Resume, que algo queda

Publico como una sola entrada en el blog, por primera vez, las que di a conocer como dos en la bitácora de mi instituto a finales del curso 2010-2011. He revisado los errores y la redacción en algunas secuencias. Se trata de una bien fundada -eso creo- crítica a una táctica universal en la enseñanza sobre textos: la pericia del resumen. Que esté universalizada, desde luego, no quiere decir que su existencia se pierda en la noche de los tiempos, pues su práctica es más bien reciente. Ni mucho menos se da aquí por sentado que sea útil. Lea, si no, el lector amigo y curioso.

Resume

14 tesis contra el resumen

  1. Enseñar a resumir un texto es una la de las tareas más endiabladamente difíciles a que nos enfrentamos los que nos dedicamos a este «oficio de tinieblas»: ¿aunque, bien mirado, qué es fácil en la enseñanza? Su aprendizaje es tanto o más complicado que su instrucción y basta para comprobarlo echar un vistazo a los subrayados de nuestros alumnos sobre manuales o sobre hojas fotocopiadas o sobre sus propios apuntes manuscritos. El otro día, por citar el último caso, vi a un joven bachiller estudiando en la biblioteca, en un manual en el que tenía resaltadas con tinta fluorescente las líneas que, en teoría y mal que bien, contenían para él lo fundamental del tema que estudiaba: las páginas del libro brillaban como luciérnagas pues había subrayado la práctica totalidad del texto. «¿Crees que has resumido el tema o más bien lo has coloreado?», le dije. Él me respondió con una sonrisa: «pues tienes razón; lo he coloreado». Más adelante explicaré, a propósito de esta anécdota, por qué el subrayado, como paso previo al resumen, me parece un paso tan errado e inútil.

  2. Definir lo que es un resumen, y comprender uno mismo las pautas que debe enseñar para que el alumno lo haga bien, es una tarea intelectual frustrante que siempre está a punto de caer en el abismo del círculo vicioso y en la tautología recursiva: antes muerta que sencilla. Si fuera un «a priori» kantiano o una -¿cómo llamarla?- intuición, sería tan fácil como responder a la pregunta fatídica «¿cómo resumo el texto?» con un sublime, sintético y consolador «pues resumiéndolo». Y, sin embargo (risum teneatis?), es, en resumen, lo que hacemos. Veámoslo más despacio.

  3. Como hace muchísimo tiempo que tengo la mosca tras la oreja con esta cuestión, decidí hace también muchos cursos reducir la cosa a lo que llamo en clase «las tres reglas de oro de un buen resumen», por buscar más que nada alguna objetividad, aparente, en el asunto; un criterio claro, supuestamente claro, para valorar sus sinopsis y una ideal claridad expositiva. A saber:

    • Un resumen debe ser breve.
    • Debe contener sólo lo esencial del texto.
    • Debe estar redactado con un vocabulario propio, siempre que sea posible.
  4. ¿A que parece fácil y didáctico? Pues como ya vengo avisando, para nada. Y la dificultad, el abismo de la tautología en que nos hundimos todos está en la segunda regla, que es la madre de todas las reglas engañosas… Pregunta: ¿qué es lo esencial? Respuesta: lo que no es anecdótico. Pregunta: ¿Y qué es lo anecdótico? Respuesta: lo que no es esencial. Como en el DRAE. Y volvemos a empezar el cuento de la buena pipita: ¿qué es resumir? Resumir es resumir…

  5. Por último, por ahora, y tal vez lo más inquietante: se acepta como tópico común que dominar la técnica del resumen trae como consecuencia que se ha conseguido en gran parte la comprensión lectora. Como ese es el primer objetivo de la ley de Educación, he comentado con algunos compañeros a lo largo de los años, como una «boutade» con su fondo de verdad, que incumplimos sistemáticamente ese objetivo al otorgar los títulos de ESO y Bachillerato a alumnos que, en su inmensa mayoría, no son capaces de resumir un texto. ¿O no será que, negando la mayor, una cosa no tenga que ver nada con la otra?

  6. No es nada fácil salir del círculo vicioso, aunque yo intente salir airoso con ayuda de las metáforas. Muchas veces veo clara la inutilidad última de este saber tan evanescente, basado tan por los pelos en los universales, como su hermana la traducción.

  7. Me refiero ahora a las promiscuas relaciones entre resumen e Internet y el auge del microtexto en las redes sociales. Y al hacerlo, veo como una necesidad contemporánea la de enseñar lo contrario: a recoger los restos del naufragio textual en que vivimos para saber reconstruir unidades mayores llenas de sentido con los pecios microtextuales en que naufragan las lenguas y la urgencia de rescatar su dimensión perdida: la profundidad. No olvidemos que «texto» significa «tejido», es decir, el resultado laborioso y paciente del entrecruce entre una trama y una urdimbre…

  8. La única manera de romper parcialmente la razón circular es -avisaba antes- mediante la comparación y la metáfora, las viejas amigas de los maestros hoy un poco olvidadas. En mi caso, vino en mi auxilio una cuadrilla de podadores que estaban dejando mondos los árboles de la plaza una mañana en que andaba en clase con estas cuestiones: «esos trabajadores están resumiendo los árboles, les quitan lo anecdótico y les dejan lo esencial», les dije señalándolos por la ventana. Y así les explico lo de la esencia desde entonces con cierto éxito y a falta de algo mejor. Pero también esa metáfora es mentira, claro.

  9. Porque una de dos: o no existe lo esencial en un texto o sólo se accede a ello mediante la intuición. En un caso o en otro, es un esfuerzo inútil incorporarlo a la enseñanza como objeto de aprendizaje y práctica. O mucho menos útil que otras cosas que no enseñamos y serían más necesarias.

  10. La pretensión de que se pueda decir lo mismo que dice un texto pero en forma breve y con otras palabras, es un acto de naturaleza mágica parecido al de los jíbaros que empequeñecían las cabezas de sus enemigos hasta lo inverosímil. Hoy me parece simplemente una mentira, un lugar común, de carácter metafísico, heredado por nuestra pedagogía y nunca sometido a crítica. Late en ese empeño una «traición» parecida a la que perpetran los traductores («traduttore, traditore», según la conocida paranomasia en italiano, traductor, traidor) al querer volcar «el espíritu» (¿podemos llamar así al elixir misterioso que llamamos contenido de un texto?) de cualquier secuencia textual. Cuando leemos los tercetos -algunos precisos y preciosos, otros forzados y contrahechos- con que el poeta Ángel Crespo pretendió traducir los de Dante en la Commedia, lo que leemos no es a Dante, es a Ángel Crespo. Empeños titánicos como la «traducción» del Kalevala finlandés en eneasílabos castellanos se pueden admirar en la medida en que se quiera, por su empeño artesano e incluso por su inspiración, pero a condición de olvidarnos de la pretensión de que se lee el Kalevala en castellano. Es otra cosa, mejor o peor, pero infinitamente lejos de aquello que se pretendía transmutar.

  11. Textum es tela o tejido, decíamos, trama y urdimbre. Imaginad que para «hacernos una idea» de un vestido que no es nuestro, al que no tenemos acceso, pedimos que nos corten un trozo de tela con lo esencial de sus colores, hilos y cosido y hechura. ¿Consideraríamos que esa muestrecita es el vestido «resumido» o un desdichado vestigio de él? En el caso más optimista lo podríamos considerar como una muestra del arte total del vestido entero. A lo más que puede aspirar un resumen es a ser una muestra o huella o vestigio de lo que aspira a trasvasar.

  12. Con el tiempo he pensado que mi alumno, el que miniaba de amarillo su libro de texto, tenía razón: un texto no se puede resumir porque es como una tela convertida en vestido y medida para un cuerpo, y sólo el corte y ensamblado final le da el sentido único que despliega y completa en el acto de la lectura.

  13. Otras tareas desechadas en nuestra profesión, como la imitatio con que enseñaban a escribir los romanos, tendrían más utilidad y sentido que los trabajos de síntesis. Imitar la construcción sintáctica y el ritmo -da igual el contenido en esto- de un texto consagrado por el canon, por no salir de lo políticamente correcto, fomentaría -pues se aprende imitando o mimetizando- la construcción de otros textos que, con el tiempo, acabarán adquiriendo voz y música y contenidos propios.

  14. «Resume que algo queda», he llamado a esta entrada. Lo que queda tras esa labor descarnada y mentirosa de querer decir en cinco tristes e impersonales líneas lo mismo que un texto dice en una página hermosa, o en cien, tras ese incendio lingüístico devastador, lo que queda son, justamente, las cenizas.