Claros en el bosque

Blog de Manuel Jiménez Friaza

«Slow train coming» o Elogio de la lentitud

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 1 año y 6 meses

Slow train coming es el título de un álbum que sacó Bob Dylan en 1979, pero, por esas caprichosas asociaciones de la memoria, más que a sus canciones, el evocador título sobre la lentitud del tren me remite a mi primer viaje en el AVE que me llevó, en ese estado de semiconsciencia que provoca la velocidad, desde Sevilla a Madrid sin poder ver -lo que se dice ver- ni siquiera un árbol, pues tras la hermética ventanilla los árboles (que sobrevivían en mi recuerdo de los viejos ferrobuses y expresos, al compás de la marcha trabajosa de aquellos lentos y queridos trenes, en la rítmica e hipnótica sucesión regida por el efecto Doppler) y los campos pasaban ahora como palitroques quebrados y surreales, tal caprichosas geometrías fractales, ante mis asombrados e impotentes ojos, que inútilmente querían retenerlos en un instante imposible, pues se habían transformado en ráfagas sombrías y fantasmales.Slow train coming

Vivimos sometidos a la ley de la aceleración universal que, como hemos comentado ya muchas veces, debemos entenderla como la expansión del movimiento continuo del capital en su búsqueda continua de mercados y beneficios, su persecución demente del crecimiento continuo. Con la alianza providencial de las tecnologías del transporte, la información y la comunicación, enfrascadas, a su vez, en la superación de las barreras (que imponían antes, aunque a duras penas, los frenos de la escala humana) de la velocidad y el almacenamiento, la aceleración sin sentido y el mangoneo del tiempo de la vida afectan ya a todos los ámbitos humanos.

Y es que, en efecto, aunque sigue siendo creencia general que el tiempo y su administración son un fenómeno natural, sometido a la ley de nuestra libertad para hacer con él lo que queramos, frente a tantas evidencias en sentido contrario, lo cierto es que su gestión y manipulación forma parte, de una manera muy íntima, de los estados, sean estos dictaduras o repúblicas de la propiedad y el crecimiento continuo y acelerado. Para comprobar hasta qué punto el tiempo es arbitrio del poder sólo habría que recordar decisiones recientes sobre los calendarios o los nombres de sus subdivisiones (semanas, meses, años) como los decretos del fallecido dictador de Turkmenistán, Saparmourad Niazov, que modificaban los nombres de los días de la semana, dictaba la entrada en la edad adulta a los 25 años o en la vejez, que, según su soberana decisión, no acaecería antes de los 85. Intentos que tienen antecedentes tan gloriosos como los de la Revolución francesa y sus rebautizados meses, que a su vez mantienen aún las reminiscencias imperiales, judías y cristianas.

Movimiento slowPero no hay que ir tan lejos en el tiempo. En estos días nuestros democráticos y ahorradores gobiernos nos recordarán el cambio de hora, tan incomprensible e injustificable como siempre (ya mostraba su asombro e incomodidad Manuel Machado en su delicioso Día por día de mi calendario) y que, en la recepción popular es entendido correctamente, a regañadientes, como lo que es en realidad: una simple decisión soberana, que nos recuerda quién es el verdadero dueño de nuestros madrugones e insomnios, hoy como ayer. Del mismo modo que las recientes decisiones de nuestro gobierno de derechas al retrasar la edad del retiro laboral están tan claramente emparentadas con los decretos del dictador turkmeno sobre el advenimiento de la vejez, que recordábamos unas líneas más arriba.

Los verdaderos señores del tiempo, pues, son los que deciden los turnos laborales contemporáneos (incluidos los periodos de «teletrabajo», vendidos por los técnicos del agit-prop como una verdadera ganga que haría posible por fin la compatibilidad del trabajo y la vida familiar), tan flexibles como los comerciales (que obligan a tantos trabajadores a abandonar su casa justamente cuando vuelven sus hijos del colegio), al albur de los caprichosos e insondables ritmos de vida, vespertinos y nocturnos, de ejectutivos, mandamases y ricachones o gente de mal vivir.

También las secuencias horarias vigentes en colegios, institutos y universidades, que pasan por ser tan naturales y espontáneas como comer a las 4 de la tarde, o comer de pie a cara de perro, o en la misma mesa o banco en que se trabaja, son decisiones tomadas con una intención determinada: romper la cadencia de la vida. Como recuerda, con tino, Igor Martinache en Alternativas Económicas (número 1, página 48) «Pierre Bordieu (...), retomando las ideas de la psicóloga Aniko Husti, apunta cómo la división de la jornada en horas puede dificultar el desarrollo de los niños, ya que se prohíbe una serie de actividades demasiado cortas o demasiado largas, y también se induce a lo que los psicólogos llaman efecto Zeigarnik: es decir la frustración de ser interrumpido en una actividad que se desea continuar».

Elogio de la lentitudMuchos movimientos, bajo el paraguas de la palabra inglesa slow y el icono del humilde caracol,  enarbolan la defensa de la lentitud, que -quién lo hubiera dicho- se ha vuelto revolucionaria: slow foodslow city, slow science...En todos ellos se denuncia la misma sensación de prisa que nos embarga, sin saber por qué: un apremiante y desasosegado desconcierto de que no nos da tiempo nunca a hacer lo que queremos, que es, como siempre denunció Agustín García Calvo, lo que se nos manda, la realidad construida a la velocidad del AVE haciéndose pasar por la única realidad legítima, comprensible, natural como la vida misma.

Como decía un amigo, nada queda ya en el hombre que sea natural, espontáneo o instintivo salvo, quizá, buscar la teta de la madre cuando nacemos. Lo demás, es aprendido, interiorizado a través de la represión o imbuido por la educación, la propaganda y la publicidad, si es que las tres cosas no son la misma. Es posible verlo como inevitable o hasta necesario, como hace Norbert Elias al considerar que el proceso civilizatorio, en su etapa contemporánea, puede entenderse como una construcción de la realidad que consiste en interiorizar obligaciones externas, que pasan así a sentirse como normales y naturales. Quizá el lector haya aprendido a sentirlo de esta forma, pero espero, al menos, haberle inducido, con los ejemplos y razones anteriores, a eso que las ficciones policiales y jurídicas de esa otra escuela que es la televisión o el cine nos ha enseñado a llamar una duda razonable.

2 comentarios

#1. Manuel Martín "Mammolillo, hace 1 año y 6 meses

¡Muy buena entrada tocayo! Es todo un gusto haber encontrado este blog y poder gozar así de todo el jugo que contiene.
Gran blog, gran persona.
¡Un abrazo profe!

#2. Manuel Jiménez Friaza, hace 1 año y 6 meses

Muchas gracias por tus palabras, Manuel. Bienvenido al blog y un abrazo.

Escribir un comentario

Si quieres añadir tu comentario a esta entrada, simplemente rellena el siguiente formulario:





* Campos requeridos

Puedes usar estas etiquetas XHTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>.

No hay trackbacks

Para notificar de una mención en tu blog a esta entrada, habilita la notificación automática (Opciones > Discusión en WordPress) o especifica esta url de trackback: http://​clarosenelbosque.com/​slow-train-coming-o-elogio-de-la-lentitud/​trackback/