Claros en el bosque

Blog de Manuel Jiménez Friaza

La indiferencia universal

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 1 año

La literatura romántica nos acostumbró a que los paisajes naturales se acompasaran a nuestros sentimientos. Así, el joven Werther, cuando hacia el final de la ficción de Goethe desespera y se rebela ante la idea de no volver a ver a su amada Lotte, sale a dar un paseo y se encuentra con que el valle había sido inundado por una crecida de algunos arroyos cercanos. Es entonces que se coloca en la cima de una roca y mira hacia el abismo, hacia el valle inundado, que parece un mar embravecido y exclama «¡entonces se apoderaba de mí un estremecimiento y un anhelo! ¡Ah!, con los brazos abiertos, erguido ante el abismo, respiraba ¡abajo!, ¡y me perdí en el delicioso sentimiento de arrojar mis torturas en aquel abismo y alejarme rugiendo como las olas!»...

Paisaje rocosoEl héroe romántico, aunque sufría lo que Rafael Argullol llama la cesura trágica entre él y el sentido del mundo, el desgarro del abandono de Dios, nunca está solo: el jardín o el bosque, las montañas o las olas embravecidas del mar sienten junto a su corazón y se transforman al par que sus emociones y angustias... Por eso la cantata a dos voces que es, en tantas ocasiones, el texto romántico es, al mismo tiempo, una metafísica en la que el ser, entendido a la manera renacentista como anima mundi, se une, en un secreto acorde, con el alma del poeta en un hermoso bucle que nuestro mundo ha perdido.

Nuestro tiempo es el de la soledad radical, la que provoca la sospechada indiferencia del universo respecto a nuestro corazón y sus cuitas, en relación al desorden de la injusticia y el crimen que conforman el dintorno de nuestras vidas. La andreia que, en la tradición aristotélica, reivindica el filósofo Víctor Gómez Pin como una actitud humana digna ante esa indiferencia universal que nos afrenta tras la muerte de Dios, lleva implícita la renuncia a la filosofía perenne, la disyunción y divorcio definitivo de la naturaleza que, en un raro azar, se enamoró del alma romántica.

Joseph Roth, el misterioso y enorme escritor austriaco que escribía con tinta de seda, retrató esa indiferencia -en la personal elegía de la decadencia y caída del mundo antiguo que es La marcha Radetzky- de una forma extremadamente sutil en una escena cotidiana que pasa desapercibida pero que evoca con eficacia el abandono universal que sucedió al romanticismo. En ella, el segundo Trotta de la dinastía protagonista -un rutinario funcionario del imperio austro-húngaro- nota, a la hora del desayuno acostumbrado, una falta alarmante: la correspondencia del día, que siempre le deja su fiel y anciano criado sobre la mesa, no está. Jacques está enfermo y se ha quedado en cama presintiendo la muerte: «Se fue a la ventana y se sorprendió en extremo al comprobar que fuera todo seguía igual, sin tener todavía en cuenta los cambios que ocurrían en su casa. Porque hoy no había comido ni leído el correo. Y Jacques estaba en cama con una extraña enfermedad. Y la vida seguía igual.»

indiferenciaEl hiato de la indiferencia universal ha excedido en nuestro tiempo a la naturaleza, abandonada a la suerte de la cosificación nihilista del capitalismo y aherrojado en su solipsismo el hombre actual (literalmente un hombre sin atributos, como lo llamó Robert Musil, otro espléndido escritor austriaco), se ha extendido también al paisaje humano. Es ese carácter tan fiero el que da la clave desesperada de la tragedia contemporánea. Pienso en ello estos días en que, de nuevo, se sueltan los «perros de la guerra» en Siria.

Imagino la soledad radical de cualquiera de esos 15.000 sirios que han huido del horror, abandonando casas, gente, recuerdos, vida: ¿qué desesperación no sentirán al asomarse a la ventana de sus tiendas de acampada, o de la casa donde, con suerte, hayan sido acogidos, ante la indiferencia de la naturaleza y los hombres sin atributos? O, cuando leo que en México un millón de niños trabajan en el campo en condiciones esclavistas, del mismo modo que otros millones más lo hacen en las minas, en este posmoderno descenso a los infiernos, ¿qué soledad helada no sentirán esos niños al mirar por la ventana de Trotta?

1 comentario

#1. Carmen María Cruz, hace 1 año

La desnaturalización física hace surgir el olvido y la indiferencia por el sufrimiento humano. Quien no se estremece ante miles de árboles ardiendo, y siente en su piel la terrible queja de esas vidas que se retuercen entre las llamas, será incapaz de imaginar siquiera, la profunda desesperación de quienes se hacinan en campamentos de refugiados ,despidiéndose de su suelo, sus sueños, sus recuerdos...ante la furibunda avaricia de los sin raíces.

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