Claros en el bosque

Blog de Manuel Jiménez Friaza

Juventud, divino tesoro

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 10 meses y 6 días

Decía Stefan Zweig en un apasionado ensayo -como todos los suyos- sobre el poeta Hölderlin: «El siglo XIX, el nuevo siglo, no ama a sus juventudes. Ha surgido una nueva generación que, fogosa y llena de empuje, avanza hacia su libertad. La fanfarria de la revolución ha despertado a esos jóvenes; en sus espíritus hay una divina primavera y una fe nueva envuelve sus almas. Lo imposible parece, de pronto, realizable. (...) En todos los países se han alzado al mismo tiempo y, con la mirada fija en las estrellas, traspasan las fronteras del nuevo siglo como las de un reino que se les ofreciera. (...) Pero el nuevo siglo no ama a esa intrépida generación, siente miedo de su plenitud y un sordo terror ante la fuerza extática de su exuberancia.»

divino-tesoro2A uno le gustaría repetir y suscribir, en las epifanías de este siglo, la hermosa oda que, en las líneas anteriores, escribió Zweig pensando en aquella generación que, parafraseando el dicho popular, traía la revolución bajo el brazo. Pero uno es consciente de que la apelación social a los jóvenes está siempre envenenada, porque siempre se les pide algo que tiene que ver con el mundo de sus mayores, sea la vieja apelación a morir por la patria, la llamada a rebato del carpe diem consumista o la incitación contemporánea a socializarse con el fetiche tecnológico de moda. Cuando juventud se entiende como una categoría aristotélica la convertimos en un objeto sociológico manejable, en mercancía dinámica, en una víctima propiciatoria. En este sentido, Rosa Montero, en una columna reciente, llamaba la atención sobre el hecho de que hay una tendencia, en aumento entre las jóvenes de ahora, a la depilación de las zonas sexuales: la periodista lo explicaba por la influencia epónima de la pornografía, una de las más tristes y potentes fuentes de la educación contemporánea. La industria pornográfica, por su parte, dicen que ocupa el mayor volumen de la información accesible en internet. Hay que añadirla, en el nuevo claustro de profesores, a la Publicidad que, al decir de Rafael Sánchez Ferlosio, es la gran educadora de nuestro tiempo.

Es posible, y desalentador, pensar que las rebeliones sociales protagonizadas por jóvenes -al menos en relación a Europa- solo se producen en épocas de abundancia. Se suele citar para el caso, según leo con cierta frecuencia útlimamente, como hace de forma ejemplar Thierry Pech, director de Alternatives Économiques, los levantamientos de Estambul o de Río: «estos movimientos tienen en común estar impulsados por estas nuevas clases medias cuyo número y expectativas crecieron considerablemente durante el boom económico de la última década. (...) Las nuevas clases medias no quieren únicamente trabajar y consumir más. Aspiran también a un modo de vida diferente y cultivan unos valores que trastocan las jerarquías establecidas.» Pero tal vez esta manera de ver las cosas no sea más que un desplazamiento freudiano, una visión de conveniencia por la cual los adultos hablan en lugar de los jóvenes. Con ellos sucede como con las clases subalternas (mujeres, emigrantes, lumpen urbano), que no tienen voz, o que lo que oímos es una voz impostada como la de los ventrílocuos.

divinotesoroLa juventud, junto al abandono de la infancia y la entrada en la vejez son los tránsitos más complicados de la vida. Agustín García Calvo ya explicaba cómo son los momentos en que aumentan los casos de locura. También los suicidios. Son épocas de pérdidas y soledades, de búsquedas infructuosas, de renuncias inexplicables en aras de la cordura y la normalidad de la realidad construida. Así, hablamos todo el tiempo de los jóvenes, aunque pocas veces hablamos con ellos realmente: por el miedo a las contradicciones e infelicidades que nos sobresaltan aún del miedo olvidado tras nuestra integración en la máquina social. Pero por eso mismo, porque la juventud es tesitura de quiebra y reconstrucción, de inconformismo y ajustes, un dispositivo aún no cerrado y galvanizado del todo, definido en su indefinición, la juventud es siempre la esperanza de un tiempo nuevo, la inauguración de un campo abierto lejos del claustrofóbico jardín cerrado de la edad tardía. Hoy como ayer, como escribió con tanta claridad Stefan Zweig, el nuevo siglo no ama a sus juventudes.

Les teme, y por ello se les está robando, en la Guerra Social contemporánea, a través de este concienzudo trabajo de apropiación de los bienes comunes que sufrimos por parte de las élites ricachonas y poderosas que gobiernan el mundo, el futuro: el territorio de la esperanza en tanto que es siempre inmanejable. Por ello envían a los jóvenes a la yihad o se les proporcionan drogas en variedad creciente para su modorra necesaria, o se les acostumbra al fetichismo alienante de la tecnología, en la humillación de la búsqueda infeliz de ciencia sin raíces, sudores sin fruto... No hay nada mejor que este desamor de nuestro siglo a los jóvenes para entender y sentir el nihilismo aterrador de los actuales amos del mundo.

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