Osuna, 1956

Pienso, como Eugenio Trías, que la falta de recuerdos de nuestra vida prenatal es una carencia, filosófica y vital. A ella se unen los pocos y difusos recuerdos del nacimiento y la primera infancia. La mayor parte de ellos, además, son imágenes recreadas de lo que nos han contado los padres o los hermanos mayores: una ficción, en realidad.

Yo nací en mi casa, como todos mis hermanos, no en un hospital. Así que las vagas reminiscencias  de olores, ruidos y luces que me quedan de aquel tiempo remoto pertenecen a mi casa familiar. Mi madre me contaba que mi parto fue el menos doloroso de los cinco que tuvo y que, realmente, nací solo sin que apenas se diera cuenta. Me gusta fantasear con que ahí está el origen de mi pensamiento libertario. Según ese relato, que yo he ido adornando, había tormentas esa noche y mi padre volvió en bicicleta del campo en el que había estado trabajando aquel día por caminos embarrados y totalmente mojado.

Da igual que fuera asi o no, nuestros recuerdos son una ficción, un relato al que intentamos dar un sentido, pero que, en realidad, se apelotonan en una especie de singularidad sin espacio ni tiempo, como la que imaginan los físicos en los momentos iniciales del Big Bang. Así que más que en esa narración imaginaria del pasado que inventa nuestra memoria, estamos siempre más bien donde decía el verso de Caballero Bonald: en el tiempo que nos queda.

Murallas manchadas o la vida secreta del valor de las cosas sin valor

Esta noticia “local”, que en otros tiempos habría aparecido en las Cartas al Director de un periódico, tiene un significado especial en cuanto que las murallas de Ávila fueron declaradas patrimonio histórico por la UNESCO. Tal como desarrollábamos en esta entrada de nuestro blog, Todo necio confunde valor y precio, los objetos únicos, cargados de valor por su pasado y “tasados” en un “precio incalculable” (pero calculables en los beneficios aportados por los turistas y en las subvenciones estatales recibidas) son el nuevo tipo de mercancías tras el desplazamiento de las industriales al Sur global. En ese sentido se entiende la indignación ciudadana y periodística ante la chapuza de las manchas producidas por los pendones desteñidos. El objeto patrimonial no puede sufrir ningún menoscabo (como pasa con cualquier mercancía, el deterioro le resta valor), en tanto “tesoro” heredado del pasado, en su carácter de fetiche, propiedad y símbolo de las instituciones que lo ostentan, sin ningún valor añadido de uso ni de cambio. Ni falta que hace, pues esa es la gracia que adorna la acumulación y atesoramiento de riquezas en nuestro nuevo y viejo mundo.

El conjunto de las Murallas de Ávila, declarado Patrimonio de la Humanidad, ha aparecido con marcas de colores en algunas de sus almenas por culpa de unos pendones que han desteñido su color

Las murallas de Ávila, desteñidas por unos pendones colgados de sus almenas – Cuartopoder

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#valor #precio #patrimonio #murallas #Ávila

Sobre la condición humana

Las preguntas sobre en qué consiste una vida digna para los seres humanos son siempre insidiosas y están enmarañadas con los prejuicios ideológicos, filosóficos o religiosos de quien las hace o de quien las responde. Eso hace que, por ejemplo, la lucha por la vida, por la subsistencia mediante el trabajo, su búsqueda, el miedo a su pérdida nos distrae, a veces de forma definitiva, de eso que podemos llamar, para entendernos, tener una vida digna, una vida buena

Solo asegurando esa “vida buena”, puede el hombre cumplir su naturaleza de animal curioso, de animal interrogante, de animal que habla. El filósofo español Víctor Gómez Pin ha dedicado muchas páginas a ello. De la mano de Aristóteles, en primer lugar, con el fin de responder a una pregunta fundamental en nuestra cultura: ¿qué es la filosofía? Si es un pensar sobre cosas que a todos nos afectan, cosas en las que, quizá, nos vaya la vida, ¿todos podemos filosofar, preguntarnos por el mundo y nuestro lugar en él? Y, si no es asi, ¿qué lo impide? Pero no ha dejado de hacerlo echando mano de los saberes matemáticos y científicos: es el único que ha sido capaz, que yo sepa, de indagar en los problemas de la libertad y la necesidad o determinismo, con la ayuda teórica de la física cuántica…

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Leamos, en primer lugar, lo que decía Aristóteles sobre este saber -que es un no saber, que se maravilla y pregunta, más que responde- de carácter tan extraordinario con sus mismas palabras (puestas en español por el mismo Gómez Pin en su libro Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen, Madrid, 2008):


… Pues los hombres empiezan y empezaron siempre a filosofar movidos por el estupor. Al principio, su estupor es relativo  a cosas muy sencillas, pero mas poco a poco el estupor se extiende a más importantes asuntos, como fenómenos relacionados con la Luna y otros que conciernen al Sol y las estrellas y también al origen del universo. Y el hombre que experimenta estupefacción se considera a sí mismo ignorante (de ahí que incluso el amor de los mitos sea, en cierto sentido, amor de la sabiduría, pues el mito está relacionado con cosas que dejan al que escucha estupefacto). Y puesto que filosofan con vistas a escapar a la ignorancia, evidentemente buscan el saber por el saber, y no por un fin utilitario. Y lo que realmente aconteció confirma esta tesis. Pues solo cuando las necesidades de la vida y las exigencias de confort y recreo estaban cubiertas, empezó a buscarse un conocimiento de este tipo, que nadie debe buscar con vistas a algún provecho. Pues así como llamamos libre a la persona cuya vida no está subordinada a la del otro, así la filosofía constituye la ciencia libre pues no tiene otro objetivo que sí misma.

Lo que nos aleja de esta “ciencia libre” es la propaganda ya milenaria que nos hace creer que la lucha por la subsistencia forma parte de una realidad (mentirosa, pues se fundamenta solo en nuestra fe en ella) natural y dada para siempre que condena, como no puede ser de otra manera, a la filosofía como un saber inútil. Es esa misma fe la que nos hace envidiar y odiar a los ociosos que buscan el cumplimento de la condición humana haciendo las preguntas a que les mueve su estupefacción.



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Víctor Gómez Pin ha concretado más estas ideas en muchas entradas de su blog y en artículos de prensa. Tomo uno de ellos -cuya versión en formato PDF embebo en esta entrada- como referencia para terminar de desplegar esta reflexión compartida (“pensar con” lo llamaba el añorado Eugenio Trías). Fue publicado por el diario El País el 27 de marzo del 2012 y lleva como significativo título “Reducción del animal humano”. Tras constatar en el arranque que si la lucha por la vida se convierte en nuestro único fin y actividad, la dignidad de nuestra entorno se deteriora y lo específico de nuestra condición “animal” queda “mutilada” en su capacidad de conocer y de simbolizar, sigue con estas palabras esclarecedoras:



Pues bien, precisamente cuando las medidas económicas apagan el alma de los ciudadanos, cuando la sumisión a agotadoras jornadas laborales tiene doloroso contrapunto en la ausencia de trabajo (o en el pánico a perderlo) se impone como exigencia política el restaurar la pregunta sobre la esencia de la condición humana y la tarea que correspondería a tal condición.

La alusión que hace después a la curiosidad innata de los niños, sus deseos acuciantes de descubrir y explorar, se merece una segunda lectura, y más preguntas: ¿cómo es que, al poco tiempo, esos deseos e interrogaciones desaparecen?, ¿quién o qué es culpable? Y así volvemos al punto de partida:  lo que mutila el cumplimiento de nuestra naturaleza de seres de lenguaje y razón es la necesidad perentoria de trabajar y llenar el tiempo con ocio que es trabajo que es cansancio que es “falta de tiempo”. Del mismo modo, el zoon politicón tampoco tiene tiempo para atender a la ciudad (en sentido griego), al espacio público (por decirlo con una expresión de la neolengua). En palabras de Gómez Pin: “Enorme regresión, no ya respecto a los proyectos emancipatororios de la modernidad, sino también respecto a la concepción de los ciudadanos que tenían los griegos.”. Nuestro filósofo terminan denunciando, en términos más duros, el hecho de que “es simplemente insoportable que la polaridad entre trabajo embrutecedor y pavor a perder tal vínculo esclavo se haya convertido en el problema subjetivo esencial, en el problema mayor de la existencia.

Converge así con algunas voces, procedentes en su mayoría de los proyectos anarquistas, que claman por la abolición del trabajo esclavo asalariado en un mundo en el que nuestras máquinas -que tanto trabajo han costado- son capaces de encargarse de ello. Hace ya muchos años que alguien tan poco sospechoso de izquierdismo o radicalidad como Luis Racionero, escribió un libro, en los años 80 -cuando el paro empezó a convertirse en un problema social masivo-, que se llamaba Del paro al ocio. Aunque lejos de los planteamientos que desarrollamos aquí, Racionero reivindicaba el unamuniano “que inventen ellos”, y reivindicaba la recuperación del placer y el disfrute tradicionalmente mediterráneos frente al mito de la laboriosidad más propiamente nórdico y protestante.

Es cuento viejo, como se ve, tanto como el tiránico orden social deshumanizador, en sentido literal, que imposibilita de tal manera el cumplimiento de nuestra naturaleza, por tanto tiempo diferida y abolida.

Intramuros: monjas enamoradas

No quiero ser monja, no, / que niña namoradica so

Me mueve a escribir esta entrada la lectura reciente de un excelente artículo de Miguel Ángel Ortega Lucas, La monja portuguesa o el fatal hechizo voluntario, en el que glosa las cartas de amor y desamor de Sor Mariana Alcoforado,  conocida como “la monja portuguesa”, a Noël Bouton de Chamilly. Ortega Lucas imagina así su enamoramiento del apuesto soldado y aristócrata francés:

A mediados del siglo XVII, en el Monasterio de la Concepción del territorio portugués de Beja, muy cerca de Extremadura y Andalucía, una monja llamada Mariana Alcoforado contempla a las tropas francesas, aliadas de Portugal en su guerra contra la corona española, ejercitar sus ensayos de guerra en la llanura. Las banderas flameantes, los uniformes, los caballos caracoleando con ímpetu de aquí allá. Podríamos añadir que bruñe en los aceros la luz del amanecer o del crepúsculo, y que se trata de algún día de verano de 1666. Entre el rumor de las voces graves, el fragor de las armas, la brisa del sur y el escándalo de las golondrinas, Sor Mariana, que presencia la escena junto a otras jóvenes enclaustradas del monasterio, vislumbra a lo lejos una silueta a caballo destacándose (sus propios ojos, queremos decir, hacen que una silueta a caballo se destaque de entre el resto):

Estaba en ese balcón el día fatal en que comencé a sentir las primeras manifestaciones de esta pasión desgraciada. Parecía que deseabas agradarme, aun sin conocerme. Me convencí de que me habías distinguido de entre todas mis compañeras…

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Pero no es este, ni mucho menos, el único caso de monja enamorada y abandonada que nos ha legado la literatura o la leyenda. Si bien es verdad que tenemos infinitamente más mujeres mal casadas o mal maridadas que mal monjadas, por decirlo con el neologismo de Rosa Navarro Durán. A esta misma filóloga debo la mayor parte de los fragmentos que vienen a continuación. Este, por ejemplo, de la lírica tradicional antigua, donde las mujeres eran protagonistas del “yo poético” como en las deliciosas jarchas:

¿Agora que sé d’amor
me metéis monja?
¡Ay Dios, qué grave cosa!

¿Agora que sé d’amor
de cavallero,
agora me metéis monja
en el monesterio?
¡Ay Dios, qué grave cosa!1

Este destino forzado al enclaustramiento que han sufrido tantas mujeres (los otros destinos, como se sabe, eran el matrimonio o la prostitución) a lo largo de los siglos no ha sido muy explorado, ni, desde luego, es muy conocido a pesar de que forma parte de muchas leyendas e historias transmitidas oralmente. Permítaseme que cite  un testimonios oral que, como receptor, guardo en mi memoria. Es un recuerdo vago e incompleto, no sé siquiera si inventado, rodeado del halo de lo misterioso y prohibido. Es una escena de fuga, que me contó una vez mi madre, en la que un caballero (porque iba a caballo, no por su condición social), enamorado perdidamente de una monja, y harto de vivir su amor en la clandestinidad, acordó fugarse con ella una noche cerrada, con la complicidad de alguien dentro del convento que sería el encargado de abrir las puertas. Mi madre se recreaba en el momento culminante en que la monja enamorada subía a lomos del caballo y en la huida al galope en la noche oscura, alejándose, como en un sueño, de los muros del monasterio….

Los románticos, como Zorrilla, sintieron debilidad por estas historias de amor y encierro.. Transcribo los fragmentos y comentarios del retrato de Inés de Alvarado,  de este mismo autor, tal como los presenta Rosa Navarro Durán (La monja enamorada):

Lo inicia con el recuerdo de su encierro forzado:

Cerraron en un convento
a doña Inés de Alvarado,
y obraron con poco tiento,
porque jamás fue su intento
tomar tan bendito estado.

(vv. 913-917)

De origen noble, bella, llena de fantasías, despierta a la vida entre las rejas de un convento. Nos la imaginamos de la mano del verso de Zorrilla, encontrándose con los espejos, ensayando pasos de danza en cuanto pisa una alfombra, iniciando en el laúd «un himno de amor», llenos de lágrimas los ojos al ver las puertas cerradas del convento, contemplando por la ventana la inmensidad del campo, queriendo cambiar «su sayal de lana» por la «basquina» de una aldeana. Borda -los bordados son el puente de cristal entre Inés y la monja gitana- y se siente tentada a trazar con la aguja, en vez del nombre de Cristo, «el de un hombre». Como dice el narrador:

Y así se la van los días
en suspirar y gemir,
por las bóvedas sombrías
de las largas galerías
que la habrán de ver morir.

(vv. 983-987)

Y sentencia, poniéndose al lado de la pobre bella monja encerrada.

¡Oh!, que al abrir un convento
a doña Inés de Alvarado
obraron con poco tiento,
que bien se ve que su intento
no la llamaba a su estado.

(vv. 993-997)

Pero de pronto, la bella monja sufre una transformación. Sus ojos aparecen «serenos y radiantes», participa con gusto en los ritos obligados, borda afanada «labores exquisitas». Las otras monjas ven asombradas cómo «la oveja descarriada» vuelve al redil y siguen rezando para que persevere en esa actitud nueva. El narrador destaca su error de lectura y canta la fuerza del amor humano:

¡Impertinencia importuna!
¡Oh necias, sin duda alguna,
las pobres siervas de Dios,
si no alcanzasteis ninguna
lo que va de Inés a vos!

[…]

¡Necias! La blanca ovejuela
que se vuelve a su pastor,
y cuya vuelta os consuela,
es tórtola que se vuela
al reclamo de su amor.

(vv. 1044-1068)

Sus ojos no miran el altar, sino que buscan otros ojos: «… lenguas en ojos residen, / y los espacios se miden / con las lenguas de los ojos», vv. 1076-1078. Y nos descubre la razón de la metamorfosis de la bella monja: «Un hombre la contemplaba, / y un hombre la devoraba / con sus ardientes pupilas, / y doña Inés se abrasaba», vv. 1079-1082. Es el capitán Montoya que la ronda, y las monjas no ven nada: no ven cómo ella le tiende la mano y él se la besa, no ven huir «una sombra sospechosa» a la luz de la luna, ni los jardineros ven al «rondador caballero», ni ellas imaginan que sus maravillosas flores bordadas esconden billetes amorosos. Y el narrador cierra la unidad narrativa exclamando de nuevo, a modo de estribillo con final diferente:

¡Oh, que al abrir un convento
a doña Inés de Alvarado
obraron con poco tiento,
pues no han mirado su intento
ni en el capitán pensado!

(vv. 1114-1118)

Comienza en seguida el relato de la «aventura inexplicable», como la llama el escritor, el episodio que tomó de Torquemada o de su derivación con final moralizante de Cristóbal Lozano, pero que enriquece con la presencia de otro personaje, don Luis de Alvarado, el hermano de doña Inés y amigo del capitán; así queda en evidencia el engaño de la pobre monja por el seductor sin escrúpulos porque fue galán de monjas sólo por una apuesta. Él mismo lo confesará en el desenlace de su historia al rogarle al padre de su prometida que le dé una parte de su hacienda a «don Luis de Alvarado, / que gana la apuesta infame / que hice de robar a Dios / la mejor prenda al casarme», vv. 1587-1590, y añade que no le diga «que era Inés, su propia hermana, / la prenda que iba a jugarse», vv. 1597-1598. La apuesta entre los dos amigos tiene esa desmesura que espanta: quiere robar al propio Dios la «prenda», una de sus servidoras, de sus «esposas».

El capitán Montoya, aterrorizado por la visión y arrepentido, se hace fraile capuchino; como reza el epitafio de su tumba: «Aquí yace fray Diego de Simancas / que fue en el siglo el capitán Montoya», w.1766-1767. Una «nota de conclusión», en tono ligero -como si el narrador se encogiera de hombros-, precisa la suerte de la bella monja:

Y por si alguno pregunta,
curioso, por doña Inés
y opina que queda el cuento
incompleto, le diré
que doña Inés murió monja
cuando la tocó su vez,
sin su amor, si pudo ahogarle,
y si no pudo, con él.
Porque destino de todos
vivir de esperanzas es;
quien las logra muere en ellas,
quien no las logra también.

(vv. 1768-1779)

Ha abandonado a su suerte a doña Inés de Alvarado.

También creada por Zorrilla, en su leyenda El desafío del diablo otra bella monja enamorada., Beatriz de Hinestrosa:

Doña Beatriz de Hinestrosa, cuyo destino impuesto no encajaba con su inclinación; así se inicia el relato de su vida y de la leyenda:

Nació doña Beatriz
para monja destinada;
mas salió al mundo inclinada
y no fue elección feliz.
Con demasiado devoto
corazón, en su preñez
hizo su madre tal vez
tan desatinado voto.

El narrador desautoriza esa entrega de la libertad ajena: «¿Quién puede ¡necio! decir / lo que otro ha de querer?» y recuerda que no era raro ver -«diez o doce años atrás»- a un niño de seis años «ya arrastrando / un hábito dominico» o «hecha una santa Teresa / una chica de once meses». La defensa que hace en los dos textos de la libertad de la mujer en la elección de su estado es manifiesta; así se oyen en sus versos ecos de las quejas que la lírica tradicional guardó.

A los ocho años la visten bellamente y la encierran en el convento. El narrador describirá el proceso que lleva de la niña ilusionada con sus galas a la jovencita que cae en una profunda melancolía por vivir en un estado de prisión no elegida; nada menos que dedica veinte octavillas a exponer su tristeza, los recuerdos de sus pocos años de libertad feliz en su infancia, de la orilla del río por donde había paseado, de los balcones de su casa «sin reja y sin celosía» por donde veía a la gente, la vivencia de su cautividad monótona, la profunda melancolía que la va devorando hasta hacerla caer en una enfermedad que no logran curar los médicos, «los fieros espectros con tocas» que quiere que se alejen, los gritos en su delirio pidiendo aire que respirar… Zorrilla se detiene morosamente en ese magnífico análisis psicológico de la bella Beatriz, monja novicia por decisión materna, por una supuesta promesa piadosa de acción de gracias. No ha aparecido todavía en su triste vida el amor; languidece por la falta de libertad, por la pérdida de ese mundo apenas entrevisto. Son sólo fantasías sus visiones:

Y en la orilla de aquel río,
y en redor de aquella fuente,
y entre la turba de gente
que veía por su balcón,
tal vez alcanzaba errando
una visión hechicera
cuya sombra pasajera
turbaba su corazón.

Se oye su voz de prisionera sin esperanza, de bella ave enjaulada, alejada por la voluntad ajena de un mundo anhelado, privada de la contemplación de la propia obra de Dios, la maravillosa naturaleza:

«¡Ay!, exclamaba la triste,
contristada y dolorida:
¡cuan monótona es mi vida,
cuan sin gloria y sin placer!
¿Qué es para mí el universo,
si yo, cual ave entre redes,
estoy entre esas paredes
condenada a nunca ver?
¿Qué valen las maravillas
que Dios sembró por su suelo,
si sólo alcanzo del cielo
un jirón escaso y ruin,
y el cántico pasajero
de algún pajarillo errante
que se detiene un instante
en las ramas del jardín?»

Y el narrador subraya su prisión; el claustro aparece como mazmorra, en donde pena olvidada la bella muchacha:

Así en el fondo del claustro
donde cautiva moraba,
allá a sus solas pensaba
la olvidada Beatriz.

(p. 833)

El destino de la pobre novicia parece que va a enderezarse porque, ante la desconocida enfermedad que la aqueja, un médico convence a su padre de que la única forma de salvarle la vida es sacarla del convento. Recobra su libertad y conoce a un hombre que la enamora; pero Zorrilla decide entonces tomar como modelo a otra espléndida mujer prisionera de las tocas, la Leonor de Sesé de El trovador de García Gutiérrez. Don César no será un trovador, pero sí un bandido, que tampoco será tal en su origen, sino un caballero noble; y quien se opone a esos amores no es un poderoso rival como don Nuño, sino el malvado hermano de doña Beatriz, don Carlos, que quiere que su hermana quede encerrada en el convento, en el fondo para apoderarse de su herencia. Ambos caballeros se desafían poniendo como objeto esa cárcel religiosa de Beatriz. Oímos al hermano: «Monja ha de ser (dijo Carlos) / aunque cuanto valgo exponga»; y a César: «Si va mi cabeza (dijo / el otro) no será monja». Una complicada peripecia (una trampa urdida para coger al bandido) desemboca en la noticia que le da a Beatriz su hermano de la muerte de su amado. Ella decidirá entrar de nuevo en el convento, ahora por su voluntad, y profesará, como hizo su modelo, Leonor de Sesé, al enterarse de la supuesta muerte del trovador. El narrador nos la presenta conforme con la reclusión:

Quedó monja Beatriz, lector querido,
y aunque triste, tranquila,
a su suerte con fe se ha sometido
y en ella no vacila.
Los usos del convento
no la molestan ya, ni el abandono
del claustro apesadúmbrala un momento.
De santa calma y de virtud modelo,
olvidada del mundo,
vive esperando en el futuro cielo.

(p. 870)

Sin embargo, no olvida a su amado César. Un día la sombra de un hombre cruza la nave de la iglesia y se arrodilla ante la reja del coro. La monja observa su figura, «mil lisonjeros sueños, / mil bellas fantasías / mil fútiles manías / la mente la asaltaban», hasta que el embozado deja caer un billete sobre la alfombra y muestra su rostro a la bella monja: es su amado, que vive. Volvemos a oír la voz de la desesperada Beatriz en su soliloquio:

«¿Con que vive?, decía,
¿vive? ¡Necia de mí! ¡Y en este encierro,
mientras él por el siglo me buscaba,
labré mi tumba y preparé mi entierro!
Llámame desleal, pérfida, ingrata,
y de mí se despide.
¡El pesar o la cólera me mata!
¡Y parte! Y el misterio de su muerte
no explica en su papel… ¡Cielos tiranos,
con qué estrella nací! ¡Cuan dura suerte
me dan vuestros decretos inhumanos!»

(p. 871)

Nuevas octavillas renovarán el estado de delirio, de fiebre, de desesperación ahora, de la pobre doña Beatriz, que siente cómo ella ha entrado voluntariamente en su cárcel. Reaparecen los espectros de las tocas, la falta de aire… Y viene la rebeldía y la transgresión que acaba en terrible castigo. Don César con una escala entra en el convento; pero no hay escena de seducción, porque es ella la que está determinada a escaparse con un caballero temeroso de franquear la barrera sagrada de los votos. Frente a su «creo en el cielo, y temo / contra su ley rebelarme», está la intempestiva réplica de doña Beatriz: «Ya me lo temía,¡imbécil! / ¡Adiós para siempre, parte!» (p. 876), que recuerda el «imbécil»” final que García Gutiérrez pone en boca de la gitana Azucena. Llega «la apalabrada noche / para la resuelta fuga / de Beatriz», y mientras don César la espera en la calle, ella se arrodilla ante una escultura de Cristo que hay ante un altar. Cedo la palabra a los versos de Zorrilla:

Mas ¡cielos! ¡Cuál fue su angustia
cuando al querer levantarse,
sintió que una mano enjuta
la asía por los cabellos;
y una voz oyó más ruda,
más poderosa que el eco
que con el trueno retumba,
que la dijo: «¿Dónde vas?»
enojada e iracunda.
Cayó Beatriz en tierra,
sin sentidos que la acudan,
y apagándose la lámpara,
todo quedó en sombra muda.

(p. 878)

Mientras, en la calle, don César se enfrentará al malvado don Carlos y lo matará. Al enterarse, a la mañana siguiente, de la muerte de su amada Beatriz, se irá a las montañas de Córdoba, ya no como bandido, sino como penitente.

Y para acabar, una de las joyas del Romancero Gitano de Federico García Lorca, inspirado en la Inés de Zorrilla, “La monja gitana“: Una preciosidad a la que, quizá, valdría la pena volver:

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris,
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza,
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
¡Oh!, qué llanura empinada
con veinte soles arriba.
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

Post scriptum

Un antiguo amigo, que pasó un tiempo enclaustrado en un monasterio de dominicos, me contaba que era muy común el caso de monjas enamoradas de los confesores del convento. Intramuros, la sublimación del amor humano en divino ha debido recorrer siempre, también, el camino inverso… Soy de una ciudad con varios conventos. Uno de mis recuerdos más emotivos tiene que ver con uno: durante una temporada en que trabajé de cartero, me detenía casi todos los días ante el viejo torno de madera que daba acceso, y vedaba, el acceso a unas monjas enclaustradas. A veces, el proceso se demoraba porque los paquetes o certificados tenían que entrar y salir, como en las puertas giratorias, a través del torno. Siempre oía la misma voz cantarina, amable, cariñosa, joven, que hablaba conmigo sobre las novedade cotidianas, el tiempo y hasta mi salud: “Manuel, tiene la voz de estar acatarrado, ¿por qué no toma…?” Un día no reconocí su voz, pero sí oí , entre el frufrú de las ropas talares, una pequeña discusión entre mi monja y la usurpadora, que acabó desplazada. “Buenos días, Manuel, ¿cómo está del resfriado?…”

Todo necio confunde valor y precio


Cuando decimos de algo que tiene «un precio incalculable», en realidad, queremos decir que tiene un precio elevado -muy elevado, si se quiere- pero que aún no ha entrado en ningún intercambio, que aún nadie lo ha comprado y que, por tanto, la «autoridad» del mercado no ha estipulado aún su equivalente monetario. Sin embargo, cuando de ese o de otro objeto afirmamos que su valor es incalculable, decimos y no decimos lo mismo. Más bien hacemos referencia a que es improbable -no imposible- establecer un valor de cambio para esa cosa, o, dicho de otra manera, que solo tiene valor de uso que, por definición, por su naturaleza cualitativa, está reñido con el cálculo. Estas ideas sobre el valor de uso y el valor de cambio o, más en general, sobre el valor y el precio de las mercancías y el plusvalor como origen del capital, se hicieron ciertamente populares, en su interpretación marxista, hasta el punto de que las encontramos incluso en unos versos de Machado, esos que dicen que «todo necio confunde valor y precio» (Proverbios y Cantares, LXVIII). Lo he vuelto a encontrar, como saber común, en un interesante reportaje publicado por la revista El Salto sobre los garranos gallegos, los últimos caballos salvajes del mundo, y sus avatares durante los terribles incendios del año pasado.

Xilberte Manso, director del Instituto de Estudios Miñoranos -que promueve el conocimiento y estudio de la Val Miñor- dice, según leemos en el reportaje, respecto a estos caballos semisalvajes que sobreviven en las comarcas del sur de Pontevedra:

[el garrano] es una joya biológica y una joya cultural porque, probablemente, sea el único caballo salvaje, y lo de «caballo», entre comillas, que existe en el mundo en la actualidad.

Garranos

El lector amigo debe retener la metáfora de la «joya» porque después volveremos, en esta indagación sobre la nueva economía del enriquecimiento a partir de las cosas, sobre las joyas y los objetos suntuarios. El reportaje continúa contando que, a raíz de los devastadores incendios de octubre de 2017, una veintena de garranos que vivían habitualmente en el monte Galiñeiro, huyeron de las llamas y se dispersaron por las poblaciones vecinas, y estuvieron perdidos hasta que fueron encontrados en los días siguientes y reconducidos a cerrados. Allí fueron alimentados con paja cedida gratuitamente por particulares, que no buscaban, con ello, beneficio económico. Manso, y a esta declaración es a la que queríamos llegar, afirmaba:

Tienen un gran valor y tienen poco precio. Porque, claro, hay que cosas que no se pueden tasar en euros, ni en dólares, ni en nada. La naturaleza no se puede tasar.

Y sin embargo, se tasa, y se expropia y apropia… Pero antes de detenernos en cómo crean cadenas de valor las «joyas» biológicas como los garranos, como los parques naturales o el «patrimonio» urbano, que junto a las suntuarias son las verdaderas y valiosas mercancías de este tiempo, que el recientemente fallecido Samir Amin llamaba el «capitalismo senil», debemos recordar muy brevemente el camino recorrido, los procesos sociales y económicos que nos han traído hasta aquí.

El desplazamiento y vaciamiento de los grandes espacios industriales desde los países occidentales al Sur global, popularizado en sus primeros momentos como «deslocalización», supuso también un desplazamiento de la acumulación capitalista llamémosla «clásica»: pauperización y explotación de los trabajadores, trabajo esclavo, expropiación de los recursos naturales, guerras económicas, desplazamientos de poblaciones… El alejamiento de los procesos de fabricación tradicionales desde los centros capitalistas europeos y americanos, trasladados a los países periféricos supuso también, como es sabido, una gran transformación en nuestras formaciones sociales, muy estudiada y conocida: fragmentación de las clases trabajadoras, reducción y domesticación de los viejos sindicatos y partidos de izquierda, nacimiento del precariado, empobrecimiento general de la población sometida a procesos de desposesión continuos, asalto a las instituciones públicas que amortiguaban los efectos más letales de la desigualdad social, como la educación o la sanidad…

Sin embargo, a pesar del alejamiento geográfico de la creación de plusvalía, el enriquecimiento de nuestras élites no deja de aumentar en esta nueva economía de los activos y de las «cosas». Veamos en qué consiste tan admirable circunstancia.

Mencionamos en primer lugar, para abandonarlos enseguida, los activos, esas extrañas entelequias que no son más que cristalizaciones del futuro, encarnaciones del tiempo como valor fiduciario. En el fondo son apuestas: capital que apuesta por cosas que aún no son pero de las que se espera un plusvalor futuro cuando formen parte del mundo «real». Apuestas que dependen, por ejemplo, del clima o las plagas o desastres, en el caso de las cosechas en los mercados de futuros, que pueden convertir los productos agrícolas de que se trate en mercancías fallidas, sin valor, provocando la ruina del inversor y del agricultos. Pero lo más común, en esta que se conoce comúnmente como «economía financiera», propia del neoliberalismo, es que las apuestas se hagan sobre «productos financieros», es decir, dinero o -lo más beneficioso y arriesgado- el futuro dinero de lo que hoy es deuda. El mundo de los activos no es más que, en el fondo, un juego donde se apuesta, se adeuda, se cobra y se paga, con dinero, en especies o con promesas. El dinero llama al dinero como un ciervo en celo, según la conocida metáfora de Marx. El hombre, las distintas especies de seres vivos, el planeta todo desaparecen aquí de la escena transformados en el valor tasable de todos los valores.

Más enigmático me resulta a mí el mundo de las joyas o los objetos de lujo. Son, en realidad, la mercancía más antigua: los tesoros. El atesoramiento forma parte del mundo precapitalista y, frente a la naturaleza de perpetuum mobile que es la propia del capital, el tesoro, los objetos preciosos tenían, y aún tienen, un carácter más propiamente estático y su valor consiste primordialmente en su posesión. Aunque en muchas ocasiones ha tenido valor de cambio (las mismas monedas de otro tiempo, acuñadas en metales preciosos, heredan ese valor) no era esa su función -como no es la función de una joya familiar ser vendida en el Monte de Piedad, aunque de hecho ocurre. La función del objeto lujoso es su propiedad y su exhibición pública «prudente», un símbolo de ostentación o de identidad de clan familiar o clase. En el Imperio Romano esta ostentación público de joyas o vestidos suntuosos fue censurada muchas veces y se debatió políticamente esa censura, en forma legal y punitiva. Se promulgaron, de hecho, varias leyes antisuntuarias, que intentaban evitar el malestar y la ira de las clases pobres de Roma ante su exhibición publica. Aparecen a partir del siglo III y limitaban el uso, no solo de joyas, sino de telas como la seda, hilos de plata y oro y ciertos colores como el púrpura, permitido solo en vestidos y accesorios de naturaleza religiosa. El lector que sienta curiosidad por conocer mi punto de vista sobre estas leyes, puede leer la columna que dediqué a este tema el 4 de julio de 2009 en el diario La Opinión de Málaga. Se puede leer en línea en la hemeroteca de este periódico, aquí: Lex Julia sumptuaria.

Domus romana: Ornamenta gemmarum

Como ha sucedido siempre en las épocas de crisis capitalista, las joyas se han convertido en un negocio muy boyante: en Francia y en Italia, por ejemplo, este sector supone hasta un 9% de sus exportaciones anuales. Pero no basta, para entenderlo, con pensar que, simplemente, hay unos excedentes de capital brutales que necesitan transformarse temporalmente en objetos como estos, que siempre se revalorizan (como lo hacían, o lo hacen, pero en menor medida, las casas o el oro). Lo cual es verdad, pero intentamos averiguar por qué. Porque, en contradicción con las mercancías industriales, cuyo aprecio sube en relación al futuro, a ser el último grito, digamos, en los adornos del lujo son el pasado, la antigüedad, los que añaden valor (y precio).

Pero me parece que para entender bien la importancia de estas «cosas» capaces de generar cadenas de valor tan abultadas, hay que detenerse en lo que comparten con otros objetos muy especiales: los objetos artísticos, las «obras de arte». Y eso que comparten es la excepcionalidad, su carácter de objetos únicos.

Va de suyo que esa naturaleza especial de cosas singulares excluye de su valor lo que el falso sentido común nos sugiere en una primera instancia: que es el «buen hacer» del artesano o el artista el que otorga su valor a la extraña mercancía. No importa que el objeto suntuario o artístico estén «bien hechos» ni que provoquen admiración por ello. El arte post realista nos curó de espanto en ese sentido y, en lo que respecta a los objetos artesanos, no hay más que recordar que, en muchos casos, es un defecto el que lo hace especial y lo revaloriza. En la filatelia es muy común, y eso nos obliga a pararnos brevemente en el coleccionismo, que lo es, paradójicamente, ¡de objetos únicos!

Coleccionismo compulsivo

Las colecciones como las de sellos son otro negocio que, aunque quizá esté llegando a su agotamiento (ya nadie escribe cartas y las piezas raras o únicas son todas propiedad de alguien), no ha dejado de crecer desde su nacimiento en el siglo XIX. Para hacernos una idea del volumen especulativo que ha llegado a alcanzar este coleccionismo, basta recordar (a los lectores españoles les resultará muy familiar: aún andan los chasqueados inversores reclamando sus capitales perdidos) la enorme estafa piramidal de Fórum Filatélico (la mayor empresa de compraventa de sellos en España, que ofrecía altos intereses a sus clientes -en torno el 6%- usando como garantía lotes de productos filatélicos, en la mayoría de los casos sobrevalorados) y Afinsa, con toda su trama de sociedades fantasmas. Los estafadores dejaron un agujero patrimonial de 3.500 millones de euros. Ni más ni menos.

Como bien explican Boltanski y Esquerre1, «La forma colección permite neutralizar la tensión entre el ‘el valor intrínseco’ de un objeto -derivado de aquello que lo hace único y, por consiguiente, inconmensurable con otros objetos y su valor de mercado. Formalizado a modo de precio mediante la prueba del intercambio. Las transacciones entre los coleccionistas de arte son un ejemplo adecuado. El valor reconocido de una obra se basa en el juicio colectivo de críticos, comisarios e historiadores del arte, que a menudo trabajan para instituciones (museos, universidades) financiadas por el Estado o por organizaciones benefactoras.». Estas decisiones, que se supone que están por encima de intereses particulares consiguen «legitimar» el precio de una obra, incluidas aquellas que, a priori, tenían un «valor incalculable».

La literatura narrativa del siglo XIX nos ha legado, por su parte, relatos sobre la pasión fría del coleccionismo y sobre la compulsión (que hoy llamaríamos consumista) de poseer objetos lujosos. Los autores del artículo citado más arriba recuerdan al primo Pons, de Balzac, que «nunca se siente realmente satisfecho a no ser que consiga obtener las ‘bellezas’ que ansía por un precio inferior a su ‘verdadero valor’; en otras palabras, más bajo del que alcanzaría en el futuro, cuando una comunidad más amplia de entusiastas reconzca el gusto y el estilo excepcionales de su propietario.». Permitásenos, por nuestra parte, citar a Benito Pérez Galdós, quien en Lo prohibido, una de sus últimas novelas, retrata de manera formidable la pasión por la compra y posesión de «bellezas» que sufre su protagonista, Eloísa:

La transformación del palacio era en verdad grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón vi además un cuadrito de Palmaroli, una acuarela de Morelli, preciosísima, un cardenal de Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me parecieron de subidísimo precio, una cabeza inglesa, de Nittis, otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas granadinas, de Martín Rico. Pregunté a Eloísa cuánto le había costado aquel principio de museo, y díjome, en tono vacilante, que muy poco, por haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de desmoronarse.

Eloísa, representante de las clases ociosas de la Restauración, dilapida sus capitales en el atesoramiento enfermizo de estas colecciones de arte que atiborran su casa como un «principio de museo», al decir de Galdós. Las cosas no han cambiado mucho en el capitalismo tardío y la posesión de objetos de lujo o de arte, sin valor de uso y -salvo ocasiones extremas- sin valor de cambio, sigue siendo una actividad mercantil en auge, desde las fundaciones de los bancos, hasta fondos de inversión o acaudaladas fortunas personales.

Es hora de recalar, en este recorrido por la vida secreta de estas extrañas «cosas», en esas que llamamos, por costumbre, «patrimonio», cuya naturaleza última es tan parecida a las que hemos intentado analizar hasta ahora. Los andaluces que vean habitualmente la televisión regional, Canal Sur, recordarán cómo la cadena, a bombo y platillo, dedicó varios telediarios casi al completo a desglosar el éxito, los méritos y los beneficios futuros del reconocimiento de las ruinas de Medina Azahara como patrimonio de la humanidad por parte de la UNESCO. Junto al relato épico de la «lucha» de nuestras instituciones por conseguirlo, como en el cuento de la lechera, se nos aleccionaba sobre los distintos proyectos de reformas o excavaciones que mejorarían y ampliarían esas ruinas cordobesas, así como del beneficioso aumento de las visitas turísticas al enclave.

La creación de «patrimonio» -histórico, cultural, natural- acompaña el crecimiento disparatado de los objetos «excepcionales» vistos hasta ahora. Para conseguirlo, no se hace ascos al adorno o invención descarada de relatos más o menos ficticios que forman parte de él, sirviéndoles de soporte. La misma función la cumplen eventos como las conmemoraciones, los festivales, los festejos más o menos justificados en nombre de la tradición o el homenaje a santos o prohombres. O la ayuda inestimable de los arquitectos como Frank Ghery, el diseñador del Museo Guggenheim que resucitó el puerto de Bilbao, creador también de otro museo de naturaleza parecida en la ciudad francesa de Arlès, víctima de la misma decadencia industrial que la ciudad vasca.

Los ejemplos de esta implicación del objeto inútil y único, sea de lujo o de arte, se multiplican en todos los ámbitos, incluido el de la moda. Como señalábamos en uno de los apuntes anteriores de este mismo blog, que llamaba «Las faldas de Prada»:

Patrizio Bertelli, director general de Prada, concibe sus tiendas como “una instalación vanguardista sobre el arte de las compras”. Aviso para caminantes. Chin-Tau Wo (NLR, 108) apostilla sobre la conversión de las faldas de Prada al nivel del arte: “La exposición de objetos presentada en el lenguaje inteligente del arte conceptual contemporáneo, bajo el imprimátur de Herzog & De Meueron y de Rem Koolhaas, tenía la clara intención de elevar las faldas de Prada a la categoría del arte y la arquitectura contemporáneos. Cuando las faldas llegaron a Shangái en mayo del 2005, la exhibición Waist Down, promocionada como una exposición de arte (…) había generado ‘mucha expectación, de acuerdo con Newsweek.”

Así las cosas, a nadie extrañará que, en un futuro previsible y cercano, los garranos supervivientes de Pontevedra, con cuya evocación emezábamos esta ya larga reflexión, convenientemente encerrados en nuevos cercados con denominación de origen de espacio natural protegido, o algo así, se vuelvan a cargar de valor y precios incalculables mientras son fotografiados por las masas de turistas estólidos que recorren insomnes los espacios abigarrados y oníricos de nuestro mundo…

1Luc Boltanski y Arnaud Esquerre, «La vida economica de las cosas», NLR, 98, mayo de 2016.

Los efectos del calor (#apuntes, 25)

Esta entrada se publica simultáneamente en mi canal personal de Hubzilla y en mi blog Claros en el bosque.

Aviso para caminantes

Di una verdad y verás como todo el mundo se ríe.

(Enrique Jardiel Poncela a Alfonso Sastre)

¿Qué hace uno aquí?

– El indio (¿en territorio comanche?)
– Yendo en romería acaecí en un prado…
– Llorar (escribir en España es)
– Aprender, aprender, aprender.
– (¿Hacer amigos?)
– Ejercer de cosmopolita (¿cosmopolitano?)
– Dignificar el español en Internet (esa lengua de rufianes en que se ha convertido)
– Pensar con (contigo, con él, con ella)
– Disfrutar de las vacaciones en que se ha convertido mi vida en esta tranquila costa de la periferia del mundo (digital)

¿Qué hace usted aquí?
Me alegro de que me haga esa pregunta…

Los grados del verbo ser

(Miguel Mihura, Tres sombreros de copa. Paula habla con Dionisio.)

Paula.- ¿Sus padres también eran artistas?
Dionisio.- Sí, claro. Mi padre era Comandante de Infantería. Digo, no.
Paula.- ¿Era militar?
Dionisio.- Sí. Era militar, pero muy poco, casi nada. Cuando se aburría, sobre todo.

(Agustín García Calvo)

Los niños son lindos, lindos, lindos. Pero les falta la misma gracia que a todos: ser menos…

#apuntes

Las cosas posibles e imposibles ( y más… #apuntes, 24)

Las cosas posibles e imposibles

En una interesante entrevista de Benjamin Kunkel al economista y ecólogo del decrecimiento Herman Daly (NLR, 109), Kunkel le pregunta por su brazo amputado (por voluntad propia, como consecuencia de la polio y tras infructuosos intentos por rehabilitarlo) y las “lecciones” que había sacado de esa experiencia. Daly responde, entre otras cosas:

La otra cosa que aprendí es que hay cosas realmente imposibles. En aquel momento, la idea habitual era que si tenías la polio, se suponía que podías superarla, que si te esforzabas más nada era imposible. En determinado momento me di cuenta de que me estaba alimentando de un montón de mentiras bien intencionadas. Algunas cosas son realmente imposibles. Así que me dije a mí mismo que la mejor forma de adaptarte cuando te enfrentas a una imposibilidad es reconocerla y dirigir tus energías a cosas buenas que son posibles.. Supongo que eso es lo que hice. Ahora podrías dar un salto desde eso a mis posteriores teorías económicas: el crecimiento ilimitado es imposible, así que es mejor adaptarnos a un economía estacionaria.

Perseverancia, talento, mérito

Pienso, con Belén Gopegui, que la perseverancia y el talento existen y, de forma distinta, se consiguen cosas con ellos. Pero el mérito es “una pantalla vacía” puesta por alguien con un interés especial en clasificarnos, para conseguir cosas de nosotros…

Lo más difícil

“No hay nostalgia peor / que añorar lo que nunca jamás sucedió” decía la canción de Sabina. La añoranza de lo no pasado tanto como de lo pasado. Los huecos también nos constituyen , las ausencias. Algunos sueños se cumplen, otros se difieren y transforman en humo, se olvidan. No hay vidas plenas, y menos aún la de quienes presumen de tenerlas.Somos seres del tiempo y el tiempo no da tregua, la termodinámica tampoco. Es lo más difícil, lo que más se tarda en aprender.

Paso a paso

Los campesinos caminan con pasos irregulares, adaptándose al terreno, mirando al cielo y al suelo. Los mineros se mueven mirando a la tierra, encorvados y caminan con pasos cortos y cautelosos. Sólo los habitantes de las ciudades miran siempre hacia adelante, a ninguna parte, abstraídos, con pasos iguales e indiferentes. Y así, también, sus vidas

En los oídos de las estrellas y otras notas estivales (#apuntes, 23)

¿Finalidad?

A pesar de que tanta gente lo cree, el universo (o la Historia, si pensamos en nosotros) no tiene ninguna finalidad: basta mirar el inmenso cielo estrellado una noche de verano para comprenderlo. Tampoco creo en la utilidad ni enseñanzas del sufrimiento. ¿Qué enseñanzas puede extraer de sus penurias uno de estos niños supervivientes de una patera, que va a pasar años en centros de internamiento y que acabará sus días en un suburbio de cualquier ciudad europea, con suerte? Lo único que hay que hacer con el sufrimiento y el dolor es luchar contra ellos o hurtarlos si se vuelven inapelables..

Dulzonas y pesadas

Mirad esta comparación de Joan Didion (estoy leyendo su novela Río revuelto): “Entre las rosas, había unas cuantas gardenias del Cabo, dulzonas y pesadas como los fármacos.” Es, y no es, extraña esta aparición de los medicamentos en la literatura , aunque, ciertamente, forman parte de la experiencia cotidiana de esta humanidad enferma. Me pregunto: ¿En qué medida esos fármacos “dulzones y pesados” que tomamos todos po un mal u otro no definen un estado alterado de conciencia, que sería el nuestro? ¿Es tan común ese abotargamiento con que encaramos el día a día que no nos damos ni cuenta?

Hipnotízame, mi amor….

Solo he presenciado una vez una sesión de hipnosis. Fue, además, en una discoteca a la que iba en calidad de periodista. El hipnotizador, chileno, era muy espectacular y nos contó historias muy interesantes y sabrosas, aunque siempre sospeché que allí había gato encerrado… Hablo de ello porque me cuentan que ahora se usa mucho esta técnica para dejar de fumar. Pero mi descreimiento me puede, ¿por qué?, ¿no será miedo/rechazo a aceptar lo fácil que es vulnerar nuestra voluntad?, ¿la frívola fragilidad de nuestra conciencia?

En los oídos de las estrellas

En confusión me pusiera, Sabino, lo que habéis dicho, si ya no estuviera usado a hablar en los oídos de las estrellas, con las cuales comunico mis cuidados y mis ansias las más de las noches, y tengo para mí que son sordas.

Estas palabras pertenecen a De los nombres de Cristo, de Fray Luis de León, escrito en el “español radioactivo” (Lázaro Carreter) cuyo secreto murió con él . Es, desde hace tiempo, mi libro de cabecera y, más allá del tratado de cristología que, formalmente, es, y más acá de la obsesión cristiana (a decir verdad, muy cansina) por dividir la historia del mundo en dos mitades, la de los anuncios y precursores de Cristo y la de la salvación posterior a él. A pesar de las trampas y forzamientos a que se ve obligado (y de las que él mismo parece ser consciente en algunos momentos) de los que abusa continuamente para acarrear pruebas e interpretaciones de esos nombres que son el hilo conductor del libro; a pesar de ello, decía, la sensualidad y música de su prosa son de tal naturaleza que leo sus palabras en un estado hipnótico, como en ese diálogo sordo con las estrellas que soñó tantas veces, motivo de la cita que daba pie a esta nota…

 

 

Risa y ética. Rojo chillón. Márgenes (Apuntes, 22)

Risa y ética

En un capítulo de su Ensayo general sobre lo cómico, Alfonso Sastre estudia casos en que algunos efectos cómicos entran en conflicto con la ética. El ejemplo más común es la risa qie nos provoca una caída o una deformidad (un cojo, un jorobado) o un problema funcional (un tartamudo),  pero hay otros más difíciles de explicar, porque tienen que ver con la clase social o el sexo. Sosias, de El Anfitrión de Plauto es risible pero porque es esclavo. Del mismo modo que Sancho Panza o los graciosos de la comedia barroca (no tienen ni apellido, no son “hijos de algo”). El caso más extremo que aporta Sastre es el de una desdichada dependienta de una comedia de Alfonso Paso que recibe tortazos de sus patronos a diario. Así que, cuidado con lo que te induce a reír…

Rojo chillón

“Rojo chillón” es una sinestesia encantadora que nos permite oír a un color, pero si tomamos “rojo” como comunista, ahí desaparece la sinestesia y oímos gritar a un hombre. La capacidad de la lengua para, de forma tan económica -reciclando, como se dice ahora- crear realidades nuevas es una auténtica maravilla..

Márgenes

El gran Ramón (Gómez de la Serna) consideraba una verdad  “artística” y filosófica que “entre un margen de locura y otro de cursilería se mueve el tiempo”.

Los gestos de la pasión

I. La pasión

La palabra y la misma idea de «pasión» llega ya muy devaluada a nuestro tiempo. Es un canto rodado lingüístico muy limitado a los campos del amor o el sexo, pasados por el tamiz del romanticismo. O lo que es peor, mediatiazada por el cine o el folletín. El cristianismo, con su reiteración de la pasión de Cristo entendida como sufrimiento, terminó de vaciar este concepto que explotaba y se abría en el viejo pathos griego. Eugenio Trías, un filósofo con una poderosa formación clásica, la entendía así, en su Tratado de la pasión, justamente:

la pasión, no como algo que nubla el raciocinio e impide el conocimiento, sino como una forma más de abarcar el mundo. No la aborda como una pulsión que nos paraliza, sino como el motor de nuestra actividad; tampoco como sufrimiento, sino como placer y goce. Así, la conclusión del filósofo es que la pasión, oscuro daimon, es, al fin y al cabo, lo que nos convierte en lo que somos.

No es raro, sin embargo, oír hablar de cosas como «pasión por el fútbol», «pasión por las motos» o, qué sé yo, «pasión por los sellos». En realidad, casi cualquier cosa que podríamos identificar como afición compulsiva…

En este escrito, inspirado por el estudio que Leonard Impett y Franco Moretti dedicaron al Atlas Menosyne, de Aby Warburg, abordamos la pasión a través de los gestos del cuerpo, tal como nos ha sido legado en el arte figurativo occidental a través de su historia, pero limitándonos al doble filtro de los paneles de Warburg y de la selección de ellos realizada por Impett y Moretti.

El Atlas Mnemosyne -el misterioso proyecto inacabado de Aby Warburg– intentaba encontrar similitudes morfológicas en el arte en un arco temporal entre la época clásica y el Renacimiento. Buscaba, en realidad, «formas» (gestos, contorsiones, movimientos) recurrentes de la pasión, encarnada en una considerable colección de objetos artísticos: el pathosformel.

La ninfa florentina, en el Atlas Mnemosyne:

El problema de este intento es el mismo de todas las obras inacabadas, que no sabemos, salvo por algunas breves anotaciones, el canon total de las pinturas que pensaba colgar ni los criterios que iba a seguir para su búsqueda del canon formal de la pasión. En cierto sentido, aunque lo desarrolló más, es lo mismo que ocurre con el Libro de los pasajes de Walter Benjamin, otro proyecto de gran aliento, que la muerte de su autor dejó truncado.

Leonard Impett y Franco Moretti (Totentanz, NLR, 107) intentan encontrar el criterio para hallar esa medida o canon que ideaba Warburg, pero, mediante un método cuantitivo que pergeñan con ayuda algorritmos matemáticos y de la computación, que a mí me seduce y que, según la sentencia clásica, se non è vero, è ben trovato. Ya he escrito sobre estos procedimientos estadísticos aplicados a las ciencias humanas, por ejemplo en el artículo que dediqué en el blog a un estudio que buscaba la tipología humana de los premios Nóbel de literatura (Descodificando los premios Nóbel de Literatura).

Los resultados del estudio son, en muchos sentidos, sorprendentes (adelanto, así la conclusión final del estudio, de cuyo método y vicisitudes enseguida me ocupo, en una apretada síntesis): que esa emoción intensa, ese «oscuro daimon», que se adueña descaradamente de nuestro cuerpo, se manifiesta sobre todo en una agitación de brazos y piernas, rompiendo la unidad «natural» del cuerpo, su equilibro en estado de reposo. No, como podríamos sospechar, en el rostro y sus mínimos músculos, tal como pensó Warburg tras el descubrimiento del libro de Darwin sobre las expresiones primordiales con que el rostro humano manifiesta las distintas emociones.

La muerte de Orfeo, de Alberto Durero

La pasión es desbordamiento, compulsión, agitación que descompone la figura.. Intentaré explicar por qué caminos lo descubren Impett y Moretti en su intelectualmente apasionante (aunque no hay color, como diría el castizo, entre una pasión y otra) investigación. Indagar sobre las clases de pasiones (pasiones frías, pasiones tristes…) nos llevaría muy lejos del humilde objetivo de este artículo. Aunque lo dejamos para otra ocasión en que me resulte hacedero, pongo aquí el enlace de una entrada que escribí hace tiempo, publicada en este mismo blog, sobre las «pasiones tristes» (la ambición, la envidia…) a propósito de la literatura, en aquella ocasión: Las pasiones tristes. Y sin más, al cuento:

II. Las formas de la pasión

El método

Para Impett y Moretti, la mayor creación conceptual de Warburg es la Pathosformel o fórmula (de expresión del) Pathos, que ofrece un hilo para «recorrer el laberinto» que supone este proyecto inacabado. En sus palabras, «Pasión, emoción, sufrimiento, agitación: Pathos es un término con demasiados matices semánticos, aunque todos incluyen el grado «superlativo» (palabra usada por Warburg) del sentimiento implicado. Es un concepto muy potente que loga aunar opuestos semánticos: Pathos y Formel: fuerza abrumadora y un patrón estable que se reproduce a lo largo del tiempo y que, por eso, permite la supervivencia de la Antigüedad en la Europa moderna».

El problema para los autores del estudio era cuantificar el concepto, poderlo dividir en unidades discretas, encontrar la manera de «medir» la pasión que, en las series artísticas diversas.de los paneles de Menmosyne, recorren el arte occidental. Para empezar, excluyen de su estudio las expresiones del rostro humano, a pesar de que en la intención de Warburg -como avisábamos antes-, tras su descubrimiento de la obra de Darwin La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, parecía ser tan importante. En realidad, excluida la expresión facial, adivina que el signo externo de ese estado de agitación -que estamos entendiendo como manifestación del Pathos- es el movimiento de las extremidades: brazos y piernas.

Crucifixión, de Bertoldo de Giovanni

El método que siguieron constaba de tres pasos:

  1. Desligar las figuras humanas de su contexto encerrándolas en una especie de «caja».
  2. Reducir las figuras a esquemáticos «esqueletos», eliminando el color, la ropa, los rostros y las manos. Esta reducción tan drástica obedeció a la necesidad de disponer de un sistema de notación elaborado con unidades simples: 12 varas que componían un «alfabeto». Rotaron los esqueletos para mantener siempre la columna vertical y reflejar las distintas poses de forma horizontal, de tal manera que el brazo más elevado quedara siempre a la izquierda. De esta forma consiguieran 12 ángulos, uno por cada parte, excepto la columna.
  3. Realizar la medida solo sobre un tipo de variable: los 11 ángulos de las articulaciones del cuerpo combinados con los «vectores-esqueleto». A mayor ángulo, mayor agitación, más pasión, más Pathos. El ingenio y la productividad de este método me fascinó cuando lo conocí. Conseguían con él unidades discretas, repetibles y cuantificables, con una asombrosa sencillez.

Su aplicación

Para comprobar si los «vectores-esqueleto» funcionaban a una escala superior a la de un solo panel, extrajeron 1.665 cuerpos de 21 de los 63 panales del Atlas de Warburg y aplicaron sobre ellos un algoritmo de agrupamiento (una herramienta computacional que da valores numéricos a los elementos que están «cerca», metiéndolos en un grupo y metiendo en otro a los que están «lejos») que dividió los vectores-esqueleto en 16 grupos. Cada uno de esos grupos reunía cuerpos morfológicamente similares, en orden de similitud respecto al «vector-esqueleto» central de cada grupo. Para comprobar si la medida entre los distintos ángulos de las figuras respecto al eje central servía para medir el «estado de agitación» que pretendían cuantificar. Para eso,, tenían que poner el método a prueba con las pinturas.

Los 16 grupos de “vectores-esqueletos”

El oxímoron

Para no resultar excesivamente prolijo en el examen de los distintos grupos en relación a los cuadros de los paneles, salto directamente a las conclusiones, que nuestros autores reúnen bajo el significativo título de «Oxímoron» (nombre de la figura retórica que, como recurdarán los lectores, consistía en oponer significados espacialmente cercanos en un texto).

El algoritmo había visto una similitud entre los esqueletos que parecía consistir en que todas las «fórmulas del Pathos» estaban correlacionados con un movimiento simultáneo de brazos y piernas, de los brazos más que de las piernas. Pero no fue sino después de una consulta que realizaron a un profesor de Biomecánica de Lausanne, que descubrieron el verdadero sentido de aquellos «movimientos». Lo significativo no era lo hiperbólico de esas contorsiones, en correspondencia con lo hiperbólico de las emociones que las provocaban, sino el hecho de que rompía el estado natural del cuerpo, su unidad habitual, creando «disonancias», movimientos sin rumbo: dominado por la pasión, el cuerpo deja de ser «uno» y pasa a convertirnos en «Otro», literalmente alterados Algo que sabe intuitivamente cualquiera que haya sido dominado por el «oscuro daimon»…