El flautista de Hammelin (Apuntes, 10)

Ya se oye la música del flautista de Hammelin que dejará de nuevo las calles y plazas huérfanas de niños. Ya las guarderías están llenas de ellos y, pronto, lo estarán colegios e institutos… Vivimos la época de la escolarización universal y casi perpetua, que, en el periodo laboral discontinuo que vivimos se recodficará en forma de cursos de formación o en reespecializaciones y, ya en el retiro, en forma de animaciones socioculturales -como se las llama en la neolengua- o cursos de actividades manuales o de gimnasias adaptadas a la edad…
En un cierto sentido, lo que empieza ahora es una expropiación estatal de la infancia. Uno entiende, faltaba más, los deseos de vida activa y de trabajos de madres y padres, pero lo cierto es que los niños son criados y educados -hasta en sus juegos. oh dioses- por monitores y funcionarios. Por supuesto, la vida adulta ya estaba expropiada por el trabajo o su búsqueda ansiosa. Se cierra así el ciclo de nuestras vidas enajenadas, que comienza  ya en ese territorio aséptico y hermético de las ludotecas o las aulas, al son de la música del terrible flautista…

La belleza humana

No me gusta el deporte televisado, y no lo veo nunca, casi sin excepciones: una de ellas es el rugby, por el que de vez en cuando me dejo seducir. Sus jugadores, que parecen campesinos y canteros, transmiten una sensación de fuerza, nobleza y concentración que me han hecho pasar algunos buenos ratos. La otra excepción es la gimnasia rítmica. Hace unos minutos he disfrutado de esas chicas en las olimpiadas, y de la sinfonía que componen sus bellos cuerpos longilíneos. La hermosura que resulta de la sincronía y la elegancia de sus movimientos aparentemente ingrávidos, de sus encuentros y desencuentros, de pausas y estacatos me hace olvidar la tontería de las banderas y sus periodistas contadores de medallas, para disfrutar con la simple belleza del cuerpo humano, desprendida y autónoma ya, en el cuadro final, del esfuerzo y la disciplina previos, devenidos invisibles al amor de la mirada…

Complicarse la vida

Por más que pensadores como Hannah Arendt hayan intentado restituir la libertad al espacio público, la vieja y dañina creencia de los estoicos (muchos de ellos antiguos esclavos, como Epicteto) de que la libertad habita en ese espacio interior que podemos llamar como queramos -alma, espíritu, conciencia- sigue incólume entre nosotros.

Lo que Arendt llamaba espacio público tenía un sentido casi literalmente griego: la palabra en el ágora, la discusión, el juicio, el debate, el convencimiento o la persuasión. Cuando ella no quiso que la consideraran filósofa (como se puede leer en mi anterior entrada dedicada a ella) sino que se dedicaba a la teoría política, también entendía el término “política” desde la perspectiva griega: las palabras y razones que hacen cosas, que actúan y transforman.

Las ideas preconcebidas son las que usamos normalmente (y normalmente no pensamos) para formular juicios (los políticos son todos unos corruptos, Ana es muy guapa, etc., etc.) porque son cómodas, se adquieren en el sentido que nos enseñan, se aplican a casos concretos y a otra cosa, mariposa.

La libertad de pensar, tal como la defendemos aquí, va soldada a la libertad para convertirla en discurso público y es un pensar, por eso mismo, “en contra” de las ideas recibidas, porque es la única manera de descubrir algo nuevo y de cambiar, por tanto, la realidad cambiando su percepción. A esa apuesta, sea o no compartida, juega uno desde que tiene uso de razón. Una anécdota: en una de mis clases de Filosofía, en unas aulas en las que nadie preguntaba nada, le hice una pregunta a mi profesor, que, tras una risita sarcástica -secundada por mis traidores compañeros- me soltó: “Friaza, ¿por qué se complica usted la vida…?”. Asumir la libertad y con ella el pensamiento y la política es, efectivamente, complicarse la vida. Pero eso, lejos de ser un problema, es lo que la hace digna de ser vivida.

Inquilin

La palabra inglesa inquilin está mucho más marcada que la española “inquilino”. Inquilin designa a los animales que usan para vivir las madrigueras o refugios de otras especies. Hay un matiz parasitario u okupa que no tiene el equivalente en nuestra lengua. En el ámbito humano, pues, desde el punto de vista de la xenofobia, el emigrante es visto como un inquilin, una especie invasora que ocupa nuestras viviendas, calles y ciudades para vivir en ellas, como unos inquilinos gorrones. Me parece sugerente abordar lingüísticamente el problema de refugiados y emigrantes como un caso de inquilinato, sujeto, como se entiende en inglés, a miedos y competencias zoológicas por el territorio muy arraigadas en nuestro cerebro antiguo.

Derecho moderno y animismo

Una de las paradojas del derecho moderno es, ¿cómo llamarlo?… su “animismo”. Por ejemplo, la Iglesia Católica, otorga de facto naturaleza de persona jurídica1 al feto humano (hubo un tiempo, como contraste y lección, en que negaba que las mujeres tuvieran alma, y aquello se discutió en un concilio). La cada vez más fuerte influencia de los partidos animalistas y organizaciones adyacentes nos están acostumbrando a otorgar a los animales (¿sólo vertebrados?) una subjetividad consciente y sufriente. Los movimientos en pro de una Declaración Universal de los derechos de los animales son ya antiguos: más pronto que tarde, la veremos y nos habituaremos a ella. ¿Pero dónde estará el límite a este nuevo animismo? ¿Incluiremos el mundo vegetal y microscópico? La teoría de Gaia establece una especie de intersubjetividad al planeta, una suerte de “inconsciente colectivo” de todas las especies vivas, si queremos imaginarlo así. Una “supersubjetividad” que la convierte en persona jurídica también: los derechos del planeta…

La paradoja es que, en paralelo a esta extensión universal de las personas jurídicas, portadoras de derechos, los derechos humanos, los más antiguos y consagrados en el tiempo histórico, sufren retrocesos temibles día tras día. De forma complementaria a su fragmentación y a su exclusiones: los derechos “sociales”, que siguen sin entrar en la gran Declaración, y las nuevas inclusiones, el derecho a nuevas identidades y su reconocimiento público… Pienso que se trata de un corrimiento de perspectivas a la que no se presta la debida atención.

¿Qué hace uno aquí? (Apuntes, 9)

Introspección sobre mi porfiada participación en las redes libres…

¿Qué hace uno aquí?

Algunos vivimos una posición paradójica en el seno de esta sociedad, sin poder integrarnos de lleno en el estruendo que la ocupa y sin atrevernos tampoco a romper con ella, aunque con frecuencia nos hastíe. Vivimos en cierta forma infiltrados, intentado ser agentes dobles.

Hago mías estas palabras de Ignacio Castro, para el comienzo de esta introspección. Porque, en efecto, es un buen momento para preguntarme qué hago aquí, tras todos estos años de porfiada participación en la red libre…

Lo primero es que no estoy para criticar ni combatir los peligros de las grandes plataformas empresariales F & T. Cualquier persona medianamente bien informada debe saber de sus peligros y que, integrándose en ellas, vende su alma al diablo. F & T existen, están ahí porque ganaron esta supuesta “guerra” entre redes sociales que algunos ingenuos creen todavía que está teniendo lugar.

A mí mismo, durante los cortos periodos en los que compartí en ellas, me resultaron útiles: estuve en contacto con alumnos y conocí, e hice amistad, con periodistas y escritores a los que admiro y respeto.

Así que si emigré pronto al viejo joindiaspora, a identi.ca -después pump.io- y finalmente a redmatrix /hubzilla, donde he terminado poniendo el huevo, lo hice por una elección personal, ética y estética (en el sentido en que un código, su concepción y desarrollo tienen también una “poética” y una belleza) y por ninguna otra razón de las que se estilan. Nunca me he dejado engañar por la ilusión de que en estas redes uno es inespiable o anónimo. En todo caso, Pepe Gotera y Otilio lo tienen un poco más difícil, pero soy consciente de que desde que se sale a internet, uno está siendo ya rastreado, y localizado e identificado con un poquito más de tiempo…

Tampoco tuve nunca la ambición de tener un millón de amigos o me gusta. El poquito de vanidad que uno pueda tener, ya lo tengo cubierto con creces con el cariño o admiración que he recibido de alumnos, amigos y unos pocos lectores…

Tampoco creo que esté aquí para dar a conocer “mi obra” -que bien escasa y discreta que es, valga lo que valga, por otro lado- o algo parecido.

Y si tampoco estoy aquí porque crea en el “activismo” (que a mí me recuerda más la manía de las “actividades” que tienen muchos compas de profesión) ni en su efectos reales, a no ser Tuiter para las convocatorias puntuales de gente en protestas y asambleas. Pero eso no tiene sentido en la España rural en la que vivo… Ni por ninguna clase de proselitismo, porque no tengo ninguna bandera para convocar a nadie. Tal vez, mi viejo prurito de enseñar, ese me lo reconozco a veces…

Y si no es nada de eso ¿qué hace uno aquí? Creo que es, sobre todo, por departir con algunos pocos amigos que he ido haciendo, en un ambiente tranquilo y discreto, por dejar una huella, como la baba del caracol, de lo que uno va leyendo y pensando a propósito de esto o lo otro, por disponer de una plataforma de publicación en línea tan potente como esta de Hubzilla (que más que un producto, como dice su creador, es un evolutionary art) y, finalmente, por aprender de otros y otras, a veces de lugares tan remotos como Noruega o México y poder sentirme un poco nómada, ya que mis circunstancias personales me han hecho tener una vida sedentaria…

Por algo de todo esto, sigo por aquí, con estos años y estos pelos :-)

Es el aburrimiento, amigo

Creo que fue Casiano, en el siglo V, el primero que escribió sobre el aburrimiento. Más en concreto, sobre el aburrimiento de los monjes, la acedía, una mezcla de hastío del espacio cerrado de la celda y del vacío mental de la repetición ritual de la vida cotidiana: horror loci y horror vacui. La acedía, ocasión siempre para la tentación y el pecado, se combatía con la ocupación total del tiempo entre los rituales religiosos y el trabajo manual, el ora et labora de los benedictinos…

El aburrimiento contemporáneo es de otro tipo y tiene que ver más con la ocupación de la vida, programada en tramos de tiempo regulares (horas, semanas, años) que los señores del tiempo y las plusvalías han ido disponiendo con la escolarización perpetua y con las jornadas laborales. Pero sobre todo, tiene que ver con la ocupación del futuro entendido como un tiempo plano y muerto, el tiempo del interés bancario, de los seguros o de las pensiones y vacaciones. Es un futuro cuyo señuelo es una promesa de felicidad o descanso, siempre postergado y nunca cumplido, pero que siempre funciona por eso mismo. El aburrimiento es más ostensible justo allí donde se supone que acaba: en las tristes fiestas, diversiones y borracheras previsibles…

Parecido a la acedía medieval, es el aburrimiento escolar -que puede ser creativo, siempre lo he defendido, en la ensoñación adolescente, mientras se le dibujan bigotes al retrato de Machado- conscientemente provocado, pues la ruptura continua del tiempo en tramos horarios fijos está pensada para la domesticación y el desaprendizaje, en que el hastío provocado por el cambio continuo es parte fundamental…

La cultura del proyecto

Leo Indisposición general. Ensayo sobre la fatiga., un libro de Martí Peran. Es una lúcida crítica a la hiperactividad (capitalista, nietzcheana) y la “autoproducción” (hazlo tú mismo, hazte y rehazte, emprende…) contemporáneas. Leo cosas tan interesantes como esta:

La idea de proyecto es la fórmula retórica que engloba mejor la hiperactividad autoproductiva. La propia vida es concebida como proyecto en lugar de como biografía. Una vida como devenir biográfico conlleva una sucesión de experiencias con solución de continuidad. En una vida biográfica se cruzan por igual ilusiones cumplidas y desengaños sobre el filo de un tiempo único. La vida bio-gráfica se dibuja de forma paulatina en un trazo continuo. La vida como proyecto, por el contrario, es una vida sometida a la flexibilidad y la atomización. Cada uno de los modos de ser del sujeto de la autoproducción lleva inscrita una fecha de caducidad. Para que se mantenga operativa nuestra inquietud productiva, no podemos detenernos en ningún modo de aparecer. La visibilidad que nos constituye ha de ser permanentemente reconfigurada.

Lo que sabía y no sabía hacer

He terminado Sabía leer el cielo, un libro que combina textos de Timothy O’Grady con fotografías de  Steve Pyke, fotógrafo de The New Yorker. Es un libro precioso del que, gracias a la editorial Pepitas de calabaza, tenemos ya una digna traducción al castellano, a pesar de que el original se publicó en 1997. Era ya conocido y estimado, según me entero ahora, y hay una película inspirada en él, I Could Read The Sky así como una canción de de Mark Knopfler, Mighty Man. Una y otra las enlazo al final de la entrada.

Los textos de O’Grady evocan, con una fuerza lírica tremenda, los recuerdos de su protagonista individual, un irlandés que encuentra un sentido para su vida en las canciones que sabe tocar con su acordeón (27 canciones, según leemos en uno de los fragmentos que transcribo a continuación) y en el amor total que siente por una mujer, Maggie, descrita siempre de forma elusiva, con sinestesias que la identifican con los elementos de la naturaleza: el viento, el mar, la tierra…

Hay otro personaje, colectivo, que se nos va presentando bajo diversos nombres, apariencias e historias, en representación de los campesinos irlandeses que, a comienzos del siglo pasado, emigraron a Inglaterra a trabajar en la construcción de túneles y carreteras o casas, en el trabajo agrícola -de un campo ya industrializado- o ganadero. Cambian tanto de trabajos como de nombres y la realidad húmeda y sucia de los cuartos oscuros donde duermen o de las tabernas donde se emborrachan o cantan, se compensa con los recuerdos rurales de su infancia perdida en Irlanda. Como dice el protagonista narrador en este fragmento, cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado…

Cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado. Después trabajé. Pavimenté carreteras, rompí cemento, excavé bajo viviendas y retiré barro. Conté paladas, conté patatas y conté ladrillos. Fue el tiempo en el que tuve un pasado. Era pesado como los bloques que lastran una barca. Sin pasado me habría hundido. Creía que tenía futuro también, pero no podía verlo. Estaba en las cosas que levantaba y acarreaba y en lo que me daban por hacerlo. Era un futuro que parpadeaba y se oscurecía cuando intentaba mirarlo.

Imagen/foto

Bajo los epígrafes “lo que sabía hacer” y “lo que no sabía hacer”, que cito ahora, podemos leer una declaración de principios sobre un saber, el saber obrero de antes de la división social del trabajo a través de la especialización -que estos campesinos aún no conocen- que nos vuelve indefensos, torpes e ignorantes para vivir. Un saber total. Un saber que es un hacer, pues los trabajadores siempre han sido los hacedores del mundo…

Lo que sabía hacer:

Sabía remendar redes. Techar con paja. Construir escaleras. Tejer una cesta con juncos. Entablillar la pata de una vaca. Cortar turba. Levantar un muro. Pelear tres asaltos con Joe en el ring que papá instaló en el granero. Sabía bailar. Leer el cielo. Armar un tonel para caballas, Arreglar caminos. Construir un bote. Rellenar una silla de montar. Colocar una rueda en un carro. Cerrar un trato. Preparar un campo. Manejar la volteadora, la rastra y la trilladora. Sabía leer el mar. Disparar con puntería. Coser zapatos. Esquilar ovejas. Recordar poemas. Sembrar patatas. Arar y gradar. Leer el viento. Criar abejas. Liar gavillas. Fabricar un ataúd. Aguantar la bebida. Asustar con historias. Sabía qué canción cantarle a una vaca mientras la ordeñaba. Tocar veintisiete canciones en el acordeón.

 

Lo que no sabía hacer:

Tomar comidas sin patatas. Confiar en los bancos. Llevar reloj. Invitar a pasear a una mujer. Trabajar en desagües o con objetos más pequeños que un clavo. Conducir un coche. Comer tomates. Recordar las rutas de los autobuses. Sentirme cómodo con el cuello de la camisa. Ganar a las cartas. Reconocer a la reina. Soportar las voces altas. Observar el protocolo de los saludos y las despedidas. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una fábrica. Tomar café. Mirar una herida. Seguir el críquet. Entender la forma de hablar de un hombre del oeste de Kerry. Llevar zapatos o botas de goma. Imponerme a PJ en una discusión. Hablar con hombres que llevan cuello de camisa. Flotar en el agua. Enfrentarme al dentista. Matar un domingo. Dejar de recordar.

El libro acaba con esta última cosa que no sabía hacer: dejar de recordar… Vale la pena leerlo, en tiempos como estos en que el desprecio hacia los campesinos y obreros de ciudades, y más aún si son emigrantes como estos irlandeses, por parte de los poderosos y las clases ociosas, ha cobrado estos tonos tan hirientes y humillantes que todos conocemos… Seguramente porque ya nadie sabe leer el cielo o el mar y se ha clausurado el mundo como un enigma que tiene la apariencia engañosa de un escaparate luminoso.

Mighty Man
by Wesley Kaizer on YouTube

I COULD READ THE SKY
by Nichola Bruce on Vimeo

Adultescencia (Apuntes, 8)

Lo de la “adultescencia” es un neologismo que se ha hecho popular a partir del libro de Eduardo Verdú Adultescentes: autorretrato de una juventud invisible. Intenta reflejar un fenómeno muy contemporáneo y propio de las sociedades capitalistas occidentales: Hombres -mayoritariamente- de una franja de edad que ya abarca de los 20 a los 40 años, que no abandonan la casa de los padres (el antiguo síndrome del “nido vacío” se ha convertido en el del “nido lleno”), que han renunciado a montar familia propia, e incluso a compartir piso, con trabajos esporádicos e ingresos irregulares (solo un 35% dice tener una cierta autonomía económica, pues no pagan hipoteca ni alquiler) que, sin embargo, dedican a gastos relacionados con el consumo personal y las satisfacciones hedonistas: salir de copas, relaciones esporádicas… La publicidad y el Mercado ya se fijaron en ellos hace tiempo, en su búsqueda perpetua de nuevos consumidores.

Las explicaciones económicas son evidentes: trabajos precarios (los contratos predominantes actualmente son de una semana), miedo a tener hijos (la media de edad española anda en torno a los 30 años para el primer hijo), incertidumbre general sobre el futuro que los hace refugiarse en una juventud sin límites que pretenden aproblemática. Y ahí entran las explicaciones psicológicas que a mí me convencen menos pero me preocupan más: el síndrome de Peter Pan, el narcisismo, la dependencia de otros, o de las ayudas del mismo estado, la queja continua…

Hace tiempo que saltó por los aires el tradicional relevo generacional, cuyo dictum era, en pocas palabras: uno debe superar las dificultades e intentar vivir mejor que los padres. Un “adultescente” citado en un artículo de Alberto G. Palomo, publicado en el número de junio de Tinta Libre, que ha motivado esta reflexión, lo explicaba así: mis padres lucharon contra las privaciones y lo consiguieron, nosotros luchamos contra nuestros deseos frustrados y fracasamos.

Ya vivimos, en general, al margen de la edad biológica y la “madurez”, entendida como aceptación del principio de realidad y la asunción de las riendas de la propia vida entendida como una toma de decisiones, empieza a llegar, en muchos casos, a los 30 años. Posiblemente en unas décadas, llegue a los 40. Esa adultescencia, pues de alguna manera debe seguir produciéndose el relevo generacional en tanto existan nuestras sociedades “organizadas”, va a terminar girando alrededor de un eje cronológico impreciso en que se alternarán periodos de paro, de formación y de minijobs que, de forma sucesiva e irresoluble nos llevará a la edad tardía. La dictadura de la escolarización cuasi permanente nos sujetará a ese principio de indeterminación y dependencia de otros o de las instituciones “protectoras”, pese a todo, de los estados, que parece marcar la pauta de estos tiempos bobos….

A propósito del pacifismo y la violencia (Apuntes, 7)

Comparto con los amigos del blog mis intervenciones en un debate que estamos teniendo algunos miembros en el foro Anarquismo(es) en Hubzilla, a propósito del libro de Peter Gelderloos, Cómo la no-violencia protege al Estado, Santiago, 2012.

… Terminé de leer el libro de Peter Genderloos, aunque he de reconocer que ha sido una lectura rápida en la que me he saltado muchas páginas, particularmente los prolijos ejemplos que va aportando para reforzar su tesis. Demasiados, porque un crítica contra el pacifismo o la no-violencia no necesita tal cúmulo de “casos” de la realidad. Al contrario, la necesidad de tanta “documentación” histórica más bien muestra la debilidad o la dificultad de su argumentación, que de hecho termina trabajosamente en las páginas finales con desahogos y afirmaciones arbitrarias como esta:

Por toda esta falsa fanfarria, la no violencia resulta decrépita. La teoría no violenta se reduce a un extenso número de manipulaciones, falsificaciones y engaños. La práctica no violenta es inefectiva y no merece ser considerada. En un  sentido revolucionario, la no violencia no sólo no ha funcionado nunca, sino que nunca ha existido.

¿Tantas páginas y esfuerzo para acabar con clichés valorativos, tan poco racionales como “falsa fanfarria”, “decrépita”, “manipulaciones, falsificaciones y engaños”, “inefectiva”, “no merece ser considerada”, “no ha funcionado nunca”, para terminar negando a las teorías de la no violencia su misma existencia “nunca ha existido”?

Otra dificultad que he tenido en la lectura -que a veces se me ha hecho insufrible por lo tópica- es que, si bien para nombrar al pacifismo o la no violencia no tiene problemas nunca -siempre aparecen llamados así, acaso con añadidos del tipo “pacifismo liberal” o pacifismo blanco- duda continuamente sobre cómo llamar a la idea o ideas que sitúa enfrente. Unas veces son los “militantes”, otras “pacifistas activos”, otras con los términos clásicos de “lucha armada”, otros como “activistas” o el clásico de “acción directa”…. Esa oscilación continua es también la oscilación de su propio razonar.

Las ideas se definen por sus contrarios y en ese sentido son complementarias. Si pacifismo viene de paz, su contrario solo puede ser guerrismo, que viene de guerra; o violentismo si elegimos violencia. Como son complementarios, se neutralizan y eso explica el laberinto en que se mete Genderloos: intentar una síntesis por absorción, algo así como un pacifismo militante, activista, aguerrido y violento si hace falta. La ecuanimidad que a veces dice intentar es solo aparente.

Las dos “cosas”, llamémoslas teorías o movimientos, las compara a lo largo de tantos casos históricos en base a -toda comparación tiene que tener una base en torno a la que poder hacerla- su “eficacia”. ¿Eficacia para qué? Pues para el cambio social, político o revolucionario, como solemos llamarlos (¿pero alguien cree que una lucha callejera contra los antidisturbios a pedradas o con molotovs puede provocar alguna revolución, en las ciudades de nuestro mundo, cuando al día siguiente hay que levantarse a las 5 para el trabajo y que no nos corten la luz?). Eficacia que unas veces identifica con “rapidez”, otras con “radicalidad” y otras con algo como “poner nerviosos a los estados” y otras, finalmente con la capacidad de unos y otros para “movilizar” masas de descontentos que, tras pequeñas pero continuas victorias parciales, lleven a cabo la revolución anarquista final que acabe con los estados, el racismo, el machismo y el ecocidio en una tacada universal, que, visto lo visto, tendría que ser una guerra del fin del mundo…

Nada de esto me lo invento, está en un capítulo que dedica a tácticas y estrategias. Para comprobar la “eficacia”, de pacifistas y de violentos, para disfrutar de sus victorias, solo tenemos que mirar a nuestro alrededor y leer las noticias. Respecto a las “revoluciones” -violentas o pacíficas-, solo hay que echar un vistazo a cualquier manual de Historia o historias para ver en qué acabaron todas. Para comprobar la radicalidad, de ir a la raíz, solo hay que hablar con mujeres y niños a lo largo y ancho del mundo, o leer a las -pocas- mujeres que han escrito y dejarnos empapar de sus vidas, siempre apuntaladas sobre las de los hombres; o preguntar a los cerditos o pájaros, o ver qué escapa al discurso filosófico, científico, moral, monolítico y exclusivo hasta la fatiga de los hombres desde… ¿desde cuándo? ¿El hombre nuevo? ¿El mundo nuevo? ¿Dónde? ¿Cuándo?

Los apartados que más me han interesado, por los enfoques -que suenan a mis oídos a algo más novedoso o refrescante que el resto- son los que dedica al pacifismo “racista” (el hombre blanco buena gente que aconseja ser pacífico al hombre negro o colonial o postcolonial) y al que afianza el patriarcado. Una vez lo hace con razones muy evidentes pero que la mayoría de los hombres pacifistas “no ven”: ¿no hay que enseñar a una mujer a pelear con un hombre y, si no a noquearlo, a aturdirlo lo suficiente para ponerse a su salvo de una agresión? No mucho más.

Si no nos zafamos de estos tópicos, en el fondo tan estériles y enervantes -aunque comprensibles por la hartura de este mundo una vez que hemos sido capaces de verlo como es-: todos quieren las 4 verdades del barquero, fáciles de digerir y entender, y que la revolución sea rapidita-, no creo que hagamos gran cosa sino seguir dando vueltas al bombo. Yo aprendí que todo el tinglado se base en nuestra fe en que esto es la realidad, y que mientras no nos zafemos de esa fe y del lenguaje que la instituye, no hay cambios posibles. Los dioses -de la violencia o de la no violencia, los que se alimentan de las grandes palabras y de nuestras vidas, de las ideas contrarias y complementarias por tanto, que se neutralizan y es así que ya no sirven: del estado y el individuo, de la justicia y la injusticia…- seguirán presidiendo desde su altar invisible nuestro sinvivir y nuestras muertes, y mientras esos dioses que nos obligan a pensar como ellos no cambien -como decía Rafael Sánchez Ferlosio-, nada habrá cambiado.

***

… Pero es que, además, aun aceptando la necesidad de una “lucha armada”, la desproporción de fuerzas (medios, armas, capacidad de espionaje, complicidad social) es de tal calibre que creer en eso a estas alturas es de una ingenuidad dolorosa. Howard Zin, en el prólogo a un libro de Jack London, El talón de hierro -que planteaba una distopía que acababa a tiro limpio en una revolución armada en USA- lo dejaba meridianamente claro. Aún en tiempos de London era imaginable una lucha así con posibilidades de victoria. Hoy es candoroso pensar así, salvo que se piense en autoinmolaciones criminales como las de algunos islamistas o en bombas que siembren terror entre la gente que pasaba por allí.

La violencia, incluso en una resistencia “pasiva” sí que es inevitable, como cuando uno quiere desplazar a alguien para quitarle el balón o para evitar que te muela a palos. Pero no la lucha armada. La lucha que queda es de inteligencia contra inteligencia, de discurso contra discurso, de ideología, de convencimientos… Zin ya hablaba de ocupaciones: ocupaciones de espacios urbanos o rurales, de instituciones, de creencias, de prácticas cotidianas, como redibujar una plantilla, no hacer lo previsto, hacer oídos sordos, dejar de ser reproducibles y previsibles. La lucha armada es totalmente previsible, hay vacunas preparadas contra ella, es acción-reacción, en un mecanismo mil veces ensayado y perdido. Un armado en una guerrilla será un soldado uniformado si triunfa. Esa es una historia que hemos visto ya demasiadas veces, y está llena de ruido y furia.

Francisco de Aldana

Poeta soldado del Emperador, como Garcilaso pero más desconocido que él -¿injustamente?-, el capitán Francisco de Aldana (Nápoles, 1537 – Alcazarquivir, 1578) luchó en Italia y Flandes, espió en Marruecos y murió en la derrota de Alcazarquivir, donde

“…andando Aldana a pie por le haber muerto el caballo, le encontró el rey y le dijo: -Capitán, ¿por qué no tomáis caballo?- Y él dicen que le respondió: -Señor, ya no es tiempo sino de morir, aunque sea a pie.- Y con la espada en la mano tinta en sangre se metió entre los enemigos…”

 

Único, sabio y claro Aldana.
Miguel de Cervantes

Comparto con los amigos dos de mis poemas favoritos de Francisco de Aldana: la larga y hermosa “Epístola a Montano” y el soneto que empieza “En fin en fin, tras tanto andar muriendo”.

“En fin en fin, tras tanto andar muriendo”

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto, de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo;

tras tanto acá y allá yendo y viniendo,
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh, Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo,

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido,

y en un rincón vivir con la vitoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.

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Epístola a Arias Montano

Montano, cuyo nombre es la primera
estrellada señal por do camina
el sol el cerco oblicuo de la esfera,

nombrado así por voluntad divina,
para mostrar que en ti comienza Apolo
la luz de su celeste diciplina:

yo soy un hombre desvalido y solo,
expuesto al duro hado cual marchita
hoja al rigor del descortés Eolo;

mi vida temporal anda precita
dentro el infierno del común trafago
que siempre añade un mal y un bien nos quita.

Oficio militar profeso y hago,
baja condenación de mi ventura
que al alma dos infiernos da por pago.

Los huesos y la sangre que natura
me dio para vivir, no poca parte
dellos y della he dado a la locura,

mientras el pecho al desenvuelto Marte
tan libre di que sin mi daño puede,
hablando la verdad, ser muda el arte.

Y el rico galardón que se concede
a mi (llámola así) ciega porfía
es que por ciego y porfiado quede.

No digo más sobre esto, que podría
cosas decir que un mármol deshiciese
en el piadoso humor que el ojo envía,

y callaré las causas de interese,
no sé si justo o injusto, que en alguno
hubo porque mi mal más largo fuese.

Menos te quiero ser ora importuno
en declarar mi vida y nacimiento,
que tiempo dará Dios más oportuno:

basta decir que cuatro veces ciento
y dos cuarenta vueltas dadas miro
del planeta seteno al firmamento

que en el aire común vivo y respiro,
sin haber hecho más que andar haciendo
yo mismo a mí, crüel, doblado tiro

y con un trasgo a brazos debatiendo
que al cabo, al cabo, ¡ay Dios!, de tan gran rato
mi costoso sudor queda riendo.

Mas ya, ¡merced del cielo!, me desato,
ya rompo a la esperanza lisonjera
el lazo en que me asió con doble trato.

Pienso torcer de la común carrera
que sigue el vulgo y caminar derecho
jornada de mi patria verdadera;

entrarme en el secreto de mi pecho
y platicar en él mi interior hombre,
dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho.

Y porque vano error más no me asombre,
en algún alto y solitario nido
pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre

y, como si no hubiera acá nacido,
estarme allá, cual Eco, replicando
al dulce son de Dios, del alma oído.

Y ¿qué debiera ser, bien contemplando,
el alma sino un eco resonante
a la eterna beldad que está llamando

y, desde el cavernoso y vacilante
cuerpo, volver mis réplicas de amores
al sobrecelestial Narciso amante;

rica de sus intrínsecos favores,
con un piadoso escarnio el bajo oficio
burlar de los mundanos amadores?

En tierra o en árbol hoja algún bullicio
no hace que, al moverse, ella no encuentra
en nuevo y para Dios grato ejercicio;

y como el fuego saca y desencentra
oloroso licor por alquitara
del cuerpo de la rosa que en ella entra,

así destilará, de la gran cara
del mundo, inmaterial varia belleza
con el fuego de amor que la prepara;

y pasará de vuelo a tanta alteza
que, volviéndose a ver tan sublimada,
su misma olvidará naturaleza,

cuya capacidad ya dilatada
allá verná do casi ser le toca
en su primera causa transformada.

Ojos, oídos, pies, manos y boca,
hablando, obrando, andando, oyendo y viendo,
serán del mar de Dios cubierta roca;

cual pece dentro el vaso alto, estupendo,
del oceano irá su pensamiento
desde Dios para Dios yendo y viniendo.

Serále allí quietud el movimiento,
cual círculo mental sobre el divino
centro, glorioso origen del contento,

que, pues el alto, esférico camino
del cielo causa en él vida y holganza,
sin que lugar adquiera peregrino,

llegada el alma al fin de la esperanza,
mejor se moverá para quietarse
dentro el lugar que sobre el mundo alcanza,

do llega en tanto extremo a mejorarse
(torno a decir) que en él se transfigura,
casi el velo mortal sin animarse.

No que del alma la especial natura,
dentro al divino piélago hundida,
cese en el hacedor de ser hechura,

o quede aniquilada y destrüida,
cual gota de licor, que el rostro enciende,
del altísimo mar toda absorbida,

mas como el aire, en quien en luz se extiende
el claro sol, que juntos aire y lumbre
ser una misma cosa el ojo entiende.

Es bien verdad que a tan sublime cumbre
suele impedir el venturoso vuelo
del cuerpo la terrena pesadumbre.

Pero, con todo, llega al bajo suelo
la escala de Jacob, por do podemos
al alcázar subir del alto cielo;

que, yendo allá, no dudo que encontremos
favor de más de un ángel diligente
con quien alegre tránsito llevemos.

Puede del sol pequeña fuerza ardiente
desde la tierra alzar graves vapores
a la región del aire allá eminente,

¿y tantos celestiales protectores,
para subir a Dios alma sencilla,
vernán a ejercitar fuerzas menores?

Mas pues, Montano, va mi navecilla
corriendo este gran mar con suelta vela,
hacia la infinidad buscando orilla,

quiero, para tejer tan rica tela,
muy desde atrás decir lo que podría
hacer el alma que a su causa vuela.

Paréceme, Montano, que debría
buscar lugar que al dulce pensamiento,
encaminando a Dios, abra la vía,

ado todo exterior derramamiento
cese, y en su secreto el alma entrada
comience a examinar, con modo atento,

antes que del Señor fuese criada
cómo no fue, ni pudo haber salido
de aquella privación que llaman nada;

ver aquel alto piélago de olvido,
aquel sin hacer pie luengo vacío,
tomado tan atrás del no haber sido,

y diga a Dios: «¡Oh causa del ser mío,
cuál me sacaste desa muerte escura,
rica del don de vida y de albedrío!»

Allí, gozosa en la mayor natura,
déjese el alma andar süavemente
con leda admiración de su ventura.

Húndase toda en la divina fuente
y, del vital licor humedecida,
sálgase a ver del tiempo en la corriente:

veráse como línea producida
del punto eterno, en el mortal sujeto
bajada a gobernar la humana vida

dentro la cárcel del corpóreo afeto,
hecha horizonte allí deste alterable
mundo y del otro puro y sin defeto;

donde, a su fin únicamente amable
vuelta, conozca dél ser tan dichosa
forma gentil de vida indeclinable,

y sienta que la mano dadivosa
de Dios cosas crïo tantas y tales,
hasta la más süez, mínima cosa,

sin que las calidades principales,
los cielos con su lúcida belleza,
los coros del Impíreo angelicales

consigan facultad de tanta alteza
que lo más bajo y vil que asconde el cieno
puedan criar, ni hay tal naturaleza.

Enamórese el alma en ver cuán bueno
es Dios, que un gusanillo le podría
llamar su criador de lleno en lleno,

y poco a poco le amanezca el día
de la contemplación, siempre cobrando
luz y calor que Dios de allá le envía.

Déjese descansar de cuando en cuando
sin procurar subir, porque no rompa
el hilo que el amor queda tramando,

y veráse colmar de alegre pompa,
de divino favor, tan ordenado
cuan libre de desmán que le interrompa.

Torno a decir que el pecho enamorado
la celestial, de allá, rica inflüencia
espere humilde, atento y reposado,

sin dar ni recebir propia sentencia,
que en tal lugar la lengua más despierta
es de natura error y balbucencia.

Abra de par en par la firme puerta
de su querer, pues no tan presto pasa
el sol por la región del aire abierta,

ni el agua universal con menos tasa
hinchió toda del suelo alta abertura,
bajando a la región de luz escasa,

como aquella mayor, suma natura
hinche de su divino sentimiento
el alma cuando abrir se le procura.

No que de allí le quede atrevimiento
para creer que en sí mérito encierra
con que al supremo obligue entendimiento,

pues la impotencia misma que la tierra
tiene para obligar que le dé el cielo
llovida ambrosia en valle, en llano, o en sierra,

o para producir flores el hielo
y plantas levantar de verde cima
desierto estéril y arenoso suelo,

tiene el alma mejor, de más estima,
para obligar que en ella gracia influya
el bien que a tanta alteza le sublima.

Es don de Dios, manificiencia suya,
divina autoridad que el ser abona,
de nuestra indinidad que no le arguya;

y cuando da de gloria la corona,
es último favor que los ya hechos,
como sus propios méritos, corona.

Así que el alma en los divinos pechos
beba infusión de gracia sin buscalla,
sin gana de sentir nuevos provechos,

que allí la diligencia menos halla
cuanto más busca, y suelen los favores
trocarse en interior, nueva batalla.

No tiene que buscar los resplandores
del sol quien de su luz anda cercado,
ni el rico abril pedir hierbas y flores;

pues no mejor el húmido pescado
dentro el abismo está del oceano,
cubierto del humor grave y salado,

que el alma, alzada sobre el curso humano
queda, sin ser curiosa o diligente,
de aquel gran mar cubierta ultramundano;

no, como el Pece, sólo exteriormente,
mas dentro mucho más que esté en el fuego
el íntimo calor que en él se siente.

Digo que puesta el alma en su sosiego
espere a Dios, cual ojo que cayendo
se va sabrosamente al sueño ciego,

que al que trabaja por quedar durmiendo,
esa misma inquietud destrama el hilo
del sueño, que se da no le pidiendo.

Ella verá, con desusado estilo,
toda regarse, y regalarse junto,
de un salido de Dios sagrado Nilo;

recogida su luz toda en un punto,
aquella mirará de quien es ella
indinamente imagen y trasunto

y, cual de amor la matutina estrella
dentro el abismo del eterno día,
se cubrirá toda luciente y bella.

Como la hermosísima judía
que, llena de doncel, novicio espanto,
viendo Isaac que para sí venía,

dejó cubrir el rostro con el manto,
y decendida presto del camello
recoge humilde al novio casto y santo,

disponga el alma así con Dios hacello
y de su presunción decienda altiva,
cubierto el rostro y reclinado el cuello.

y aquella sacrosanta virtud viva,
única, crïadora y redentora,
con profunda humildad en sí reciba.

Mas ¿quién dirá, mas quién decir agora
podrá los peregrinos sentimientos
que el alma en sus potencias atesora:

aquellos ricos amontonamientos
de sobrecelestiales inflüencias
dilatados de amor descubrimientos;

aquellas ilustradas advertencias
de las musas de Dios sobreesenciales,
destierro general de contingencias;

aquellos nutrimentos divinales,
de la inmortalidad fomentadores,
que exceden los posibles naturales;

aquellos (¡qué diré!) colmos favores,
privanzas nunca oídas, nunca vistas,
suma especialidad del bien de amores?

¡Oh grandes, oh riquísimas conquistas
de las Indias de Dios, de aquel gran mundo
tan escondido a las mundanas vistas!

Mas ¡ay de mí!, que voy hacia el profundo
do no se entiende suelo ni ribera,
y si no vuelvo atrás, me anego y hundo.

No más allá; ni puedo, aunque lo quiera.
Do la vista alcanzó, llegó la mano;
ya se les cierra a entrambos la carrera.

¿Notaste bien, dotísimo Montano,
notaste cuál salí, más atrevido
que del cretense padre el hijo insano?

Tratar en esto es sólo a ti debido,
en quien el cielo sus noticias llueve
para dejar el mundo enriquecido;

por quien de Pindo las hermanas nueve
dejan sus montes, dejan sus amadas
aguas, donde la sed se mata y bebe,

y en el santo Sïon ya trasladadas,
al profético coro por tu boca
oyendo están, atentas y humilladas.

¡Dichosísimo aquél que estar le toca
contigo en bosque o en monte o en valle umbroso
o encima la más alta, áspera roca!

¡Oh tres y cuatro veces yo dichoso
si fuese Aldino aquél, si aquél yo fuese
que, en orden de vivir tan venturoso,

juntamente contigo estar pudiese,
lejos de error, de engaño y sobresalto,
como si el mundo en sí no me incluyese!

Un monte dicen que hay sublime y alto,
tanto que, al parecer, la excelsa cima
al cielo muestra dar glorioso asalto

y que el pastor, con su ganado, encima,
debajo de sus pies correr el trueno
ve dentro el nubiloso, helado clima,

y en el puro, vital aire sereno
va respirando allá, libre y exento,
casi nuevo lugar, del mundo ajeno,

sin que le impida el desmandado viento,
el trabado granizo, el suelto rayo,
ni el de la tierra grueso, húmido aliento.

Todo es tranquilidad de fértil mayo,
purísima del sol templada lumbre,
de hielo o de calor sin triste ensayo.

Pareces tú, Montano, a la gran cumbre
deste gran monte, pues vivir contigo
es muerte de la misma pesadumbre,

es un poner debajo a su enemigo:
de la soberbia el trueno estar mirando
cuál va descomponiendo al más amigo,

las nubes de la invidia descargando
ver, de murmuración duro granizo,
de vanagloria el viento andar soplando,

y de lujuria el rayo encontradizo,
de acidia el grueso aliento y de avaricia,
con lo demás que el padre antiguo hizo;

y desta turba vil que el mundo envicia
descargado, gozar cuanto ilustrare
el sol en ti de gloria y de justicia.

El alma que contigo se juntare
cierto reprimirá cualquier deseo
que contra el proprio bien la vida encare;

podrá luchar con el terrestre Anteo
de su rebelde cuerpo, aunque le cueste
vencer la lid por fuerza y por rodeo,

y casi vuelta un Hércules celeste,
sompesará de tierra ese imperfeto,
porque el f avor no pase della en éste,

tanto que el pie del sensitivo afeto
no la llegue a tocar y el enemigo
al hercúleo valor quede sujeto;

de sí le apartará, junto consigo
domándole, firmado en la potencia
del pecho ejecutor del gran castigo;

serán temor de Dios y penitencia
los brazos, coronada de diadema
la caridad, valor de toda esencia.

Mas para conclüir tan largo tema,
quiero el lugar pintar do, con Montano,
deseo llegar de vida al hora extrema.

No busco monte excelso y soberano,
de ventiscosa cumbre, en quien se halle
la triplicada nieve en el verano;

menos profundo, escuro, húmido valle
donde las aguas bajan despeñadas
por entre desigual, torcida calle;

las partes medias son más aprobadas
de la natura, siempre frutüosas,
siempre de nuevas flores esmaltadas.

Quiero también, Montano, entre otras cosas,
no lejos descubrir de nuestro nido
el alto mar, con ondas bulliciosas:

dos elementos ver, uno movido
del aéreo desdén, otro fijado,
sobre su mismo peso establecido;

ver uno desigual, otro igualado,
de mil colores éste, aquél mostrando
el claro azul del cielo no añublado.

Bajaremos allá de cuando en cuando,
altas y ponderadas maravillas
en recíproco amor juntos tratando.

Verás por las marítimas orillas
la espumosa resaca entre el arena
bruñir mil blancas conchas y lucillas,

en quien hiriendo el sol con luz serena,
echan como de sí nuevos resoles
do el rayo visüal su curso enfrena.

Verás mil retorcidas caracoles,
mil bucios istrïados, con señales
y pintas de lustrosos arreboles:

los unos del color de los corales,
los otros de la luz que el sol represa
en los pintados arcos celestiales,

de varia operación, de varia empresa,
despidiendo de sí como centellas,
en rica mezcla de oro y de turquesa.

Cualquiera especie producir de aquéllas
verás (lo que en la tierra no acontece)
pequeñas en extreno y grandes dellas,

donde el secreto, artificioso pece
pegado está, y en otros despegarse
suele y al mar salir, si le parece,

(por cierto, cosa dina de admirarse
tan menudo animal sin niervo y hueso
encima tan gran máquina arrastrarse,

crïar el agua un cuerpo tan espeso
como la concha, casi fuerte muro
reparador de todo caso avieso,

todo de fuera peñascoso y duro,
liso de dentro, que al salir injuria
no haga a su señor tratable y puro),

el nácar, el almeja y la purpuria
venera, con matices luminosos
que acá y allá del mar siguen la furia.

¡Ver los marinos riscos cavernosos
por alto y bajo en varia forma abiertos,
do encuentran mil embates espumosos;

los peces acudir por sus inciertos
caminos con agalla purpurina,
de escamoso cristal todos cubiertos!

También verás correr por la marina,
con sus airosas tocas, sesga y presta,
la nave, a lejos climas peregrina.

Verás encaramar la comba cresta
del líquido elemento a los extremos
de la helada región, al fuego opuesta;

los salados abismos miraremos
entre dos sierras de agua abrir cañada,
que de temor Catón suelta sus remos.

Veráse luego mansa y reposada
la mar, que por sirena nos figura
la bien regida y sabia edad pasada,

la cual en tan gentil, blanda postura
vista del marinero, se adormece
casi a música voz, süave y pura,

y en tanto el fiero mar se arbola y crece
de modo que, aun despierto, ya cualquiera
remedio de vivir le desfallece.

En fin, Montano, el que temiendo espera
y velando ama, sólo éste prevale
en la estrecha, de Dios, cierta carrera.

Mas ya parece que mi pluma sale
del término de epístola, escribiendo
a ti, que eres de mí lo que más vale;

a mayor ocasión voy remitiendo,
de nuestra soledad contemplativa,
algún nuevo primor que della entiendo.

Tú, mi Montano, así tu Aldino viva
contigo, en paz dichosa, esto que queda
por consumir de vida fugitiva;

y el cielo, cuando pides, te conceda
que nunca de su todo se desmiembre
ésta tu parte y siempre serlo pueda.

Nuestro Señor en ti su gracia siembre
para coger la gloria que promete.
De Madrid, a los siete de setiembre,
mil y quinientos y setenta y siete.

#poesía #literatura #Francisco de Aldana

Apuntes, 6

Lecciones olvidadas

Aristóteles explicaba hace siglos, en su Política, que las tiranías tienen tres objetivos muy claros: que los ciudadanos piensen poco, que se enfrenten unos a otros y que no actúen. El desconocimiento de estas verdades como puños, de éste y de tantos pensadores que pensaron en favor del pueblo es una de las cosas que más desesperan. La transformación de la Historia de la Filosofía en una asignatura optativa -uno de los regalos que nos deja la LOMCE del PP- abundará en ese olvido trágico, en este aborrecimiento general de la política que estamos viviendo, indiferentes y estólidos…

Pero no es solo el mangoneo con asignaturas o itinerarios educativos, ni siquiera con leyes canallas como esta de Educación en España que mencionaba (al fin y al cabo, yo he conocido 8 y he sobrevivido a todas), no. Es el desaprovechamiento culpable de este cúmulo de datos, experiencias y pensamientos que -aún- hay accesibles para todo el mundo en Internet. No digo ya la obra de Aristóteles, sino los elementos de la Geometría de Euclides, las obras completas del ilustrado Feijoo, magníficas entradas científicas… Un saber acumulado que hace tan fácil la autoinstrucción. Ya no hay que ir a sacar libros de la Biblioteca Pública como hicieron los pocos héroes autodidactas de las clases trabajadoras que nos ha sido dado conocer, de forma directa o indirecta, a través de la literatura misma. Como esos trabajadores alemanes y checos cuyo emotivo retrato nos legó Peter Weiss en su Estética de la resistencia, quedándose dormidos de cansancio en su pupitre de la escuela nocturna…

Recordemos: que pensemos poco, que compitamos entre nosotros, que no actuemos… ¡Sería tan fácil contradecir y desengañar esas aprovechadas expectativas que tienen las tiranías respecto a nosotros. Es tan fácil leer con provecho las lecciones del viejo maestro griego, y pensar y no competir y actuar!

Religiones, iglesias, Iglesias

A mi juicio -como gustaba de decir Felipe González- mezclas habitualmente religión / iglesia; no solo tú, claro. Los griegos más antiguos, pueblo sensato donde los haya tenían religiones versátiles y adaptativas (los demonios o ángeles familiares, que los romanos llamaban lares y penates, eran de veneración universal, como debe ser: la casa y los antepasados) en la que convivían en armonía dioses, dioses menores, diosecillos, héroes un poco al gusto de cada cual… Pero no tuvieran iglesias ni curas hasta la época imperial alejandrina, que ya necesitaba el apoyo de hermandades y sacerdotes y monjas de sus templos para el control de la gente. Un viejo camino que ya conocemos.
Como tú eres un hombre muy leído, recordarás los sorprendentes testimonios de las primitivas comunidades de cristianos-aún-no-iglesia que desvelan los manuscritos del Mar Muerto, Nag Hammadi y todos esos pecios que nos han llegado. El cristianianismo-ya-iglesia, de Constantino para acá, es lo que criticamos y debemos criticar sin ningún tipo de ambigüedad. La iglesia compañera siempre de los estados, ángel custodio del pensamiento de la gente.
La española es particularmente impresentable, desde… Desde siempre, desde el montaje de Santiago hasta los cruzadistas que sacaban a Franco bajo palio y llevaban el santolio a los fusilamientos. La actual, la de los chollos económicos, la de los chanchullos …

… Las masas rocieras ¿son iglesia o Iglesia?, las partidas de la porra anti aborto ¿son iglesia o Iglesia? Quiero decir que, más allá de la jerarquía, cuando una religión se institucionaliza ¿sigue siendo religión o ya es iglesia? Un credo articulado, una ética establecida, unos límites que marcan la heterodoxia (sit anatema!)… No sé yo; a mí me sigue pareciendo que esos matices -tan jesuíticos, por otro lado- que estableces no ayudan a entender lo que me parece que es el pecado original de las religiones monoteístas y las iglesias o Iglesias que, forzosamente, nacen y proliferan con ellas: la alianza con el poder, la cosificación de unas creencias o consuelos indecisas pero vivas, en unos estatutos, el proselitismo. Y estirando, la movilización, el heroísmo o el martirio. Piensa uno.

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Estos días estoy engolfado en Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Una historia septentrional, la última novela de Cervantes -en la bendita edición exenta que acaba de sacar Jesús Munárriz en Hiperión-, y en el luminoso estudio que le dedicó Michael Nerlich, El Persiles descodificado. La Divina Comedia de Cervantes. El Persiles ha sido víctima siempre de una exégesis malintencionada que nos presentaba a un Cervantes finalmente convertido a la ortodoxia de la Contrarreforma, y ha impedido una lectura limpia e ingenua de esta historia llena de simbolismos y utopías, mucho más que una novela de aventuras.

Apuntes, 5

Borgen

En estos días en España, a raíz de las inéditas minorías parlamentarias que han resultado de las últimas elecciones, y de la necesidad de pactos para formar gobierno, muchos mencionan la serie danesa Borgen como motivo inspirador. Yo la vi entera y la verdad es que disfruté mucho con las vicisitudes de la primera ministra danesa, sus problemas políticos, personales y mediáticos,  y su resuelto convencimiento de ser decente y de ser fiel a sus principios y a sus votantes por encima de todo. Algo tan sencillo y claro y tan difícil de encontrar en la realidad española…

La ensoñación más dulce

Y sin embargo, @tlapil … Da la impresión, por tu manera contundente y clara de decir las cosas que hay una “ideología” anarquista. Pero no existe tal y la prueba más fácil es repasar las diversas y cambiantes “familias” de esa supuesta ideología: comunismo libertario, anarcoprimitivismo, anarcosindicalismo… Las utopías anarquistas son un camino que, como en los versos de Machado, se va haciendo al andar. Al no ser una ideología unitaria, tampoco tiene un lenguaje privado en el que ponernos de acuerdo. No existen lenguajes privados: se van haciendo de capas y amalgamas…

Hay anarquistas que votan, otras se concentran en la liberación de las mujeres, otros siguen queriendo retomar a la clase obrera como su sujeto social. Etcétera, etcétera. Y está bien que así sea: las utopías (en eso sí tienes razón) libertarias coinciden todas en eso que tú llamas la “nocividad del poder”. Pero ojo, sin oponerle la libertad individual (al fin y al cabo, eso hacen los liberales también), porque los individuos estamos construidos, como en un espejo, también de una estructura de poder (el consciente, la cámara del cerebro que interioriza las normas, el orden) y de un sinfín de yoes reprimidos, que no pudieron ser, que pugnan por ser, a veces verdaderas fieras enjauladas…

Del anarquismo yo me quedo más con la fértil idea del apoyo mutuo del gran Kropotkin, con la creatividad de la organización espontánea (me da igual que eso acabe en unos concejales que atinan a organizar un ayuntamiento de forma autónoma y asamblearia, o que se traduzca en una feliz convivencia de un clan trabado en el amor, como en una melaza..)

No hay estación término, no hay paraíso final: el tiempo se encarga de ello. Solo apeaderos, y, con suerte, espacios liberados por un tiempo y para una gente que ojalá sea largo y ojalá sean muchas. Pienso, pues, que es un error reducir el anarquismo a una sola idea, como en una cáscara de nuez. Lejos de aclararlo, lo achica y vuelve huraño y antipático, siendo, por el contrario, la ensoñación más dulce de los seres humanos…

Así era Deleuze

“Être de gauche c’est d’abord penser le monde, puis son pays, puis ses proches, puis soi; être de droite c’est l’inverse.”, que quiere decir más o menos: “Ser de izquierdas es, de primeras, pensar en el mundo, después en el país y el prójimo y, por último, en uno mismo: ser de derechas es hacerlo al revés”. Así era Deleuze…

Deleuze

La España vacía

Y sin embargo, haberlas, haylas. Voy a entrarle por otro lado. Leía hace unas horas un excelente reportaje de Tinta Libre sobre la España vacía, esa tremenda cantidad de pueblos y aldeas abandonados que no deja de aumentar desde que el franquismo propició las concentraciones urbanas por mor de su pretendida industrialización. La autora, entre otras cosas interesantes decía que los hijos y nietos de esos muchos miles de emigrantes rurales del interior vivían los recuerdos de sus orígenes de forma mítica, a través de los recuerdos orales de sus mayores campesinos. Muchas veces, mitificados más aún, por la desaparición de esos lugares, por inundaciones para hacer pantanos, por repoblaciones forestales del ICONA o por el abandono físico que los convirtieron en paredones y ruinas. Un poco, el melancólico mundo novelesco de Julio Llamazares (cuyo pueblo, en León, existe aún bajos aguas embalsadas)

Algo así, una identidad mítica basada en recuerdos heredados, pasa también con la memoria republicana en España. Los más proactivos buscadores de los restos de los miles de desaparecidos son ya nietos y biznietos.  Y todo ello pese al intento de genocidio franquista, por encima o por debajo del intento propagandístico masivo por ensuciar y borrar esa memoria…

Algo así imagino que puede ocurrir también con la memoria del movimiento obrero (sindicatos temibles, un movimiento anarquista que solo tiene parangón en España) en USA. Allí la represión fue brutal, a las bravas, como son las cosas por allí. La patronal no tuvo empacho en deslocalizarse de Este a Oeste para debilitar a los sindicatos, ni en infiltrarlos con mafias y policía. Solo podemos imaginar el machacamiento de la publicidad allí, desde los tiempos pioneros, o sufrir el obsesivo mensaje de la “misión” providencial del país para el mundo…

A pesar de todo ello, por lo que me voy enterando, esa memoria de lucha y orgullo renace, titubea, pero está viva por aquí, por allí …

Lectura y corrupción

Ignacio Sánchez-Cuenca ha explicado muchas veces que, de los factores que acostumbramos a relacionar con la corrupción (sistema electoral, reformas legislativas…) el único que los estudios demuestran que tiene una relación directa, de causa-efecto es, justamente, uno del que no se habla: la proporción de lectores de prensa (prensa independiente y crítica, se entiende). A mayor número de lectores por cada mil habitantes, menor índice de corrupción política. En España, el número de publicaciones independientes y críticas es mínimo y la cantidad de lectores es irrisoria. La consecuencia, en términos de corrupción, la tenemos a la vista.

Frente Popular de Judea

La película de los Monty Python “La vida de Bryan” hizo popular el ficticio Frente Popular de Judea para aludir a la difícil, por no decir imposible, unidad política de las izquierdas. En algunos medios españoles se ha vuelto a oír el término aplicado a ese hipotético frente popular formado por Podemos, IU (o parte de ella), Compromís y no sé cuantas de esas construcciones improvisadas y de nombres variables que llaman “confluencias”. Es demasiado fácil el paralelismo entre Bryan, hijo bastardo de un soldado romano y una feminista judía que nació el mismo día que Jesucristo y al que mucha gente confundía con el Mesías, y el líder de Podemos, pero es tentador. Falta, eso sí, la versión latina de consignas combativas como el “Romani, ite domum”, que, al menos, animarían un poco el cotarro. No, sino que en este otro Frente Popular de Judea todo es tan políticamente correcto que Iglesias presenta ahora a Podemos como ¡el nuevo partido del orden! en su afán irreal de atraerse los votos de los timoratos y bienpensantes. De modo que asistimos a otra nueva versión de la vida de Bryan pero acorde con estos tiempos políticos: desmayados y sin tensión, aburridos y cortesanos, insoportablemente insustanciales…

Políticos gárrulos

El consejero de Justicia de Andalucía se ha dejado caer con que “si sube Podemos, quiere decir que la sociedad está enferma”. En sus cortas luces de político gárrulo, ni se ha dado cuenta de que al decir semejante barbaridad, razonaba del mismo modo que los regímenes totalitarios, que siempre han declarado locos a los que se oponen a sus designios. Es sabido que la proliferación de hospitales psiquiátricos destinados a la “re-educación” de los desviados acompañó, en sus mejores momentos, a los regímenes estalinista, maoísta o norcoreano por citar solo tres casos muy conocidos.

En realidad, los conceptos de enfermedad o locura no se pueden entender más que, en términos estadísticos, como desviaciones o alteraciones de “lo normal”, como una curva que se sale de madre. Si “lo normal” en unas elecciones es que la gente vote a los partidos de siempre, a los del orden institucional, a los “normales”, nada más natural que considerar enfermos o locos a quienes quieren romper esa sana previsión. Así se entiende que, para el caso de este despejado consejero, los que piensan votar a Podemos están enfermos de acostarse…

Paz activa

Este textito sobre la paz activa aparece en un fanzine o revistilla escolar (la compañera que lo ha editado prefiere llamarlo libreto) al que da título genérico. Según costumbre extendida en estos tiempos, se venderá aquí y allí y el dinero obtenido se destinará a algunas oenegés. Como tengo integrados el blog y mi canal en Hubzilla, esta entrada ve la luz en ambas plataformas simultáneamente. Y sin más, al cuento.

Para Carmen Morago

Oriana Fallaci contaba que, ante la pregunta ¿qué es para ti la paz?, un niño vietnamita le respondió que eran esos días en los que no estallaban bombas ni tenía que huir a toda a prisa con su familia a otro lugar. Seguramente un niño sirio contestaría hoy de forma parecida a la mítica reportera italiana.

Una paz armada no es paz, es solo una guerra menos cruenta, un periodo sin bombas y sin tener que salir corriendo. Por eso la paz no solo es ausencia de guerra, tiene que ser un paz activa, una prevención constante, un acto producto de la voluntad vigilante y del esfuerzo, la construcción de un espacio sin sobresaltos en el que la vida cotidiana sea previsible de un día para otro, en la que el sueño sea reparador y la mañana siguiente sea como la de hoy, soñolienta y aburrida.

Porque la paz es aburrida y debe serlo, porque solo del aburrimiento surgen los manantiales de la creación, del mismo modo que solo del silencio nacen los diálogos y conversaciones, el descubrimiento y el hallazgo, el placer del juego improvisado, los amores con fruto. Una paz activa supone controlar a la fiera y los monstruos que nos habitan, sabiendo que ese control siempre es provisional y está en precario. La paz activa es trabajo y laboriosidad, humor y amor, es el alma de la colmena.

Esta paz en la guerra, y esa otra guerra en la paz, como le gustaba decir a Miguel de Unamuno, con la que soñamos tantos implica vencer el miedo a los otros, ser capaces de mirar a los ojos al otro, al distinto, al que huye o naufraga para sentir su humanidad doliente. La paz activa es vencer a nuestro peor enemigo, nuestro propio miedo. Restaurar el antiguo y sagrado derecho de asilo para el que busca refugio en su fuga del espanto o el hambre no es solo una cuestión estética que podamos delegar en manos de los gobernantes o de las organizaciones de caridad para tranquilidad de nuestras conciencias: debe implicar a nuestras propias conciencias. El derecho de asilo y protección del náufrago está contado en las historias fundacionales de nuestra cultura al menos desde las pérdidas de Ulises, nuestro más antiguo e ilustre náufrago. Olvidarlo es olvidar de dónde venimos, perder el marco y el sentido: un modo de locura.

Pienso a menudo en cómo será el despertar sobresaltado de un niño en los infiernos de las ciudades sirias, de nombres inmemoriales, Aleppo, Madaya, Fuaa, Kafraya, entre escombros o hambrunas. O en las de Libia, Irak, Afganistán. O en las remotas aldeas de Chechenia. O en las miradas tristes y resignadas de tantos niños en las invisibles ciudades o poblados del norte, el centro y el sur de África, la tierra madre de la Humanidad. O en los ojos brillantes de alerta de los niños de América del norte, del centro, del sur. O en los pequeños ángeles negros de los suburbios de Madrid, Barcelona, París bostezando entre las latas refulgentes de las chabolas…

Pienso en esta guerra en la paz, en esta paz armada y recelosa, cuando miro el primer cielo de las mañanas camino del trabajo, el cielo compartido que para mí es cotidiano y previsible porque cuento con que de él no caerán bombas. Pienso en esta paz que debe ser activa cuando entro en la primera clase y veo las miradas soñolientas de los estudiantes, aburridas tal vez, o fastidiadas, pero sin miedo. Son esas miradas, que no encontrarán otros maestros, a esas mismas horas, en tantas aulas que hayan sobrevivido a las llamas y derrumbes, las que me hacen recordar la respuesta de aquel niño vietnamita y la que habría dado cualquiera de mis alumnos a la vieja periodista italiana: la paz es tener sueño y aburrirse, enamorarse o sentir abrigo frente al frío del invierno, la paz es esperar la llegada de otro previsible viernes…

#apuntes

Todos somos violentos

Comparto aquí, en mi traducción al español de la versión francesa, un artículo de Nicola Chiaromonte, Nous sommes tous des violents, publicado originariamente en italiano (La stampa, 10 abril de 1969) y traducido al francés por Olivier Favier, que lo ha publicado en su blog Dormira Jamais, del que soy lector habitual y que recomiendo vivamente. El nombre de este blog, que parece llamarnos a todos a la vigilia o vigilancia continuas, procede del manifiesto surrealista de André Breton, según la cita que podemos leer en su encabezamiento:

Tout est près. Les pires conditions matérielles sont excellentes. Les bois sont blancs ou noirs. On ne dormira jamais.

André Breton, Manifeste du surréalisme, 1924.

No sé decir exactamente por qué me ha seducido el texto de
Chiaramonte, el socialista libertario de Basilicate. Aunque por la fecha de publicación (1969, el año del «otoño caliente» italiano, calientes también aún las brasas del 68 francés, prólogo de las luchas sociales en Polonia o Argentina; él mismo veterano luchador en la Guerra Civil española…) puedo adivinar su sensibilidad estoica ante el fenómeno de la violencia. Puedo, también, entender la decisión de Olvier Favier de traducirlo y publicarlo en su blog, en una Francia tan atenazada ahora mismo entre el miedo, la violencia terrorista y la violencia institucional. Quizá sea porque me sedujo desde el comienzo su definición de violencia humana: «la rebelión instintiva contra el hecho de encontrarse encerrado en una condición no elegida, la de una criatura que sufre ante todo…». O quizá la sorpresa de ver considerado a Prometeo como el ejecutor del primer acto violento y transgresor de nuestra cultura, movido por su deseo de ayudar a estas criaturas menesterosas e irascibles que somos los humanos, tantas veces poseídos por el sueño de la dominación y el poder, pero también por la sabiduría resignada de reconocer nuestros límites, de refrenarnos con las bridas de la sensatez. Juzgue el lector y amigo por su propia cuenta, si es que este texto llega también a seducirlo…

Todos somos violentos

por Nicola Chiaromonte

La violencia está inscrita en el alma humana porque es inherente al mundo y al lugar del hombre en el mundo. Podríamos decir que el origen de la violencia en el hombre es la rebelión instintiva contra el hecho de encontrarse encerrado en una condición no elegida, la de una criatura que sufre ante todo -antes de empezar a sufrir a causa de tal o cual mal concretos- de una restricción sin remedio, que le lleva a estar siempre en un estado de penuria, de privación y de opresión. Si las cosas fueran de otra manera, es decir, si la violencia en el mundo humano fuera un hecho de naturaleza animal, los excesos monstruosos que podemos esperar de la violencia en el caso del hombre no tendrían explicación. La ferocidad de un Hitler o un Stalin no tienen nada que ver con la satisfacción de ningún instinto bestial: es genuinamente humana, debida a la intención malvada de franquear a cualquier precio los límites de la humanidad común. En este sentido, el impulso de la violencia no es más fuerte en el individuo privilegiado por la riqueza o el poder que en el caso del pobre o el oprimido. El hombre es violento porque su condición primigenia es violenta (o se le aparece como tal). Esta no cambia nunca, puesto que no hay ningún individuo al que el destino, antes incluso que los demás hombres, no haya privado, ni priva a cada instante, de todo lo que no es.

En cierto sentido, el primer acto de violencia es el cometido por Prometeo contra la voluntad de Zeus por venir en ayuda de los hombres necesitados y «errantes en el gran bosque de la tierra fresca». Para procurarse lo necesario, el hombre debe arrancárselo a la Naturaleza, violar su orden, devastar no sólo el reino vegetal y el animal sino la sociedad de sus semejantes. Y lo necesario para el hombre no acaba nunca: «No deja a la Naturaleza más que lo estrictamente necesario y la vida del hombre no tendrá más que valor que el de una bestia…»1, dice el Rey Lear.

La violencia del hombre es insaciable e infinita, como bien sabemos nosotros, que hemos instaurado (o casi) el reino del hombre sobre la Naturaleza, hemos tergiversado de tal manera su orden mismo que hemos puesto en peligro la misma soberanía de la que nos vanagloriamos. Catástrofe atómica, contaminación atmosférica, intervenciones bioquímicas o quirúrgicas sobre las fuentes mismas de la vida o sobre las operaciones del espíritu, empezamos a sospechar que hemos alcanzado los límites más allá de los cuales solo hay caos; pero ni siquiera por eso nos detenemos.

Sin embargo, debemos reconocer en esto la obra de la necesidad. No sirve de nada decir que la Historia habría seguido un curso distinto si no hubiera ocurrido esto, pongamos, el desencadenamiento de violencia guerrera que siguió a la Revolución Industrial, con Napoleón y las consecuencias de la aventura napoleónica que llegan, ciertamente, hasta Hitler y no parecen haber terminado todavía. La serie de coincidencias que nos han traído al punto en el que estamos en lugar de a una tesitura más feliz, muestra, justamente, una necesidad de la que no podemos escapar. Es ciertamente fácil pensar en una eventualidad más propicia que la que nos ha tocado, pero el hecho es que las posibilidades, en el curso de los acontecimientos, son, en cada momento, innumerables y comprenden tanto lo peor como lo mejor. La elección no depende de nosotros, ni incluso si está bien lo que hemos hecho: dicho de otra manera, todos juntos hacemos nuestra propia historia. Ni siquiera la divinidad es responsable, dice Platón.

La violencia, pues, es intrínseca a la condición de las cosas y del hombre. Pero la locura de quienes exaltan la violencia, de aquellos que afirman hoy «sin violencia no se consigue nada» (eco de la famosa frase de Marx «la violencia es la partera de la Historia»2) consiste en el hecho de que se erigen en principio de razón lo que es un hecho constitutivo del destino humano, y, como tal, escapa a toda razón. Desde luego, hacer de lo que escapa a nuestra razón un principio de razón y acción es, además de una contradicción lógica, una desastrosa transgresión.

Quienes así piensan no ven que de la violencia a la que cede el hombre, a la cual se puede ver constreñido, con la que se compromete totalmente como si fuera un principio creador, no se sigue solo para él la posibilidad de sobrevivir, de existir, de organizar, sino que ya tiene en su origen, al mismo tiempo, la némesis que golpea cualquier empresa humana, y más violentamente las más violentas. Y es solo de la consciencia de esta némesis -dejando aparte su situación esencialmente insoluble porque es independiente de la voluntad humana- como puede surgir en el individuo lo que llamamos «sentido del límite» y de la medida: la sabiduría.

Y la sabiduría no consiste solamente en que la violencia desemboca inevitablemente en el caos (siendo, más bien, la irrupción del caos en la existencia), es necesario ponerle el límite más riguroso, sino que significa eventualmente la renuncia a toda voluntad de dominio sobre los demás y sobre la naturaleza. Es evidente que tal renuncia no podrá ser, en cualquier caso, más que cosa de unos pocos. Pero es a estos pocos, capaces de reflexión a fin de cuentas, a quienes se les ha confiado no ya el poder sino la responsabilidad de la vida civil.

Por otro lado, si es verdad que, de hecho, no existen ningún orden civil que no tenga su origen en la violencia y que esté, por tanto, viciado, lo es también que el principio del orden civil y de la supervivencia misma de la sociedad no se deben del todo a la violencia, sino a sus opuestos: la educación, el sentido común, la delicadeza inteligente. Estas son las virtudes que se oponen a la violencia y la autoridad, la suavizan. Y debilitándolas en este sentido es cuando el hombre es capaz no solo de crear obras de arte o de beneficio público sino también de construir esta cohabitación pacifica de donde extrae su verdadera fuerza: la de sentirse sostenido no solo por sus semejantes sino la del poder insondable del que todo el mundo sabe que dependen su propia suerte y la de la comunidad.

Las civilizaciones, para acabar, no perecen solo por las violencias que pueden golpearlas desde fuera sino sobre todo debido a aquellas que tienen su origen en ellas mismas, que anidan en su seno y puede explotar en forma de guerras o revoluciones: dicho en otros términos, por la injusticia no atendida. Podemos afirmar que Grecia murió por no haber sabido confederarse contra el poder macedonio, pero debemos constatar también, al mismo tiempo, que había sido ya destruida moral y socialmente -como Tucídides muestra de forma tan lúcida- por la voluntad de imperio y de violencia inmoderadas que la habían poseído durante la Guerra del Peloponeso.

La mayoría será arrastrada siempre por el ejemplo de la violencia, o permanecerá pasiva ante ella puesto que lo que la violencia promete siempre es la liberación inmediata del yugo de la necesidad y la opresión. Se trata de la capacidad de resistir frente a ella. Los momentos de abatimiento y confusión como los que estamos atravesando son más favorables a su influencia  de lo que se piensa, porque el abatimiento y la confusión de hoy son debidas en gran medida al ejemplo de la violencia triunfante desde hace medio siglo, un ejemplo del que la actual exaltación de la violencia no es más que una de sus secuelas.

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Carlo Carrà, Manifesto interventista, 1914.

Nicola Chiaromonte, “La stampa”, 10 de abril de 1969 . Traducido de la versión francesa de Olivier Favier por Manuel Jiménez Friaza.