El hombre polilla: la metáfora del hombre contemporáneo, de Elisabeth Bishop (ES/EN)

El Hombre-Polilla (The Man-Moth) es un poema de la escritora norteamericana Elizabeth Bishop (1911-1979), escrito en 1935 y publicado en la antología de 1946: Norte y sur (North and South).

El Hombre-Polilla, uno de los mejores poemas de Elizabeth Bishop, está inspirado en un error tipográfico en un artículo del New York Times, en el que se utilizó equivocadamente el término manmoth [«hombre-polilla»] en lugar de la palabra correcta: mammoth [«mamut»]. En una entrevista, la autora mencionó que es errata «parecía estar destinada» a ella:

«Un oráculo me habló desde la página del New York Times (…) A una le ofrecen este tipo de declaraciones oraculares todo el tiempo, pero a menudo se las pasa por alto, o el significado se niega a permanecer en su lugar.»

El Hombre-Polilla nos introduce en un escenario urbano, nocturno: la luz de la luna se filtra por las grietas de los edificios, y esto atrae a una criatura humanoide, extraordinariamente delgada, que emerge de las alcantarillas. El El Hombre-Polilla no puede ver la luna, pero sí sentir su luz. Comienza a trepar por un edificio; cree que la luna es en realidad una pequeña abertura en el cielo por la cual podrá meter su cabeza. Está asustado, pero la luz lo atrae inexorablemente…

El Espejo Gótico «El Hombre-Polilla»: Elizabeth Bishop; poema y análisis.

El hombre polilla

Aquí, arriba,
las grietas de los edificios se llenan de desmesurada luz de luna.
Toda la sombra total del hombre es sólo tan grande como su sombrero.
Yace a sus pies y semeja a un círculo donde puede pararse una muñeca
y él es como un alfiler invertido, la imantada punta hacia la luna.
No ve la luna; observa solamente sus infinitas propiedades,
y siente la extraña luz sobre sus manos, ni cálida ni fría,
una temperatura imposible de registrar en termómetros.
Pero cuando el Hombre Polilla
hace sus raras y ocasionales visitas a la superficie,
la luna parece muy distinta. Emerge
desde una abertura bajo el borde de una de las aceras
y nervioso comienza a escalar las caras de los edificios.
Piensa que la luna es un agujero en lo alto del cielo,
demostrando que la protección del cielo es del todo inútil.
Tiembla, pero debe investigar hasta dónde puede escalar.
Por las fachadas,
arrastra tras de sí su sombra como un trapo de fotógrafo,
sube con miedo, pensando que esta vez conseguirá
meter su pequeña cabeza en esa abertura redonda y limpia
y ser arrastrado a través de ella como por un tubo en
volutas negras contra la luz.
(El hombre, parado debajo de él, no se hace esas ilusiones.)
Pero el Hombre Polilla debe hacer lo que más teme, aunque,
claro, fracase, y caiga asustado pero sin lastimarse apenas.
Entonces vuelve
a los pálidos subterráneos de cemento a los que llama casa.
Revolotea, se agita, y no puede montarse en los trenes silenciosos
con la celeridad que le convendría. Las puertas se cierran rápidamente.
El hombre polilla siempre se sienta en sentido contrario
y el tren arranca de inmediato, a toda velocidad,
sin cambiar de marchas ni moverse gradualmente.
No puede calcular la velocidad a la que viaja hacia atrás.
Cada noche debe
Ser transportado a través de túneles artificiales y tener sueños recurrentes.
Así como las traviesas se repiten bajo su tren, éstas subyacen
en su precipitado cerebro. No se atreve a mirar por la ventana,
porque el tercer raíl, la intacta corriente de veneno,
corre ahí a su lado. La mira como a una enfermedad
cuya susceptibilidad ha heredado. Tiene que llevar
las manos en los bolsillos, como otros deben llevar mitones.
Si lo atrapas,
ilumínale los ojos con una linterna. Es todo pupila negra,
una noche entera en sí misma, cuyo horizonte de pelos se
contrae cuando él devuelve la mirada y cierra los ojos. Entonces, de
los párpados se desliza, como el aguijón de una abeja, una lágrima, su única posesión.
Se la enjuga con disimulo, y si no estás atento
se la tragará. Pero si lo vigilas, te la entregará,
fría como de manantiales subterráneos y lo bastante pura para ser bebida.

The Man-Moth

Here, above,
cracks in the buildings are filled with battered moonlight.
The whole shadow of Man is only as big as his hat.
It lies at his feet like a circle for a doll to stand on,
and he makes an inverted pin, the point magnetized to the moon.
He does not see the moon; he observes only her vast properties,
feeling the queer light on his hands, neither warm nor cold,
of a temperature impossible to record in thermometers.
But when the Man-Moth
pays his rare, although occasional, visits to the surface,
the moon looks rather different to him. He emerges
from an opening under the edge of one of the sidewalks,
and nervously begins to scale the faces of the buildings.
He thinks the moon is a small hole at the top of the sky,
proving the sky quite useless for protection.
He trembles, but must investigate as high as he can climb.
Up the façades,
his shadow dragging like a photographer´s cloth behind him,
he climbs fearfully, thinking that this time he will manage
to push his small head through that round clean opening
and be forced through, as from a tube, in black scrolls on the light.
(Man, standing below him, has no such illusions.)
But what the Man-Moth fears most he must do, although
he fails, of course, and falls back scared but quite unhurt.
Then he returns
to the pale subways of cement he calls his home. He flits,
he flutters, and cannot get aboard the silent trains
fast enough to suit him. The doors close swiftly.
The Man- Moth always seats himself facing the wrong way
and the train starts at once at its full, terrible speed,
without a shift in gears or a gradation of any sort.
He cannot tell the rate at which he travels backwards.
Each night he must
be carried through artificial tunnels and dream recurrent dreams.
Just as the ties recur beneath his train, these underlie
his rushing brain. He does not dare look out the window;
for the third rail, the unbroken draught of poison,
runs there beside him. He regards is as a disease
he has inherited the susceptibility to. He has to keep
his hands in his pockets, as others must wear mufflers.
If you catch him,
hold up a flashlight to his eye. It´s all dark pupil,
an entire night itself, whose haired horizon tightens
as he stares back, and closes up the eye. Then from the lids
one tear, his only possession, like the bee´s sting, slips.
Slyly he palms it, and if you´re not paying attention
he´ll swallow it. However, if you watch, he´ll hand it over,
cool as from underground springs and pure enough to drink.

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Where literature and art intersect, with an emphasis on W.G. Sebald and literature with embedded photographs

You can download a compilation of all of the titles from my multiple Photo-Embedded Fiction & Poetry Bibliographies from here on Vertigo. This free PDF lists in chronological order the over 700 titles I have located from the 1890s through 2023 which have photographs as an essential part of their text. To reduce file size, this compilation does not include the images of the book’s front covers

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«Pasado en claro», de Octavio Paz

Pasado en claro de Octavio Paz es un poema largo de alrededor de seiscientos versos escrito entre finales de 1974 y principios de 1975, en Cambridge, Massachusetts. Es un texto principalmente autobiográfico en el que se entreveran muchos temas, en su mayoría ya explorados por Paz a lo largo de su obra poética, como el transcurrir del tiempo, la fuerza creadora de la palabra, la poesía, el erotismo, la memoria, la orfandad del ser humano y el vínculo con la naturaleza. En el poema conviven dos voces: la del poeta que recuerda desde el presente y la de un pasado que reinventa, con lo que se urde una poética del habitar, de la casa, del hogar y de la infancia.

Enciclopedia de la literatura en México


Imagen/foto

A Roman Jakobson

Oídos con el alma,
pasos mentales más que sombras,
sombras del pensamiento más que pasos,
por el camino de ecos
que la memoria inventa y borra:
sin caminar caminan
sobre este ahora, puente
tendido entre una letra y otra.
Como llovizna sobre brasas
dentro de mí los pasos pasan
hacia lugares que se vuelven aire.
Nombres: en una pausa
desaparecen, entre dos palabras.
El sol camina sobre los escombros
de lo que digo, el sol arrasa los parajes
confusamente apenas
amaneciendo en esta página,
el sol abre mi frente,
balcón al voladero
dentro de mí.

Me alejo de mí mismo,
sigo los titubeos de esta frase,
senda de piedras y de cabras.
Relumbran las palabras en la sombra.
Y la negra marea de las sílabas
cubre el papel y entierra
sus raíces de tinta
en el subsuelo del lenguaje.
Desde mi frente salgo a un mediodía
del tamaño del tiempo.
El asalto de siglos del baniano
contra la vertical paciencia de la tapia
es menos largo que esta momentánea
bifurcación del pensamiento
entre lo presentido y lo sentido.
Ni allá ni aquí: por esa linde
de duda, transitada
sólo por espejeos y vislumbres,
donde el lenguaje se desdice,
voy al encuentro de mí mismo.
La hora es bola de cristal.
Entro en un patio abandonado:
aparición de un fresno.
Verdes exclamaciones
del viento entre las ramas.
Del otro lado está el vacío.
Patio inconcluso, amenazado
por la escritura y sus incertidumbres.
Ando entre las imágenes de un ojo
desmemoriado. Soy una de sus imágenes.
El fresno, sinuosa llama líquida,
es un rumor que se levanta
hasta volverse torre hablante.
Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos
que luego copian las mitologías.
Adobes, cal y tiempo:
entre ser y no ser los pardos muros.
Infinitesimales prodigios en sus grietas:
el hongo duende, vegetal Mitrídates,
la lagartija y sus exhalaciones.
Estoy dentro del ojo: el pozo
donde desde el principio un niño
está cayendo, el pozo donde cuento
lo que tardo en caer desde el principio,
el pozo de la cuenta de mi cuento
por donde sube el agua y baja
mi sombra.

Continuar leyendo ««Pasado en claro», de Octavio Paz»

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"Mi familia" (Jesús J. Prensa Madrid, 1989)

las fotografías pueden ser también cartas al futuro
un texto, un libro
(cuando todavía no se sabe cómo escribirlo)
que empezaría, quizás, así

la primera Navidad que pasamos fuera de casa fue en Melilla. Otra fue en Baia Mare. O en Faro. En 2023 pasamos la Navidad en Poznań. Cuando muchos volvían a casa nosotros nos íbamos y nos reencontrábamos

en las fotografías están ellos, mis padres y mi hermana, con las fotografías puedo reconocerlos y reconocerme. Los gestos, la postura, el color, aquel momento (en el metro de Berlín y en el bar mleczny de Rataje), antes y despuÉs

continuar juntos

(ahora, siempre que conozco a alguien, hago dos preguntas:
¿tus padres se quieren
qué tal te llevas con tus hermanos?)

en la familia uno se encuentra, se reconoce
encuentra, reconoce
quiere
hay libertad.
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Sabía leer el cielo

He terminado de releer Sabía leer el cielo, un libro que combina textos de Timothy O’Grady con fotografías de  Steve Pyke, fotógrafo de The New Yorker. Es un libro que me ha parecido precioso del que, gracias a la editorial Pepitas de calabaza, tenemos ya una digna traducción al castellano, a pesar de que el original se publicó en 1997. Era ya conocido y estimado, según me entero ahora, y hay una película inspirada en él, I Could Read The Sky así como una canción de de Mark Knopfler, Mighty Man. Una y otra las enlazo al final de la entrada.

Los textos de O’Grady evocan, con una fuerza lírica tremenda, los recuerdos de su protagonista individual, un irlandés que encuentra un sentido para su vida en las canciones que sabe tocar con su acordeón (27 canciones, según leemos en uno de los fragmentos que transcribo a continuación) y en el amor total que siente por una mujer, Maggie, descrita siempre de forma elusiva, con sinestesias que la identifican con los elementos de la naturaleza: el viento, el mar, la tierra…

Hay otro personaje, colectivo, que se nos va presentando bajo diversos nombres, apariencias e historias, en representación de los campesinos irlandeses que, a comienzos del siglo pasado, emigraron a Inglaterra a trabajar en la construcción de túneles y carreteras o casas, en el trabajo agrícola -de un campo ya industrializado- o ganadero. Cambian tanto de trabajos como de nombres y la realidad húmeda y sucia de los cuartos oscuros donde duermen o de las tabernas donde se emborrachan o cantan, se compensa con los recuerdos rurales de su infancia perdida en Irlanda. Como dice el protagonista narrador en este fragmento, cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado…

Cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado. Después trabajé. Pavimenté carreteras, rompí cemento, excavé bajo viviendas y retiré barro. Conté paladas, conté patatas y conté ladrillos. Fue el tiempo en el que tuve un pasado. Era pesado como los bloques que lastran una barca. Sin pasado me habría hundido. Creía que tenía futuro también, pero no podía verlo. Estaba en las cosas que levantaba y acarreaba y en lo que me daban por hacerlo. Era un futuro que parpadeaba y se oscurecía cuando intentaba mirarlo.

Bajo los epígrafes «lo que sabía hacer» y «lo que no sabía hacer», que cito ahora, podemos leer una declaración de principios sobre un saber, el saber obrero de antes de la división social del trabajo -a través de la especialización que estos campesinos aún no conocen- nos vuelve indefensos, torpes e ignorantes para vivir. Un saber total. Un saber que es un hacer, pues los trabajadores siempre han sido los hacedores del mundo…

Lo que sabía hacer:

Sabía remendar redes. Techar con paja. Construir escaleras. Tejer una cesta con juncos. Entablillar la pata de una vaca. Cortar turba. Levantar un muro. Pelear tres asaltos con Joe en el ring que papá instaló en el granero. Sabía bailar. Leer el cielo. Armar un tonel para caballas, Arreglar caminos. Construir un bote. Rellenar una silla de montar. Colocar una rueda en un carro. Cerrar un trato. Preparar un campo. Manejar la volteadora, la rastra y la trilladora. Sabía leer el mar. Disparar con puntería. Coser zapatos. Esquilar ovejas. Recordar poemas. Sembrar patatas. Arar y gradar. Leer el viento. Criar abejas. Liar gavillas. Fabricar un ataúd. Aguantar la bebida. Asustar con historias. Sabía qué canción cantarle a una vaca mientras la ordeñaba. Tocar veintisiete canciones en el acordeón.

Lo que no sabía hacer:

Tomar comidas sin patatas. Confiar en los bancos. Llevar reloj. Invitar a pasear a una mujer. Trabajar en desagües o con objetos más pequeños que un clavo. Conducir un coche. Comer tomates. Recordar las rutas de los autobuses. Sentirme cómodo con el cuello de la camisa. Ganar a las cartas. Reconocer a la reina. Soportar las voces altas. Observar el protocolo de los saludos y las despedidas. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una fábrica. Tomar café. Mirar una herida. Seguir el críquet. Entender la forma de hablar de un hombre del oeste de Kerry. Llevar zapatos o botas de goma. Imponerme a PJ en una discusión. Hablar con hombres que llevan cuello de camisa. Flotar en el agua. Enfrentarme al dentista. Matar un domingo. Dejar de recordar.

El libro acaba con esta última cosa que no sabía hacer: dejar de recordar… Vale la pena leerlo, en tiempos como estos en que el desprecio hacia los campesinos y obreros de ciudades, y más aún si son emigrantes como estos irlandeses, por parte de los poderosos y las clases ociosas, ha cobrado estos tonos tan hirientes y humillantes que todos conocemos… Seguramente porque ya nadie sabe leer el cielo o el mar y se ha clausurado el mundo como un enigma que tiene la apariencia engañosa y banal de un escaparate luminoso.

I COULD READ THE SKY

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Molly Bloom’s Soliloquy from «Ulysses»

Molly Bloom’s soliloquy, with which Joyce’s «Ulysses» ends, is fascinating. Not because of its literary or lyrical nature – on the contrary, it is vulgar English – but because of the freedom in the evocations and ramblings of her insomnia with which Marion summons the dream…. Throughout the monologue, the memories of her passionate sexual relationship with Hugh Boylan and the incurable nostalgia for her native Gibraltar stands out… Here is the final excerpt:

…I love flowers I’d love to have the whole place swimming in roses God of heaven there’s nothing like nature the wild mountains then the sea and the waves rushing then the beautiful country with fields of oats and wheat and all kinds of things and all the fine cattle going about that would do your heart good to see rivers and lakes and flowers all sorts of shapes and smells and colours springing up even out of the ditches primroses and violets nature it is as for them saying there’s no God I wouldn’t give a snap of my two fingers for all their learning why don’t they go and create something I often asked him atheists or whatever they call themselves go and wash the cobbles off themselves first then they go howling for the priest and they dying and why why because they’re afraid of hell on account of their bad conscience ah yes I know them well who was the first person in the universe before there was anybody that made it all who ah that they don’t know neither do I so there you are they might as well try to stop the sun from rising tomorrow the sun shines for you he said the day we were lying among the rhododendrons on Howth head in the grey tweed suit and his straw hat the day I got him to propose to me yes first I gave him the bit of seedcake out of my mouth and it was leapyear like now yes 16 years ago my God after that long kiss I near lost my breath yes he said was a flower of the mountain yes so we are flowers all a woman’s body yes that was one true thing he said in his life and the sun shines for you today yes that was why I liked him because I saw he understood or felt what a woman is and I knew I could always get round him and I gave him all the pleasure I could leading him on till he asked me to say yes and I wouldn’t answer first only looked out over the sea and the sky I was thinking of so many things he didn’t know of Mulvey and Mr Stanhope and Hester and father and old captain Groves and the sailors playing all birds fly and I say stoop and washing up dishes they called it on the pier and the sentry in front of the governors house with the thing round his white helmet poor devil half roasted and the Spanish girls laughing in their shawls and their tall combs and the auctions in the morning the Greeks and the Jews and the Arabs and the devil knows who else from all the ends of Europe and Duke street and the fowl market all clucking outside Larby Sharans and the poor donkeys slipping half asleep and the vague fellows in the cloaks asleep in the shade on the steps and the big wheels of the carts of the bulls and the old castle thousands of years old yes and those handsome Moors all in white and turbans like kings asking you to sit down in their little bit of a shop and Ronda with the old windows of the posadas glancing eyes a lattice hid for her lover to kiss the iron and the wineshops half open at night and the castanets and the night we missed the boat at Algeciras the watchman going about serene with his lamp and O that awful deepdown torrent O and the sea the sea crimson sometimes like fire and the glorious sunsets and the figtrees in the Alameda gardens yes and all the queer little streets and pink and blue and yellow houses and the rosegardens and the jessamine and geraniums and cactuses and Gibraltar as a girl where I was a Flower of the mountain yes when I put the rose in my hair like the Andalusian girls used or shall I wear a red yes and how he kissed me under the Moorish wall and I thought well as well him as another and then I asked him with my eyes to ask again yes and then he asked me would I yes to say yes my mountain flower and first I put my arms around him yes and drew him down Jo me so he could feel my breasts all perfume yes and his heart was going like mad and yes I said yes I will Yes.

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«El infinito «, de Giacomo Leopardi

Giacomo Leopardi
Giacomo Leopardi
Siempre caro me fue este yermo cerro
y este seto, que priva a la mirada
de tanto espacio del último horizonte.
Mas, sentado y contemplando, interminables
espacios más allá de aquellos, y sobrehumanos
silencios, y una quietud hondísima
en mi mente imagino. Tanta, que casi
el corazón se estremece. Y como oigo
el viento susurrar en la espesura,
voy comparando ese infinito silencio
con esta voz. Y me acuerdo de lo eterno,
y de las estaciones muertas, y de la presente
y viva, y de su música. Así que, entre esta
inmensidad, mi pensamiento anego,
y naufragar me es dulce en este mar.

Giacomo Leopardi

De: «Idilio», 1826
Recogido en: «Dulce y clara es la noche»
Traducción y selección de Antonio Colinas
Ed. Galaxia Gutenberg 2019©
ISBN: 978-84-17747-92-3

Poema original en italiano

«L’infinito»

Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
E questa siepe, che da tanta parte
De l’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminato
Spazio di là da quella, e sovrumani
Silenzi, e profondissima quiete
Io nel pensier mi fingo, ove per poco
Il cor non si spaura. E come il vento
Odo stormir tra queste piante, io quello
Infinito silenzio a questa voce
Vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
E le morte stagioni, e la presente
E viva, e ‘l suon di lei. Così tra questa
Infinità s’annega il pensier mio:
E ‘l naufragar m’è dolce in questo mare.

Fuente: Trianarts

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Leer el Ulyses

Hoy estoy joyciano. Como dice Eduardo Lago «El Ulises es un laberinto narrativo en el que no resulta difícil extraviarse». Por eso no viene mal una ayuda de sus grandes conocedores, entre ellos el mismo Eduardo Lago, a quien pertenece la cita y cuyo artículo se puede leer completo en el enlace de abajo. Yo voy por la tercera lectura de esta obra increíble, esta vez en la traducción de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas -la mejor, para mi gusto-, tras pasar, con desigual fortuna, por las de José María Valverde y la de Salas Subirats. No es una lectura cómoda ni fácil, pero vale la pena.

El primer rasgo a destacar de este singular organismo narrativo es su disposición cronoespacial. Las setecientas páginas de la novela dan cuenta del transcurso de un solo día. La jornada comienza a las ocho, cuando la luz de la mañana hiere simultáneamente las piedras de la Torre Martello y la fachada del número 7 de Eccles Street, lugares donde residen respectivamente Stephen Dedalus y Leopold Bloom, quienes, cada uno en un capítulo distinto, se disponen en ese momento a desayunar. El libro se cierra en las profundidades de la madrugada, con Molly Bloom, desvelada en el domicilio conyugal de Eccles, dejándose arrastrar por la voz de sus pensamientos. En tan estrecho margen de tiempo se efectúa un recorrido tan exhaustivo de Dublín que Joyce solía decir que si algún día la ciudad desapareciera de la faz de la tierra resultaría posible reconstruirla siguiendo la descripción que se hacía de ella en la novela.

El Ulises es un laberinto narrativo en el que no resulta difícil extraviarse. Solapados entre sí, operan simultáneamente en el texto un total de nueve sistemas de referencia que se ajustan al siguiente esquema: cada capítulo se orquesta temáticamente en torno a un sentido o significado prioritario, tiene como contrapartida un episodio concreto de la Odisea, guarda relación con un arte o ciencia determinados, está presidido por un símbolo específico, representa un órgano particular del cuerpo humano, tiene un color propio, explora una técnica estilística distinta y se circunscribe a un locus arquetípico, dentro del cual la acción transcurre a una hora claramente identificable del día.

Con ánimo de facilitar su tarea, el autor le hizo llegar a Carlo Linati, traductor de la obra al italiano, un mapa de la novela, aclarando que era «para uso casero», pues no era su intención hacérselo llegar al público lector. Un escrutinio atento del mapa permite apreciar la existencia de una red de correspondencias entre los nombres de los distintos tratamientos narrativos, los títulos ocultos de los capítulos en los que figuran y el lugar que ocupa estructuralmente cada uno de ellos con respecto al conjunto de la novela. En las líneas que siguen se pone de relieve la relación que mantiene cada bloque textual con el desarrollo general del argumento.

El texto se segmenta en tres grandes unidades narrativas. La primera parte (Telemaquiada) da cuenta de las actividades matutinas de Stephen Dedalus, a quien los lectores de Joyce conocen bien, pues es el protagonista del Retrato del artista adolescente. En la segunda parte (Andanzas de Odiseo), la narración detalla las peripecias de Leopold Bloom, desde que abandona la casa donde vive con su esposa Molly y su hija Milly para emprender su larga travesía por las calles de Dublín. Con infinito humor y humanidad, la novela detalla las aventuras de Bloom, el más común de los mortales que, modeladas sobre las del héroe homérico, constituyen una parábola de la anónima existencia del hombre contemporáneo. La tercera parte (Nostos o El regreso a Ítaca), marca el regreso de Bloom a Eccles Street.

Eduardo Lago: El íncubo de lo imposible

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En torno a ‘El caballero encantado’, de Benito Pérez Galdós, 3

Publicado primero en Fronterad

No hay abstracción mayor que el Estado o la Nación o la Patria. Por esa razón está siempre a punto de diluirse en la vida de los hombres y el mundo concreto de sus preocupaciones. No es otra la causa de la importancia de los símbolos, lo que hay se llaman «relatos o -en lo que lo que nos va a ocupar en adelante- su personificación. La más importante, en el mundo contemporáneo, es su representación como mujer.

De Marianne a la Madre

David Harvey1 nos explica que hubo una fascinante lucha de iconos a lo largo del siglo XIX, el siglo de las revoluciones:

El motivo de la mujer como representación de la República y la Revolución reapareció con fuerza en la Revolución de 1830, y quedó convincentemente simbolizado en el cuadro de Delacroix La libertad guiando al pueblo. Por toda Francia se produjo un auténtico aluvión de imágenes paralelas en el periodo siguiente a 1848. No obstante, el modo en que se representaba a la mujer es importante.

Esa última afirmación es, precisamente, la que nos va a dar pie a la caracterización diferenciada de la Marianne de la Revolución francesa, y la mujer que, en El caballero encantado, simboliza a España. Pero sigamos un poco más el relato de Harvey:

Los burgueses respetables de ideas republicanas preferían figuras estáticas, con ropas y comportamientos clásicos, acompañadas de los símbolos requeridos de la justicia, la igualdad y la libertad, una iconografía que desemboca en la donación francesa que preside el puerto de Nueva York. Los revolucionarios querían un poco más de ardor en la figura. Balzac recogía esto en Los campesinos, en la figura de Catherine que recordaba los modelos seleccionados por pintores y escultores para representar a la Libertad y al ideal de la República. Su belleza, que se reflejaba en los ojos de los jóvenes del valle, florecía de la misma manera, tenía la misma figura fuerte y flexible, las mismas extremidades musculosas, los brazos rellenos, los que brillaban con la chispa del fuego, la expresión orgullosa, el pelo trenzado y retorcido en manojos gruesos, la frente masculina, los labios rojos, donde se dibujaba una sonrisa en la que había algo feroz, esa sonrisa que plasmaron Delacroix y David (de Angers) y que produjo tanta admiración. Una morena resplandeciente, la imagen del pueblo; las llamas de la insurrección parecían saltar de sus claros y leonados ojos.

Flaubert, en La educación sentimental, lo ve de otra manera: «En el hall de la entrada, de pie sobre una pila de ropas, estaba posando una prostituta como una estatua de La Libertad, inmóvil y aterradora, con los ojos como platos.»

Hubo, como se ve, una pugna entre las representaciones preferidas para el nuevo estado. En el concurso que convocó el gobierno republicano para la figura de mujer que representaría a la República, en 1848, Daumier, respondía con una de impronta maternal, en coherencia con la idea de una república social protectora y en oposición tanto a la simbología de los derechos burgueses como a la imagen polémica de la mujer revolucionaria en las barricadas. Según Harvey, «Daumier se hace eco de la revolucionaria declaración de Danton ‘Después del pan, la educación es la principal necesidad del pueblo’.

Esta es la posición de Galdós a lo largo de esta novela y lo que explica, en último término, su elección del icono femenino que representa España, su Doble en la ficción. Si, según David Harvey, «Empezó a parecer como si los bandos de aquellos vestidos con ropas de trabajadores tuvieran una República con un gorro rojo y un corpiño abierto, mientras que el campo de los caballeros, adecuadamente vestidos de oscuro, tuviera otra, una República representada por una dama, coronada con ramajes y cubierta con una toga de la cabeza a los pies.», La España que sueña y «ve» Galdós, es una mujer prudente y digna, que -salvo en los momentos de apoteosis- viste de una manera discreta y que, aunque se apasione, al final, en su defensa de los pobres hambrientos y presos (los ladrones que acompañan a Jesús en su crucifixión), que forman su último cortejo, animándolos, incluso a la rebelión, su comportamiento es siempre empático y protector. No es una mujer joven ni revolucionaria, porque España es un país antiguo y Galdós es un hombre mayor y, al fin y al cabo, un reformista, como decíamos en la anterior entrega.

Señora, dama, madre, diosa…

Señalo a continuación, para no alargar aún más esta ya extensa serie, las distintas apariciones de la Señora-Madre / España a lo largo de la novela. Me parece preferible que el lector conozca las palabras literales de Galdós a mi propio parafraseo. Todas las citas están localizadas en el capítulo y página de la edición que manejo (en nota a pie de página de la primera entrega) Acompaño, sin embargo, las citas con mis propias anotaciones, telegráficas e impresionistas, tomadas al azar de la lectura, en relación con la simbología evolutiva en el plano real y en el de la realidad encantada, sensaciones evocadas, espacio y tiempo. Estas van en letra cursiva, mientras que las citas se presentan en letra redonda y en formato de cita:

(Cap. V, p. 173) Primera aparición de la Madre. Anochecer. Incorporación al mundo del Doble. Matrona. Tránsito. Lo real maravilloso. Encantamiento. Reminiscencia: Los salones de la duquesa de Saldaña y de los condes de Fontibre, al principio y al final.

Tiene lugar tras el aparatoso paso al mundo paralelo, en una escena mitológica en la que el doble personificado de España aparece como «matrona» de un corro de ninfas en un locus amoenus muy español, pues no es otro que un encinar.

No le dejó completar su pensamiento la súbita presencia de un tropel de muchachas. (…) Eran, más que ninfas, amazonas membrudas, fuertes, ágiles, los rostros hermosísimos y atezados. Trazas tenían de mujeronas de raza, y edad primitiva, heroicas (…) Ni con actrices ni con escogida comparsería podían los taumaturgos de la escena presentar espectáculo semejante, por lo cual Tarsis abandonó el concepto de lo real para volverse al de lo maravilloso. (…) Y conforme gritaban se partieron en dos alas, dejando en medio un ancho camino, para que por él pasara, con porte de reina, una esbelta matrona, que salió de la espesura de las encinas. (…)

Era su rostro hermoso y grave, pasado ya de la juventud a una madurez lozana; los cabellos blancos, la boca bien rasgueada y risueña. Pensó Carlos que aquel rostro y aquel empaque de principal señora no le eran desconocidos. ¿Habíala visto en algún salón de la alta sociedad de Madrid. Tal vez.

(Cap. VII, p. 195) Segunda aparición. Oficio de pastor. Reina. Ensueño, el mundo onírico. Amanecer.

Pasando bajo aquel pórtico vio una rampa en la cual aglomeraciones musgosas parecían vestigios de una escalera. Subió el pastor hasta llegar a un túmulo que también podría ser trono, y en éste… ¡Ay!, si no le engañaban los ojos, si no era un durmiente que se paseaba por los territorios del ensueño, lo que vio era una mujer, una señora sentada en aquel escabel (…) Del estupor y sobresalto que embargaron el ánimo del pobre Gil, cayó este de rodillas, casi tocando la orla del vestido de la dama, y próximo a ella pudo advertir que se hallaba en presencia de la matrona que vio en la noche de su encantamiento, escoltada por las ninfas o amazonas galanas (…) Reconoció la faz de augusta nobleza, los cabellos blancos, la severa vestimenta, la mirada benigna, el sonreír afable…

La dama, entonces, sin énfasis de teatro, sin tonillo de aparición fantástica, antes bien, con el llano y gentil lenguaje que emplear podría cualquier señora viva de la más ilustre clase social, le dijo:

-Yo soy quien soy; mi reino no es el cielo sino la tierra, y mis hijos no son ángeles sino hombres.

(Cap. XVII, P. 287) Retirada de Calatañazor. Amanecer, luz. Diosa, Madre protectora. Señales celestes, apoteosis.

¿Subiría protegido de la noche a violentar solo la casa de Cintia y arrebatar a esta de grado o por la fuerza? ¿Esperaría nuevos avisos de la dama? (…)

El rosado fulgor se manifestó en algo que parecía nube, confundiéndose con la cima del monte, y la nube refulgente tomaba forma, y en esta se marcaron las facciones, el rostro de la Madre. (…)

… vio la figura completa, de estatura no inferior a la del monte mismo, cual si este, conservando su talla ingente, se personificara por arte mitológico en la más gallarda y majestuosa mujer que vieron los siglos. La Madre descendía… (…) Retrocedió Gil aterrado, pensando que, si la Señora ponía sobre él uno de sus pies, aplastado había de quedar como una hormiga. Pero huyendo hacia atrás advirtió el caballero que la grande y terrible imagen iba perdiendo su colosal tamaño a medida que avanzaba. (…) La figura venía un tanto encorvada, apoyándose en un palo… (…) Menguaba poco a poco, y no solo menguaba, sino que acercándose al caballero, le decía con afable acento:

-No te asustes, hijo, voy hacia ti, no huyas. Como sé crecer, sé achicarme cuando quiero ponerme al habla con los pequeños y humildes.

… notó el caballero que la Señora, mil veces augusta, presentaba en su faz hermosa y en su actitud señales de envjecimiento. Palidez y algo de demacración eran bien claras en su rostro, y andaba un poquito encorvada…

-El abatimiento que has advertido en mí no es vejez, yo no envejezco. No es tampoco enfermedad. Yo no padezco más enfermedades que los enojos y padecimientos que me dan mis hijos… (…) Me verás triste y caduca se desmanda y quiere precipitarme por senderos abruptos.

(…) Algo sabrás por ti mismo, sin necesidad de que traiga yo a tu conocimiento la realidad del mundo que dejaste por tus culpas, viniendo a esta ejemplaridad (…) pues en tu destierro miro por ti, deseosa de tu regeneración…

(Cap. XVIII, p. 296 en adelante) Llegada a Boñices. Comitiva. Madre nutricia. Niños, maestros.

Creciente importancia de niños, maestros y educación. La Madre, aquí protectora de los pobres, es interpelada por Fabiana, una mujer de negro, antigua conocida, como «señá María, consuelo y protección de estos probes», aunque, en contraste, más tarde la llamará «doña María» y la tratará como «Vuecencia» el maestro Alquiborontifosio. Dar de comer al hambriento…

Como no me esperabas, Fabiana, no habrás dispuesto cosa mayor para que cenemos en tu compañía, pero no vengo desprevenida, y por vosotros, más que por mí, os traigo los sobrantes de mi miseria, no tan rasa y monda como la vuestra.

Diciéndolo, metió mano al pecho, por debajo del manto que holgadamente la cubría, y sacó una soberbia hogaza de ocho libras, olorosa aún de la reciente cochura… (…)

(Cap. XXII, p. 347) Patio de Pitarque. Noticias de la Señora. Huida/persecución, pasión, pobreza, caminos…

(Habla don Quiboro) Por mi fe, que no lo entiendo. Habla usted como un demente, o esa Madre que nombra no es nuestra doña María [alusión a la imagen idealizada de Señora de alta alcurnia que le transmite Gil]. Yo le aseguro, porque lo he visto, que la Señora que cenó con nosotros en Boñices anda hoy errante por caminos y atajos, como usted y como yo. (…) La Señora, compungido el rostro y encorvadita de cuerpo por la carga de sus penas, me contó lo que ha días viene padeciendo por las ingratiudes de sus desatinados hijos, que a la cuenta son un sinfín de hijos, y por la porquería dominante en lo que ella denomina sus reinos o estados, que eso no lo entendí, ni sé lo que puede significar, así me maten…

(p. 350, en diálogo con don José Augusto)

-Déjeme usted de madres. Para mí la única madre es la Historia, y esa huye con repugnancia de los hechos y personas del día.

-No es precisamente la Historia, sino la… no śe cómo decirlo… Es el alma de la raza, triunfadora del tiempo y de las calamidades públicas; la que al mismo tiempo es tradición inmutable y revolución continua…

(p .351. Comienza la Pasión: ¿camino del Gólgota?, ¿junto al Mal Ladrón?

… En dicha cuerda, venía una pobre vieja atraillada con un facineroso, Lobato por mal nombre, muy conocido en la comarca por audaz cuatrero y asaltador de caminantes, sin respetar haciendas ni vidas. La anciana, maniatada con el bandido, parecía reproducción de la Gil llamaba Madre, solo que su mayor grado de ancianidad hacíala pasar por madre de la Madre. Encorvada y jadeante, se dejó caer al suelo apenas entró, abatiendo consigo al ladrón Lobato. En sus facciones amarillas y rugosas se traslucían los rasgos de su bellaza como perlas caídas en el fondo de un charco; su mirar se apagaba en una letal resignación de heroína vencida; de su excelsitud y majestad solo quedaban rezagos en el gesto airoso. Dudando de lo que veía, acercóse Gil a la postrada vieja y le dijo:

-¿Eres tú, Madre querida?

Y ella, mirándole cariñosa, le respondió:

-Yo soy, yo fui, porque en esta injuriosa degradación a que me han traído tus hermanos, más bien soy tu abuela que tu madre

(Cap. XXIII, p. 357-358. Cuerdas de presos, el automóvil. Muerte y Resurrección.)

Cuando a lo largo de la carretera general, en la cual entraron poco antes de las nueve, veían venir algún automóvil disparado, se les mandaba alinearse en la cuneta [en nota: durísimo y realista contraste entre las dos Españas, esto es, la de los pobres, representada en esas tres cuerdas de presos y los civiles, que les conducen, que de improviso irrumpen en la carretera general (la de Madrid-Zaragoza-Barcelona), y la de los ricos, la de los automóviles a toda velocidad.

La Madre, agobiada y envejecida, se dignó manifestarse con susurro, que el caballero interpretó de este modo: Hemos llegado a las horas de prueba… La tremenda adversidad oblígame a sumergirme en la resignación dolorosa… Yo, eterna, sé morir… He muerto, he revivido, a fuer de creyente en la grandeza de mi destino. Calla y sufre tú, como yo sufro y callo… (…) No podré ser redentora si no soy mártir….»

… Como en aquel instante iniciara la Madre un movimiento para seguir cuesta arriba, los Guardias les dieron el alto.

¡Quietos! -gritó el del feo rostro-. Quietos, o disparamos. Güela, ten el juicio que a ese loco le falta. Bajad, os lo mando por tercera y última vez.

No hicieron caso el hijo ni la Madre. Los uardias no podían eludir el cumplimiento de su deber… Los mortíferos fusiles subieron a la altura de los ojos. ¡Brrum! Dos, tres disparos rasgaron el aire con formidable estampido. La vieja y el caballero se desplomaron… Su caída en tierra fue súbita y blanda, como la de dos cuerpos colgados del cielo por invisibles hilos… que las balas rompieron.

(Cap. 24, p. 365 en adelante. Resurrección, Palingenesia)

… Ya pestañeaban en el cielo, queriendo lanzar su brillo las tímidas estrellas de Casiopea (…) cuando la vieja estrella terrestre, a quienes unos llamaban Madre, otros doña María, y los menos avisados, doña Sancha o doña Berenguela, empezó a pestañear también como las del cielo, queriendo esparcir su soberano brillo sobre el mundo. Dicen historias fidedignas que se incorporó sin desperezarse (…) Sin dar importancia a este detalle, el narrador afirma que la Madre tocó el cuerpo exánime de su encantado hijo, diciéndole:

– Gil, ¿estás muerto?

Y añade que el caballero Tarsis, sin moverse, respondió:

-En verdad, no sé si soy difunto, o si de mi defunción quiere salir una nueva vida. Te aseguro que, roto mi cráneo como una hucha de barro, las monedas, digo, los sesos salieron a tomar el aire (…) … Son los cirios de los frailes recoletos que vienen a enterrame a mí… y a ti, como es consiguiente. No hagas caso de esto, dejemos que nos entierren…

-¿Vivos? Ellos nos entierran, y nosotros nos vamos.

(Cap. XXIV, p. 368) La inmortalidad de la nación, que es, sobre todo, lenguaje.

[Tarsis a la Madre:] «Eres inmortal porque no eres una vida, sino millones de vidas»; no eres solo un lenguaje, sino millones de lenguas que espiritualmente te vivifican.»

(p. 371) «Bautizo» en el Tajo. Tránsito al ultramundo:

… llegaron al lomo de una ribera que, como dique, encauzaba la corriente del dorado Tajo. (…) La Madre se detuvo en el lomo del dique, y extendiendo sus brazos hacia el río, con elocuente ademán de mujer apasionada que se arroja en brazos de su amante, dijo así:

Al fin llego a ti, mi Tajo potente, mi Tajo impetuoso y varonil… En ti me limpio de esta mi pegadiza roña de mi vejez; en ti recobro mi hermosura y majestad.

Y ordenando al caballero con breve mandato que la siguiese sin miedo al refuelle de las ondas turbulentas, en ellas se arrojó de cabeza, vestida como ansiosa nereida que se introduce en el lecho de su amadoo.

(Cap. XXV, p. 375) Ultramundo. Los hombres de rojo y la cura de silencio. Otra transformación de la Madre. Transfiguración.

Hallábase, pues, el asendereado caballero en una nueva esfera de la vida de encantamiento que de las anteriores se distinguía por la mudanza de las formas de rusticidad y pobreza en formas de elegante pulcritud.

Llegaron a un ancho comedor con mesa dispuesta para magnífica cena de veinte o más cubiertos. En la cabecera estaba sentada la Madre, ya restituida en su soberana belleza y majestad. (…) Vestía túnica blanca, de finísima tela con pliegues estatuarios; adornadaba su seno con frescas rosas coloradas y amarillas; sus cabellos, recogidos con suprema elegancia, conservaban la nítida blancura, y su rostro, de infinita belleza y gracia, era la imagen de la dignidad concertada con dulce y afable alegría.

(Cap. XXVII, p. 390) De vuelta en Madrid y los salones aristocráticos. La duquesa de Mío Cid. Los ríos.

Camino de la casa de su tía (donde la duquesa de Mío Cid, vieja conocida nuestra)…

Hemos resucitado en el punto en que fenecimos. En casa de tu tía estuve la noche anterior a mi encantamiento. Esto es despertar en la misma postura en que nos dormimos… Pues no me disgusta esta manera de anudar el hilo roto de la existencia normal. De la casa de tu tía conservo dulces remembranzas. Allí conocí a personas que se me metieron en el corazón y en él moran todavía. Allí, si mal no recuerdo, tuve el gusto de conocer a una distinguidísima persona, de cabellos blancos, tan seductora por su talento como por su exquisito trato.

(A la pregunta del caballero) Viaja de continuo, y las ruedas de su automóvil se saben de memoria todo el mapa de España. Su chauffer es un espíritu genial, engendrado por el tiempo en las entrañas de la Historia… (Tarsis se está durmiendo) Me figuro que está en tierras de la Coronilla, a la parte de allá del Moncayo. Ayer dormía en aguas del Tajo, hoy se solaza en aguas del Ebro. Son sus maridos… Son sus amantes predilectos… Cada día le nacen mil hijos… los cría en los dorados trigales… a una y otra banda del Mulhacén, de Gredos, de Peñalara, de Montesdeoca, y en el sinfín de pueblos ricos o miserables; aquí mismo, en este Madrid picaresco, los cría y los mata.

(Ya con Cintia, que le cuenta del hijo de ambos que tuvo en Sigüenza) al que ha puesto de nombre Héspero «en honor de nuestra Madre» -Hesperia, uno de los nombres míticos de España)

Mariclío, un antecedente hegeliano de la Señora/Madre

No es esta la primera vez en que Galdós personificó una realidad abstracta. La Madre tiene un antecedente muy interesante: la Historia y su doble, Mariclío. Se le hizo tan familiar en sus últimos Episodios Nacionales, que, a veces, aludía a ella, coloquialmente, como la Macriclío. Naturalmente, la naturaleza de este otro Doble es muy distinta. La representación humana de la Historia sirve de pretexto a Galdós como un artefacto narrativo de distanciamiento, necesario para narrar hechos ya muy cercanos al presente de su escritura.

En La Primera República, podemos leer una invocación a Mariclío, ciertamente airada y extremadamente crítica, de un Galdós narrador-testigo desengañado de la Historia de España:

Crisis. ¡Crisis, Dios mío, cuando aún los primeros Ministros de la República no habían calentado las poltronas! ¿Dónde estabas, Mariclío celestial; en qué pozo te habías caído que no fuiste de Ministerio en Ministerio, chinela en mano, azotando las posaderas de toda esta gente rencillosa y quimerista, sin conocimiento de la realidad ni estímulos de patriotismo? Pienso yo que aburrida de tu oficio quieres adoptar el de alguna de tus hermanas, quitándole a Euterpe la voz angélica, los pies a Terpsícore, tal vez a Melpómene el ceño iracundo y la mano armada de puñal. Con Obdulia presencié yo el imbécil conato de regicidio. Al día siguiente del suceso, se me apareció Mariclío en la puerta de aquella tienda, y hablando familiarmente con ella tuve el gusto de acompañarla hasta la Academia de la Historia. ¿Dónde estaba la santa y buena Madre? ¿En qué rincones o burladeros escondía su clásica persona? Imposible que dejara de conocer y calificar las turbulencias del terrible año que corríamos, pues para tal oficio y menesteres habíanla dado el ser los altos Dioses. Si andaba por acá, infatigable en su fisgoneo sublime, ¿por qué a su lado no me llamaba, por qué no requería los servicios de su leal muñeco?

El gusto por estas mujeres del gran hegeliano de la Historia que fue Galdós no se detienen en Mariclío, pues también «… entraron en mi estancia Mariclío y Doña Caligrafía…»

En Cánovas, el más desconsolador, y el último, de sus Episodios, la compañía del Doble femenino es ya habitual:

Entre aquellas señoras creí ver a la dama de Mula, y seguramente vi a Mariclío, fastuosa, calzada con el alto coturno. Pasó a mi lado inundándome con su fragancia helénica. (…)

En las paǵinas de este Episodio encontramos al Galdós más filosófico, y también más premonitorio, por ejemplo en estas líneas, en las que parece adivinar lo que en la neolengua contemporánea hemos dado en llamar «posverdad».

En cuanto a la entrevista con Cánovas, y a la intervención de las Efémeras buenas y malas, diré que esto lo trasladaba yo a la esfera de mis relaciones ideológicas con Mariclío, estableciendo una especie de equilibrio entre lo cierto y lo dudoso, y saboreando los puros goces que encontré siempre en la verdad de la mentira. Lo que aquí llaman política es corteza deleznable que se llevan los aires. Desea Mariclío que te apliques a la Historia interna, arte y ciencia de la vida, norma y dechado de las pasiones humanas. Estas son la matriz de que se derivan las menudas acciones de eso que llaman cosa pública, y que debería llamarse superficie de las cosas.

También los vicios de nuestra «casta» política, que inundan la actualidad española «ad nauseam», los vemos anunciados aquí: «Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria.»

El magnífico sarcasmo de Galdós sobre aquellos que «fomentarán antes la artillería que las escuelas» nos da pie para enlazar con el último acercamiento que propongo a la historia «real e inverosímil» del Caballero Encantado: la educación como única utopía posible…

*Vuelve a las reseñas anteriores, en torno a El caballero encantado, de Benito Pérez Galdós: 1 y 2.

1. Harvey, David, París, capital de la modernidad, Madrid, 2008.

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