Paz activa

Este textito sobre la paz activa aparece en un fanzine o revistilla escolar (la compañera que lo ha editado prefiere llamarlo libreto) al que da título genérico. Según costumbre extendida en estos tiempos, se venderá aquí y allí y el dinero obtenido se destinará a algunas oenegés. Como tengo integrados el blog y mi canal en Hubzilla, esta entrada ve la luz en ambas plataformas simultáneamente. Y sin más, al cuento.

Para Carmen Morago

Oriana Fallaci contaba que, ante la pregunta ¿qué es para ti la paz?, un niño vietnamita le respondió que eran esos días en los que no estallaban bombas ni tenía que huir a toda a prisa con su familia a otro lugar. Seguramente un niño sirio contestaría hoy de forma parecida a la mítica reportera italiana.

Una paz armada no es paz, es solo una guerra menos cruenta, un periodo sin bombas y sin tener que salir corriendo. Por eso la paz no solo es ausencia de guerra, tiene que ser un paz activa, una prevención constante, un acto producto de la voluntad vigilante y del esfuerzo, la construcción de un espacio sin sobresaltos en el que la vida cotidiana sea previsible de un día para otro, en la que el sueño sea reparador y la mañana siguiente sea como la de hoy, soñolienta y aburrida.

Porque la paz es aburrida y debe serlo, porque solo del aburrimiento surgen los manantiales de la creación, del mismo modo que solo del silencio nacen los diálogos y conversaciones, el descubrimiento y el hallazgo, el placer del juego improvisado, los amores con fruto. Una paz activa supone controlar a la fiera y los monstruos que nos habitan, sabiendo que ese control siempre es provisional y está en precario. La paz activa es trabajo y laboriosidad, humor y amor, es el alma de la colmena.

Esta paz en la guerra, y esa otra guerra en la paz, como le gustaba decir a Miguel de Unamuno, con la que soñamos tantos implica vencer el miedo a los otros, ser capaces de mirar a los ojos al otro, al distinto, al que huye o naufraga para sentir su humanidad doliente. La paz activa es vencer a nuestro peor enemigo, nuestro propio miedo. Restaurar el antiguo y sagrado derecho de asilo para el que busca refugio en su fuga del espanto o el hambre no es solo una cuestión estética que podamos delegar en manos de los gobernantes o de las organizaciones de caridad para tranquilidad de nuestras conciencias: debe implicar a nuestras propias conciencias. El derecho de asilo y protección del náufrago está contado en las historias fundacionales de nuestra cultura al menos desde las pérdidas de Ulises, nuestro más antiguo e ilustre náufrago. Olvidarlo es olvidar de dónde venimos, perder el marco y el sentido: un modo de locura.

Pienso a menudo en cómo será el despertar sobresaltado de un niño en los infiernos de las ciudades sirias, de nombres inmemoriales, Aleppo, Madaya, Fuaa, Kafraya, entre escombros o hambrunas. O en las de Libia, Irak, Afganistán. O en las remotas aldeas de Chechenia. O en las miradas tristes y resignadas de tantos niños en las invisibles ciudades o poblados del norte, el centro y el sur de África, la tierra madre de la Humanidad. O en los ojos brillantes de alerta de los niños de América del norte, del centro, del sur. O en los pequeños ángeles negros de los suburbios de Madrid, Barcelona, París bostezando entre las latas refulgentes de las chabolas…

Pienso en esta guerra en la paz, en esta paz armada y recelosa, cuando miro el primer cielo de las mañanas camino del trabajo, el cielo compartido que para mí es cotidiano y previsible porque cuento con que de él no caerán bombas. Pienso en esta paz que debe ser activa cuando entro en la primera clase y veo las miradas soñolientas de los estudiantes, aburridas tal vez, o fastidiadas, pero sin miedo. Son esas miradas, que no encontrarán otros maestros, a esas mismas horas, en tantas aulas que hayan sobrevivido a las llamas y derrumbes, las que me hacen recordar la respuesta de aquel niño vietnamita y la que habría dado cualquiera de mis alumnos a la vieja periodista italiana: la paz es tener sueño y aburrirse, enamorarse o sentir abrigo frente al frío del invierno, la paz es esperar la llegada de otro previsible viernes…

#apuntes

Todos somos violentos

Comparto aquí, en mi traducción al español de la versión francesa, un artículo de Nicola Chiaromonte, Nous sommes tous des violents, publicado originariamente en italiano (La stampa, 10 abril de 1969) y traducido al francés por Olivier Favier, que lo ha publicado en su blog Dormira Jamais, del que soy lector habitual y que recomiendo vivamente. El nombre de este blog, que parece llamarnos a todos a la vigilia o vigilancia continuas, procede del manifiesto surrealista de André Breton, según la cita que podemos leer en su encabezamiento:

Tout est près. Les pires conditions matérielles sont excellentes. Les bois sont blancs ou noirs. On ne dormira jamais.

André Breton, Manifeste du surréalisme, 1924.

No sé decir exactamente por qué me ha seducido el texto de
Chiaramonte, el socialista libertario de Basilicate. Aunque por la fecha de publicación (1969, el año del «otoño caliente» italiano, calientes también aún las brasas del 68 francés, prólogo de las luchas sociales en Polonia o Argentina; él mismo veterano luchador en la Guerra Civil española…) puedo adivinar su sensibilidad estoica ante el fenómeno de la violencia. Puedo, también, entender la decisión de Olvier Favier de traducirlo y publicarlo en su blog, en una Francia tan atenazada ahora mismo entre el miedo, la violencia terrorista y la violencia institucional. Quizá sea porque me sedujo desde el comienzo su definición de violencia humana: «la rebelión instintiva contra el hecho de encontrarse encerrado en una condición no elegida, la de una criatura que sufre ante todo…». O quizá la sorpresa de ver considerado a Prometeo como el ejecutor del primer acto violento y transgresor de nuestra cultura, movido por su deseo de ayudar a estas criaturas menesterosas e irascibles que somos los humanos, tantas veces poseídos por el sueño de la dominación y el poder, pero también por la sabiduría resignada de reconocer nuestros límites, de refrenarnos con las bridas de la sensatez. Juzgue el lector y amigo por su propia cuenta, si es que este texto llega también a seducirlo…

Todos somos violentos

por Nicola Chiaromonte

La violencia está inscrita en el alma humana porque es inherente al mundo y al lugar del hombre en el mundo. Podríamos decir que el origen de la violencia en el hombre es la rebelión instintiva contra el hecho de encontrarse encerrado en una condición no elegida, la de una criatura que sufre ante todo -antes de empezar a sufrir a causa de tal o cual mal concretos- de una restricción sin remedio, que le lleva a estar siempre en un estado de penuria, de privación y de opresión. Si las cosas fueran de otra manera, es decir, si la violencia en el mundo humano fuera un hecho de naturaleza animal, los excesos monstruosos que podemos esperar de la violencia en el caso del hombre no tendrían explicación. La ferocidad de un Hitler o un Stalin no tienen nada que ver con la satisfacción de ningún instinto bestial: es genuinamente humana, debida a la intención malvada de franquear a cualquier precio los límites de la humanidad común. En este sentido, el impulso de la violencia no es más fuerte en el individuo privilegiado por la riqueza o el poder que en el caso del pobre o el oprimido. El hombre es violento porque su condición primigenia es violenta (o se le aparece como tal). Esta no cambia nunca, puesto que no hay ningún individuo al que el destino, antes incluso que los demás hombres, no haya privado, ni priva a cada instante, de todo lo que no es.

En cierto sentido, el primer acto de violencia es el cometido por Prometeo contra la voluntad de Zeus por venir en ayuda de los hombres necesitados y «errantes en el gran bosque de la tierra fresca». Para procurarse lo necesario, el hombre debe arrancárselo a la Naturaleza, violar su orden, devastar no sólo el reino vegetal y el animal sino la sociedad de sus semejantes. Y lo necesario para el hombre no acaba nunca: «No deja a la Naturaleza más que lo estrictamente necesario y la vida del hombre no tendrá más que valor que el de una bestia…»1, dice el Rey Lear.

La violencia del hombre es insaciable e infinita, como bien sabemos nosotros, que hemos instaurado (o casi) el reino del hombre sobre la Naturaleza, hemos tergiversado de tal manera su orden mismo que hemos puesto en peligro la misma soberanía de la que nos vanagloriamos. Catástrofe atómica, contaminación atmosférica, intervenciones bioquímicas o quirúrgicas sobre las fuentes mismas de la vida o sobre las operaciones del espíritu, empezamos a sospechar que hemos alcanzado los límites más allá de los cuales solo hay caos; pero ni siquiera por eso nos detenemos.

Sin embargo, debemos reconocer en esto la obra de la necesidad. No sirve de nada decir que la Historia habría seguido un curso distinto si no hubiera ocurrido esto, pongamos, el desencadenamiento de violencia guerrera que siguió a la Revolución Industrial, con Napoleón y las consecuencias de la aventura napoleónica que llegan, ciertamente, hasta Hitler y no parecen haber terminado todavía. La serie de coincidencias que nos han traído al punto en el que estamos en lugar de a una tesitura más feliz, muestra, justamente, una necesidad de la que no podemos escapar. Es ciertamente fácil pensar en una eventualidad más propicia que la que nos ha tocado, pero el hecho es que las posibilidades, en el curso de los acontecimientos, son, en cada momento, innumerables y comprenden tanto lo peor como lo mejor. La elección no depende de nosotros, ni incluso si está bien lo que hemos hecho: dicho de otra manera, todos juntos hacemos nuestra propia historia. Ni siquiera la divinidad es responsable, dice Platón.

La violencia, pues, es intrínseca a la condición de las cosas y del hombre. Pero la locura de quienes exaltan la violencia, de aquellos que afirman hoy «sin violencia no se consigue nada» (eco de la famosa frase de Marx «la violencia es la partera de la Historia»2) consiste en el hecho de que se erigen en principio de razón lo que es un hecho constitutivo del destino humano, y, como tal, escapa a toda razón. Desde luego, hacer de lo que escapa a nuestra razón un principio de razón y acción es, además de una contradicción lógica, una desastrosa transgresión.

Quienes así piensan no ven que de la violencia a la que cede el hombre, a la cual se puede ver constreñido, con la que se compromete totalmente como si fuera un principio creador, no se sigue solo para él la posibilidad de sobrevivir, de existir, de organizar, sino que ya tiene en su origen, al mismo tiempo, la némesis que golpea cualquier empresa humana, y más violentamente las más violentas. Y es solo de la consciencia de esta némesis -dejando aparte su situación esencialmente insoluble porque es independiente de la voluntad humana- como puede surgir en el individuo lo que llamamos «sentido del límite» y de la medida: la sabiduría.

Y la sabiduría no consiste solamente en que la violencia desemboca inevitablemente en el caos (siendo, más bien, la irrupción del caos en la existencia), es necesario ponerle el límite más riguroso, sino que significa eventualmente la renuncia a toda voluntad de dominio sobre los demás y sobre la naturaleza. Es evidente que tal renuncia no podrá ser, en cualquier caso, más que cosa de unos pocos. Pero es a estos pocos, capaces de reflexión a fin de cuentas, a quienes se les ha confiado no ya el poder sino la responsabilidad de la vida civil.

Por otro lado, si es verdad que, de hecho, no existen ningún orden civil que no tenga su origen en la violencia y que esté, por tanto, viciado, lo es también que el principio del orden civil y de la supervivencia misma de la sociedad no se deben del todo a la violencia, sino a sus opuestos: la educación, el sentido común, la delicadeza inteligente. Estas son las virtudes que se oponen a la violencia y la autoridad, la suavizan. Y debilitándolas en este sentido es cuando el hombre es capaz no solo de crear obras de arte o de beneficio público sino también de construir esta cohabitación pacifica de donde extrae su verdadera fuerza: la de sentirse sostenido no solo por sus semejantes sino la del poder insondable del que todo el mundo sabe que dependen su propia suerte y la de la comunidad.

Las civilizaciones, para acabar, no perecen solo por las violencias que pueden golpearlas desde fuera sino sobre todo debido a aquellas que tienen su origen en ellas mismas, que anidan en su seno y puede explotar en forma de guerras o revoluciones: dicho en otros términos, por la injusticia no atendida. Podemos afirmar que Grecia murió por no haber sabido confederarse contra el poder macedonio, pero debemos constatar también, al mismo tiempo, que había sido ya destruida moral y socialmente -como Tucídides muestra de forma tan lúcida- por la voluntad de imperio y de violencia inmoderadas que la habían poseído durante la Guerra del Peloponeso.

La mayoría será arrastrada siempre por el ejemplo de la violencia, o permanecerá pasiva ante ella puesto que lo que la violencia promete siempre es la liberación inmediata del yugo de la necesidad y la opresión. Se trata de la capacidad de resistir frente a ella. Los momentos de abatimiento y confusión como los que estamos atravesando son más favorables a su influencia  de lo que se piensa, porque el abatimiento y la confusión de hoy son debidas en gran medida al ejemplo de la violencia triunfante desde hace medio siglo, un ejemplo del que la actual exaltación de la violencia no es más que una de sus secuelas.

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Carlo Carrà, Manifesto interventista, 1914.

Nicola Chiaromonte, “La stampa”, 10 de abril de 1969 . Traducido de la versión francesa de Olivier Favier por Manuel Jiménez Friaza.

Tres poemas de José Hierro

Resume el Wikipedista, de forma apretada, la significación del poeta y pintor español José Hierro con estas palabras:

José Hierro Real (Madrid, 3 de abril de 1922 – ibídem, 21 de diciembre de 2002), conocido como José Hierro o Pepe Hierro, fue un poeta español. Pertenece a la llamada primera generación de la posguerra dentro de la llamada poesía desarraigada o existencial (publicó en las revistas Espadaña y Garcilaso).

En sus primeros libros, Hierro se mantuvo al margen de las tendencias dominantes y decidió continuar la obra de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Pedro Salinas, Gerardo Diego e, incluso, Rubén Darío. Posteriormente, cuando la poesía social estaba en boga en España, hizo poesía con numerosos elementos experimentales (collage lingüístico, monólogo dramático, culturalismo…).

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Autorretrato

José Hierro fue un enorme poeta que se movió de forma muy personal entre lo popular y lo culto, entre el surrealismo y la poesía social. Sus versos, tantas veces duros al oído y demasiado discursivos o culturalistas, nunca dejan indiferente. Estos tres poemas que comparto ahora son una mínima muestra de su inmenso arte:

Luz de tarde

Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio,
tornar a este instante.
Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.

Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres
la apariencia tranquila del aire,
esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,
ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,
cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase…

Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas,
guardar estas cosas. Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,
poblando otra tarde como esta de ramas que guarde en mi alma,
aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.

(De Alegría, 1947)

Reportaje

Desde esta cárcel podría
verse el mar, seguirse el giro
de las gaviotas, pulsar
el latir del tiempo vivo.
Esta cárcel es como una
playa: todo está dormido
en ella. Las olas rompen
casi a sus pies. El estío,
la primavera, el invierno,
el otoño, son caminos
exteriores que otros andan:
cosas sin vigencia, símbolos
mudables del tiempo. (El tiempo
aquí no tiene sentido).

Esta cárcel fue primero
cementerio. Yo era un niño
y algunas veces pasé
por este lugar. Sombríos
cipreses, mármoles rotos.
Pero ya el tiempo podrido
contaminaba la tierra.
La yerba ya no era el grito
de la vida. Una mañana
removieron con los picos
y las palas la frescura
del suelo, y todo —los nichos,
rosales, cipreses, tapias—
perdió su viejo latido.
Nuevo cementerio alzaron
para los vivos.

Desde esta cárcel podría
tocarse el mar; mas el mar,
los montes recién nacidos,
los árboles que se apagan
entre acordes amarillos,
las playas que abre al alba
grandes abanicos,
son cosas externas, cosas
sin vigencia, antiguos mitos,
caminos que otros recorren.
Son tiempo
y aquí no tiene sentido.
Por lo demás todo es
terriblemente sencillo.
El agua matinal tiene figura de fuente…
(Grifos
al amanecer. Espaldas
desnudas. Ojos heridos
por el alba fría). Todo
es aquí sencillo,
terriblemente sencillo.
Y así las horas. Y así
los años. Y acaso un tibio
atardecer del otoño
(hablan de Jesús) sentimos
parado el tiempo. (Jesús
habló a los hombres, y dijo:
«Bienaventurados los pobres de espíritu»).
Pero Jesús no está aquí
(salió por la gran vidriera,
corre por un risco,
va en una barca, con Pedro,
por el mar tranquilo).
Jesús no está aquí.
Lo eterno se desvae, y es lo efímero
—una mujer rubia, un día
de niebla, un niño tendido
sobre la yerba, una alondra
que rasga el cielo—, es lo efímero
eso que pasa y que muda
lo que nos tiene prendidos.
Sed de tiempo, porque el tiempo
aquí no tiene sentido.

Un hombre pasa. (Sus ojos
llenos de tiempo). Un ser vivo.
Dice: «Cuatro, cinco años…».
Como si echara los años
al olvido.
Un muchacho de los valles
de Liébana. Un campesino.
(Parece oírse la voz
de la madre: «Hijo,
no tardes», ladrar los perros
por los verdes pinos,
nacer las flores azules
de abril…).
Dice: «Cuatro, cinco,
seis años…», sereno, como
si los echase al olvido.

El cielo, a veces, azul,
gris, morado o encendido
de lumbres. Dorado a veces.
Derramado oro divino.

De sobra sabemos quién
derrama el oro, y da al lirio
sus vestiduras, quién presta
su rojo color al vino
vuela entre nubes, ordena
las estaciones…
(Caminos
exteriores que otros andan).
Aquí está el tiempo sin símbolo
como agua errante que no
modela el río.
Y yo, entre cosas de tiempo,
ando, vengo y voy perdido.
Pero estoy aquí, y aquí
no tiene el tiempo sentido.
Deseternizado, ángel
con nostalgia de un granito
de tiempo. Piensan al verme:
«Si estará dormido…».
Porque sin una evidencia
de tiempo, yo no estoy vivo.

Desde esta cárcel podría
verse el mar —yo ya no pienso
en el mar—. Oigo los grifos
al amanecer. No pienso
que el chorro me canta un frío
cantar de fuente. Me labro
mis nuevos caminos.

Para no sentirme solo
por los siglos de los siglos.

“Réquiem”, (Cuanto sé de mí, 1957)

Lear King en los claustros

Di que me amas. Di “te amo”.
Dímelo por primera y por última vez.
Sólo: “te amo”. No me digas cuánto.
Son suficientes esas dos palabras.
“Más que a mi salvación”, dijo Regania.
“Más que a la primavera”, dijo Gonerila.
(No sospechaba que mentían).
Di que me amas. Di “te amo”,
Cordelia, aunque me mientas,
aunque no sepas que te mientes.
Todo se ha diluido ya en el sueño.
La nave en que pasé la mar,
fustigada por los relámpagos
era un sueño del que aún no he despertado.
Vivo abrazado por un sueño,
inerme en su viscosa telaraña,
para toda la eternidad,
si es que la eternidad no es un sueño también.

La tempestad me arrebató al Bufón,
al pícaro azotado, deslenguado, insolente,
que era mi compañero, era yo mismo,
reflejo mío en los espejos
cóncavos y convexos que inventó Valle-Inclán.

Los brazos de las olas me estrellaron
contra el acantilado. Y un buen día,
ya no recuerdo cuándo, desperté,
y hallé sobre la arena
piedras labradas con primor,
sillares corroídos, lamidos y arañados
por los dientes y garras de las algas.
Entonces, desatado del sueño,
comencé a rehacer el mundo mío
que se desperezaba bajo un sol diferente.
Y aquí está al fin, delante de mis ojos.
Oigo cómo jadea
con la disnea del agonizante, del sobremuriente.
Espero a que tú llegues
y me digas, “te amo”.
Conservo aquí los cielos que viajaron conmigo
grises torcaces de Bretaña, cobaltos de Provenza,
índigos de Castilla.
Sólo tú eres capaz de devolverles
la transparencia, la luminosidad
y la palpitación que los hacían únicos.
Aquí están aguardándote.
Quiero oírte decir, Cordelia, “te amo”.
Son las mismas palabras de salieron
de labios de Regania y Gonerila,
no de su corazón. Más tarde
se deshicieron de mis caballeros,
hijos del huracán, bravucones, borrachos,
lascivos, pendencieros… Regresaron
al silencio y la nada.
La niebla disolvió sus armaduras,
sus yelmos, sus escudos cincelados,
aquel hervor y desvarío
de águilas, quimeras, unicornios,
cisnes, delfines, grifos…
¿Por qué reino cabalgan hoy sus sombras?

Mi reino por un “te amo”, sangrándote en la boca.
Mi eternidad por sólo dos palabras.
Susúrralas o cántalas sobre un fondo real
―agua de manantial sobre los guijos,
saetas que desgarran con su zumbido el aire―
así la realidad hará que sean reales
las palabras que nunca pronunciaste
―¡por qué nunca las pronunciaste!―
y que ultrasuenan en un punto
del tiempo y del espacio
del que tengo que rescatarlas
antes de que me vaya.
Ven a decirme “te amo”;
no me importa que duren tus palabras
lo que la humedad de una lágrima
sobre una seda ajada.

En esta paz reconstruida
―sé que es tan sólo un decorado― represento
mi papel; es decir, finjo,
porque ya he despertado.
Ya no confundo el canto de la alondra
con el del ruiseñor. Y aquí vivo esperándote,
contando días y horas y estaciones.
Y cuando llegues, anunciada
por el sonido de las trompas
de mis fantasmales cazadores,
sé que me reconocerás
por mi corona de oro (a la que han arrancado
sus gemas la urracas ladronas),
por la escudilla de madera que me legó el bufón
en la que robles y arces depositan
su limosna encendida, su diezmo volandero,
el parpadeo del otoño.

Ven pronto, el plazo ya está a punto
de cumplirse. Y no me traigas flores
como si hubiese muerto.
Ven antes de que me hunda
en el torbellino del sueño.
Ven a decirme “te amo” y desvanécete enseguida.

Desaparece antes de que te vea
sumergida en un licor trémulo y turbio,
como a través de un vidrio esmerilado.
Antes de que te diga:
“yo sé que te he querido mucho,
pero no recuerdo quién eres”.

(De Cuaderno de Nueva York, 1998)

Para conocer mejor a este poeta, se pueden ver con provecho las páginas que le dedican el Centro Virtual Cervantes o la Fundación Centro de Poesía José Hierro.

Tres poemas de Joan Margarit

Joan Margarit i Consarnau es uno de los grandes poetas vivos en catalán y castellano. Él mismo escribe las versiones en español de sus poemas escritos en lengua catalana. Luis García Montero, conocido escritor granadino amigo suyo, con el que ha presentado libros y recitado poemas muchas veces, le escribía en una carta pública:

Querido Joan Margarit, no sé si te he contado que mi nuevo ordenador me saluda y me despide en catalán. Lo compré estas pasadas navidades, porque el antiguo andaba mal, muy fatigado por el uso de los años, los versos, los artículos, las novelas y las navegaciones. Cuando lo puse en marcha, su sistema operativo utilizó tu lengua. Cada vez que lo enciendo, me abraza con un Benvingut. Cuando lo cierro, me da tres opciones: Atura temporalment, Tanca y Actualiza y reinicia.

No es el único caso, ni mucho menos, de amistad y admiración mutuas entre escritores en castellano y las otras lenguas de España. En los inicios de este canal, ya traíamos a colación la amistad entre Unamuno y Maragall, con su poema “La vaca cega” en las dos versiones. Ojalá su ejemplo cundiera entre tantos españoles intoxicados por la incomprensión y el desconocimiento mutuos. En su página personal, Joan Margarit, se pueden encontrar notas biográficas, sobre su poética y leer y oír muchos de sus poemas. Su obra es ya inmensa y tiene múltiples registros. Los tres poemitas que comparto aquí (en su versión en castellano) son solo una elección personal, una vía de acceso, como otras posibles, a la obra de un gran poeta apasionado y vivo.

Principios y finales

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Una vez fui una chica con futuro.
Leía en latín a Horacio y a Virgilio
y recitaba a Keats completo de memoria.
Al entrar en sus cuevas, los adultos
me capturaron: comencé a parir
hijos de un hombre necio y vanidoso.
Ahora cuando puedo lleno el vaso
y lloro al recordar algún verso de Keats.
Una mujer ignora, cuando es joven,
que no hay lugar alguno
donde poder quedarse para siempre.
Y no comprende porque nunca llega
aquel o aquella donde hallar descanso.
Las muchachas lo ignoran: los principios
no se parecen nunca a los finales.

Del libro El primer frío

CASA DE MISERICORDIA

El padre fusilado.
O, como dice el juez, ejecutado.
La madre, ahora, la miseria, el hambre,
la instancia que le escribe alguien a máquina:
Saludo al Vencedor, Segundo Año Triunfal,
Solicito a Vuecencia poder dejar mis hijos
en esta Casa de Misericòrdia.

El frío del mañana está en la instancia.
Hospicios y orfanatos fueron duros,
pero más dura era la intemperie.
La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.

Del libro Casa de misericordia

VENGO DE ALLÍ

Vivo en ciudades de edificios altos,
al sesgo y que se inclinan
para exhibir, suntuosos,
la fuerza del peligro y de la insensatez.
Son titanio y cristal reflejando las nubes.
Pero la vida son también andamios,
humildes esqueletos hacia arriba.
Como un traidor de Shakespeare,
la opulencia planea siempre un crimen.
Y yo soy una carta mal escrita
por la gente que abrió
paso al agua hasta el fondo de los huertos.
Vengo de allí. Lo que haya en mí de noble
sólo puede venir de la pobreza.
Ella con humildad retira el andamiaje
y deja muros rectos, verticales y clásicos.
Ella apartó la tierra con la azada.
La he conocido. Sé qué es.
No voy a confundirla con lo otro,
lo que hay de miserable en la opulencia.

Del libro Amar es dónde

Pedro Salinas, "Qué alegría, vivir"

Hoy comparto con los amigos de la poesía uno de mis poemas favoritos de entre los dedicados al amor. Es de Pedro Salinas y está incluido en su La voz a ti debida, uno de los poemarios más hermosos, sugestivo y sutil, de la lírica contemporánea española. Salinas buscó en sus versos un elixir imposible, aquel que se podría obtener por destilación lingüística, hasta dar con el olor y sabor esenciales de una experiencia real. Así, esta particular versión poética del "Doble" romántico, obtenida desde la certidumbre de que el amor nos permite no solo vivir, sino "ser vividos" en una misteriosa y reconfortante segunda vida …

Qué alegría, vivir

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Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida -¡qué transporte ya!- ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

Pedro Salinas, "Qué alegría, vivir", La voz a ti debida

Las tentaciones de San Antonio

Una niebla espesa con que ha amanecido el día aquí, convierte en irreal y onírica esta mañana de elecciones en España.. He estado a punto de ir a votar, no creas: el imprinting mental de la educación, los tópicos y la propaganda pesan lo suyo, nadie se libra. Pero, mientras tomaba café en un bar popular cerca de casa, rodeado de pensionistas, bebedores de aguardiente madrugadores, parados de esos que llaman "de larga duración", me pasaron por la cabeza las imágenes predecibles de esta noche (las aclamaciones de los fieles de cada partido, las banderas o los puños, las sonrisas prefabricadas de unos y otros, pues todos ganan siempre…) o los recuerdos evanescentes de otras elecciones (hasta aquellos remedos del franquismo dejaron su huella en mi memoria, elecciones a procuradores en cortes se llamaban, por el tercio familiar o municipal o sindical, vete a saber ya, en unos tristes tenderetes electorales solitarios, pues los españoles de entonces estaban cagados de miedo, pero no eran tontos del todo) Bastó eso, esas melancólicas imágenes, para que se me quitaran esas ganas de ir a votar.

Y en su lugar, acudieron las razones, claro, el pacto de siempre, la renuncia de siempre necesaria para poder acceder al poder, el pasaporte imprescindible, las líneas rojas, como las llaman, lo que no se puede tocar: la emergencia universal de las catástrofes que afectan a la vida humana y animal del planeta todo, el régimen nihilista del capitalismo que la sustenta; la monarquía anacrónica -en lo que respecta a España-, la propiedad privada, la falta de cuestionamiento del trabajo en este mundo agotado en que todo el trabajo necesario ya se hizo…

Todo aquello en lo que uno piensa desde que tiene luces: convertir en real la gestión autónoma de nuestras vidas, dejar que se desprenda por sí sola la propaganda por los hechos; la lucha cotidiana por el hombre nuevo -y por ende, por el mundo nuevo- allí donde la vida lo va poniendo a uno, conversando con la gente, con los alumnos con los que le ha tocado a uno vivir, denunciado mentiras, recuperando territorios, soltando nudos y lastres, ocupando, desocupando territorios y deseos, por decirlo a la manera de Guilles Deleuze, que ya he hecho mía …

#apuntes

Apuntes, 4

El coronel ya no tiene quien le escriba

estafeta-Hopper
Edward Hopper, “Estafeta de correos”.

A mí me da mucha pena esta noticia que enlazo más abajo. He sido un desmesurado escritor de cartas y, además trabajé un verano de cartero. Eran tiempos de servicio militar obligatorio en España, y aún recuerdo emocionado la espera impaciente de mi paso de chicas que, tras la celosía o las cortinas, me vigilaban por si les dejaba  carta de sus novios, que estaban haciendo “la mili”. Me han dado mucha felicidad, me han quitado mucha soledad. Me carteé con conocidos y con desconocidos. Gracias a una corresponsal a la que nunca conocí en persona, leí Sinuhé el egipcio, porque ella me lo envió en un paquete de regalo…

Las cartas ya no forman parte del presente sino como una sombra del pasado. Pertenecen a un mundo antiguo, más lento y demorado, más enamorado de las palabras… Pero, aun así, la aceleración del tiempo histórico es tan vertiginosa que el email, que fue el sustituto natural de las cartas en papel, es ya, también, una antigualla, una rémora lenta y pesada de otra época, que las nuevas generaciones han dejado a un lado. Vivimos el tiempo del microrrelato y el mensaje telegráfico, del chiste encapsulado, del toque de atención o el emoticono, de la imagen consigna, de la tiranía del anuncio y el eslogan, del desprecio, por fin, de la escritura, entendida como una pesadez innecesaria, un lastre para un tiempo vacío y muerto que solo se llena con los gases inodoros del aburrimiento, con la flatulencia del gran bostezo universal que engulle al mundo contemporáneo …

Dos de cada tres españoles ya no reciben ni envían cartas

Dos de cada tres españoles (el 63,1% de la población) ya no reciben ni envían cartas postales a otros particulares, según la encuesta que realiza la Comisión Nacional del Mercado y la Competencia (CNMC) para elaborar su panel sobre los hogares, informó Europa Press.

De igual forma, más de la mitad (el 53,9%) de los ciudadanos no visitó nunca una oficina postal en los últimos seis meses, y quien lo hizo fue para recoger envíos y paquetes.

El ‘superregulador’ del mercado considera que estos datos ratifican que los servicios postales se usan cada vez en menor medida, como consecuencia del “efecto sustitutivo” de las comunicaciones electrónicas.

La tendencia a la desaparición de las comunicaciones postales también se aprecia en los envíos administrativos y de empresas de servicios.

Contar el tiempo

El otro día hablaba con una compañera de la dificultad que tienen los alumnos para recordar periodos de la Historia. Los siglos bailan como bailan las eras civilizatorias o los periodos artísticos y literarios. Yo le explicaba que esa dificultad la recordaba en mí mismo hasta los 20 años al menos, que tiene que ver con el desarrollo cognitivo y la capacidad de abstraer y convertir en real el conocimiento fantasma del pasado.carrera-contra-el-tiempo-en-los-relojes

Más allá de los Beatles, le decía, ellos ven, en una curvatura del espacio-tiempo, un cielo estrellado en que años y siglos se pegan y apelmazan unos con otros en una gran pelota o madeja. Todo eso que va más allá de nuestros recuerdos, o de los recuerdos que oímos de nuestros mayores, no tiene medida, ni comienzo, ni fin.

A todos nos pasa, también a los adultos. ¿Cómo “recordar” momentos del pasado en que la gente hablaba, vestía o cantaba de maneras que no forman parte de nuestra experiencia de lo real, que es lo cercano, lo que se puede medir con el metro de una vida?

El conocimiento de la Historia es solo un ejercicio de imaginación, la Historia misma, un centón de relatos de ficción. La paradoja -que hizo nacer esta charla con mi amiga- es que nuestras enseñanzas están basadas en ese malentendido. Desde que vi esto claro soy extremadamente benévolo con los errores de mis alumnos a la hora de contar el tiempo histórico…

Gioconda Belli, "Amo a los hombres y les canto"

Para quien no conozca la poesía de la escritora nicaragüense Gioconda Belli (Managua, Nicaragua, 9 de diciembre de 1948), tumultuosa, alegre y retozona como un niño, terremoto o maremoto, pagana y cósmica, “fieramente humana”, este poema, tal vez, puede ser una sorpresa, un regalo especial que espero que disfruten amigos y lectores. Acompaño “estos poemas que escribo y lanzo al viento” de un vídeo (al final de la entrada) compuesto por Mercedes Pérez, a quien pertenece también la voz, para los enamorados de la imagen y la escucha más que de la lectura.

Image/photo

Amo a los hombres
y les canto.

Amo a los jóvenes
desafiantes jinetes del aire,
pobladores de pasillos en las Universidades,
rebeldes, inconformes, planeadores de mundos diferentes.
Amo a los obreros,
esos sudorosos gigantes morenos
que salen de madrugada a construir ciudades.
Amo a los carpinteros
que reconocen a la madera como a su mujer
y saben hacerla a su modo.
Amo a los campesinos
que no tienen más tractor que su brazo
que rompen el vientre de la tierra y la poseen.
Amo, compasiva y tristemente, a los complicados
hombres de negocios
que han convertido su hombría en una sanguinaria
máquina de sumar
y han dejado los pensamientos más profundos,
los sentimientos más nobles
por cálculos y métodos de explotación.

Amo a los poetas -bellos ángeles lanzallamas-
que inventan nuevos mundos desde la palabra
y que dan a la risa y al vino su justa y proverbial importancia.
que conocen la trascendencia de una conversación
tranquila bajo los árboles,
a esos poetas vitales que sufren las lágrimas y van
y dejan todo y mueren
para que nazcan hombres con la frente alta.
Amo a los pintores -hombres colores-
que guardan su hermosura para nuestros ojos
y a los que pintan el horror y el hambre
para que no se nos olvide.
Amo a los solitarios pensadores
los que existen más allá del amor y de la comprensión sencilla
los que se hunden en titánicas averiguaciones
y se atormentan día y noche ante lo absurdo de las respuestas.

A todos amo con un amor de mujer, de madre, de hermana,
con un amor que es más grande que yo toda,
que me supera y me envuelve como un océano
donde todo el misterio se resuelve en espuma…

Amo a las mujeres desde su piel que es la mía.
A la que se rebela y forcejea con la pluma y la voz desenvainadas,
a la que se levanta de noche a ver a su hijo que llora,
a la que llora por un niño que se ha dormido para siempre,
a la que lucha enardecida en las montañas,
a la que trabaja -mal pagada- en la ciudad,
a la que gorda y contenta canta cuando echa tortillas
en la pancita caliente del comal,
a la que camina con el peso de un ser en su vientre
enorme y fecundo.
A todas las amo y me felicito por ser de su especie.
Me felicito por estar con hombres y mujeres
aquí bajo este cielo, sobre esta tierra tropical y fértil,
ondulante y cubierta de hierba.
Me felicito por ser y por haber nacido,
por mis pulmones que me llevan y me traen el aire,
porque cuando respiro siento que el mundo todo entra en mí
y sale con algo mío,
por estos poemas que escribo y lanzo al viento
para alegría de los pájaros,
por todo lo que soy y rompe el aire a mi paso,
por las flores que se mecen en los caminos
y los pensamientos que, desenfrenados, alborotan en las cabezas,
por los llantos y las rebeliones.
Me felicito porque soy parte de una nueva época
porque he comprendido la importancia que tiene mi existencia,
la importancia que tiene tu existencia, la de todos,
la vitalidad de mi mano unida a otras manos,
de mi canto unido a otros cantos.
Porque he comprendido mi misión de ser creador,
de alfarera de mi tiempo que es el tiempo nuestro,
quiero irme a la calle y a los campos,
a las mansiones y a las chozas
a sacudir a los tibios y haraganes,
a los que reniegan de la vida y de los malos negocios,
a los que dejan de ver el sol para cuadrar balances,
a los incrédulos, a los desamparados, a los que han
perdido la esperanza,
a los que ríen y cantan y hablan con optimismo;
quiero traerlos a todos hacia la madrugada,
traerlos a ver la vida que pasa
con una hermosura dolorosa y desafiante,
la vida que nos espera detrás de cada atardecer
-último testimonio de un día que se va para siempre,
que sale del tiempo y que nunca volverá a repetirse-.
Quiero atraer a todos hacia el abrazo de una alegría que comienza,
de un Universo que espera que rompamos sus puertas
con la energía de nuestra marcha incontenible.
Quiero llevaros a recorrer los caminos
por donde avanza -inexorable- la Historia.
Porque los amo quiero llevarlos de frente a la nueva mañana,
mañana lavada de pesar que habremos construido todos.

Vámonos y que nadie se quede a la zaga,
que nadie perezoso, amedrentado, tibio, habite la faz de la tierra
para que este amor tenga la fuerza de los terremotos,
de los maremotos,
de los ciclones, de los huracanes
y todo lo que nos aprisione vuele convertido en desecho
mientras hombres y mujeres nuevos
van naciendo erguidos
luminosos
como volcanes…

Vámonos
Vámonos
Vámonoooos!!!

Vídeo-Poema. Poema de Gioconda Belli en la voz de Mercedes Pérez. Composición Mercedes Pérez.

AMO A LOS HOMBRES Y LES CANTO. Gioconda Belli
by Mercedes e Isabel on YouTube

Dice el wikipedista de su obra poética:

Sus poemas aparecieron por primera vez en el semanario cultural La Prensa Literaria del diario La Prensa de su país. Su poesía, considerada revolucionaria en su manera de abordar el cuerpo y sensualidad femenina, causó gran revuelo. Su libro Sobre la grama le valió en 1972, el premio de poesía más prestigioso del país en esos años, el Mariano Fiallos Gil de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN). En 1978 junto a Claribel Alegría, obtuvo el prestigioso Premio Casa de las Américas en el género poesía por su libro Línea de Fuego, obra que escribió mientras se encontraba viviendo exiliada en México a causa de su activismo revolucionario y que refleja su sentir sobre la situación política de Nicaragua.

Apuntes, 3

Nuevos yacimientos

navaja-suizaHe asistido esta mañana, junto a mis alumnos de Bachillerato, a una charla sobre ¡nuevos yacimientos de empleo!… Qué nombre más inquietante y siniestro: los empleos como pepitas de oro, que hay que buscar bajando a la mina, separándolos de la ganga… O asociado a explotación, o a yacer, como sugerían dos amigos…

En realidad hablaron del empoderamiento, la necesidad de emprendedores… Los nuevos tópicos bienpensantes, tan profundamente hipócritas y falsos, con los que pretenden ilusionar a las nuevas generaciones. La necesidad de la neolengua para velar la genuflexión de todos ante el capital y sus necesidades: el rey desnudo…

En la dirección del viento

Teniendo a la vista el Darwin más descarnado, queda en entredicho que el animal humano suponga un avance respecto a las demás especies. Queda negada también la idea de “progreso” tan entremetida en nuestro imprinting político. El hecho clave de la evolución, tal como la describe Darwin, es que no tiene objetivo. En sus palabras:

No parece que haya más esquema en la variabilidad de los seres orgánicos y en la acción de la selección natural que en la dirección en que sopla el viento.

Sin embargo, hasta el mismo Darwin reaccionó ante una idea tan desconsoladora. En la última página de El origen de las especies leemos:

De momento podemos echar una mirada profética al futuro para vaticinar que será la especie común y ampliamente difundida, perteneciente a los grupos más grandes y dominantes dentro de cada clase, la que al final prevalecerá y procreará especies nuevas y dominantes (…), podemos estar seguros de que la sucesión ordinaria por generación no se ha roto ni una sola vez, y que ningún cataclismo ha asolado el mundo entero. Por lo tanto cabe esperar con cierta seguridad un futuro seguro de larga duración. Y como la selección natural funciona únicamente por y para el bien de cada ser, todos los atributos corpóreos y mentales tenderán a evolucionar hacia la perfección.

Ni el mismo Darwin aceptó plenamente las consecuencias de su propia teoría, que nos deberían hacer tan extremadamente humildes. De hecho, las versiones de la evolución más populares no son del propio Darwin. Herbert Spencer, uno de los profetas del capitalismo, fue el que acuñó la expresión “supervivencia del más fuerte”.
Fue Lamark, por su parte, quien creó la versión de que los rasgos adquiridos durante la vida de un organismo serían heredados por la siguiente generación. Él también creía que la evolución se dirigía hacia la perfección.

El Antropoceno en que vivimos, y sus consecuencias, entre ellas la posible desaparición de nuestra especie, el corte civilizatorio a que nos ha traído el capitalismo (hijo bastardo del darwinismo social) supondrían un enorme desengaño para el Darwin más acomodado y para los darwinistas.

(Todo esto, a raíz de la lectura de un ensayo de John Gray, La comisión para la inmortalización, sobre el espiritismo en la generación de intelectuales y científicos victorianos a que también perteneció Darwin. Otro día volveré sobre la investigación científica tan particular de la que se habla en este libro)

Apuntes, 2

demonizacion-clase-obreraBárbaros o ilotas

Pierre Rosanvallon, en su La société des égaux, cita un artículo de Le journal des débats de 1831 como representativo de una asociación, común en la época, entre la clase obrera y los bárbaros. Traduzco:

Los bárbaros que amenazan la sociedad no están en el Cáucaso ni en las estepas de los Tártaros; están en las barriadas de nuestras ciudades manufactureras.

También, según el sociólogo francés, fue común el término ilota (los siervos de Esparta, un escalón por encima de los esclavos) para nombrar esa situación de enajenación social que se otorgaba al proletariado, “aquellos que han quedado fuera”, según Auguste Blanqui.

Los miserables son acusados, en estos años, de que su conducta desordenada es la causante de su triste condición social, con lo cual, queda justificada la desigualdad. La mala conciencia burguesa la explica una y otra vez como consecuencia de la imprevisión, el derroche, la corrupción, la gula o la afición a la bebida…

¿Heredan esa condición de ilotas, de bárbaros, los emigrantes poscoloniales contemporáneos? Tengo que leer, para profundizar en esto, La demonización de la clase obrera, de Owen Jones, sobre el odio a los chavs (¿equivalentes a nuestros canis, chonis o pelaos?) en la sociedad británica actual …

* * *

Hablan y hablan sin cesar, pero no dicen nada…

La educación en España ha entrado en un laberinto como el del Minotauro, y lo que es peor: sin un hilo como el de Ariadna para reencontrar la salida. La enseñanza de la filosofía o la Música desaparecen de las enseñanzas medias. A lo que veo en un adelanto del programa electoral de Podemos, donde no se las menciona, van a seguir los despropósitos u ocurrencias de lunáticos: se habla ahí de introducir en la ESO una asignatura-cosa a la que llaman “Inteligencia emocional”. ¡Cuánto más hermosa y llena de sentido era la llamada de Piaget: “Más corazones para las aulas…”!

En ese mismo programa se reclama una enseñanza universal ¡desde los 0 años! La infancia expropiada, los niños criados y educados por funcionarios del Estado… ¡Qué grima!

A una de las “lumbreras” del pensamiento español, José Antonio Marina, asesor de estas cosas para alguno de los partidos políticos emergentes, embarcado en su particular visión de la necesaria reforma del sistema educativo, se le “ocurre” reinventar la rueda y recupera la vieja idea de relacionar los sueldos de los maestros con los resultados de sus alumnos. O sea, la productividad capitalista traducida en porcentajes de aprobados.

¿Pero con qué tipo de materia prima trabajamos los profesores y qué mercancía elaboramos y ponemos en el Mercado? Con los niños, naturalmente, una mercancía delicada y fundamental para la reproducción especializada de los trabajadores según las leyes de la competencia … Así de crudo, atrevámonos a decirlo.

Se aprende a pesar de todo esto, en los despistes o momentos mágicos, entre las líneas … Todo lo demás es la famosa historia llena de ruido y furia contada por un idiota, según el exacto diagnóstico sobre la historia humana de Shakespeare, hace ya cuatro siglos.

* * *

Territorializarnos

Tal vez no deberíamos dejarnos enredar más por ese círculo vicioso de los derechos y deberes. Al plantear las cosas en términos de “derechos” adoptamos la configuración de una mónada o país cuyas fronteras están definidas por su contrario: los “deberes” o los “derechos de otro”. Ocurre así con todos los conceptos: cada uno se define por la negación de su complementario. Así “libertad”, definida (¿y cómo demonios se puede definir eso?) por su contrario “esclavitud”, solo que como, en realidad, la libertad es un término negativo, libertad de algo o frente a algo, su complementario -como aún enseñan- es el “libertinaje”, la libertad mal entendida, digamos…

En esta entrada del blog yo ensayaba otro intento de salir de esos cercos del pensamiento, con la ayuda de unas metonimias hechas con las manos, de tal manera que, frente a la mano que pide y la mano que da, un eje en el que los derechos son entendidos como reivindicaciones (la mano que pide) y su conquista como concesiones (la mano que da), solo queda como salida la mano que toma: la que conquista y coge. O, como lo decía Deleuze, de forma tan bonita: territorializarnos, desplegando nuestro deseo -conceptualmente, sentimentalmente, prácticamente- en los distintos territorios en que fluye la vida, haciéndonos nómadas cotidianos…

Es esa incitación a tomar las riendas de nuestras vidas, a autogestionarnos, a resolver nuestras cosas (un eco de esa llamada llegaba aún a la afirmación atribuida a Stallman, cuando afirmaba añorar los tiempos en que los hombres eran hombres y desarrollaban sus propios drivers) propia del anarquismo, la que siempre me ha hecho sentirme cercano del pensamiento libertario, del personalismo, del socialismo antiautoritario sin más paraíso que el seamos capaces de crear con nuestras propias manos, ocupando y desocupando el territorio de nuestro deseo …