Los arbitristas del siglo XVI -el siglo de la «revolución de los precios»- proponían, por propia iniciativa, medidas para que la monarquía pudiera recaudar «arbitrios» con que costear sus proyectos en época de crisis. Tuvieron continuidad histórica en los proyectistas del despotismo ilustrado, en el siglo XVIII, y en la figura de los regeneracionistas del XIX, con sus ideas para la palingenesia 1 de España.
En su versión noble eran el equivalente del «si a mí me dejaran, eso lo arreglaba yo en cuatro días» del castizo español. Vuelven a aparecer entre nosotros, tal como prolifera también una nueva «literatura del Desastre».
En su edición de hoy, el diario El País, por ejemplo, editorializa sus propias medidas regeneracionistas con el título de Cómo reconstruir el futuro. Ahí podemos leer las diez medidas genéricas que el intelectual orgánico del periódico liberal entiende como las piedras de toque necesarias para la reconstrucción, regeneración o palingenesia de España. No hay sorpresa, como es de esperar, en estos diez mandamientos, sensatos y razonables dentro del marco narrativo en que este diario se ha inscrito desde su fundación: un relato político, salvar el legado de la modélica Transición, y un escenario económico-social que podemos tildar como «liberalismo embridado» o socialdemocracia en su «tercera vía» (por pruritos filológicos, más que nada, diferenciamos aún el liberalismo embridado del neoliberalismo salvaje; en sus efectos sobre la vida humana, sin embargo, vienen a equipararse). Echemos un vistazo a los consejos del arbitrista orgánico.
Las medidas políticas vienen a ser las que están asentadas en el consenso general, sobre todo desde que los movimientos asamblearios del 15M las repentizaron en la esfera pública: una nueva ley de partidos o una reforma de la ley electoral, por ejemplo. A la vista de la asfixiante actualidad de la corrupción, ¿quien no va a estar de acuerdo en la necesidad de transparencia en la financiación de partidos políticos y campañas electorales, o en la conveniencia de establecer listas abiertas o nuevas circunscripciones (estados o regiones para el Senado, por ejemplo) y nuevas proporcionalidades entre votos, territorios y representantes? Quizá más discutible es la utilidad de un federalismo post-autonómico, que -aun en la forma tan inconcreta en que lo plantea El País, es un eco de las ideas de Griñán, el presidente andaluz, y asumida a lo que parece por toda la cúpula del PSOE- da la impresión de que llega tarde. Quizá nos veamos pronto en la necesidad de hablar en términos de confederación, si los planteamientos independentistas se afianzan y ganan poder. En todo caso, una estructura federal para España tendría que ir de la mano de una federación europea, que no se ve en el horizonte.
Pero con lo sensato o deseable que puedan resultar estas reformas para algunos, la contradicción insalvable es la que queda reflejada al final del texto editorial, en el que se apela a que sean «nuestros líderes» políticos los que tomen las iniciativas necesarias. La falta de representatividad o legitimidad de estos «líderes» (¿Rajoy y Rubalcaba de la mano?) que estos arbitrios, justamente, intentan paliar. Es la misma contradicción en que caían los arbitristas del XVI o el XVII: que la misma monarquía los pagaba. En lo que se refiere a ésta, los consejos del diario de Madrid se limitan a la necesidad de que la Casa y Familia Reales se sometan a algún tipo de normas de transparencia económica, pero sin que, en ningún caso, se mencionen cuestiones más crudas que están en boca de muchos ya, como la abdicación del Rey o la convocatoria de un refrendo, al menos, sobre la forma de estado. Pero donde las «medidas» que se proponen se vuelven escandalosamente inanes y vagas es en lo económico y social: necesidad de un pacto para la eduación, otro para la sanidad, otro para las pensiones y otro para el empleo. Que venga Dios y los vea…
El problema de esta urgencia reformista es que es anacrónica (a buenas horas, Mangas Verdes) y miope, que no se sale en ningún caso del guión neoliberal, del pensamiento único de estos tiempos de plomo y que tropieza, además, aun con su sensatez políticamente correcta, con las inercias históricas de la derecha española que la hacen imposibles avant la lettre. No es posible un verdadero cambio político o social si no va de la mano de un cambio en el decorado de la escena, de un nuevo relato histórico, sin la esperanza de una nueva trama con nuevos actores. De algo de todo eso seguiremos hablando en la próxima entrega.
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