Mundos paralelos

Para Milica

En una cafetería, con unos amigos a los que no veía hacía tiempo, notó que uno, más joven y al que no conocía de nada, lo miraba insistentemente, con una sonrisa tierna que le hizo sentir incómodo. Por fin, le preguntó si habían coincidido en algún tiempo o lugar, si se conocían de algo. El chico sonrió aún más y le dijo: “Tú a mí no me conoces, pero yo llegué a saber de ti, a lo largo de todo un curso, cómo vestías, con quienes te juntabas y por qué camino ibas al Instituto… “

A estas alturas de la conversación, no solo Juan -que así se llama nuestro protagonista- estaba atento y en silencio, sino que todos los amigos habían dejado de hablar y escuchaban el relato del misterioso desconocido, del que nadie recordaba ni cómo ni cuándo había llegado y se había sentado con ellos… Este, tras un breve silencio, continuó: “Si quieres, te cuento cómo ocurrió todo.” Por supuesto que sí” -respondió Juan, impaciente.

“Pues resulta que una chica a la que tú no conoces porque era, como yo, de un curso inferior al tuyo, solitaria y que iba y venía al Instituto desde un pueblo cercano al nuestro, me hizo el más extraño encargo que me han hecho nunca: que te siguiera durante toda la mañana, que te observara con atención y disimulo y que, al final de la jornada le diera cuenta del resultado de mi espionaje. Estaba enamorada de ti, pero también convencida de que tú nunca lo estarías de ella.

Se detuvo y continuó, como pensando en voz alta: “Yo no supe ni pude negarme, porque ejercía un extraño poder sobre mí y -y esto es lo más triste para mí- yo estaba secretamente enamorado. Imagina mi sufrimiento al tener que contarle, al final del día, toda la información acumulada sobre ti… Y así fueron pasando los días y meses de aquel curso, hablando sobre los vaqueros que llevabas puestos o si estabas serio o contento… Hasta que las clases acabaron y la vida nos separó, hasta hoy,..”

Unas lágrimas furtivas acompañaron sus últimas palabras. Para relajar la tensión, unos se levantaron a pedir consumiciones y otros, como Juan, fueron al baño… Para cuando el grupo se volvió a reunir en torno a la mesa, el misterioso desconocido había desaparecido.

Así me contó Juan, años después, el descubrimiento de aquel amor secreto. Nunca llegó a saber quién era y, para, su desesperación, no logró recordar ningún rostro ni ninguna mirada con los que poder poner cara a su enamorada invisible. Sí recordaba lo solo que se sintió aquel último año del Bachillerato y cavilaba sobre cómo podría haber cambiado su vida si la chica misteriosa se hubiera acercado alguna vez a él, rompiendo aquel cerco de silencio que el destino alzó entre los dos.

 

Contra el humanismo

Esta reflexión va acompañada del artículo que el suizo Jakob Burkhardt (prestigioso historiador, profesor, conferenciante y polígrafo de quien tuvo siempre un cariñoso y admirativo recuerdo uno de sus alumnos más conocidos, Friedrich Nietzche) dedicó a un humanista italiano, prototipo de este renacer de la cultura antigua y del nuevo paradigma que está en las raíces mismas de nuestro mundo: Leon Battista Alberti. El texto de Burkhardt, como podrá comprobar el amigo del blog a continuación, está impregnado de apasionada admiración por este sabio italiano. Yo mismo he utilizado esta lectura en mis clases como introducción al Renacimiento y siempre ha provocado en los alumnos una actitud de sorpresa y familiaridad a la vez, leyéndola y entendiéndola desde un punto de vista contemporáneo. Pero…

Pero este artículo lo he titulado “Contra el humanismo” (sé que hay un libro de Félix Duque llamado así, pero no lo he leído: la coincidencia se debe considerar como lo que es, una coincidencia) y lo escribo desde otra perspectiva, más alejada, la de mi tiempo (“somos el tiempo que nos queda”, como dice José Caballero Bonald en un verso magistral), es decir: el tiempo en que estamos sufriendo las consecuencias últimas y nefastas del humanismo. Pues ¿qué nos enseñan nuevos conceptos científicos como Antropoceno, sino que las acciones catastróficas del Hombre sobre la Tierra, son de tales dimensiones que damos nombre a toda una era del planeta?, ¿no es fácil ver que la economía-mundo capitalista hunde sus raíces en el viejo antropocentrismo que se empezó a remover desde los finales de la Edad Media, preconfigurando las coordenadas del agónico mundo actual?

Entre las muchas cosas que debemos agradecer a los movimientos ecologistas y a sus herederos actuales (animalistas, veganos, decrecentistas, practicantes de la vuelta al campo y la permacultura…) es que nos han enseñado a relativizar la condición humana, resituándonos en pie de igualdad entre las otras especies vivas. Algo que parecía impensable hace solo unos años, como considerar a un animal sujeto portador de derechos jurídicos (ya hay al menos una sentencia judicial que lo establece así) empieza a formar parte del saber y la ética comunes entre las generaciones más jóvenes. Es fácil adivinar las líneas de un nuevo paradigma que emerge en nuestro tiempo apocalíptico, que está llamado a sustituir a la agotada perspectiva humanista, si la aceleración del tiempo y las catástrofes provocadas por nuestra especie lo permiten todavía…

Las curas de humildad de esa soberbia prometeica, que podemos encontrar en la semblanza de Alberti que escribió Burkhardt, han sido múltiples y entre ellas aún resuena con mucha fuerza las advertencias que en su teoría de a evolución nos hizo Darwin. Esta misma mañana -y seguramente es lo que me ha impulsado a escribir esta entrada- comentaba con unos amigos en una red social de la Internet libre la noticia de que en Turquía se van a prohibir, en un par de años, las enseñanzas sobre el evolucionismo darwiniano en los niveles medios del sistema educativo de ese país, aspirante aún a integrarse en la Unión Europea. Comentaba yo -y con esta autocita acabo- que lo que sucede, más allá de la cuestión de los tópicos esperables sobre el creacionismo o la enseñanza de las religiones, es que Darwin da miedo porque destronó al hombre de su condición excepcional, “a imagen y semejanza”…

Y sin más, la lectura que hoy les propongo en este claro del bosque, en contrapunto y contradicción con lo dicho hasta ahora, en este tiempo en que me siento más alejado del entusiasmo pedagógico con que la abordé durante años en el aula…

 

LEON BATTISTA ALBERTI

León Battista sobresalió desde su infancia en cuanto es digno de elogio. Así se habla de sus proezas increíbles en lo que se refiere a diversos ejercicios físicos y habilidades gimnásticas: cómo saltaba con los pies juntos por encima del hombro de una persona, cómo lanzó en la catedral una moneda que se oyó caer en la bóveda más distante; cómo los caballos más indómitos se estremecían y temblaban bajo su peso, pues en tres cosas pretendía aparecer sin tacha ante los demás: en el hablar, el caminar y el cabalgar.

Además aprendió música sin maestros, y sus composiciones cosecharon la admiración de los profesionales. Obligado por la necesidad, estudió durante muchos años derecho civil y canónico, hasta que cayó enfermo de agotamiento, cuando a la edad de veinticuatro años se debilitó su memoria, manteniéndose, sin embargo, intacta su capacidad de comprensión, se entregó de lleno a la física y las matemáticas, y aprendió al mismo tiempo las más diversas técnicas y habilidades, preguntando a artistas, eruditos y obreros de todas clases, incluso a los zapateros, sobre sus secretos y experiencias.

También se dedicó a pintar y modelar, mostrando en ello gran dominio técnico y especial aptitud para reproducir de memoria, sin modelo. Su misteriosa camera obscura despertó igualmente una especial sensación: en ella hacía aparecer ya las estrellas y la luna surgiendo tras las rocosas montañas, ya amplios paisajes con montes y bahías, reduciendo su tamaño hasta perderse en la vaporosa lejanía, donde se veían grandes flotas surcando ágiles las aguas, tanto bajo la luz del sol como bajo el cielo nublado.

Pero también celebraba con entusiasmo lo que otros descubrían, así como toda creación humana que tuviera de alguna forma en consideración las leyes de la belleza, considerándola como algo cercano a lo divino. A todo esto hay que añadir su producción literaria, que al principio se limitó a tratados sobre el arte en general, hoy considerados como definiciones básicas y testigos fundamentales del Renacimimento en el terreno de la estética, y en particular de la arquitectura.
Más tarde también produjo, esta vez en latín, abundantes poemas en prosa y novelas cortas, así como cierto tipo de escritos que luego se confundieron con las obras antiguas, amén de ingeniosos discursos, églogas y elegías. Añadamos a ello su tratado Sobre economía doméstica, obra en cuatro volúmenes y escrita en italiano, o la oración fúnebre dedicada a su propio perro. Por lo demás, todos sus dichos se consideraban dignos de ser coleccionados, tanto los serios como los humorísticos: así, en la biografía arriba mencionada, nos transmite ciertos ejemplos de los mismos, a lo largo de columnas enteras. Sin la menor reserva Alberti nos hace allí partícipes de todas sus propiedades y conocimientos, pues, como es habitual en las naturalezas verdaderamente ricas, regaló sus descubrimientos más notables sin recibir nada a cambio.

Y finalmente, se nos descubre allí también el más profundo manantial de su naturaleza, su intensa identificación con cada objeto del mundo circundante, de cuya existencia participaba al observarlo. Así, derramaba lágrimas a la vista de los árboles más soberbios y de los campos colmados; honraba la hermosura y dignidad de los ancianos como una «delicia de la naturaleza» y no se cansaba de contemplarlos; y también los animales bien formados merecían su aprecio, por cuanto la naturaleza los había favorecido especialmente; más de una vez, estando enfermo, sanó solo ante la vista de un hermoso paisaje, y no es de sorprender que aquellos que lo conocieron en tan misteriosa e íntima comunicación con el mundo exterior le adjudicaran el don de la profecía. Así se dice que predijo con varios años de antelación una sangrienta crisis que tuvo lugar en la casa de Este, así como el destino de Florencia y el de los Papas, y también se asegura que en cualquier momento podía leer en el interior de las personas, así como en los rasgos de sus rostros.

Ni que decir tiene que lo que llenaba y sostenía aquella gran personalidad era una férrea e intensa fuerza de voluntad; y también decía, junto con los más grandes del Renacimiento: «Los hombres pueden lograr cualquier cosa, a condición de desearla verdaderamente».

(Burkhardt, Jakob, La cultura del Renacimiento en Italia, Barcelona, 2005)