Claros en el bosque

Blog de Manuel Jiménez Friaza

Dependientes, camareros y mercancía: el «lugar» del intercambio (y 2)

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 18 días

El mercado es, pues, el lugar del intercambio, la tienda de nuestro hortera, por ejemplo, o cualquier gran supermercado en el extrarradio o en la pantalla de un ordenador. Este templo sacro-santo -por usar el adjetivo de Balzac en «L'épicier»- tiene un amo, casi siempre invisible en la tecnología y diplomacia de la trastienda, que provee las mercancías, y unos vigilantes o guardianes que las custodian y que administran su transformación en dinero, que, a su vez, servirá para adquirir más mercancías...: los dependientes. Y así, en este nunca acabar que es el alma de nuestro mundo, resulta que, al cabo, la acumulación y circulación continua del dinero es ya la única riqueza, como nos enseñaba Marx en los primeros compases del libro primero de El Capital, sobresaltándonos con la sensación de que hablaba de nuestro presente:

El grito que ahora resuena de una punta a otra del mercado mundial es: ¡No hay más mercancía que el dinero! Y como el ciervo por agua fresca, su alma brama ahora por dinero, la única riqueza1.

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Dependientes, camareros y mercancía: el «lugar» del intercambio

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 20 días

Inicio con esta entrada, y otra que la continuará y dará fin, un acercamiento entre literario y social a una figura problemática y ambigua, tanto considerada en su condición de trabajador como en la de intermediario en los procesos de intercambio, en concreto, el que Marx esquematizaba como Dinero-Mercancía-Dinero: el dependiente de comercio. En la primera entrada, esta que comienza aquí, me detendré en algunos recuerdos personales y en un texto costumbrista de Antonio Flores1, incluido en Los españoles pintados por sí mismos2, una colección de retratos de la sociedad de la época publicado en Madrid en 1843, por Ignacio Boix3, con el título de «El hortera». Intentaré realizar después una interpretación marxista de este retrato decimonónico -premoderno, es decir, anterior a una visión de la sociedad dividida en clases enfrentadas-, en la segunda entrada, a la luz potente de un ensayo de Andrew Smith, «Trabajar cara al público», publicado en el número 78 de New Left Review.

Los españoles pintados por sí mismos

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La propiedad de la tierra y la Ley de la Gravedad

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 1 mes y 5 días

La propiedad de la tierra es una idea paradójica que oscila entre el símbolo y la mercancía, pero en los dos casos tiene un carácter monstruoso. Si la entendemos como signo o emblema de poder, insignia de clan y herencia, entra en la categoría del significante-amo, tal como entiende la psiquiatra feminista Luce Irigaray el símbolo fálico: es decir, cosa de hombres, patrimonio, en tanto el matrimonio es lo propio de las mujeres, hija, esposa, madre. Este significante-amo de la propiedad está santificado en todas las constituciones como un principio sagrado que lleva al filósofo Antonio Negri a hablar de los estados, genéricamente, como la República de la Propiedad. No hay otro principio que haya provocado más crímenes, guerras, alzamientos y rebeliones que este, sin que haya sido nunca abolido, repensado o refundido de forma duradera hasta el presente: es la verdadera alma del capital y sus mercados.

En cuanto a su carácter imposible de mercancía -insólita pues es soporte de todas las demás- Marx lo explicaba integrando la tierra en su relación dialéctica con el movimiento perpetuo del capital donde queda sujeta, junto a todas las demás mercancías, a la noria infernal del valor, el valor de uso, el valor de cambio y la circulación universal del dinero. Así, en los manuscritos de 1844* 1 del pensador alemán, aquí más joven e impetuoso, leemos:

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Contra el dominio Psy

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 3 meses y 8 días

No debe ser ajeno a la frase formularia «perder la cabeza» la coincidencia histórica de que la Psiquiatría naciera al mismo tiempo que la guillotina. Como tampoco la leyenda de aquel melancólico que aseguraba, literalmente, haberla perdido y que fue curado por su terapeuta paseando por la calle con una chapa de plomo sobre su cráneo devenido invisible. La Psiquiatría, la Psicología o, por usar la expresión consagrada en los medios intelectuales, el dominio Psy, oscilando siempre desde su origen en el cuerpo a sus manifestaciones en el alma o -desde el siglo XVIII para acá- de su sede anímica a los síntomas orgánicos, conoce hoy una extensión y desarrollo realmente impresionantes. La biblia del nuevo saber es el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, traducción española del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, que ya va por la quinta edición (la primera y fundacional salió a la luz en 1952) en lengua inglesa, está revisada por la American Psychiatric Association's, la responsable, junto a la Academia de Medicina de Nueva York, del mantenimiento y puesta al día de este vademécum universal del dominio Psy contemporáneo. Su protocolo léxico (cómo llamar a las enfermedades del ánimo), de diagnóstico y tratamiento, es el que siguen los psiquiatras de todo el mundo, pese a que existe un tocho de la OMS, la Clasificación internacional de enfermedades, divergente en algunos aspectos, que ofrece, en teoría, la visión estándar y políticamente correcta de los trastornos mentales.

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El sufrimiento psíquico, en nuestro tiempo, tiene su vaga sede orgánica en la cabeza («perder la cabeza», expresión que recordábamos al principio, en sentido figurado, tal como en la guillotina ocurría en sentido literal, como la sentencia que mejor engloba las dolencias del ánimo) y el sistema nervioso central, tal como en otras épocas asentaba su origen en otras partes del cuerpo como el corazón. Aún forma parte de nuestras explicaciones sobre los desastres sentimentales las románticas «locuras del corazón», o sus razones, esas que la razón no entiende. Más lejana, sin embargo, debido a las transformaciones radicales de la lucha en las guerras, es la idea homérica que ubicaba el espíritu (asumido sobre todo como portador del valor y la fuerza en la batalla) en las rodillas. En efecto era ahí, en esos huesos fundamentales para mantener la verticalidad del héroe y, como consecuencia, la posibilidad de defender la propia vida en la pelea cuerpo a cuerpo, donde, de forma muy apropiada, debía residir la cordura, asociada a la misma posibilidad de vivir y adquirir honor y gloria.


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La coartada de la necesidad

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 5 meses y 9 días

Breve reflexión sobre un cliché lingüístico muy generalizado, que delata -a mi entender- una característica de estos tiempos bobos: echar mano de la realidad o la necesidad como coartada. La ha publicado la revista infoLibre; aquí la re-publico para los amigos del blog.

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Habla y escritura: de lo vivo a lo pintado

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 8 meses y 3 días

La nueva oralidad

Aunque es un tópico contemporáneo considerar que las nuevas tecnologías comunicativas suponen una nueva explosión de la oralidad, se trata de una euforia falaz y engañosa, tanto como los complementarios avisos pesimistas, bastante común cuando se menciona la cultura digital. La euforia o la melancolía (la distinción entre apocalípticos e integrados, de Umberto Eco, sigue siendo útil) se alternan de forma igualmente desatenta porque se mezclan ideas como lengua, escritura, oralidad, informacion o comunicación en un batiburrillo que no ayuda mucho a la comprensión. Carles Freixa, por ejemplo escribía en 2011 en La Vanguardia, bajo el exultante título De Homero a Jobs (pasando por Gutenmberg)1 :

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El relato oral como fuente primaria de la Historia

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 8 meses y 24 días

Empecé a interesarme por el relato oral como fuente primaria de la Historia, paradójicamente, a partir de la lectura de tres grandes novelas: La Cartuja de Parma, de Sthendal, en primer lugar; Guerra y Paz, de Tolstoi, después, y Vida y Destino, de Vassili Grossman, la última. Las tres están habitadas por personajes que se ven envueltos en batallas en las que deambulan sin rumbo con la única intención clara de escapar de la muerte. Los límites entre frente y retaguardia, soldados de un color o de otro, territorio amigo o enemigo se pierden entre los vapores malignos de la pólvora de los cañonazos y en la niebla angustiosa de la sangre, del miedo y de las banderas rotas que lo impregnan todo. Más tarde, cumplido el deber fundamental de salvar la vida, leen y oyen, de bocas de oficiales o en papel de prensa, las glosas y valoraciones del episodio bélico del que acaban de escapar y «descubren», entonces, que habían participado sin saberlo en un hecho histórico excepcional y que eso les otorgaba la ambigua condición de héroes.

Belleza y dolor de la batalla

Belleza y dolor de la batalla

La contradicción entre los dos relatos: el directo y presencial del héroe a la fuerza, frente al postergado y ficticio de la Historia oficial, lo volví a encontrar en los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. En ese impresionante fresco de la España decimonónica, la historia se hace presente sin previo aviso en la vida cotidiana de los protaganistas, abriendo de golpe las puertas y ventanas de sus casas y su afán diario, como un vendaval cargado de violencia y muerte tras el que ya nunca llegará la calma sino, en todo caso, el incompleto consuelo del encaje de sentido entre las pérdidas y sufrimientos que sobreviven en sus recuerdos personales y la justificación moral pretendida por la narración ficticia de la Historia.

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Opinión pública, poder privado

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 9 meses y 13 días

La expresión opinión pública encierra una contradicción insalvable: pretende aunar la opinión, que es el juicio privado que se tiene sobre algo o alguien, con lo público, que es compartido y común. Pero opinión es también la fama o estima en que nos tienen los demás, equivalente, por tanto a locuciones como estar en boca de todos o en opinión de quienes lo conocen. Jugando un poco más al límite con el sintagma, me tienta decir que nos formamos un juicio de la opinión pública demasiado positivo, que goza de excesiva buena fama entre quienes hablan de ella en sus opiniones privadas.

Opinión públicaOrtega y Gasset se preguntó por ella en varias ocasiones: si no es la opinión de todos -razonaba-, tiene que ser la opinión de la mayoría. Si en la promesa de las democracias, esa mayoría tendría que quedar reflejada en la mayoría parlamentaria, ésta debe representar a la opinión pública. Pero sólo hasta ahí se mostraba convencional nuestro pensador. Afirmaba, por ejemplo, de forma muy intencionada, en 19121: «De un lado, va la opinión parlamentaria; de otro, con una reprimida sorna, camina la opinión pública». Aunque luego desbarraba un poco al situarla en una zona entre sumergida y aérea, en un reino ideal de concordancia en que se neutralizaban las opiniones contrarias, el «yo pienso blanco» de las mayorías y el «yo pienso negro» de las minorías. El mejor gobernante, según el filósofo, es aquel capaz de detectar ese fondo común o concordancia secreta más allá de las apariencias, que representaría la verdadera opinión pública.

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Confundir el hambre con la metafísica

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 10 meses y 24 días

La pregunta ¿quién? no es, en un sentido primario, una pregunta metafísica que obtendría una respuesta sobre la esencia, del tipo es un hombre. Tampoco ¿qué?, pese a la costumbre lingüistica de que nos ha impregnado la cultura de la Ilustración. En primer término, plantean la desorientación espacial que resuelven los deícticos de la lengua. Si yo pregunto ¿quiénes son esos que tienen cara de hambrientos?, la respuesta no debería aludir al fantasmal mundo de las esencias o categorías universales del tipo son unos emigrantes o son unos pobres o unos mendigos, tal vez. No, sino como debe responderse, con señaladores de la lengua que para eso están: son esos que viven en el segundo a los que he visto comprar con vales de Cáritas en la tienda de al lado. Del mismo modo que si nos preguntaran ¿qué hacen, qué les pasa?, nunca habría que dar por respuesta cosas como son víctimas de la injusticia o padecen discriminación por el color de su piel, sino más bien: tienen hambre porque solo comen pan y agua desde hace meses, pero son orgullosos y no piden, y se avergüenzan de su propia necesidad...

Socorro RojoPor eso a mí me parece una buena noticia la que proporcionaba la revista La Marea el pasado día 21, cuyo arranque rezaba así: «La Red de Solidaridad Popular (RSP), creada hace seis meses con el objetivo de respaldar y organizar a las víctimas de la crisis, cuenta ya con 15 proyectos activos en España. La idea está inspirada, entre otros, en el Socorro Rojo Internacional, que lanzó la Internacional Comunista en 1922 para forjar una Cruz Roja internacional no vinculada a organizaciones o confesiones religiosas.»; porque, en efecto, no hay que dejar en manos de las organizaciones confesionales, ni de oenegés más o menos eficaces, más o menos apoyadas -en sustitución de sus propias obligaciones- por los poderes instituidos, y vaciadas, más o menos de discurso ideológico o político. Y no hay que dejarlo en esas manos porque, al hacerlo, dejamos también el apoyo mutuo a merced de la apropiación religiosa o moral de grupos interesados en convertir sus actos de generosidad o ayuda en propaganda; algo así como medios para otros fines.

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Juventud, divino tesoro

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 1 año

Decía Stefan Zweig en un apasionado ensayo -como todos los suyos- sobre el poeta Hölderlin: «El siglo XIX, el nuevo siglo, no ama a sus juventudes. Ha surgido una nueva generación que, fogosa y llena de empuje, avanza hacia su libertad. La fanfarria de la revolución ha despertado a esos jóvenes; en sus espíritus hay una divina primavera y una fe nueva envuelve sus almas. Lo imposible parece, de pronto, realizable. (...) En todos los países se han alzado al mismo tiempo y, con la mirada fija en las estrellas, traspasan las fronteras del nuevo siglo como las de un reino que se les ofreciera. (...) Pero el nuevo siglo no ama a esa intrépida generación, siente miedo de su plenitud y un sordo terror ante la fuerza extática de su exuberancia.»

divino-tesoro2A uno le gustaría repetir y suscribir, en las epifanías de este siglo, la hermosa oda que, en las líneas anteriores, escribió Zweig pensando en aquella generación que, parafraseando el dicho popular, traía la revolución bajo el brazo. Pero uno es consciente de que la apelación social a los jóvenes está siempre envenenada, porque siempre se les pide algo que tiene que ver con el mundo de sus mayores, sea la vieja apelación a morir por la patria, la llamada a rebato del carpe diem consumista o la incitación contemporánea a socializarse con el fetiche tecnológico de moda. Cuando juventud se entiende como una categoría aristotélica la convertimos en un objeto sociológico manejable, en mercancía dinámica, en una víctima propiciatoria. En este sentido, Rosa Montero, en una columna reciente, llamaba la atención sobre el hecho de que hay una tendencia, en aumento entre las jóvenes de ahora, a la depilación de las zonas sexuales: la periodista lo explicaba por la influencia epónima de la pornografía, una de las más tristes y potentes fuentes de la educación contemporánea. La industria pornográfica, por su parte, dicen que ocupa el mayor volumen de la información accesible en internet. Hay que añadirla, en el nuevo claustro de profesores, a la Publicidad que, al decir de Rafael Sánchez Ferlosio, es la gran educadora de nuestro tiempo.

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