De techos y neurosis de clase

Antonio Maestre escribe en La Marea sobre la existencia de un techo de clase entre los trabajadores, reformulando, así, el "techo de cristal" de las mujeres, que limitan para ellas los puestos o cargos de alta responsabilidad, institucional o empresarial, o preeminencia y prestigio social. No es nada nuevo: hace unos días, el presidente del Gobierno aludía a su aspiración de poner en marcha de nuevo el "ascensor social", lo que, en el fondo, nos más que otra manera de manifestar el deseo nostálgico de las clases medias, depauperadas, según es fama, durante las últimas crisis financieras.

Este mismo límite o techo afectaría, según el autor, a los miembros de la clase obrera. Tras constatar, con tino, que la clase social no existe como concepto en el espacio público, nos recuerda que la conciencia de clase no opera cuando se está rodeado de gente del mismo entorno: "Se sale de casa sin pensar en ella, pero se le recuerda en cada proceso de la vida cotidiana al compartir espacio con quienes tienen una posición más privilegiada. " Maestre termina su comentario con una especulación, mucho menos interesante para mi gusto sobre lo que llama "tránsfugas  de clase", una especie de traidores a su origen social que intentan ocupar los espacios vacíos de la sociedad burguesa, comportándose política y lingüísticamente como las clases pudientes. Piénsese, por ejemplo, en el caso tópico y muy manoseado, de los barrios y ciudades de población obrera que votan mayoritariamente a los partidos de derecha.

Hay una perspectiva, de naturaleza psicológica, que Vincent de Gaulejac llamó "neurosis de clase". La hipótesis de base es que cualquier cambio de clase social, elegido o padecido, crea conflictos en quien la sufre, aunque solo algunos de esos trastornos son neuróticos. En realidad, son conflictos existenciales en torno a comportamientos y maneras de ser, relaciones con la adaptación o choque entre la clase de origen y la de destino. Él pone como ejemplo el adjetivo francés "élevé", que significa tanto "muy educado" como "de clase social alta". En muchos momentos de mi vida he experimentado/padecido esta neurosis.

En fin, para acabar con vuelos más altos, quiero recordar la paradoja de Sartre, que decía más o menos, que los hombres -y nuestra clase social- son productos de la Historia, pero también lo es nuestra continua lucha para modificar esa misma Historia. Más que cualesquiera techos o ascensores, es eso lo que nos mantiene en pie.

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