Claros en el bosque

Blog de Manuel Jiménez Friaza

Habla y escritura: de lo vivo a lo pintado

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 6 meses y 6 días

Recién salido del horno mi segundo ensayo largo publicado en FronteraD. Esta vez, una reflexión sobre el habla y la escritura en la que, desde muchos enfoques (el etimológico, el del carácter no consciente del habla y las interferencias que sufre por la presión, consciente y cultural, de la escritura, la incapacidad para contar historias del hablante contemporáneo...) intento abordar las razones de esa pérdida de frescura y fluidez que caracteriza al español (pero es válido para cualquier lengua occidental) actual. En fin, espero que los amigos del blog disfruten leyéndolo tanto como yo disfruté escirbiéndolo...

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La nueva oralidad

Aunque es un tópico contemporáneo considerar que las nuevas tecnologías comunicativas suponen una nueva explosión de la oralidad, se trata de una euforia falaz y engañosa, tanto como los complementarios avisos pesimistas, bastante común cuando se menciona la cultura digital. La euforia o la melancolía (la distinción entre apocalípticos e integrados, de Umberto Eco, sigue siendo útil) se alternan de forma igualmente desatenta porque se mezclan ideas como lengua, escritura, oralidad, información o comunicación en un batiburrillo que no ayuda mucho a la comprensión. Carles Freixa, por ejemplo escribía en 2011 en La Vanguardia, bajo el exultante título «De Homero a Jobs (pasando por Gutenberg)»:

Homero vuelve a estar muy vivo: son los jóvenes hiperconectados quienes se cuentan historias con su móvil, convierten frases en texto con programas de transcripción natural, hibridan en el ciberespacio oralidad, visualidad y escritura, inventan la cultura digital a partir de culturas orales transmitidas por personajes como Ishi[2] y los muchachos de la vida[3], son quienes crean una nueva cultura oral que ya no es tradicional sino futurista.

La periodística y superficial hipérbole de Freixas sobre el nuevo Homero digital futurista olvida que Homero fue la punta visible escrita de un iceberg milenario de literatura oral, oriental e indoeuropea, que –siguiendo la metáfora del río de la literatura que debemos al último y meritorio libro de Francisco Rodríguez Adrados– ha ido aflorando en épocas y lenguas diferentes a lo largo del mundo de la literatura escrita. En ese poso verbal común de la Humanidad, por lo que podemos saber –más que saber, adivinar– había historias épicas, cantos a la amistad y a la aventura sexual, seres monstruosos o dioses que se mezclaban con los humanos en una relación difícil que dejó en muchos casos una descendencia común y compartida. Había también homenajes a los muertos y cábalas sobre el origen del mundo... Y todo en torno a fiestas y rituales colectivos, en fructífero hermanamiento con los corros musicales y las danzas...

No sabemos qué nos traerá la nueva cultura oral, correspondiente al carácter de clan o banda que presentan las nuevas relaciones y comunicaciones mediadas tecnológicamente por las redes de internet y los artefactos digitales conectados a ella continuamente, pero no será Homero ni el inmemorial relato oral del que surge. En este sentido, Josep Lluis Gómez Llopart[4], que acompañaba y hacía de contrapunto a Carles Freixas en aquel tema de debate que planteaba el diario catalán hace casi justamente dos años, mostraba una mayor lucidez y mesura a la hora de insinuar la nueva oralidad –tal como hacía Walter J. Ong en un libro clásico– como una oralidad terciaria. En esta visión de las cosas, la oralidad primaria es la comunicación verbal interpersonal, espontánea, directa e interactiva. La oralidad secundaria es la ya mediada por la tecnología telefónica (sin la presencia indirecta de la imagen) y por los Medios de Comunicación de Masas tradicionales (ya con la imagen electromagnética y la fuerte impronta de los estereotipos verbales y no verbales transmitidos como modelos). De la tercera oralidad, la de la era digital contemporánea, que Gómez Llopart veía –otro tópico de nuestro tiempo– como un ecosistema comunicativo, afirmaba:

Con los nuevos dispositivos y las redes sociales digitales asistimos a una multiplicación de oralidades junto con la oralidad presencial, que parece ir reconfigurándose. Pensemos, por ejemplo, en las escrituras y emoticonos de los SMS, de Twitter o WhatsApp; en las conversaciones vía chat; en la construcción de identidades en Tuenti o Facebook, o en la gestualidad aprehendida de los videoclips o de ciertas series audiovisuales.

Para matizar, con bastante tino, que los jóvenes que hacen gala de una nueva espontaneidad y creatividad verbal (pero también de la uniformidad de los estereotipos, que comprobamos en ese aire de familia que tienen hoy los chicos del cualquier rincón del mundo en su gestualización y memes verbales) prefieren, sin embargo, la comunicación oral presencial y directa cuando se trata de hablar de cosas que consideran importantes, en un retorno inevitable a la cuestión de la verdad y la autenticidad que sólo permite dilucidar el testimonio directo de la voz humana y sus infinitas modulaciones, la mirada o el lenguaje corporal en vivo.

Esta vuelta a los orígenes, cuando surge el problema de dirimir entre mentira y verdad en cuestiones de verdadera importancia, nos recuerda que lengua solo hay una: la hablada; la escritura es únicamente un sistema de representación gráfica: trazos o dibujos. Lo que sucede es que, desde su mismo nacimiento se asocia a los diversos sistemas semiológicos, a los que da pie, que conforman eso que llamamos Cultura o Historia. Primero como técnica asombrosamente útil para los poderosos en su lucha contra el olvido –según muestra la cantidad ingente de documentos burocráticos y legislativos legados por las antiguas monarquías e imperios orientales–, y posteriormente, en otro intento igualmente desesperado por contrarrestar la mala memoria, ya patrimonio humano, los pálidos y escasos reflejos escritos de la inmemorial literatura cantada, contada o recitada en interminables melopeas perdidas.

La amalgama entre habla y escritura es ya inextricable y su confusión se palpa en todos los ámbitos, particularmente en el de la enseñanza, en el que me detendré enseguida. En la nueva oralidad, la oralidad terciaria cuya explosión vivimos, interactúan en ese continuum, en el que se mezclan a menudo el ruido y la furia, y que es tan específicamente contemporáneo. Pero no es nada novedoso, pues en la misma Atenas se sabe que en los contratos, verbales en su forma clásica y donde, por tanto, se exigía la presencia de testigos, se leían documentos escritos. Del mismo modo que la lectura de un texto dramático se sustituye tan a menudo por su representación escénica, que es su intención primera. En palabras de Rosalind Thomas: «La escritura no es necesariamente el espejo-imagen de la oralidad, a la que sustituye, sino que se relaciona o interactúa con la comunicación oral de muchas maneras. Muchas veces la línea entre lo escrito y lo oral, incluso en una sola actividad, en realidad no puede percibirse muy claramente». Es totalmente cierto en lo que se refiere al nacimiento de esta tercera oralidad de la que hablamos. (...)

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