El deterioro

Reúno aquí, engavillados en un solo texto, las cinco columnas que, con el título genérico de El deterioro, publiqué en La Opinión de Málaga entre el 27 de mayo y el 23 de junio del 2007. Quise realizar en ellas un diagnóstico del deterioro, justamente, de nuestras sociedades, economía, política y vida cotidiana a partir de noticias “pequeñas” de entonces. El despliegue completo del análisis que resultó de los cinco textos creo que aún puede ayudar al lector de hoy a entender lo que nos está pasando.

El deterioro

I

Según un estudio del sitio de internet CollegeHumor.com, más de un 60% de los estudiantes universitarios norteamericanos copia en los exámenes. No es nada sorprendente, pero lo que, al menos a mí, sí me ha inquietado es que sólo un ralo 16,5% siente remordimientos por hacerlo. Y lo que ya me ha determinado a compartir con ustedes hoy mis incertidumbres es comprobar que los más proclives a hacer chuletas, a inscribir fórmulas salvadoras en la calculadora o a soplar o inspirarse en el compañero más cercano, son los más religiosos (un 65,4%) que, como ven, sobrepasan en mucho a aquel grupito minoritario -sospecho que formado por laicos y demócratas- que, al menos, sentía el resquemor y el peso insobornable de la -mala- conciencia.

La falta de remordimiento de la que, por cambiar de paisaje y venirnos a la patria, hacen gala los protagonistas de la mentira de estado, con proyección internacional -ONU, consignas a redactores de cabeceras de otros países- perpetrada en los días aledaños al mayor atentado terrorista acaecido en nuestro país el 11 de marzo de 2004, es sólo una muestra más. Ahí les ven y oyen, a algunos de los protagonistas, dictando soflamas en favor de la moralidad nacional, ofreciéndose como paradigmas de eficacia en la lucha antiterrorista, a ex ministros ex vicepresidentes y ex candidatos que entonces acumularon en su currículum el mayor grado de ineficacia e imprevisión, de mala guarda del pueblo ante el terror islamista conocida entre nosotros. Ésas sí, epónimas.

Pero es que es la falta de remordimiento, que es uno de los síntomas más claros para mí del deterioro de la democracia española, la señal que más se deja ver entre nosotros de que algo va mal, muy mal en el desenvolvimiento de nuestro procomún, como pueblo. Se ve en los rostros incólumes de mentirosos que fueron ministros, de prevaricadores que fueron magistrados, de manipuladores de información pública que siguen siendo directores de cabeceras periodísticas, de corruptores de opinión que siguen teniendo el privilegio -la tentación malversada, para ellos- de un micrófono ante el que proferir inflamadas y mendaces palabras, incendiarias insidias: todo eso que en nuestra vieja, hermosa y ultrajada lengua, siempre se llamó así, porque deforma en rictus contrahecho los músculos del rostro: caras duras.

Las caras duras menudean en la investigación que conocemos como Malaya, que dejará testimonio escrito para la posteridad -ay vergüenza nuestra, ante nuestros hijos y nietos- de la mayor concentración por metro cuadrado -nunca mejor dicho- de corrupciones y corruptelas, de malversación de caudales y confianzas públicas, de vaciamiento de tierra comunal, de hipotecas para siempre y nunca en las cuentas de escurridos jornales y eternas hipotecas. Esas caras de piedra de concejales y alcaldes, de empresarios, contratistas, subcontratistas y vivillos que menudean en los álbumes de fotos familiares y públicas de famosos del día. Sin un atisbo de remordimiento, salvo quizá, el de que los haya pillado alguien, el de no haber sido suficientemente listos, pillos o rápidos. De no haber rezado con suficiente fervor a la Virgen del Rocío.

Para el estudiante estadounidense que logra pegar el cambiazo en un examen (¿nos creemos que esos 60 de 100 de que hablaba el estudio?) y que, sin el menos escozor de su sobornable conciencia -algunos, según CollegeHumor cobra en relaciones sexuales si no puede en dinero-, acaba sus estudios y da gracias al Creador (pues es casi el mismo sospechoso porcentaje que el de los que se consideran religiosos) por haberle dado tal clarvidencia, esto no será más que el verdadero aprendizaje para la verdadera (buena) vida que presiente y que le espera. Nuestros jóvenes y primerizos votantes, pensemos que también incautos, en las Municipales ¿estarán también, a su manera, refleja e inexperimentada, emprendiendo este descarado aprendizaje? ¿Apretarán la mandíbula y endurecerán la mirada al depositar el voto, al modo de los más caracterizados gentleman del cinismo mundializado si son sorprendidos copiando?

II

De modo que el cinismo y la falta de arrepentimiento lo entendemos como una de las muestras más claras del deterioro que sufre la democracia española y, en un sentido amplio, las sociedades del llamado enfáticamente «mundo libre» en los tiempos de la Guerra Fría. Lo hacíamos desde varias perspectivas: desde el caso, sólo aparentemente fútil, de aquel 60% de estudiantes norteamericanos que, según un estudio publicado en internet, hacía trampas en los exámenes, sin el más mínimo atisbo de remordimiento, hasta el más conocido y contumaz de los políticos conservadores españoles, que en sus múltiples y cínicas apariciones en los Medios, no hacen sino recordarnos, como en un palimpsesto, aquellas otras apariciones, cuando ocupaban cargos de responsabilidad en el último gobierno Aznar, y su intento mendaz, desenmascarado ya en el juicio oral sobre los atentados del 11 de Marzo de 2004, de asociar la infame masacre a ETA.

Pero el deterioro, como ocurre con la vejez o algunas enfermedades, presenta muchos otros síntomas, tal como lo entendemos. Uno de ellos es el inveterado intento de los medios de comunicación conservadores por crear la errónea percepción óptica de que, «mutatis mutandis», Madrid es una metonimia de España toda (como en aquella cursilería de llamar a la mesetaria capital «crisol de todas las españas»). José Antonio Labordeta, cantante y viejo militante aragonesista, como saben, lo cuenta de manera muy gráfica, y con gracejo maño, en el diario electrónico «elplural.com», al explicar cómo en Aragón el repetido titular «El PP ha ganado las elecciones» es tan falso como afirmar que las ha ganado su propio partido regionalista. Con contundencia afirma que «la España de las autonomías, la convierten, con este discurso triunfalista, en un territorio “cabezón” donde solo lo que ellos ven es lo que quieren que veamos los demás».

El viejo sueño «cabezón» (capital viene del latín «caput», cabeza) de una España unitaria, al que no es ajena una capitalidad de origen tan rural como Madrid, sólo por su situación central en la península. De ese monstruoso sueño de la razón da  muestra el irremediable y obsesivo trazado radial de ferrocarriles y carreteras de la céntrica cabeza a la periferia, ida y vuelta. El muestra, cabezón, la ceguera histórica de dejar durante siglos incomunicadas las regiones excéntricas entre sí. Recuerden sólo que aún hasta ahora mismo apenas se termina por completo la reconstrucción moderna de la vieja Vía de la Plata para facilitar el viaje del NO al SO del país sin tener que pasar, ay Carmela, por Madrid.

Algo parecido, una distorsión auditiva paralela a la «visual», ocurre con la bronca, al parecer de muchos decibelios, con que el omnipresente tema vasco, o los nuevos símbolos, y circunvalaciones urbanas, hace pensar a muchos que es la misma riña que, como en eco, destempla el resto del territorio español. Un antiguo éxito de ventas de los años de la Transición -lo recordarán los más añudos o memoriosos de los lectores- se llamaba «Las Autonosuyas», del inefable Vizcaíno Casas: cualquier día lo reeditan. Pienso, como Labordeta, que los políticos del partido de la derecha española refundada, no han aceptado nunca, de forma natural: como la misma esencia del país, la estructura y vida multipolar, multilingüística, multihistórica de España.

La distorsión lingüística, visual y auditiva que hace proclamar al PP este discurso triunfalista, debido en gran parte a la imposible metonimia de Madrid (eco lejano y desvaído de aquel otro, desesperado y fatalista, del «No pasarán» republicano) es el signo de deterioro del que les quería hablar hoy, en contraste con esa saludable y refrescante constatación de Labordeta de que ni el PP ni ellos -la Chunta Aragonesista-, en Aragón, esto es, en una de las españas, «se han comido una rosca».

III

Es la lengua la que crea realidad al nombrarla, no al revés. Del mismo modo que la red de los significados filtra lo que nombra (una incógnita, una «x» a la que sólo cercamos por aproximación: lo que quiera que haya ahí afuera) parcelando la realidad de una determinada manera y no de otra. En lo más sencillo de apreciar, es lo que explica que en español distingamos «pez» y «pescado» y el francés no. Del mismo modo que los esquimales tienen cuatro palabras, al menos, para nombrar la nieve y nosotros sólo una. Por eso me resulta tan descorazonador que en el análisis político se considere suficiente un pequeño haz de palabras-baúl, vacías o desgastadas, con sus correspondientes ideas-tópico, cuando en ese análisis, es decir, en entender lo que nos pasa, lo que hace con nosotros el mercado, el poder o la invocación a una patria, nos va, literalmente, la vida.

Por eso, en las dos columnas anteriores, me detenía en la aceptación o resignación común ante la mentira colectiva o en la falta absoluta de arrepentimiento de los mentirosos (estudiantes que copian, ministros que en vez de dar cuenta de lo que saben, intentan crear una realidad paralela mediante el engaño o la propaganda). O como cuando, como les decía el sábado pasado, una manera no compartida de entender el topónimo España («Hemos ganado en toda España»), como una metonimia de Madrid, es utilizada como filtro «cabezón» de una realidad multipolar como la nuestra, inasequible a la uniformidad de ese enunciado.

Porque si a duras penas entendemos la realidad filtrada por las palabras que la nombran, cuando ni siquiera se intenta (pues eso es mentir) sino que se la quiere suplantar con una ficción, o, cuando intencionadamente se quiere extender una cláusula de habla como la única posible, es entonces cuando empezamos a perdernos en el peor de los laberintos humanos: el de la inanidad.

Unas cuantas creencias comunes son las que, de hecho, mantienen en pie la vida social o la ficción de las naciones. Y formuladas en un repertorio limitado de afirmaciones y actos de fe codificados en palabras. Sea cual sea la contradicción, desorden o injusticia que llevan dentro, esto funciona «como si» fueran verdad, y en base a esa certeza lingüística actuamos, nos levantamos para ir al trabajo, mandamos nuestros hijos a la escuela o despedimos a jóvenes soldados cuando los llevan a países remotos.  Por eso es tan peligrosa la grieta que rasga día a día ese «gran teatro del mundo» que consideramos nuestro mundo real: la hendidura que cada día separa más las grandes afirmaciones que seguimos oyendo machaconamente, a diario, y la cada vez menos creíble interpretación de los actores, la insufrible vacuidad del texto.

Si el actor no se cree su papel, el público tampoco (¿cuál creen, si no, que es el éxito de Sarcozy, cuál fue el de Zapatero?) o si el texto no conecta con alguna realidad comúnmente presentida de la misma forma, la obra se viene abajo. Ése es el hiato de que hablaba. En el caso del terrorismo etarra, algunos al menos, levantan su voz en los Medios -José Mª Ridao y alguno más, en realidad, entre los nuestros- para denunciar la obvia y antigua trampa léxica de ETA que ha acabado por complicarnos el entendimiento a todos. Que eso que en los telediarios llaman aún «kale borroka» tiene otros nombres que filtran mejor lo que nombra: gamberrismo, vandalismo, destrozos, amenazas, fanfarronadas de pandilleros. Que la palabra «tregua» sólo crea algo «real» en una guerra: pero es que aquí no hay guerra. O el «conflicto» de Euskadi con el estado… Y etcétera. Y sin embargo, los actores políticos siguen usando un lenguaje que, más allá de estar tan lejos de nombrar nada, quiere «crear» la realidad a la que en apariencia se refieren.

Algo tan sencillo y cabal, al no entenderse, agranda más y más la brecha: la que separa más y más no sólo lenguaje y realidad, sino la que alienta el desistimiento y abandono del público: no porque la obra, incluso el teatro en sí, no le interese, entiéndase bien, sino porque la dicción y el texto, la falsía de la trama y su falta acelerada de verosimilitud, la hacen cada día más insoportable.

IV

Si al lector le pasó alguna vez que tuvo que resolver un problema matemático con datos equivocados en el enunciado, recordará que no salía nunca, aunque aplicáramos la fórmula adecuada, aunque el razonamiento seguido fuera impecable. ¿Cómo podríamos definir la sensación sentida: frustración, impotencia, perplejidad? Algo de las tres cosas, seguramente, y, al final, renuncia, rendición…

Algo así creo que nos pasa cuando nos ponemos a comprender nuestro mundo, éste, el occidental en que vivimos, el Primero, y aquellos otros (Países Emergentes, los llaman, y el viejo e irredimible Tercero, o esos sin remedio, condenados, que la nombradía políticamente correcta, sin embargo con qué descaro, etiqueta como Países Inviables, sin más) cada vez más cercanos y más adentro, en el nuestro, en nuestras calles, en la vecindad. Que como los enunciados con que queremos entender el problema son erróneos -porque se han sustituido datos, escamoteados otros, o porque la sintaxis utilizada es ambigua, o deliberadamente confusa, o porque el repertorio de palabras-comodín, que como cantos rodados, ya no dicen nada y arrojan sólo sombras sobre sombras- el problema, es decir, el entendimiento de lo que nos pasa, se nos antoja irresoluble.

Y es así como acabamos encogiéndonos de hombros, renunciando, dejándonos llevar por el fatalismo, achacando a nuestra propia ignorancia o incapacidad, o a la maldad intrínseca de los conductores de estados -cuando lo más seguro es que a ellos tampoco les salgan las cuentas nunca, y hasta con buena fe actuarán la mayoría: quién lo duda con nuestro presidente, o con las maternales Angela Merkel o Ségolène Royal- lo irremediable de nuestros males, la inescrutable y siempre postergada resolución de los problemas…

¿Pero cómo será posible un razonamiento honesto que no ponga en el enunciado al rey Midas, al Dinero, de la mano inseparable del poder, y su devastador efecto de convertirlo todo en mercancía? ¿Cómo puede extrañarse nadie de que se vendan niños en China como esclavos, que miles o millones se rompan las espaldas o las manos trabajando la tierra o las minas? ¿Quién puede explicar la devastación de Irak, de Líbano, de Palestina, de Chechenia, en elegantes términos de política internacional, de equilibrios de poder, de economías emergentes, sumergidas, invisibles…? ¿Quién, con un razonamiento honrado, puede sustituir, hasta que no se entiende nada, eso que nombraba tan bien, claro y rotundo, un libro anónimo que circuló durante el siglo XVII por nuestra España y en español: «la desordenada codicia de los bienes ajenos»?

Nadie puede explicarse la ecuación de las tragedias de nuestro mundo sin establecer el verdadero valor de «x», el dinero, y de «y», su hermano el poder. Todos lo sabemos al madrugar para ir a vender nuestra fuerza de trabajo por un puñado de euros, pero como en esas amnesias del corto plazo que recrean algunas películas, lo olvidamos al caer el día. Oímos hechizados las compras y ventas muchimillonarias con que cada día nos obsequian (¿quién no se ha hipnotizado con esa venta masiva de casas y palacios del Santander o el BBV para realquilarse después en ellas?) admirando la habilidad de malabares con que el capitalismo malversa hasta el último rincón de la tierra, la energía del último y más esondido hombre o mujer del planeta. Y culpamos a la mala suerte.

Y por fin, el corchete de cierre, las sustituciones de la realidad acaecidas en esta última y largamente planeada jugada maestra: el vaciamiento del lenguaje y su hermano el pensamiento ocioso que denunciaba la semana pasada. Esta lengua inerme que transforma nuestra rabia en un suspiro, la de otros en una tea, la de todos en la misma sensación de impotencia, de confusión, de mal sueño. Es ese malestar insidioso que traslada poco a poco nuestros enseres a realidades a medida y comprensibles, sean éstas la de Second Life o la más humilde y obrera de la teleserie en que transitamos, con toda naturalidad, del cansancio hasta la cama. Sin entender ni jota.

V

Cuando Pepe Garcés bajaba a los sótanos donde trabajaba el fraile lego, sabía que se encontraba ante alguien a quien no podía engañar porque tenía el «alma líquida». Esto ocurría (ocurrirá siempre, pues es privilegio de las historias escritas suceder de nuevo cada vez que alguien las lee) en la «Crónica del alba», del inolvidable, y sin embargo olvidado, Ramón Sender. Quizá algún lector recuerde aún la serie televisiva que se basó en ella. La enseñanza de las almas líquidas la aprendió el joven protagonista el curso que pasó interno en un colegio de Reus. Al margen de las clases, como es habitual, se escapaba hasta unos sótanos del internado donde trabajaba un fraile lego que fue su verdadero maestro. Este frade, el verdadero maestro de Garcés, le enseñaba que para los que poseen almas líquidas no existe el engaño, pues entran en comunión con las almas de los demás gracias a la naturaleza fluida de su espíritu: se funden con las almas de los demás.

Les cuento esta pequeña historia para que vean lo importante que es elegir la manera en que se llaman las cosas: hoy se despacha a algo parecido a lo de las almas líquidas con un tecnicismo al uso, la empatía, que quiere nombrar -pero no puede- una habilidad o capacidad semejante. La disminución constante de almas líquidas entre nosotros es el último signo del deterioro que, a los ojos de cualquiera aún con el corazón vivo y la razón y la lengua todavía no domesticadas del todo, sufre nuestra vida cotidiana, la de las naciones -y la nuestra en particular- y del planeta entero como ya empiezan a contarnos tantos, levantada por fin la veda informativa sobre el derrumbe de nuestro mundo.

La falta de almas líquidas es lo que está en el fondo de los ominosos asesinatos de mujeres a que la triste rutina de las catástrofes nos ha hecho ya acostumbrarnos. En otras ocasiones he hablado aquí de ello, de esa paradoja infame que convierte a un hombre en asesino de la persona que se suponía que más amaba, aquella que le había mostrado y abierto, confiada, su alma y cuerpo -tan inerme, ay, tan «mortal y rosa». La terrible pérdida de las almas líquidas es lo que está detrás del neoesclavismo que niños y mujeres y hombres -en orden de infamia- sufren en esos países lejanos de que nos cuentan, pero también aquí, en esa cooperativa clandestina, en aquel bar de carretera. Que el alma sólida y acorchada, como de piedra pómez, de quien convierte al semejante en mercancía, cosa o cadáver, aún con el encanallamiento del mercado todopoderoso, sin la falta desgarradora de empatía no se puede explicar. Por eso se asegura que no hay un gramo de oro en el mundo que no esté manchado de sangre.

Tras cada pistola que mata, tras la bomba que siembra muertes al azar hay un apocalipsis irremediable, porque en cada humano que muere desaparece un universo: una parte, pues, de todos, como sabemos, no ya por ninguna fe, sino porque lo explican los físicos teóricos. El terrorista que planea una o muchas muertes sublimando su intención o acto en una ideología o religión dejó que el alma líquida que debió tener de niño se solidificara poco a poco, o de golpe, hasta dejarlo convertido en esa ceniza o piedra que ya es.

El alma líquida de mis lectores, que presiento en las palabras enhebradas aquí cada semana, se funde con ellas, pues es una de las virtudes del agua adaptarse al recipiente que las contiene como un molde. En ese presentimiento, y en la alarma que me comunican, he hilado estas cinco columnas con el motivo común de esta como enfermedad de síntomas difusos que nos atenaza: incomodidad, rabia, impotencia… La he llamado «el deterioro». Se le puede llamar de muchas otras maneras, pero los lectores saben que la manera de llamar las cosas es importante, es la primera escaramuza en que se pierde una guerra. Y en guerra estamos las almas líquidas: contra la codicia, la mala fe, la mala muerte, la humillación y el amontonamiento de ruinas, desechos y mercancías inútiles que convierten cada día nuestro mundo en un muladar y nuestra vida en un mal sueño.

© Manuel Jiménez Friaza

«El deterioro» by Manuel Jiménez Friaza is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License.

Descodificando los premios Nobel de Literatura

Los estudios lingüísticos y literarios realizados con criterios cuantitativos, con la ayuda de algorritmos matemáticos y herramientas estadísticas, tienen poca tradición en el mundo hispánico. Más, en EEUU y la Europa del Este. Y sin embargo, son tremendamente útiles: aportan perspectivas novedosas, nos libran del espejismo de las opiniones y se muestran como evidencias científicas.

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Entre las excepciones, me parece especialmente meritosa la investigación que Rosa Navarro Durán (filóloga de la Universidad de Barcelona) llevó a cabo sobre la autoría del Lazarillo de Tormes, considerada tradicionalmente como obra anónima. Demostró, con ayuda de estudios de frecuencia léxica, y con todas las herramientas que el estudio directo de las fuentes le permitió, que el autor de esta obra clásica fue Alfonso de Valdés, el humanista de la corte del Emperador. Como España es así, Rosa Navarro ha tenido que luchar con el Argumento de Autoridad -en este caso, el prestigio, algo mafioso de Francisco Rico, que pasa por ser el mayor experto en este libro, que defiende con uñas y dientes su anonimato. Afortunadamente, cada vez más editoriales sacan a la luz Lazarillo de Tormes como obra de Alfonso de Valdés.

En el ámbito de la sociología, este tipo de estudios son más abundantes, como es natural dada la lex artis de esta ciencia. Recuerdo dos que me resultaron especialmente interesantes: uno sobre los usos y significados del término “populismo”, tan de moda en los últimos tiempos, a través de distintas publicaciones desde el siglo XIX, demostrando que la alternancia entre significados positivos y negativos, ayudaba a entender por qué ahora hay un consenso en diferenciar populismos de izquierdas y derechas. El otro, más exhaustivo, rastreaba estadísticamente afirmaciones, usos sintácticos y metáforas, que proliferaron en las publicaciones universitarias norteamericanas en los últimos años 70 y primeros 80 sobre economía política, que prepararon el terreno “intelectual” para el advenimiento, triunfo y extensión de la visión neoliberal del capitalismo, que tan terribles consecuencias ha tenido para nuestras sociedades.

* * *

Pero el estudio que quería traer aquí a colación es mucho más humilde y de interés más restringido, pues se trata solo de un análisis cuantitativo y cualitativo sobre lo que su autora (Jennifer Quist, NLR, ed esp. 104) llama “el movimiento del capital cultural a través de la literatura mundial”. El corpus de su estudio se limita a las declaraciones públicas de la Academia sueca, sus comentarios y sus esquemas biobibliográficos sobre los distintos escritores premiados, sin tener en cuenta los datos objetivos sobre su vida y obra, ni la visión personal de los mismos autores, o lo que los propios críticos literarios hayan escrito sobre sus obras o importancia.

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El análisis cuantitativo de ese soporte textual permite descubrir el sesgo político y cultural de los autores premiados, cómo la Academia sueca ha privilegiado siempre una serie de características vitales, ideológicas y literarias. Esas variables se pueden resumir en:

  • Historias personales de exilio.
  • Ascenso desde clases sociales humildes.
  • Inclinaciones personales hacia el individualismo y ciertas formas de revolución “tolerables”.
  • El uso casi exclusivo de referencias occidentales a la hora de establecer las influencias literarias de los escritores premiados.
  • Las referencias a contenidos o inspiración autobiográficos en sus obras.
  • El multilingüismo, salvo en los escritorios ingleses, que no presentan el dominio de otras lenguas salvo la suya (ver mi entrada reciente sobre el idioma inglés y el solipsismo estadounidense).

La secuencia temporal para el estudio se centra en el periodo que va desde 1992 (final de la Guerra Fría) hasta nuestros días.

El método seguido consistía en que cuando aparecían esas variables, el premiado era señalado como positivo en cuanto a esa variable. Los resultados se tabularon asignando valores numéricos a las variables tipificadas en esos escritores premiados, con la intención de reflejar en qué medida encajaba cada uno de los galardonados en el perfil ideal (recordemos que solo se manejaron declaraciones y encomios “oficiales” de la Academia sueca) de un Premio Nóbel de Literatura.

Los hallazgos generales, para el periodo estudiado (desde 1992 hasta nuestros días), fueron interesantes:

  • Un 78% de los premiados han sido hombres, frente a un 28% de mujeres.
  • El 68% de los premiados vivían en Europa en el momento de recibir el premio, frente a un 20% en las Américas, un 8% en Asia, un 4% en Australia y ninguno en África. Muy significativo.
  • El idioma más común era el inglés (un 36%) seguido del alemán (un 16%).

Las seis variables estaban representadas en todos los premiados, incluido el polémico Bob Dylan, que puntuaba en la zona media de la tabla. La puntuación media se puede considerar como de 4,2 sobre 6. La máxima puntuación, la de quienes cumplían todas las características del perfil ideal de un Nóbel, la obtuvieron cuatro escritores: J. M. Coetzee, Gao Xingjian, Herta Müller e Imre Kertész. El segundo lugar, con 5 de las 6 variables, lo ocuparon seis premiados: Seamus Heaney, Doris Lessing, Günter Grass, Wislawa Szimborska. Elfriede Jelinek y Jean-Marie Gustav Le Clézio. Con cuatro variables hubo cinco galardonados: Toni Morrison, V. S. Naipaul, Kenzaburo Oé, Orhan Pamuk y Bob Dylan. Mario Vargas Llosa, Mo Yan, José Saramago, Harold Pinter, Darío Fo, Derek Walcott y Tomas Tranströmer reunían 3 de las 6 características. Con solo dos de las variables, estaban Svetlana Alexievich, Patrick Modiano y Alice Munro. Estas últimas puntuaciones bajas, según señala Quist, se produjeron en premiados entre los años 2013 y 2015, lo que se puede interpretar como un cambio incipiente de cara al futuro en el perfil ideal de un Premio Nóbel de Literatura vigente hasta ahora.

El resto es más prolijo y de menor interés general (quiero decir, para alguien no muy apasionado de estas cosas), así que no me detengo en ello para no abrumar a los amigos que me han leído hasta aquí.

Concluyendo, el retrato-robot obtenido en este estudio es el siguiente:

El candidato ideal al Premio Nóbel de Literatura es un varón, que trabaja en una lengua de la familia anglo-alemana, es étnicamente europeo y vive, normalmente, en ese continente. Es un rebelde asimilable, individualista y que asume riesgos. Procede de raíces humildes, o al menos, de clase media, a pesar de lo cual ha obtenido renombre internacional. Su obra tiene influencias de la de otros escritores occidentales, de forma casi exclusiva. Su obra se inspira en su mayor parte en acontecimientos de su propia vida y, con toda probabilidad, no es un traductor.

¿Sí o no? (Apuntes, 15)

En el nombre del padre

En un nivel simbólico, el Estado es el padre mientras que la tierra y el cuerpo corresponden a la madre. El padre y el estado apelan, en la estructura bicameral del cerebro, a la cámara de la norma y la represión. Por eso la mayoría no se rebela de veras contra él: se queja, reclama. No hay Edipo, frente a él somos niños.

¿Sí o no?

El matemático Claude Shannon demostró que la cantidad de información de un mensaje se podía medir, poniéndolo en relación con la novedad o sorpresa que provoca. La cantidad más pequeña es el bit que equivale a un sí/no como respuestas a una pregunta. Las charlas sobre el tiempo están en ese nivel de mensajes cercanos al bit: son tan consabidas y esperables que es muy frecuente que la gene desconecte y no oiga siquiera lo que dice el otro, como en diálogos del tipo:

– Pues hoy hace más calor que ayer.
– Qué va, ayer corría un poco de aire…

Si en un informativo sacan a gente de la calle para que “opinen” es, justamente, en casos así, en verano, en la playa, en una nevada… Literalmente, ni esa gente dice nada ni el espectador “oye” nada. Son mensajes con una cantidad despreciable de información. Como pasa en las clases cuando el alumno se aburre, también con la información del mainstream: mensajes esperables, como el balido de las ovejas, que, por tanto, no “informan” de nada. De eso se trata.

Al decir de Macluhan, “hablan y hablan sin cesar, pero no dicen nada.” Así de sencillo es explicar la ignorancia social consentida…

 

Mundos paralelos

Para Milica

En una cafetería, con unos amigos a los que no veía hacía tiempo, notó que uno, más joven y al que no conocía de nada, lo miraba insistentemente, con una sonrisa tierna que le hizo sentir incómodo. Por fin, le preguntó si habían coincidido en algún tiempo o lugar, si se conocían de algo. El chico sonrió aún más y le dijo: “Tú a mí no me conoces, pero yo llegué a saber de ti, a lo largo de todo un curso, cómo vestías, con quienes te juntabas y por qué camino ibas al Instituto… ”

A estas alturas de la conversación, no solo Juan -que así se llama nuestro protagonista- estaba atento y en silencio, sino que todos los amigos habían dejado de hablar y escuchaban el relato del misterioso desconocido, del que nadie recordaba ni cómo ni cuándo había llegado y se había sentado con ellos… Este, tras un breve silencio, continuó: “Si quieres, te cuento cómo ocurrió todo.” Por supuesto que sí” -respondió Juan, impaciente.

“Pues resulta que una chica a la que tú no conoces porque era, como yo, de un curso inferior al tuyo, solitaria y que iba y venía al Instituto desde un pueblo cercano al nuestro, me hizo el más extraño encargo que me han hecho nunca: que te siguiera durante toda la mañana, que te observara con atención y disimulo y que, al final de la jornada le diera cuenta del resultado de mi espionaje. Estaba enamorada de ti, pero también convencida de que tú nunca lo estarías de ella.

Se detuvo y continuó, como pensando en voz alta: “Yo no supe ni pude negarme, porque ejercía un extraño poder sobre mí y -y esto es lo más triste para mí- yo estaba secretamente enamorado. Imagina mi sufrimiento al tener que contarle, al final del día, toda la información acumulada sobre ti… Y así fueron pasando los días y meses de aquel curso, hablando sobre los vaqueros que llevabas puestos o si estabas serio o contento… Hasta que las clases acabaron y la vida nos separó, hasta hoy,..”

Unas lágrimas furtivas acompañaron sus últimas palabras. Para relajar la tensión, unos se levantaron a pedir consumiciones y otros, como Juan, fueron al baño… Para cuando el grupo se volvió a reunir en torno a la mesa, el misterioso desconocido había desaparecido.

Así me contó Juan, años después, el descubrimiento de aquel amor secreto. Nunca llegó a saber quién era y, para, su desesperación, no logró recordar ningún rostro ni ninguna mirada con los que poder poner cara a su enamorada invisible. Sí recordaba lo solo que se sintió aquel último año del Bachillerato y cavilaba sobre cómo podría haber cambiado su vida si la chica misteriosa se hubiera acercado alguna vez a él, rompiendo aquel cerco de silencio que el destino alzó entre los dos.

 

Contra el humanismo

Esta reflexión va acompañada del artículo que el suizo Jakob Burkhardt (prestigioso historiador, profesor, conferenciante y polígrafo de quien tuvo siempre un cariñoso y admirativo recuerdo uno de sus alumnos más conocidos, Friedrich Nietzche) dedicó a un humanista italiano, prototipo de este renacer de la cultura antigua y del nuevo paradigma que está en las raíces mismas de nuestro mundo: Leon Battista Alberti. El texto de Burkhardt, como podrá comprobar el amigo del blog a continuación, está impregnado de apasionada admiración por este sabio italiano. Yo mismo he utilizado esta lectura en mis clases como introducción al Renacimiento y siempre ha provocado en los alumnos una actitud de sorpresa y familiaridad a la vez, leyéndola y entendiéndola desde un punto de vista contemporáneo. Pero…

Pero este artículo lo he titulado “Contra el humanismo” (sé que hay un libro de Félix Duque llamado así, pero no lo he leído: la coincidencia se debe considerar como lo que es, una coincidencia) y lo escribo desde otra perspectiva, más alejada, la de mi tiempo (“somos el tiempo que nos queda”, como dice José Caballero Bonald en un verso magistral), es decir: el tiempo en que estamos sufriendo las consecuencias últimas y nefastas del humanismo. Pues ¿qué nos enseñan nuevos conceptos científicos como Antropoceno, sino que las acciones catastróficas del Hombre sobre la Tierra, son de tales dimensiones que damos nombre a toda una era del planeta?, ¿no es fácil ver que la economía-mundo capitalista hunde sus raíces en el viejo antropocentrismo que se empezó a remover desde los finales de la Edad Media, preconfigurando las coordenadas del agónico mundo actual?

Entre las muchas cosas que debemos agradecer a los movimientos ecologistas y a sus herederos actuales (animalistas, veganos, decrecentistas, practicantes de la vuelta al campo y la permacultura…) es que nos han enseñado a relativizar la condición humana, resituándonos en pie de igualdad entre las otras especies vivas. Algo que parecía impensable hace solo unos años, como considerar a un animal sujeto portador de derechos jurídicos (ya hay al menos una sentencia judicial que lo establece así) empieza a formar parte del saber y la ética comunes entre las generaciones más jóvenes. Es fácil adivinar las líneas de un nuevo paradigma que emerge en nuestro tiempo apocalíptico, que está llamado a sustituir a la agotada perspectiva humanista, si la aceleración del tiempo y las catástrofes provocadas por nuestra especie lo permiten todavía…

Las curas de humildad de esa soberbia prometeica, que podemos encontrar en la semblanza de Alberti que escribió Burkhardt, han sido múltiples y entre ellas aún resuena con mucha fuerza las advertencias que en su teoría de a evolución nos hizo Darwin. Esta misma mañana -y seguramente es lo que me ha impulsado a escribir esta entrada- comentaba con unos amigos en una red social de la Internet libre la noticia de que en Turquía se van a prohibir, en un par de años, las enseñanzas sobre el evolucionismo darwiniano en los niveles medios del sistema educativo de ese país, aspirante aún a integrarse en la Unión Europea. Comentaba yo -y con esta autocita acabo- que lo que sucede, más allá de la cuestión de los tópicos esperables sobre el creacionismo o la enseñanza de las religiones, es que Darwin da miedo porque destronó al hombre de su condición excepcional, “a imagen y semejanza”…

Y sin más, la lectura que hoy les propongo en este claro del bosque, en contrapunto y contradicción con lo dicho hasta ahora, en este tiempo en que me siento más alejado del entusiasmo pedagógico con que la abordé durante años en el aula…

 

LEON BATTISTA ALBERTI

León Battista sobresalió desde su infancia en cuanto es digno de elogio. Así se habla de sus proezas increíbles en lo que se refiere a diversos ejercicios físicos y habilidades gimnásticas: cómo saltaba con los pies juntos por encima del hombro de una persona, cómo lanzó en la catedral una moneda que se oyó caer en la bóveda más distante; cómo los caballos más indómitos se estremecían y temblaban bajo su peso, pues en tres cosas pretendía aparecer sin tacha ante los demás: en el hablar, el caminar y el cabalgar.

Además aprendió música sin maestros, y sus composiciones cosecharon la admiración de los profesionales. Obligado por la necesidad, estudió durante muchos años derecho civil y canónico, hasta que cayó enfermo de agotamiento, cuando a la edad de veinticuatro años se debilitó su memoria, manteniéndose, sin embargo, intacta su capacidad de comprensión, se entregó de lleno a la física y las matemáticas, y aprendió al mismo tiempo las más diversas técnicas y habilidades, preguntando a artistas, eruditos y obreros de todas clases, incluso a los zapateros, sobre sus secretos y experiencias.

También se dedicó a pintar y modelar, mostrando en ello gran dominio técnico y especial aptitud para reproducir de memoria, sin modelo. Su misteriosa camera obscura despertó igualmente una especial sensación: en ella hacía aparecer ya las estrellas y la luna surgiendo tras las rocosas montañas, ya amplios paisajes con montes y bahías, reduciendo su tamaño hasta perderse en la vaporosa lejanía, donde se veían grandes flotas surcando ágiles las aguas, tanto bajo la luz del sol como bajo el cielo nublado.

Pero también celebraba con entusiasmo lo que otros descubrían, así como toda creación humana que tuviera de alguna forma en consideración las leyes de la belleza, considerándola como algo cercano a lo divino. A todo esto hay que añadir su producción literaria, que al principio se limitó a tratados sobre el arte en general, hoy considerados como definiciones básicas y testigos fundamentales del Renacimimento en el terreno de la estética, y en particular de la arquitectura.
Más tarde también produjo, esta vez en latín, abundantes poemas en prosa y novelas cortas, así como cierto tipo de escritos que luego se confundieron con las obras antiguas, amén de ingeniosos discursos, églogas y elegías. Añadamos a ello su tratado Sobre economía doméstica, obra en cuatro volúmenes y escrita en italiano, o la oración fúnebre dedicada a su propio perro. Por lo demás, todos sus dichos se consideraban dignos de ser coleccionados, tanto los serios como los humorísticos: así, en la biografía arriba mencionada, nos transmite ciertos ejemplos de los mismos, a lo largo de columnas enteras. Sin la menor reserva Alberti nos hace allí partícipes de todas sus propiedades y conocimientos, pues, como es habitual en las naturalezas verdaderamente ricas, regaló sus descubrimientos más notables sin recibir nada a cambio.

Y finalmente, se nos descubre allí también el más profundo manantial de su naturaleza, su intensa identificación con cada objeto del mundo circundante, de cuya existencia participaba al observarlo. Así, derramaba lágrimas a la vista de los árboles más soberbios y de los campos colmados; honraba la hermosura y dignidad de los ancianos como una «delicia de la naturaleza» y no se cansaba de contemplarlos; y también los animales bien formados merecían su aprecio, por cuanto la naturaleza los había favorecido especialmente; más de una vez, estando enfermo, sanó solo ante la vista de un hermoso paisaje, y no es de sorprender que aquellos que lo conocieron en tan misteriosa e íntima comunicación con el mundo exterior le adjudicaran el don de la profecía. Así se dice que predijo con varios años de antelación una sangrienta crisis que tuvo lugar en la casa de Este, así como el destino de Florencia y el de los Papas, y también se asegura que en cualquier momento podía leer en el interior de las personas, así como en los rasgos de sus rostros.

Ni que decir tiene que lo que llenaba y sostenía aquella gran personalidad era una férrea e intensa fuerza de voluntad; y también decía, junto con los más grandes del Renacimiento: «Los hombres pueden lograr cualquier cosa, a condición de desearla verdaderamente».

(Burkhardt, Jakob, La cultura del Renacimiento en Italia, Barcelona, 2005)

A los pueblos asesinados, por Romain Rolland

 

Comparto aquí con los amigos del blog mi versión en español -espero que fiel a la escritura de periodos amplios y al sentido del autor- de un texto lúcido y estremecedor escrito por Romain Rolland el 2 de noviembre -Día de Difuntos- de 1916. Rolland, un escritor francés muy poco conocido en España, practicó con pasión un pacifismo activo y un socialismo “fabiano”, teñido de una esperanza firme en la hermandad y el humanismo universales; para él, la única posibilidad de salvación de la “civilización europea”… El texto original francés, junto con la fotografía y las noticias bibliográficas las tomo del blog Dormira jamais, de mi admirado Olivier Favier.

Los horrores acontecidos en estos últimos treinta meses han sacudido brutalmente las almas de Occidente. El martirio de Bélgica, de Serbia, de Polonia, de todos los desgraciados países del Oeste y el Este aplastados por la invasión no se pueden ya olvidar. Pero estas iniquidades que nos sublevan, porque somos sus víctimas, hace cincuenta años -¿cincuenta nada más?- que la civilización europea las comete, o permite que se cometan a su alrededor.

¿Quién podría decir qué precio pagó el Sultán Rojo por el silencio de la prensa y la diplomacia europeas sobre la sangre de doscientos mil armenios sacrificados durante las primeras masacres de 1894-1896?

¿Quién va a llorar el sufrimiento de las poblaciones entregadas al saqueo de las expediciones coloniales? ¿Quien, cuando se ha levantado una parte mínima del velo en una parte u otra del campo del dolor -Damaraland o el Congo-, ha podido soportar la visión sin horror? ¿Qué hombre “civilizado” puede pensar sin rubor sobre las matanzas de Manchuria y China en 1900-1901, donde el emperador alemán dio a sus soldados, por ejemplo, Attila; donde los ejércitos combinados de la ‘civilización’ competían entre sí en vandalismo contra una civilización más antigua y superior? ¿Qué ayuda prestó Occidente a las razas perseguidas en la Europa del Este: judíos, polacos, finlandeses, etc.? ¿Qué ayuda a Turquía y a China cuando intentaban recuperarse? Hace sesenta años, China, envenenada por el opio de la India, quería deshacerse del vicio que la estaba matando: vive, después de dos guerras y un tratado humillante, la imposición por Inglaterra, del veneno que ha proporcionado en un siglo, según se dice, a la Compañía de las Indias Orientales, por ejemplo, unas ganancias de once mil millones. E incluso después de que la China de hoy haya logrado el esfuerzo heroico de sanar en diez años de su enfermedad mortal, ha sido necesaria la presión de la opinión pública para forzar a los estados europeos más civilizados a renunciar a los beneficios que le ingresaban en caja la intoxicación de un pueblo. Pero ¿de qué asombrarse cuando tal estado occidental no ha renunciado a vivir del envenenamiento de su propio pueblo?

“Un día, esribió el Sr. Arnold Porret, en África, en Costa de Marfil, un misionero me contó cómo explicaban los negros la blancura de piel del europeo. Es porque el Dios del Mundo le preguntó: “¿Qué has hecho de tu hermano?” Y él empalideció.”

“La civilización europea es una máquina de picar carne, dijo en junio pasado en la Universidad Imperial de Tokio, el gran hindú Rabindranath Tagore. Consume los pueblos que invade, extermina o destruye las razas que dificultan su marcha triunfal. Es una civilización de caníbales; oprime a los débiles y se enriquece a su costa. Se propaga mediante envidias y odios, deja el vacío tras ella. Es una civilización científica y no humana. Su poder proviene de que concentra todas sus fuerzas en la única finalidad de hacerse ricaCon la excusa del patriotismo, falta a la palabra dada, tiende sus redes sin vergüenza, tejidas con mentiras, que atraen a grandes y monstruosos ídolos en templos erigidos para la ganancia, el único dios que ama. Profetizamos sin duda que no va a durar para siempre …”

“No va a durar para siempre …” ¿Escucháis, europeos? Os tapáis los oídos? Oíd, pues, dentro de vosotros mismos Nosotros mismos, preguntémonos. No hagáis como los que culpan a su vecino de todos los pecados del mundo creyéndose libres de ellos. En la plaga de hoy en día, todos tenemos nuestra parte de culpa: unos por propia voluntad, otros por la debilidad; y no es la debilidad la menos culpable. La apatía de la mayoría, el miedo de la gente honesta, el egoísmo escéptico de gobernantes débiles, la ignorancia o el cinismo de la prensa, bocas ansiosas de bandidos, el servilismo cobarde de los hombres de pensamiento que se convierten en los acólitos de los prejuicios mortales que tenían por misión destruir; arrogancia implacable de estos intelectuales que ya no creen en sus ideas más que en la vida del prójimo y que matarían a veinte millones de hombres con tal de tener razón; prudencia política de una Iglesia demasiado romana, en la que San Pedro el pescador se convirtió en el barquero de la diplomacia; Pastores de mente seca y afilada, como un cuchillo, sacrificando su rebaño para purificarlo; fatalismo aturdido de las pobres ovejas … ¿Quién de nosotros es culpable? ¿Quién de nosotros tiene el derecho a lavarse las manos de la sangre de la Europa asesinada? ¡Que todos vean su culpa y traten de rectificar! ¡Pero sobre todo, con urgencia!

El hecho más importante es este: Europa no es libre. La voz del pueblo es sofocada. En la historia del mundo, estos años seguirán siendo los de la gran servidumbre. La mitad de Europa lucha contra la otra en nombre de la libertad. Y para librar este combate, las dos mitades de Europa han renunciado a la libertad. Es inútil invocar la voluntad de las naciones. Las naciones ya no existen como personalidades colectivas. Un puñado de políticos, unos celemines de periodistas hablan con insolencia, en nombre de uno o del otro. No tienen derecho. Ellos no se representan más que a sí mismos. Ni siquiera se representan a sí mismos. “Ancilla plutocratiæ …” dijo Maurras en 1905, denunciando la Inteligencia domesticada y que pretende, a su vez, representar la opinión pública, representar a la nación… ¡La nación! Pero, ¿quién puede proclamarse el representante de una nación? Quién sabe, que se ha atrevido siquiera nunca a mirar cara a cara el alma de una nación en guerra? Este monstruo creado con miríadas de vidas amalgamadas, diversas, contradictorias, que pululan por todos lados, sin embargo, soldadas entre sí, como un pulpo … Mezclar todos los instintos, y todas las razones y toda la sinrazón … Golpes de viento subieron desde la sima; fuerzas ciegas y furiosas salidas del fondo humeante de la animalidad; vértigos de destruir y destruirse a uno mismo; voracidad de la especie; religión distorsionada; erecciones místicas de almas embriagadas de infinito que buscan la satisfacción enfermiza de la alegría a través del sufrimiento, a través de la auto-sufrimiento, del sufrimiento de los demás; despotismo vano de la razón, que pretende imponer a los demás la unidad que no tiene, pero que le gustaría tener; brotes románticos de la imaginación encendieron recuerdos de siglos; fantasmagoría académica de la historia patentada, de la historia patriótica, siempre dispuesta a blandir lo que se requiera según el caso, el Vae Victis del joven o el Gloria Victis … Y en revoltijo, con la marea de las pasiones de todos los demonios secretos que la sociedad reprime, en orden y en paz… Todos se enredan en los brazos del pulpo. Y cada uno encuentra en sí mismo la misma confusión de fuerzas buenas y malas, ligadas, enredadas juntas, maraña inextricable. ¿Quién la desenredará? … ¿De dónde viene el sentimiento de fatalidad que oprime a los hombres, en presencia de tales crisis? Y sin embargo, es sólo su desánimo antes de extenderse el esfuerzo múltiple, prolongado pero no imposible, que hace falta para liberarnos. Si todo el mundo hiciera lo que puede (¡no más!) el destino no se cumpliría. El destino se hace de la abdicación de cada uno. Abandonándonos, aceptamos cada uno nuestra parte de responsabilidad.

Pero esas partes no son iguales. ¡A tal señor, tal honor! En el potaje innombrable que forma hoy la política europea, la parte más grande es el dinero. El puño que sostiene la cadena que une el cuerpo social es la de Pluto. Pluto y su banda. Es él quien es el verdadero maestro, el jefe real de los estados. Él está haciendo negocios turbios con ellos, empresas corruptas. No es que consideremos como único responsable de los males que nos aquejan a determinado grupo social, o este y aquel individuo. No somos tan simplistas. ¡No buscamos cabezas de turco! ¡Es demasiado fácil! Ni siquiera decimos «is fecit cui prodest» de los que vemos hoy beneficiarse descaradamente de la guerra. No quieren tener nada que ganar; aquí o allá, ¡que les importa! Se acomodan tanto la guerra como a la paz, y tanto la paz como la guerra les parecen buenas. Al leer (un solo ejemplo entre miles) la historia que se ha contado recientemente de los grandes capitalistas alemanes, compradores de las minas normandas, que se han hecho con el control de la quinta parte del subsuelo minero francés, y desarrollando en Francia, entre 1908-1913, para su propio provecho, la industria metalúrgica pesada y la producción de hierro, con el que se han hecho los cañones con que disparan los ejércitos alemanes, uno se da cuenta de que la gente con mucho dinero se vuelve indiferente a todo, menos al dinero. Al igual que el antiguo Midas, que todo lo que tocaban sus dedos se convertía en metal… No se les asignen grandes planes tenebrosos en la sombra! Ellos no ven nada, por muy lejos que miren Su objetivo es recaudar rápidamente y la mayor cantidad posible. Lo que culmina en ellos es el egoísmo antisocial, que es la herida de esta época. Son simplemente los hombres más representativos de un tiempo esclavo del dinero. Los intelectuales, la prensa, políticos, -sí, incluso los jefes de estado, estos trágicos payasos de marionetas, que, voluntariamente o no, se convierten en sus instrumentos, son usados como una pantalla. Y la estupidez de las personas, su sumisión fatalista, su antiguo fondo ancestral de salvajismo místico, las deja indefensas ante las mentiras y la locura que les lleva a matarse unos a otros…

Una frase injusta y cruel afirma que los pueblos siempre tienen los gobiernos que se merecen. Si fuera cierto, sería para desesperar de la humanidad, así que ¿cuál es el gobierno al que un hombre honesto le podría dar la mano? Pero es demasiado obvio que la gente que trabaja, no puede controlar suficientemente a los hombres que la gobiernan; Ya es suficiente con que todavía tengan que reparar errores o crímenes, sin que rindan cuenta, además, como responsables. El pueblo, que se sacrifica, muere por unas ideas. Pero los que los sacrifican, viven por unos intereses. Toda guerra que se prolonga, incluso la más idealista en su origen, se está convirtiendo cada vez más en una guerra comercial, “una guerra por el dinero”, como escribió Flaubert. Una vez más, no decimos que hacemos la guerra por dinero. Pero cuando la guerra está ahí, pasamos allí, y respetamos el engaño. La sangre fluye, fluye el dinero y no hay ninguna prisa por detener el flujo. Unos pocos de miles de privilegiados, cualquier casta, cualquier raza, nobles, administradores, campesinos, metalúrgicos, especuladores, proveedores de armas, autócratas de las finanzas y las grandes industrias, reyes sin título y sin responsabilidad, escondidos detrás de la escena, rodeados y absorbidos por un enjambre de parásitos, saben, con sus sórdidas ganancias, jugar con todo lo bueno y con todos los malos instintos de la humanidad, con su ambición y su orgullo, rencores y odios , tanto con sus ideologías carnívoras como con su entrega, su sed de sacrificio, su heroísmo deseoso de derramar su sangre, su riqueza inagotable de fe…

¡Pueblos desgraciados! ¿Se puede imaginar un destino más trágico que el suyo? … Nunca consultados, siempre sacrificados, forzados a la guerra, obligados a crímenes que nunca quisieron … El primer aventurero, también los primeros jactanciosos, asumen imprudentemente el derecho a cubrir con sus nombres las locuras de su retórica asesina o de sus intereses viles. Pueblos eternamente engañados, eternamente mártires que pagan por los errores de los demás … Es sobre sus espaldas sobre las que son intercambiados las causas que ignoran y los asuntos que les conciernen; es en su espalda ensangrentada y pisoteada donde se desarrolla la lucha de las ideas y los millones, que no comparten en absoluto (con más de unas que de los otros, y solos, sin odio, los que son sacrificados; odio que está en el corazón de los que los sacrifican …) Pueblos intoxicadas por la mentira, la prensa, el alcohol y las mujeresPueblos laboriosos, que son despojados del trabajo … Pueblos generosos, que son desposeídos de la piedad fraterna … Pueblos que desmoralizados, se pudren vivos, matan¡Oh queridas poblaciones de Europa muriendo durante dos años sobre su tierra moribunda! ¿Habéis tocado ya el fondo de la desgracia? No, lo veo en el futuro, después de tantos sufrimientos, temo el día fatal en que, tras la decepción de falsas esperanzas, tras el sinsentido reconocido de tantos sacrificios vanos, la miseria recluta a personas que busquen ciegamente algo en lo que vengarse. Así que ellos también serán víctimas de la injusticia, y serán despojados por un exceso de infortunio hasta el halo funeral del sacrificio. Y arriba y abajo de la cadena, en el dolor y el error todo se igualará¡Pobres crucificados, que se remueven en la cruz junto a la del Maestro y aunque más liberados que él, en vez de salvarse, se hundirán como plomos en la noche del sufrimiento! ¿No os salvaréis de vuestros dos enemigos: la esclavitud y el odio? … ¡Lo queremos, lo queremos! Pero es necesario que lo deseéis vosotros también. ¿Lo queréis? ¿Vuestra razón, doblegada bajo el peso de siglos de aceptación pasiva, es capaz todavía de ser libre?

2 de noviembre, Día de los difuntos, 1916.

Texto publicado en la revista: Demain, Genève, Primer Año. Noviembre-Diciembre 1916. N°11-12.

Reeditado en Les Précurseurs, París, Éditions de l’humanité, 1920.

Dedicatoria: « A la memoria de los Mártires de la nueva Fe: la de la Internacional humana. A Jean Jaurès, Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg, Kurt Eisner, Gustav Landauer, víctimas de la feroz estupidez y de la mentira asesina, liberadores de los hombres, que los han asesinado.»

El escritor francés Romain Rolland en compañía de Mahatma Gandhi, en Villeneuve (Suiza), en diciembre de 1931. Fotografía. R. chlemmen – Col. Archives Larbor. En su diario, el 3 de agosto de 1914, Romain Rolland había escrito: «Estoy abrumado. Querría estar muerto. Es horrible vivir en medio de esta humanidad enloquecida y sin poder hacer nada, la quiebra de la civilización. La guerra europea es el mayor desastre en la historia durante siglos, la ruina de nuestras esperanzas en la hermandad humana salvadora.»

 

La subjetividad cultural (Apuntes, 13 y 14)

La subjetividad cultural es algo obvio que, sin embargo, olvidamos continuamente. Cuando leemos a un autor, buscamos nuestros propios puntos de interés, no los suyos. Y esto vale para la literatura tanto como para las redes sociales. Luego están los límites lingüísticos de cada uno, las acotaciones personales de los campos semánticos con que la experiencia y el conocimiento de la realidad nos configuran. Ludwig Wittgenstein lo dejó escrito de forma ejemplar: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Una de las cosas más difíciles en las clases de literatura es consensuar el sentido de una metáfora. Los alumnos defienden sus interpretaciones con uñas y dientes. A veces, la ofuscación que causa el sentido arcano que quiso transmitir el autor lleva a desahogos como el de una alumna que en una clase, tras mis intentos por interpretar qué quería decir Juan Ramón Jiménez en un poema al afirmar que los pinos cantaban, explotó de pronto, entre ruborizada y enfadada: “Manuel ¿pero cómo van a cantar los pinos?”…

En redes y foros de Internet es muy fácil observar que lo que todo el mundo comparte son las noticias o artículos que coinciden con su visión del mundo o su ideología, con su propio manejo del lenguaje, con sus connotaciones subjetivas.

El que, a pesar de todo, consigamos a duras penas, ampliar nuestras perspectivas con las de otros, aprender o cambiar nuestros puntos de vista es, bien mirado, una auténtica hazaña o un auténtico milagro.

Hacer desaparecer un elefante

La “magia” mediante la cual la economía-mundo capitalista es capaz de ocultar su destrucción del planeta, de sus seres vivos, y el daño causado a nuestras vidas vaciadas de sentido es tan admirable como la desaparición de un elefante ante el público que dicen que realizó el gran Houdini.

Como si, como si no…

Esta entrada ha sido publicada en infoLibre con el título Como si…

Carmen Martín Gaite contaba una vez que ella seguía el «como si» como una regla de vida. Su pequeña teoría del «como si» consistía en hacer un uso de la imaginación parecido al de los niños en los juegos que hoy llamamos, en la neolengua, «juegos de rol». Eran esos que empezaban con «¿vale que yo soy el médico y tú el enfermo?» y, en el momento en que el otro aceptaba la propuesta, se producía la demiurgia que es tan natural en la infancia: la transformación de la ficción en realidad mediante un simple acto lingüístico. En aquel punto en que lo dejamos, el niño devenido médico mediante su pregunta performativa, enarbolaba ya, con gesto adusto y adulto, la jeringuilla de ilusión para pinchar en el culo al que, en el desigual reparto -como en la vida misma, pues en su simulación consistía el juego-, le había tocado el deslucido papel de enfermo…

La novelista sabía bien que la realidad es fea y sórdida, por lo común, y, a veces, difícilmente soportable. Sabía también, como creadora de mundos de ficción, que la mejor manera de sobrellevarla y sobrevivir a ella es reescrbirla, como en un palimpsesto, con la imaginación, y actuar en consecuencia, como si fuera de otra manera distinta. Alfonso Sastre, otro gran creador de historias, también ha sido siempre consciente de ese papel poderoso de la imaginación en la creación literaria y en el mundo humano, hasta el punto de haber elaborado, en sus estudios sobre lo que llama la «imaginación dialéctica», una sofisticada y extensa reflexión teórica, un verdadero tratado de Estética. Para Sastre, la imaginación es transformadora desde el momento en que plantea un camino de ida y vuelta a y desde la realidad, en el que ésta queda «tocada» o como herida, y puede convertirse así en una realidad alternativa. El niño que actuaba como si fuera un médico puede llegar a serlo realmente un día. Lo imaginado de forma especular en las utopías puede encarnarse en un lugar y tiempo concretos, traspasando el espejo platónico.

Por aludir de pasada a lo biográfico, yo no habría sido capaz de trabajar tantos años como profesor sin el auxilio del «como si». Uno debe actuar en el aula como si sus alumnos fueran todos inteligentes, capaces y constantes. La educación exige, en ese sentido, un optimismo histórico, un optimismo de la imaginación, más que de la voluntad como quería Gramsci. En el fondo, así lo ve uno al menos, es algo así como las profecías autocumplidas: la dama boba de Lope de Vega se vuelve inteligente gracias al efecto emulador del amor; el niño torpe al que tratamos como si fuera listo, lo acaba siendo por contagio; la fea realidad puede acabar transformándose en otra más habitable y hermosa.. Parafraseando el saber popular que nos avisa del peligro de que lo que deseamos puede cumplirse, podríamos decir nosotros: ten cuidado con lo que imaginas porque puede convertirse en real.

Todo puede empezar de nuevo preguntándonos, como explicaba Sastre que preguntaban todas las fábulas: ¿qué pasaría si…? O, en su versión negativa, la más pura y limpia de la contaminación de la fea realidad: ¿qué pasaría si no…? ¿Hay otra manera -y así acabamos- de afrontar el fracaso resignado de nuestras sociedades o de nuestra vida cotidiana? ¿Cómo soportar, por ejemplo, la gris actualidad política o económica con su carga de mentiras, injusticias o corrupciones a no ser con un «¿qué pasaría si no…?» Que el lector -que en la escritura pública siempre se imagina uno como un lector activo, dialéctico, inteligente, el socio ideal del propio pensamiento- complete los puntos suspensivos con todo lo que pueda imaginar…

La soledad es un concepto anglosajón

Una de las cosas que más me gusta de las nuevas generaciones es su desinhibición para acercarse o tocarse, su facilidad, espontánea y sincera, para el abrazo o para tomarse de la mano. Me gusta, sobre todo, porque soy de una generación en la que eso era mucho más raro de ver y en la que era aún más insólito que le pasara a uno. En mi caso, además, pues era un adolescente tímido y cortado, pero de natural cálido, dicharachero y cariñoso, como buen sureño, esa carencia se transformó en un sentimiento de soledad que me hizo sufrir mucho.

Aún tengo que añadir, para que se me entienda bien, que crecí en un pueblo clasista de la Andalucía nacional-católica del franquismo y que fui educado en una estricta separación de sexos, un ambiente en el que el sentimiento de culpa estaba enhermanado con el del miedo. La puerta de acceso al otro estaba muy a menudo cerrada o vigilada y, en justa correspondencia, también sucedía lo mismo con la propia. Por decirlo en términos informáticos, estábamos cifrados con un doble clave, una pública y otra privada. En ese círculo hermético, el conocimiento y el diálogo con los otros eran aproximativos y difusos, una hipótesis muy mediatizada por el estereotipo y el rol. Por decirlo de una forma que, tras la lectura de los cuentos de Lucia Berlin, ha adquirido para mí un sentido muy especial, la soledad la viví, en contradicción con mi condición meridional y con mi carácter natural, de una manera anglosajona.

De esa soledad anglosajona habla un cuento llamado “Triste destino” que está incluido en el libro, de reciente y exitosa publicación en España, Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, al que aludía un poco antes. Empieza así:

La soledad es un concepto anglosajón. En Ciudad de México, si eres el único pasajero en un autobús y alguien sube, no sólo se sentará a tu lado sino que se recostará en ti.

Y continúa un poco más adelante, con estas palabras:

En México, en cambio, las hijas de mi hermana subirán tres pisos de escalera y cruzarán tres puertas solo porque estoy ahí. Para recostarse a mi lado o decir “¿Qué onda”?

Pero, en contradicción, de nuevo, con mi afirmación inicial sobre la facilidad de las nuevas generaciones para el acercamiento de los cuerpos, me temo que la soledad anglosajona, entre cuyas manifestaciones más perversas está la soledad laboral, de la que hablaré más adelante, también se ha instalado en ellas, en estas nuevas muchedumbres de solitudinarios.

De forma complementaria, llegó a nuestra lengua hace tiempo la también anglosajona privacy, cuyo calco en español, “privacidad”, tanto éxito ha tenido que parece que va a quedarse con nosotros para mucho tiempo, en competencia o sustitución de nuestra vieja “intimidad” (como esta, a su vez ya había sustituido a la “poridat” del castellano antiguo), aunque convertida ahora, me parece, en una privacidad retórica más que real, enarbolada, más bien, como una engañosa bandera burguesa un poco trasnochada, ya en precario desde que la humanidad empezó el traslado masivo al nuevo domicilio digital, en el panóptico o populosa casa de vecinos que nos vigilan y a los que vigilamos, en medio de esta insólita promiscuidad de solitarios, tan cerca y tan lejos, tan contemporánea…

Más allá del Divide et impera, más allá de ese falso culpable que es el cambio económico y tecnológico, hay una razón ideológica que explica la extensión universal de esto que hemos dado en llamar la soledad anglosajona. Como dice muy certeramente George Monbiot1 “las plagas de la ansiedad, el estrés, la depresión, la fobia social, los trastornos de alimentación, las auto-lesiones y la soledad están actualmente golpeando como una plaga a ciudadanos de todo el mundo. Las últimas cifras de la salud mental de los niños en Inglaterra son catastróficas y reflejan una crisis global.”

Es la ideología neoliberal la que niega la condición social del ser humano, su dependencia del apoyo que proporciona la trama comunitaria y la interacción continua con los otros, apoyándose en una idea sesgada de la libertad individual que todo lo deja a expensas del interés personal, la competitividad y el individualismo. Es esa la razón ideológica de que los familiares de la protagonista enferma del cuento de Lucia Berlin no suban a estar con ella por el simple placer de juntar los cuerpos y el afecto, sino que avisen simplemente, desde abajo de las escaleras que han llegado o que se van a ir, porque están siempre ocupados con su propio devenir cotidiano…

David Foster Wallace -un brillante profesor, conferenciante y escritor norteamericano- dejó escritas algunas reflexiones sobre el daño de esta soledad y algunos consejos sobre cómo protegernos de sus acechanzas. Por ejemplo, en su conocido texto This is water decía: “Si adoras el dinero y las cosas [materiales] –si en esto es en donde buscas el significado real de la vida– entonces nunca tendrás suficiente. Nunca sentirás que tienes suficiente. Adora tu propio cuerpo y la belleza y la atracción sexual y siempre te sentirás feo, y cuando la edad y el tiempo se empiecen a mostrar, morirás mil muertes antes de que finalmente te planten. En cierto nivel todos ya sabemos esto –ha sido codificado en mitos, proverbios, clichés, bromas, epigramas, parábolas: el esqueleto de toda gran historia. Pero el truco es mantener la verdad enfrente de nosotros en la conciencia diaria”.

Pero esa “verdad” la buscó donde, para nuestro gusto, no estaba, en la soledad del hombre frente al espejo. Así, sus consejos “prácticos” para enfrentarse y sublimar los efectos del aislamiento sobre el solitario eran hacer cosas como escribir y crear ficciones, leer y oír poesía y música, practicar el sexo “profundo y serio” o el viejo consuelo de la religión. Wallace, que terminó su vida suicidándose, no logró salir del círculo hermético.

Esta soledad de todos contra todos ha invadido ya los sistemas educativos tanto como la lucha feroz por conseguir o mantener un miserable puesto de trabajo. El trabajador, que ha olvidado el viejo gregarismo que lo juntaba con sus compañeros en el sindicato, el ateneo, la plaza o la taberna, ha devenido un enfermo crónico de ansiedad, de tristeza, de desazón. Los suicidios en el centro de trabajo como última y desesperada protesta y rebelión son solo el límite extremo de esta soledad.

El consumismo, efectivo o frustrado no hace sino aumentar ese aislamiento, que fragmenta y distorsiona la idea de belleza, que también rehuye al canon compartido de los otros para situarse sola frente al espejo. Así, la pregunta que se hace Monbiot es totalmente pertinente: “¿Es de extrañar que en la soledad de estos mundos interiores, en los que el tacto ha sido reemplazado por el retoque, las mujeres jóvenes se estén ahogando en la angustia mental?”. El mismo autor también nos informa de una encuesta reciente en Inglaterra que “sugiere que una de cada cuatro mujeres de entre 16 y 24 años se ha lesionado a sí mismas, y que una de cada ocho sufre actualmente trastorno de estrés post-traumático. La ansiedad, la depresión, las fobias o los trastorno obsesivo compulsivo afectan al 26% de las mujeres en este grupo de edad. Esto es lo que más se parece a una crisis de salud pública.”

Enfermedades y trastornos sociales como estos, han devenido en males individuales que se han medicalizado en las consultas y que se han convertido en la principal razón de las bajas laborales contemporáneas. La consulta del médico ha sustituido a la asamblea del sindicato. Pero si la enfermedad es social, de naturaleza ideológica, la curación solo puede ser política y social. Pero no una política de elecciones en las que un partido nos sanaría con algunas medidas de protección o bienestar social. No, sino una política tal que afectara a nuestra visión del mundo: una reacción contra la soledad y el aislamiento que nos lleve de nuevo a salir al encuentro de los otros. A seguir el consejo del poeta Vicente Aleixandre en su maravilloso poema “En la plaza”:

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

O eso o perecer en esta mentirosa y terrible idea adquirida que nos hace creer aún que podemos vivir libres y solos y felices, displicentes y desconfiados,  enamorados de nuestra propia imagen como enajenados Narcisos de este fin del mundo…

Paro “natural”

Lo que se lee en este titular: El ‘think tank’ de la CEOE cree que solo es posible una bajada masiva del paro si se crea “empleo de baja calidad”, no es ninguna ocurrencia original de nuestra CEOE, ni mucho menos. Es la última cantinela de los economistas oficiales y de los ministros del ramo: lo llaman “paro natural” o con la expresión más tradicional en la neolengua, “paro estructural”; es decir, que tenemos que acostumbrarnos a convivir (o a vivir nosotros mismos) con legiones de personas condenadas a la desocupación resignada, culpabilizadas, además, por su falta de formación o por su edad y sexo.

Es la penúltima renuncia a regenerarse de este capitalismo catastrófico que ni siquiera se molesta ya, desde sus propias condiciones, en imaginar o implantar medidas “sensatas”, sin salir de su tinglado, como el empleo garantizado o cualquiera de las versiones de rentas básicas que circulan por ahí. Es un síntoma más de de lo que da de sí un paradigma podrido, que se ha vuelto claudicante y cínico, y, por ende, peligroso y asesino; que ha olvidado también sus legendarias capacidades históricas para regenerarse a sí mismo, haciendo más llevadera, al menos, sin renunciar a su codicia proverbial, las vidas de millones de personas.

Un sistema que que ya solo invita a la resignación de una vida ínfima entre una sucesión interminable de trabajos basura, de mala salud y tristezas, de tiempo muerto en calles, bares, plazas y mercadillos de ocasión, como único “no futuro” posible…