Vergüenza y culpa

Quien, como yo, haya sufrido una educación católica sentirá, como una marca indeleble, el sentimiento de la culpa o la vergüenza. Es para siempre, como bien sabía San Agustín. En un extenso episodio de sus Confesiones, cuenta el santo, avergonzado, que a sus dieciséis años, junto a una pandilla de amigos, robó una gran cantidad de  peras para tirarlas apenas mordisqueadas. Lo que más le dolía, sin embargo, era haberlo hecho, simplemente, porque estaba prohibido.(«dum tamem fieret a nobis quod eo liberet, quo non liceret»). En su introspección, intenta aclarar los motivos con estas palabras:

Pues, miserable de mí, ¿qué fue lo que fue lo que yo busqué en el hurto que ejecuté esa noche a los dieciséis años de mi edad? Hermosas eran aquellas peras, Señor, pero no era su hermosura y bondad lo que mi alma apetecía. Porque tenía yo abundancia de otras mejores, y aquellas las cogí solamente por hurtar. pues luego que las tuve, las arrojé, comiendo de aquel hurto solamente la maldad, con que me divertía y alegraba. Porque si entró en mi boca algo de aquellas peras, solamente el delito y la maldad era lo que para mi gusto las hizo sazonadas y sabrosas [quid me in furto delectaverit] (II, 6, 12)

Teniendo a la vista la culpa original, de la que no podemos librarnos («habiendo sido yo concebido en culpa, y viviendo en ella en el seno de mi madre». Sal. 51.5), dirime, en otro lugar, la vergüenza de la desnudez tal se nos cuenta en el Libro del Génesis:

Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban (Génesis, 2, 25)

Fue después cuando la vergüenza entró en el mundo:

Entonces se abrieron los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron, pues, hojas de higuera y se hicieron delantales (Génesis, 3, 7)

Todo había cambiado. Así respondía Adán a la llamada de Dios tras la Caída:

Oí tu voz en el jardín y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. «¿Y quién te ha dicho que estás desnudo?» -le preguntó Dios- ¿Acaso has comido del fruto del árbol que yo te prohibí comer? (Génesis, III, 10-11)

Ahí entró la vergüenza, y su hermana la culpa, en nuestro mundo. En la próxima entrega de esta miniserie, abordaré el parentesco -y las diferencias- entre los dos sentimientos y su naturaleza, más comunitaria que individual, frente a las apariencias que, engañosamente, los ubican en la subjetividad de la conciencia…

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