Las pasiones tristes

Cuentan que Napoleón dijo una vez que la mano que da está siempre por encima de la mano que recibe. Cuando esa mano deja de dar, o da menos, la mano que recibe reclama la carencia, que siempre provoca melancolía: y es por ello que las “luchas sociales” son siempre melancólicas, victimistas, como se suele decir en la neolengua. El estado sustentado en la ideología liberal, escudándose en la libertad concedida a cada ciudadano, culpabiliza a la mano que recibe con el castigo merecido en nombre de la razón colectiva (la crisis, por ejemplo; o el reparto equitativo, o la recuperación de la economía…). La mano que da siempre se salva e inocula el sentimiento de culpa, como un veneno junto a la dádiva, en la melancólica mano que reclama.

En el plano familiar o privado, se reproduce la situación (los abuelos -la mano que da- que, con su pensión, ayudan a los hijos en paro -las manos recipendarias-, en subcontrata, diríamos, pues los abuelos también reciben su ayuda del Estado que da. Todas las huelgas y luchas obreras (con sus excepciones, naturalmente) representan, por seguir con la metonimia, las manos que reivindican más, colectivamente, a la mano que da, que siempre queda por encima. Da igual que la reclamación se dirija al patrón o al Estado: en la sinécdoque de Napoleón, son lo mismo.

En las democracias representativas (elecciones y farsa electoral: programas, mítines, propaganda…) encontramos de nuevo el mismo paradigma: “te voto a ti, partido X (la mano que da), para que, una vez en el poder, suplas mi carencia, cures mi melancolía y alivies mi culpa por ser la mano que recibe”. Es un mecanismo conductista, perverso en su suposición de que la justicia es “dar a cada uno lo suyo” olvidando lo que de forma tan clara vio ya el Emperador.

Entre la mano que da y la que recibe, surge una tercera: la mano que toma, que decide tomarse la justicia por su mano. Esta es la mano que no se conforma con recibir ni puede dar, porque no tiene, pero aspira a ello. En esta tercera sinécdoque -en la que entraría la toma violenta del poder o la propiedad, que excluimos ahora- aparecen dos impulsos que se desarrollan y normalizan con las sociedades burguesas, con la ideología liberal: la ambición y el deber. Pascal consideraba la ambición como una “pasión de viejos”; el deber, convertido por gracia de la vocación en una pasión subjetiva, es su reverso en el espejo: otra para ser la misma. De ellas, de estas pasiones tristes -reactivadas por las derechas políticas actuales con los eufemismos de “emprendedores”, “empoderamiento” o “hacer lo que sea necesario”- nos ocupamos ahora.

Lo hacemos a partir de dos novelas, Rojo y Negro, de Sthendal (que afirmó que la literatura era un espejo en el camino) y Middlemarch, de George Eliot, con ayuda de dos ensayos estimulantes sobre una y otra obra1 2. Adoptamos un enfoque comparativo, en lo posible y como es nuestra costumbre, con las contemporaneidades, un término que Manuel Azaña opuso al de actualidades y que, como saben los amigos de este blog, nos gusta y adoptamos como nuestro hace tiempo.

La ambición

La ambición era censurada como motivo de vergüenza en el mundo antiguo. Francesco Fiorentino1 recoge la definición del diccionario de Antoine Furetière en 1690, “desmedida pasión por la gloria y la fortuna” y añade que “la ambición era concebida como una forma de concupiscencia, no por los bienes materiales (como la avaricia), ni por los placeres sensuales (como la lujuria) sino por el poder y lo que se habría denominado éxito.” La cuidadosa distinción de la sociedad del Antiguo Régimen entre ambición y codicia, hoy perdida, nos permitiría, sin embargo, entender la desagradable sensación -repugnancia, desasosiego- que nos producen los políticos y empresarios corruptos de la España actual: personajes como Rodrigo Rato, o cualquier otro de cualesquiera de las muchas tramas mafiosas investigadas por los jueces o denunciadas por la prensa libre, son simples codiciosos; no hay en ellos pasión alguna salvo la avaricia, la pasión más triste.

Fausto
Fausto, de Rembrandt.

Sigue Fiorentino explicando que “en el Antiguo Régimen, en el que la identidad estaba determinada por el rango, que a su vez estaba determinado por el nacimiento (…), la ambición era tabú, porque alimentaba un impulso contrario al orden natural y a la voluntad divina. Quienes la deploraban, clérigos o seglares, coincidían en que su principal síntoma era una especie de fiebre ávida, una agitada tensión nerviosa que consumía la vida.” ¿Cómo no recordar el Abel Sánchez de Unamuno, a su Joaquín Monegro sufriendo de una parecida fiebre ávida que lo consumía? El Joaquín Monegro de Abel Sánchez, ya en la sociedad burguesa contemporánea, que acepta y estimula la ambición, sufría de otra concupiscencia del alma, de otra pasión triste, o “sombría” como la llama Miguel de Unamuno: la envidia.

La ambición y la envidia solo se diferencian en el modelo: el ambicioso lo emula; el envidioso lo quiere suplantar y anular. La ambición es una pasión fría en cuyo curso se cruzan le pasado y el futuro, la estrategia, la maquinación y el engaño; la envidia es una pasión destructiva y autodestructiva cuyo modelo y meta son inasequibles salvo en el asesinato o el suicidio. Si Julien Sorel trama de forma calculada y manipuladora su ascenso social, borrando las huellas de su pasado humilde e impostando una nueva identidad social morganática (a través de la seducción de Mathilde, la hija del marqués de La Mole), que le permita ser admitido en el grupo de los privilegiados, Joaquín Monegro sufre su pasión sombría y solitaria, que nace de los celos por el amor entre Helena y Abel, de forma nihilista y destructora. Los síntomas de la enfermedad social las describe Unamuno en términos naturalistas como los que se pueden leer en estas líneas:

Pasé una noche horrible -dejó escrito en su Confesión Joaquín- volviéndome a un lado y otro de la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños acerbos.
Pensaba matarles y urdía mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había querido afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel por menosprecio a mí, pero que no podía, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con más furia que nunca.
En alguna de las interminables modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte de Abel. Fue una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia.

La ambición no se ennoblece hasta después de la Revolución Francesa, con su santificación del individuo. La distinción del ambicioso frente al simple avaro y sus cálculos cicateros se vuelve ya canónica. Benjamin Constant lo dejaba claro a comienzos del siglo XIX, en sus Principes de politique: “No podemos excluir a los hombres ambiciosos de los cargos públicos, pero mantengamos a distancia a los avariciosos.” Si la clase política española leyera más a los clásicos, nos habríamos ahorrado muchos disgustos… Todo esto es así porque la ambición se contempla ya como compatible con las virtudes positivas: el valor, la honradez, la imparcialidad, la generosidad… Adam Smith hará popular, verdad común, que el egoísmo de unos pocos redunda siempre en el bien de todos. La inercia de los gobiernos actuales que, en nombre de ese mantra, elaboran reformas fiscales y laborales que favorecen siempre a los más ricos, con la justificación de que así se creará más empleo y riqueza para todos, es hija de este ennoblecimiento de la ambición, que ya había entrado tiempo atrás en el Panteón de las virtudes cristianas, de la mano inteligente y terrenal de Santo Tomás.

Fiorentino elige Rojo y Negro como base de su reflexión porque entiende que es la novela inaugural del un ciclo narrativo de onda larga caracterizado por el triunfo de la ambición en el nuevo universo burgués. La ambición, según él, es una pasión “antilírica, que requiere cambios y giros repentinos: produce relatos.” Julien Sorel tiene un modelo, Napoleón, y un plan para emularlo. A pesar de la lejanía del modelo, se siente acuciado por el tiempo: el Emperador, con solo 28 años, ya había llevado a cabo sus más grandes hazañas. Pero la vida de Napoleón está dominada por una pasión heroica y sus hechos trascienden a toda Europa. La ambición de Julien es modesta, aunque le impone durísimas disciplinas, disimulos y manipulaciones: moverse hacia arriba en una sociedad de clases. Su principal obstáculo es su propio pasado. Como afirma Francesco Fiotentino, “el pasado del parvenu debe ser enmascarado o mistificado por constituir una amenaza para el presente.”. El pasado siempre pasa factura al arribista y ese riesgo lo convierte en un ser perdido en un juego de suplantaciones y falsas identidades… Que llega a nuestros días. El tristemente famoso Luis Roldán se autotitulaba como Licenciado en Empresariales e Ingeniero cuando sus estudios no habían superado los deBachillerato. Carmen Chacó se inventó un inexistente doctorado en Derecho. Leyre Pajín, que llegó a inventarse una cargo en una Facultad de la Universidad de Alicante que no existía siquiera. Tomás de Burgos, falso médico. El afamado Alfonso Guerra, perito industrial, que hacía referencias a sus imaginarias licenciaturas en Ingeniería y Filosofía… Pasiones tristes, de pícaros de nuestra época perdidos en esa lucha del ambicioso contra su propios pasado. Su modelo lejano no es Napoleón, sino Lázaro de Tormes quien, al final de su relación autobiográfica, de esta no explícita declaración sobre el caso por el que ha sido citado, presume del éxito social que debe a su ambición: la obtención del oficio real de pregonero (y cornudo consentido, según los rumores) en la ciudad de Toledo:

Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y se hicieron grandes regocijos, como Vuestra Merced habrá oído. Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna.

Julien Sorel, sin embargo, no llega a la “cumbre de toda buena fortuna”. El “todo está perdido” de la carta de Mathilde, el absurdo intento de acabar con madame de Rênal, su estancia en la cárcel abren una inesperada puerta de salida a la necesidad continua de maquinaciones que le ha impuesto su ambición, lo que Fiorentino llama una “ligereza de corazón”; esa que recupera cuando se libera del peso del futuro y del cálculo y disimulo continuos a que le obligaba la ambición, con su tenso arco hacia la nada…

El deber

El deber es la ambición en el espejo. Donde en los personajes ambiciosos encontramos el deseo de obtener un estatus propio de los privilegiados -desmintiendo el destino previsto en su pasado humilde-, en una sociedad dividida en clases sociales, en el personaje dominado por esta otra pasión fría hallamos, por el contrario, el impulso de entregar sus vidas a un deber, una vocación o una causa. Pero en el siglo XIX, como afirma Enrica Villari2, “La fascinación por el deber no era “un amor a la ley por sí misma, sino una preocupación por la higiene del yo”. Los modernos quieren hacer del deber heroico una pasión personal y subjetiva y es en esa contradicción imposible de salvar donde la entrega a una vocación o causa naufraga. Es lo que les ocurre a los protagonistas principales de Middlemarch.

En una carta de George Eliot a John Brackvood, mientras escribía Middelmarch: su objetivo era mostrar “la acción gradual de las causas ordinarias, no de las excepcionales”. La novelista era consciente de que esas causas ordinarias -las limitaciones que el el pueblo y su presión social tanto como la búsqueda de la felicidad personal imponen- limitan y condenan a la postre el proceso de emulación heroica de los protagonistas. Lydgate, admirador de los grandes médicos de la Antigüedad, que pretendía investigar el tejido humano original hasta encontrar una panacea médica universal, termina escribiendo, como mayor logro, un humilde libro sobre el tratamiento de la gota. Admirado, rico, arruinado, preso en las redes de un amor fou con una mujer frívola y superficial, termina cumpliendo un destino convencional que desmiente escandalosamente su inicial entrega a la causa de la filantropía médica.

Dorothea, por su parte, una “mente teórica” admiradora de Locke y Pascal, decide casarse -como un acto, también, de entrega– con Casaubon, un hombre culto y tolerante mucho mucho mayor que ella. Las “causas ordinarias” acaban convirtiendo ese matrimonio en un fracaso, que, sin embargo, devuelve la humana piedad a la protagonista en su fase final, cuando esta conoce la enfermedad de su marido, y de la empatía del sufrimiento y la pérdida surge el perdón. Son también las causas ordinarias de la pobreza que ve en su viaje nupcial a Roma las que provocan su desprecio por el Arte: “¿son necesarios tantos cuadros?”

La lección de Georges Eliot en Middlemarch es una lección desengañada y venenosa, cuyos ecos resuenan aún en nuestro mundo. En sus palabras: “todos nosotros nacemos en la misma estupidez moral, tomando el mundo como una ubre con que alimentar nuestros yoes supremos.” Queda la sensación de que la raíz de la renuncia a sus privilegios aristocráticos de Lydgate o el matrimonio intelectual de Dorothea es, simplemente, el aburrimiento, el deseo de superar una vida banal y provinciana, prefijada de antemano. Como señala Villari, a Dorothea le mueve, en el plano moral, la misma rebelión contra la aburrida vida burguesa que a Emma Bovary (y añadimos nosotros: a Ana Karenina, a Ana Ozores, a Effi Briest…, otras tantas protagonistas entregadas a pasiones inútiles, de otras tantas novelas decimonónicas) en el ámbito del placer o del amor…

***

La mano que toma, que no se conforma con recibir, se ve abocada siempre a un parecido fracaso -en cierto sentido, son protagonistas de tragedias ridículas-, en las sociedades burguesas de después de la Revolución. Da igual que el impulso original sea la ambición, el deber o una causa. La contradicción imposible que termina transformando en cenizas sus motivaciones primeras es la de la difícil o imposible compatibilidad entre una causa abstracta (vocación, revolución, deber, poder) y la búsqueda, al mismo tiempo, de las dosis de felicidad necesarias para la vida cotidiana. La paradoja de entregarse a una vida heroica o ejemplarizante en un mundo que ya no tiene -ni quiere- héroes. Que aborrece incluso la magnanimidad, en cualquiera de sus manifestaciones, en el afán de uniformidad mesetaria que es el verdadero espíritu de la colmena contemporánea.


  1. Fiorentino, Francesco, “La ambición: Rojo y Negro” ( “L’ambiziones: Il rosso e il nero”, Incluido en Franco Moretti (ed.), Il Romanzo, Roma, 2001. Vol. 1 Versión castellana: NLR nº 90, Enero-Febrero, 2015. 
  2. Villari, Enrica, “El deber: Middelmarch” (“Il dovere: Middelmarch”. Incluido en Franco Moretti (ed.), Il Romanzo, Roma, 2001. Vol. 1 Versión castellana: NLR nº 90, Enero-Febrero, 2015. 

Las cosas y las causas (a propósito de un poema de Juan Ramón Jiménez)

La cosa es que me ronda hace tiempo la sospecha de que Juan Ramón Jiménez, en un poema de Eternidades (1918), jugaba con la etimología de “cosas” (lat.: “causa”, que dio en el doblete léxico en español, con el que titulo: cosa / causa) creando, así, lo que podemos llamar un campo semántico en la sombra, ad phantasmam, que enriquece enormemente la lectura del poema. El poema es este:

¡Inteligencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
…Que mi palabra sea la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Inteligencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!

El nombre exacto de las cosas
Si damos por buena la interpretación, Juan Ramón, con ese campo semántico fantasma, dice, en realidad: “¡Intelijencia, dame / el nombre exacto de las causas!”. Es decir, no pide al Logos precisión, sino la razón del Ser; no es nominalismo, es filosofía perenne. “Que por mí vayan todos / los que no las conocen, a las causas”: la poesía, preñada de metafísica, como camino a la verdad, como salida de la ignorancia: es decir, la poesía como Paideia. “Que por mí vayan todos / los que las olvidan, a las causas”: la anamnesis, la reminiscencia de Platón: vale decir, la poesía como memoria rescatada…

Pero es que, además, creo ver en la invocación a la Musa del Proemio de la Eneida, la misma que, como un mantra, repite Juan Ramón en este hermoso poema:

Musa, mihi causas memora (v. 8)

Si hacemos ahora la inversión contraria, en castellano, el verso de Virgilio quedaría así: “Musa, cuéntame (o recuérdame) las cosas”. Solo hay que cambiar Musa por Intelijencia, que en el mundo léxico de Juan Ramón podemos considerar, sin quebranto alguno, ceteris paribus, como equivalentes..

La invocación a la Musa, en Virgilio, o la Intelijencia (el Logos), en Juan Ramón, cabe interpretarla, pues, como la búsqueda de una verdad original a la que solo es posible acceder mediante la poesía. Dicho de otra manera: el poeta invoca el acorde secreto en que poesía y filosofía se encuentran. Del mismo modo que Virgilio invoca la Musa para encontrar el cruce de caminos entre Poesía e Historia, entre Verdad y Mito fundacional. ¿También Juan Ramón Jiménez pide ayuda a la Intelijencia, al Logos, en estos versos mágicos de Eternidades, para fundar y fundir Verdad y Mito, Historia y Eternindad? Algo de eso creemos ver y oír tras “el nombre exacto de las cosas”…

Post Scriptum

Tengo que interpretar, con más desarrollo, el verso “Que mi palabra sea la cosa misma”. Tlapil una amiga de Redmatrix, que leyó el borrador de esta entrada, comentaba, a propósito de este verso:

Este poema, y el texto que lo acompaña, ha hecho derivar mis pensamientos. Recordé un ritual wirarika, en donde la palabra transforma la realidad:

A media noche, alrededor de una fogata, un cantador hace poesía. De pronto calla, los presentes nombran palabras cuyo significado ha sido alterado. Se le dice; sol a la rana, lago a la noche o durazno a la nube. Eso, que parece un juego, logra “detener el mundo” por un instante, permitiendo entrever la esencia de la existencia.

Me pareció ver similitudes, entre lo publicado y este recuerdo.

El recuerdo de mi amiga mejicana es hermoso y lo guardo como mío. Pero, además, debo extrapolar el sentido del verso y ponerlo en relación a:

  • La función mágica del lenguaje de que habló Jakobson, que nunca se cita junto a las funciones canónicas de los libros de texto, que todo el mundo (que haya sufrido las clases de Lengua en España, al menos) recuerda.

  • Las performatives sentences de John Austin.

  • Las ideas sobre la Semántica de las lenguas de Ramón Trujillo (las palabras son cosas).

Lo anoto aquí como una revisión y ampliación pendientes.

Filántropos a la fuerza

De Los filántropos en harapos1, de Robert Tressell, dijo George Orwell que debería ser un libro de lectura obligatoria para todo el mundo. En lo personal, es la novela que a mí me hubiera gustado escribir. Como ha sucedido tantas veces en España con los libros verdaderamente importantes, ha permanecido inédita e ignorada en nuestra lengua hasta el 2014, desde el lejano 1914 en que se publicó la primera y póstuma edición en lengua inglesa.


Work Or Riot

Este es un libro necesario, tanto ahora como cuando fue escrito, porque, en sus setecientas y pico páginas -en la cuidada versión española de Capitán Swing- de lectura provechosa, pululan las vidas cotidianas de un grupo de trabajadores de la construcción en la Inglaterra de comienzos del siglo XX, en una dificilísima alternancia y cruce -pero que el arte de Tressell consigue que sean equilibrados- con las de un buen haz de cristianos hipócritas, en tanto cínicos y crudelísimos explotadores del trabajo ajeno, que son los beneficiarios de la filantropía forzada de los obreros. Todo ello entreverado, a modo de trama y urdimbre, con la divulgación de las ideas y propuestas socialistas de la época, sin que falten magníficos ejemplos de la retórica política de aquellos años.

Demasiado lento, demasiado esmerado…

Es la novela que me hubiera gustado escribir porque en ella los protagonistas absolutos son los trabajadores: los eternos ausentes de la literatura que yo siempre eché de menos en los libros porque, en una paradoja que no entendía, formaban parte, sin embargo, del paisanaje real de mi infancia y juventud. Aquí los he encontrado por fin, en los personajes redondos de esta cuadrilla de carpinteros -mi padre lo era-, pintores y decoradores que comparten el frío de las mañanas en la obra, los periodos de paro y zozobra, las compras de los alimentos de fiado para entretener el hambre crónica y la contabilidad imposible de hoy para mañana; están hermanados por las ropas remendadas o las botas rotas con los pies mojados de los días de lluvia, tanto como por el instinto del apoyo mutuo cuando alguno de ellos cae, como sucede con el viejo Charles Linden, despedido por ser “demasiado lento” en el trabajo. Para él y su familia, sus compañeros consiguen reunir entre todos, sumando penosamente las ínfimas monedas que componen su capital, un pequeño fondo de resistencia para el primer arrechucho del paro, que será, debido a su edad -que lo pone en desventaja en el ejército de desempleados de reserva– definitivo. Solo terminará con su enajenación, pasión y muerte, pues es sabido que los dioses traman la locura de los hombres antes de su destrucción. O, más adelante, la mínima bolsa de ayuda que, a instancias de Philpot, consiguen reunir también para auxilio de la familia de Newman, otro despedido por poner “demasiado esmero en el trabajo”. Su mujer, con tres hijos pequeños -imposibilitada, por tanto, de buscar trabajos de costurera, los únicos accesibles para una mujer-, queda al borde del desahucio cuando su marido es condenado a un mes de prisión por no haber pagado “la triste Contribución”. La paródica caridad de la Junta de Beneficencia otorga a la familia desamparada una “triste” ayuda de tres chelines semanales…

Linden, por su parte, es un veterano trabajador, despedido a causa de la obsesiva búsqueda de productividad (el ajuste eterno del capital: mínimo presupuesto, mínimo tiempo de trabajo, máxima producción, sin que importe la calidad de la mercancía así creada) por parte de “Miserias” -el capataz, mano derecha del empresario, el corrupto Rushton- que ya ha pensado en un joven desempleado para sustituirle ventajosamente. ¿Le suena al lector? Pero Charles Linden es una paradoja viva, en la que el novelista va a hurgar más veces: este pintor se considera a sí mismo un conservador, de alma y voto; es un patriota (veterano de la guerra de los Boers) que defiende con vehemencia el status quo de la sociedad inglesa en la que se ha sentido integrado siempre, pese a haber perdido, en su nombre, a su único hijo, otro trabajador, también en en una hecho de armas. Su mujer, de modo complementario, es la perfecta casada, en el sentido tradicional cristiano.

Siembre ha habido ricos y pobres

Tressell fue capaz de crear, con los pobres de una pequeña ciudad sureña de la Inglaterra colonial, un epos que huye del sensacionalismo o la sordidez tanto como del panfleto o la soflama. Una trama en la que conviven sin estridencias el halo trágico de unos personajes de dignidad insobornable con la miseria moral y la degradación de muchos otros, sin aburrir ni apelar a la piedad a del lector, como ocurre tantas veces en la literatura de Galdós, Dickens o Dostoievski. Sin caer tampoco en la literaturización excesiva, en el envaramiento épico que atiesa y distancia la lectura de los relatos de Ignacio Aldeoca o Armando López Salinas, por poner ejemplos cercanos de nuestra literatura social realista. La integración en la trama narrativa de los discursos de Owen (el alter ego de Tressell, un decorador habilidoso y culto, convencido, como su mujer, de la causa socialista, en cuyo imaginario educan a su pequeño y espabilado hijo Frankie) la consigue este exquisito novelista mediante el artificio de integrarlos en las charlas del almuerzo en el tajo o, más adelante, en el ocio forzoso de los días fríos y lluviosos del invierno, cuando toca trabajar en el exterior. Se convierten, pues, en diálogos espontáneos y naturales, que están guiados más por el sentido común que por la propaganda. Así, en la primera parte de la novela -la versión reducida que se publicó en 1914 y que acababa en el capítulo 34, justamente con Owen aterido de frío, tosiendo sangre, asediado por ideas de suicidio y a punto de claudicar- la pregunta que todos le hacen obsesivamente, una y otra vez, a este trabajador ilustrado, es sobre la naturaleza y las causas de la pobreza. Owen, que tendrá que responder a ello otras veces más, en sucesivas ampliaciones de la conversación, la define, tras oír el tradicional tópico de descargo de boca de Charles Linden (“No le veo ningún sentido a toda esta cháchara. Siempre ha ha habido ricos y pobres en el mundo y siempre los habrá.”) así:

A lo que llamo pobreza es cuando las personas no pueden disfrutar de todos los beneficios de la civilización; de lo necesario, las comodidades, los placeres y las exquisiteces de la vida, del tiempo libre, los libros, los teatros, de los cuadros, de los cuadros, la música, las vacaciones, los viajes, de casas buenas y bonitas, de ropa buena, comida rica y agradable. (…)

Si un hombre solo puede cubrir las necesidades más básicas de su existencia y la de su familia, la familia de ese hombre vive en la pobreza.

Un cuento de Navidad

Tampoco se rehuyen, en esta ficción verdadera, momentos de anticlímax llenos de alegría íntima y calidez, de estirpe evangélica y dickensiana, como las navidades de la familia de Owen, temporalmente ampliada con los nietos de Linden, los tres hijos de Newman y sus compañeros Philpot, fiel amigo y discípulo, y el joven aprendiz Burt, los dos trabajadores solteros ( en el sentido etimológico de “solitarios”, también) que mantienen con Owen y su prole una relación de amistad, afinidad ideológica y admiración. He aquí esta sagrada familia obrera; Owen se mueve sigiloso en el silencio frío de la casa en la Nochebuena, tras haber preparado el árbol y los regalos para los fastos del día de Navidad:

Llevaban casados poco más de ocho años y, aunque durante todo este tiempo nunca habían vivido realmente libres de angustia por el futuro, no obstante en ninguna navidad anterior habían estado tan pobres como ahora. En los últimos años, poco a poco, los periodos de desempleo se habían ido volviendo cada vez más frecuentes y prolongados y la tentativa que él hizo a principios de año de encontrar trabajo en otra ciudad sólo había servido para sumirlos en una pobreza aún mayor. Pero, de todas formas, había muchas cosas por las que estar agradecido: por pobres que fueran, les iba mucho mejor que a muchas miles de personas. Todavía tenían comida y cobijo y se tenían el uno al otro y al chico.

Antes de marcharse a la cama, Owen llevó el árbol al dormitorio de Frankie y lo colocó de tal manera que pudiera verlo en su fabuloso esplendor en cuanto se despertara el día de Navidad.

La celebración de este día en casa de Owen, con la incorporación de la chiquillería de los compañeros caídos, Linden y Newman, y de los dos obreros solteros y solitarios, Philpot y Bert, es, quizá, la escena más luminosa de todo el libro: reparto de juguetes, dulces, juegos de cartas (“Arruina al vecino…”) intencionados y el no menos intencionado Pandorama que ha diseñado y construido el joven Bert, el aprendiz. Bert, que fue vendido por su viuda madre a Rushton y Cía mediante un semiesclavista contrato de aprendiz, deslomado y encanijado por el trabajo más degradante de toda la cuadrilla, muestra su ingenio mediante este teatrillo hecho con cartones de desecho y fotografías de semanarios ilustrados: con la ayuda de dos rodillos movidos mediante una manivela, las fotografías -coloreadas con acuarela- de diversos lugares del mundo, van desplegando, entremezclado con disparates cómicos, un “Teatro Crítico Universal” improvisado que hace las delicias de los niños…

La gran comilona o los destellos de luz en la caverna

El contrapunto lo ofrece, en otro lugar de la novela, la hipócrita “gran comilona” que la empresa ofrece anualmente a sus obreros en un restaurante de las afueras. Tressell adopta una perspectiva cinematográfica en planos y secuencias; en ocasiones, como la carrera involuntaria y absurda entre los vehículos de tiro animal en que realizan el viaje de vuelta, con una comicidad espectacular propia del cine mudo. El autor no lanza puntada sin hilo y la carrera sirve para que el miedo cambie de bando, como se dice hoy en los medios revueltos de Internet: los viajeros del carromato en que viajan Rushton y compañía se ven atenazados por el terror que les produce la persecución, llena de justicia poética:

El cochero borracho se imaginó entonces que estaban echándole una carrera y alimentó la decisión de adelantarlos. (…)

Los gestos y gritos aterrorizados del grupo de Rushton solo sirvieron para enfurecerlo, pues pensaba que estaban burlándose de él porque no era capaz de superarlos. (…)

Delante, los caballos del transporte de Rushton también galopaban al máximo y el vehículo saltaba y daba tumbos de un lado a otro del camino mientras sus aterrorizados ocupantes, cuyos rostros habían empalidecido de miedo, se aferraban a sus asientos y los unos a los otros catapultando sus ojos fuera de sus órbitas al volver la vista atrás hacia sus perseguidores (…)

Tressell introduce el capítulo dedicado a esta inusual convite como uno de los pocos momentos de ruptura que trastocan el aburrimiento cotidiano de las vidas de los obreros y la monotonía (social, pero también fisiológica en tanto que su pobrísima dieta, por una vez, se parece a la de sus explotadores, los beneficiarios de su filantropía forzada…) en que transcurren:

Ocasionalmente penetraba un efímero destello de sol en la penumbra2 en la que se desarrollaban las vidas de los filántropos. La desalentadora monotonía se veía animada de vez en cuando por algún diminuto regocijo inocente. (…)
A veces las personas en cuyas casas trabajaban los agasajaban con té, pan con mantequilla, bizcocho o algún refrigerio ligero y, de cuando en cuando, incluso con cerveza. (…)
Pero el acontecimiento del año sería la comilona, que se celebraría el último sábado del mes de agosto, después de que lo hubieran estado pagando a lo largo de cuatro meses.(…)
La comida no dejó nada que desear; era casi tan buena como las que se pegan a diario las personas que son demasiado perezosas para trabajar, pero lo bastante astutas como para conseguir que los demás trabajen para ellos.

La comida se describe como en los mejores sueños de nuestro Carpanta, el personaje protagonista del tebeo español que evocaba, de forma obsesiva, los años del hambre de la posguerra:

Hubo sopas, varios entrantes, guiso de capón, asado de pavo, ganso asado, jamón, col, guisantes, alubias y dulces en abundancia, pudin de ciruelas, crema de natillas, gelatina, tartas de frutas, pan y queso y toda la cerveza o limonada que se les antojara pagar, pues las bebidas se cobraban aparte (…)

La historia del futuro

Hemos escrito muchas veces que el capitalismo es un régimen nihilista y punk cuyo lema fundamental es no future. El futuro en nuestras sociedades no existe sino en la regla del interés compuesto, en la tasa de crecimiento suicida de capitales y beneficios. Solo eso explica la paradoja mortal del crecimiento y el progreso perpetuos que aún rige como insignia y bandera de nuestras vidas. La vida de los trabajadores de La Caverna está sometida a esta ley, mucho más inexorable en los años en que transcurre la historia, anterior al sueño consumista que aún tardaría en llegar con su nuevo paradigma y fatua promesa de felicidad y abundancia -también “trabajo en abundancia”, como reclaman Crash, el jefe de obra, y los obreros conservadores. Owen, en una noche de insomnio, hipnotizado ante la luz titubeante de un candil, piensa en ese robo del futuro, entendido como un territorio habitable y consolador:

Unos cuantos años antes, el futuro parecía una región repleta de halagüeñas posibilidades maravillosas y misteriosas, pero esta noche el pensamiento no arrojaba ninguna de esas ilusiones pues sabía que la historia del futuro iba a ser muy parecida a la historia del pasado.

La historia del pasado continuaría repitiéndose durante unos cuantos años más. Él seguiría trabajando y los tres seguirían pasando sin las cosas necesarias de la vida. Cuando no hubiera trabajo, pasarían hambre.

No se preocupaba mucho por sí mismo porque sabía que en el mejor, o el peor, de los casos solo serían muy pocos años. Aunque cuando dispusiera del alimento y la ropa adecuada y pudiera cuidar razonablemente de sí mismo, no viviría mucho más; y, cuando llegara ese momento ¿qué iba a ser de ellos?

Habría cierta esperanza para el chico si fuera más fuerte y su temperamento fuera menos amable y más egoísta. Bajo el sistema vigente era imposible que nadie triunfara en la vida sin dañar a otras personas y sin tratarlos y utilizarlos como a uno no le gustaría que lo trataran y utilizaran.

Este sistema, que Owen llama -en sus explicaciones a los compañeros en la hora del almuerzo- “la lucha por la vida”, es el que hace inviable el futuro: la división social del trabajo, el individualismo más feroz, el fatalismo con que los trabajadores asumen el mismo destino para sus hijos, cumpliendo así lo que Marx llamaba las condiciones de reproducción de la sociedad capitalista: la reproducción biológica de más trabajadores junto con la reproducción ideológica mediante el tinglado político, educativo y propagandístico.

En la tienda no venden amigos

El futuro solo es visible en las partes más discursivas e ideológicas de la novela. Especialmente en el gran discurso3 de Barrington, un falso obrero, siempre en la zona en sombras de la cuadrilla, según descubrimos al final -es, realmente, un miembro desclasado de familia acomodada pero tolerante, culto y sensible militante socialista que deseaba conocer la realidad del mundo del trabajo. Aunque habíamos conocida sus dotes oratorias en un discurso interrumpido, abrupta y voluntariamente, durante la comilona, es en un día desabrido que amenazaba lluvia, justo cuando la faena que quedaba pendiente tenían que culminarla en el exterior, cuando oímos de él la proyección verbal del único futuro que les es posible: el que deben construir con su lucha. La teatralización del discurso es ya completa, en contrapunto y palimpsesto de las retóricas huecas que ya habíamos conocido de la disputa electoral reciente entre liberales y conservadores. El púlpito del Orador4, el cartel que anuncia el mitin, los asientos del público están conformados, en festiva parodia, por tablas, andamios y cajas vacías de la obra (con arreglo al simbolismo de los nombres, están ahora en “El Refugio”, ya no en “La Caverna”) y contará con un turno de preguntas y réplicas del público.

Es así como Barrington desbroza por fin la nueva sociedad, insinuada a lo largo del relato. La utopía que despliega, con un papel estelar del estado, como era natural en las propuestas socialistas de la época, nos suenan hoy a ingenuas y como sobrepasadas por la realidad histórica. Pero no se engañe el lector con esa impresión primera: la lectura de ese discurso tiene aún potencia y garra contagiosas. La idea del apoyo mutuo, que responde en el libro al concepto de Co-operative commonwealth o Sociedad Cooperativa, reclama una mayor atención para un lector contemporáneo, porque sobrepasa en mucho las tristes expectativas del movimiento cooperativo actual y sus humildes propuestas de mejora en las condiciones laborales, en las coordenadas de lo que llamamos genéricamente economía social, pero sin ningún horizonte utópico a la vista. Terminaba Barrington con estas alzadas palabras:

Estos son los principios según los cuales se organizará la Sociedad Cooperativa del futuro. Un estado en el que nadie recibirá distinciones ni honores por encima de sus compatriotas salvo por la Virtud o el Talento. Donde ningún hombre encontrará beneficio en el perjuicio de otro y donde ya no habrá amos ni criados, sino hermanos, hombres libres y amigos…

Saint-Exupéry decía en su El Principito que los hombres ya no conocen nada, porque todo lo compran hecho en las tiendas y que, como en las tiendas no venden amigos, ya no tienen amigos. Los obreros que viven para siempre en este inmenso fresco de Los filántropos en harapos sí tienen amigos, porque apenas compran en las tiendas y porque construyen con sus manos las casas y cosas del mundo. Anteriores a la actual somatización y medicalización de las desdichas propias del trabajador posmoderno, atisbaban que la amistad y la ayuda mutua, con la estupenda medicina de unas pintas de cerveza en la taberna cuando atenaza la tristeza, en las charlas tontas o tremendamente serias con que acompañan sus sobrios almuerzos, estaban los travesaños de la única, larga y penosa escalera de Jacob -como la que tenían que aupar para la pintura de la alta torre de El Refugio– que les permitiría el asalto de los cielos… Tal vez solo por volver a sentir ese vértigo merezca la pena sumergirse en la lectura de este libro ejemplar.


  1. Tressell, Robert, Los filántropos en harapos, Madrid, Ed. Capitán Swing, 2014.
    Dice el autor de su obra, en el resto de prólogo que nos ha llegado:
    Los filántropos no es un tratado, ni un ensayo, sino una novela. Mi principal objetivo era conseguir una narración asequible, desbordante de interés humano y basada en los sucesos de la vida cotidiana en la que el tema del socialismo se abordara de manera secundaria. Esa fue la tarea que me propuse.” 
  2. No hay que olvidar que la mayor parte de la narración transcurre en una casa de campo que la cuadrilla de Rushton y Cía están restaurando que se llama, en clara alusión platónica, La Caverna
  3. Capítulo 45, páginas 583 en adelante de la edición que manejamos. 
  4. Tressell usa con profusión, a lo largo de la novela, el simbolismo nominal que incluye los genéricos: el Orador -Barrington, que desplaza a Owen ahora en esa personificación-, la Iglesia del Sepulcro Blanqueado, el Medio Borracho… 

Nada es dos veces

En el poema “Nada dos veces”, la poeta polaca Wislawa Szymborska1 juega sabiamente con el equívoco de “nada”, de tal manera que el título nos remite a la nada, que es todo, que nunca se repite, pero al mismo tiempo evoca la conocida condena de Heráclito a no nadar dos veces en el mismo río. O nos convoca a nadar sobre nuestra propia nada entre los días, pues no es el mismo ninguno…

Idilio en el mar, Sorolla

El poema de Wislawa Szymborska empieza así:

Nada sucede dos veces
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.

En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.

No es el mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.

Todo está enredado en la memoria como las cerezas en un cesto: Estos versos me llevaron a una entrevista que leí hace tiempo -en la consulta del dentista, ¡en una revista de una compañía de seguros!- al periodista Iñaki Gabilondo, en la que contaba que al amanecer, antes de empezar su exitoso programa de radio “Hoy por hoy”, se iba solo a la azotea del edificio de la cadena SER en la Gran Vía y miraba el cielo y el paisaje urbano de Madrid con la intensidad y emoción de esa idea fija: no voy a volver a verlo, porque nada es dos veces… Pero también me veía y oía yo mismo, en la primera clase a las ocho de la mañana, subiendo las persianas de la gélida aula e incitando a mis alumnos dormidos a mirar las nubes y las copas de las castaños a través de la ventana, con el mismo mantra: Mirad bien esas nubes rosadas; no las volveréis a ver porque nada es dos veces…

Serían otras las palabras del periodista y otras las mías, que ahora se confunden con las de Wislawa Szymborska: porque tampoco ninguna palabra es dos veces. Nunca se repite su resonancia en el aire, ni es igual el chasquido de la lengua o la fuerza o languidez del chorro de aire que la expele al mundo, convertida en ave o piedra, para que diga y signifique, emocione o convenza, provocando risa, llanto o amor o mal decir…

Nada es dos veces, y por ello cada vida es única, porque está trenzada de momentos que son llamaradas y epifanías nunca iguales. Ser consciente de ello nos hace caer en la cuenta de que con cada muerte desaparece una especie, una especie única; con cada lengua que deja de hablarse se aniquila un mundo que ha dejado de nombrarse. Con cada regreso del día o la noche, de la canícula o la niebla, con una sola explosión de polen y semillas vuelve a la vida y la luz, desde la nada y la sombra en que estaba sumido, un universo recién nacido.

Solo en la triste ciencia de los números y la economía las cosas son las mismas dos veces. Agustín García Calvo demostraba en su Sobre los números que la cuenta de los naturales empezaba en el 2, porque la serie se basa en el principio de identidad, que cualquier cosa puede volver a aparecer como la misma: es así como del 2 nace el 1, pues cada cosa y cada cual deben ser iguales a sí mismos y retornar y repetirse una y otra vez. Solo que para ser la misma cada cosa, tiene que dejar de ser, debe morir para ser contada y achicharrada en el crisol de la ciencia y su tenebrosa alquimia incompatible con la vida. Y es así como para ser nosotros contables, y conocibles y predecibles, y poder responder, por tanto, a un nombre propio y soportar la responsabilidad de una biografía o un voto, debemos renunciar a la vida, en el tiempo plano sin tiempo en que pasado y futuro son siempre los mismos, como lo son para la Historia y las Compañías de seguros. Sin darnos mucha cuenta, pero presintiendo continuamente la mentira trágica y la fanática fe terrible en que así es la realidad, nadamos sobre el mismo mar sin agua del cuadro de Sorolla, sobre el lecho de piedras de este río sin agua, el mentido río en que podemos nadar dos veces, la cuenca seca en que nadamos sobre tan tragicómica nada…


  1. Szymborska, Wislawa, Poesía no completa, México, ed. FCE, 2014. 

Vidas paralelas (los sucios secretos del capitalismo)

El capitalismo envuelve sus secretos en el oropel de las mercancías y en su alianza de siglos, aparentemente pacífica y natural, con las libertades individuales consagradas por las democracias y los derechos humanos; particularmente la libertad ficticia de vender la fuerza de trabajo, el tiempo y, con él, la vida toda como único modo de subsistencia. Karl Marx nos desveló en El Capital, con la ayuda del concepto de fetichismo, el primer gran secreto: el trabajo social acumulado -junto al cansancio, el sufrimiento, la explotación y, a las veces, la semiesclavitud de los obreros que los hicieron- en los productos tentadores y deslumbrantes que pueblan los escaparates y las estanterías de tiendas y supermercados, los cubículos de camiones, trenes y barcos y su trajín constante y sin sentido.

Hay otros secretos más sucios aún, más profundos y antiguos, más escondidos, que, a pesar de que están supuestos en su lección sobre la acumulación primitiva, de la que hablamos enseguida, Marx mismo no indagó; por falta de tiempo o porque las fuertes condiciones que impuso a su razonamiento, o la misma atmósfera intelectual en que realizó su ingente trabajo, se lo impidieron. En efecto, la depredación ancestral de la naturaleza, que alcanza en nuestro tiempo tintas trágicas, aunque avisada en el Libro III, cuando estudia la renta de la tierra y menciona la extenuación a que es llevada por la agricultura industrial, queda al margen de su ambicioso examen, o se vuelve transparente en su visión idealizada del trabajo humano. El silencio es todavía más notable en lo que se refiere a la enajenación de las mujeres y a su papel subalterno, pero imprescindible, en el proceso de reproducción capitalista. De esos negros secretos, que tanto han contribuido al daño y desgracia de nuestras vidas, escribiremos aún algo en otra ocasión.

Con su teoría del valor, Marx dejó al descubierto para siempre que las plusvalías que dieron origen al capital, y que lo aumentan sin cesar en sus rotaciones infinitas, en un proceso de acumulación que no conoce término ni medida, proceden del tiempo de trabajo no pagado. Pero el pensador alemán reveló también un secreto más sucio aún: el de su origen, en la crisis final del feudalismo, en lo que llamó la acumulación originaria, un largo proceso a distintas velocidades que, según él, terminó a finales del siglo XVIII y que se caracterizó por su extrema violencia. Este pecado original comenzaría por la expropiación masiva de tierras comunales y la consecuente transformación de las masas de campesinos desposeídos de sus medios de vida, obligados a malvender su fuerza de trabajo, en la misma tierra o en las ciudades, en las que, por su lado, estaban siendo desmanteladas las viejas y protectoras organizaciones gremiales. Sucesivas y continuas represiones con la cobertura legal del poder político, que consagró la explotación del trabajador libre, terminaron por naturalizar el nuevo paradigma, borrando las huellas de la violencia extrema de sus orígenes en los nuevos cercos constitucionales, legitimados por las teorías del contrato social y el respeto formal de los derechos del hombre.

Marx pensó que esta había sido la prehistoria del capitalismo. Aunque reconoció la reproducción parcial de este proceso en las expropiaciones de tierras, el esclavismo de los imperios coloniales y en las redes del comercio internacional, permaneció fiel al optimismo histórico que le llevaba a considerar como definitiva la superación de las etapas históricas. La tesis de esta entrada es mostrar su error, dejando sentado que la violencia de estos procesos de expropiación de bienes comunes, el aumento de la tasa de explotación de la fuerza de trabajo mediante los métodos originarios (aumento de la jornada, multiplicación del ejército laboral de reserva y empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores) es intrínseca al capitalismo, forma parte de su naturaleza. Lo hacemos con el apoyo teórico de Rosa Luxemburgo y David Harvey y el testimonio y análisis de periodistas contemporáneos como Laura Villadiego, una excelente reportera freelance que tiene el secreto de lo que William Lyon llama “la escritura transparente” y cuyas crónicas y análisis leo con fruición desde hace tiempo. En ese sentido, emulamos al mismo Marx, impenitente lector de periódicos -articulista él mismo- y de los informes humanitarios escritos por los inspectores de trabajo de la Inglaterra victoriana, que citó tantas veces como argumentos de autoridad.

Es la cosa, en cuanto a la justificación teórica de cuanto decimos aquí, que Rosa Luxemburgo, en su desacomplejada lectura de las ideas de Marx sobre la acumulación capitalista1, escribía que dicha acumulación tiene dos aspectos diferentes:

De un lado, tiene lugar en los sitios de producción de la plusvalía (en la fábrica, en la mina, en el fundo agrícola y en el mercado de mercancías). Considerada así, la acumulación es un proceso puramente económico, cuya fase más importante se realiza entre los capitalistas y los trabajadores asalariados, pero que en ambas partes, en la fábrica como en el mercado, se mueve exclusivamente dentro de los límites del cambio de mercancías, del cambio de equivalencias. Paz, propiedad e igualdad reinan aquí como formas, y era menester la dialéctica afilada de un análisis científico para descubrir, cómo en la acumulación el derecho de propiedad se convierte en apropiación de propiedad ajena, el cambio de mercancías en explotación, la igualdad en dominio de clases.

El otro aspecto de la acumulación del capital se realiza entre el capital y las formas de producción no capitalistas. Este proceso se desarrolla en la escena mundial. Aquí reinan, como métodos, la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de intereses privados, la guerra. Aparecen aquí, sin disimulo, la violencia, el engaño, la opresión, la rapiña.

¿No parece estar hablando, también, de la globalización neoliberal cuya ondas sísmicas padecemos? El británico David Harvey ha revitalizado esta idea de Rosa Luxemburgo, que ha hecho popular con la expresión acumulación por desposesión con la que ha pretendido adaptar el proceso a nuestro momento histórico. Desposesión de bienes comunes -tierra, agua, energía- tanto como de derechos sociales des-nacionalizados como la sanidad o la educación.


* * *

La intención de estos textos citados a continuación, que no tienen ningún afán exhaustivo, quiere ser solo la de presentar mínimas historias o retales de vidas anónimas, ya del siglo XIX ya del XXI, puestas en contraste ante el lector, a modo de ejemplos pedagógicos, como las vidas paralelas de famosos tan del gusto lector de los antiguos, Sólo que ¡ay! estas vidas ejemplares que aquí rescatamos no lo son sino en su reverso o negativo: el de la pobreza, el agotamiento y la humillación.

Expropiación de la tierra

Marx, Karl, El Capital, Libro I, cap. XXIV «La llamada acumulación originaria»2

En todos los países de Europa la producción feudal se caracteriza por la división de la tierra entre el mayor número posible de campesinos tributarios. El poder del señor feudal, como el de todo soberano, no se fundaba en la longitud de su registro de rentas, sino en el número de sus súbditos, y éste dependía de la cantidad de campesinos que trabajaban para sí mismos. Por eso, aunque después de la conquista normanda se dividió el suelo inglés en gigantescas baronías, una sola de las cuales incluía a menudo 900 de los viejos señoríos anglosajones, estaba tachonado de pequeñas fincas campesinas, interrumpidas sólo aquí y allá por las grandes haciendas señoriales. Tales condiciones, sumadas al auge coetáneo de las ciudades, característico del siglo XV, permitieron esa riqueza popular tan elocuentemente descrita por el canciller Fortescue en su Laudibus legum Angliæ, pero excluían la riqueza capitalista.


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El preludio del trastocamiento que echó las bases del modo de producción capitalista se produjo en el último tercio del siglo XV y los primeros decenios del siglo XVI. Una masa de proletarios libres como el aire fue arrojada al mercado de trabajo por la disolución de las mesnadas feudales que, como observó correctamente sir James Steuart, “en todas partes colmaban inútilmente casas y castillos”. Aunque el poder real él mismo un producto del desarrollo burgués en su deseo de acceder a la soberanía absoluta aceleró violentamente la disolución de esas mesnadas, no constituyó, ni mucho menos, la única causa de ésta. Por el contrario, el gran señor feudal, tenazmente opuesto a la realeza y al parlamento, creó un proletariado muchísimo mayor al expulsar violentamente a los campesinos de la tierra, sobre la que tenían los mismos títulos jurídicos feudales que él mismo, y al usurparles las tierras comunales. En Inglaterra, el impulso directo para estas acciones lo dio particularmente el florecimiento de la manufactura lanera flamenca y el consiguiente aumento en los precios de la lana. Las grandes guerras feudales habían aniquilado a la vieja nobleza feudal; la nueva era hija de su época, y para ella el dinero era el poder de todos los poderes. Su consigna, pues, rezaba: transformar la tierra de labor en pasturas de ovejas. En su Description of England. Prefixed to Holinshed’s Chronicles, Harrison describe cómo la expropiación del pequeño campesino significa la ruina de la campaña. “What care our great incroachers?” (¿Qué les importa eso a nuestros grandes usurpadores?). Violentamente se arrasaron las viviendas de los campesinos y las cottages de los obreros, o se las dejó libradas a los estragos del tiempo. “Si se compulsan”, dice Harrison, “los más viejos inventarios de cada finca señorial, […] se encontrará que han desaparecido innumerables casas y pequeñas fincas campesinas […], que el país sostiene a mucha menos gente […], que numerosas ciudades están en ruinas, aunque prosperan unas pocas nuevas… Algo podría contar de las ciudades y villorrios destruidos para convertirlos en pasturas para ovejas, y en los que únicamente se alzan las casas de los señores.” Los lamentos de esas viejas crónicas son invariablemente exagerados, pero reflejan con exactitud la impresión que produjo en los hombres de esa época la revolución operada en las condiciones de producción. Un cotejo entre las obras del canciller Fortescue y las de Tomás Moro muestra de manera patente el abismo que se abre entre el siglo XV y el XVI. La clase trabajadora inglesa, como con acierto afirma Thornton, se precipitó directamente, sin transición alguna, de la edad de oro a la de hierro.

Expropiaciones forzosas: ¿un nuevo crimen contra la humanidad? (Laura Villadiego, esglobal, 30/10/2014)

Durante las últimas décadas, las condenas por crímenes contra la humanidad se han aplicado fundamentalmente a asesinatos en masa, violaciones, tortura o esclavitud. Pero una nueva demanda presentada ante la Corte Penal Internacional (CPI) el pasado 7 de agosto podría ampliar este concepto a un tipo de crimen que ha estado en auge durante los últimos años: la expropiación masiva de tierras.

Global Diligence, un bufete de abogados con sede en Londres, ha sido el artífice de esta petición en la que insta a la fiscalía de la CPI a abrir una investigación sobre las expropiaciones en Camboya, un país en el que, según la demanda, 770.000 personas (un 6% de la población del país) han perdido sus tierras durante los últimos 14 años en concesiones realizadas por el Gobierno a empresas de medio mundo. La demanda podría suponer un precedente jurídico para otros casos de expropiaciones de tierras en el mundo, un fenómeno del que aún hay pocos datos concretos pero que FAO describe como un «fenómeno global» que ha emergido recientemente. Los expertos se preguntan ahora, sin embargo, si el caso cumple los requisitos legales para que la fiscalía abra una investigación, algo que ya supondría un importante precedente en la legislación internacional aunque no se llegara a iniciar un juicio.

camboya

La demanda de Global Diligence detalla los cargos que se pueden imputar a la que llama la «elite en el poder» de Camboya, que incluye miembros del Gobierno, de las Fuerzas Armadas y grandes empresarios. Según la demanda, esta elite ha incurrido en traslados forzosos, asesinatos, arrestos ilegales, persecución y otros actos inhumanos con el único objetivo de «autoenriquecerse y mantenerse en el poder a cualquier coste». Todos ellos se incluyen dentro de la definición que el Estatuto de Roma, carta fundacional de la CPI, establece para los crímenes contra la humanidad, aunque nunca se han aplicado a desplazamientos forzosos producidos fuera de un contexto de guerra. «En un momento en el que las violaciones de los derechos humanos relacionadas con la tierra han alcanzado niveles escandalosos, esta comunicación da a la CPI […] la rara oportunidad de confirmar el papel de la ley internacional para proteger a las poblaciones de los desplazamientos masivos forzosos durante tiempos de paz», aseguró a la prensa Richard J Rogers, el abogado de Global Diligence que representa a las víctimas.

El carácter masivo y violento que han tenido las expropiaciones en Camboya será, probablemente, uno de los argumentos con más peso para la fiscalía a la hora de aceptar el caso. «Las expropiaciones de tierra son un problema crónico y masivo en Camboya. Es una de las violaciones de los derechos humanos más graves en el país y el registro ha empeorado durante los últimos años», asegura Chak Sopheap, directora del Centro Camboyano por los derechos humanos, quien destaca que la represión de activistas se ha endurecido desde principios de año. La demanda pone como ejemplo de los excesos del Gobierno camboyano el desahucio de Dey Krahorm, uno de los más violentos que se recuerdan. Una madrugada de 2009, los bulldozers entraron sin previo aviso en esta comunidad del centro de la capital Phnom Penh, echaron a sus residentes sin permitirles coger sus escasas pertenencias y arrasaron sus casas. El desahucio tuvo lugar cuando las negociaciones sobre las compensaciones que debían recibir los afincados aún no habían sido cerradas.«El problema es que [en Camboya] no hay una ley clara sobre cómo deben ser los desahucios. Pero lo que está claro es que los traslados no están siguiendo los estándares internacionales y no están asegurando unos mínimos para la gente desalojada», asegura Kim Rattana, director adjunto de Caritas Camboya.

Según la demanda, «todos los elementos legales de un crimen contra la humanidad están satisfechos». Sin embargo, satisfacer los requerimientos del Estatuto de Roma supondrá limitaciones y obstáculos a la demanda. Así, sólo las expropiaciones realizadas a partir de 2002, año de fundación de la Corte Penal Internacional y en el que comienza su jurisdicción, podrán ser investigadas. Por otra parte, la Corte sólo puede juzgar a personas concretas, no a Estados, y para ello necesita que los acusados sean detenidos y extraditados a La Haya. Algo a lo que probablemente se opondrá Camboya, a pesar de ser un país firmante del Estatuto de Roma, texto fundacional de la CPI, y estar, por tanto, sometido a su jurisdicción.

Uno de los mayores obstáculos será probar que las expropiaciones forman parte de «un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque», tal y como estipula el Estatuto de Roma. «Probablemente el Gobierno dirá que tiene el derecho a organizar el suelo si es en el interés público y si hay compensaciones adecuadas. Pero el problema es que casi nunca es por interés público y casi nunca hay compensaciones», asegura Scott Leckie, director de Displacement Solutions, una ONG que trabaja con víctimas de los desplazamientos forzosos.

La jornada laboral y las condiciones laborales

Karl Marx, El Capital, Libro I, cap. VIII, «La jornada laboral»3

En las últimas semanas de junio de 1863 todos los diarios de Londres publicaron una noticia con el título “Sensational”: “Death From Simple Overwork” (muerte por simple exceso de trabajo). Se trataba de la muerte de la modista Mary Anne Walkley, de 20 años, empleada en un taller de modas proveedor de la corte, respetabilísimo, explotado por una dama con el dulce nombre de Elisa. Se descubría nuevamente la vieja historia, tantas veces contada: estas muchachas trabajaban, término medio, 16 1/2 horas, pero durante la temporada a menudo tenían que hacer 30 horas ininterrumpidas, movilizándose su “fuerza de trabajo” desfalleciente con el aporte ocasional de jerez, oporto o café. Y la temporada, precisamente, estaba en su apogeo. Había que terminar en un abrir y cerrar de ojos, por arte de encantamiento, los espléndidos vestidos que ostentarían las nobles ladies en el baile en homenaje de la recién importada princesa de Gales. Mary Anne Walkley había trabajado 26 1/2 horas sin interrupción, junto a otras 60 muchachas, de a 30 en una pieza que apenas contendría 1/3 de las necesarias pulgadas cúbicas de aire; de noche, dormían de a dos por cama en uno de los cuchitriles sofocantes donde se había improvisado, con diversos tabiques de tablas, un dormitorio 68 l m. Y éste era uno de los [307] mejores talleres de modas de Londres. Mary Anne Walkley cayó enferma el viernes y murió el domingo, sin concluir, para asombro de la señora Elisa, el último aderezo. El médico, señor Keys, tardíamente llamado al lecho de agonía, testimonió escuetamente ante la “coroner’s jury” [comisión forense]: “Mary Anne Walkley murió a causa de largas horas de trabajo en un taller donde la gente esta hacinada y en un dormitorio pequeñísimo y mal ventilado”. A fin de darle al facultativo una lección de buenos modales, la “coroner’s jury” dictaminó, por el contrario: “La fallecida murió de apoplejía, pero hay motivos para temer que su muerte haya sido acelerada por el trabajo excesivo en un taller demasiado lleno”. “Nuestros esclavos blancos” exclamó el Morning Star, el órgano de los librecambistas Cobden y Bright, “nuestros esclavos blancos, arrojados a la tumba a fuerza de trabajo, […] languidecen y mueren en silencio”.

jornada

“Trabajar hasta la muerte es la orden del día, no sólo en los talleres de las modistas, sino en otros mil lugares, en todo sitio donde el negocio marche… Tomemos como ejemplo al herrero de grueso. Si hemos de prestar crédito a los poetas, no hay hombre más vigoroso, más alegre [308] que el herrero. Se levanta temprano y saca chispas al sol; come y bebe y duerme como nadie. Si trabaja con moderación, en efecto, ocupa una de las mejores posiciones humanas, físicamente hablando. Pero nosotros lo seguimos en la ciudad y vemos el peso del trabajo que recae en este hombre fuerte, y qué posición ocupa en la tasa de mortalidad de este país. En Marylebone (uno de los mayores barrios de Londres) los herreros mueren a razón de 31 por mil, anualmente, o sea 11 por encima de la mortalidad media de los varones adultos en Inglaterra. La ocupación, un arte casi instintivo de la humanidad, inobjetable como ramo de la industria humana, es convertida por el simple exceso de trabajo en aniquiladora del hombre. Éste puede asestar tantos martillazos diarios, caminar tantos pasos, respirar tantas veces, producir tanto trabajo y vivir término medio 50 años, pongamos por caso. Se lo obliga a dar tantos golpes más, a dar tantos pasos más, a respirar tantas veces más durante el día y, sumando todo esto, a incrementar su gasto vital en una cuarta parte. Hace el intento, y el resultado es que, produciendo durante un período limitado una cuarta parte más de trabajo, muere a los 37 años de edad en vez de a los 50”. (…)

El capital no pregunta por la duración de la vida de la fuerza de trabajo. Lo que le interesa es únicamente qué máximo de fuerza de trabajo se puede movilizar en una jornada laboral. Alcanza este objetivo reduciendo la duración de la fuerza de trabajo, así como un agricultor codicioso obtiene del suelo un rendimiento acrecentado aniquilando su fertilidad.

En Camboya: Desmayos, abusos y muertes: así se fabrica la ropa en Camboya (Laura Villadiego, El Diario, 17/9/2004)

La situación de trabajadores como Hok Pov o Ly Tola ha vuelto recientemente al punto de mira de la opinión pública internacional después de que la bloguera Anniken Jørgensen decidiera denunciar estas prácticas y centrar sus críticas en el gigante textil H&M. La multinacional sueca ha sido acusada en numerosas ocasiones por permitir que sus proveedores despidan a trabajadores sin pagarles, protagonicen desmayos masivos o, simplemente, por imponer salarios extremadamente bajos a sus empleados. Después de la denuncia de Jørgensen, H&M se justificó asegurando que están haciendo “un extensivo trabajo para por ejemplo conseguir sueldos justos, promoviendo los derechos de los trabajadores, así como lugares de trabajo saludables y seguros”. Sin embargo, para Tola Moeun, «Wal Mart [el gigante de la distribución estadounidense] es la marca más irresponsable. Otras como Inditex tienen prácticas similares aunque toman algunas acciones cuando reciben quejas».

El textil es uno de los principales sectores industriales de Camboya y supone aproximadamente el 84% de las exportaciones del país, según datos de la Organización Internacional del Trabajo. Da además trabajo a aproximadamente 475.000 personas que cosen en más de 550 fábricas registradas ante las autoridades. La cifra aumenta, sin embargo, si se incluye el número indeterminado de talleres clandestinos que opera en el país asistiendo a esas fábricas durante los picos de trabajo y que no son sometidos a ningún tipo de control.

Sin embargo, las violaciones de los derechos laborales son frecuentes en ambos tipos de centros de producción. Hok Pov lo sabe bien. Durante los últimos diez años ha trabajado para varias fábricas registradas en las que ha soportado jornadas interminables, insultos de sus capataces y pagos irregulares. «Lo peor de todo es no tener la certeza de cuánto te va a durar el trabajo», asegura la camboyana.

La legislación camboyana establece una jornada laboral de ocho horas, seis días a la semana, con un máximo de 2 horas extraordinarias por día. El total nunca debe sobrepasar las 60 horas semanales. No obstante, los sindicatos denuncian que a menudo los trabajadores hacen hasta 80 horas semanales, especialmente durante los periodos de mayor consumo en los países desarrollados, como las semanas previas a Navidades. Gracias a estas horas extraordinarias, los trabajadores pueden incrementar su salario base de 78 euros mensuales hasta los 124, una cantidad que los sindicatos consideran que debería ser el mínimo para una jornada de 48 horas semanales. «Yo los llamo los incentivos de la muerte, porque los trabajadores necesitan tanto el dinero que trabajan hasta la extenuación», dice Tola Moeun, responsable del Departamento Laboral de la ONG Centro para la Educación Legal de la Comunidad ( CLEC en sus siglas en inglés).

Este exceso de trabajo, junto a la pobre alimentación y las altas temperaturas que se alcanzan en las fábricas, ha provocado repetidos desmayos masivos en los talleres. El último de ellos se registró a mediados del mes de agosto, cuando más de 100 trabajadores de 6 fábricas diferentes situadas en el mismo complejo industrial se desvanecieron. Better Factories, un programa de la OIT lanzado en 2001 para mejorar las condiciones laborales en los centros textiles de Camboya, intentó atajar la situación en 2011 proporcionando comida gratis a los trabajadores.

Sin embargo, en lo que va de año, al menos 1.000 personas se han desmayado, casi 200 más que durante el mismo periodo de 2013, según datos del Ministerio de Trabajo recogidos por el periódico Cambodia Daily. «Los desmayos masivos son muy mediáticos, pero hay desvanecimientos todos los días, de al menos 2 o 3 trabajadores», explica Tola Moeun.

Las fábricas camboyanas también han sido denunciadas por el continuo uso de menores en las líneas de producción. Ly Tola comenzó a trabajar en una fábrica textil hace casi un lustro, cuando tenía tan sólo 14 años. La ley camboyana prohíbe a los menores de 18 años trabajar, pero Ly presentó la identificación de su hermana mayor para conseguir el puesto. Nadie comprobó, sin embargo, que la hermana trabajaba desde hacía algunos meses en la misma fábrica. Ambas siguen ahora cosiendo juntas y viven en una pequeña vivienda cercana donde duermen con otras seis personas en la misma habitación. «Mandamos la mayor parte del dinero a nuestros padres, así que no nos queda mucho para nuestros gastos», dice Ly Tola, que procede de una aldea a dos horas de la capital.

En Madrid: La plantilla de McDonalds denuncia condiciones laborales de «semiesclavitud» (La Mancha Obrera, 2/12/2014)

Éstas aparecen reflejadas en las propuestas para el nuevo convenio colectivo para la provincia de Madrid que la empresa puso en conocimiento de los representantes de los trabajadores hace algunas semanas y que incluyen turnos partidos con cinco horas entre turnos, la reducción de la jornada mínima a 2 horas, la desaparición de los descansos en turnos de menos de seis horas o la reducción de los derechos maternales y paternales.

«Esto implica que la gente tiene que emplear en desplazamiento mucho más tiempo que en el propio tiempo de trabajo», explica Raúl Rivas, trabajador del McDonalds de la calle Montera, que define las medidas que quiere negociar la empresa como«condiciones laborales de semiesclavitud»

En China: La BBC publica un documento en vídeo sobre Apple: explotación infantil y trabajadores exhaustos (Blog Yo me tiro al monte, 20/12/2014)

Enlace al documental de la BBC: Apple accused of failing to protect workers BBC Documentary 2014 China Undercover

El equipo también filmó en secreto a empleados de la fábrica en China y descubrió que Apple de forma rutinaria violaba los derechos de los trabajadores. El reportero vio cómo los obreros tenían que trabajar 18 horas al día sin descanso, muchos de ellos fueron grabados dormidos en sus puestos.
Asimismo, la BBC afirma que la fábrica ha falsificado documentos para que todos los trabajadores de la fábrica en China trabajen también por las noches. El documental revela, además, que los obreros viven de hasta 12 personas en una habitación, mientras que según las reglas, sólo pueden vivir 8 personas juntas. También se detalla que los jefes agravian a los empleados, y que los trabajadores están demasiado cansados y se duermen en sus puestos.

El trabajo infantil

F. Engels, dejaba este estremecedor testimonio sobre el trabajo de los niños en las minas de carbón y hierro4

En las minas de carbón y de hierro, que son explotadas casi del mismo modo, trabajan chicos de cuatro, cinco y siete años. Pero la mayor parte tienen más de ocho años. Se los utiliza para transportar el material en pedazos, del lugar donde es cortado a la calle, donde están los caballos, o bien al pozo principal, y también para abrir las puertas que separan los diversos compartimientos de la mina, para dejar libre paso a los obreros y al material y volver a cerrarlas. Para la vigilancia de estas puertas se emplean generalmente muchachos, los que de este modo, solos en la oscuridad, deben permanecer diariamente 12 horas, en un pasaje estrecho y húmedo, sin tener tanto trabajo como sería necesario, para evitarles la monotonía de no hacer nada, que idiotiza y embrutece…

En el documental de BBC citado más arriba, según la reseña que tomábamos como fuente:

En Indonesia los niños sacan estaño de pozos de barro, donde los deslizamientos de tierra pueden cobrar sus vidas. El documental de la BBC mostró cadáveres de mineros que trabajaban para Apple en Indonesia. Mientras extraían estaño de profundos pozos, muchos perecieron por deslizamientos de tierra. Según el informe, muchos niños trabajan allí con sus padres.

Y así podríamos seguir este titirimundi5 (o “tutti gli mundi” como suena en italiano, lengua de donde procede) recorriendo escenas en un cosmorama de lugares y siglos, de esta historia universal de la infamia que es, ni más ni menos, el genocidio de las clases trabajadoras. Alguna vez, si por fin logramos zafarnos de la férula del capitalismo y de su imprinting mental en cada uno de nosotros, se estudiarán las largas y terribles consecuencias -ya seguramente genéticas- que tan prolongado e intenso sometimiento al hambre, al cansancio, la mala alimentación, el mal sueño, el sufrimiento, la monotonía o la resignada desesperación ante el abuso de los ricos y poderosos han provocado en la evolución humana. Ojalá estuviéramos allí y entonces para contarlo.



  1. Luxenburg, Rosa, La acumulación de capital, Edicions Internacionals Sedov, cap. XXXI, p. 224
    URL: http://grupgerminal.org/?q=system/files/LA+ACUMULACI%C3%93N+DEL+CAPITAL.pdf 
  2. Marx, Karl, El Capital, Libro I, cap. XXIV «La llamada acumulación originaria»
    URL: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/24.htm 
  3. Karl Marx, El Capital, Libro I, cap. VIII, «La jornada laboral».
    URL: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/8.htm 
  4. Engels, F., La situación de la clase obrera en Inglaterra, Buenos Aires, ed. Diáspora, 1974. 
  5. “Titirimundi”: Cajón que contenía un cosmorama portátil o una colección de figuras de movimiento, y se llevaba por las calles para diversión de la gente.
    Entretenida entrada sobre la trama léxica de esta palabra en
    URL: http://palabraria.blogspot.com.es/2011/11/titirimundi.html?escaped_fragment#! 

Sujeto Omitido

Esta entrada ha sido publicada primero en la revista digital fronteraD, con el título Sujeto omitido. Hablamos de las mujeres (que llevan la carga de la globalización), pero no oímos su voz, el 11 de diciembre de 2014.

Algo nos condena a buscar siempre un sujeto a los sucedidos y transformaciones del acontecer humano. Esta necesidad vale tanto para las religiones deístas como para los cambios sociales. La gramática de nuestras lenguas lo refleja en su desfile sintáctico, haciendo obligatoria la función abstracta de un sujeto, del que se predica algo, aunque no aparezca en el discurso escrito o en los hilos del habla. Esto ocurre poco, de todas maneras, y sólo en lenguas con una fonética fuerte como la nuestra (en otras más desgastadas, como el inglés o el francés, el sujeto pronominal es obligatorio) o con una visión científica de algunos hechos, como los que explica la meteorología, que ha calado en las construcciones verbales que los nombran (pero aún así, no repugnaría a nuestra censura lingüística de hablantes un enunciado como “Dios llueve”) y lenguas, en fin, con la suficiente antigüedad como para que se hayan lexicalizado construcciones de mucho uso, como las formas defectivas de “haber”, que permiten al español desembarazarse del metafísico “existir” y sustituirlo por el humilde “hay”, restituyendo así el asombro de los sucesos verbales, sin la mediación de la voluntad o la intención humanas: “hay mucha gente aquí, pero buen ambiente”. Y pocos casos más: cristalizaciones lingüísticas todas relacionadas también con el tiempo y las temperaturas, del tipo “hace frío para julio”, “es tarde ya, aunque no lo parece”…

Ilustración de Lucía Aguado

El problema de los sujetos es, paradójicamente, su subjetividad: la carga de voluntad, planes o intenciones que lleva aparejadas. Así en la hipotética frase “Dios llueve” estarían implícitos los problemas de tan singular Sujeto (pero vale para cualquiera que concuerde con su verbo): los designios inescrutables, sus conocidos renglones torcidos o la causa de que, justamente ahora, haya decidido llover y no en otro momento. Las oraciones impersonales han ido creciendo en nuestras lenguas de forma pareja al desencantamiento del mundo provocado por la ciencia occidental. La desolación lingüística que provoca un enunciado matemático, o una exposición científica cualquiera, es parecida a la que proporcionan las teorías astrofísicas sobre el Big-Bang y la incomprensible deriva del universo o a la humildad biológica que nos enseñó Darwin, al incluirnos en la masa casual de los seres vivos y en el azaroso nacimiento y muerte de las especies. Una incertidumbre parecida envuelve a los sujetos sociales, su presencia y papel en la transformación del mundo, o su omisión.

A pesar de que debemos a Marx la costumbre de entender la historia como el devenir dialéctico de un antagonismo entre clases sociales, y de una “conciencia de clase”1 que convertiría a ese sujeto colectivo que llamó proletariado en protagonista de la lucha final, tras la que conoceríamos el advenimiento de una sociedad sin clases, él mismo tuvo dificultades para concretar ese concepto. De hecho, cuando parece que se dispone a hacerlo, al final del capítulo LII del libro III de El capital2, el manuscrito quedó interrumpido:

[1124] La próxima pregunta a responder es ésta: ¿qué forma una clase?, y por ciento que esto se desprende de suyo de la respuesta a la otra pregunta: ¿qué hace que trabajadores asalariados, capitalistas y terratenientes formen las tres grandes clases sociales?

A primera vista, la identidad de los réditos y de las fuentes de rédito. Son tres grandes grupos sociales, cuyos componentes, los individuos que las forman, viven respectivamente de salario, ganancia y renta de la tierra, de la valorización de su fuerza de trabajo, su capital y su propiedad de la tierra.

Pero desde este punto de vista médicos y funcionarios, por ejemplo, también formarían dos clases, pues pertenecen a dos grupos sociales diferentes, en los cuales los réditos de los miembros de cada uno de ambos fluyen de la misma fuente. Lo mismo valdría para la infinita fragmentación de los intereses y posiciones en que la división del trabajo social desdobla a los obreros como a los capitalistas y terratenientes; a los últimos, por ejemplo, en viticultores, agricultores, dueños de bosques, poseedores de minas y poseedores de pesquerías.

Aquí se interrumpe el manuscrito.

El texto quizá más revelador y claro de lo que es una clase social es un breve apunte sobre la masa de pequeños propietarios campesinos, considerada por el pensador alemán como la base social sobre la que se aupó el sobrino del emperador, y que encontramos en su ensayo histórico 18 Brumario de Luis Bonaparte3:

Los campesinos parcelarios forman una masa inmensa, cuyos individuos viven en idéntica situación, pero sin que entre ellos existan muchas relaciones. Su modo de producción los aísla a unos de otros, en vez de establecer relaciones mutuas entre ellos. Este aislamiento es fomentado por los malos medios de comunicación de Francia y por la pobreza de los campesinos. Su campo de producción, la parcela, no admite en su cultivo división alguna del trabajo ni aplicación ninguna de la ciencia; no admite, por tanto, multiplicidad de desarrollo, ni diversidad de talentos, ni riqueza de relaciones sociales. Cada familia campesina se basta, sobre poco más o menos, a sí misma, produce directamente ella misma la mayor parte de lo que consume y obtiene así sus materiales de existencia más bien en intercambio con la naturaleza que en contacto con la sociedad. La parcela, el campesino, y su familia; y al lado otra parcela, otro campesino y otra familia. Unas cuantas unidades de éstas forman una aldea, y unas cuantas aldeas un departamento. Así se forma la gran masa de la nación francesa, por la simple suma de unidades del mismo nombre, al modo como, por ejemplo, las patatas de un saco forman un saco de patatas. En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, sus intereses y su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil aquéllas forman una clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase.

O en este otro breve fragmento de La miseria de la filosofía4, complementario del anterior, pero en el que aparece, en otro cerco, el matiz de una “clase para sí” frente a la clase relacional como enfrentada al capital:

Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así, pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. En la lucha, de la que no hemos señalado más que algunas fases, esta masa se une, se constituye como clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política.

Marx, como se ve, puso mucho cuidado en excluir la subjetividad de la idea de clase que deviene, así, situacional o contextual, siempre en relación antagonista a otra: son los intereses comunes los que definen la pertenencia a ella. En ningún caso, en Marx, se alude a la subjetividad. Esta queda más bien, retirada en el mundo familiar, de los intercambios naturales, donde se produce el valor de uso. (Pero no hay más valor que el de cambio, por eso Marx olvida el de uso y, en general, las subjetividades). Es el interés el que crea la clase. Esta diferencia que, de forma sinuosa pero importantísima, leemos en estos textos, llamó poderosamente la atención de Gayatry Chakravorty Spivak, la inclasificable pensadora y activista indo-norteamericana, que es, para mi gusto, autora de una de las más perspicaces interpretaciones de la razón marxista.

En ocasiones, como cuando glosaba y comentaba5 el fragmento del 18 Brumario de Luis Bonaparte desde una perspectiva filológica, su análisis resulta esclarecedor. Vale la pena que atendamos durante un rato su lección sobre esa conocida secuencia:

Según Spivak, la tesis de Marx aquí es que la definición descriptiva de una clase puede ser diferencial; su aislamiento y diferencia respecto a todas las demás clases:

En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, sus intereses y su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil aquéllas forman una clase.

En esta cita, nos dice, “no interviene nada parecido a un ‘instinto de clase’ (…) En este contexto, la formación de una clase es artificial y económica”.

Continuando con la cita, añade Spivak, “el siguiente pasaje también trabaja sobre el principio estructural de un sujeto disgregado y dislocado: la (inexistente) conciencia (colectiva) de la clase de los campesinos pequeños propietarios encuentra su ‘vehículo’ en un ‘representante’ que parece trabajar en interés de otro”:

“Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio nombre, ya sea por medio de un parlamento o por medio de una Convención. No pueden representarse, sino que tienen que ser representados. Su representante tiene que aparecer al mismo tiempo como su señor, como una autoridad por encima de ellos, como un poder ilimitado de gobierno que los proteja de las demás clases y les envíe desde lo alto la lluvia y el sol. Por consiguiente, la influencia política de los campesinos parcelarios encuentra su última expresión en el hecho de que el Poder Ejecutivo someta bajo su mando a la sociedad”.

El doble sentido de “representar” que, aunque sea pálidamente, viene a confundir un poco en la traducción castellana, lo explica la pensadora y filóloga india sobre las dos palabras del original alemán: “‘Vertreten’ (representar, ‘hablar por’, como en política) y ‘Darstellen’ (re-presentar, como en arte o filosofía, escenificación, significación)”. Y apostilla “‘representante’ aquí no se deriva de ‘Darstellen’ (no se pueden representar a sí mismos)”.

Gayatry Chakravorty Spivak toma buena nota de esto para su propia indagación sobre lo que llama el “sujeto postcolonial” o “subalternos” del mundo globalizado, en una palabra tomada de Gramsci quien, a su vez, la improvisó como un eufemismo de obreros, para esquivar la censura de la cárcel. Los subalternos de Spivak se caracterizan, en efecto, como clase social por circunstancias objetivas –soportar sobre sus hombros la globalización neoliberal del mundo contemporáneo– pero, en consonancia con su razonamiento sobre los textos de Marx, también se identifican en negativo por su ausencia de subjetividad. El subalterno no habla o no sabemos escucharlo y, en ese sentido, no se representa a sí mismo –en el sentido teatral– ni es representado por otros –su representación política–, que impostan su voz y su discurso. Así, la escritora bengalí llega a afirmar que el verdadero subalterno actual sufre un triple proceso de alienación y de silenciamiento: es mujer, trabajadora y emigrante. Esta mujer, con sus múltiples ocupaciones en las sociedades posindustriales –cuidado de personas mayores y niños, trabajo doméstico o de mantenimiento de instalaciones, oficinas o cocinas y de sus propias proles familiares– es la clase trabajadora más numerosa, explotada y silenciada; la que –sin que esto sea, en absoluto, una exageración de Spivak– soporta sobre sus hombros la mayor parte del peso de la globalización. También es la más invisible, en cualquier perspectiva que adoptemos. Estirando algo más la idea, los subalternos contemporáneos son invisibles, mudos y sordos.

Le doy vueltas a la impostura discursiva de la representación de las silenciosas clases subalternas desde hace tiempo. De no saber o poder escucharlas pasamos a menudo a hablar por ellas, en su nombre. Así, por ejemplo, en la segunda parte de la entrada de mi blog que titulé como Subalternos (y 2 ), escribía, hace dos años: “Es la advertencia que Luce Irigaray hacía respecto a las mujeres: está el hablar-mujer (el posible lenguaje, la escondida sintaxis que la mujer pueda rescatar de su silencio reprimido) pero está también el hablar-de-la-mujer, que no es más que una reproducción del discurso masculino sobre el mundo, el deseo o el amor, la política y el poder, más de lo mismo aunque sea otra mujer la que hable. Yo he denunciado en otros sitios cómo sucede del mismo modo en el dominio de la enseñanza y los adolescentes: hablamos todo el tiempo de ellos, pero no hablamos con ellos, no oímos su voz”.

Invisibles también, acabamos de decir. Y es este otro de los nombres que intenta atrapar al sujeto social omitido de nuestro tiempo. La condición de invisibles es, justamente, la denominación que prefiere Pierre Rosanvallon6. De la manera en que entiende este activo profesor del Collège de France la invisibilidad social y la falta de representación política de los nuevos sujetos sociales, pasamos a ocuparnos ahora.

En el manifiesto con que se presentaba al público su proyecto Raconter la vie –un proyecto moral y social, intelectual y político, con publicaciones que circulan desde la web al libro en papel, en un doble circuito fecundante de relatos y razones, de testimonios populares a escritura profesional–, Rosanvallon elige la expresión “Parlamento de los invisibles” como síntesis de su intento de acabar con el déficit de representación de sectores enteros de la sociedad francesa. Esto lo considera la clave del auge de las actitudes racistas o de los éxitos del populismo electoral en el país vecino. Por ello, su actitud es combativa. La expresión “Parlamento de los invisibles”, de hecho, se la arrebata a Marine le Pen, que la había confiscado en su provecho, en especial con ocasión de un populoso mitin que dio en Hénin-Beaumont en abril del 2012.

Su punto de partida es la misma ambivalencia del concepto de “representación” que veíamos en Marx. Así, cuando lo explica como “ejercer un mandato y restituir una imagen. De un lado, un sentido procedimental; de otro, un sentido figurado”. La página Raconter la vie devuelve la actualidad al problema de las clases sociales de un modo que, tal vez, no esperábamos: una página web como lugar simbólico (topos, proscenio, parlamento, plaza) para que los sectores invisibles de la sociedad francesa se puedan re-presentar, en sentido escénico –o hacerse visibles, visibilizarse, según el término que puso de moda la neolengua a propósito, sobre todo, del movimiento homosexual o del activismo en torno al sida– a sí mismos a través de los relatos compartidos de su acontecer cotidiano.

El segundo objetivo de este singular proyecto –intelectual y cívico a la vez, como a él le gusta repetir– es hermenéutico, en el sentido de que trata de encontrar nuevas categorías para entender la nueva sociedad, las nuevas clases. Algo que en España empieza a hacerse popular a raíz del éxito de Podemos en las elecciones europeas, una de cuyas consecuencias ha sido precisamente obligar a los partidos políticos tradicionales a poner al día sus discursos, sus métodos de representación, sus categorías ideológicas, los grupos sociales a quienes se dirigen, su voz, su vida, sus aspiraciones. El profesor del Collège de France nos recuerda que “si era fácil representar órdenes, clases o castas –estructuras sociales e instituciones formales se superponían entonces– ¿cómo representar una sociedad de individuos?”.

Y esta es, en fin, la “dificultad democrática” de nuestro tiempo, esa herencia de la Ilustración que podemos formular en clave de pregunta: ¿cómo representar una sociedad de individuos? La respuesta nos devuelve una contradicción entre el principio político de la democracia (el pueblo como soberano colectivo, es decir, todos somos iguales y equiparables) y el principio sociológico, puesto que el ideal moderno de igualdad se constituye a partir de la autonomía y los derechos de cada uno.

La nota biográfica de Claire Godard, autora de uno de los primeros relatos publicados en Raconter la vie, dice: “es joven, ha cursado estudios, le falta experiencia, ha trabajado en la comunicación y la edición, pero sueña con ser pirata”. En el sueño de esta chica que contó sus vicisitudes en la admirable página francesa se muestra como verdad la paradoja de Sartre de que lo importante no es lo que se ha hecho con el hombre sino lo que este hace con lo que hicieron de él. Si somos productos de una historia, también somos el resultado de una lucha por convertirnos en su protagonista. Así se re-presenta el nuevo sujeto invisible, pero ¿quién puede representarlo? O, más allá todavía: ¿Desea ser representado?

En la tradición anarquista, la representación política se niega y el protagonismo necesario de las revueltas y luchas por la transformación del mundo incorpora –frente a la idea marxista– una fuerte carga de subjetividad. Así, Juan Díaz del Moral, en su apasionada historia de las agitaciones campesinas andaluzas, particularmente en Córdoba –hasta los años de 1920, que es cuando concluye y publica su libro7–, asume incluso una predeterminación somática y psicológica entre los distintos habitantes de la sierra y la campiña cordobesa, como condición para entender por qué en unas zonas se amontonan las rebeliones y en otras apenas tienen lugar. Con una intencionalidad muy clara, el animoso notario cordobés nos retrata así los distintos sujetos sociales protagonistas de su historia. De los serranos, nos dice:

Aunque el intercambio comercial y las relaciones sociales, cada día más frecuentes, van borrando las diferencias somáticas y psíquicas que antes distinguían al serrano del campiñés, todavía pueden notarse algunas bien notorias. El ganadero o el guarda, en quien culminan las características de la sierra, es moreno, enjuto de cuerpo, ágil y fuerte, valiente y astuto, no siente la pereza, concentrado, poco imaginativo, rudo e inculto. Presta instintiva adhesión a lo tradicional; la religión echó en su vida sentimental raíces más hondas que en la del campiñés; pronuncia el castellano como los extremeños o los manchegos; los embutidos y tasajos de cerdo constituyen parte principal de su alimentación.

Mientras que, por el contrario, de los campesinos de la Campiña –verdadero sujeto revolucionario– se nos avisa:

El hombre de la campiña se parece mucho al de la llanura andaluza. El tipo en quien se destacan las notas específicas de la región es moreno, sin ser raro el de pelo rubio o castaño, de cuerpo mediano, no siempre delgado, ligero y fuerte; es desprendido, generoso, efusivamente hospitalario; imaginativo, entusiasta, amigo de novedades; siente vivamente la igualdad; es inculto pero inteligente, percibe con prontitud y expresa con soltura y facilidad su pensamiento. Bajo estas latitudes, que vieron nacer a Ríos Rosas, Cánovas, Castelar, Salmerón y Moret, es frecuente encontrar, en los mítines de campesinos, improvisados oradores de verbo abundante y cálido. La conversación constituye para estos hombres un gran placer; en el casino como en la taberna, la palabra embriaga tanto como el alcohol. (Páginas 22-23 del libro citado)

Referencias a la creación de nuevas subjetividades las encontramos también en los manuales de uso para los nuevos procesos revolucionarios de Toni Negri y Michael Hardt quienes, por su parte, prefieren nombrar a los sujetos colectivos emergentes como “multitudes” o, a veces, con el viejo apelativo genérico de “pobres”. Incluso del tumulto o la “plebe” de la vieja lengua madre, y del mundo romano que ayudaba a nombrar, encontramos ejemplos contemporáneos en esta búsqueda nominalista –compañera de la búsqueda intelectual y política– que nos ocupa. Así, el mismo Díaz del Moral cita unas actas municipales de Bujalance de 1652 en las que leemos: “El 9 de mayo se inició un tumulto de gente de la plebe que se juntó a tratar de si se gobernaba bien o no”. ¿No parece hablar, en nuestro viejo castellano, de las asambleas de la Puerta del Sol del 2011? Un historiador marxista inglés –en el que luego nos detendremos algo más–, Göran Therborn, prefiere el término “plebeyos”, o “clases plebeyas”, para referirse a los grupos desposeídos (ex consumidores, clases medias desclasadas, jóvenes precarios…) de las sociedades europea y norteamericana actuales.

Así que, como ve el lector, la misma dificultad de encontrar a los nuevos sujetos sociales queda delatada en la lengua que los quiere nombrar. A estos indeterminados genéricos de “subalternos”, “plebe” o “multitud” podemos sumar aún el colectivo “gente”, que era el que prefería Agustín García Calvo, y hasta el eterno “pueblo”, que ha sobrevivido a apropiaciones sin medida (¡la derecha política se nos presenta etiquetada como “popular”!) que, sin embargo, mantiene aún su antigua carga emotiva como categoría social.

Convertirse en sujeto de lo que la propia Historia hace con nosotros tiene, a veces, también, consecuencias psicológicas, en forma de trastornos neuróticos, como el que postula Vincent de Gaulejac con el nombre de “neurosis de clase”8. La hipótesis de base es que cualquier cambio de clase social, elegido o padecido, crea conflictos en quien la sufre, aunque solo algunos de esos trastornos son neuróticos. Pero Gaulejac advierte desde muy pronto que no se trata de una neurosis “patológica”, sino de conflictos existenciales, que giran en torno a maneras de ser y comportamientos, a educación, que tienen que ver con la clase de origen y a la adaptación a la de destino. El ejemplo que él pone del adjetivo francés “élevé” es muy claro: significa tanto “más educado” como “situado en una posición más elevada (en la escala social)”. La “teoría del Mercado Lingüístico” explica también que cuando un individuo sufre un cambio de clase social “hacia arriba” intenta muy pronto cambiar su registro de habla por otro más “culto”, que le parece ir más en consonancia con su nuevo estatus socioeconómico. Está bien estudiado el hecho de que estos cambios voluntariosos en el habla producen una clase de errores característicos, que se conocen tradicionalmente como ultracorrecciones.

“La herencia produce herederos”, dice Gaulejac para recordarnos cómo la vida social, en el fondo, se puede reducir a un intento de ser leales a nuestra herencia o tradición (la proyección del “yo ideal” de Freud: a qué tengo que asemejarme para poder ser amado; y ahí entra la proyección narcisista de los padres en sus hijos) y, al mismo tiempo, la lucha por construirnos un nuevo sujeto. En su mayor parte, además, un sujeto urbano en el que las clases (y el ascensor social que garantizaba su movilidad siempre hacia los pisos altos) están explotando (el ascensor ahora solo baja) en un multiverso caótico y ferozmente individual. Si la población campesina francesa de hace un siglo, más o menos la que eligió ser representada por Luis Bonaparte –por retomar la sugestiva idea de Marx–, superaba el 50%, hoy apenas llega al 3%; un 35% era clase obrera mientras que hoy oscila entre un 10% y un 15”. Por esta razón, Gaulejac prefiere hablar de “guerra de lugares” más que de “lucha de clases”. Esto quiere decir que cada individuo es remitido a sí mismo para tener existencia social, en una especie de guerra de todos contra todos en la que el éxito se mide en la lucha y la competencia, en una suerte de destrucción mutua asegurada. El ejemplo extremo es el de la sociedad norteamericana, cuya presión social sobre cada individuo divide proverbialmente a la gente en ganadores y perdedores. Las tensiones psicológicas degeneran, muchas veces, en depresiones, síndromes de burnout o, como señalaba en mi Contra el dominio Psy, en el trastorno bipolar que, junto a su diagnóstico y tratamiento, tan medicamentado que un psiquiatra llegó a proponer, en la prestigiosa Medscape, que se cambiara el nombre de bipolaridad por el de “drugpolar disorder”, se ha convertido, sin ningún tipo de exageración, en una de las enfermedades de nuestro tiempo.

La clase obrera –decíamos más arriba– ha disminuido en un siglo de un 35% a un 10% o un 15%, ha perdido su viejo y famoso orgullo desde el final de la Guerra Fría y la mundialización de las finanzas, y también está enferma –las consultas de salud mental están llenas de trabajadores precarios y parados– de invisibilidad. ¿Qué pasó con el proletariado, que en su lucha y victoria final contra la burguesía nos iba a traer al fin la sociedad sin clases?, ¿dónde se fue?

No se transformó, desde luego, en la clase consumidora, como afirma Juan Moscoso –un político del PSOE, portavoz de la comisión parlamentaria para la UE, admirador incondicional de Felipe González–, entre otras simplezas y lugares comunes, en un libro reciente9. Afirma, por ejemplo, que “las clases, tal y como un día las entendimos, desaparecieron (…) Los ciudadanos ya no se definen por su situación en el mundo del trabajo. Se definen por muchos otros factores, distintos, y sobre todo por su capacidad de consumo, que se ha convertido en elemento identificador e igualador. Se han creado categorías de consumo, no de clase”. Y entiende que es una señal de modernidad abandonar la categoría y “captar apoyos en función de intereses y particularidades ideológicos. Hay que hacer más micropolítica”. El político socialdemócrata entenderá “micropolítica” en su sentido literal, como política pequeña.

La sociedad consumidora es ya también –con el advenimiento de la precariedad laboral y el desempleo y cortadas las fuentes del crédito fácil y abundante, tras el endeudamiento prohibitivo de la banca– una ex clase, la de los ex consumidores devenidos también invisibles por la fuerza de las circunstancias. El proletariado no está ahí, naufragado en el consumo difícil de nuestras ciudades –quizá hastiado de él– sino en China, en India, en Corea del Sur, en Brasil o Indonesia. Porque son esos países los que sostienen, cada vez más en mayor medida, el modo de producción industrial, en el que, históricamente, nació y se hizo fuerte la clase obrera. Lo que sucede es que es una clase obrera de nuevo cuño, emigrante en su gran mayoría, entreverada, además, en identidades del nuevo cuño: religiosas, étnicas. Los grandes sindicatos crecen y se afianzan con dificultad, los partidos políticos que quieren representar a los nuevos plebeyos se fragmentan, sus categorías de interpretación y de intervención política no sirven, se perciben como caducadas. Y volvemos al punto de partida.

Göran Therborn lo explica de forma muy didáctica en un artículo de NLR10 –en el que también realiza uno de los homenajes más bonitos que he leído recientemente a los proletariados europeo y norteamericano– con lo que llama “la pequeña dialéctica marxista”. Si la gran dialéctica era el anuncio hecho por Marx de que el choque entre las fuerzas y relaciones de producción se irían agravando con el tiempo hasta sus contradicciones finales, la pequeña dialéctica de que habla Therborn es aquella en la que el mismo desarrollo capitalista hace crecer, a la vez, la fuerza de la clase obrera y su oposición al capital. La Gran Dialéctica se detuvo y parece que la Pequeña también. El proletariado ha sido derrotado en toda regla, aunque su legado “las mismas democracias puntillosas con los derechos humanos, por ejemplo: aún sobrevive” es inmenso.

Este mismo historiador inglés, a la hora de hacer un balance de lo que nos espera, muestra su perplejidad entre un futuro dominado por las clases medias y una clase obrera que, aunque disminuida, se mantiene en el antagonismo social y político en tanto lo haga la pequeña dialéctica. Pero, en realidad, son pronósticos hacia el pasado, profecías pretéritas, como las de los economistas. Como avisa Therborn: “Los países desarrollados del Atlántico Norte son calificados retrospectivamente como de clase media, aunque esa sea una noción estadounidense que nunca prendió realmente en Europa. El núcleo de esta utopía es un sueño de consumo sin límites de una clase media que toma posesión de la tierra, compra automóviles, casas y una variedad infinita de artículos electrónicos, y mantiene una industria turística universal”. El sueño de una democracia de propietarios, convertido en distopía. La bandera roja, que reclama aún la sociedad sin clases, se mantiene viva en Latinoamérica y en los países asiáticos que están viviendo un anacrónico proceso industrializador salvaje y el consecuente rearme de la lucha obrera.

Pero en nuestras sociedades, “orgánicamente quietistas”, como decía nuestro Díaz del Moral de los campesinos andaluces tras las represiones de 1874, no encontramos ningún sujeto que concuerde con el verbo transformar. Tal vez se esté incubando en la imaginación de algunos y terminemos por encontrar al elegido para poner el cascabel al gato, y evitar, así, su próximo zarpazo mortal. Como bien sabe Alfonso Sastre, la imaginación (“dialéctica”, como él la llama) se mueve entre el mundo de los hechos y el mundo de las posibilidades. La imaginación nos presenta como fábula aquello que no existe en la realidad pero que la convierte en hacedera, al presentarla como posible: “qué pasaría si…”.

La imaginación dilata la realidad y es posible que ese nuevo sujeto colectivo del que hablan muchos, con más voluntarismo que otra cosa, llamado a cambiar el mundo, termine por ser real. Así que si empezábamos con el Sujeto Omitido de la gramática tradicional, terminamos con un Sujeto Imaginario que, aún sin nombre, o con nombres indefinidos como el apeiron de la filosofía presocrática (la gente, las multitudes, los subalternos o plebeyos…), sobrevuela nuestro tiempo, al par que los invisibles de nuestras sociedades van construyendo su propio relato y sus categorías para darle un sentido. Como dice Sastre, “es en fin la estructura de la vida humana lo que se está cuestionando en la imaginación humana: la vida con todo, como se dice en ciertos ensayos generales en el teatro: ‘ensayo general con todo’: con trajes, con muebles, con ruidos, con música, con luces, con efectos… Así es que la imaginación procede a una dilatación con todo: sus alegrías, sus dolores, sus amenazas, sus esperanzas, sus angustias…, y ello en ese plano de la dilatación: transportándonos a otro mundo…¡qué cosa extraña, es este!”11. ¿Qué decir sino “mucha mierda” para el estreno?


  1. Para Marx, la conciencia es un producto social, tal como leemos en este fragmento de su La ideología alemana: “Solamente ahora, después de haber considerado ya cuatro fenómenos, cuatro aspectos de las relaciones históricas originarias, caemos en la cuenta de que el hombre tiene también ‘conciencia’. Pero, tampoco ésta es de antemano una conciencia ‘pura’. El ‘espíritu’ nace ya tarado con la maldición de estar ‘preñado de materia, que aquí se manifiesta bajo la forma de capas de aire en movimiento, de sonidos, en una palabra, bajo la forma del lenguaje. El lenguaje es tan viejo como la conciencia: el lenguaje es la conciencia práctica, la conciencia real, que existe también en los otros hombres y que, por tanto, comienza a existir también para mí mismo; y que el lenguaje nace, como la conciencia, de la necesidad, de los apremios del intercambio con los demás hombres. La conciencia, por tanto, es ya de antemano un producto social, y lo seguirá siendo mientras existan los seres humanos”. Marx, K. Y Engels, F., La ideología alemana, Barcelona, 1979, ed. Grijalbo. Introducción, Apartado A, (1) Historia. 
  2. Marx, Karl, El Capital, Libro III, Biblioteca de autores socialistas, Universidad Complutense de Madrid. URL: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital3/MRXC3852.htm 
  3. Marx, Karl, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Santiago de Chile, Universidad de Arte y Ciencias Sociales, ed. electrónica.URL: http://www.philosophia.cl/biblioteca/Marx/18marx.pdf 
  4. Marx, Karl, La miseria de la filosofía, Cap. II, § 5, Marxists Internet Archive. URL: http://marxists.org/espanol/m-e/1847/miseria/005.htm 
  5. Gayatry Chakravorty Spivak, Crítica de la razón poscolonial, Madrid, 2010, ed. Akal. 
  6. En este reportaje-entrevista de la revista digital Mediapart se pueden encontrar, en un texto ameno y claro, las principales ideas –y proyectos: es un intelectual activo– del profesor Rosanvallon en torno a la invisibilidad social y al déficit de representación política de los nuevos sujetos sociales. Este intelectual francés ha ido tejiendo una verdadera red textual que no se limita a Raconter la vie (proyecto en el que nos centramos) sino que se extiende a su actividad universitaria en La vie des idées, donde, en colaboración con Puf (Presses Universitaires de France), encontramos una auténtica colmena textual en forma de artículos, reseñas o dossieres monográficos tejidos alrededor de la vida intelectual del Collège de France. URL: http://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/050114/representer-les-invisibles-la-republique-devidee 
  7. Díaz del Moral, Juan, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, Madrid, 1979, Alianza Editorial (concluido en 1923, publicado en 1928). 
  8. Gaulejac, Vincent de, La neurosis de clase, Buenos Aires, 2013, ed. Del Nuevo Extremo.
    En esta entrevista, de la publicación argentina Página 12, se puede leer de su propia voz una síntesis de su libro. 
  9. Moscoso, Juan, Ser hoy de izquierdas. Por una izquierda moderna y ejemplar, Bilbao, 2014, ed. Deusto.
    El lector curioso se puede ahorrar la lectura del libro, si se quiere hacer idea de sus lugares comunes, ojeando esta entrevista del diario El País (6 de abril de 2014). 
  10. Therborn, Göran, ‘Las clases en el siglo XXI’, New Left Review, nº 78, Ecuador (IAEN), 2014, ed. en España, Traficantes de Sueños. 
  11. Sastre, Alfonso, Crítica de la imaginación, Barcelona, 1978, ed. Grijalbo. 

Resume, que algo queda

Publico como una sola entrada en el blog, por primera vez, las que di a conocer como dos en la bitácora de mi instituto a finales del curso 2010-2011. He revisado los errores y la redacción en algunas secuencias. Se trata de una bien fundada -eso creo- crítica a una táctica universal en la enseñanza sobre textos: la pericia del resumen. Que esté universalizada, desde luego, no quiere decir que su existencia se pierda en la noche de los tiempos, pues su práctica es más bien reciente. Ni mucho menos se da aquí por sentado que sea útil. Lea, si no, el lector amigo y curioso.

Resume

14 tesis contra el resumen

  1. Enseñar a resumir un texto es una la de las tareas más endiabladamente difíciles a que nos enfrentamos los que nos dedicamos a este «oficio de tinieblas»: ¿aunque, bien mirado, qué es fácil en la enseñanza? Su aprendizaje es tanto o más complicado que su instrucción y basta para comprobarlo echar un vistazo a los subrayados de nuestros alumnos sobre manuales o sobre hojas fotocopiadas o sobre sus propios apuntes manuscritos. El otro día, por citar el último caso, vi a un joven bachiller estudiando en la biblioteca, en un manual en el que tenía resaltadas con tinta fluorescente las líneas que, en teoría y mal que bien, contenían para él lo fundamental del tema que estudiaba: las páginas del libro brillaban como luciérnagas pues había subrayado la práctica totalidad del texto. «¿Crees que has resumido el tema o más bien lo has coloreado?», le dije. Él me respondió con una sonrisa: «pues tienes razón; lo he coloreado». Más adelante explicaré, a propósito de esta anécdota, por qué el subrayado, como paso previo al resumen, me parece un paso tan errado e inútil.

  2. Definir lo que es un resumen, y comprender uno mismo las pautas que debe enseñar para que el alumno lo haga bien, es una tarea intelectual frustrante que siempre está a punto de caer en el abismo del círculo vicioso y en la tautología recursiva: antes muerta que sencilla. Si fuera un «a priori» kantiano o una -¿cómo llamarla?- intuición, sería tan fácil como responder a la pregunta fatídica «¿cómo resumo el texto?» con un sublime, sintético y consolador «pues resumiéndolo». Y, sin embargo (risum teneatis?), es, en resumen, lo que hacemos. Veámoslo más despacio.

  3. Como hace muchísimo tiempo que tengo la mosca tras la oreja con esta cuestión, decidí hace también muchos cursos reducir la cosa a lo que llamo en clase «las tres reglas de oro de un buen resumen», por buscar más que nada alguna objetividad, aparente, en el asunto; un criterio claro, supuestamente claro, para valorar sus sinopsis y una ideal claridad expositiva. A saber:

    • Un resumen debe ser breve.
    • Debe contener sólo lo esencial del texto.
    • Debe estar redactado con un vocabulario propio, siempre que sea posible.
  4. ¿A que parece fácil y didáctico? Pues como ya vengo avisando, para nada. Y la dificultad, el abismo de la tautología en que nos hundimos todos está en la segunda regla, que es la madre de todas las reglas engañosas… Pregunta: ¿qué es lo esencial? Respuesta: lo que no es anecdótico. Pregunta: ¿Y qué es lo anecdótico? Respuesta: lo que no es esencial. Como en el DRAE. Y volvemos a empezar el cuento de la buena pipita: ¿qué es resumir? Resumir es resumir…

  5. Por último, por ahora, y tal vez lo más inquietante: se acepta como tópico común que dominar la técnica del resumen trae como consecuencia que se ha conseguido en gran parte la comprensión lectora. Como ese es el primer objetivo de la ley de Educación, he comentado con algunos compañeros a lo largo de los años, como una «boutade» con su fondo de verdad, que incumplimos sistemáticamente ese objetivo al otorgar los títulos de ESO y Bachillerato a alumnos que, en su inmensa mayoría, no son capaces de resumir un texto. ¿O no será que, negando la mayor, una cosa no tenga que ver nada con la otra?

  6. No es nada fácil salir del círculo vicioso, aunque yo intente salir airoso con ayuda de las metáforas. Muchas veces veo clara la inutilidad última de este saber tan evanescente, basado tan por los pelos en los universales, como su hermana la traducción.

  7. Me refiero ahora a las promiscuas relaciones entre resumen e Internet y el auge del microtexto en las redes sociales. Y al hacerlo, veo como una necesidad contemporánea la de enseñar lo contrario: a recoger los restos del naufragio textual en que vivimos para saber reconstruir unidades mayores llenas de sentido con los pecios microtextuales en que naufragan las lenguas y la urgencia de rescatar su dimensión perdida: la profundidad. No olvidemos que «texto» significa «tejido», es decir, el resultado laborioso y paciente del entrecruce entre una trama y una urdimbre…

  8. La única manera de romper parcialmente la razón circular es -avisaba antes- mediante la comparación y la metáfora, las viejas amigas de los maestros hoy un poco olvidadas. En mi caso, vino en mi auxilio una cuadrilla de podadores que estaban dejando mondos los árboles de la plaza una mañana en que andaba en clase con estas cuestiones: «esos trabajadores están resumiendo los árboles, les quitan lo anecdótico y les dejan lo esencial», les dije señalándolos por la ventana. Y así les explico lo de la esencia desde entonces con cierto éxito y a falta de algo mejor. Pero también esa metáfora es mentira, claro.

  9. Porque una de dos: o no existe lo esencial en un texto o sólo se accede a ello mediante la intuición. En un caso o en otro, es un esfuerzo inútil incorporarlo a la enseñanza como objeto de aprendizaje y práctica. O mucho menos útil que otras cosas que no enseñamos y serían más necesarias.

  10. La pretensión de que se pueda decir lo mismo que dice un texto pero en forma breve y con otras palabras, es un acto de naturaleza mágica parecido al de los jíbaros que empequeñecían las cabezas de sus enemigos hasta lo inverosímil. Hoy me parece simplemente una mentira, un lugar común, de carácter metafísico, heredado por nuestra pedagogía y nunca sometido a crítica. Late en ese empeño una «traición» parecida a la que perpetran los traductores («traduttore, traditore», según la conocida paranomasia en italiano, traductor, traidor) al querer volcar «el espíritu» (¿podemos llamar así al elixir misterioso que llamamos contenido de un texto?) de cualquier secuencia textual. Cuando leemos los tercetos -algunos precisos y preciosos, otros forzados y contrahechos- con que el poeta Ángel Crespo pretendió traducir los de Dante en la Commedia, lo que leemos no es a Dante, es a Ángel Crespo. Empeños titánicos como la «traducción» del Kalevala finlandés en eneasílabos castellanos se pueden admirar en la medida en que se quiera, por su empeño artesano e incluso por su inspiración, pero a condición de olvidarnos de la pretensión de que se lee el Kalevala en castellano. Es otra cosa, mejor o peor, pero infinitamente lejos de aquello que se pretendía transmutar.

  11. Textum es tela o tejido, decíamos, trama y urdimbre. Imaginad que para «hacernos una idea» de un vestido que no es nuestro, al que no tenemos acceso, pedimos que nos corten un trozo de tela con lo esencial de sus colores, hilos y cosido y hechura. ¿Consideraríamos que esa muestrecita es el vestido «resumido» o un desdichado vestigio de él? En el caso más optimista lo podríamos considerar como una muestra del arte total del vestido entero. A lo más que puede aspirar un resumen es a ser una muestra o huella o vestigio de lo que aspira a trasvasar.

  12. Con el tiempo he pensado que mi alumno, el que miniaba de amarillo su libro de texto, tenía razón: un texto no se puede resumir porque es como una tela convertida en vestido y medida para un cuerpo, y sólo el corte y ensamblado final le da el sentido único que despliega y completa en el acto de la lectura.

  13. Otras tareas desechadas en nuestra profesión, como la imitatio con que enseñaban a escribir los romanos, tendrían más utilidad y sentido que los trabajos de síntesis. Imitar la construcción sintáctica y el ritmo -da igual el contenido en esto- de un texto consagrado por el canon, por no salir de lo políticamente correcto, fomentaría -pues se aprende imitando o mimetizando- la construcción de otros textos que, con el tiempo, acabarán adquiriendo voz y música y contenidos propios.

  14. «Resume que algo queda», he llamado a esta entrada. Lo que queda tras esa labor descarnada y mentirosa de querer decir en cinco tristes e impersonales líneas lo mismo que un texto dice en una página hermosa, o en cien, tras ese incendio lingüístico devastador, lo que queda son, justamente, las cenizas.

Dependientes, camareros y mercancía: el “lugar” del intercambio (y 2)

El mercado es, pues, el lugar del intercambio, la tienda de nuestro hortera, por ejemplo, o cualquier gran supermercado en el extrarradio o en la pantalla de un ordenador. Este templo sacro-santo -por usar el adjetivo de Balzac en “L’épicier”- tiene un amo, casi siempre invisible en la tecnología y diplomacia de la trastienda, que provee las mercancías, y unos vigilantes o guardianes que las custodian y que administran su transformación en dinero, que, a su vez, servirá para adquirir más mercancías…: los dependientes. Y así, en este nunca acabar que es el alma de nuestro mundo, resulta que, al cabo, la acumulación y circulación continua del dinero es ya la única riqueza, como nos enseñaba Marx en los primeros compases del libro primero de El Capital, sobresaltándonos con la sensación de que hablaba de nuestro presente:

El grito que ahora resuena de una punta a otra del mercado mundial es: ¡No hay más mercancía que el dinero! Y como el ciervo por agua fresca, su alma brama ahora por dinero, la única riqueza1.

Tienda

Cuando la mercancía llega a los expositores del supermercado o de la tiendecita de ultramarinos, llega a un mundo dominado por el fetichismo, entendido como lo hacía el pensador alemán: un mundo de cosas que protagonizan relaciones sociales de intercambio con otras cosas y en el que lo que da valor a esas cosas, justamente el trabajo social acumulado en ellas, desaparece y se oculta. Cuando el cliente-amo tiene delante una chaqueta, con su precio en la etiqueta, y dinero en el bolsillo, hace cálculos con esos datos de la realidad y toma determinadas decisiones; pero en ningún caso piensa en el trabajo del sastre que la diseñó, cortó, cosió y vendió, ni en su cansancio o pericia, ni en la situación laboral o emocional o de salud en que realizó su trabajo. Nadie lo hace: sólo existe el deseo subjetivo / sugerido de poseer la mercancía o su necesidad. Esa naturaleza fetichista que el mercado otorga a los objetos crea un universo antinómico en el que solo hay “relaciones cosificadas entre personas y relaciones sociales entre cosas”.

Por eso, por la necesidad de ir más allá del fetichismo de las mercancías, es tan importante la denuncia, cada vez más extendida en el mercado universal, de las condiciones laborales y sociales del trabajo (en muchos lugares, esclavista) en que se producen los oscuros objetos del deseo del consumidor. O la generalización del Comercio Justo y su cautela con el origen de los productos y las condiciones de dignidad del trabajo que los creó, como le gusta pensar a David Harvey, si queremos romper el hechizo fetichista de su ocultamiento, su cerco encantado.

* * *

Pero volvamos a nuestro humilde y paradójico dependiente asalariado de comercio (vigilante, guardián, ángel custodio del proceso del intercambio) que entre las muchas tareas que tiene encomendadas (el escaparate, la limpieza, el trajín de los objetos…) tiene una fundamental: atender sin dilación a su segundo patrón y señor: el cliente con dinero. Y cerrar la puerta con un “no” a quien no puede ser cliente. Da igual, a estos efectos, que las tareas de vigilancia se hayan subcontratado en las grandes superficies y que estos guardias estén encargados de castigar el hurto o cerrar la puerta física. El “no”, con toda su fuerza de exclusión del circuito mágico, corresponde al dependiente o cajero. Andrew Smith, que ha tenidos experiencias laborales en comercios, cuenta en este sentido, en su Trabajar cara al público2:

De acuerdo con mi experiencia, los implicados sentían profundamente la contradicción de esta de esta posición, y muchos de mis compañeros estaban claramente desconcertados por este aspecto de su trabajo. En cierto sentido porque suponía una labor emocional problemática: tener que absorber y gestionar esas expresiones de descontento que no procedían de quienes eran clientes, sino de quienes no podían serlo. Más en general, sin embargo, lo que preocupaba a mis compañeros parecía ser la incómoda sensación de que se les exigía convertirse en funcionarios de un poder que ni siquiera conocían.

En la tienda aprendemos a identificarnos socialmente, nuestro lugar en el mundo. Como nos recuerda Smith, el no-cliente sale del comercio confirmándolo con frases como “Esto no es para nosotros”. Para el cliente con dinero (mi dinero soy yo…), sin embargo, todo queda reducido a una cuestión de gusto. “La violencia simbólica implícita en la jerarquía del gusto siempre está interiorizada”. La feria de las vanidades que es una tienda, para quien tiene el capital adecuado, tiene un solo mecanismo: el deseo subjetivo del valor de uso de las cosas allí expuestas, la esperanza siempre frustrada de que se cumpla su eterna promesa de felicidad…

Pero la “violencia simbólica” que más me ha inquietado del ensayo de Smith ha sido el descubrimiento de cómo perviven, en este contradictorio trabajo a las órdenes de dos señores, relaciones precapitalistas como las del amo con sus criados. Y eso que estaban ante nuestros ojos y oídos: ¿quién no recuerda, hasta en uno mismo, interpelaciones desabridas a un camarero del tipo “¡Que es para hoy, que no tengo todo el día!” o la devolución despechada de una mercancía que entendemos que es defectuosa, o que no responde a nuestras expectativas, triándola literalmente sobre el mostrador con cara de perro…? El trabajador que hace las veces del dueño paga siempre los platos rotos.

Ellen Meiksins Wood (la cita es del propio Smith) explicaba que “el desarrollo inicial del capitalismo dio un nuevo margen de vida a la concepción patriarcal de la relación amo-criado como soporte ideológico más disponible y adaptable para la desigualdad del contrato de trabajo asalariado.” Pero no se trata solo de una argumentación histórica sobre los orígenes; nuestro autor sentencia: “el capitalismo puede, en diversos puntos, ser articulado por el ensayo o reactivación momentáneos de una forma de autoridad relacional más antigua. En los vacíos entre Dinero y Mercancía, el capitalismo parece ayudado por algo que no es capitalismo.”

La relación premoderna, pues, entre el dependiente (o camarero, o botones…) y el comprador con posibles persistirá en tanto lo haga el mercado capitalista y sobreviva el fetichismo y poder del dinero, pues a este le es necesario un lugar (“la boutique sacro-sainte…”), real o simbólico, para que se renueve sin cesar la demiurgia del intercambio, y unos guardianes, en consecuencia, que permitan la violencia epistemológica de la autoridad y el buen gusto del cliente, necesarios en ese paso inequívoco de D a M en que “las cosas mantienen relaciones sociales y las personas relaciones cosificadas…”3.

Esto será así aunque tengamos la falsa impresión de que la venta masiva por internet está provocando “la aniquilación del espacio mediante el tiempo”3. Esa impresión ya la han tenido varias generaciones, pues la burguesía capitalista y su cohorte de científicos, tecnólogos e inventores han aprovechado, y potenciado, como nadie las sucesivas revoluciones en los medios de transporte y comunicación. Los comercios sobrevivirán, aunque parezca que la llegada casi instantánea a nuestras casas de la mercancía comparada en Amazon encarna el sueño de instantaneidad del cliente-amo: el paso transparente del valor de cambio en valor de uso que no conoce término. Pero que, por eso mismo, para que no se quede solo en la ceniza de la inanidad, es un acto que necesitamos ver representado en la escena triste e hipnótica de la tienda, rodeado de cosas y criados que nos sonríen obsequiosa y servilmente una y otra vez, una y otra vez…


  1. Marx, Karl, El Capital, libro I, cap. 3 (en sus propios términos históricos, Marx tenía en mente la crisis económica de 1857) 
  2. Smith, Andrew, “Trabajar cara al público”, New Left Review nº 78, Ecuador, 2013. 
  3. Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, vol. II, p. 13. 

Dependientes, camareros y mercancía: el “lugar” del intercambio

Inicio con esta entrada, y otra que la continuará y dará fin, un acercamiento entre literario y social a una figura problemática y ambigua, tanto considerada en su condición de trabajador como en la de intermediario en los procesos de intercambio, en concreto, el que Marx esquematizaba como Dinero-Mercancía-Dinero: el dependiente de comercio. En la primera entrada, esta que comienza aquí, me detendré en algunos recuerdos personales y en un texto costumbrista de Antonio Flores1, incluido en Los españoles pintados por sí mismos2, una colección de retratos de la sociedad de la época publicado en Madrid en 1843, por Ignacio Boix3, con el título de “El hortera”. Intentaré realizar después una interpretación marxista de este retrato decimonónico -premoderno, es decir, anterior a una visión de la sociedad dividida en clases enfrentadas-, en la segunda entrada, a la luz potente de un ensayo de Andrew Smith, “Trabajar cara al público”, publicado en el número 78 de New Left Review.

Los españoles pintados por sí mismos

La tienda (y la taberna, el restaurante, el hotel…) es el lugar del intercambio del equivalente universal, el dinero, por el valor de uso de la mercancía. El tendero (el dependiente, el camarero…) es el guardián de ese territorio limítrofe en el que se consuma la realización del deseo subjetivo del cliente de poseer el valor de uso de la mercancía, si tiene dinero… El dependiente es una figura compleja, ubicado entre la obediencia al dueño del comercio, su patrón, y la obsequiosidad hacia el cliente, que ejerce su autoridad (más terrible aún, de naturaleza precapitalista: la del amo respecto al criado, según veremos en la siguiente entrada con más detalle) en tanto portador de dinero. Pero también el dependiente debe actuar como agrio censor, con el poder delegado por el dueño de las mercancías, frente a los clientes pobres que miran, regatean, intentan hurtar…

Estas circunstancias lo han hecho siempre un personaje antipático, porque encarna, personifica la demiurgia odiosa del intercambio capitalista: es el culpable del precio inasequible, de que la mercancía apetecida haya que pedirla, de la tardanza, de la altivez o la indiferencia. Siempre pesa sobre él la sospecha del engaño: en el peso, en la etiqueta, en el deterioro o en la falta de atención. En “El hortera”, es un personaje especialmente odioso. Antonio Flores lo animaliza o cosifica sin piedad a cada trance de su texto: “un muchacho de 12 á 14 años de edad es para nosotros lo que el diamante en bruto para el artista que lo ha de tallar y pulir. Este fardillo de carne humana, grueso y colorado, con el pelo sobre los ojos, y una boina de yesca de chopo”. Es el menosprecio del paleto de aldea que, hipócrita y arribista, terminará transformándose, en su alianza con los poderosos, en culpable de los males del país. Los dependientes pierden su humanidad cuando nuestro autor los retrata, en semejanza a los bustos parlantes con los que a veces caricaturizamos a los presentadores de telediarios: “Este articulo habla con todos los dependientes de almacén que á beneficio del mostrador, son figuras de medio cuerpo eternamente.” Su laborioso aprendizaje del oficio, incluye la tecnología del engaño -aprendida y ejercitada en el secreto de la trastienda- y la “diplomacia horteril”, la obsequiosidad y el servilismo cara al público. En palabras de Flores: “tratan de ejercitarle en la dificil tarea de la tecnología comercial, ó de puertas adentro, y en la vulgar ó de mostrador”.

El público consumidor (en realidad, las mujeres, víctimas propiciatorias del engaño del tendero en la visión misógina del autor) es, en correspondencia, la figura complementaria de nuestro hortera, en su incipiente deseo consumista. Así, de una chica que cree haber comprado un lujoso tejido inglés cuando en realidad se lleva tela desechada de pésima calidad, nos dice, parafraseando a Lope de Vega:

Ella lo ha de pagar, y será justo

Bautizarlo en inglés por darla gusto.

En coherencia, en fin, con el perfil de personaje de sainete con que ha sido retratado, el hortera gusta también de la baja comedia. No se olvide que la crítica de Antonio Flores al personaje es moral y estética. Y así, con esa connotación, ha quedado entre nosotros el despectivo “hortera” del español contemporáneo:

… suelen ir al teatro, porque aunque ellos no pidan para esos dias precisamente la Pata de Cabra, ni los Polvos de la Madre Celestina, el empresario sabe que no le honrarían con su presencia, si diese otras funciones,y no se espone jamás á semejante disgusto; cuando mucho se atreve á sustituir esas comedias con la Redoma encantada y el Naufragio de la fragata Medusa.Y aunque el sainete no sea Paca la salada es con precisión merienda de Horterillas.

En mis recuerdos, por el contrario, la figura del tendero tiene un aspecto más cálido y cercano. Y al ser, como soy, de familia pobre que compraba a púa relaciono al dependiente más con un cómplice cercano que con el vigilante interpuesto por el dueño entre la mercancía y yo. Para mí, la “magia” del intercambio D-M-D se reducía a la endeble autoridad del crédito y la buena fe. De una tienda de ultramarinos recuerdo, más que la estimulante mezcla de olores, que allí me surtía de libros, prestados o regalados, con que su dependiente (en aquel caso, también dueña) abastecía mi hambre insaciable de lecturas. Lo añado para teñir más aún de ambigüedad tan misteriosa figura de la clase obrera…

Y ya acabo. El lector echará, de seguro, un buen rato (aunque agridulce) con esta crítica moral y estética, no social ni política -pese a la apariencia, solo hay un oscuro presentimiento del papel explotador en la sombra de la burguesía comercial- del tendero. Puede el lector, también, como contraste, leer el modelo francés, “L’épicier4“, debido a la pluma de Honoré de Balzac, ni más ni menos. De su mano entramos, también, en “la sacro-sainte boutique d’un épicier”…

El texto

El texto de “El hortera” que presento a continuación es la transcripción de la edición de Ignacio Boix, Editor (Madrid, 1843). He respetado las peculiaridades ortográficas de la época, que pueden chocar a un lector contemporáneo (en particular por el escaso y desparejado uso de la tilde), pero que son más avanzadas, en general, que las que la norma actual nos ha acostumbrado a dar por buenas Por ejemplo, la escritura como “s” en lugar de la pedante “x” que aún usamos en palabras como “escelente” (y lo que es peor, como denunciaba Agustín García Calvo, que muchos pretender pronunciar como [ks]). También tiene mucho de avanzadilla el uso de un único signo de interrogación o exclamación al final, pues señala con más precisión que a esas oraciones las caracteriza solo su cadencia final. Aparte, solo he hecho dos llamadas a pie de página para un par de palabras de poco o ningún uso actual. Más adelante, cuando me resulte hacedero, pondré en el blog este texto con la ortografía ajustada a los criterios actuales y anotado con más prolijidad. He dejado, eso sí, una línea en blanco entre párrafos, para desapelmazar un poco la lectura del texto. Toda la obra de Antonio Flores, para acabar con el descargo de responsabilidad necesario en estos tiempos, es de dominio público.


El hortera2

Será todo lo que usted quiera, señora, pero yo no puedo faltar á las órdenes de S. E., respondía con gravedad cierto portero del ministerio de Hacienda, á una enlutada matrona que pretendía hollar la consigna ministerial con estas palabras:

— Cuando sacaba de su tienda si señor…, tienda, ó lonja de azúcar y canela, haciendo la vista gorda ínterin el Escelencia de a ver, suplía con la mano sobre el platillo, las cuatro onzas que faltaban á los garbanzos para equilibrarse con la libra de hierro… entonces mucha parola y… Luego el Pavonazo en el chocolate, que mi difunto no murió de otra cosa.,.. Vaya un ministro integro!

— Señora! Señora!

— Pues no hay mas, clarito!…. Un Hortera en el ministerio!!…. No fallarán contratas por partida doble!
Oh!, mengua! murmuramos nosotros, apenas hubimos escuchado la jaculatoria de la parroquiana. Ministro nada menos ese Hortera, cuando el nuestro aun no ha salido de las montañas que le vieran nacer! Y llenos de vergüenza con tan escandalosa inacción, abandonamos la antesala ministerial, y tomando la pluma con resolución, juramos no dejarla de la mano hasta que el protagonista de este artículo llegue á ser prestamista de su cofrade el Excmo. Señor, que gracias á su «conciencia de mercader» cobraba un veinte y cinco por ciento de ganancias estraordinarias cuando pesaba garbanzos.

Pero apenas hemos empezado nuestro viaje hacia las montañas de Santander, y ya nos sale al encuentro una recua de diez arrogantes mulos que conducen con toda resignación 19 fardos de Escocia y Llin, suficientes para formar nueve cargas y media, que haciendo tercio con un muchacho de 12 á 14 años de edad es para nosotros lo que el diamante en bruto para el artista que lo ha de tallar y pulir. Este fardillo de carne humana, grueso y colorado, con el pelo sobre los ojos, y una boina de yesca de chopo, andará muy en breve rodeado por una docena de agentes de bolsa, que le harán hacer un millón de operaciones al contado, o será Director del Ramo y tratante en bienes nacionales, y tomará en arriendo el derecho de puertas, y la sal, y el papel sellado… y tal vez llegue dia en que se saque á pública subasta el total de las rentas públicas, ¿quién sino el y poderoso comerciante ha de tomar la contrata de mantener á rancho la nación Española?… Lo cierto es que ya le han desliado del aparejo y tenemos al recien venido entre los brazos de su tio, propietario y lonjista de Ultramarinos en la calle de A… El Horterita apenas sabe devolver los saludos del tio, de los primos y hermanos que hace poco tiempo llegaron á Madrid con el mismo pelo de la dehesa, bajo el cual encubre nuestro mancebito ciertas habilidades que aprendió en la aldea, entre ellas la circunstancia esencial de leer muy bien toda clase de manuscritos, y deletrear con bastante torpeza los impresos.
Y aqui por via de nota, para evitar un rato de Panlexico á los lectores de provincia, decimos que el Hortera de Madrid, es el Cajero de Sevilla, el Factor de Valencia.,., y en suma: Este articulo habla con todos los dependientes de almacén que á beneficio del mostrador, son figuras de medio cuerpo eternamente.

La primera operación que sufre el Hortera es una especie de saturación sacaroidea, á fin de asegurar los sacos del azúcar, y demás géneros golosos de cualquier apetito desordenado de gula: consiste esta en dejarle comer, de chocolate por ejemplo, una, dos ó mas libras hasta que se resienta el estómago, y el recien llegado aborrezca los géneros coloniales y ultramarinos. Oh! este es un antídoto escelente para los ratones domésticos, y está fundado en ciertas leyes de química-económica indestructibles. Pasan en seguida á enseñarle todas las aplicaciones que tiene la mecánica en las trastiendas, y alli es donde aprende á introducir la mano en un saco lleno de legumbres rancias y secas, para sacar el único puñado que haya de granos frescos gordos. Entra después la parte de geometría aplicada á los cubiletes , y en esta sección le manifiestan las diferentes clases de cucuruchos que se conocen, su estructura y medios de construcción mas ó menos cónicos según la cantidad que deban aparentar contener, y la que en realidad contengan. Apenas ha pasado el Hortera quince ó veinte días haciendo cucuruchos de todos calibres ya tratan de ejercitarle en la dificil tarea de la tecnología comercial, ó de puertas adentro, y en la vulgar ó de mostrador. Consiste esta última en los diferentes nombres, sinónimos para los que estamos en el secreto, que emplean los consumidores al solicitar las mercancías; y la primera está reducida á que el espendedor sepa que los depósitos de azúcar designados con los títulos de 1ª, 2ª y 3ª’ ó mas clases, son tres substancias distintas desde que se emanciparon del saco en que se hallaban todas juntas. Lo mismo sucede con el té de la China y el café de Moca (véase cascarilla de cacao tostada); todos estos géneros viven democraticamente en las cuevas ó en la trastienda, y luego que pasan á la pieza de recibo cada cual torna la aristocrática elevación que le depara la casualidad. Si hubiera otros Esopos y Samaniegos, que se ocupasen de hacer hablar á estos objetos inanimados, no quedaria impune la desfachatez del Hortera cuando pregunta á los parroquianos si quieren el cacao de Caracas, de Guayaquil ó Soconusco, siendo asi que el único que tiene designado con esos tres nombres, merced á la división que todos sabemos, no ha tomado carta de naturaleza en ninguno de esos lugares. Pero supongamos que ya se ha concluido el noviciado horteril porque seria eterno referir todos los agios5, y evoluciones que en ese tiempo se enseñan (la vara de medir solamente necesitaba un tomo en folio) y veámosle colocado detras del mostrador en el almacén de Ultramarinos.
Estraordinaria y vasta podrá ser la táctica comercial de puertas adentro según indicamos en la parte de cubilotes y mecánica, pero nada es comparable con la diplomacia horteril, pocas cosas hay tan sublimes como el aire de reserva que imprime á todos sus actos esteriores. La manera que tiene de presentarse al público, encastillado entre los sacos del arroz, parapetado con los fardos del bacalao, y presentando entre su persona y la de los parroquianos un enorme tablón, pintado de azul ó de amarillo, es una cosa digna de notarse si se atiende á la masoneria que observan todos los dependientes del almacén.

Apenas abre su tienda, por la mañana temprano, y ya la encuentra invadida por el Albañil, el Carpintero, el Zapatero, y toda clase de jornaleros que saliendo de sus casas para sus respectivos trabajos, acuden presurosos á echar la sosiega con una copa de aguardiente en casa de nuestro lonjista, que saluda á todo s con el mayor agrado y les sirve con no menos esmero. Esta reunión de bebedores heterogénea ya, por los distintos oficios á que cada uno se dedica, no lo es menos por las diversas opiniones políticas que cada cual profesa, ó cree profesar. En los tiempos que el Albañil se dedicó al oficio, era indispensable levar gorra de voluntario realista para encontrar trabajo, y como no se podia usar este distintivo sin pertenecer á la regimenta, entró en las filas todo el que o quiso morirse de hambre. El Zapatero es algo mas joven, y se ha encontrado en un gobierno constitucional, que tiene ciudadanos armados, pero que los llama M. N. y unos maestros de obra prima que exigen gorra de cuartel para hacer zapatos; ¿pues qué remedio sino ser miliciano y llevar gorrita? El Carpintero es hombre de chispa: á la muerte de Fernando VII persiguió á su padre por carlista y le dieron trabajo en la Casa Real; pero le han quitado el destino los santones y ahora dice que es republicano. Pues siendo tan imposible amalgamar los pareceres politicos de estas gentes, como evitar que discurran sobre la contestación que dio el gobierno al Embajador inglés, y digan que es un majadero el general de división en haber atacado por la izquierda, etc., nó es nada fácil tampoco que la noche anterior al aguardentoso desayuno faltasen retenes y patrullas ó cuando menos algún estraordinario ganando horas; cualquiera de estas cosas es suficiente para que se entable una acalorada discusión política, en la que suele tomar parte algún escarolero, ó tal cual lego esclaustrado ayudante de cocina en casa de algún marqués y senador por añadidura. Últimamente, disputan y todos desocupan sus respectivas copas abogando el uno por la república, el otro por el gobierno representativo, quién por el absolutismo, á cuyo parecerse une gustoso el asturiano, y aun hasta el lego, pero este último quiere que se añada la inquisicion sin telarañas. Llega ya el lance terrible de ser interpelado el Hortera, y en esta embarazosa y difícil posición es donde mas luce la diplomacia de mostrador: con todos sonrio, á todos trata de dar la razón, y jamas se conmueve aun cuando parezca que la discusión se decide por un partido o por otro; su principal y casi único cuidado es el de no distraerse en el cobro de lo vendido.
Mas no consume el Hortera toda su charla y agrado con los jornaleros, y mozos de compra: las criadas de servicio son recibidas con no menos agasajo y atención, mediando varios requiebros de una y otra parle con tal cual apretón de manos, cosa muy admitida entre los Horteras, y que no puede dar celosa nadie que conozca las leyes penales de estos individuos mercantiles.

No haya miedo que se enamore ninguno pesando azúcar ó envolviendo té; serán muy vehementes en sus pasiones, pero en los actos de! servicio las tienen paradas, ó cuando mucho á media cuerda. — Apunte Vd. que le quedo á deber los 12 reales del chocolate y los ocho cuartos del almidón, dice una mujer al abandonar la tienda. — Vaya Vd. con Dios, vecina, y no se burle, replica el Hortera á voz en grito, y repitiendo por lo bajo doce y uno trece. — Gracias, responde la deudora, ahora lo bajará el muchacho. Y apenas ha quedado solo el lonjista saca un gran libro azuly escribe: «Es en deber Doña Fulana la vecina lo siguiente…»

Asi ocupado en lances de esta naturaleza consume los dias el lonjista, sin que ningún hecho notable le haga distinguir el lunes del martes ni este de todos los demás de la semana, hasta la mañana del domingo inclusive porque la tarde Oh! la tarde de los dias festivos merece un párrafo esclusivo, y no seremos nosotros ciertamente los que nos opongamos
 á que el Hortera pase su visita de ordenanza á las fieras del Retiro y demás accesorios de tan saludable medida higiénica. Y como en esta caminata nos ha de acompañar también la aristocracia horteril, no será del todo inútil dar un corte á la pluma que ya parece estar algo cansada, y echando á la espalda la mochila del café hacer unos cuantos giros
 comerciales con la vara de medir. Para esto, no tendriamos necesidad
 de trasladarnos á este ó el otro punto de la capital porque la profecía de
 San Vicente Ferrer se ha cumplido , ya tiene Madrid mas tiendas que compradores; pero sin embargo, la escena pasa en la calle dee Postas, ó séase boulevard de coruñas y viveros. A la derecha se ven tantas tiendas á piso bajo, como balcones de entresuelo ; á la izquierda cada ventana tiene debajo de si un almacén de lienzos; y en ambos lados y bajo toda clase degobiernos, se despachan géneros del Reino y estrangeros.


Trabajo cuesta penetrar la muralla de gente (que á todas horas defiende estos almacenes, pero nosotros hemos resuelto llegar hasta el mostrador para tener mano á mano un rato de parola con el Hortera, y
 lo conseguiremos fácilmente marchando detrás de una joven elegante y hermosa (con menos letras se dice fea, pero está lleno el tintero…) que desde el umbral de la tienda es saludada por el comerciante. Esta apreciable señorita habrá madrugado á las once de la mañana, si por casualidad no estuvo de sarao la noche anterior (aquí no hay soirée que valga) y no teniendo amigas á quien visitar, ni esperanzas de que saliese
 el sol para bajar al Prado, abandonaría la casa paterna con estas palabras.
 — Mira, mamá, estoy fatal de los nervios; que me acompañe el muchacho y voy de tiendas.
 — Pero, hija mia, si estás llena de ropa!
 — No tengas cuidado, mamá; lo hago por divertirme… no he de comprar nada, pero los haré revolver un rato. Pasaré primeramente por casa de Ginés á ver lo que han recibido de nuevo, y luego voy á sublevar toda la calle de Postas. Anda con Dios, responde la madre satisfecha con las económicas diversiones de su hija, sin reflexionar que los guantes estorban para conocer la calidad de los tejidos, que el Hortera tiene mucha franqueza con las parroquianas, y en fin, lo menos era que cogiese
 la blanca mano de la niña entre las suyas, si no las tuviera llenas de sabañones en invierno, y un tanto ásperas en verano.

Llega por fin nuestra joven á descansar sus brazos sobre el mostrador, y todos los Horteras se acercan á recibir órdenes, apoderándose, uno del abanico, otro del pañuelo, quién examina los guantes, adulándola todos á porfia, hasta que una manola que está comprando terciopelo para una mantilla, dice al mocito que la despachaba: — Oiga usté, Don Cachucha, sabe usté que mi monea es tan rial como la de cualquier señorona; y que tengo dos onzas en el bolsillo, y algunas masen casa para sacarlo á usté de probé! — Alsa, Manola! Qiuá!…. si me llamo Juana, so escoció!… si no tie usté mas gracia con las usias está abiao! Estas palabras dan a conocer al principal del almacén la gravedad que pudiera tomar aquel lance, y rellexionando que la manola paga mejor, por lo menos mas pronto que la señorita, acude á despacharla el mismo, dejando que uno cualquiera de los dependientes desplegue ante los ojos de la caprichosa niña cien piezas de tela de cien varas cada una:

— Este chaconá es muy claro, y tiene un hilo muy grueso.

— Oh! no señorita; es de lo mas fino que se hace, y estos colores son eternos, aunque se laven con agua hirviendo. Hemos tenido un despacho horroroso; ayer se vendieron cien cortes, y tenemos pedidos treinta para Mad. Victorino, que escasamente…

— ¿Y me quedaré yo sin nada?

— ¡Oh! no tal, para Vd. siempre hay una pieza!….

— Pero ahora no,porque mamá no quiere; pagó ayer dos mil reales de tres sombreros á Madama Capot y está que trina.

—Mejor, replica el Hortera, entregando un lío al criado de la joven… Ya saben Vds. que todo cuanto yo tengo (quisiera venderlo sin regatear como esto, añade por lo bajo)

— Y tienen Vds. una tela para vestidos de callé que llaman… llaman!..

Ilusión. —No. Palmeriana. —Tampoco. Poplin, Chalin, Clarín, Smirna, Fantasía, Damasquina, Rua-celin

— Eh! Hasta… Fantasía quiero. — Pues sí señora; vea Vd, qué cosa tan preciosa… parece imposible el adelanto que se observa en nuestras fábricas de Cataluña… Tú que tal dijiste, desventurado comerciante! Apenas oye la niña que se trata de géneros nacionales, vuelve la vista y dice:

— Quite Vd. allá, hombre! á la legua se conocen los géneros catalanes! Qué cosa tan ordinaria! —Pues crea Vd…— Mira, interrumpe el dueño del almacén, todo asustado con la patriótica franqueza del compañero, sácale á esta señorita la fantasía inglesa. —Pero, si!

— Ahí la tienes debajo de la catalana; y guarda esa hasta que venga alguna lugareña con poco dinero.

— De valde es cara, interrumpe la caprichosa compradora.

— Ciertamente, contesta el principal, añadiendo sotto voce:

Ella lo ha de pagar, y será justo

Bautizarlo en inglés por darla gusto.

De este modo consiguen vender á doble precio las peores piezas de lela que por esta circunstancia suelen estar las últimas en los almacenes, y la ignorante joven sale muy satisfecha de su fantasía inglesa. Sin notar que en su exótica manía está la verdadera fantasía.

Y ahora que la fantástica niña se retira del almacen, apartamos nosotros la vista de los Chaconás y los sabañones, para preguntar al lonjista de Ultramarinos por aquel comerciante en bruto, que trajimos de Santander, y dejamos en la lonja, haciendo cucuruchos. Pero vétele busca al sobrino de su tío. Apenas descubrió el vasto porvenir que la carrera mercantil le presentaba, se emancipó de la tutela, estableciéndose por sí en la misma calle, no sin haber estudiado antes un año de partida doble en el Consulado. Lo primero que se descubre a la puerta de su casa-lonja, junto á la muestra del algodón y las ballenas, es un farolito de cristal que indica la residencia de los padrones vecinales entre las cajas del café; pero el alcalde de barrio no está sin embargo al mostrador, porque como capitán de la fuerza ciudadana se halla de guardia en el Principal.

En la tienda le esperan varios señores, entre ellos uno que pretende ser diputados a Cortes, y solicita la influencia horteril; otro que le va á ofrecer dos mil duros por una acción en el gran molino de chocolate, y fábrica de azúcar que el lonjista ha establecido en comandita con unos primos suyos; y el resto de personas está compuesto, casi en su totalidad, por agentes de bolsa que acuden á ofrecerle sus trabajos noticiándole las operaciones del dia. Todos estos negocios distraen al lonjista do su primitiva profesión, obligándole á cambiar el mostrador por un magnífico bufete, á poner carretela, traspasando los sacos del arroz por otros tantos lacayos; y si antes tenia á la puerta de su tienda un hombre que vendía buñuelos y le daba conversación á ratos, ahora tiene un aristócrata portero, que niega la entrada á todo el que no lleva dinero, ó lo solicita á un cincuenta por ciento; y últimamente, se pone en pie cuando sale ó entra su señor, y le dá usía mientras sube á la carretela.

Las anécdotas y cuentecillos, andan por la calle. — Chica, se dicen las mugeres del barrio unas a otras, sabes tú de quién es esa casa? — Toma, del mismo que tiene toa la manzana! — Te acuerdas que escurrió andaba en el almacén? parece imposible que dé tanto de sí el bacalao El bacalao es lo de menos, chica! donde está el busilis6 es en el chocolate! —El Chocolate!!!

Y como quiera que el nuevo capitalista, está ya fuera de nuestra tutela, y libre por sus aristocráticas pretensiones del nombre con que le hemos señalado hasta aqui, renunciamos á ser en adelante sus cronistas, y concluimos dando un vistazo, con arreglo á lo ofrecido, por las diversiones horteriles en los dias festivos:

Son las dos de la tarde en verano y se abren tres puertas de la calle de Postas para dar salida á otros tantos dependientes de almacén ; (en estos dias es un poco arriesgado decir Hortera). A este triunvirato mercantil se reúnen dos mancebitos de la calle del Carmen, igual número de la de Toledo, y cuatro ó cinco delegados de otros puntos. Las dos y cuarto son cuando la caravana horleril rompe su marcha atravesando las principales calles de Madrid para dar con las levita-sotanas de sus individuos nada menos que en el real sitio del Retiro, adonde satisfacen su curiosidad, viendo las fieras , y desocupan sus bolsillos echando á los patos unos mendrugos de pan. La puerta de Alcalá los brinda enseguida á dejar la Corte, ofreciéndoles una hermosa pradera donde jugar á los bolos, y en esto ocupan la tarde hasta las cinco, á cuya hora vuelven á sus respectivos almacenes, no sin entrar primero en una botillería cualquiera, para apagar la sed con un cuartillo de leche amerengada, y el hambre con un puñado de bizcochos.

En los domingos y fiestas solemnes del invierno no juegan á los trucos, ni ven las fieras, pero suelen ir al teatro, porque aunque ellos no pidan para esos dias precisamente la Pata de Cabra, ni los Polvos de la Madre Celestina, el empresario sabe que no le honrarían con su presencia, si diese otras funciones,y no se espone jamás á semejante disgusto; cuando mucho se atreve á sustituir esas comedias con la Redoma encantada y el Naufragio de la fragata Medusa.Y aunque el sainete no sea Paca la salada es con precisión merienda de Horterillas.

Lo único innegable, pero cuya causa nadie ha podido esplicar aun es la facilidad que tiene toda clase de personas para reconocer á golpe de vista los Horteras. Séase que cuando la ropa no ajusta al cuerpo, índica poca legitimidad de pertenencia en el que la lleva, y que un muchacho de quince años con una levita-sortú que se hizo para un hombre de cincuenta, nunca será otra cosa, sino una máquina que hace andar una levita ; ó bien que los enormes picos de la camisa vayan retozando con el sombrero, y que este tenga tantas pulgadas mas de diámetro cuantas se necesitan para cubrir el cogote ó parte de la oreja. En fin, sea de ello lo que quiera, lo cierto es que en cuanto se ve alguno con todas ó pairte de esas cualidades, involuntariamente se dice: Ahí va un Hortera!!!

Antonio Flores1


  1. Antonio Flores (Elche, 1818 – Madrid, 1865) Escritor romántico y periodista español. 
  2. Varios Autores, Los españoles pintados por sí mismos, Madrid, I. Boix Editor, 1843. 
  3. El modelo de esta obra es una colección francesa, homónima y muy popular en ese país, publicada entre 1840 y 1842, por Léon Curmer:
    VV. AA., Les Français peints par eux-mêmes (subtitulada “Encyclopédie morale du xixe siècle” a partir del tomo IV), París, ed. Léon Curmer, 1840-1842. 
  4. “L’épicier”, de Honoré de Balzac
    URL: http://www.bmlisieux.com/curiosa/epicier.htm 
  5. DRAE:
    1. m. Beneficio que se obtiene del cambio de la moneda, o de descontar letras, pagarés, etc.
    2. m. Especulación sobre el alza y la baja de los fondos públicos. 
  6. Punto en que se estriba la dificultad del asunto de que se trata. 

La propiedad de la tierra y la Ley de la Gravedad

La propiedad de la tierra es una idea paradójica que oscila entre el símbolo y la mercancía, pero en los dos casos tiene un carácter monstruoso. Si la entendemos como signo o emblema de poder, insignia de clan y herencia, entra en la categoría del significante-amo, tal como entiende la psiquiatra feminista Luce Irigaray el símbolo fálico: es decir, cosa de hombres, patrimonio, en tanto el matrimonio es lo propio de las mujeres, hija, esposa, madre. Este significante-amo de la propiedad está santificado en todas las constituciones como un principio sagrado que lleva al filósofo Antonio Negri a hablar de los estados, genéricamente, como la República de la Propiedad. No hay otro principio que haya provocado más crímenes, guerras, alzamientos y rebeliones que este, sin que haya sido nunca abolido, repensado o refundido de forma duradera hasta el presente: es la verdadera alma del capital y sus mercados.

En cuanto a su carácter imposible de mercancía -insólita pues es soporte de todas las demás- Marx lo explicaba integrando la tierra en su relación dialéctica con el movimiento perpetuo del capital donde queda sujeta, junto a todas las demás mercancías, a la noria infernal del valor, el valor de uso, el valor de cambio y la circulación universal del dinero. Así, en los manuscritos de 1844* 1 del pensador alemán, aquí más joven e impetuoso, leemos:

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Es necesario que sea superada esta apariencia, que la territorial, raíz de la propiedad privada, sea arrebatada al movimiento de ésta y convertida en mercancía, que la dominación del propietario, desprovista de todo matiz político, aparezca como dominación pura de la propiedad privada, del capital, desprovista de todo tinte político; que la relación entre propietario y obrero sea reducida a la relación económica de explotador y explotado, que cese toda relación personal del propietario en su propiedad y la misma se reduzca a la riqueza simplemente material, de cosas; que en lugar del matrimonio de honor con la tierra se celebre con ella el matrimonio de conveniencia, y que la tierra, como el hombre, descienda a valor de tráfico. Es necesario que aquello que es la raíz de la propiedad territorial, el sucio egoísmo, aparezca también en su cínica figura. Es necesario que el monopolio reposado se cambie en el monopolio movido e intranquilo, en competencia; que se cambie el inactivo disfrute del sudor y de la sangre ajenos en el ajetreado comercio de ellos. Es necesario, por último, que en esta competencia la propiedad de la tierra, bajo la figura del capital, muestre su dominación tanto sobre la clase obrera como sobre los propietarios mismos, en cuanto que las leyes del movimiento del capital los arruinan o los elevan. Con esto, en lugar del aforismo medieval nulle terre sans seigneur aparece otro refrán: l’argent n’a pas de Maître, en el que se expresa la dominación total de la materia muerta sobre los hombres.

El paso de fetiche de poder (nulle terre sans seigneur) de la tierra acotada al de mercancía (l’argent n’a pas de Maître) queda reflejado en las maneras de medirla a través del tiempo. Así, durante siglos (en algunas partes de Europa hasta la misma Revolución Francesa) las superficies agrarias se medían fundamentalmente de dos maneras: por tiempo de trabajo humano y por la cantidad de granos sembrados. Según cuenta Witold Kula 2 en su hermoso y entretenido libro sobre las medidas y los hombres:

(…) desde España hasta Rusia, comprobamos la existencia del sistema de medir la tierra por la cantidad de trabajo humano. Las pequeñas diferencias geográficas o cronológicas (campo de cereales o viñedos, arado de bueyes o de caballos, etc.) tienen importancia secundaria. Lo importante es la identidad de la actitud mental, de la relación del hombre con la tierra. La elección de este principio de medición señala cuál de las numerosas propiedades de la tierra era más importante para el hombre: en este caso la más importante era la cantidad de trabajo que debía dedicarse a la tierra para que esta diera frutos.

Este sistema de medición tuvo una duración poco común en muchas partes de Europa. Aún en los albores de la Revolución Francesa, en uno de los Cahiers de doléances 3 de la región de Bourges, encontramos la siguiente definición: “el arpent no se mide en varas o pies, sino en journées, es decir, es decir, en los campos que pueden ser arados por un hombre en el transcurso de un día; según las costumbres locales, un arpent de tierra es igual a 16 journées“.

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La sustitución universal de estas maneras de medir por el sistema métrico preparaba, con su pretensión de progreso y razón enarbolada por la Revolución Francesa, en realidad, un cambio de actitud mental en la relación del hombre con la tierra que mencionaba Kula. Medir la superficie con los días que tardaba un hombre en ararla era atender a las dificultades del relieve, a la calidad de la tierra, a su apelmazamiento y considerar, por tanto, que dos propiedades consideradas iguales si las medimos en hectáreas, no lo son -como nos dice el sentido común- calculadas en tiempo de trabajo. Además había un presentimiento en esa manera secular de medir, de que, como aprendimos de Marx, es el trabajo (socialmente necesario) el que otorga su valor a las mercancías.

Una de las consecuencias desdichadas del sistema métrico aplicado a la medición de superficies agrarias la tenemos en las ayudas de la UE a los terratenientes, lo que se conoce como PAC, regalías económicas cuyo cálculo se basa solo en el número de hectáreas que posee el latifundista. A este propósito, la ilustrada revista La Marea se hacía eco este mes de julio pasado de un informe elaborado por los sindicatos andaluces SOC y SAT, bajo el llamativo título de 80 familias acaparan 100 millones de euros de la PAC en Andalucía de que:

Las 80 familias (entre ellas sólo algunas empresas) que acumulan más tierras cultivables en Andalucía percibieron en 2013 casi 100 millones de euros en concepto de ayudas europeas directas de la Política Agraria Común (PAC), sólo por ser propietarias (a los que hay que sumar otras ayudas de la PAC, a las que muchas de ellas pueden optar)

El grupo de ayudas directas de la PAC al que se acogen estos propietarios se destina a bonificar a los propietarios de tierras cultivables sin exigir a los terratenientes contrapartidas ni de producción ni de generación de empleo.

Los efectos de este sistema de ayudas en Andalucía se evidencian en el hecho de que 70 de los 80 propietarios que más cobran son familias. La familia Mora-Figueroa, fundadora de Rendelsur, la compañía embotelladora y distribuidora de Coca-Cola en Andalucía, encabeza el ranking de cobro de estas ayudas, con más de 6 millones de euros en 2013. De esos 70 apellidos familiares, al menos 13 ostentan títulos nobiliarios. Le corresponde a la Duquesa de Alba el primer puesto entre la aristocracia, y el quinto del ranking general en este apartado de las ayudas.

Al menos tres de los siete andaluces que figuran en la relación de personas más ricas de España en la última edición de la revista Forbes ocupan los primeros puestos del ranking de percepción de ayudas de la PAC: la Duquesa de Alba, Ramón Mora Figueroa, y Nicolás Osuna (de Inmobiliaria Osuna).

[…]

La PAC es la mayor política de ayudas de la UE. Absorbe el 40% de todo el presupuesto de la Unión.

Las ayudas permiten a muchos propietarios optar por mantener las tierras sin cultivar, lo que supone dejar sin trabajo a muchos jornaleros, ya que esos 80 propietarios concentran en sus manos la propiedad de casi un cuarto de millón de hectáreas, una gran parte de la superficie cultivable de Andalucía. La única contrapartida que la UE pide a estos propietarios es la observancia de ciertas compensaciones medioambientales, que en la práctica se traducen en mantener limpios de matorrales los campos para evitar incendios.

Ese dinero contante y sonante que reciben los terratenientes se calcula, decíamos, por hectáreas, todas iguales: cultivadas o no, dando trabajo o sin darlo, con inversiones de mejora y sin ellas… La UE ha subvencionado -y condenado- de siempre productos agrícolas, por intereses relacionados con el intercambio comercial mundial -no por ningún afán altruista de mantener vivo el medio campesino- como ha hecho durante décadas con la remolacha azucarera. Pero no es el caso, no explica este estipendio que yo solo puedo entender como un sustituto político contemporáneo de la vieja renta que -de nuevo Marx- el terrateniente recibía por la cesión de sus tierras al aparcero y al capital, su participación en el valor que estas generaban.

Las propiedad privada de la tierra siempre ha sido necesaria para el movimiento constante del capital. Porque es el soporte de la vida que depreda: alimentos, agua, metales, energía… La especulación con los precios de los alimentos, en esos siniestros mercados de futuros (Adrián Calvo, en su blog, explica muy bien qué son y cómo funcionan) es la cínica compostura de su financiarización. Sería posible pensar también, dadas las inversiones millonarias en tierras que se están realizando hace tiempo en África o América, por parte de multinacionales -de motu proprio o en representación de sus gobiernos- , que las dádivas de euros por hectáreas en la catalexia europea no sean sino otra manera de asegurar las grandes propiedades que ya existen, mediante esta renta atípica, en previsión de hambrunas futuras o de una venidera sed de agua universal…

Sea como sea, el significante-amo de la propiedad de la tierra forma parte ya de nuestro imprinting mental, como sus herencias o repartos, y resulta muy difícil ya imaginar otro estado de cosas, salvo que reparemos, desde nuestra distancia, en las comunidades indígenas que, a lo largo y ancho del continente americano, resisten y luchan por mantener la explotación común del campo y las aguas. El mismo Marx, en sus prácticamente desconocidas notas en el Cuaderno Kovalevsky 4 ( al decir de García Linera: “La obra de Kovalevsky está dividida en tres partes. La primera trata acerca de la propiedad en las culturas de caza y pesca en el nuevo mundo, y sobre las formas de control de la tierra de los españoles en las partes conquistadas de América.”), trató de una manera novedosa la distinción entre propiedad y posesión de la tierra:

En los Cuadernos Kovalevsky, esta distinción se hace más tajante, por cuanto Marx da cuenta de la imposibilidad de aplicar el mismo concepto de “propiedad” usado en Europa, para estudiar sociedades en donde la tierra no puede ser alienada (vendida). Cambiando sistemáticamente los títulos de Kovalevsky en los que se habla de “propiedad” por “posesión”, Marx prefería hablar de la comunidad como “dueña” de las tierras, y de los individuos trabajadores como “poseedores” de ella.

Esto que parece una disquisición teórica tan lejana, se incorpora, sin embargo, a las rebeliones campesinas andaluzas de finales del siglo XIX y comienzos del XX que tuvieron, como se sabe, una impronta anarquista tan poderosa. Díaz del Moral, el notario cordobés autor de una ejemplar historia de esas luchas campesinas 5, usa los dos conceptos cuando discute la vieja aspiración al reparto de tierras, considerándolo falsamente libertario. Lo volvemos a encontrar en las actas de consitución del sindicato CNT, en el que los ponentes usan cuidadosamente siempre “poseer” y “posesión”…

Termino con una proclama emocionante (distópica y ucrónica, tal vez, en esta Europa que presencia indiferente le final del campesinado) de unas Memorias del V Congreso Nacional de Agricultores (Zaragoza, 22 de mayo de 1917) que reclama la tierra por donde menos esperaríamos: ¡por la Ley de la Gravedad!

El propietario, que pretextando su exclusivo derecho, priva del uso de la tierra a sus semejantes que, tanto como él o más que él, la necesitan para cultivarla, comete, además de un despojo, una barbaridad inconcebible, porque se opone a la Ley de la Gravedad que nos atrae de una forma irresistible hacia la corteza terrestre, y de la cual ya no podrá nunca separarnos por muchos pretendidos derechos que invoque; ¡que no está al alcance de su estúpida pretensión el variar el curso de la naturaleza!


  1. Marx, Karl, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, URL: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/manuscritos/man1.htm#1-3 [man1] 
  2. Kula, Witold, Las medidas y los hombres, Madrid, 1980 (primera reimpresión, 2012), Siglo XXI de España Editores . 
  3. Los cuadernos de quejas (en francés: Cahiers de doléances ) fueron unos memoriales o registros que las asambleas de cada circunscripción francesa encargada de elegir a los diputados en los Estados Generales rellenaban con peticiones y quejas. Aunque eran usados desde el Siglo XIV los más famosos son los de 1789, por su importancia en la Revolución Francesa. 
  4. García Linera, Álvaro, Introducción al Cuaderno Kovalevsky de Karl Marx, La Paz, Ofensiva Roja, 1989.
    Extracto en URL: http://es.scribd.com/doc/72278664/1-1-Introduccion-Al-Cuaderno-Kovalevsky [1-1-Introduccion-Al-Cuaderno-Kovalevsky]
    (Álvaro García Linera, vicepresidente del gobierno boliviano, es el único -hasta donde se me alcanza, que ha leído este cuaderno de anotaciones de Marx y que ha publicado en español la única glosa interpretativa de lo que hay en él) 
  5. Díaz del moral, Juan, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, Madrid, 1979, Alianza Editorial (concluido en 1923, publicado en 1928)