Los gestos de la pasión

I. La pasión

La palabra y la misma idea de «pasión» llega ya muy devaluada a nuestro tiempo. Es un canto rodado lingüístico muy limitado a los campos del amor o el sexo, pasados por el tamiz del romanticismo. O lo que es peor, mediatiazada por el cine o el folletín. El cristianismo, con su reiteración de la pasión de Cristo entendida como sufrimiento, terminó de vaciar este concepto que explotaba y se abría en el viejo pathos griego. Eugenio Trías, un filósofo con una poderosa formación clásica, la entendía así, en su Tratado de la pasión, justamente:

la pasión, no como algo que nubla el raciocinio e impide el conocimiento, sino como una forma más de abarcar el mundo. No la aborda como una pulsión que nos paraliza, sino como el motor de nuestra actividad; tampoco como sufrimiento, sino como placer y goce. Así, la conclusión del filósofo es que la pasión, oscuro daimon, es, al fin y al cabo, lo que nos convierte en lo que somos.

No es raro, sin embargo, oír hablar de cosas como «pasión por el fútbol», «pasión por las motos» o, qué sé yo, «pasión por los sellos». En realidad, casi cualquier cosa que podríamos identificar como afición compulsiva…

En este escrito, inspirado por el estudio que Leonard Impett y Franco Moretti dedicaron al Atlas Menosyne, de Aby Warburg, abordamos la pasión a través de los gestos del cuerpo, tal como nos ha sido legado en el arte figurativo occidental a través de su historia, pero limitándonos al doble filtro de los paneles de Warburg y de la selección de ellos realizada por Impett y Moretti.

El Atlas Mnemosyne -el misterioso proyecto inacabado de Aby Warburg– intentaba encontrar similitudes morfológicas en el arte en un arco temporal entre la época clásica y el Renacimiento. Buscaba, en realidad, «formas» (gestos, contorsiones, movimientos) recurrentes de la pasión, encarnada en una considerable colección de objetos artísticos: el pathosformel.

La ninfa florentina, en el Atlas Mnemosyne:

El problema de este intento es el mismo de todas las obras inacabadas, que no sabemos, salvo por algunas breves anotaciones, el canon total de las pinturas que pensaba colgar ni los criterios que iba a seguir para su búsqueda del canon formal de la pasión. En cierto sentido, aunque lo desarrolló más, es lo mismo que ocurre con el Libro de los pasajes de Walter Benjamin, otro proyecto de gran aliento, que la muerte de su autor dejó truncado.

Leonard Impett y Franco Moretti (Totentanz, NLR, 107) intentan encontrar el criterio para hallar esa medida o canon que ideaba Warburg, pero, mediante un método cuantitivo que pergeñan con ayuda algorritmos matemáticos y de la computación, que a mí me seduce y que, según la sentencia clásica, se non è vero, è ben trovato. Ya he escrito sobre estos procedimientos estadísticos aplicados a las ciencias humanas, por ejemplo en el artículo que dediqué en el blog a un estudio que buscaba la tipología humana de los premios Nóbel de literatura (Descodificando los premios Nóbel de Literatura).

Los resultados del estudio son, en muchos sentidos, sorprendentes (adelanto, así la conclusión final del estudio, de cuyo método y vicisitudes enseguida me ocupo, en una apretada síntesis): que esa emoción intensa, ese «oscuro daimon», que se adueña descaradamente de nuestro cuerpo, se manifiesta sobre todo en una agitación de brazos y piernas, rompiendo la unidad «natural» del cuerpo, su equilibro en estado de reposo. No, como podríamos sospechar, en el rostro y sus mínimos músculos, tal como pensó Warburg tras el descubrimiento del libro de Darwin sobre las expresiones primordiales con que el rostro humano manifiesta las distintas emociones.

La muerte de Orfeo, de Alberto Durero

La pasión es desbordamiento, compulsión, agitación que descompone la figura.. Intentaré explicar por qué caminos lo descubren Impett y Moretti en su intelectualmente apasionante (aunque no hay color, como diría el castizo, entre una pasión y otra) investigación. Indagar sobre las clases de pasiones (pasiones frías, pasiones tristes…) nos llevaría muy lejos del humilde objetivo de este artículo. Aunque lo dejamos para otra ocasión en que me resulte hacedero, pongo aquí el enlace de una entrada que escribí hace tiempo, publicada en este mismo blog, sobre las «pasiones tristes» (la ambición, la envidia…) a propósito de la literatura, en aquella ocasión: Las pasiones tristes. Y sin más, al cuento:

II. Las formas de la pasión

El método

Para Impett y Moretti, la mayor creación conceptual de Warburg es la Pathosformel o fórmula (de expresión del) Pathos, que ofrece un hilo para «recorrer el laberinto» que supone este proyecto inacabado. En sus palabras, «Pasión, emoción, sufrimiento, agitación: Pathos es un término con demasiados matices semánticos, aunque todos incluyen el grado «superlativo» (palabra usada por Warburg) del sentimiento implicado. Es un concepto muy potente que loga aunar opuestos semánticos: Pathos y Formel: fuerza abrumadora y un patrón estable que se reproduce a lo largo del tiempo y que, por eso, permite la supervivencia de la Antigüedad en la Europa moderna».

El problema para los autores del estudio era cuantificar el concepto, poderlo dividir en unidades discretas, encontrar la manera de «medir» la pasión que, en las series artísticas diversas.de los paneles de Menmosyne, recorren el arte occidental. Para empezar, excluyen de su estudio las expresiones del rostro humano, a pesar de que en la intención de Warburg -como avisábamos antes-, tras su descubrimiento de la obra de Darwin La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, parecía ser tan importante. En realidad, excluida la expresión facial, adivina que el signo externo de ese estado de agitación -que estamos entendiendo como manifestación del Pathos- es el movimiento de las extremidades: brazos y piernas.

Crucifixión, de Bertoldo de Giovanni

El método que siguieron constaba de tres pasos:

  1. Desligar las figuras humanas de su contexto encerrándolas en una especie de «caja».
  2. Reducir las figuras a esquemáticos «esqueletos», eliminando el color, la ropa, los rostros y las manos. Esta reducción tan drástica obedeció a la necesidad de disponer de un sistema de notación elaborado con unidades simples: 12 varas que componían un «alfabeto». Rotaron los esqueletos para mantener siempre la columna vertical y reflejar las distintas poses de forma horizontal, de tal manera que el brazo más elevado quedara siempre a la izquierda. De esta forma consiguieran 12 ángulos, uno por cada parte, excepto la columna.
  3. Realizar la medida solo sobre un tipo de variable: los 11 ángulos de las articulaciones del cuerpo combinados con los «vectores-esqueleto». A mayor ángulo, mayor agitación, más pasión, más Pathos. El ingenio y la productividad de este método me fascinó cuando lo conocí. Conseguían con él unidades discretas, repetibles y cuantificables, con una asombrosa sencillez.

Su aplicación

Para comprobar si los «vectores-esqueleto» funcionaban a una escala superior a la de un solo panel, extrajeron 1.665 cuerpos de 21 de los 63 panales del Atlas de Warburg y aplicaron sobre ellos un algoritmo de agrupamiento (una herramienta computacional que da valores numéricos a los elementos que están «cerca», metiéndolos en un grupo y metiendo en otro a los que están «lejos») que dividió los vectores-esqueleto en 16 grupos. Cada uno de esos grupos reunía cuerpos morfológicamente similares, en orden de similitud respecto al «vector-esqueleto» central de cada grupo. Para comprobar si la medida entre los distintos ángulos de las figuras respecto al eje central servía para medir el «estado de agitación» que pretendían cuantificar. Para eso,, tenían que poner el método a prueba con las pinturas.

Los 16 grupos de “vectores-esqueletos”

El oxímoron

Para no resultar excesivamente prolijo en el examen de los distintos grupos en relación a los cuadros de los paneles, salto directamente a las conclusiones, que nuestros autores reúnen bajo el significativo título de «Oxímoron» (nombre de la figura retórica que, como recurdarán los lectores, consistía en oponer significados espacialmente cercanos en un texto).

El algoritmo había visto una similitud entre los esqueletos que parecía consistir en que todas las «fórmulas del Pathos» estaban correlacionados con un movimiento simultáneo de brazos y piernas, de los brazos más que de las piernas. Pero no fue sino después de una consulta que realizaron a un profesor de Biomecánica de Lausanne, que descubrieron el verdadero sentido de aquellos «movimientos». Lo significativo no era lo hiperbólico de esas contorsiones, en correspondencia con lo hiperbólico de las emociones que las provocaban, sino el hecho de que rompía el estado natural del cuerpo, su unidad habitual, creando «disonancias», movimientos sin rumbo: dominado por la pasión, el cuerpo deja de ser «uno» y pasa a convertirnos en «Otro», literalmente alterados Algo que sabe intuitivamente cualquiera que haya sido dominado por el «oscuro daimon»…

 

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