Belafán

“Belafán” es la historia de un niño que no podía llorar contada por otro que sí lloraba. Está inspirada en un cuento africano que leí una vez en “El Espectador”, de Ortega y Gasset. He intentado encontrarlo de nuevo en la selva textual de esa sugerente serie de nuestro pensador, pero no lo he conseguido. En mi memoria están ya definitivamente mezcladas las dos historias. La escribí y publiqué en los días aledaños a la muerte de mi padre, en mayo de 1996.

Siempre recordaré la desapacible tarde de octubre en que Hilario, el hojalatero, me contó aquella historia en la cueva del Caracol. Por aquellos días yo era un niño -entonces éramos niños durante más tiempo que ahora- solitario y retraído, más bien miedoso y muy metido siempre en mis ensoñaciones. Y adoraba los cuentos de Maricastaña. También me fascinaba Hilario.

Hilario era un gitano altivo que se ganaba la vida, al menos de vez en cuando, como hojalatero. Aparecía de vez en vez por mi calle (como si lo viera, sentado en el sardinel de mi puerta) muy erguido, aunque con una pierna estrábica, no exactamente coja, y el aire lejanamente romántico que le daba su barba de perilla; con su caja de herramientas en bandolera; anunciando con voz serena y grave, sin aspavientos, sus habilidades para arreglar los caliches de las ollas viejas… A pesar de que su aspecto general era sucio y desaliñado, en Hilario había un no sé qué de aristocracia olvidada, de orgullo insobornable: se le podía imaginar perfectamente como un general retirado tras alguna guerra perdida o como el descendiente bastardo de algún duque de Osuna venido a menos. Había en él una parte de demonio, que daba miedo, y un algo de ángel, que inspiraba confianza.

A mí me daba miedo. Pero como todo lo que da miedo al niño también lo atrae, yo me sentí atraído por Hilario. Sobre todo desde que algún amiguete de la Rehoya, de los que se enteraban de las cosas secretas antes que los demás, me contó que el hojalatero vivía solo en la cueva del Caracol y que poseía las artes ocultas de la brujería.

Como tantos de mi pueblo, yo había paseado muchas veces por los parajes de las cuevas y había encontrado en ocasiones -todavía no se había extendido el uso perverso de los detectores de metales- algunas monedillas romanas, simplemente metiendo la puntera del zapato en la tierra seca del Rancho Méndez. Pero desde que me enteré de aquello, los paseos por las cuevas se convirtieron en una obsesión.

Aquella tarde de octubre soplaba el solano, como sólo sabe hacerlo en Osuna. Con la boca seca y con la sensación, que conocemos tan bien los que nos criamos con ese viento, de tener algo que hacer aunque no sepamos bien el qué, me acerqué al Caracol dispuesto a conocer la verdad. Pero la verdad era la desolación del paraje: salvo los restos de ceniza fría de algún fuego pasado, en la cueva no había nadie. Lo que no ayudaba a que yo perdiera el miedo, que me mantenía en un estado de alerta sin más posible explicación que mis aprensiones. Digo esto para intentar explicar por qué, cuando sentí sobre mi hombro el contacto firme, pero no amenazador, de una mano, empecé a llorar sin consuelo.

Era Hilario, claro. Y gracias a Dios, en su apariencia de ángel, a juzgar por la sonrisa con que me tranquilizó enseguida. Yo también esbocé una mueca que pretendía corresponder a su risa, ya descaradamente desbocada, risa de cara entera. Se sentó sobre una piedra plana, situada frente a otra en la que me invitó a sentarme con un gesto distendido. Sólo entonces caí en la cuenta de que, entre las dos piedras, un gran sillar de arenisca hacía las veces de mesa. Mis ojos aprendieron a ver la cueva de otra manera, y a entrever lo que nunca vi: los elementos rudimentarios de una casa invisible. Oí su voz, grave y lejana, como si hablara desde otra época o desde otro sitio, mientras mi mirada se perdía por la suerte de chimenea natural que traía la luz del cenit desde el cielo hasta la gruta. Hilario -yo para entonces estaba ya dentro de un sueño- se disponía a contarme un cuento.

-No debes llorar más ni sentir miedo del miedo. Ya no eres un niño y los hombres dominan el mundo con la risa… ¿Te gustan los cuentos?

Se dirigía a mí. Nadie más había por los alrededores. Pero yo no estaba en condiciones ni de responderle ni de mirarlo ni, en realidad, de ninguna reacción propia de un ser humano. Volvió a reír, desde otro tiempo. Y comenzó a hablar:

«En un tiempo remoto, a las mismas espaldas del tiempo, cuando la gente de Osuna vivía por estos altozanos y hablaban una lengua olvidada, un humilde matrimonio de campesinos que ya tenía, bien criada, una hija de hermosos ojos negros a la que habían puesto por nombre Sinaria, vieron sorprendidas sus vidas con la llegada de un nuevo hijo, esta vez varón, al que llamaron Belafán. Belafán era muy pequeñito, independiente y curioso, y a todos los rincones de la casa llegaba con los trotecillos graciosos y ágiles de sus gateos. Tardaba en crecer y sus padres, pues esa parece la ley del mundo, se apresuraban, por el contrario, en envejecer.

El padre de Belafán, cuando sintió que iba a morir, llamó junto a su cama a Sinaria y le dijo:

-Sinaria, cuida de Belafán y cuida de que no llore nunca.

Su madre, que no soportó la soledad mucho tiempo, llamó a su hija junto a sí cuando se sintió enferma y le dijo:

-Cuida de tu hermano y procura que no llore nunca.

Así fue como Sinaria quedó sola en el mundo y al cargo de su hermanito. Como quiera que sus padres les habían dejado alimentos suficientes -una cámara llena de trigo, otra llena de maíz y otra llena de habichuelas-, los dos hermanos fueron viviendo sin apreturas sus primeros días de orfandad. Belafán iba y venía curioseando por la casa y Sinaria se encargaba de lo demás. Hasta que una mañana, en que la bella niña de ojos negros había salido al patio, para triturar trigo con la redonda piedra de moler que usaba su madre para obtener harina, Belafán, con un ascua del fuego de la cocina en la mano, se subió a las cámaras donde estaban guardados el trigo, el maíz y las judías y les prendió fuego. Las llamas se multiplicaron con muchísima rapidez por lo seco del grano y porque las casas de entonces estaban hechas de madera. A Sinaria no le dio tiempo más que a sacar a su hermano de la casa en llamas.

-No llores, hermanito, no llores…

Y con él sobre los hombros y con un hato que hizo con lo poco que pudo rescatar, tomó el camino real sin rumbo fijo.

Al cabo de tres días y tres noches de andar y andar, los dos hermanos llegaron a la ciudad más grande de los contornos. Quiso la suerte que en un jardín de la ciudad, en el barrio de la realeza, Belafán se pusiera a jugar con un niño que resultó ser un hijo del rey, que acudía a menudo allí con una tía, vigilado discretamente por unos guardias del corps de la mayor confianza del rey. Resultó que la hermana del rey y Sinaria hicieron tan buenas migas como Belafán y el principito. Y así fue como los dos huérfanos de nuestra historia terminaron viviendo en el palacio real: el niño como compañero de juegos del príncipe y Sinaria como dama de la corte.

Hasta que un día malhadado en que el hijo del rey y Belafán jugaban a soldados, peleándose con dos cañas, quiso la mala suerte que Belafán le saltara un ojo al pequeño príncipe. Ante los gritos de dolor de éste y la algarabía que se montó enseguida entorno a los dos niños, el rey salió de sus aposentos para ver lo que ocurría. También acudió la bella Sinaria. El rey preguntó a gritos:

-¿Qué ha ocurrido aquí!?

Voces amontonadas le explicaron lo sucedido y, tras ver el aparatoso aspecto de su hijo, con el rostro lleno de sangre, mandó prender a los dos hermanos. Pero nadie supo darle razón de dónde se encontraban. Y es que, adivinando lo que había de pasar, Sinaria cogió a su hermanillo en brazos y salió corriendo hacia un bosque cercano. Hacia ese bosque también, al poco tiempo, envió el rey una compañía con sus mejores soldados en su búsqueda. Cansada de llevar al pequeño en sus espaldas y dándose cuenta de lo cerca que estaban sus perseguidores, la hermosa niña se subió a un copudo castaño en un claro a orillas de la vereda que llevaban. Una vez arriba, le rogó a su hermano que guardara silencio, pues corrían peligro sus vidas.

Al rato, aparecieron los militones reales por aquella zona del bosque y quiso la desgracia que Belafán, aburrido ya de tan largo rato de silencio y quietud, le dijera a su hermana:

– Sinaria, tengo ganas de mearme sobre la cabeza del rey…

-¡No, Belafán, por tu vida!

Ante esta negativa,el niño empezó a pujar y lloriquear. Fue así que Sinaria, que recordaba siempre las encomiendas de sus padres, le dijo:

-Bueno, Belafán, si es ése tu deseo…

Así lo hizo el travieso y mimado chiquillo y, como era de esperar, la reacción del rey fue fulminante y airada:

-¡Que traigan hachas y que los más fuertes derriben ese árbol!

Así lo hicieron sus obedientes soldados y con los primeros golpes hicieron temblar el castaño y temblar de miedo a los huérfanos. A los siete hachazos, el viejo árbol se inclinaba ya a un lado… Sinaria, al verse tan perdida, recordó que por estas tierras existen alcaravanes gigantes que entienden la lengua de los hombres (Por eso, me explicaba Hilario, llaman alcaravanes a los habitantes de Osuna, aunque nadie sabe por qué). Quiso el destino que en ese momento pasara volando por allí uno de esos extraordinarios pájaros de plumas negras y vuelo majestuoso.

-¡Ti kara ui! ¡Ti kara ui! -gritaba el alcaraván para sí mismo.

-¡Ayúdanos, por favor! -gritaba Sinaria al cielo.

La cosa es que el alcaraván los vio, la entendió y, serenando su vuelo, en una majestuosa pasada, recogió del árbol a los dos niños, justo en el momento en que el tronco de árbol centenario caía crujido a tierra.

Pero Belafán no se detenía ante nada. Al poco de salvar sus vidas sobre los lomos del providencial alcaraván, el niño empezó a arrancarle plumas al pájaro amigo. Sinaria le agarró el brazo, le dio un pellizco y se puso a regañarle hasta que las primeras lágrimas asomaron a los ojos de su hermanillo.

-¡No llores, Belafán, que mamá y papá no querían que lloraras!

«Debes saber -me dijo Hilario- que los enormes muros, en siete anillos, que rodeaban la ciudad, habían sido construidos hacía muchos años como protección ante un dogún (así llambaban al monstruo) que aterrorizaba las noches de la comarca. El dogún tenía la fea cabezota de un jabalí, pero era peor que un jabalí; el cuerpo de un lagarto gigante, pero más feo y siniestro que un lagarto. Cada noche merodeaba las murallas de la ciudad, retando en la lengua antigua de estas tierras, a cualquiera que lo oyera, En la ciudad había un pacto de silencio y miedo para no contestarle.»

«Cuando entraron en la ciudad -continúo Hilario- estaba anocheciendo y nadie quiso darles posada, a excepción de una viejecita que vivía en una mísera casucha adosada al muro exterior. Sinaria, muy agradecida, arregló un camastro de paja en el suelo, junto al hogar encendido, y le dijo a su hermano que se metiera en casa, que ya llegaba la noche y el peligro. Pero Belafán tenía otros planes y le contestó que él pasaría la noche fuera. Como quiera que amenazó con pujos a su hermana, esta se metió sola en la humilde casa y dejó resignada, a su suerte, a Belafán.

Este estaba metido en un extraño ajetreo. Había recogido piedras de molino, de las que tanto abundan por toda la ciudad, y las había amontonado junto a sí, al pie de la muralla exterior. Después había encendido un buen fuego con secos tocones de madera, junto a las piedras, que iba calentando hasta la incandescencia. Para culminar la tarea, había hecho, con un gran tablón, retirado de una vieja carreta, y una de las piedras de moler, una rudimentaria pero efectiva catapulta. Esperaba.

El dogún llegó puntual a la hora de su reto:

-¿Quién hay tan fuerte y valiente como yo? -gritaba en la lengua franca que todos entendían.

El dogún, muy enfadado y perplejo, asomó su enorme cabezota por encima de la muralla y repitió:

-¿Quién tan fuerte como yo?

Esta vez no hubo respuesta, porque Belafán, aprovechando que la bocaza del monstruo estaba abierta, empezó a llenarla de piedras incandescentes con su palanca. Al poco, retorciéndose de dolor y rabia, el dogún cayó a tierra y murió.

Belafán salió, le cortó un trozo de su enorme cola, se la guardó y se fue, junto a su hermana a dormir.

A la mañana siguiente todo eran especulaciones sobre lo que había ocurrido aquella movida noche. Ante las expectativas de riquezas y recompensas sin fin que el rey de la ciudad -pues entonces cada ciudad tenía su propio rey- prometía, salieron muchos supuestos héroes que habían matado todos a la tremenda fiera. Pero todas las mentiras se descubrieron, como siempre ocurre con las mentiras. Sólo cuando uno creyó recordar una voz de niño en medio de la noche, las indagaciones se dirigieron hacia la casa de la vieja ropavejera que había acogido a los dos hermanos en su casa. Belafán enseñó, ufano, el trozo de cola que, como trofeo, había guardado.

Fue vitoreado como un héroe, agasajado y recompensado con riquezas. Fue prometido a la hija del rey de la gran ciudad y fue conocido por todos como Abis, que quería decir en aquella lengua perdida “El que no llora nunca”».

Sólo entonces pude mirar a Hilario a los ojos y descubrir, para mi sorpresa infinita, que de sus ojos negros como la noche resbalaban sin piedad, una tras otra, todas las lágrimas. Se levantó sin decir nada, dio medio vuelta y con su andar estrábico, no exactamente cojo, se perdió en lo que ya era la oscuridad nocturna. Se había echado el solano. Y del resto del aquel día sólo recuerdo que dormí como un niño, aunque era un niño.

Manuel Jiménez Friaza (Aracena, mayo del 1996)

EL GRAN CERO

Este cuento y el siguiente -que aparecieron en la Revista de Feria de Osuna en 1987 y 1996, respectivamente- son los únicos relatos algo extensos que he escrito. Pese a que mis amigos me animan de siempre a que cultive el género narrativo, me da miedo. Siempre me han dicho que soy un buen narrador oral, pero no sé si eso es suficiente para meterme en algo tan  difícil y complicado, que me impone tanto respeto, como escribir una narración. Para colmo, soy un lector de novelas muy particular, y las que prefiero son esas que algunos críticos llaman de “grand style”: Benet, Marías, González Sáinz… En fin que, tras tanta precaución, se entenderá el pudoroso atrevimiento con que cuelgo aquí estos cuentos, aunque pienso, a pesar de todo, que hay algo aún vivo y aprovechable en su lectura, algo creo que queda de la emoción contenida con que los escribí. Sea ello como sea, aquí los dejo a la consideración del lector, con cuya benevolencia cuento siempre.

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Ilustración de Rodolfo Álvarez Santaló para la edición original

“El gran cero” es el relato de un misterioso, e imaginario, atentado estético que destripó e hizo desaparecer durante un tiempo el anacrónico reloj de la torre mocha de la Colegiata de Osuna… Lo escribí en abril o mayo del 1987.

En esta noche cuajada de estrellas, cercana la feria de mi ciudad, quiero contar una historia de la que nadie ya se acuerda, después de los ahos transcurridos. Incluso yo lo habia olvidado. Pero hoy, por una rara casualidad, mientras paseaba por el mercado de ocasión del Jueves, en Sevilla, volvió a mi memoria aquel extraño suceso del que fui testigo.

Lo habia olvidado todo. Hasta esta mañana, cuando a la altura de Montesión, me detuve ante un inmenso anciano de cabello blanco, como sacado de un cuento de Juana Spyri, dueño de la más alucinante mercadería. En amontonamiento imposible a su alrededor, pude ver todos aquellos pecios rescatados de una hecatombe mecánica:

Péndulos románticos, sujetos otro día a plomada y a la inflexible ley física de la oscilación; relojes de la Gran Guerra, oxidados, al lado de encantadoras máquinas Morez, de sólidos y descuadernados Roskopfs. En desorden total, como un raro muladar de acero y latón, por el suelo, espirales antimagnéticos de bronce fosforoso, escapes Graham, un ejemplar único, amorosamente ilustrado, de Relojes de bolsillo, fijos y de campana, el libro lleno de candorosa fe en las máquinas de Lord Grimthorpe… Y aquellas ruedas desdentadas.

Al principio fue sólo un presentimiento. Pero cuando, ya en cuclillas, andaba metido en revolver y enredar entre los restos de aquel naufragio de máquinas del tiempo, tuve la certeza de que eran ellas:

El barrilete, la rueda contadera, el venterol, con su nombre de pájaro modernista, y el bastardo circuito electrónico, causante de aquellas tristisimas campanadas…

***

Hace muchos años, en una noche de primavera como la de hoy, Osuna estaba en feria. Yo, sin embargo, me había quedado en casa, irritable e inquieto, con un humor melancólico que me había alejado del bullicio de la fiesta —como si las oyera ahora, en sordina, las sirenas, y el rumor de música y voces— y que me alejaba también de los libros o la cama. Recuerdo perfectamente cómo cogí los prismáticos y subí a la azotea a distraer mi ánimo con la contemplación de la ciudad desierta. Me confortó, como otras veces, la visión de las casas conocidas, el curso caprichoso de las calles, la inmensa mole de arenisca de la Colegiata, su silueta fascinante recortada por la luna sobre el infinito fondo negro. Y recuerdo que me intrigó, curioso al principio, inquieto después, la presencia de aquella sombra inmóvil, estatuaria y extraña, plantada en la Puerta del Sol.

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Puerta del Sol de la Colegiata de Osuna

Con gesto felino, preciso y fácil, la sombra recorrió unos pasos y se detuvo al pie de la torre. Miró fijamente hacia arriba y comenzó a desarrollar una actividad inusitada:

Seguro y rápido desplegó—lo pude ver entonces— un gran rollo de trenzado con un garfio en el extremo. Lo veo retroceder, subir al muro de contención del altozano: baja sus ojos al higueral, los sube al campanario, y en un equilibrio imposible, comienza a hacer molinetes, cada vez más amplios, más veloces cada vez, con la cuerda. Estremece la escena, de sombras chinescas, irrealmente silenciosa desde donde estoy. Falla el primer lance y adivino su intención de enganchar en la basa del campanario. Lo intenta de nuevo, impertérrito, épico. La grimpa llega a su destino, ha prendido. Tira fuerte, comprueba varias veces: no cede. Comienza la escalada, con gesto seguro y firme, paso a paso, en inclinación irreal, por la torre. Pienso en viejos robos sacrilegos, en audacias de otros tiempos. El escalador del templo se detiene a la altura del reloj, fija dos clavos de sujeción entre sillares; en ellos reposa los pies. Con movimientos hábiles y rápidos se pone el cacolet, se inclina hacia el vacío, queda imóvil, en ángulo increíble; y sigue sacando cosas, extrañas herramientas de la mochila. Como lo es el trabajo que ahora empieza: concienzudo, lacónico y exacto, desmantela la esfera del reloj. Asoman tripas de acero. Sube unos metros más arriba, ahora sí hasta el campanario y se pierde dentro durante una eternidad. Succionadas hacia el interior, desaparecen alguna piezas de mortecino brillo metálico.

Cuando vuelvo a verlo, pende de su espalda un enorme saco, pero el peso no parece restarle fuerzas. Torna a fijarse donde estaba. ¿Ahora qué hace? Pasa la cuerda a través de los mosquetones. Ya no quiero el braguero ni los clavos, ya es el nudo, el as de guía lo que le sirve. Va a iniciar el rápel. Duda por primera vez: asienta varias veces sus pies, calzados con silenciosas alpargatas, en la pared; mira el vacío, titubea, ensaya el impulso. Ya está descendiendo. ¡Cuidado! A tres metros del suelo se suelta súbitamente y cae a tierra. Al levantarse hace gestos de dolor con las manos: se ha abrasado con la cuerda. Su figura es dantesca, el saco ya no es saco, sino chepa. Y él es Quasimodo.

Cuando se recupera, se deshace de la joroba. Alza el fardo con las dos manos y sube con él al parapeto, de cara al higueral. Se centra con las piernas en compás, el saco arriba entre las manos, como un titán sosteniendo un peso infinito. Inmóvil unos segundos, de repente se descompone y comienza el despecho de aceros, cuerdas, cables; un eco difuso de metal, tal vez unas carcajadas: todo rueda higueral abajo. Un nuevo salto y la noche, la oscuridad protectora de las chumberas se lo traga para siempre.

He encendido un cigarrillo y he vuelto a hacer con mis prismáticos el mismo recorrido de cinema por la Colegiata. La labor fue limpia y exacta: donde hubo un reloj anacrónico, ahora luce, como antes, un hermoso y solemne agujero negro.

Al amanecer, tras la madrugada, dormida la ciudad después de la noche de fiesta, recorrí el breve trayecto que hay desde mi casa hasta el Arco del Ayuntamiento; subí en pocos trancos la cuesta del Mesón; volé por sobre la empinada escalinata que lleva a la plazoleta de la Rehoya, al pie del higueral. Tomé resuello y entré en él por la pared caída. Mi labor de rastreo, silenciosa, culpable, como de ladrón de tumbas, dio resultado: pude ver, limpiamente desguazadas, esparcidas aquí y allá las ruedas cromadas, el martillo inocente, la espiral inútil. No lo había soñado.

***

Y aquí estoy, al cabo de tanto tiempo, ahora sí como en un sueño, rodeado de aquellos inútiles flejes de metal, de esta metralla sin sentido que he comprado al inmenso anciano del Jueves. Recordando.

Para algunos, los más jóvenes del pueblo, esta será una extraña historia. Para otros será la confirmación de una vieja sospecha. Porque sospechas, rumores y suposiciones circularon por miles en los mentideros de la ciudad. Incluso la Fundación de Cultura, llamada «García Blanco» entonces, difundió un folleto tabloide a doble página, analizando y comentando el suceso.

Lo demás fue lo de siempre: la indignación ciudadana se encauzó hacia una colecta de dinero para sufragar los gastos de compra e instalación de un nuevo reloj blindado, de aún más lúgubres campanadas. Y la extraordinaria hazaña de aquel terrorista anónimo se sumió en el olvido. Es el destino de los héroes contemporáneos.

Ni yo mismo lo recordaba. Pero esta noche poblada de estrellas, ya cercana otra vez la feria, he querido rememorar, para oprobio y escarmiento de los tiempos venideros, aquel hermoso hueco negro, enseñoreado sólo por el viento solano: rotundo y perfecto gran cero que tanto tiempo lució, sin medir tiempo él mismo, en la torre truncada de la Colegiata inmemorial.

Manuel Jiménez Friaza (Sevilla, marzo de 1987)

“El gran cero” by Manuel Jiménez Friaza is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

Cartas

La lectura de esta columna de Helena Resano dedicada a las cartas de papel me ha hecho recordar una larga etapa de mi vida en que fui un prolijo corresponsal. Me ayudó a crecer y a conocerme a mí mismo y a otros, inclyendo a algunos con los que nunca llegué a tratar em persona. También trabaje de cartero durante un verano, uno de los trabajos más bonitos de mi vida, de esos trabajos de antes que tenían un sentido. He tenido suerte con eso: no he tenido que sufrir los trabajos basura.

El género epistolar, como es sabido, ha desaparecido prácticamente de nuestras vidas, el ritual de escribirlas, leerlas y la espera impaciente y emocionada de su llegada (¡niña, correo!) ya no forman parte de la experiencia ni del recuerdo de casi nadie. A la verdad, también su primer sustituto, el correo electrónico, está en vías de extinción: vivimos bajo el reinado del microtexto y de un tiempo acelerado que quemamos como si fuera pólvora.

La carta de papel, como el libro, era un medio lento y sensual. Literalmente: muchas veces, las cartas de amor se perfumaban, se cuidaba la elección de la textura del papel y su color (aún conservo cuartillas de papel tela, las últimas: ya no se fabrican) ; era frecuente encontrar hojas secas de alguna flor entre las de papel… Un medio cálido, cercano aún a los sentidos.

Cuando las repartía (aún existía el servicio militar obligatorio), sentía, al acercarme a la casa de algunas chicas con el novio, militar a la fuerza, lejos, el frufrú de sus movimientos discretos tras la ventana y un murmurado y nervioso “¡que viene, que viene, hoy trae carta!”…

Letter from Vermeer by Dasha Riley

Cosas de los inuit y otras notas volanderas (#apuntes 26)

Los innuit, que ven peligrar su propia supervivencia por el deshielo del Ártico, se reúnen en un círculo al despertar y cuentan sus sueños. Pero no como un entretenimiento, sino como el relato de un viaje a tierras desconocidas, pero reales, de donde vuelven cargados de mensajes o advertencias. La mala costumbre occidental de entender la vida como un camino lineal que progresa salvando obstáculos hacia la nada, nos ha hecho olvidar otras maneras de estar en el mundo: el tiempo circular de los campesinos, la vida prenatal (cuyo olvido lamentaba aquí el otro día) o la reviviscencia del universo y la vida onírica. Posiblemente sean ya pérdidas irrecuperables, instalados como estamos en nuestro páramo de detritus y tiempo secuestrado. Buenos días sin sueños.

Rifeños de Melilla

Uno de nuestros tantos temas tabú: la integración de los rifeños musulmanes de Melilla (20% de la población) que reivindican la identidad amazigh y el tarifit como lengua cooficial de la ciudad pues es comunidad bilingüe. Ya les costó lucha y movilizaciones que les fuera reconocida la nacionalidad española de pleno derecho en los años 80. Nunca aprendemos, si acaso, cuando ya es tarde. Ni caso.

Idioma rifeño – Wikipedia, la enciclopedia libre

Mujeres

La escuela de mi infancia, durante la Dictadura de Franco, era unisex. Las niñas pertenecían a un universo separado y misterioso, sin comunicación con el nuestro. Pero desde que pude acceder a ellas, ya en el Bachillerato, elegí su compañía y amistad, con preferencia a la de los hombres. Ellas han sido siempre mis mejores amigas, mis compañeras y mis amores. A las mujeres debo lo mejor de lo que soy, ellas son las que me han enseñado las cosas importantes y en ellas tengo puesta la única esperanza que aún conservo de un mundo distinto y mejor.

Leyes y realidad

Los legisladores y políticos han mantenido siempre una carrera con la realidad para adaptar sus normas, sus conceptos de delitos y castigos, a los contextos de la vida. Siempre pierden porque la realidad cambia a mayor velocidad. Volverá a suceder con esta nueva reforma del Código Penal… Cuando yo empecé a trabajar, aún estaba vigente una norma franquista que prohibía dar clases a un solo alumno si era del sexo contrario: en la mentalidad del legislador era inconcebible la homosexualidad…

La justicia ve abuso y no violación en las agresiones sexuales a la infancia, ¿hay que revisarlo?

A vueltas con el sentimiento de la injusticia: ¿por qué no aparece en las canciones populares?

Pienso a menudo en la injusticia, en tanto sentimiento universal, y he escrito con cierta frecuencia sobre ello. En esta entrada de mi blog (la primera de una miniserie de dos, ambas de 2012), por ejemplo, decía:

En realidad, no experimentamos la justicia sino la injusticia; del mismo modo que es la falta de libertad, su ausencia, la que nos ayuda a entender ésta como idea necesaria. Eso hace que la idea de justicia se nos aparezca siempre como un sentimiento primario, como una forma de venganza: la reacción caliente ante la ruptura de ese equilibrio inestable que nos sobresalta cuando una vida se troncha como una caña bajo el «empujón brutal» de una mano asesina, o el agravio que sentimos ante la desmesura de una inequidad social.

He estado siempre convencido de ello hasta que la lectura de una entrevista, publicada en Mediapart, a los autores de una investigación1 sobre la ausencia del tema de la injusticia / justicia en las canciones populares, me ha hecho replantearme mis ideas previas y me ha provocado algo de escándalo y alboroto. Debo advertir que no he leído tal libro y que mi única referencia es la reseña e interpretación de sus autores. Empiezo, pues, con un resumen de sus descubrimientos para contrastarlos a continuación con mis propios planteamientos.

En primer lugar, Ramond y Proust se apresuran a aclarar qué entienden ellos por «canciones populares» y, de forma ciertamente mostrenca, aunque lógica, consideran que son aquellas que venden más, las más conocidas y exitosas para el público francés. Su perspectiva es moral, en sus palabras:

Nos interesaba mucho la cuestión de los sentimientos morales: la ira, el desprecio, la vergüenza, que han sido objeto de muchos trabajos en la filosofía moral contemporánea. Entre ellos, el sentimiento de injusticia parece ser el más violento y sorprendente. Sería un sentimiento universal, sentido por todos, incluso por los niños, e incluso por algunos animales, ya que se puede encontrar entre los monos.

Me detengo aquí ahora. La preeminencia de la injusticia como el sentimiento primario (la justicia no es más que una construcción complementaria, intencional y de naturaleza abstracta) es algo -como se puede leer en la autocita con que comenzaba el artículo- con lo que coincidimos plenamente: la lógica, para ser tal, debe ser negativa. Me choca, sin embargo, la alusión a la presencia de este sentimiento en los niños y algunos animales. Ha sido, a la verdad, una creencia muy arraigada en nuestra cultura ilustrada, pero que habría que poner en duda. Yo aportaba el ejemplo de un pasaje del Informe sobre Victor de l’Aveyron2 de Jean Itard. En el pasaje al que me refiero, de este libro del que tanto podemos aprender aún, el pedagogo ilustrado, que asumió la tarea de «educar» y reincorporar al «niño salvaje» hallado en los bosques de La Caune a la vida social, se nos da cuenta de la pretensión (errónea3 según comprobó enseguida el mismo Itard) de inculcar al pobre niño el sentimiento de la injusticia como parte de su programa educativo. Para ello decidió un día encerrarlo, sin motivo alguno y un día en que el niño estaba especialmente alegre, en un «cuarto oscuro» que, a veces, usaba como lugar de castigo. Para sorpresa del bienintencionado, pero equivocado, pedagogo, Victor no mostró otra cosa que sufrimiento al salir de la «celda de aislamiento». Itard, por el contrario, se mostró satisfecho, convencido de que aquel experimento extraviado había hecho más humano al infeliz «salvaje» de los bosques.

Tal vez damos por supuesto, demasiado a la ligera, que es el sentimiento moral de la injusticia lo que motiva la indignación de los niños, en relación siempre a una real o imaginaria discriminación respecto a los hermanos, o el enfado de un alumno ante una nota que entiende que no responde a sus merecimientos, aunque aprenden enseguida a llamarlo así: «es injusto…», en la expresión que cualquier padre o maestro conoce tan bien. Quizá se trate solo de un rencor o deseo de venganza ante la puesta en cuestión de la propia imagen o estima social. Algo más primario y menos moral, en cualquier caso. Tengo esa duda.

Los investigadores franceses toman como punto de partida, precisamente, el supuesto carácter universal del sentimiento de la injusticia:

Si es un sentimiento universal, que se supone que todos deben sentir, este sentimiento de injusticia debe encontrarse en la canción popular, que puede considerarse como la voz de las pasiones ordinarias, que ayuda a construir.

En el repertorio estudiado siguen los siguientes pasos, según una estratificación que me parece muy completa: primero, las canciones infantiles, a continuación las canciones de amores desdichados, luego el rap, las canciones comprometidas y finalmente las canciones revolucionarias. Y en ese recorrido encuentran la paradoja de que, a pesar de que parece un sentimiento obvio y común, apenas se le da importancia.

En las canciones populares, hay a veces una denuncia de algún aspecto de la realidad, pero no conduce a la injusticia tal como la entendemos comúnmente. Si nos ponemos de acuerdo en la idea de que el sentimiento de injusticia, tal como la entienden la mayoría de los periodistas y medios de comunicación, corresponde a un sentimiento de indignación muy fuerte, por un lado, y que tendría por objeto restaurar o establecer la igualdad, por otro, podemos afirmar que este sentimiento se encuentra muy poco en la canción popular.

Afirman que, en su rastreo, incluso en los casos más críticos de canciones de denuncia, no encuentran ni un sola vez la expresión «es injusto». Hay indignación, pero no va acompañada del deseo de restablecer la igualdad rota; esta puede aparecer como un deseo, pero este deseo no va parejo a la rabia que normalmente lo acompaña. Incluso en las canciones comprometidas («militantes», las llaman los autores), encuentran algo que no pertenece al ámbito de la injusticia, ni del resentimiento, sino al del entusiasmo y la alegría de la lucha común, del compañerismo y cosas de este orden. Los ejemplos más «literarios» que aportan, como el Cyrano de Bergerac (que podía entender que su aspecto físico era una injusticia) o las canciones de Brassens, nunca se expresan en términos de injusticia sino que encarnan un visión cercana a la perspectiva cristiana del mundo basada en el amor, incluso si el amor también es injusto. Una resignación, pues, una aceptación de la injusticia, un aspecto del consentimiento social.

A mí me producen estos descubrimientos una zozobra parecida a la que me provoca -imagino que le pasa a muchos lectores- la quietud social reinante, en general, en los países occidentales, en contradicción con los grados tan altos de desigualdad económica, y por tanto, de injusticia distributiva que sufrimos, por ejemplo, en España. He acabado aceptando -a regañadientes- la advertencia de Ignacio Sánchez Cuenca sobre el hecho (sociológica e históricamente demostrado, según él) de que, con determinada renta per cápita, las revoluciones son imposibles: si la riqueza media por habitante alcanzará en España este año 36.650 dólares, según los datos del FMI, la «paz social» está garantizada. ¿Tiene también algo que ver el arraigo del pacifismo y el poso tradicional de la resignación cristiana entre nosotros?

Veamos lo que piensan los dos investigadores franceses sobre injusticia y violencia:

¿Cuál es la relación entre el sentido altruista de injusticia del activista al tratar de restaurar una igualdad pisoteada y el sentido egoísta de injusticia del niño al exigir un trozo del pastel? Esto nos lleva a la cuestión de la violencia, que a menudo se justifica por el sentimiento de injusticia (…) Desde el momento en que el libro expresa su escepticismo sobre el sentimiento de injusticia, obliga al lector a pensar en la violencia buena y mala y en la dificultad, a menudo, de distinguirlas.

La conclusión a la que llegan me resulta descorazonadora, pero no por eso puedo descartarla en absoluto porque no les falta razón ni lógica:

Creo que sería beneficioso eliminar «justo» e «injusto» del vocabulario, así como «puro» e «impuro» han desaparecido prácticamente del léxico común, a pesar de que fueron términos muy importantes y ampliamente utilizados durante milenios (…) Los «justos» e «injustos» sobreviven por el sentimiento íntimo de que todos saben lo que es justo e injusto, hasta el punto de estar dispuestas a perpetrar violencia en su nombre. Es un remanente de trascendencia en nuestra vida contemporánea que nos permite excomulgara a aquellos que no están de acuerdo contigo. Una indicación es que aunque la injusticia se pueda sentir tan grave, nadie es condenado por injusticia. Esto no es motivo para una condena penal. Podríamos apegarnos a lo «legal» e «ilegal», en una concepción formalista o positivista. Aunque no podemos saber lo que es justo e injusto, podemos estar de acuerdo en lo que es legal e ilegal en una sociedad dada en un momento determinado.

Desde que leí esto no he podido desechar -como fue mi impulso inicial- esta reflexión con el expediente fácil de que se trata de una visión conservadora o demasiado postivista de la justicia. La ausencia de esta idea en las canciones, pero también en la mentalidad común de la gente, impide descartarlo sin más. El hueso más duro de roer es responder a mi sentimiento íntimo de que es más bien verdad lo contrario, porque, aunque el sentimiento de injusticia se nos hace pasar por un sentimiento moral o trascendente, con todos los peligros que eso acarrea, hay algo que lo vuelve tremendamente sólido y real: el testimonio de los millones de personas que han puesto en juego su comodidad, su imagen o prestigio, su propia vida por restituir la igualdad rota, por distribuir las cosas dando a cada uno lo suyo…

La desigualdad y la injusticia, pues, se hacen pasar continuamente como realidad natural con la que debemos convivir y contra la que solo nos caben remiendos y parcheos. Amartya Sen, citando las fuentes indias que conoce en profundidad -lo recordábamos en 2012- la llama la «justicia de los peces» según la cual el pez grande se come siempre al más pequeño. También recordábamos entonces otro intento por demostrar este fatalismo de la injusticia, el de John Rawls. Rawls, el gran teórico de la «república de propietarios», solo contemplaba la justicia, en su polis ideal, según el «principio de la diferencia», una especie de algoritmo matemático de proporciones adaptado a las distintas circunstancias concretas. Este principio o regla dorada (que resultará familiar a los lectores porque algunas empresas con «conciencia social» lo ponen en práctica con los salarios de sus empleados) evitaría que la injusticia no sobrepasara nunca un punto medio de una gráfica entre los que más y los que menos tienen…

Tanta insistencia, desde luego, que se hace pasar por saber común, en la inexistencia del sentimiento de injusticia, o en la necesidad de expulsarla de nuestro vocabulario, como quieren los autores del libro que ha motivado este artículo, hace sospechar de sus buenas intenciones. Tal vez solo nos quede, para acabar, el deseo de que si algún compositor de canciones lee esto, hable de la injusticia en su próximo tema. Aunque gane mucho menos fama y dinero con él, habrá colaborado en la lucha más antigua y noble del mundo, la que más sufrimiento y vidas se ha cobrado, la que pretende restituir a cada uno lo que le corresponde…




1. Charles Ramond, Jeanne Proust, Sentiment d’injustice et chanson populaire (Delatour).

2. Itard, J. M. G.: Rapports et memoires sur le sauvage de l’Aveyron. Traducción inglesa con introducción y notas de G. y M. Humprey: The wild boy of Aveyron. Century. New York, 1932. Traducción al castellano con introducción y notas de Rafael Sánchez Ferlosio: Víctor de l’Aveyron, Alianza, Madrid, 1982.

3. Sobre los numerosos planteamientos erróneos de Jean Itard, hace un prolijo examen crítico Rafael Sánchez Ferlosio en el epílogo que acompaña al libro de Itard en la edición española de Alianza Editorial.

Osuna, 1956

Pienso, como Eugenio Trías, que la falta de recuerdos de nuestra vida prenatal es una carencia, filosófica y vital. A ella se unen los pocos y difusos recuerdos del nacimiento y la primera infancia. La mayor parte de ellos, además, son imágenes recreadas de lo que nos han contado los padres o los hermanos mayores: una ficción, en realidad.

Yo nací en mi casa, como todos mis hermanos, no en un hospital. Así que las vagas reminiscencias  de olores, ruidos y luces que me quedan de aquel tiempo remoto pertenecen a mi casa familiar. Mi madre me contaba que mi parto fue el menos doloroso de los cinco que tuvo y que, realmente, nací solo sin que apenas se diera cuenta. Me gusta fantasear con que ahí está el origen de mi pensamiento libertario. Según ese relato, que yo he ido adornando, había tormentas esa noche y mi padre volvió en bicicleta del campo en el que había estado trabajando aquel día por caminos embarrados y totalmente mojado.

Da igual que fuera asi o no, nuestros recuerdos son una ficción, un relato al que intentamos dar un sentido, pero que, en realidad, se apelotonan en una especie de singularidad sin espacio ni tiempo, como la que imaginan los físicos en los momentos iniciales del Big Bang. Así que más que en esa narración imaginaria del pasado que inventa nuestra memoria, estamos siempre más bien donde decía el verso de Caballero Bonald: en el tiempo que nos queda.

Murallas manchadas o la vida secreta del valor de las cosas sin valor

Esta noticia “local”, que en otros tiempos habría aparecido en las Cartas al Director de un periódico, tiene un significado especial en cuanto que las murallas de Ávila fueron declaradas patrimonio histórico por la UNESCO. Tal como desarrollábamos en esta entrada de nuestro blog, Todo necio confunde valor y precio, los objetos únicos, cargados de valor por su pasado y “tasados” en un “precio incalculable” (pero calculables en los beneficios aportados por los turistas y en las subvenciones estatales recibidas) son el nuevo tipo de mercancías tras el desplazamiento de las industriales al Sur global. En ese sentido se entiende la indignación ciudadana y periodística ante la chapuza de las manchas producidas por los pendones desteñidos. El objeto patrimonial no puede sufrir ningún menoscabo (como pasa con cualquier mercancía, el deterioro le resta valor), en tanto “tesoro” heredado del pasado, en su carácter de fetiche, propiedad y símbolo de las instituciones que lo ostentan, sin ningún valor añadido de uso ni de cambio. Ni falta que hace, pues esa es la gracia que adorna la acumulación y atesoramiento de riquezas en nuestro nuevo y viejo mundo.

El conjunto de las Murallas de Ávila, declarado Patrimonio de la Humanidad, ha aparecido con marcas de colores en algunas de sus almenas por culpa de unos pendones que han desteñido su color

Las murallas de Ávila, desteñidas por unos pendones colgados de sus almenas – Cuartopoder

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#valor #precio #patrimonio #murallas #Ávila

Sobre la condición humana

Las preguntas sobre en qué consiste una vida digna para los seres humanos son siempre insidiosas y están enmarañadas con los prejuicios ideológicos, filosóficos o religiosos de quien las hace o de quien las responde. Eso hace que, por ejemplo, la lucha por la vida, por la subsistencia mediante el trabajo, su búsqueda, el miedo a su pérdida nos distrae, a veces de forma definitiva, de eso que podemos llamar, para entendernos, tener una vida digna, una vida buena

Solo asegurando esa “vida buena”, puede el hombre cumplir su naturaleza de animal curioso, de animal interrogante, de animal que habla. El filósofo español Víctor Gómez Pin ha dedicado muchas páginas a ello. De la mano de Aristóteles, en primer lugar, con el fin de responder a una pregunta fundamental en nuestra cultura: ¿qué es la filosofía? Si es un pensar sobre cosas que a todos nos afectan, cosas en las que, quizá, nos vaya la vida, ¿todos podemos filosofar, preguntarnos por el mundo y nuestro lugar en él? Y, si no es asi, ¿qué lo impide? Pero no ha dejado de hacerlo echando mano de los saberes matemáticos y científicos: es el único que ha sido capaz, que yo sepa, de indagar en los problemas de la libertad y la necesidad o determinismo, con la ayuda teórica de la física cuántica…

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Leamos, en primer lugar, lo que decía Aristóteles sobre este saber -que es un no saber, que se maravilla y pregunta, más que responde- de carácter tan extraordinario con sus mismas palabras (puestas en español por el mismo Gómez Pin en su libro Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen, Madrid, 2008):


… Pues los hombres empiezan y empezaron siempre a filosofar movidos por el estupor. Al principio, su estupor es relativo  a cosas muy sencillas, pero mas poco a poco el estupor se extiende a más importantes asuntos, como fenómenos relacionados con la Luna y otros que conciernen al Sol y las estrellas y también al origen del universo. Y el hombre que experimenta estupefacción se considera a sí mismo ignorante (de ahí que incluso el amor de los mitos sea, en cierto sentido, amor de la sabiduría, pues el mito está relacionado con cosas que dejan al que escucha estupefacto). Y puesto que filosofan con vistas a escapar a la ignorancia, evidentemente buscan el saber por el saber, y no por un fin utilitario. Y lo que realmente aconteció confirma esta tesis. Pues solo cuando las necesidades de la vida y las exigencias de confort y recreo estaban cubiertas, empezó a buscarse un conocimiento de este tipo, que nadie debe buscar con vistas a algún provecho. Pues así como llamamos libre a la persona cuya vida no está subordinada a la del otro, así la filosofía constituye la ciencia libre pues no tiene otro objetivo que sí misma.

Lo que nos aleja de esta “ciencia libre” es la propaganda ya milenaria que nos hace creer que la lucha por la subsistencia forma parte de una realidad (mentirosa, pues se fundamenta solo en nuestra fe en ella) natural y dada para siempre que condena, como no puede ser de otra manera, a la filosofía como un saber inútil. Es esa misma fe la que nos hace envidiar y odiar a los ociosos que buscan el cumplimento de la condición humana haciendo las preguntas a que les mueve su estupefacción.



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Víctor Gómez Pin ha concretado más estas ideas en muchas entradas de su blog y en artículos de prensa. Tomo uno de ellos -cuya versión en formato PDF embebo en esta entrada- como referencia para terminar de desplegar esta reflexión compartida (“pensar con” lo llamaba el añorado Eugenio Trías). Fue publicado por el diario El País el 27 de marzo del 2012 y lleva como significativo título “Reducción del animal humano”. Tras constatar en el arranque que si la lucha por la vida se convierte en nuestro único fin y actividad, la dignidad de nuestra entorno se deteriora y lo específico de nuestra condición “animal” queda “mutilada” en su capacidad de conocer y de simbolizar, sigue con estas palabras esclarecedoras:



Pues bien, precisamente cuando las medidas económicas apagan el alma de los ciudadanos, cuando la sumisión a agotadoras jornadas laborales tiene doloroso contrapunto en la ausencia de trabajo (o en el pánico a perderlo) se impone como exigencia política el restaurar la pregunta sobre la esencia de la condición humana y la tarea que correspondería a tal condición.

La alusión que hace después a la curiosidad innata de los niños, sus deseos acuciantes de descubrir y explorar, se merece una segunda lectura, y más preguntas: ¿cómo es que, al poco tiempo, esos deseos e interrogaciones desaparecen?, ¿quién o qué es culpable? Y así volvemos al punto de partida:  lo que mutila el cumplimiento de nuestra naturaleza de seres de lenguaje y razón es la necesidad perentoria de trabajar y llenar el tiempo con ocio que es trabajo que es cansancio que es “falta de tiempo”. Del mismo modo, el zoon politicón tampoco tiene tiempo para atender a la ciudad (en sentido griego), al espacio público (por decirlo con una expresión de la neolengua). En palabras de Gómez Pin: “Enorme regresión, no ya respecto a los proyectos emancipatororios de la modernidad, sino también respecto a la concepción de los ciudadanos que tenían los griegos.”. Nuestro filósofo terminan denunciando, en términos más duros, el hecho de que “es simplemente insoportable que la polaridad entre trabajo embrutecedor y pavor a perder tal vínculo esclavo se haya convertido en el problema subjetivo esencial, en el problema mayor de la existencia.

Converge así con algunas voces, procedentes en su mayoría de los proyectos anarquistas, que claman por la abolición del trabajo esclavo asalariado en un mundo en el que nuestras máquinas -que tanto trabajo han costado- son capaces de encargarse de ello. Hace ya muchos años que alguien tan poco sospechoso de izquierdismo o radicalidad como Luis Racionero, escribió un libro, en los años 80 -cuando el paro empezó a convertirse en un problema social masivo-, que se llamaba Del paro al ocio. Aunque lejos de los planteamientos que desarrollamos aquí, Racionero reivindicaba el unamuniano “que inventen ellos”, y reivindicaba la recuperación del placer y el disfrute tradicionalmente mediterráneos frente al mito de la laboriosidad más propiamente nórdico y protestante.

Es cuento viejo, como se ve, tanto como el tiránico orden social deshumanizador, en sentido literal, que imposibilita de tal manera el cumplimiento de nuestra naturaleza, por tanto tiempo diferida y abolida.

Intramuros: monjas enamoradas

No quiero ser monja, no, / que niña namoradica so

Me mueve a escribir esta entrada la lectura reciente de un excelente artículo de Miguel Ángel Ortega Lucas, La monja portuguesa o el fatal hechizo voluntario, en el que glosa las cartas de amor y desamor de Sor Mariana Alcoforado,  conocida como “la monja portuguesa”, a Noël Bouton de Chamilly. Ortega Lucas imagina así su enamoramiento del apuesto soldado y aristócrata francés:

A mediados del siglo XVII, en el Monasterio de la Concepción del territorio portugués de Beja, muy cerca de Extremadura y Andalucía, una monja llamada Mariana Alcoforado contempla a las tropas francesas, aliadas de Portugal en su guerra contra la corona española, ejercitar sus ensayos de guerra en la llanura. Las banderas flameantes, los uniformes, los caballos caracoleando con ímpetu de aquí allá. Podríamos añadir que bruñe en los aceros la luz del amanecer o del crepúsculo, y que se trata de algún día de verano de 1666. Entre el rumor de las voces graves, el fragor de las armas, la brisa del sur y el escándalo de las golondrinas, Sor Mariana, que presencia la escena junto a otras jóvenes enclaustradas del monasterio, vislumbra a lo lejos una silueta a caballo destacándose (sus propios ojos, queremos decir, hacen que una silueta a caballo se destaque de entre el resto):

Estaba en ese balcón el día fatal en que comencé a sentir las primeras manifestaciones de esta pasión desgraciada. Parecía que deseabas agradarme, aun sin conocerme. Me convencí de que me habías distinguido de entre todas mis compañeras…

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Pero no es este, ni mucho menos, el único caso de monja enamorada y abandonada que nos ha legado la literatura o la leyenda. Si bien es verdad que tenemos infinitamente más mujeres mal casadas o mal maridadas que mal monjadas, por decirlo con el neologismo de Rosa Navarro Durán. A esta misma filóloga debo la mayor parte de los fragmentos que vienen a continuación. Este, por ejemplo, de la lírica tradicional antigua, donde las mujeres eran protagonistas del “yo poético” como en las deliciosas jarchas:

¿Agora que sé d’amor
me metéis monja?
¡Ay Dios, qué grave cosa!

¿Agora que sé d’amor
de cavallero,
agora me metéis monja
en el monesterio?
¡Ay Dios, qué grave cosa!1

Este destino forzado al enclaustramiento que han sufrido tantas mujeres (los otros destinos, como se sabe, eran el matrimonio o la prostitución) a lo largo de los siglos no ha sido muy explorado, ni, desde luego, es muy conocido a pesar de que forma parte de muchas leyendas e historias transmitidas oralmente. Permítaseme que cite  un testimonios oral que, como receptor, guardo en mi memoria. Es un recuerdo vago e incompleto, no sé siquiera si inventado, rodeado del halo de lo misterioso y prohibido. Es una escena de fuga, que me contó una vez mi madre, en la que un caballero (porque iba a caballo, no por su condición social), enamorado perdidamente de una monja, y harto de vivir su amor en la clandestinidad, acordó fugarse con ella una noche cerrada, con la complicidad de alguien dentro del convento que sería el encargado de abrir las puertas. Mi madre se recreaba en el momento culminante en que la monja enamorada subía a lomos del caballo y en la huida al galope en la noche oscura, alejándose, como en un sueño, de los muros del monasterio….

Los románticos, como Zorrilla, sintieron debilidad por estas historias de amor y encierro.. Transcribo los fragmentos y comentarios del retrato de Inés de Alvarado,  de este mismo autor, tal como los presenta Rosa Navarro Durán (La monja enamorada):

Lo inicia con el recuerdo de su encierro forzado:

Cerraron en un convento
a doña Inés de Alvarado,
y obraron con poco tiento,
porque jamás fue su intento
tomar tan bendito estado.

(vv. 913-917)

De origen noble, bella, llena de fantasías, despierta a la vida entre las rejas de un convento. Nos la imaginamos de la mano del verso de Zorrilla, encontrándose con los espejos, ensayando pasos de danza en cuanto pisa una alfombra, iniciando en el laúd «un himno de amor», llenos de lágrimas los ojos al ver las puertas cerradas del convento, contemplando por la ventana la inmensidad del campo, queriendo cambiar «su sayal de lana» por la «basquina» de una aldeana. Borda -los bordados son el puente de cristal entre Inés y la monja gitana- y se siente tentada a trazar con la aguja, en vez del nombre de Cristo, «el de un hombre». Como dice el narrador:

Y así se la van los días
en suspirar y gemir,
por las bóvedas sombrías
de las largas galerías
que la habrán de ver morir.

(vv. 983-987)

Y sentencia, poniéndose al lado de la pobre bella monja encerrada.

¡Oh!, que al abrir un convento
a doña Inés de Alvarado
obraron con poco tiento,
que bien se ve que su intento
no la llamaba a su estado.

(vv. 993-997)

Pero de pronto, la bella monja sufre una transformación. Sus ojos aparecen «serenos y radiantes», participa con gusto en los ritos obligados, borda afanada «labores exquisitas». Las otras monjas ven asombradas cómo «la oveja descarriada» vuelve al redil y siguen rezando para que persevere en esa actitud nueva. El narrador destaca su error de lectura y canta la fuerza del amor humano:

¡Impertinencia importuna!
¡Oh necias, sin duda alguna,
las pobres siervas de Dios,
si no alcanzasteis ninguna
lo que va de Inés a vos!

[…]

¡Necias! La blanca ovejuela
que se vuelve a su pastor,
y cuya vuelta os consuela,
es tórtola que se vuela
al reclamo de su amor.

(vv. 1044-1068)

Sus ojos no miran el altar, sino que buscan otros ojos: «… lenguas en ojos residen, / y los espacios se miden / con las lenguas de los ojos», vv. 1076-1078. Y nos descubre la razón de la metamorfosis de la bella monja: «Un hombre la contemplaba, / y un hombre la devoraba / con sus ardientes pupilas, / y doña Inés se abrasaba», vv. 1079-1082. Es el capitán Montoya que la ronda, y las monjas no ven nada: no ven cómo ella le tiende la mano y él se la besa, no ven huir «una sombra sospechosa» a la luz de la luna, ni los jardineros ven al «rondador caballero», ni ellas imaginan que sus maravillosas flores bordadas esconden billetes amorosos. Y el narrador cierra la unidad narrativa exclamando de nuevo, a modo de estribillo con final diferente:

¡Oh, que al abrir un convento
a doña Inés de Alvarado
obraron con poco tiento,
pues no han mirado su intento
ni en el capitán pensado!

(vv. 1114-1118)

Comienza en seguida el relato de la «aventura inexplicable», como la llama el escritor, el episodio que tomó de Torquemada o de su derivación con final moralizante de Cristóbal Lozano, pero que enriquece con la presencia de otro personaje, don Luis de Alvarado, el hermano de doña Inés y amigo del capitán; así queda en evidencia el engaño de la pobre monja por el seductor sin escrúpulos porque fue galán de monjas sólo por una apuesta. Él mismo lo confesará en el desenlace de su historia al rogarle al padre de su prometida que le dé una parte de su hacienda a «don Luis de Alvarado, / que gana la apuesta infame / que hice de robar a Dios / la mejor prenda al casarme», vv. 1587-1590, y añade que no le diga «que era Inés, su propia hermana, / la prenda que iba a jugarse», vv. 1597-1598. La apuesta entre los dos amigos tiene esa desmesura que espanta: quiere robar al propio Dios la «prenda», una de sus servidoras, de sus «esposas».

El capitán Montoya, aterrorizado por la visión y arrepentido, se hace fraile capuchino; como reza el epitafio de su tumba: «Aquí yace fray Diego de Simancas / que fue en el siglo el capitán Montoya», w.1766-1767. Una «nota de conclusión», en tono ligero -como si el narrador se encogiera de hombros-, precisa la suerte de la bella monja:

Y por si alguno pregunta,
curioso, por doña Inés
y opina que queda el cuento
incompleto, le diré
que doña Inés murió monja
cuando la tocó su vez,
sin su amor, si pudo ahogarle,
y si no pudo, con él.
Porque destino de todos
vivir de esperanzas es;
quien las logra muere en ellas,
quien no las logra también.

(vv. 1768-1779)

Ha abandonado a su suerte a doña Inés de Alvarado.

También creada por Zorrilla, en su leyenda El desafío del diablo otra bella monja enamorada., Beatriz de Hinestrosa:

Doña Beatriz de Hinestrosa, cuyo destino impuesto no encajaba con su inclinación; así se inicia el relato de su vida y de la leyenda:

Nació doña Beatriz
para monja destinada;
mas salió al mundo inclinada
y no fue elección feliz.
Con demasiado devoto
corazón, en su preñez
hizo su madre tal vez
tan desatinado voto.

El narrador desautoriza esa entrega de la libertad ajena: «¿Quién puede ¡necio! decir / lo que otro ha de querer?» y recuerda que no era raro ver -«diez o doce años atrás»- a un niño de seis años «ya arrastrando / un hábito dominico» o «hecha una santa Teresa / una chica de once meses». La defensa que hace en los dos textos de la libertad de la mujer en la elección de su estado es manifiesta; así se oyen en sus versos ecos de las quejas que la lírica tradicional guardó.

A los ocho años la visten bellamente y la encierran en el convento. El narrador describirá el proceso que lleva de la niña ilusionada con sus galas a la jovencita que cae en una profunda melancolía por vivir en un estado de prisión no elegida; nada menos que dedica veinte octavillas a exponer su tristeza, los recuerdos de sus pocos años de libertad feliz en su infancia, de la orilla del río por donde había paseado, de los balcones de su casa «sin reja y sin celosía» por donde veía a la gente, la vivencia de su cautividad monótona, la profunda melancolía que la va devorando hasta hacerla caer en una enfermedad que no logran curar los médicos, «los fieros espectros con tocas» que quiere que se alejen, los gritos en su delirio pidiendo aire que respirar… Zorrilla se detiene morosamente en ese magnífico análisis psicológico de la bella Beatriz, monja novicia por decisión materna, por una supuesta promesa piadosa de acción de gracias. No ha aparecido todavía en su triste vida el amor; languidece por la falta de libertad, por la pérdida de ese mundo apenas entrevisto. Son sólo fantasías sus visiones:

Y en la orilla de aquel río,
y en redor de aquella fuente,
y entre la turba de gente
que veía por su balcón,
tal vez alcanzaba errando
una visión hechicera
cuya sombra pasajera
turbaba su corazón.

Se oye su voz de prisionera sin esperanza, de bella ave enjaulada, alejada por la voluntad ajena de un mundo anhelado, privada de la contemplación de la propia obra de Dios, la maravillosa naturaleza:

«¡Ay!, exclamaba la triste,
contristada y dolorida:
¡cuan monótona es mi vida,
cuan sin gloria y sin placer!
¿Qué es para mí el universo,
si yo, cual ave entre redes,
estoy entre esas paredes
condenada a nunca ver?
¿Qué valen las maravillas
que Dios sembró por su suelo,
si sólo alcanzo del cielo
un jirón escaso y ruin,
y el cántico pasajero
de algún pajarillo errante
que se detiene un instante
en las ramas del jardín?»

Y el narrador subraya su prisión; el claustro aparece como mazmorra, en donde pena olvidada la bella muchacha:

Así en el fondo del claustro
donde cautiva moraba,
allá a sus solas pensaba
la olvidada Beatriz.

(p. 833)

El destino de la pobre novicia parece que va a enderezarse porque, ante la desconocida enfermedad que la aqueja, un médico convence a su padre de que la única forma de salvarle la vida es sacarla del convento. Recobra su libertad y conoce a un hombre que la enamora; pero Zorrilla decide entonces tomar como modelo a otra espléndida mujer prisionera de las tocas, la Leonor de Sesé de El trovador de García Gutiérrez. Don César no será un trovador, pero sí un bandido, que tampoco será tal en su origen, sino un caballero noble; y quien se opone a esos amores no es un poderoso rival como don Nuño, sino el malvado hermano de doña Beatriz, don Carlos, que quiere que su hermana quede encerrada en el convento, en el fondo para apoderarse de su herencia. Ambos caballeros se desafían poniendo como objeto esa cárcel religiosa de Beatriz. Oímos al hermano: «Monja ha de ser (dijo Carlos) / aunque cuanto valgo exponga»; y a César: «Si va mi cabeza (dijo / el otro) no será monja». Una complicada peripecia (una trampa urdida para coger al bandido) desemboca en la noticia que le da a Beatriz su hermano de la muerte de su amado. Ella decidirá entrar de nuevo en el convento, ahora por su voluntad, y profesará, como hizo su modelo, Leonor de Sesé, al enterarse de la supuesta muerte del trovador. El narrador nos la presenta conforme con la reclusión:

Quedó monja Beatriz, lector querido,
y aunque triste, tranquila,
a su suerte con fe se ha sometido
y en ella no vacila.
Los usos del convento
no la molestan ya, ni el abandono
del claustro apesadúmbrala un momento.
De santa calma y de virtud modelo,
olvidada del mundo,
vive esperando en el futuro cielo.

(p. 870)

Sin embargo, no olvida a su amado César. Un día la sombra de un hombre cruza la nave de la iglesia y se arrodilla ante la reja del coro. La monja observa su figura, «mil lisonjeros sueños, / mil bellas fantasías / mil fútiles manías / la mente la asaltaban», hasta que el embozado deja caer un billete sobre la alfombra y muestra su rostro a la bella monja: es su amado, que vive. Volvemos a oír la voz de la desesperada Beatriz en su soliloquio:

«¿Con que vive?, decía,
¿vive? ¡Necia de mí! ¡Y en este encierro,
mientras él por el siglo me buscaba,
labré mi tumba y preparé mi entierro!
Llámame desleal, pérfida, ingrata,
y de mí se despide.
¡El pesar o la cólera me mata!
¡Y parte! Y el misterio de su muerte
no explica en su papel… ¡Cielos tiranos,
con qué estrella nací! ¡Cuan dura suerte
me dan vuestros decretos inhumanos!»

(p. 871)

Nuevas octavillas renovarán el estado de delirio, de fiebre, de desesperación ahora, de la pobre doña Beatriz, que siente cómo ella ha entrado voluntariamente en su cárcel. Reaparecen los espectros de las tocas, la falta de aire… Y viene la rebeldía y la transgresión que acaba en terrible castigo. Don César con una escala entra en el convento; pero no hay escena de seducción, porque es ella la que está determinada a escaparse con un caballero temeroso de franquear la barrera sagrada de los votos. Frente a su «creo en el cielo, y temo / contra su ley rebelarme», está la intempestiva réplica de doña Beatriz: «Ya me lo temía,¡imbécil! / ¡Adiós para siempre, parte!» (p. 876), que recuerda el «imbécil»” final que García Gutiérrez pone en boca de la gitana Azucena. Llega «la apalabrada noche / para la resuelta fuga / de Beatriz», y mientras don César la espera en la calle, ella se arrodilla ante una escultura de Cristo que hay ante un altar. Cedo la palabra a los versos de Zorrilla:

Mas ¡cielos! ¡Cuál fue su angustia
cuando al querer levantarse,
sintió que una mano enjuta
la asía por los cabellos;
y una voz oyó más ruda,
más poderosa que el eco
que con el trueno retumba,
que la dijo: «¿Dónde vas?»
enojada e iracunda.
Cayó Beatriz en tierra,
sin sentidos que la acudan,
y apagándose la lámpara,
todo quedó en sombra muda.

(p. 878)

Mientras, en la calle, don César se enfrentará al malvado don Carlos y lo matará. Al enterarse, a la mañana siguiente, de la muerte de su amada Beatriz, se irá a las montañas de Córdoba, ya no como bandido, sino como penitente.

Y para acabar, una de las joyas del Romancero Gitano de Federico García Lorca, inspirado en la Inés de Zorrilla, “La monja gitana“: Una preciosidad a la que, quizá, valdría la pena volver:

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris,
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza,
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
¡Oh!, qué llanura empinada
con veinte soles arriba.
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

Post scriptum

Un antiguo amigo, que pasó un tiempo enclaustrado en un monasterio de dominicos, me contaba que era muy común el caso de monjas enamoradas de los confesores del convento. Intramuros, la sublimación del amor humano en divino ha debido recorrer siempre, también, el camino inverso… Soy de una ciudad con varios conventos. Uno de mis recuerdos más emotivos tiene que ver con uno: durante una temporada en que trabajé de cartero, me detenía casi todos los días ante el viejo torno de madera que daba acceso, y vedaba, el acceso a unas monjas enclaustradas. A veces, el proceso se demoraba porque los paquetes o certificados tenían que entrar y salir, como en las puertas giratorias, a través del torno. Siempre oía la misma voz cantarina, amable, cariñosa, joven, que hablaba conmigo sobre las novedade cotidianas, el tiempo y hasta mi salud: “Manuel, tiene la voz de estar acatarrado, ¿por qué no toma…?” Un día no reconocí su voz, pero sí oí , entre el frufrú de las ropas talares, una pequeña discusión entre mi monja y la usurpadora, que acabó desplazada. “Buenos días, Manuel, ¿cómo está del resfriado?…”

Todo necio confunde valor y precio


Cuando decimos de algo que tiene «un precio incalculable», en realidad, queremos decir que tiene un precio elevado -muy elevado, si se quiere- pero que aún no ha entrado en ningún intercambio, que aún nadie lo ha comprado y que, por tanto, la «autoridad» del mercado no ha estipulado aún su equivalente monetario. Sin embargo, cuando de ese o de otro objeto afirmamos que su valor es incalculable, decimos y no decimos lo mismo. Más bien hacemos referencia a que es improbable -no imposible- establecer un valor de cambio para esa cosa, o, dicho de otra manera, que solo tiene valor de uso que, por definición, por su naturaleza cualitativa, está reñido con el cálculo. Estas ideas sobre el valor de uso y el valor de cambio o, más en general, sobre el valor y el precio de las mercancías y el plusvalor como origen del capital, se hicieron ciertamente populares, en su interpretación marxista, hasta el punto de que las encontramos incluso en unos versos de Machado, esos que dicen que «todo necio confunde valor y precio» (Proverbios y Cantares, LXVIII). Lo he vuelto a encontrar, como saber común, en un interesante reportaje publicado por la revista El Salto sobre los garranos gallegos, los últimos caballos salvajes del mundo, y sus avatares durante los terribles incendios del año pasado.

Xilberte Manso, director del Instituto de Estudios Miñoranos -que promueve el conocimiento y estudio de la Val Miñor- dice, según leemos en el reportaje, respecto a estos caballos semisalvajes que sobreviven en las comarcas del sur de Pontevedra:

[el garrano] es una joya biológica y una joya cultural porque, probablemente, sea el único caballo salvaje, y lo de «caballo», entre comillas, que existe en el mundo en la actualidad.

Garranos

El lector amigo debe retener la metáfora de la «joya» porque después volveremos, en esta indagación sobre la nueva economía del enriquecimiento a partir de las cosas, sobre las joyas y los objetos suntuarios. El reportaje continúa contando que, a raíz de los devastadores incendios de octubre de 2017, una veintena de garranos que vivían habitualmente en el monte Galiñeiro, huyeron de las llamas y se dispersaron por las poblaciones vecinas, y estuvieron perdidos hasta que fueron encontrados en los días siguientes y reconducidos a cerrados. Allí fueron alimentados con paja cedida gratuitamente por particulares, que no buscaban, con ello, beneficio económico. Manso, y a esta declaración es a la que queríamos llegar, afirmaba:

Tienen un gran valor y tienen poco precio. Porque, claro, hay que cosas que no se pueden tasar en euros, ni en dólares, ni en nada. La naturaleza no se puede tasar.

Y sin embargo, se tasa, y se expropia y apropia… Pero antes de detenernos en cómo crean cadenas de valor las «joyas» biológicas como los garranos, como los parques naturales o el «patrimonio» urbano, que junto a las suntuarias son las verdaderas y valiosas mercancías de este tiempo, que el recientemente fallecido Samir Amin llamaba el «capitalismo senil», debemos recordar muy brevemente el camino recorrido, los procesos sociales y económicos que nos han traído hasta aquí.

El desplazamiento y vaciamiento de los grandes espacios industriales desde los países occidentales al Sur global, popularizado en sus primeros momentos como «deslocalización», supuso también un desplazamiento de la acumulación capitalista llamémosla «clásica»: pauperización y explotación de los trabajadores, trabajo esclavo, expropiación de los recursos naturales, guerras económicas, desplazamientos de poblaciones… El alejamiento de los procesos de fabricación tradicionales desde los centros capitalistas europeos y americanos, trasladados a los países periféricos supuso también, como es sabido, una gran transformación en nuestras formaciones sociales, muy estudiada y conocida: fragmentación de las clases trabajadoras, reducción y domesticación de los viejos sindicatos y partidos de izquierda, nacimiento del precariado, empobrecimiento general de la población sometida a procesos de desposesión continuos, asalto a las instituciones públicas que amortiguaban los efectos más letales de la desigualdad social, como la educación o la sanidad…

Sin embargo, a pesar del alejamiento geográfico de la creación de plusvalía, el enriquecimiento de nuestras élites no deja de aumentar en esta nueva economía de los activos y de las «cosas». Veamos en qué consiste tan admirable circunstancia.

Mencionamos en primer lugar, para abandonarlos enseguida, los activos, esas extrañas entelequias que no son más que cristalizaciones del futuro, encarnaciones del tiempo como valor fiduciario. En el fondo son apuestas: capital que apuesta por cosas que aún no son pero de las que se espera un plusvalor futuro cuando formen parte del mundo «real». Apuestas que dependen, por ejemplo, del clima o las plagas o desastres, en el caso de las cosechas en los mercados de futuros, que pueden convertir los productos agrícolas de que se trate en mercancías fallidas, sin valor, provocando la ruina del inversor y del agricultos. Pero lo más común, en esta que se conoce comúnmente como «economía financiera», propia del neoliberalismo, es que las apuestas se hagan sobre «productos financieros», es decir, dinero o -lo más beneficioso y arriesgado- el futuro dinero de lo que hoy es deuda. El mundo de los activos no es más que, en el fondo, un juego donde se apuesta, se adeuda, se cobra y se paga, con dinero, en especies o con promesas. El dinero llama al dinero como un ciervo en celo, según la conocida metáfora de Marx. El hombre, las distintas especies de seres vivos, el planeta todo desaparecen aquí de la escena transformados en el valor tasable de todos los valores.

Más enigmático me resulta a mí el mundo de las joyas o los objetos de lujo. Son, en realidad, la mercancía más antigua: los tesoros. El atesoramiento forma parte del mundo precapitalista y, frente a la naturaleza de perpetuum mobile que es la propia del capital, el tesoro, los objetos preciosos tenían, y aún tienen, un carácter más propiamente estático y su valor consiste primordialmente en su posesión. Aunque en muchas ocasiones ha tenido valor de cambio (las mismas monedas de otro tiempo, acuñadas en metales preciosos, heredan ese valor) no era esa su función -como no es la función de una joya familiar ser vendida en el Monte de Piedad, aunque de hecho ocurre. La función del objeto lujoso es su propiedad y su exhibición pública «prudente», un símbolo de ostentación o de identidad de clan familiar o clase. En el Imperio Romano esta ostentación público de joyas o vestidos suntuosos fue censurada muchas veces y se debatió políticamente esa censura, en forma legal y punitiva. Se promulgaron, de hecho, varias leyes antisuntuarias, que intentaban evitar el malestar y la ira de las clases pobres de Roma ante su exhibición publica. Aparecen a partir del siglo III y limitaban el uso, no solo de joyas, sino de telas como la seda, hilos de plata y oro y ciertos colores como el púrpura, permitido solo en vestidos y accesorios de naturaleza religiosa. El lector que sienta curiosidad por conocer mi punto de vista sobre estas leyes, puede leer la columna que dediqué a este tema el 4 de julio de 2009 en el diario La Opinión de Málaga. Se puede leer en línea en la hemeroteca de este periódico, aquí: Lex Julia sumptuaria.

Domus romana: Ornamenta gemmarum

Como ha sucedido siempre en las épocas de crisis capitalista, las joyas se han convertido en un negocio muy boyante: en Francia y en Italia, por ejemplo, este sector supone hasta un 9% de sus exportaciones anuales. Pero no basta, para entenderlo, con pensar que, simplemente, hay unos excedentes de capital brutales que necesitan transformarse temporalmente en objetos como estos, que siempre se revalorizan (como lo hacían, o lo hacen, pero en menor medida, las casas o el oro). Lo cual es verdad, pero intentamos averiguar por qué. Porque, en contradicción con las mercancías industriales, cuyo aprecio sube en relación al futuro, a ser el último grito, digamos, en los adornos del lujo son el pasado, la antigüedad, los que añaden valor (y precio).

Pero me parece que para entender bien la importancia de estas «cosas» capaces de generar cadenas de valor tan abultadas, hay que detenerse en lo que comparten con otros objetos muy especiales: los objetos artísticos, las «obras de arte». Y eso que comparten es la excepcionalidad, su carácter de objetos únicos.

Va de suyo que esa naturaleza especial de cosas singulares excluye de su valor lo que el falso sentido común nos sugiere en una primera instancia: que es el «buen hacer» del artesano o el artista el que otorga su valor a la extraña mercancía. No importa que el objeto suntuario o artístico estén «bien hechos» ni que provoquen admiración por ello. El arte post realista nos curó de espanto en ese sentido y, en lo que respecta a los objetos artesanos, no hay más que recordar que, en muchos casos, es un defecto el que lo hace especial y lo revaloriza. En la filatelia es muy común, y eso nos obliga a pararnos brevemente en el coleccionismo, que lo es, paradójicamente, ¡de objetos únicos!

Coleccionismo compulsivo

Las colecciones como las de sellos son otro negocio que, aunque quizá esté llegando a su agotamiento (ya nadie escribe cartas y las piezas raras o únicas son todas propiedad de alguien), no ha dejado de crecer desde su nacimiento en el siglo XIX. Para hacernos una idea del volumen especulativo que ha llegado a alcanzar este coleccionismo, basta recordar (a los lectores españoles les resultará muy familiar: aún andan los chasqueados inversores reclamando sus capitales perdidos) la enorme estafa piramidal de Fórum Filatélico (la mayor empresa de compraventa de sellos en España, que ofrecía altos intereses a sus clientes -en torno el 6%- usando como garantía lotes de productos filatélicos, en la mayoría de los casos sobrevalorados) y Afinsa, con toda su trama de sociedades fantasmas. Los estafadores dejaron un agujero patrimonial de 3.500 millones de euros. Ni más ni menos.

Como bien explican Boltanski y Esquerre1, «La forma colección permite neutralizar la tensión entre el ‘el valor intrínseco’ de un objeto -derivado de aquello que lo hace único y, por consiguiente, inconmensurable con otros objetos y su valor de mercado. Formalizado a modo de precio mediante la prueba del intercambio. Las transacciones entre los coleccionistas de arte son un ejemplo adecuado. El valor reconocido de una obra se basa en el juicio colectivo de críticos, comisarios e historiadores del arte, que a menudo trabajan para instituciones (museos, universidades) financiadas por el Estado o por organizaciones benefactoras.». Estas decisiones, que se supone que están por encima de intereses particulares consiguen «legitimar» el precio de una obra, incluidas aquellas que, a priori, tenían un «valor incalculable».

La literatura narrativa del siglo XIX nos ha legado, por su parte, relatos sobre la pasión fría del coleccionismo y sobre la compulsión (que hoy llamaríamos consumista) de poseer objetos lujosos. Los autores del artículo citado más arriba recuerdan al primo Pons, de Balzac, que «nunca se siente realmente satisfecho a no ser que consiga obtener las ‘bellezas’ que ansía por un precio inferior a su ‘verdadero valor’; en otras palabras, más bajo del que alcanzaría en el futuro, cuando una comunidad más amplia de entusiastas reconzca el gusto y el estilo excepcionales de su propietario.». Permitásenos, por nuestra parte, citar a Benito Pérez Galdós, quien en Lo prohibido, una de sus últimas novelas, retrata de manera formidable la pasión por la compra y posesión de «bellezas» que sufre su protagonista, Eloísa:

La transformación del palacio era en verdad grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón vi además un cuadrito de Palmaroli, una acuarela de Morelli, preciosísima, un cardenal de Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me parecieron de subidísimo precio, una cabeza inglesa, de Nittis, otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas granadinas, de Martín Rico. Pregunté a Eloísa cuánto le había costado aquel principio de museo, y díjome, en tono vacilante, que muy poco, por haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de desmoronarse.

Eloísa, representante de las clases ociosas de la Restauración, dilapida sus capitales en el atesoramiento enfermizo de estas colecciones de arte que atiborran su casa como un «principio de museo», al decir de Galdós. Las cosas no han cambiado mucho en el capitalismo tardío y la posesión de objetos de lujo o de arte, sin valor de uso y -salvo ocasiones extremas- sin valor de cambio, sigue siendo una actividad mercantil en auge, desde las fundaciones de los bancos, hasta fondos de inversión o acaudaladas fortunas personales.

Es hora de recalar, en este recorrido por la vida secreta de estas extrañas «cosas», en esas que llamamos, por costumbre, «patrimonio», cuya naturaleza última es tan parecida a las que hemos intentado analizar hasta ahora. Los andaluces que vean habitualmente la televisión regional, Canal Sur, recordarán cómo la cadena, a bombo y platillo, dedicó varios telediarios casi al completo a desglosar el éxito, los méritos y los beneficios futuros del reconocimiento de las ruinas de Medina Azahara como patrimonio de la humanidad por parte de la UNESCO. Junto al relato épico de la «lucha» de nuestras instituciones por conseguirlo, como en el cuento de la lechera, se nos aleccionaba sobre los distintos proyectos de reformas o excavaciones que mejorarían y ampliarían esas ruinas cordobesas, así como del beneficioso aumento de las visitas turísticas al enclave.

La creación de «patrimonio» -histórico, cultural, natural- acompaña el crecimiento disparatado de los objetos «excepcionales» vistos hasta ahora. Para conseguirlo, no se hace ascos al adorno o invención descarada de relatos más o menos ficticios que forman parte de él, sirviéndoles de soporte. La misma función la cumplen eventos como las conmemoraciones, los festivales, los festejos más o menos justificados en nombre de la tradición o el homenaje a santos o prohombres. O la ayuda inestimable de los arquitectos como Frank Ghery, el diseñador del Museo Guggenheim que resucitó el puerto de Bilbao, creador también de otro museo de naturaleza parecida en la ciudad francesa de Arlès, víctima de la misma decadencia industrial que la ciudad vasca.

Los ejemplos de esta implicación del objeto inútil y único, sea de lujo o de arte, se multiplican en todos los ámbitos, incluido el de la moda. Como señalábamos en uno de los apuntes anteriores de este mismo blog, que llamaba «Las faldas de Prada»:

Patrizio Bertelli, director general de Prada, concibe sus tiendas como “una instalación vanguardista sobre el arte de las compras”. Aviso para caminantes. Chin-Tau Wo (NLR, 108) apostilla sobre la conversión de las faldas de Prada al nivel del arte: “La exposición de objetos presentada en el lenguaje inteligente del arte conceptual contemporáneo, bajo el imprimátur de Herzog & De Meueron y de Rem Koolhaas, tenía la clara intención de elevar las faldas de Prada a la categoría del arte y la arquitectura contemporáneos. Cuando las faldas llegaron a Shangái en mayo del 2005, la exhibición Waist Down, promocionada como una exposición de arte (…) había generado ‘mucha expectación, de acuerdo con Newsweek.”

Así las cosas, a nadie extrañará que, en un futuro previsible y cercano, los garranos supervivientes de Pontevedra, con cuya evocación emezábamos esta ya larga reflexión, convenientemente encerrados en nuevos cercados con denominación de origen de espacio natural protegido, o algo así, se vuelvan a cargar de valor y precios incalculables mientras son fotografiados por las masas de turistas estólidos que recorren insomnes los espacios abigarrados y oníricos de nuestro mundo…

1Luc Boltanski y Arnaud Esquerre, «La vida economica de las cosas», NLR, 98, mayo de 2016.