Beben y beben y vuelven a beber: la crisis del PSOE

El estribillo del conocido villancico es tan extraño y surrealista (tan inquietante también, tan obsesivo) como el enrocamiento y empecinamiento u ofuscación o despiste de los dirigentes del PSOE (pero también de sus cuadros regionales o locales, de sus desmoralizados militantes de barrio) en el empeño de convertir al veterano partido en una organización política irrelevante, transparente de pura falta de sustancia cuando está lejos del poder.
La crisis del PSOE Apuntémonos, pues, al tema de estos días, ya que Rubalcaba (que lleva camino de acumular tantas derrotas en su haber como las que, en un reto difícil de superar, acaparó Javier Arenas en tantas elecciones en Andalucía) y sus fieles beben y beben y vuelven a beber en las aguas de la afasia, el autismo político y la irrelevancia pública.

Se repite con insistencia que el problema fundamental de este PSOE es la falta de ideas y propuestas, pero el vaciamiento ideológico ocurrió hace mucho tiempo, desde que Felipe González consiguió que se eliminara la referencia al marxismo en sus estatutos y borró del alma socialdemócrata cualquier recuerdo de su pasado revolucionario. El poder, una vez que lo consiguió, llenó el vacío ideológico, la insoportable levedad del ser del partido que se fue llenando de arribistas y sinsustancias. Vinieron los largos años de sueños megalómanos como el de convertir la Cartuja sevillana en un Sylicon Valley andaluz o llenar España de trenes de alta velocidad y autopistas radiales en la tradición trasnochada y obsesivamente centrípeta y mesetaria de la monarquía española: de Madrid a la periferia y viceversa, la Puerta del Sol como el kilómetro cero ruinoso de una red de caminos carísimos hacia ninguna parte.

Socialdemocracia Genuflexa 300x260Pero aún así, el PSOE encarnaba para muchos, al menos, la utopía de Ortega y Gasset de la vertebración de España: tenía representación importante en todos los territorios del país y era un poderoso freno de sensatez frente a las tentaciones secesionistas de los nacioanlismos históricos y las reacciones histéricas complementarias del nacionalismo neofranquista español. Es en ese sentido en el que las últimas derrotas electorales, y la previsible en Cataluña (donde Félix de Azúa vaticina que pronto habrá de presentarse con sus siglas nacionales, tras la problable reconversión catalanista del PSC), han dejado al descubierto su naturaleza prescindible de mero conglomerado electoral, su carencia de un proyecto socialista de rostro humano.

De modo que, sin ideas y con dirigentes ofuscados con la recuperación del poder que pueda suplir de nuevo el vacío ideológico, y escorados a ese centro ideal e imposible donde siguen pensando que están sus votantes, muchos piensan que sólo un relevo generacional puede hacer menos catastrófica su caída. Como recordaba el mencionado Félix de Azúa, en un artículo reciente en el El País, «De manera que son las nuevas generaciones socialistas las que deben imponer su criterio. Si este es el de una radicalización que les aproxime a los comunistas, bienvenida sea. Y si por un milagro se plantean una política menos ideológica y más pragmática, menos reaccionaria y más técnica, una política que tenga menos que ver con la imagen y más con la realidad, a lo mejor es posible volver a votarles algún día.»

Mi hermano, un veterano y desengañado ugetista, me lo explicaba un día en el estilo lúcido y refrescante de la razón popular: «Mira, Manolo -me decía muy serio-, esto se arregla yendo a los institutos y preguntando: ‘a ver, ¿dónde están los alumnos con más nota?’ y persuadirlos para que se que se hagan militantes del PSOE» Es decir, lo contrario de la selección social inversa (la que se produce en los clubes de solteros: los más guapos y listos no se apuntan por el qué dirán, pero los feos y tontos sí porque no les importa; estos se casan, aquellos se quedan mozos) que ha llenado ese partido de bobos y vivales que se estudiaron el catecismo del capitalismo financiero en unas cuantas tardes, como es fama que hizo Zapatero, en las clases particulares de Jordi Sevilla, en los comienzos de su gira triunfal al frente del «gobierno de España», como dicen tan enfáticamente aún los anuncios de la tele que parece que él mismo diseñó.

 

El silencio del héroe

Una obra teatral (¿y qué es, si no, la actualidad política?) se viene abajo cuando los actores intentan paliar el desajuste entre un texto dramático ampuloso y vacío con la representación impostada de un falso héroe, cargada de sobreactuación de aires trágicos inverosímiles o de jeremiadas increíbles.DIGNIDAD HUMANA Es el equivalente del falsete que se carga la ejecución musical del desprevenido cantante o del gallo que traiciona la nueva voz grave del adolescente. Algo de todo eso está ocurriendo entre nosotros. El diario Público, por ejemplo, se hacía eco hace unos días de unas declaraciones de Julio Anguita en las que viejo político retirado venía a acusar a Rajoy y a Zapatero de un delito de «alta traición» por las decisiones económicas que tomaron cuando eran gobernantes. De falsetes como este hablo.

La rancia y bélica idea de la traición, por seguir con el ejemplo, siempre ha estado presente en los agrias diatribas nacionalistas (las «provincias traidoras», acusación que recordaba Anasagasti, el veterano nacionalista vasco, en una de aquellos ásperos enfrentamientos parlamentarios que sostuvo con Aznar) o en las cargas periodísticas (dejémonos llevar por el lenguaje bélico) de los Medios y políticos conservadores contra Zapatero al que acusaron, también, de traición en muchas ocasiones: desde aquella, tan profundamente ofensiva de Rajoy, de haber traicionado a los muertos por los atentados de ETA, hasta un insidioso artículo de César Vidal en el que recordaba el delito de traición y su castigo en la Roma imperial poniéndolo en relación con las decisiones políticas del ex presidente en aquel entonces. Nos ocupábamos de ello en una columna publicada en La Opinión en 2006, El Conde don Julián.

Derecho Humanos1 300x140Por el deajuste entre ese lenguaje impostadamente épico o trágico (afirmaciones performativas, de naturaleza grandilocuente y mágica como «España es un gran país y saldrá de esta crisis» o, desde la perspectiva complementaria del nacionalismo catalán, «hemos puesto a España contra las cuerdas»…) es por lo que la representación se está vieniendo abajo con tanto estrépito. No hay correspondencia entre la retórica huera de los actores, un texto dramático pobre y desviado y la realidad del público: desafinan los falsos agudos, las intervenciones hinchadas de los tenores, nadie se cree ya las jeremiadas tópicas o los monólogos insufribles de los actores; suenan los gallos adolescentes en las admoniciones severas de la primera actriz y el drama degenera, así, desde el primer acto en una tragedia cortesana y ridícula.

Como recordaba Walter Benjamin en sus indagaciones sobre el drama barroco alemán, el verdadero héroe de la tragedia griega antigua guardaba silencio: era su manera de aceptar el sacrificio frente a los dioses, a la vez que una protesta altiva contra la fiera exigencia del destino. Del mismo modo, el verdadero héroe de esta representación hay que buscarlo en el silencio digno y despechado con que tanta gente está sufriendo tamaños agravios, semejante desposesión. Silencio que adquiere más valor cuando lo contrastamos con la verborrea vacía con que los malos actores de esta tragedia ridícula llenan el ámbito de la escena, y en la que a los héroes verdaderos de las clases trabajadoras, les está tocando expiar una culpa que no es la suya, apretando los dientes, sin decir palabra, haciendo mutis por el foro lentamente, mientras imaginan un texto nuevo en otra obra, en otro lugar o tiempo tal vez, en la que, al fin libres de la máscara trágica, recuperen la voz para poder hablar y le sea devuelta la fuerza de sus manos para construir un nuevo decorado, de nuevo el mundo.

El testigo

Con ser un drama humano -que comparten con los millones de españoles que los acompañan en su penoso mutis por el foro de la vida social activa, en un paro inmerecido e injustificado el hecho de que más de 8000 periodistas hayan sido despedidos en estos años (lo recordaba Juan Luis Cebrián, que va contribuir a la suma con los 200 redactores que El País va a poner en la calle con su anunciado ERE), y no dejando de ser motivo de inquietud el cierre de cabeceras periodísticas, o su venta en almoneda a inversores de ocasión; siendo todo eso verdad, lo es más, o es una verdad de una naturaleza más dramática por sus consecuencias sociales, la desaparición progresiva y masiva, que ese desperdicio y pérdida humana supone, de los testigos que desde el siglo XVII nos venían contando con fidelidad lo que sus ojos veían. Pues esa ha sido la misión fundamental de los periodistas -los buenos periodistas, se entiende: es un pleonasmo-, de carácter tan profundamente moral: la de ser intermediarios sociales, poner los ojos, la inteligencia, la sospecha y las palabras, vigilar y desvelar con la luz pública a los poderosos y gobernantes, ir a los lugares donde pasan las cosas para que podamos ver y entender el mundo quienes nos pasamos la vida yendo de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, desentendidos de abusos, mentiras, guerras porque estamos atrapados en las mínimas batallas y escaramuzas de esta otra guerra interminable en que se ha convertido nuestra vida cotidiana…

Es una pérdida terrible. Leer, por ejemplo, en la página de Reporteros sin fronteras, los recuentos y recuerdos de las amenazas, asesinatos, desapariciones, secuestros, extorsiones sufridas por periodistas o blogueros en el mundo entero, es un acto que produce una tremenda melancolía. Por eso, quiero dedicar esta entrada a realizar un humilde homenaje al hermoso y arriesgado arte del fotoperiodismo. Aunque haya escogido algunos nombres propios inevitables, con los que me quedo a continuación, no quiero dejar pasar la ocasión de reconocer -yo, que soy tan enemigo del incómodo e impertinente telefonito móvil- la contribución que esos millones de cámaras fotográficas incorporadas al gadget más popular de nuestro tiempo han hecho ya a revelar acciones o rostros que deseaban el anonimato; su involuntario papel de incómodos testigos, su inesperada capacidad para crear arte. En las sucesivas exposiciones de que se hace eco la página de Eyephoneography, verbigracia, se pueden apreciar tan sorprendentes posibilidades (para mí, al menos, tan mal conocedor como soy del lenguaje y la técnica fotográfica, que, sin embargo tanto me fascina), como en esta foto en blanco y negro, tan sugerente, titulada «The Wait», de Annie Mallegol.

Felicia Baños
Annie Mallegol, “The Wait”

Pero la imagen que ha motivado esta entrada es esta que enlazo a continuación, del fotoperiodista afgano de la AFP Massoud Hossaini, que ganó el prestigioso premio Pulitzer y el World Press Photo Award en el 2011. Hossaini fotografió a esta niña el 6 de diciembre del año pasado, cerca de un santuario chiita, donde se produjo una explosión que dejó 80 muertos y 150 heridos. Según el testimonio del autor, que publicaba en su reseña la AFP

«Junto a la calzada, no muy lejos de la mezquita, había un lugar donde mujeres y niños se habían reunido para ver la procesión. Vi muchos niños heridos, que no se movían. Vi una niña de unos doce años, Tarana, totalmente ensangrentada, no sabía qué hacer (…) lloraba mucho.»

La imagen es de las que no se olvidan. El llanto y los gritos de espanto de Tarana rodeada de los inesperados cadáveres, el poderoso simbolismo del color verde y blanco de su ropa teñido de sangre roja son un alegato mudo contra la violencia ciega que permanece en la memoria, junto a los recuerdos personales. Y es así porque el testigo estaba allí:

El diario El País, en abril del 2012, volvía a traer a colación la singular fotografía a propósito del debate ético sobre la conveniencia o inconveniencia de publicar imágenes de una fuerza tan desgarradora como la que nos ocupa. Allí se nos contaba que, si bien The New York Times la publicaba en portada un día después, otros periódicos como The Wall Street Journal The Whasington Post (que la dio a conocer sólo después del Pulitzer y bajo advertencia) lo hicieron con cortapisas y restricciones o moralinas. Lo cierto es que, salvo el fotoperiodista Enrique Meneses -cuyo enfoque es, para nosotros, el más contemporáneo y acertado-, todos los demás, periodistas tan importantes como Gervasio Sánchez, Javier Bauluz (el único español ganador de un pulitzer, fundador de Periodismo Humano), o el mismo Hossaini, mostraban prejuicios «éticos» sobre la necesidad o deber de compartir testimonios como este. Aquí compartimos la perspectiva de Meneses: «La gente está tan sensibilizada que da vergüenza. Estamos haciendo periodismo del miedo, quien no se quiera informar que no se informe. (…) La guerra no se intuye, se vive o no se vive.». Dejo a continuación una fotografía de Tarana en su casa de Kabul, de abril pasado, y un vídeo con una impresionante antología de imágenes sobre Afganistán, proporcionada por la agencia AFP.

Tarana, 2012
Tarana Akbari en su casa de Kabul el pasado 17 de abril. / SHAH MARAI (AFP)

Decía Cartier-Bresson que la fotografía consta de tres elementos esenciales: luz, composición y corazón. Apostillaba  Lino Gonzáles Veiguela (en su blog en fronterad.com), en relación a la imagen de Hossaini, «Actualizando la frase de Bresson se podría decir que, a día de hoy, la fotografía depende de la luz, la composoción, el corazón y, en ¿demasiadas? ocasiones, el photoshop. Cada una de estas variables, si el fotógrafo así lo decide, puede generar graves distorsiones a la hora de reflejar la realidad. No se ha constatado que el fotógrafo afgano que tomó la fotografía premiada con el Pulitzer haya distorsionado ninguno de esos elementos para aumentar el dramatismo ni la violencia de la fotografía: los muertos eran reales, la sangre era real, el grito de la niña -que terminaba de perder a varios familiares- fue real.»

El juego de la verdad y la mentira, cada vez más indistinguibles, por falta de criterios de discernimiento, entre la maleza de datos y el ruido de fondo de internet, por la incapacidad de los políticos contemporáneos para gobernar sino al dictado de encuestas y técnicos en publicidad sociológica, por la indeferencia -también tan contemporánea- acomodaticia de las clases-masa del presente, o, directamente, por su renuncia a buscar la verdad (es cansado), pensarla, enfrentarse a ella, como a la esfinge… Viguela terminaba su texto con una larga cita de un artículo que Joseph Roth, publicó en el diario alemán Neue Berliner Zeitung en 1920. Vale la pena leerla:

Estuve en el hospital viendo a los «lisiados maxilares». ¿Sabéis qué son lisiados maxilares? Son hombres que Dios creó a su imagen y semejanza, y que luego la guerra remodeló a la suya. (…) A los «lisiados maxilares» les está prohibido poseer fotografías de su propia deformación. Está prohibido mostrar al público lesiones maxilares o sus vaciados en yeso que se custodian en el hospital. ¿Por qué? Debieran mostrarse lesiones maxilares en todas las revistas ilustradas del mundo, en todos los museos y columnas de anuncios. Y el ministerio de Cultura debía decretar que, durante medio año, en todos los cines de Alemania, antes de empezar la «Crónica semanal» y al final de la setenta y siete parte del «Vampiro», se mostrara una imagen: el hombre sin labios.

Y, si se imitara ese ejemplo en todo el mundo, pronto se crearía una confederación de pueblos cuyo presidente sería el soldado sin labios. Esa confederación no tendría que dar muchas explicaciones…

Acabo por ahora (volveremos más adelante, tal vez, al apasionante mundo del fotoperiodismo) tal como terminaba una de mis columnas  publicadas en La Opinión de Málaga, que titulé, justamente, con el consejo que daba el filósofo Empédocles para buscar, y encontrar, la verdad: ¡Mirad a los testigos!1