Intramuros: monjas enamoradas

No quiero ser monja, no, / que niña namoradica so

Me mueve a escribir esta entrada la lectura reciente de un excelente artículo de Miguel Ángel Ortega Lucas, La monja portuguesa o el fatal hechizo voluntario, en el que glosa las cartas de amor y desamor de Sor Mariana Alcoforado,  conocida como “la monja portuguesa”, a Noël Bouton de Chamilly. Ortega Lucas imagina así su enamoramiento del apuesto soldado y aristócrata francés:

A mediados del siglo XVII, en el Monasterio de la Concepción del territorio portugués de Beja, muy cerca de Extremadura y Andalucía, una monja llamada Mariana Alcoforado contempla a las tropas francesas, aliadas de Portugal en su guerra contra la corona española, ejercitar sus ensayos de guerra en la llanura. Las banderas flameantes, los uniformes, los caballos caracoleando con ímpetu de aquí allá. Podríamos añadir que bruñe en los aceros la luz del amanecer o del crepúsculo, y que se trata de algún día de verano de 1666. Entre el rumor de las voces graves, el fragor de las armas, la brisa del sur y el escándalo de las golondrinas, Sor Mariana, que presencia la escena junto a otras jóvenes enclaustradas del monasterio, vislumbra a lo lejos una silueta a caballo destacándose (sus propios ojos, queremos decir, hacen que una silueta a caballo se destaque de entre el resto):

Estaba en ese balcón el día fatal en que comencé a sentir las primeras manifestaciones de esta pasión desgraciada. Parecía que deseabas agradarme, aun sin conocerme. Me convencí de que me habías distinguido de entre todas mis compañeras…

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Pero no es este, ni mucho menos, el único caso de monja enamorada y abandonada que nos ha legado la literatura o la leyenda. Si bien es verdad que tenemos infinitamente más mujeres mal casadas o mal maridadas que mal monjadas, por decirlo con el neologismo de Rosa Navarro Durán. A esta misma filóloga debo la mayor parte de los fragmentos que vienen a continuación. Este, por ejemplo, de la lírica tradicional antigua, donde las mujeres eran protagonistas del “yo poético” como en las deliciosas jarchas:

¿Agora que sé d’amor
me metéis monja?
¡Ay Dios, qué grave cosa!

¿Agora que sé d’amor
de cavallero,
agora me metéis monja
en el monesterio?
¡Ay Dios, qué grave cosa!1

Este destino forzado al enclaustramiento que han sufrido tantas mujeres (los otros destinos, como se sabe, eran el matrimonio o la prostitución) a lo largo de los siglos no ha sido muy explorado, ni, desde luego, es muy conocido a pesar de que forma parte de muchas leyendas e historias transmitidas oralmente. Permítaseme que cite  un testimonios oral que, como receptor, guardo en mi memoria. Es un recuerdo vago e incompleto, no sé siquiera si inventado, rodeado del halo de lo misterioso y prohibido. Es una escena de fuga, que me contó una vez mi madre, en la que un caballero (porque iba a caballo, no por su condición social), enamorado perdidamente de una monja, y harto de vivir su amor en la clandestinidad, acordó fugarse con ella una noche cerrada, con la complicidad de alguien dentro del convento que sería el encargado de abrir las puertas. Mi madre se recreaba en el momento culminante en que la monja enamorada subía a lomos del caballo y en la huida al galope en la noche oscura, alejándose, como en un sueño, de los muros del monasterio….

Los románticos, como Zorrilla, sintieron debilidad por estas historias de amor y encierro.. Transcribo los fragmentos y comentarios del retrato de Inés de Alvarado,  de este mismo autor, tal como los presenta Rosa Navarro Durán (La monja enamorada):

Lo inicia con el recuerdo de su encierro forzado:

Cerraron en un convento
a doña Inés de Alvarado,
y obraron con poco tiento,
porque jamás fue su intento
tomar tan bendito estado.

(vv. 913-917)

De origen noble, bella, llena de fantasías, despierta a la vida entre las rejas de un convento. Nos la imaginamos de la mano del verso de Zorrilla, encontrándose con los espejos, ensayando pasos de danza en cuanto pisa una alfombra, iniciando en el laúd «un himno de amor», llenos de lágrimas los ojos al ver las puertas cerradas del convento, contemplando por la ventana la inmensidad del campo, queriendo cambiar «su sayal de lana» por la «basquina» de una aldeana. Borda -los bordados son el puente de cristal entre Inés y la monja gitana- y se siente tentada a trazar con la aguja, en vez del nombre de Cristo, «el de un hombre». Como dice el narrador:

Y así se la van los días
en suspirar y gemir,
por las bóvedas sombrías
de las largas galerías
que la habrán de ver morir.

(vv. 983-987)

Y sentencia, poniéndose al lado de la pobre bella monja encerrada.

¡Oh!, que al abrir un convento
a doña Inés de Alvarado
obraron con poco tiento,
que bien se ve que su intento
no la llamaba a su estado.

(vv. 993-997)

Pero de pronto, la bella monja sufre una transformación. Sus ojos aparecen «serenos y radiantes», participa con gusto en los ritos obligados, borda afanada «labores exquisitas». Las otras monjas ven asombradas cómo «la oveja descarriada» vuelve al redil y siguen rezando para que persevere en esa actitud nueva. El narrador destaca su error de lectura y canta la fuerza del amor humano:

¡Impertinencia importuna!
¡Oh necias, sin duda alguna,
las pobres siervas de Dios,
si no alcanzasteis ninguna
lo que va de Inés a vos!

[…]

¡Necias! La blanca ovejuela
que se vuelve a su pastor,
y cuya vuelta os consuela,
es tórtola que se vuela
al reclamo de su amor.

(vv. 1044-1068)

Sus ojos no miran el altar, sino que buscan otros ojos: «… lenguas en ojos residen, / y los espacios se miden / con las lenguas de los ojos», vv. 1076-1078. Y nos descubre la razón de la metamorfosis de la bella monja: «Un hombre la contemplaba, / y un hombre la devoraba / con sus ardientes pupilas, / y doña Inés se abrasaba», vv. 1079-1082. Es el capitán Montoya que la ronda, y las monjas no ven nada: no ven cómo ella le tiende la mano y él se la besa, no ven huir «una sombra sospechosa» a la luz de la luna, ni los jardineros ven al «rondador caballero», ni ellas imaginan que sus maravillosas flores bordadas esconden billetes amorosos. Y el narrador cierra la unidad narrativa exclamando de nuevo, a modo de estribillo con final diferente:

¡Oh, que al abrir un convento
a doña Inés de Alvarado
obraron con poco tiento,
pues no han mirado su intento
ni en el capitán pensado!

(vv. 1114-1118)

Comienza en seguida el relato de la «aventura inexplicable», como la llama el escritor, el episodio que tomó de Torquemada o de su derivación con final moralizante de Cristóbal Lozano, pero que enriquece con la presencia de otro personaje, don Luis de Alvarado, el hermano de doña Inés y amigo del capitán; así queda en evidencia el engaño de la pobre monja por el seductor sin escrúpulos porque fue galán de monjas sólo por una apuesta. Él mismo lo confesará en el desenlace de su historia al rogarle al padre de su prometida que le dé una parte de su hacienda a «don Luis de Alvarado, / que gana la apuesta infame / que hice de robar a Dios / la mejor prenda al casarme», vv. 1587-1590, y añade que no le diga «que era Inés, su propia hermana, / la prenda que iba a jugarse», vv. 1597-1598. La apuesta entre los dos amigos tiene esa desmesura que espanta: quiere robar al propio Dios la «prenda», una de sus servidoras, de sus «esposas».

El capitán Montoya, aterrorizado por la visión y arrepentido, se hace fraile capuchino; como reza el epitafio de su tumba: «Aquí yace fray Diego de Simancas / que fue en el siglo el capitán Montoya», w.1766-1767. Una «nota de conclusión», en tono ligero -como si el narrador se encogiera de hombros-, precisa la suerte de la bella monja:

Y por si alguno pregunta,
curioso, por doña Inés
y opina que queda el cuento
incompleto, le diré
que doña Inés murió monja
cuando la tocó su vez,
sin su amor, si pudo ahogarle,
y si no pudo, con él.
Porque destino de todos
vivir de esperanzas es;
quien las logra muere en ellas,
quien no las logra también.

(vv. 1768-1779)

Ha abandonado a su suerte a doña Inés de Alvarado.

También creada por Zorrilla, en su leyenda El desafío del diablo otra bella monja enamorada., Beatriz de Hinestrosa:

Doña Beatriz de Hinestrosa, cuyo destino impuesto no encajaba con su inclinación; así se inicia el relato de su vida y de la leyenda:

Nació doña Beatriz
para monja destinada;
mas salió al mundo inclinada
y no fue elección feliz.
Con demasiado devoto
corazón, en su preñez
hizo su madre tal vez
tan desatinado voto.

El narrador desautoriza esa entrega de la libertad ajena: «¿Quién puede ¡necio! decir / lo que otro ha de querer?» y recuerda que no era raro ver -«diez o doce años atrás»- a un niño de seis años «ya arrastrando / un hábito dominico» o «hecha una santa Teresa / una chica de once meses». La defensa que hace en los dos textos de la libertad de la mujer en la elección de su estado es manifiesta; así se oyen en sus versos ecos de las quejas que la lírica tradicional guardó.

A los ocho años la visten bellamente y la encierran en el convento. El narrador describirá el proceso que lleva de la niña ilusionada con sus galas a la jovencita que cae en una profunda melancolía por vivir en un estado de prisión no elegida; nada menos que dedica veinte octavillas a exponer su tristeza, los recuerdos de sus pocos años de libertad feliz en su infancia, de la orilla del río por donde había paseado, de los balcones de su casa «sin reja y sin celosía» por donde veía a la gente, la vivencia de su cautividad monótona, la profunda melancolía que la va devorando hasta hacerla caer en una enfermedad que no logran curar los médicos, «los fieros espectros con tocas» que quiere que se alejen, los gritos en su delirio pidiendo aire que respirar… Zorrilla se detiene morosamente en ese magnífico análisis psicológico de la bella Beatriz, monja novicia por decisión materna, por una supuesta promesa piadosa de acción de gracias. No ha aparecido todavía en su triste vida el amor; languidece por la falta de libertad, por la pérdida de ese mundo apenas entrevisto. Son sólo fantasías sus visiones:

Y en la orilla de aquel río,
y en redor de aquella fuente,
y entre la turba de gente
que veía por su balcón,
tal vez alcanzaba errando
una visión hechicera
cuya sombra pasajera
turbaba su corazón.

Se oye su voz de prisionera sin esperanza, de bella ave enjaulada, alejada por la voluntad ajena de un mundo anhelado, privada de la contemplación de la propia obra de Dios, la maravillosa naturaleza:

«¡Ay!, exclamaba la triste,
contristada y dolorida:
¡cuan monótona es mi vida,
cuan sin gloria y sin placer!
¿Qué es para mí el universo,
si yo, cual ave entre redes,
estoy entre esas paredes
condenada a nunca ver?
¿Qué valen las maravillas
que Dios sembró por su suelo,
si sólo alcanzo del cielo
un jirón escaso y ruin,
y el cántico pasajero
de algún pajarillo errante
que se detiene un instante
en las ramas del jardín?»

Y el narrador subraya su prisión; el claustro aparece como mazmorra, en donde pena olvidada la bella muchacha:

Así en el fondo del claustro
donde cautiva moraba,
allá a sus solas pensaba
la olvidada Beatriz.

(p. 833)

El destino de la pobre novicia parece que va a enderezarse porque, ante la desconocida enfermedad que la aqueja, un médico convence a su padre de que la única forma de salvarle la vida es sacarla del convento. Recobra su libertad y conoce a un hombre que la enamora; pero Zorrilla decide entonces tomar como modelo a otra espléndida mujer prisionera de las tocas, la Leonor de Sesé de El trovador de García Gutiérrez. Don César no será un trovador, pero sí un bandido, que tampoco será tal en su origen, sino un caballero noble; y quien se opone a esos amores no es un poderoso rival como don Nuño, sino el malvado hermano de doña Beatriz, don Carlos, que quiere que su hermana quede encerrada en el convento, en el fondo para apoderarse de su herencia. Ambos caballeros se desafían poniendo como objeto esa cárcel religiosa de Beatriz. Oímos al hermano: «Monja ha de ser (dijo Carlos) / aunque cuanto valgo exponga»; y a César: «Si va mi cabeza (dijo / el otro) no será monja». Una complicada peripecia (una trampa urdida para coger al bandido) desemboca en la noticia que le da a Beatriz su hermano de la muerte de su amado. Ella decidirá entrar de nuevo en el convento, ahora por su voluntad, y profesará, como hizo su modelo, Leonor de Sesé, al enterarse de la supuesta muerte del trovador. El narrador nos la presenta conforme con la reclusión:

Quedó monja Beatriz, lector querido,
y aunque triste, tranquila,
a su suerte con fe se ha sometido
y en ella no vacila.
Los usos del convento
no la molestan ya, ni el abandono
del claustro apesadúmbrala un momento.
De santa calma y de virtud modelo,
olvidada del mundo,
vive esperando en el futuro cielo.

(p. 870)

Sin embargo, no olvida a su amado César. Un día la sombra de un hombre cruza la nave de la iglesia y se arrodilla ante la reja del coro. La monja observa su figura, «mil lisonjeros sueños, / mil bellas fantasías / mil fútiles manías / la mente la asaltaban», hasta que el embozado deja caer un billete sobre la alfombra y muestra su rostro a la bella monja: es su amado, que vive. Volvemos a oír la voz de la desesperada Beatriz en su soliloquio:

«¿Con que vive?, decía,
¿vive? ¡Necia de mí! ¡Y en este encierro,
mientras él por el siglo me buscaba,
labré mi tumba y preparé mi entierro!
Llámame desleal, pérfida, ingrata,
y de mí se despide.
¡El pesar o la cólera me mata!
¡Y parte! Y el misterio de su muerte
no explica en su papel… ¡Cielos tiranos,
con qué estrella nací! ¡Cuan dura suerte
me dan vuestros decretos inhumanos!»

(p. 871)

Nuevas octavillas renovarán el estado de delirio, de fiebre, de desesperación ahora, de la pobre doña Beatriz, que siente cómo ella ha entrado voluntariamente en su cárcel. Reaparecen los espectros de las tocas, la falta de aire… Y viene la rebeldía y la transgresión que acaba en terrible castigo. Don César con una escala entra en el convento; pero no hay escena de seducción, porque es ella la que está determinada a escaparse con un caballero temeroso de franquear la barrera sagrada de los votos. Frente a su «creo en el cielo, y temo / contra su ley rebelarme», está la intempestiva réplica de doña Beatriz: «Ya me lo temía,¡imbécil! / ¡Adiós para siempre, parte!» (p. 876), que recuerda el «imbécil»” final que García Gutiérrez pone en boca de la gitana Azucena. Llega «la apalabrada noche / para la resuelta fuga / de Beatriz», y mientras don César la espera en la calle, ella se arrodilla ante una escultura de Cristo que hay ante un altar. Cedo la palabra a los versos de Zorrilla:

Mas ¡cielos! ¡Cuál fue su angustia
cuando al querer levantarse,
sintió que una mano enjuta
la asía por los cabellos;
y una voz oyó más ruda,
más poderosa que el eco
que con el trueno retumba,
que la dijo: «¿Dónde vas?»
enojada e iracunda.
Cayó Beatriz en tierra,
sin sentidos que la acudan,
y apagándose la lámpara,
todo quedó en sombra muda.

(p. 878)

Mientras, en la calle, don César se enfrentará al malvado don Carlos y lo matará. Al enterarse, a la mañana siguiente, de la muerte de su amada Beatriz, se irá a las montañas de Córdoba, ya no como bandido, sino como penitente.

Y para acabar, una de las joyas del Romancero Gitano de Federico García Lorca, inspirado en la Inés de Zorrilla, “La monja gitana“: Una preciosidad a la que, quizá, valdría la pena volver:

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris,
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza,
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
¡Oh!, qué llanura empinada
con veinte soles arriba.
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

Post scriptum

Un antiguo amigo, que pasó un tiempo enclaustrado en un monasterio de dominicos, me contaba que era muy común el caso de monjas enamoradas de los confesores del convento. Intramuros, la sublimación del amor humano en divino ha debido recorrer siempre, también, el camino inverso… Soy de una ciudad con varios conventos. Uno de mis recuerdos más emotivos tiene que ver con uno: durante una temporada en que trabajé de cartero, me detenía casi todos los días ante el viejo torno de madera que daba acceso, y vedaba, el acceso a unas monjas enclaustradas. A veces, el proceso se demoraba porque los paquetes o certificados tenían que entrar y salir, como en las puertas giratorias, a través del torno. Siempre oía la misma voz cantarina, amable, cariñosa, joven, que hablaba conmigo sobre las novedade cotidianas, el tiempo y hasta mi salud: “Manuel, tiene la voz de estar acatarrado, ¿por qué no toma…?” Un día no reconocí su voz, pero sí oí , entre el frufrú de las ropas talares, una pequeña discusión entre mi monja y la usurpadora, que acabó desplazada. “Buenos días, Manuel, ¿cómo está del resfriado?…”

  1. (M. Frenk, Corpus de la antigua lírica popular hispánica, siglos XV a XVII, Madrid, Castalia, 1987.)

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