El silencio del héroe

Una obra teatral (¿y qué es, si no, la actualidad política?) se viene abajo cuando los actores intentan paliar el desajuste entre un texto dramático ampuloso y vacío con la representación impostada de un falso héroe, cargada de sobreactuación de aires trágicos inverosímiles o de jeremiadas increíbles.DIGNIDAD HUMANA Es el equivalente del falsete que se carga la ejecución musical del desprevenido cantante o del gallo que traiciona la nueva voz grave del adolescente. Algo de todo eso está ocurriendo entre nosotros. El diario Público, por ejemplo, se hacía eco hace unos días de unas declaraciones de Julio Anguita en las que viejo político retirado venía a acusar a Rajoy y a Zapatero de un delito de «alta traición» por las decisiones económicas que tomaron cuando eran gobernantes. De falsetes como este hablo.

La rancia y bélica idea de la traición, por seguir con el ejemplo, siempre ha estado presente en los agrias diatribas nacionalistas (las «provincias traidoras», acusación que recordaba Anasagasti, el veterano nacionalista vasco, en una de aquellos ásperos enfrentamientos parlamentarios que sostuvo con Aznar) o en las cargas periodísticas (dejémonos llevar por el lenguaje bélico) de los Medios y políticos conservadores contra Zapatero al que acusaron, también, de traición en muchas ocasiones: desde aquella, tan profundamente ofensiva de Rajoy, de haber traicionado a los muertos por los atentados de ETA, hasta un insidioso artículo de César Vidal en el que recordaba el delito de traición y su castigo en la Roma imperial poniéndolo en relación con las decisiones políticas del ex presidente en aquel entonces. Nos ocupábamos de ello en una columna publicada en La Opinión en 2006, El Conde don Julián.

Derecho Humanos1 300x140Por el deajuste entre ese lenguaje impostadamente épico o trágico (afirmaciones performativas, de naturaleza grandilocuente y mágica como «España es un gran país y saldrá de esta crisis» o, desde la perspectiva complementaria del nacionalismo catalán, «hemos puesto a España contra las cuerdas»…) es por lo que la representación se está vieniendo abajo con tanto estrépito. No hay correspondencia entre la retórica huera de los actores, un texto dramático pobre y desviado y la realidad del público: desafinan los falsos agudos, las intervenciones hinchadas de los tenores, nadie se cree ya las jeremiadas tópicas o los monólogos insufribles de los actores; suenan los gallos adolescentes en las admoniciones severas de la primera actriz y el drama degenera, así, desde el primer acto en una tragedia cortesana y ridícula.

Como recordaba Walter Benjamin en sus indagaciones sobre el drama barroco alemán, el verdadero héroe de la tragedia griega antigua guardaba silencio: era su manera de aceptar el sacrificio frente a los dioses, a la vez que una protesta altiva contra la fiera exigencia del destino. Del mismo modo, el verdadero héroe de esta representación hay que buscarlo en el silencio digno y despechado con que tanta gente está sufriendo tamaños agravios, semejante desposesión. Silencio que adquiere más valor cuando lo contrastamos con la verborrea vacía con que los malos actores de esta tragedia ridícula llenan el ámbito de la escena, y en la que a los héroes verdaderos de las clases trabajadoras, les está tocando expiar una culpa que no es la suya, apretando los dientes, sin decir palabra, haciendo mutis por el foro lentamente, mientras imaginan un texto nuevo en otra obra, en otro lugar o tiempo tal vez, en la que, al fin libres de la máscara trágica, recuperen la voz para poder hablar y le sea devuelta la fuerza de sus manos para construir un nuevo decorado, de nuevo el mundo.

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