igor Martinache en Alternativas Económicas (número 1, página 48) «Pierre Bordieu (…), retomando las ideas de la psicóloga Aniko Husti, apunta cómo la división de la jornada en horas puede dificultar el desarrollo de los niños, ya que se prohíbe una serie de actividades demasiado cortas o demasiado largas, y también se induce a lo que los psicólogos llaman efecto Zeigarnik: es decir la frustración de ser interrumpido en una actividad que se desea continuar».

Elogio de la lentitudMuchos movimientos, bajo el paraguas de la palabra inglesa slow y el icono del humilde caracol,  enarbolan la defensa de la lentitud, que -quién lo hubiera dicho- se ha vuelto revolucionaria: slow foodslow city, slow science…En todos ellos se denuncia la misma sensación de prisa que nos embarga, sin saber por qué: un apremiante y desasosegado desconcierto de que no nos da tiempo nunca a hacer lo que queremos, que es, como siempre denunció Agustín García Calvo, lo que se nos manda, la realidad construida a la velocidad del AVE haciéndose pasar por la única realidad legítima, comprensible, natural como la vida misma.

Como decía un amigo, nada queda ya en el hombre que sea natural, espontáneo o instintivo salvo, quizá, buscar la teta de la madre cuando nacemos. Lo demás, es aprendido, interiorizado a través de la represión o imbuido por la educación, la propaganda y la publicidad, si es que las tres cosas no son la misma. Es posible verlo como inevitable o hasta necesario, como hace Norbert Elias al considerar que el proceso civilizatorio, en su etapa contemporánea, puede entenderse como una construcción de la realidad que consiste en interiorizar obligaciones externas, que pasan así a sentirse como normales y naturales. Quizá el lector haya aprendido a sentirlo de esta forma, pero espero, al menos, haberle inducido, con los ejemplos y razones anteriores, a eso que las ficciones policiales y jurídicas de esa otra escuela que es la televisión o el cine nos ha enseñado a llamar una duda razonable.