Azar, justicia y destino. Sobre el auge de juegos y apuestas

Si bien se mira, no hay apenas diferencia entre los juegos de azar, envite o apuestas y las inversiones especulativas de capital, sean en acciones de Bolsa, en deudas públicas y privadas, más que la cantidad que se pone sobre el tapete. El auge que están viviendo unas apuestas y otras son, según me parece, síntomas parecidos del capitalismo senil que sufrimos. En uno y otro caso, desaparece cualquier afán productivo, cualesquiera fuerza de trabajo o elaboración de mercancías, para quedar solo el formidable envite del dinero abstracto.

Menudean en los últimos tiempos advertencias sobre la proliferación de casas de juego, casinos o tugurios de apuestas en barrios pobres y marginados y, lo que es, sin duda, más peligroso en términos de futuros posibles, entre la gente más joven. Sobre todo ello habla, aunque centrándose en Madrid, el reportaje de El Salto que enlazo al final de esta entrada. A propósito de ello, pero queriendo llegar más allá de las razones y condiciones objetivas que la Sociología puede explicarnos mejor, me quiero preguntar por el sentido último de esa atracción por el juego y el envite. En lo personal, debo confesar un rechazo y repulsión instintiva hacia esa fascinación. Desde pequeño, me producido una mezcla de desconfianza y tristeza la imagen abstraída de los jugadores, sea ante un tapete verde o ante una máquina combinatoria. Es posible que en ese rechazo entre, como una circunstancia más, que nunca he ganado dinero en un juego ni he acertado una quiniela o el número de cualquier lotería. Ni una simple partida de parchís. Pero hay algo más que ahora creo entender, aun con el margen de error que tiene una interpretación de la realidad, naturalmente.

Y es la cosa que, con arreglo a esa interpretación, entiendo que tienen un papel muy importante dos creencias subjetivas muy extendidas: el fatalismo y la identificación del azar con la justicia. Intento explicar por qué, centrándome en el jugador pobre de barrio obrero o lumpen, parado o trabajador -son indistinguibles ahora mismo, siendo el paso alternativo de de una condición a otra parte del trabajo mismo contemporáneo.

La fatalidad ha sido determinante en el el destino y perpetuación de la clase obrera, del campesinado o del las mujeres; lo realmente excepcional a lo largo de la Historia son los momentos de rebelión y levantamiento, las épocas de luchas y revoluciones. La creencia en que lo único que puede romper la cadena de la predestinación social es el azar, los “golpes de suerte”, está muy arraigada y es más visible en épocas de desesperanza y resignación como la que vivimos. El azar, por tanto, el fario, el pelotazo, se manifiestan como la única forma de justicia posible. Una justicia “poética”, si se quiere ver así, incruenta e inmanipulable como el rodar de los dados, los imprevisibles naipes, las vueltas veleidosas de un bombo o una ruleta. Resignación y suerte justicieras a cuya llamada acuden, como en aquel dibu de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, sin poderlo evitar, pensionistas, parados, mujeres, adolescentes que esperan salvarse, con la ayuda de la fortuna, de la aceptación inapelable de un destino injusto y negro.

Webs de apuestas, raperos y un público cada vez más joven

La fotografía como herramienta de emancipación proletaria

Traduzco esta interesante entrada del blog de Vingtras, en Mediapart en la que, a raíz de su investigación sobre la correspondencia privada entre miembros de la Comuna de París, el autor descubre la importancia de la fotografía en la naciente conciencia de las clases trabajadoras, pues el viejo privilegio de ser protagonistas y propietarios de las imágenes artísticas se democratiza con el nuevo invento…

Por Vingtras.

Para ampliar el artículo de Monique Sicard sobre “las invenciones de la fotografía”, publicado en el número 57 de la revista “Médium”, vengo a compartir uno de los “descubrimientos” revelados en el volumen 2 de mi libro “Les 72 Immortelles” cuyo subtítulo es “el esbozo de un orden libertario”.

“La inesperada e impresionante irrupción, hace dos siglos, de un proceso de grabación, representación y conocimiento, de un nuevo medio, marca un hito cultural importante”, escribió Monique Sicard, investigadora del Instituto de Textos y Manuscritos Modernos del CNRS/ENS. Y añade: “Fue el verdadero punto de partida, si no de una nueva civilización, al menos de nuevas perspectivas sobre nuestro entorno humano, natural, cultural y técnico.”

Esto es exactamente lo que pude observar al revisar sistemáticamente toda la correspondencia privada de la Comuna a lo largo de mi trabajo heurístico sobre “Los 72 Inmortales “. Y este análisis de la intrusión de imágenes personales en la vida cotidiana de las clases trabajadoras de París en 1871, transformó mi punto de vista de que cambió hacia una mejor comprensión del problema revolucionario que es tanto actuar porque sabemos como saber porque actuamos.

En efecto, mientras que los retratos pintados o dibujados eran hasta entonces un privilegio reservado a las familias reales, a los aristócratas o a los burgueses ricos, por primera vez en la historia de la humanidad, un nuevo medio permitía a otros acceder a su imagen, a su representación.

Así, la clase obrera, los artesanos, los empleados y los sirvientes tuvieron ahora la oportunidad de inmortalizar la imagen del antepasado, la esposa, el niño o incluso las celebraciones familiares o los encuentros amistosos en el barrio…. sobre fotografías que estaban modestamente enmarcadas y que adornaban la parte superior de las chimeneas o las paredes de la sala de estar: ¡existían!

La gente ya no era sólo una palabra que se podía leer en un cartel o folleto, sino que se había convertido en una imagen. El trabajador anónimo se convirtió en alguien.

Esta conciencia colectiva aparece en muchas cartas, algunas de las cuales fueron llevadas en estos globos que escaparon de la ciudad sitiada para dar noticias en las provincias…..

En contraste con las malas tradiciones individualistas, la fotografía ha desempeñado paradójicamente el papel de catalizador del deseo colectivo.

De ahí el nacimiento de un (tímido) tropismo1 libertario.

Emociones y razón: cuestión de tiempo

En un artículo de Ignacio Morgado, publicado en Sin Permiso, se plantea un tema interesante: las emociones toman el mando de nuestro cerebro cuando nos vemos envueltos en situaciones extraordinarias. Eso quiere decir que el equilibrio habitual entre instintos, emociones y razón se rompe, se produce una desconexión entre uno y otro. Morgado pone el siguiente caso como punto de partida. Aunque es un poco extenso, no me resisto a transcribirlo. Se trata de un un accidente que tuvo lugar en Nueva Inglaterra (EE UU) en 1848. Phineas Gage, un joven de 25 años, era el capataz de una brigada de obreros que construían una nueva línea de ferrocarril.

De carácter serio y responsable, Phineas organizaba los trabajos y la convivencia entre sus compañeros, procurando que la obra progresase y que las cosas fuesen bien en todo momento. El 13 de septiembre, cuando él y otros compañeros perforaban una roca, se produjo una deflagración accidental. La barra de hierro con la que compactaban la pólvora introducida en una perforación salió disparada como una lanza alcanzando de lleno el rostro de Phineas. Le entró por su mejilla izquierda y le salió por la parte frontal de su cabeza destruyendo a su paso las neuronas de su corteza orbitofrontal, principal comunicación entre estructuras emocionales del cerebro, como la amígdala, y estructuras racionales, como la corteza prefrontal. La desconexión emoción-razón estaba pues servida. ¿Qué fue de Phineas?

Sus heridas sangraban y quedó conmocionado y confuso, pero no llegó a perder el conocimiento. Inmediatamente sus compañeros le atendieron y le llevaron al pueblo cercano donde el médico local poco más pudo hacer que limpiarle y vendarle esas heridas. Tendido en su cama, en los días que siguieron mostró algunas convulsiones y sollozos, gestos y expresiones verbales incoherentes. No murió. Poco a poco fue recuperándose, pero, sorprendentemente, su personalidad y su conducta quedaron profundamente alteradas para el resto de su vida. Cuando por fin pudo erguirse y salir nuevamente a la calle, su comportamiento era irreflexivo, nervioso e irresponsable. Gritaba y gesticulaba con frecuencia sin atender a razones. Exigía las cosas a gritos y expresaba con intensidad desmesurada cualquiera de sus emociones. Era grosero, maleducado y difícil de soportar. Su conducta irracional ya no conectaba con la de sus compañeros de trabajo y parecía sentirse mejor en compañía de los animales que de otras personas.

Tras advertirnos el autor de que esta disociación entre los dos cerebros se puede producir sin que medien lesiones orgánicas, sino, digamos, de forma funcional debido a circunstancias extremas, nos aporta la comparación entre los hundimientos de dos cruceros transatlánticos,  muy conocido uno: el del Titanic, en 1912, y menos el otro, el del Lusitania, en 1915. Respecto al Titanic se nos explica que, pese a la desesperación y caos reinantes (murieron 1.517 personas), el salvamento se realizó con “cierta racionalidad y respeto a las normas sociales y a las autoridades del buque”: primero se rescataron los niños, las mujeres, los ancianos y los enfermos y, por último, los jóvenes y los adultos sanos. Y lo más inimaginable hoy en día: ¡respetando la prelación de las clases sociales!

Hundimiento del Lusitania

El Lusitania, en plena Gran Guerra, fue torpedeado por un submarino alemán y, entre sus 1.198 víctimas, estaba el músico español Enrique Granados. Pero en este caso, el “sálvese quien pueda” fue la norma y solo salvaron su vida los más fuertes o afortunados. ¿Por qué ocurrieron las cosas de forma tan diferente en dos naufragios de buques muy parecidos técnicamente y con un porcentaje de supervivientes y muertos semejante?

Morgado cita los resultados de una investigación (de la que, sin embargo, no da la fuente) de científicos suizos y australianos que demuestra que el factor diferencial no fue ni la guerra ni el nivel cultural de los viajeros, sino el tiempo que duró el hundimiento:: 2 horas y 45 minutos en el caso del Titanic y solo 18 minutos en el naufragio del Lusitania. La premura con que sucedió todo hizo que entre los pasajeros de este transatlántico, la razón (en esta ocasión, el sentido común, la ayuda mutua, el respeto de las normas sociales) no tuviera tiempo para tomar el control sobre las emociones (el miedo, el instinto de supervivencia), lo que sí ocurrió en el demorado irse a pique del Titanic.

A mí me ha llamado poderosamente la atención este planteamiento, que no se me habría ocurrido nunca. Desde luego,  sí el hecho de que las emociones nos embargan en muchas más situaciones de las que somos conscientes. Ocurre, por ejemplo, y además de forma muy general, entre los inversores de Bolsa. De hecho, parece que es lo más común: dejarse llevar por el miedo o el pánico, la codicia, o cosas tan peregrinas como el encariñarse con un valor, aunque los datos objetivos adviertan de que se está hundiendo como el Titanic. Por supuesto, el lector es consciente de que eso también ocurre con los números de las loterías o los resultados de las quinielas; con cualquier apuesta, sea dineraria o de relaciones personales y políticas.

No hay que olvidar que los lóbulos frontales de nuestro cerebro, el cerebro “nuevo”, es relativamente reciente en la evolución humana y los procesos racionales que tienen ahí su sede, solo a duras penas embridan y controlan nuestros instintos y sentimientos, que son siempre infinitamente más rápidos y automáticos. Quizá esta sea la razón última de que los procesos civilizatorios (la paz, la justicia o la equidad…) sean tan desesperadamente lentos. Eso explicaría la sensación muy común de que siempre estamos hundiéndonos y de que las advertencias de la razón siempre llegan al límite del tiempo o, definitivamente, tarde.

Belafán

“Belafán” es la historia de un niño que no podía llorar contada por otro que sí lloraba. Está inspirada en un cuento africano que leí una vez en “El Espectador”, de Ortega y Gasset. He intentado encontrarlo de nuevo en la selva textual de esa sugerente serie de nuestro pensador, pero no lo he conseguido. En mi memoria están ya definitivamente mezcladas las dos historias. La escribí y publiqué en los días aledaños a la muerte de mi padre, en mayo de 1996.

Siempre recordaré la desapacible tarde de octubre en que Hilario, el hojalatero, me contó aquella historia en la cueva del Caracol. Por aquellos días yo era un niño -entonces éramos niños durante más tiempo que ahora- solitario y retraído, más bien miedoso y muy metido siempre en mis ensoñaciones. Y adoraba los cuentos de Maricastaña. También me fascinaba Hilario.

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EL GRAN CERO

Este cuento y el siguiente -que aparecieron en la Revista de Feria de Osuna en 1987 y 1996, respectivamente- son los únicos relatos algo extensos que he escrito. Pese a que mis amigos me animan de siempre a que cultive el género narrativo, me da miedo. Siempre me han dicho que soy un buen narrador oral, pero no sé si eso es suficiente para meterme en algo tan  difícil y complicado, que me impone tanto respeto, como escribir una narración. Para colmo, soy un lector de novelas muy particular, y las que prefiero son esas que algunos críticos llaman de “grand style”: Benet, Marías, González Sáinz… En fin que, tras tanta precaución, se entenderá el pudoroso atrevimiento con que cuelgo aquí estos cuentos, aunque pienso, a pesar de todo, que hay algo aún vivo y aprovechable en su lectura, algo creo que queda de la emoción contenida con que los escribí. Sea ello como sea, aquí los dejo a la consideración del lector, con cuya benevolencia cuento siempre.

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Ilustración de Rodolfo Álvarez Santaló para la edición original

“El gran cero” es el relato de un misterioso, e imaginario, atentado estético que destripó e hizo desaparecer durante un tiempo el anacrónico reloj de la torre mocha de la Colegiata de Osuna… Lo escribí en abril o mayo del 1987.

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Cartas

La lectura de esta columna de Helena Resano dedicada a las cartas de papel me ha hecho recordar una larga etapa de mi vida en que fui un prolijo corresponsal. Me ayudó a crecer y a conocerme a mí mismo y a otros, inclyendo a algunos con los que nunca llegué a tratar em persona. También trabaje de cartero durante un verano, uno de los trabajos más bonitos de mi vida, de esos trabajos de antes que tenían un sentido. He tenido suerte con eso: no he tenido que sufrir los trabajos basura.

El género epistolar, como es sabido, ha desaparecido prácticamente de nuestras vidas, el ritual de escribirlas, leerlas y la espera impaciente y emocionada de su llegada (¡niña, correo!) ya no forman parte de la experiencia ni del recuerdo de casi nadie. A la verdad, también su primer sustituto, el correo electrónico, está en vías de extinción: vivimos bajo el reinado del microtexto y de un tiempo acelerado que quemamos como si fuera pólvora.

La carta de papel, como el libro, era un medio lento y sensual. Literalmente: muchas veces, las cartas de amor se perfumaban, se cuidaba la elección de la textura del papel y su color (aún conservo cuartillas de papel tela, las últimas: ya no se fabrican) ; era frecuente encontrar hojas secas de alguna flor entre las de papel… Un medio cálido, cercano aún a los sentidos.

Cuando las repartía (aún existía el servicio militar obligatorio), sentía, al acercarme a la casa de algunas chicas con el novio, militar a la fuerza, lejos, el frufrú de sus movimientos discretos tras la ventana y un murmurado y nervioso “¡que viene, que viene, hoy trae carta!”…

Letter from Vermeer by Dasha Riley

Cosas de los inuit y otras notas volanderas (#apuntes 26)

Los innuit, que ven peligrar su propia supervivencia por el deshielo del Ártico, se reúnen en un círculo al despertar y cuentan sus sueños. Pero no como un entretenimiento, sino como el relato de un viaje a tierras desconocidas, pero reales, de donde vuelven cargados de mensajes o advertencias. La mala costumbre occidental de entender la vida como un camino lineal que progresa salvando obstáculos hacia la nada, nos ha hecho olvidar otras maneras de estar en el mundo: el tiempo circular de los campesinos, la vida prenatal (cuyo olvido lamentaba aquí el otro día) o la reviviscencia del universo y la vida onírica. Posiblemente sean ya pérdidas irrecuperables, instalados como estamos en nuestro páramo de detritus y tiempo secuestrado. Buenos días sin sueños.

Rifeños de Melilla

Uno de nuestros tantos temas tabú: la integración de los rifeños musulmanes de Melilla (20% de la población) que reivindican la identidad amazigh y el tarifit como lengua cooficial de la ciudad pues es comunidad bilingüe. Ya les costó lucha y movilizaciones que les fuera reconocida la nacionalidad española de pleno derecho en los años 80. Nunca aprendemos, si acaso, cuando ya es tarde. Ni caso.

Idioma rifeño – Wikipedia, la enciclopedia libre

Mujeres

La escuela de mi infancia, durante la Dictadura de Franco, era unisex. Las niñas pertenecían a un universo separado y misterioso, sin comunicación con el nuestro. Pero desde que pude acceder a ellas, ya en el Bachillerato, elegí su compañía y amistad, con preferencia a la de los hombres. Ellas han sido siempre mis mejores amigas, mis compañeras y mis amores. A las mujeres debo lo mejor de lo que soy, ellas son las que me han enseñado las cosas importantes y en ellas tengo puesta la única esperanza que aún conservo de un mundo distinto y mejor.

Leyes y realidad

Los legisladores y políticos han mantenido siempre una carrera con la realidad para adaptar sus normas, sus conceptos de delitos y castigos, a los contextos de la vida. Siempre pierden porque la realidad cambia a mayor velocidad. Volverá a suceder con esta nueva reforma del Código Penal… Cuando yo empecé a trabajar, aún estaba vigente una norma franquista que prohibía dar clases a un solo alumno si era del sexo contrario: en la mentalidad del legislador era inconcebible la homosexualidad…

La justicia ve abuso y no violación en las agresiones sexuales a la infancia, ¿hay que revisarlo?

A vueltas con el sentimiento de la injusticia: ¿por qué no aparece en las canciones populares?

Pienso a menudo en la injusticia, en tanto sentimiento universal, y he escrito con cierta frecuencia sobre ello. En esta entrada de mi blog (la primera de una miniserie de dos, ambas de 2012), por ejemplo, decía:

En realidad, no experimentamos la justicia sino la injusticia; del mismo modo que es la falta de libertad, su ausencia, la que nos ayuda a entender ésta como idea necesaria. Eso hace que la idea de justicia se nos aparezca siempre como un sentimiento primario, como una forma de venganza: la reacción caliente ante la ruptura de ese equilibrio inestable que nos sobresalta cuando una vida se troncha como una caña bajo el «empujón brutal» de una mano asesina, o el agravio que sentimos ante la desmesura de una inequidad social.

He estado siempre convencido de ello hasta que la lectura de una entrevista, publicada en Mediapart, a los autores de una investigación1 sobre la ausencia del tema de la injusticia / justicia en las canciones populares, me ha hecho replantearme mis ideas previas y me ha provocado algo de escándalo y alboroto. Debo advertir que no he leído tal libro y que mi única referencia es la reseña e interpretación de sus autores. Empiezo, pues, con un resumen de sus descubrimientos para contrastarlos a continuación con mis propios planteamientos.

En primer lugar, Ramond y Proust se apresuran a aclarar qué entienden ellos por «canciones populares» y, de forma ciertamente mostrenca, aunque lógica, consideran que son aquellas que venden más, las más conocidas y exitosas para el público francés. Su perspectiva es moral, en sus palabras:

Nos interesaba mucho la cuestión de los sentimientos morales: la ira, el desprecio, la vergüenza, que han sido objeto de muchos trabajos en la filosofía moral contemporánea. Entre ellos, el sentimiento de injusticia parece ser el más violento y sorprendente. Sería un sentimiento universal, sentido por todos, incluso por los niños, e incluso por algunos animales, ya que se puede encontrar entre los monos.

Me detengo aquí ahora. La preeminencia de la injusticia como el sentimiento primario (la justicia no es más que una construcción complementaria, intencional y de naturaleza abstracta) es algo -como se puede leer en la autocita con que comenzaba el artículo- con lo que coincidimos plenamente: la lógica, para ser tal, debe ser negativa. Me choca, sin embargo, la alusión a la presencia de este sentimiento en los niños y algunos animales. Ha sido, a la verdad, una creencia muy arraigada en nuestra cultura ilustrada, pero que habría que poner en duda. Yo aportaba el ejemplo de un pasaje del Informe sobre Victor de l’Aveyron2 de Jean Itard. En el pasaje al que me refiero, de este libro del que tanto podemos aprender aún, el pedagogo ilustrado, que asumió la tarea de «educar» y reincorporar al «niño salvaje» hallado en los bosques de La Caune a la vida social, se nos da cuenta de la pretensión (errónea3 según comprobó enseguida el mismo Itard) de inculcar al pobre niño el sentimiento de la injusticia como parte de su programa educativo. Para ello decidió un día encerrarlo, sin motivo alguno y un día en que el niño estaba especialmente alegre, en un «cuarto oscuro» que, a veces, usaba como lugar de castigo. Para sorpresa del bienintencionado, pero equivocado, pedagogo, Victor no mostró otra cosa que sufrimiento al salir de la «celda de aislamiento». Itard, por el contrario, se mostró satisfecho, convencido de que aquel experimento extraviado había hecho más humano al infeliz «salvaje» de los bosques.

Tal vez damos por supuesto, demasiado a la ligera, que es el sentimiento moral de la injusticia lo que motiva la indignación de los niños, en relación siempre a una real o imaginaria discriminación respecto a los hermanos, o el enfado de un alumno ante una nota que entiende que no responde a sus merecimientos, aunque aprenden enseguida a llamarlo así: «es injusto…», en la expresión que cualquier padre o maestro conoce tan bien. Quizá se trate solo de un rencor o deseo de venganza ante la puesta en cuestión de la propia imagen o estima social. Algo más primario y menos moral, en cualquier caso. Tengo esa duda.

Los investigadores franceses toman como punto de partida, precisamente, el supuesto carácter universal del sentimiento de la injusticia:

Si es un sentimiento universal, que se supone que todos deben sentir, este sentimiento de injusticia debe encontrarse en la canción popular, que puede considerarse como la voz de las pasiones ordinarias, que ayuda a construir.

En el repertorio estudiado siguen los siguientes pasos, según una estratificación que me parece muy completa: primero, las canciones infantiles, a continuación las canciones de amores desdichados, luego el rap, las canciones comprometidas y finalmente las canciones revolucionarias. Y en ese recorrido encuentran la paradoja de que, a pesar de que parece un sentimiento obvio y común, apenas se le da importancia.

En las canciones populares, hay a veces una denuncia de algún aspecto de la realidad, pero no conduce a la injusticia tal como la entendemos comúnmente. Si nos ponemos de acuerdo en la idea de que el sentimiento de injusticia, tal como la entienden la mayoría de los periodistas y medios de comunicación, corresponde a un sentimiento de indignación muy fuerte, por un lado, y que tendría por objeto restaurar o establecer la igualdad, por otro, podemos afirmar que este sentimiento se encuentra muy poco en la canción popular.

Afirman que, en su rastreo, incluso en los casos más críticos de canciones de denuncia, no encuentran ni un sola vez la expresión «es injusto». Hay indignación, pero no va acompañada del deseo de restablecer la igualdad rota; esta puede aparecer como un deseo, pero este deseo no va parejo a la rabia que normalmente lo acompaña. Incluso en las canciones comprometidas («militantes», las llaman los autores), encuentran algo que no pertenece al ámbito de la injusticia, ni del resentimiento, sino al del entusiasmo y la alegría de la lucha común, del compañerismo y cosas de este orden. Los ejemplos más «literarios» que aportan, como el Cyrano de Bergerac (que podía entender que su aspecto físico era una injusticia) o las canciones de Brassens, nunca se expresan en términos de injusticia sino que encarnan un visión cercana a la perspectiva cristiana del mundo basada en el amor, incluso si el amor también es injusto. Una resignación, pues, una aceptación de la injusticia, un aspecto del consentimiento social.

A mí me producen estos descubrimientos una zozobra parecida a la que me provoca -imagino que le pasa a muchos lectores- la quietud social reinante, en general, en los países occidentales, en contradicción con los grados tan altos de desigualdad económica, y por tanto, de injusticia distributiva que sufrimos, por ejemplo, en España. He acabado aceptando -a regañadientes- la advertencia de Ignacio Sánchez Cuenca sobre el hecho (sociológica e históricamente demostrado, según él) de que, con determinada renta per cápita, las revoluciones son imposibles: si la riqueza media por habitante alcanzará en España este año 36.650 dólares, según los datos del FMI, la «paz social» está garantizada. ¿Tiene también algo que ver el arraigo del pacifismo y el poso tradicional de la resignación cristiana entre nosotros?

Veamos lo que piensan los dos investigadores franceses sobre injusticia y violencia:

¿Cuál es la relación entre el sentido altruista de injusticia del activista al tratar de restaurar una igualdad pisoteada y el sentido egoísta de injusticia del niño al exigir un trozo del pastel? Esto nos lleva a la cuestión de la violencia, que a menudo se justifica por el sentimiento de injusticia (…) Desde el momento en que el libro expresa su escepticismo sobre el sentimiento de injusticia, obliga al lector a pensar en la violencia buena y mala y en la dificultad, a menudo, de distinguirlas.

La conclusión a la que llegan me resulta descorazonadora, pero no por eso puedo descartarla en absoluto porque no les falta razón ni lógica:

Creo que sería beneficioso eliminar «justo» e «injusto» del vocabulario, así como «puro» e «impuro» han desaparecido prácticamente del léxico común, a pesar de que fueron términos muy importantes y ampliamente utilizados durante milenios (…) Los «justos» e «injustos» sobreviven por el sentimiento íntimo de que todos saben lo que es justo e injusto, hasta el punto de estar dispuestas a perpetrar violencia en su nombre. Es un remanente de trascendencia en nuestra vida contemporánea que nos permite excomulgara a aquellos que no están de acuerdo contigo. Una indicación es que aunque la injusticia se pueda sentir tan grave, nadie es condenado por injusticia. Esto no es motivo para una condena penal. Podríamos apegarnos a lo «legal» e «ilegal», en una concepción formalista o positivista. Aunque no podemos saber lo que es justo e injusto, podemos estar de acuerdo en lo que es legal e ilegal en una sociedad dada en un momento determinado.

Desde que leí esto no he podido desechar -como fue mi impulso inicial- esta reflexión con el expediente fácil de que se trata de una visión conservadora o demasiado postivista de la justicia. La ausencia de esta idea en las canciones, pero también en la mentalidad común de la gente, impide descartarlo sin más. El hueso más duro de roer es responder a mi sentimiento íntimo de que es más bien verdad lo contrario, porque, aunque el sentimiento de injusticia se nos hace pasar por un sentimiento moral o trascendente, con todos los peligros que eso acarrea, hay algo que lo vuelve tremendamente sólido y real: el testimonio de los millones de personas que han puesto en juego su comodidad, su imagen o prestigio, su propia vida por restituir la igualdad rota, por distribuir las cosas dando a cada uno lo suyo…

La desigualdad y la injusticia, pues, se hacen pasar continuamente como realidad natural con la que debemos convivir y contra la que solo nos caben remiendos y parcheos. Amartya Sen, citando las fuentes indias que conoce en profundidad -lo recordábamos en 2012- la llama la «justicia de los peces» según la cual el pez grande se come siempre al más pequeño. También recordábamos entonces otro intento por demostrar este fatalismo de la injusticia, el de John Rawls. Rawls, el gran teórico de la «república de propietarios», solo contemplaba la justicia, en su polis ideal, según el «principio de la diferencia», una especie de algoritmo matemático de proporciones adaptado a las distintas circunstancias concretas. Este principio o regla dorada (que resultará familiar a los lectores porque algunas empresas con «conciencia social» lo ponen en práctica con los salarios de sus empleados) evitaría que la injusticia no sobrepasara nunca un punto medio de una gráfica entre los que más y los que menos tienen…

Tanta insistencia, desde luego, que se hace pasar por saber común, en la inexistencia del sentimiento de injusticia, o en la necesidad de expulsarla de nuestro vocabulario, como quieren los autores del libro que ha motivado este artículo, hace sospechar de sus buenas intenciones. Tal vez solo nos quede, para acabar, el deseo de que si algún compositor de canciones lee esto, hable de la injusticia en su próximo tema. Aunque gane mucho menos fama y dinero con él, habrá colaborado en la lucha más antigua y noble del mundo, la que más sufrimiento y vidas se ha cobrado, la que pretende restituir a cada uno lo que le corresponde…




1. Charles Ramond, Jeanne Proust, Sentiment d’injustice et chanson populaire (Delatour).

2. Itard, J. M. G.: Rapports et memoires sur le sauvage de l’Aveyron. Traducción inglesa con introducción y notas de G. y M. Humprey: The wild boy of Aveyron. Century. New York, 1932. Traducción al castellano con introducción y notas de Rafael Sánchez Ferlosio: Víctor de l’Aveyron, Alianza, Madrid, 1982.

3. Sobre los numerosos planteamientos erróneos de Jean Itard, hace un prolijo examen crítico Rafael Sánchez Ferlosio en el epílogo que acompaña al libro de Itard en la edición española de Alianza Editorial.

Osuna, 1956

Pienso, como Eugenio Trías, que la falta de recuerdos de nuestra vida prenatal es una carencia, filosófica y vital. A ella se unen los pocos y difusos recuerdos del nacimiento y la primera infancia. La mayor parte de ellos, además, son imágenes recreadas de lo que nos han contado los padres o los hermanos mayores: una ficción, en realidad.

Yo nací en mi casa, como todos mis hermanos, no en un hospital. Así que las vagas reminiscencias  de olores, ruidos y luces que me quedan de aquel tiempo remoto pertenecen a mi casa familiar. Mi madre me contaba que mi parto fue el menos doloroso de los cinco que tuvo y que, realmente, nací solo sin que apenas se diera cuenta. Me gusta fantasear con que ahí está el origen de mi pensamiento libertario. Según ese relato, que yo he ido adornando, había tormentas esa noche y mi padre volvió en bicicleta del campo en el que había estado trabajando aquel día por caminos embarrados y totalmente mojado.

Da igual que fuera asi o no, nuestros recuerdos son una ficción, un relato al que intentamos dar un sentido, pero que, en realidad, se apelotonan en una especie de singularidad sin espacio ni tiempo, como la que imaginan los físicos en los momentos iniciales del Big Bang. Así que más que en esa narración imaginaria del pasado que inventa nuestra memoria, estamos siempre más bien donde decía el verso de Caballero Bonald: en el tiempo que nos queda.

Murallas manchadas o la vida secreta del valor de las cosas sin valor

Esta noticia “local”, que en otros tiempos habría aparecido en las Cartas al Director de un periódico, tiene un significado especial en cuanto que las murallas de Ávila fueron declaradas patrimonio histórico por la UNESCO. Tal como desarrollábamos en esta entrada de nuestro blog, Todo necio confunde valor y precio, los objetos únicos, cargados de valor por su pasado y “tasados” en un “precio incalculable” (pero calculables en los beneficios aportados por los turistas y en las subvenciones estatales recibidas) son el nuevo tipo de mercancías tras el desplazamiento de las industriales al Sur global. En ese sentido se entiende la indignación ciudadana y periodística ante la chapuza de las manchas producidas por los pendones desteñidos. El objeto patrimonial no puede sufrir ningún menoscabo (como pasa con cualquier mercancía, el deterioro le resta valor), en tanto “tesoro” heredado del pasado, en su carácter de fetiche, propiedad y símbolo de las instituciones que lo ostentan, sin ningún valor añadido de uso ni de cambio. Ni falta que hace, pues esa es la gracia que adorna la acumulación y atesoramiento de riquezas en nuestro nuevo y viejo mundo.

El conjunto de las Murallas de Ávila, declarado Patrimonio de la Humanidad, ha aparecido con marcas de colores en algunas de sus almenas por culpa de unos pendones que han desteñido su color

Las murallas de Ávila, desteñidas por unos pendones colgados de sus almenas – Cuartopoder

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